Los muertos no hablan [Presente Relativo - T2] [Dr. Bones]
#1
Samba 
Día 20 de verano, año 17
 
El Bar Saravá, una joya escondida en Samba. Un lugar que no está en medio del pueblo y que, inusualmente, se aleja del bullicio del puerto en el que tantos marineros le darían buenas ventas ¿Por qué? Décadas atrás, el abuelo del actual dueño, se ganó un terreno en las afueras, atravesando un trecho corto de la selva Anozama.

Otros pudieron haberlo visto como un posible lugar de retiro, pero él no…el viejo vio una oportunidad de negocios, un lugar en donde, quienes se refugiaban en el alcohol, podrían beber toda la noche sin que nadie los interrumpiera…después de todo ¿Quién iría a quejarse del ruido si no había vecinos?, ¿Quién le iría a reclamar a los borrachos que regresaran a sus casas si el bar estaba atravesando un trecho de selva? Era una empresa arriesgada y por eso funcionó.

El Saravá se popularizó, ahora era normal ver a los pobladores pasando sus noches en dicho lugar, de hecho, el trecho en medio de la selva se había hecho más ancho, aunque seguía sin iluminación, pero eso no detenía a nadie que tuviera una buena linterna y ganas de beber. Tan popular era el Saravá que, los pobladores, incluso les recomendaban el bar a los marineros visitantes, pero…en los últimos días, las cosas estaban cambiando. 



3 días antes
Día 17 de verano, año 17
10:00 p.m.

—¿Ya se van? —Bento De Oliveira, actual dueño del Saravá, limpiaba la barra de donde acababa de quitar un par de jarras de cerveza, mientras que, preocupado, miraba al segundo grupo de amigos que se iba, excepcionalmente, temprano del bar…Algo que venía sucediendo desde hace semanas y ya se empezaban a escuchar rumores del porqué.

—Lo sentimos, Don Bento, pero preferimos salir antes, en grupo y sobrios —. Uno de los chicos, con el aliento algo oloroso a alcohol, pero aun en sus cinco sentido, fue el primero en hablar, a la vez que dejaba sobre la barra los berries que había gastado esa noche. —Creo que usted ya debe saber por qué.

—Tsk…El ladrón —. Las grandes manos de Bento se cerraron y uno de sus puños golpeó la barra con fuerza, haciendo resonar la madera. — Juro que esta misma noche saldré a cazarlo con una escopeta. No me hace gracia que se metan con mis clientes —. Y, antes esa declaración, los chicos se miraron entre sí, preocupados, pálidos, temerosos.

—No es un ladrón, Don Bento ¿No lo sabe? —El segundo muchacho del grupo de amigos también dejó los berries gastados sobre la barra y, en el proceso, se acercó a Bento como si quisiera contarle un secreto. —Los que la han visto dicen que es un alma vengativa. Una mujer asesinada, hace mucho tiempo, en el camino…Ahora busca venganza.

—Es cierto. Los que se han encontrado con ella cuentan que no tiene rostro, pero que su aura emite rabia y rencor —. Habló un tercero que le dio un codazo al que había hablado primero. El chico rodó los ojos y sacó unos cuantos berries, sabía que su amigo le pedía que le pagara la cuenta. —Aunque también dicen que no pueden recordar después que la ven por primera vez. Solo despiertan en el pueblo, desorientados y sin sus pertenencias.

—¿Y aún con esa última frase creen que es un fantasma y no un ladrón? —Inmediatamente, los supersticiosos muchachos negaron con la cabeza. Crédulos del fantasma de la trocha de la Selva Anozama.

—No, no…Ya le hemos dicho, no tiene nada de humano, es un ente espectral. Muchos la han visto ya, quizá que aparezcan sin sus pertenencias es porque, al llegar desorientados al pueblo, algún ladrón sí que aprovecha para robarles, pero no tiene que ver con Ella…además, después del encuentro, todos se han sentido desganados en los días siguientes, como si les robaran su energía —. Bento se cruzó de brazos y alzó una ceja al escuchar lo que decía uno de los chicos…Lo conocía desde hace tiempo, no era un muchacho supersticioso, pero ahora parecía muy convencido de la historia...Como todos en el bar.

—Créanos, debería contactar a un exorcista o a un brujo…No sé, alguien que se encargue de esa mujer fantasma, antes de que decida cobrar una víctima fatal —. Con eso último, los muchachos salieron y, al bar, entró una fría brisa de verano cuando abrieron la puerta…Eso, sumado al comentario del chico, fue suficiente para que a Bento se le helara la sangre. En ese instante tuvo un mal presentimiento.

El dueño del Saravá cerró la puerta y se fijó en el interior del lugar, apenas eran las diez de la noche y había menos de diez personas. Suspiró…No podía seguir permitiendo que un espíritu le quitara a sus clientes.



2 días antes
Día 18 de verano, año 17
8: 00 a.m.
 
Bento tuvo que cerrar el bar temprano el día anterior, pues para media noche, ya no quedaba nadie. Sus ganancias iban a pique con el pasar de los días. Por eso, después de hacer el arqueo de caja, había decidido salir a “cazar”. Seguía sin creer que las habladurías del fantasma fueran ciertas, así que se dispondría a encontrar al ladrón.

Cual fue su sorpresa con encontrarse de frente con “Ella”.
 
No supo como reaccionar, porque, en medio de la oscuridad, pudo ver con claridad una silueta blanquecina y fantasmal que se aproximo a él a gran velocidad. No tenía rostro. Después no recuerda nada…Su memoria vuelve cuando despierta frente al bar, desorientado, mareado y, para su sorpresa, con todas sus pertenencias. Los chicos tenían razón. No era un ladrón.
 
Por eso decidió venir a la ciudad. Pasó por una imprenta y encargó varios anuncios que, cuando se los entregaron, se encargó, personalmente, de colocarlos en varias paredes y postes del pueblo y del puerto.
 
Nadie lo miró raro. Todos sabían a qué se debían los carteles, en los cuales se podía leer, con claridad, lo siguiente:

[Imagen: FmXpTEP.jpeg]



Actualidad
Día 20 de verano, año 17
9: 00 p.m.

Después del encuentro con la fantasmal dama, el hombre se sentía con pocas fuerzas, mareado y sin muchas ganas de trabajar. En otras palabras, parecía que el cansancio de años se le había acumulado y, tras eso, hacía dos días que había pegado los anuncios y nadie se había aparecido para ofrecer sus servicios… ¿Acaso nadie quería un poco de dinero extra? Bento empezaba a impacientarse, hasta que…la puerta se abrió y el dueño del bar vislumbró a alguien que no se parecía a ninguno de sus clientes frecuentes.

—¡Bienvenido, buen hombre! —Saludó al recién llegado, un extraño que, a primera vista, cumplía con todas sus expectativas de lo que podía esperar de un brujo. —¿Puedo ofrecerle algo o ha venido por…El anuncio? —Señaló a la puerta de entrada en donde, como en el resto del pueblo, también colgaba uno de los carteles que había impreso hace dos días, después de todo, quería asegurarse que su mensaje llegara a cada rincón de Samba, incluyendo a sus propios clientes.

—No sabe cuanto me alegraría que fuera por lo segundo —. Se le escapó, ya cansado y temeroso por los días tan agotadores que había tenido desde su encuentro con “La Dama de Blanco”. —¡Ah! Disculpe, por favor, tome asiento donde guste.

Caja de Espíritus
[Imagen: hyakocheja.png]
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#2
Aquel día no parecía traer nada particularmente interesante consigo. La rutina se arrastraba con una monotonía casi irritante, limitada a la presencia de algunas señoras de edad avanzada que entraban a la tienda en busca de ungüentos para los reumas y dolores musculares. No era precisamente la clientela que uno imaginaría para alguien como él… pero era lo que había.

El problema no era solo la demanda, sino el ambiente.

La tienda, con sus cabezas disecadas colgando en puntos estratégicos y los símbolos vudú grabados en madera oscura, generaba una sensación inquietante en cualquiera que no estuviera familiarizado con aquel mundo. Para muchos, aquello no era el consultorio de un médico… sino la guarida de un brujo. Y aunque, técnicamente, no estaban del todo equivocados, esa percepción afectaba directamente las ventas. No eran buenos tiempos. Y, por desgracia, mantener las convicciones rara vez pagaba las cuentas.

En ese contexto, Bones caminaba por la calle, masticando con calma una varilla de jabalí asado cubierta con especias intensas y bañada en una salsa de cebolla dulce que rozaba lo adictivo. Era una de esas comidas callejeras simples pero satisfactorias, el tipo de placer efímero que ayudaba a sobrellevar los pensamientos más incómodos, especialmente aquellos relacionados con la falta de dinero.

El sonido de sus pasos se mezclaba con el murmullo distante de la ciudad cuando, casi sin intención, sus ojos captaron un cartel pegado en uno de los muros de piedra. Lo miró apenas de reojo, sin detenerse, mientras daba otro bocado. Su mente, atrapada en cálculos, deudas y posibilidades fallidas, no procesó de inmediato lo que acababa de leer.
Pero algo hizo clic.

No pasaron más que un par de segundos antes de que su cuerpo reaccionara por sí solo. Bones se detuvo en seco. Luego, con una calma calculada, dio un paso atrás. Sus ojos regresaron al cartel, esta vez con atención plena, recorriendo cada palabra con una precisión casi quirúrgica.

Leyó una vez.

Y luego otra.

Solo para asegurarse de que no se trataba de una ilusión provocada por el cansancio o el hambre.
Al confirmar lo evidente, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Sin más, lanzó la varilla —ya limpia de carne— hacia un costado, deshaciéndose de ella con elegancia despreocupada. Su mano, casi por reflejo, subió a su barbilla, acariciándola lentamente mientras evaluaba la situación.

Bones viendo el cartel del bar Saravá


—Saravá, ¿eh?… interesante —murmuró para sí mismo, con un brillo particular en la mirada—. He pasado por ese lugar un par de veces, y si mi memoria no falla, siempre ha tenido un aire… peculiar. Supongo que daré un pequeño paseo; después de todo, cuando el dinero y la curiosidad se alinean, ignorarlos sería un desperdicio imperdonable, ewa.

Sin perder más tiempo, giró sobre sus talones y cambió de dirección, avanzando ahora con un propósito claro hacia el bar mencionado en el anuncio, el cual, afortunadamente, no se encontraba demasiado lejos.
Al llegar, el ambiente no tardó en hablar por sí solo.

Dentro de la taberna, un hombre de complexión ancha y musculosa ocupaba su lugar detrás de la barra. Durante unos breves segundos, en los que aún no había notado la presencia de Bones, su postura revelaba cansancio, casi desgaste. Sus ojos, entrecerrados, parecían luchar contra algo más que el sueño: preocupación, quizá… o miedo.
Pero en cuanto sus miradas se cruzaron, el cambio fue inmediato.

Como si activara un mecanismo automático, el hombre se enderezó y adoptó una actitud mucho más atenta, acercándose con rapidez para atenderlo. A pesar de su tamaño imponente —el tipo de físico que fácilmente podría derribar a un oso con un solo golpe— su actitud era sorprendentemente cordial.

Aunque lo que realmente captó la atención de Bones no fue eso.

—¿Viene por lo del anuncio?

La pregunta llegó demasiado rápido. Y antes siquiera de recibir respuesta, el tono del hombre cambió… casi suplicante.
Ahí fue cuando todo encajó.

Esto no era algo trivial.

—Tranquilo, buen hombre —respondió Bones con una calma elegante, tomando asiento con naturalidad—. Para su fortuna, he venido por ambas cosas. Pero antes… ¿sería tan amable de servirme una jarra de cerveza? El calor de ahí afuera exige cierto tipo de… compensación.

Mientras hablaba, una baraja apareció entre sus dedos como por arte de magia, girando con destreza entre ellos en un movimiento tan fluido como hipnótico. Un pequeño gesto, casi automático… pero inconfundiblemente suyo.
Cuando la jarra llegó, Bones tomó un sorbo breve, suficiente para humedecer la garganta, antes de apoyar el recipiente con suavidad sobre la mesa.

Sus ojos, afilados, se posaron nuevamente en el tabernero.

—Por esas ojeras… diría que esto va más allá de una simple molestia —comentó, inclinando levemente la cabeza—. Ahora bien, dígame… ¿qué clase de problema requiere la intervención de algo tan… específico como un brujo o un exorcista?
Escuchó con atención. Sin interrumpir. Sin juzgar.

Y cuando la historia llegó a su punto clave volvió a hablar…

—Ya veo… un fantasma que merodea cerca de su taberna… y ataca a la gente…

Repitió en voz baja, más para sí mismo que para el otro, dejando que las palabras tomaran forma en su mente.
Su interés creció.

No solo como hombre criado en tradiciones espirituales vudú, sino también como médico… alguien que entendía que incluso lo inexplicable seguía ciertos patrones.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos con calma.

—Dígame algo —continuó, su tono ahora más serio, más enfocado—. Cuando vio a ese espectro… ¿experimentó algo fuera de lo común? Frío repentino, susurros, una sensación de presión… cualquier detalle, por mínimo que parezca, podría ser relevante. No subestime nada.

Sus ojos no se apartaron del hombre.

Porque en ese momento, más allá del dinero… había algo más en juego.

Y eso…

Era mucho más interesante.

Off-Rol
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#3
Bento, con su habitual buen servicio, atendió al recién llegado sin demora. Le brindó la jarra de cerveza que pidió y, por supuesto, contó la historia con lujo de detalles, tanto lo que le habían dicho sus clientes como lo que él mismo vivió. No lo diría en voz alta, pero, para el dueño del Saravá recordar aquellas vivencias y contarlas en voz alta, le generaba escalofríos, aun así, si este hombre es quien lo ayudaría, tenía que hacer un esfuerzo por ser lo más sincero posible.
 
—No, caballero —. Respondió por fin, luego de dar un sorbo a una jarra de agua que se había servido él para poder hablar con naturalidad del tema, cuando el brujo le preguntó sobre esos detalles “fuera de lo común”. —Lo cierto es que no experimenté nada raro cuando la vi. El frío era solo el del viento de la noche, no hubo susurros tampoco, simplemente ella apareció. No sé cómo ni cuándo, pero de un momento a otro la tuve en frente —. El hombre se estremeció de solo recordar aquella visión sobrenatural. —Después de eso me desmayé y cuando desperté ya estaba frente a este lugar…Eso fue todo…aunque…jmmmm…bueno, hay algo leve que recuerdo, muy leve, incluso pudo haber sido mi mente jugándome una mala pasada, pero antes de desmayarme, recuerdo haber sentido una presión en mi cuello…tal vez solo fue la tensión del momento ¿Entiende?
 
El dueño del bar se levantó en ese momento, visiblemente cansado, pero con cierta determinación en sus ojos, como si quisiera terminar con todo esto de una buena vez. No podía permitirse perder más clientes ni a sí mismo por una aparición.
 
—Puedo llevarle al lugar en donde apareció “La mujer de blanco”, si me lo permite.
 

 
Fuera del Bar Saravá el ambiente se sentía extraño. No eran más de las 10 de la noche; sin embargo, la noche era especialmente oscura, el cielo estaba cubierto por nubes que presagiaban una llovizna de verano y, el aire, se sentía húmedo. Estas cosas debían ser lo normal en una isla tropical, pero lo cierto es que la pesadez del clima no ayudaba a que la pesadez del ambiente fuera mejor, además, hacía que el trecho de tierra a recorrer desde el Saravá hasta el pueblo se viera más peligroso de lo normal.
 
—Por favor, sígame —. Bento lideró el camino y, pronto, a 15 metros de la entrada del bar, se encontraron con el estrecho camino de tierra, uno que no medía más de 3 metros de ancho y que estaba por completo rodeado de grandes árboles que se erguían orgullosos sobre el estrecho tramo, árboles cuyas ramas curvas formaban una especie de techo natural que cubría el cielo, haciendo que el camino se viera más oscuro de lo que ya era a esas horas de la noche. Al menos, Oliveira le había dado a Bones una linterna para iluminarse y, él mismo llevaba en sus manos una vieja lámpara cuya luz amarillenta solo le agregaba más misterio al momento. —Sé que el camino parece peligroso, pero le puedo asegurar que en ninguno de estos años había pasado nada similar. Los clientes del Saravá siempre volvieron con bien a sus hogares.
 
El robusto hombre empezó a adentrarse en el camino, esperaba que Bones lo siguiera, aunque, de repente se detuvo a tres metros de la entrada del estrecho sendero.
 
—¡Ah! Mil disculpas, caballero —dijo desde su lugar. —Lo he hecho salir del bar y seguirme hasta este sitio y aun no sé si esta dispuesto a aceptar mi oferta. Pagaré 20 mil berries a cualquiera que logre ayudarme con este espectro, esto no es gratis y, por favor, permítame presentarme oficialmente, soy Bento De Oliveira, dueño del Bar Saravá y ¿Cómo puedo llamarlo a usted?
 
El hombre se quedó en su sitio, a tres metros de la entrada del tramo, un lugar en donde la luz de la entrada del bar aún alcanzaba a iluminar, aunque de manera muy tenue, por lo que ayudarse con su propia lámpara era lo mejor. Esperó a que el muchacho le respondiera antes de seguir adentrándose más en aquella trocha, cada vez más lejos de la iluminación del bar y siendo consciente del peligro en que se estaba poniendo de nuevo, pero…tenía que intentarlo todo si es que quería acabar con el problema de raíz.
 
Se detuvo cuando llegó a unos 50 metros al interior del camino. Los árboles eran más espesos y su follaje cubría aún más el cielo que al inicio del tramo, además, el camino se sentía un poco más estrecho, si hubiera una cinta métrica, podrían calcular que de ancho solo medía 2.50 metros, además, algo que llamaba la atención es que en ese lugar había una roca bastante grande, casi de un 1.50 metros de alto. Estaba marcada con una cinta roja.
 
—Aquí es donde recuerdo que caí inconsciente. Esta roca marca un cuarto del recorrido, hay tres más en el camino, mi abuelo las colocó para que los que vienen al bar sepan que tanto les falta por recorrer para llegar al pueblo. Debió verlas cuando se adentró aquí —. La voz de Bento se elevó en la quietud de la noche y, en ese instante, como si todo estuviera coordinado, el viento sopló con fuerza y se detuvo de repente de manera abrupta, fue un segundo después de eso que el enorme hombre se quejó por una presión en su cuello. Llevó su mano a la nuca y acarició la zona.
 
—Lo siento, he estado cansa… —Su voz no pudo salir, de repente el hombre palideció y soltó su lámpara que, al estrellarse con el suelo se apagó de inmediato. —Es ella…es…está aquí…pude verla…
 
El hombre dio unos pasos atrás, temblaba y miraba con nerviosismo hacia el lado derecho del camino para luego levantar su mano y señalar hacia un punto en la oscuridad del bosque.
 
Algo se estaba moviendo y a su paso dejaba un olor dulzón…eso era claro, pero… ¿Podría ser visto con algo de claridad?
 
Caja de espíritus
[Imagen: hyakocheja.png]
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#4
El médico brujo observaba en silencio con aquellas pupilas escarlata que resaltaban con intensidad en su mirada, fijas en el hombre calvo que tenía delante. Aquel sujeto parecía dar su testimonio con una pasión genuina que se reflejaba en el temblor de su voz y en la manera en la que gesticulaba al recordar lo ocurrido. Bones podía verlo con claridad: aquella honestidad en la forma en la cual narraba la situación parecía demasiado auténtica como para ser simplemente una invención o un intento de llamar la atención.

Parecía, de hecho, como si verdaderamente hubiese presenciado algo que escapaba a toda explicación lógica, algo que rozaba lo sobrenatural.

Sin embargo, Bones aún no estaba del todo convencido.

Después de todo, un ser espiritual no tendría un verdadero interés en los bienes materiales de las personas con las que intentara comunicarse. Aquella lógica simple chocaba directamente con lo que el tabernero le estaba relatando, y por ello aquella explicación sobrenatural, aunque fascinante, no terminaba de encajar del todo en su mente analítica.

—La mujer de blanco… —repitió Bones después de escuchar nuevamente aquella descripción.

Pronunció el nombre con cierto aire pensativo, casi como si estuviera saboreando las palabras. El concepto tenía un tono intrigante, casi literario.

Casi parecía el título de una novela de misterio o de una historia sobrenatural que los niños escucharían alrededor de una fogata.

Una figura fantasmagórica vagando por los caminos, apareciendo en las noches para aterrorizar a los viajeros descuidados…
Sí, definitivamente sonaba como el origen perfecto para una leyenda urbana que podría transmitirse de boca en boca entre los habitantes de la ciudad.

Durante unos instantes, la mente de Bones divagó ligeramente con aquella idea, hasta que una palabra específica en el relato del tabernero captó por completo su atención.
Presión.

La manera en que Bento había descrito aquella sensación justo antes de caer inconsciente despertó de inmediato el interés del médico brujo.

El interés de Bones no provenía del relato fantasmal, sino de aquella presión en la nuca.

Siendo alguien con amplios conocimientos sobre venenos, sedantes y diversas sustancias naturales utilizadas por curanderos, chamanes y médicos clandestinos, su mente se enfocó de inmediato en los síntomas previos al desmayo. En ese instante, su lado médico tomó el control absoluto de su atención.

—¿Presión? —preguntó Bones con un tono calmado pero analítico—. ¿Podría detallar mejor la presión que sentía exactamente? ¿Tal vez experimentó alguna sensación de amargor o dulzor en la garganta antes de perder el conocimiento?

Aquellas preguntas no eran casuales.

Esperó la respuesta del hombre con paciencia, analizando cada uno de sus gestos mientras comenzaban a caminar hacia la zona donde, según el tabernero, se había visto por última vez a aquel supuesto espíritu que estaba atemorizando a los habitantes de los alrededores.

Bones siguió de cerca a Oliveira mientras avanzaban por un sendero cada vez más estrecho.
El camino tenía una anchura angosta y estaba rodeado por un denso follaje que pertenecía a la arboleda que crecía salvaje a ambos lados del sendero. Las ramas y hojas se entrelazaban por encima de ellos, creando una especie de túnel natural que dejaba pasar muy poca luz.

A aquellas horas de la noche, recorrer aquel lugar resultaba verdaderamente tétrico.
Sin embargo, Bones no parecía particularmente afectado por ello.

Habiendo pasado buena parte de su juventud sobreviviendo en las calles, ya estaba acostumbrado a los rincones oscuros del mundo. Lugares abandonados, callejones peligrosos, bosques silenciosos o ambientes cargados de presencias incómodas ya no lograban perturbarlo como lo harían con una persona común.

La voz del tabernero volvió a resonar mientras avanzaban por aquel oscuro camino de tierra.
La única iluminación que tenían provenía de las linternas que llevaban consigo, cuya luz tenue apenas lograba abrirse paso entre la densidad de los árboles. Aun así, aquella iluminación era suficiente para que ambos pudieran orientarse y evitar tropezar con las raíces que sobresalían del suelo.

—No se preocupe —dijo Bones con tranquilidad—. Lo importante es resolver este problema cuanto antes. Así no tendrá que seguir lamentando la ausencia de sus clientes.

El moreno entendía perfectamente lo delicado que podía ser un negocio como una taberna. Si el rumor de un espíritu peligroso comenzaba a expandirse entre la población, el flujo de clientes disminuiría rápidamente.
Y una taberna sin clientes era una taberna condenada.

—Es un gusto conocerlo, señor Bento. Mi nombre es Dr. Bones, médico brujo de profesión… e ilusionista por diversión.

Su tono buscaba aliviar un poco el ambiente tenso que se había instalado entre ellos. Una pequeña chispa de humor que contrastaba con el silencio inquietante del bosque.

Ese silencio solo era interrumpido por las suaves brisas nocturnas que agitaban las copas de los árboles, produciendo un susurro constante entre las hojas.

El vaho del aliento de Bones se volvió levemente visible frente a su rostro.
La temperatura había descendido ligeramente.

Mientras avanzaban unos metros más, finalmente llegaron hasta una gran roca que se alzaba en medio del camino. La piedra tenía un aspecto irregular, erosionado por el paso del tiempo, y alrededor de ella alguien había atado una cinta rojiza que destacaba incluso bajo la tenue luz de las linternas.

Bento levantó su mano y señaló la roca.

Explicó de manera breve que aquel era exactamente el lugar donde había perdido la conciencia días atrás.
Pero entonces ocurrió algo extraño.

De la nada, un viento distinto atravesó el bosque.

No era una brisa común.

Fue una ráfaga más intensa que recorrió las copas de los árboles, provocando un sonido profundo entre las ramas.
En ese mismo instante, Bento se llevó la mano a la nuca nuevamente.

Su cuerpo comenzó a tambalearse.

Bento Oliveira escribió:— Es ella… es… está aquí… pude verla…


Las palabras salieron entrecortadas de su boca.

Su voz estaba llena de miedo.

Antes de que pudiera decir algo más, las fuerzas abandonaron su cuerpo.

La linterna cayó de su mano y rodó por el suelo mientras su cuerpo se desplomaba.

—¡Bento! —exclamó Bones mientras corría rápidamente hacia él.

Pero en ese mismo momento, algo más captó su atención.

Gracias a lo agudos que eran sus sentidos, especialmente su olfato, el médico brujo percibió un aroma muy particular flotando en el aire.

Un olor que conocía demasiado bien.

Sus pupilas escarlata se afilaron.

¿Estramonio? —pensó inmediatamente.

Alcaloides neurotóxicos.
Una planta peligrosa, conocida por provocar alucinaciones intensas y pérdida de conciencia cuando se inhalaba o ingería en dosis adecuadas.

Muchos chamanes mezclaban esta planta con tabaco para crear preparados psicoactivos utilizados en rituales espirituales.
Entonces…

La conclusión comenzaba a formarse en su mente.

Pero no tuvo tiempo de terminar aquel razonamiento.

La sensación de una presencia cercana se volvió repentinamente más intensa.

Había alguien más allí.

Muy cerca.

Bones permaneció quieto por un instante, permitiendo que sus sentidos se concentraran en aquel rastro aromático que flotaba en el aire nocturno.

En esos momentos solo podía pensar en una cosa.

Seguir ese rastro, dando un salto hacia donde el espíritu habia escapado.

Porque si aquel aroma provenía del estramonio, entonces la respuesta a todo lo que estaba ocurriendo en la taberna no tenía nada de sobrenatural.

Y Bones estaba decidido a descubrir quién estaba detrás de aquella elaborada ilusión.


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#5
Bento había negado con la cabeza a la pregunta que el brujo le hizo sobre la presión. No podía recordar más nada que esa sensación de algo presionando contra su cuello, en su mente no había amargor ni dulzura ni algún otro síntoma que pudiera serle útil al muchacho frente a él, por lo que ese tema murió casi al instante.
 
Y, ahora que estaban en el bosque y que ambos se habían presentado oficialmente, las cosas empezaban a tornarse densas, por más que el médico brujo hubiera intentado alivianar la situación con su amigable presentación.
 
Primero fue Bento el que cayó, no solo dejándose llevar por el miedo, si no por algo más…no era solo el olor que inundaba el ambiente, si no una esa misma presión en el cuello, la misma que antes le había descrito a Bones. Pronto, el tabernero estuvo en el suelo, no solo por pérdida de fuerza si no que, si Bones se acercaba más a él, se daría cuenta de que estaba dormido…de hecho, parecía tener un sueño bastante apacible…pero, el brujo no podía preocuparse por otros si el mismo estaba en peligro.
 
En medio de las intrincadas plantas que se cerraban sobre el camino, saliendo de atrás de la roca enorme que el tabernero le había señalado antes al médico, este podría divisar la sombra de algo o de alguien moviéndose…pero no había rastro de blanco o algún otro color, solo se notaba una figura humanoide enfundada en algún tipo de vestido largo, era difícil de visualizar con tan poca iluminación, después de todo, con la lámpara de Bento apagada y la luz de la linterna de Bones iluminando con poca capacidad, toda la situación se complicaba.
 
Un ruido, como el de una rama quebrándose, se escuchó cuando la sombra avanzó hacia la derecha, como si la “sombra” intentara escapar o, quizá, posicionarse en otro lugar y, además, con el movimiento, el olor del estramonio se hacía aún más notorio, mezclándose con la humedad de la selva tropical, tanto que se hacía casi empalagoso.
 
Fue en un momento en donde la brisa sopló con más fuerza, que este olor llegó con claridad hasta el brujo, quizá era el momento ideal para localizar al “espíritu”, pero parecía que ella sabía eso bastante bien, pues en ese momento, su andar se detuvo y, lo que parecía ser un una mano sosteniendo algo que tampoco podía verse con claridad, se alzó hasta llegar a lo que se percibía, en la penumbra, como la “cabeza” de aquel ser. Luego, se escuchó una risa, no divertida, si no sarcástica, casi cansada.
 
—¿Por qué has venido? —La voz hizo eco en el bosque, fantasmagórica, entrecortada…como si de verdad no fuera de este mundo; sin embargo, solo fue una distracción para lo que el “fantasma” parecía estar planeando. Por lo visto, la presencia de alguien que no pertenecía al bar ni a los clientes de este, la había hecho enojar.
 
En ese instante, algo cortó el viento desde la derecha de Bones. Se escuchó un silbido, no humano, si no provocado por algo más, un objeto que el médico no podría ver en medio de la oscuridad, pero que podría escuchar y olfatear si seguía el rastro de estramonio que dejaba aquella cosa que había sido disparada directo hacia el lado derecho de su cuello.
 
Solo en el quedaba si podía esquivar a tiempo el pequeño proyectil que se acercaba a gran velocidad, lanzado al menos desde unos 3 metros y medio de distancia desde el bosque hasta en donde se encontraba parado el brujo…El proyectil, sea lo que sea, era algo que tal vez para los borrachos y para Bento, tan convencido de la historia del fantasma, habría sido imposible de identificar, después de todo, aquella cosa parecía bastante material y no tan espiritual como todos decían.
 
Caja de Espíritus
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