21-03-2026, 07:33 PM
Día 70 de verano, Año 17
Desierto, Isla de Arabasta
Desierto, Isla de Arabasta
El sol caía sobre mi como un alud sobre un montañero despistado. Casi podía sentir su peso. Mis hombros parecían hundirse a los costados de mi cuerpo, como si el calor fuese capaz de fundir mi cuerpo. El sudor recorría mi frente, resbalaba por mi cara y mi cuello hasta alcanzar cada rincón de mi piel. Hubiese dado lo que fuera por tener a mano una navaja de barbero para poder rasurar mi pelaje. De haberlo hecho, sería la mayor deshonra para mi especie, pero en aquel desierto era cuestión de supervivencia.
La arena no hacía más fácil mi travesía. Si bien es cierto que vagaba sin un rumbo fijo, con la única intención de explorar, el hecho de que mis pies resbalaran y se hundieran a cada paso convertía cada movimiento en uno mucho más pesado. Tal vez no fuera solo mi sensación, pues mis botas estaban cada vez más llenas de arena. Sentí un hormigueo en uno de los pies. Salté rápido, como si pudiese apartarme de mi propio ser. Caí de espaldas llenando de arena la túnica que pretendía mantenerme fresco. Hice palanca con la suela de mi bota izquierda para mandar su pareja lo más lejos posible. La bota voló, rodó y rebotó por el suelo. Quedé unos instantes mirando la abertura del calzado. El tiempo justo entre que la sensación de alivio por el aire fresco dejaba paso al ardor producido por los rayos de sol sobre mi pelaje. La bota cimbreó. Oí unos pequeños crujidos, como si un delicado peine acariciase la arena. Vi al culpable. Un artrópodo, con ocho asquerosas patas, dos pinzas potentes y un afilado aguijón; un escorpión. Mi cuerpo se estremeció ante la idea de que aquel inquilino hubiese querido actuar contra su casero. No se me ocurría un peor lugar para sufrir la picadura de un animal como aquel. Tal lejos de cualquier fuente de agua, de medicina y, lo más importante, de Kiyoshi.
Estaba seguro de que el médico de la tripulación podría haber librado con aquello sin problema, pero mis conocimientos médicos se limitaban a la aplicación de algún pobre antídoto. Quizá había sido algo temerario al disponerme a explorar solo y sin ningún tipo de botiquín o vendaje. Durante alguna de mis muchas lecturas, había podido aprender acerca de la creación de ungüentos contra quemaduras, algo que por otro lado, no me hubiese ayudado mucho contra el escorpión. Sin embargo, pensé que podría ser un buen momento para poner aquellos conocimientos en práctica. Además, si tenía éxito le podría ahorrar un buen dinero a nuestra tripulación para futuras batallas. Comencé a hacer memoria. Recordaba que la receta era simple, no muchos ingredientes. Sin duda, necesitaba plantas medicinales, como era de esperar. Sin embargo, el excesivo calor hacía más complicado todo, incluso pensar.
Avancé unos metros hasta ascender por una duna. Entorné los ojos y creé una visera con mi mano. No había ni rastro de alguna zona con densa vegetación. Tan solo podía verse algún matorral bajo, alguna planta de largas hojas llenas de pinchos y un par de estepicursores. Caminé para acercarme a aquellas plantas, mientras hacía memoria por recordar su nombre. Antoveras, alovegas, aloe vendas... Aloe vera. Maldije mi memoria y maldije el calor. Un experto explorador como yo no podía tener esos lapsus. ¿Cómo había sido capaz de olvidarme de una planta como aquella? Agarré una de sus hojas y utilicé mis garras a modo de machete. Con cuidado, pues no pretendía tener que usar lo que obtuviese para sanar ningún pinchazo. Sabía lo peligroso que podía ser tener una herida infectada en el desierto. Pelé la hoja y extraje toda la pulpa que pude. Había encontrado una buena fuente de medicina, pero ahora tenía otro problema; ¿cómo se suponía que iba a transportarlo?
Rebusqué en mi mochila. Un par de libros sobre la historia de aquella isla, que tenían más de novela que de históricos; un par de fichas del casino de Drum; una petaca de agua medio vacía y por último, lo más inútil en aquella isla, mi cazadora de imitación de cuero. Saqué esto último, en parte por la poca utilidad que le daría los próximos días, en parte por la buena cualidad impermeable de la piel curtida. Rasgué una de las mangas, con dolor, y anudé el puño. Di la vuelta a mi improvisada bolsa y comencé a derramar la pulpa de la Aloe vera en su interior. Una hoja tras otra, hasta llenar la manga.
El sol había comenzado a bajar y con ello, a subir la actividad en la zona. Un pequeño zorro de grandes orejas se acercó para ver qué estaba haciendo. Siempre midiendo las distancias, como es propio de su especie. Algunos reptiles surgieron de debajo de la arena en busca de pequeños roedores que llevarse a la boca. Sin embargo, uno de ellos me llamó más la atención que el resto; un lagarto de cola sebosa. Verlo fue como una revelación. No por la dificultad de ver a miembros de esta especie, sino porque con su figura vino a mi mente el otro ingrediente de la receta; grasa.
Agarré mi rifle, despacio, con intención de disparar. No con la pretensión de acertar a aquel lagarto, ni mucho menos. Tan solo necesitaba la grasa que almacenaba en su cola y para ello no me hacía falta matarlo. Sin embargo, sabía de lo esquivos que pueden llegar a ser esos animales. Apreté el gatillo, la mira de mi rifle enfocada en la arena frente al animal. El impacto de la bala creó una pequeña nube de polvo y arena que no iba a desaprovechar. Salté hacia delante, con los restos de mi cazadora en las manos. Tan pronto como el animal salió corriendo asustado me abalancé sobre él. Usé mi prenda a modo de red. El animal gruñía y se agitaba. Comenzó a golpear con la cola, la cual agarré con fuerza. Apreté desde la base hacía la punta, como haría un maestro pastelero con una manga. Del extremo comenzó a brotar el sebo. Cuando hube extraído una cantidad que creí suficiente, solté de nuevo al animal que no tardó en escabullirse entre dos piedras, deseando no haber salido de su madriguera aquella tarde.
Ya solo me quedaba preparar el ungüento. Mezclé el sebo con la pulpa de aloe vera. Masajeé la manga hecha bolsa durante unos minutos, para asegurarme de que todo se integrase correctamente. No quería que Uker o Eros resultasen quemados en una batalla y que mi preparado no fuese efectivo. Continué un poco más. Luego extraje una pequeña porción y la repartí entre las yemas de mis dedos. Untuosa y algo pegajosa. Un olor suave, fresco, a hierba con toques cítricos, llegó hasta mi hocico. Ya casi podía ver la cara de Kiyoshi cuando le entregase aquella maravilla con orgullo. Había decidido ser de utilidad para mis compañeros, y cualquier pequeño gesto contaba.
La arena no hacía más fácil mi travesía. Si bien es cierto que vagaba sin un rumbo fijo, con la única intención de explorar, el hecho de que mis pies resbalaran y se hundieran a cada paso convertía cada movimiento en uno mucho más pesado. Tal vez no fuera solo mi sensación, pues mis botas estaban cada vez más llenas de arena. Sentí un hormigueo en uno de los pies. Salté rápido, como si pudiese apartarme de mi propio ser. Caí de espaldas llenando de arena la túnica que pretendía mantenerme fresco. Hice palanca con la suela de mi bota izquierda para mandar su pareja lo más lejos posible. La bota voló, rodó y rebotó por el suelo. Quedé unos instantes mirando la abertura del calzado. El tiempo justo entre que la sensación de alivio por el aire fresco dejaba paso al ardor producido por los rayos de sol sobre mi pelaje. La bota cimbreó. Oí unos pequeños crujidos, como si un delicado peine acariciase la arena. Vi al culpable. Un artrópodo, con ocho asquerosas patas, dos pinzas potentes y un afilado aguijón; un escorpión. Mi cuerpo se estremeció ante la idea de que aquel inquilino hubiese querido actuar contra su casero. No se me ocurría un peor lugar para sufrir la picadura de un animal como aquel. Tal lejos de cualquier fuente de agua, de medicina y, lo más importante, de Kiyoshi.
Estaba seguro de que el médico de la tripulación podría haber librado con aquello sin problema, pero mis conocimientos médicos se limitaban a la aplicación de algún pobre antídoto. Quizá había sido algo temerario al disponerme a explorar solo y sin ningún tipo de botiquín o vendaje. Durante alguna de mis muchas lecturas, había podido aprender acerca de la creación de ungüentos contra quemaduras, algo que por otro lado, no me hubiese ayudado mucho contra el escorpión. Sin embargo, pensé que podría ser un buen momento para poner aquellos conocimientos en práctica. Además, si tenía éxito le podría ahorrar un buen dinero a nuestra tripulación para futuras batallas. Comencé a hacer memoria. Recordaba que la receta era simple, no muchos ingredientes. Sin duda, necesitaba plantas medicinales, como era de esperar. Sin embargo, el excesivo calor hacía más complicado todo, incluso pensar.
Avancé unos metros hasta ascender por una duna. Entorné los ojos y creé una visera con mi mano. No había ni rastro de alguna zona con densa vegetación. Tan solo podía verse algún matorral bajo, alguna planta de largas hojas llenas de pinchos y un par de estepicursores. Caminé para acercarme a aquellas plantas, mientras hacía memoria por recordar su nombre. Antoveras, alovegas, aloe vendas... Aloe vera. Maldije mi memoria y maldije el calor. Un experto explorador como yo no podía tener esos lapsus. ¿Cómo había sido capaz de olvidarme de una planta como aquella? Agarré una de sus hojas y utilicé mis garras a modo de machete. Con cuidado, pues no pretendía tener que usar lo que obtuviese para sanar ningún pinchazo. Sabía lo peligroso que podía ser tener una herida infectada en el desierto. Pelé la hoja y extraje toda la pulpa que pude. Había encontrado una buena fuente de medicina, pero ahora tenía otro problema; ¿cómo se suponía que iba a transportarlo?
Rebusqué en mi mochila. Un par de libros sobre la historia de aquella isla, que tenían más de novela que de históricos; un par de fichas del casino de Drum; una petaca de agua medio vacía y por último, lo más inútil en aquella isla, mi cazadora de imitación de cuero. Saqué esto último, en parte por la poca utilidad que le daría los próximos días, en parte por la buena cualidad impermeable de la piel curtida. Rasgué una de las mangas, con dolor, y anudé el puño. Di la vuelta a mi improvisada bolsa y comencé a derramar la pulpa de la Aloe vera en su interior. Una hoja tras otra, hasta llenar la manga.
El sol había comenzado a bajar y con ello, a subir la actividad en la zona. Un pequeño zorro de grandes orejas se acercó para ver qué estaba haciendo. Siempre midiendo las distancias, como es propio de su especie. Algunos reptiles surgieron de debajo de la arena en busca de pequeños roedores que llevarse a la boca. Sin embargo, uno de ellos me llamó más la atención que el resto; un lagarto de cola sebosa. Verlo fue como una revelación. No por la dificultad de ver a miembros de esta especie, sino porque con su figura vino a mi mente el otro ingrediente de la receta; grasa.
Agarré mi rifle, despacio, con intención de disparar. No con la pretensión de acertar a aquel lagarto, ni mucho menos. Tan solo necesitaba la grasa que almacenaba en su cola y para ello no me hacía falta matarlo. Sin embargo, sabía de lo esquivos que pueden llegar a ser esos animales. Apreté el gatillo, la mira de mi rifle enfocada en la arena frente al animal. El impacto de la bala creó una pequeña nube de polvo y arena que no iba a desaprovechar. Salté hacia delante, con los restos de mi cazadora en las manos. Tan pronto como el animal salió corriendo asustado me abalancé sobre él. Usé mi prenda a modo de red. El animal gruñía y se agitaba. Comenzó a golpear con la cola, la cual agarré con fuerza. Apreté desde la base hacía la punta, como haría un maestro pastelero con una manga. Del extremo comenzó a brotar el sebo. Cuando hube extraído una cantidad que creí suficiente, solté de nuevo al animal que no tardó en escabullirse entre dos piedras, deseando no haber salido de su madriguera aquella tarde.
Ya solo me quedaba preparar el ungüento. Mezclé el sebo con la pulpa de aloe vera. Masajeé la manga hecha bolsa durante unos minutos, para asegurarme de que todo se integrase correctamente. No quería que Uker o Eros resultasen quemados en una batalla y que mi preparado no fuese efectivo. Continué un poco más. Luego extraje una pequeña porción y la repartí entre las yemas de mis dedos. Untuosa y algo pegajosa. Un olor suave, fresco, a hierba con toques cítricos, llegó hasta mi hocico. Ya casi podía ver la cara de Kiyoshi cuando le entregase aquella maravilla con orgullo. Había decidido ser de utilidad para mis compañeros, y cualquier pequeño gesto contaba.
OFF
