Influencia en el más allá [Priv. Dr. Bones] [Pasado]
#1

Día 53 de invierno, año 13

—Verás, sé que mi apariencia puede no ser la más intimidante, pero, eso no quiere decir que me gusta que me tomen por idiota —. La voz que resonó en la oficina sonaba demasiado tranquila, incluso algo aburrida, estaba lejos de buscar atemorizar, pero tampoco es que lo necesitara.

La sonrisa en el rostro del hombre de cabellos rosados se ensanchó, mientras se sentaba mejor sobre el escritorio del hombre que permanecía quieto, bastante quieto, sobre la silla giratoria que estaba detrás de esa misma mesa y quién, ahora, miraba con irises temblorosas a su interlocutor al mismo tiempo que sus ojos se empañaban por culpa de las lágrimas que empezaron a brotar en algún momento.

Miedo.

Le gustaba eso, eso significaba que tenía el control.

Esa sola visión hizo que el médico mirara con agrado al sujeto, una expresión que contrastaba con el ambiente y con sus propias palabras, claro, si no se prestaba atención al brillo malicioso que escondía su mirada ambarina, tal vez lo único que podía delatar la rabia acumulada y que, a su modo, dejaba salir con un cuentagotas, todo por haberse sentido estafado.

Lo dicho antes, no le gustaban los juegos cuando de trabajo se trataba.

—Cuando te dije que era “nuevo” en el “negocio” no me refería a que fuera un novato, me refería a que soy nuevo en este lugar… ¿Crees que habría sido tan idiota para entrar en este mundillo por mi cuenta sin haber conocido antes las consecuencias? —Soltó un bufido al mismo tiempo que movía una jeringuilla entre sus dedos de la que se podía ver aun una gota de un líquido amarillento asomándose de la punta de la aguja, aunque el tubo de la inyección estuviera vacío, una simple muestra de que la solución que una vez estuvo dentro ya había sido utilizada. —Y tu deberías conocerlas también… ¿No dijiste que conseguir buenos contactos era tu especialidad? ¿Cómo es que nadie te había dado una lección cuándo das tan malas recomendaciones?

Su rostro se acercó al del sujeto inmóvil en la silla solo para poder ver mejor sus ojos, lo único de su cuerpo que podía moverse con relativa facilidad ahora que los efectos de la “droga” empezaban a ser más notables.

—Jmmm, ni siquiera entiendo porque me miras con tanto shock ¿Acaso no sabías que tu contacto era un estafador? Sí, en pasado, porque me encargué de que no siguiera enredando en sus hilos a más pobres clientes como yo —. Alzó su mirada cuando escuchó que la respiración del hombre frente a él empezaba a agitarse. Eso lo hizo fruncir el ceño, ya conocía ese síntoma en aquellos a los que le aplicó antes la “droga”, sabía lo que seguiría después. —¡Ah! Espera, no te vayas aún…tsk…creí que había calculado bien el tiempo en que funcionaba esta cosa —. Jugueteó de nuevo con la jeringuilla que tenía entre sus dedos y se alejó del hombre en la silla justo antes de que este empezara a toser, una tos que venía acompañada de sangre que terminó ensuciando el escritorio.

—Eso…justo eso hacen los “sedantes” que me vendió ¿Te das cuenta? —Frunció el ceño mientras daba un par de pasos hacia atrás hasta que la pared a su espalda lo recibió, lo que el médico aprovechó para recostarse y cruzarse de brazos. —Dudo mucho que fuera un simple error como dijo ese estafador, simplemente no tenía el producto correcto y me vendió lo que fuera para salir del paso ¿No es así? Y algo me dice que tu sabías que él no era el mejor y aún así me enviaste con él cuando te dije que buscaba a un profesional real —. Podía entender al tipo, tal vez creyó que un “novato”, como él mismo se “presentó” en un inicio, sería una presa fácil a la cual sacarle dinero.

—Yo pedí sedantes…si quisiera venenos para matar casi de inmediato, lo pediría directamente, pero, esto no me sirve en mi línea de trabajo —. No mentía, para sus operaciones necesitaba que sus víctimas estuvieran frescas, debía sacar el “producto” lo más “vivo” posible y, preferiblemente, sin rastros de sustancias que pudieran disminuir su valor. —Por eso decidí que probaras en tu propia piel el producto que me vendió tu “botánico”. ¿Te gusta? Como te mata tan rápido y tan lento al mismo tiempo —. Dejó escapar un suspiro pesado antes de tirar la jeringuilla a un bote de basura cercano, daba igual dejar una prueba, no es que fuera él único con acceso a inyecciones y, además, ni siquiera tendría sus huellas, por algo usaba guantes la mayoría del tiempo.

—Como sea, a pesar de tu ineptitud, debo agradecerte porque gracias a tu desliz alguien más me dio otro contacto, me dijo que tendrías su tarjeta —. Metió una de sus manos en su bolsillo y de este sacó una tarjeta marcada con elegantes letras que se leían como “Dr. Bones”, además de una dirección en los barrios bajos de Sorbet…Ese detalle le molestaba, Sorbet Sur no era un sitio que le agradara visitar, pero si valía la pena, podía hacer el intento, tampoco es que fuera un ser indefenso. —Y cuánta razón tuvo… ¿Por qué no me hablaste de él en un inicio? ¿Acaso arruinaría tu negocio con el estafador? Bueno, no es que importe ahora—. Levantó la cabeza al escuchar un par de toses más fuertes que las otras y justo en ese instante vio como el cuerpo en la silla se estremeció por un par de segundos una última vez antes de dejar de moverse del todo.

—Jmmm, supongo que ya no podrás escucharme, bueno…esta bien, eso mismo le pasó a mi último “producto”, era justo que lo vivieras en carne propia también —dijo con esa misma voz tranquila que había usado durante toda la “charla”. —Te diría que descanses en paz, pero dudo que tu alma pueda aspirar a eso.

Miró, por última vez, el cuerpo de quien fue su “socio” por menos de una semana y se encogió de hombros antes de salir con pasos apresurados, pero con una actitud relajada al estar seguro de que nadie descubriría lo que pasó, además, mejor irse de la “oficina” lo antes posible, tenía que encontrar una dirección y debía admitir que orientarse no era su fuerte.

Estuvo una buena cantidad de tiempo recorriendo las calles de Sorbet Sur con la seguridad de alguien que conocía bien las calles, como si fuera un lugareño más, aunque, más de una vez, se detuvo para preguntar por la dirección en la tarjeta y, así mismo, aunque las personas le hablaran con paciencia y le explicaran con manzanitas, terminaba perdiéndose.

—Ah…tal vez debí deshacerme de ese sujeto luego de que me trajera de la mano hasta aquí —. Chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, molesto por no poder dar con el sitio descrito en la tarjeta. —¿Por qué todos tienen direcciones tan complicadas? —Por supuesto que la dirección no era la gran cosa para cualquier con tres dedos de frente y él lo sabía, sabía que no encontrar el lugar era su culpa, pero no iba a aceptarlo, prefería culpar a los demás, como siempre.

Ya se había decidido por proponerle a la próxima persona que encontrara que lo guiara hasta el lugar, por más que eso pudiera resultar una molestia para él mismo, menos mal que, al girar en una esquina y alzar la cabeza, notó que eso no sería necesario.

Leyó los números inscritos en una placa de metal a un lado de una puerta de madera y luego pasó su mirada por el letrero sobre la misma antes de releer lo que decía la tarjeta. El nombre coincidía. —Je…bingo.

Las últimas luces del día lo acompañaron hasta el momento en que golpeó la puerta tres veces, lo suficientemente fuerte para hacerse notar, aunque no le molestaría esperar un poco si era necesario, no con las buenas referencias que escuchó de parte de su otro contacto…no, no al que envenenó antes de venir, si no al que le pasó el dato luego de escuchar su decepción con el otro “vendedor” de plantas, medicinas y demás “remedios”.

Cuando la puerta se abrió por fin, una sonrisa amable se asomó en el rostro del hombre de cabellos rosas, quien no tardó en hablar, por supuesto, siempre de manera cortés, detestaría crear una mala impresión negativa en alguien con quien pensaba trabajar si todo salía bien.

—Buenas noches, Dr. Bones ¿Cierto? —No hizo la pregunta con la intención de obtener una respuesta inmediata, así que siguió hablando con naturalidad. —Espero haber llegado a tiempo para una pequeña consulta. Verá usted, alguien me dio su tarjeta —. Sostuvo el pedazo de cartón a la altura de su rostro por un momento antes de bajar su mano enguantada. —Y me dijo que usted era con quien debía hablar si estaba en búsqueda de “medicinas” únicas ¿Es eso cierto?

Siguió mirando al hombre con la misma expresión tranquila y educada que había mostrado hasta ahora, notando que parecía un chico bastante joven. No era lo que esperaba en un inicio, pero bien sabía que en estos negocios no se podía subestimar a nadie, él mismo empezó bastante joven con su propia “empresa” —. Porque de ser el caso, tal vez me interese hacer unas cuantas compras ahora y, si resultan ser buenos productos, también lo haría en un futuro —. Mejor dejar las cosas claras desde un inicio y hacer notar que no era una consulta para ver su estado de salud, si no para cerrar posibles tratos. —¿Puedo pasar? —Inclinó la cabeza hacia a un lado, sonriendo casi inocentemente, mientras esperaba paciente por la respuesta del otro hombre.

Karmas
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#2
La puerta en esos momentos permaneció abierta unos momentos mas de lo que era necesario normalmente para alguien que atendiera a sus clientes. No era una invitación inmediata a pasar, sino una pausada medida y calculada. Desde el interior emanaba aquel sutil olor a la mezcla de hierbas secas, alcohol fuerte y un aroma anisado que aun no se terminaba de identificar en el aire. La luz era baja y tenue, teñida por la lampara de vidrio opaco que mostraban como las sombras de algunas estatuas Vudú, de tenebroso aspecto, se alzaban hasta el techo gracias a la luminosidad de un aura de penumbras.

Se podía ver en algunas repisas, por el espacio abierto de la la puerta, un gran numero de frascos con lo que parecia diferentes animales, raíces y cabezas disecadas en un tipo de aceite amarillezco con una caligrafía elegante y precisa que detallaba cada uno de los ingredientes que tenia en aquella repisa. 

La silueta de aquel hombre se habia alejado de la puerta, marchando nuevamente hacia donde se encontraba su escritorio. La tenue luz que apenas iluminaba el lugar dejara solamente ver sus ojos de pupilas rojizas, de un rubí intenso. Aquellos orbes de rojo brillante observaban al desconocido desde la oscuridad como lo haría una bestia en la profundidad de la selva de Centaurea mientas le analizaba en silencio, solo observándole  hasta que se escucha una voz sugerente y sutil  emanando desde la suave penumbra de la habitación

—Depende que entienda usted por "Únicas". — Respondió finalmente con una tono tranquilo, grave y de matiz sereno, no habia prisa, solo curiosidad.—

Señalo con un gesto de sus dedos que pasara hacia el interior mientras que observaba algunas recetas que tenia pendientes de algunos importantes nobles que tenían ciertos problemas familiares que algunos "brebajes mortíferos" no pudieran arreglar. 

—Puede pasar, pero cierre. Prefiero que mis conversaciones no seas escuchadas por oídos ajenos, ewa,— dice mientras sigue ojeando las recetas sin observar a aquel hombre de cabellos rosáceo hasta que este ya esta dentro de aquel sitio. De la nada, la puerta se cierra de golpe detrás de el y en un chasquido de los dedos de aquel hombre de pupilas rojizas, varias velas en el lugar se encendieran mágicamente haciendo que ya todo tuviera una iluminación que lograba mostrar mas claramente a aquel hombre que habría abierto la puerta.

Era un chico joven, moreno y de mirada suspicaz, vestido elegantemente con un traje negro y sombrero de copa que estaban adornados de huesos y accesorios que daban a entender su cercanía con las practicas de la brujería el cual ofreció una sonrisa amable y formal a aquel hombre mientras se acercaba a el.

—Antes hablar de compras futuras o la calidad de mis preparados, hay algo que le debo aclarar. Yo no le vendo a cualquiera, y no vendo lo mismo a todos— sus dedos comenzando a juguetear con las cartas que tenia en sus manos haciéndolas desaparecer de la nada hasta quedar con una sola en la mano, la cual comenzó a girar entre sus dedos. 

—Aquí no hay errores ni productos "rebajados". Todo lo que preparo funciona exactamente como se espera, siempre y cuando que el cliente sepa explicarse. Ewa.—


La mirada de "Bones" se clavo en la del visitante, firme, mientras que de la nada alza una ceja.

—Así que dígame.— añadió inclinándose hacia adelante mientras lo miraba con aquellos ojos rojizos que aun brillaban a pesar de haber mas luz que antes —¿Qué clase de trabajo requiere sedantes "especiales" y que tan vivo necesita que permanezca su próximo sujeto?—

La pregunta quedo en el aire en espera de la respuesta del recien llegado.

Karmas
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#3
—Tampoco es de mi agrado que desconocidos escuchen mis conversaciones, así que no tiene de que preocuparse —. Dio un paso al frente para entrar al “consultorio”. —Así que habría cerrado la puerta, aunque no me lo pidiera.

Pasar por el umbral que lo sacó de la calle y lo llevó al interior del dispensario podría describirse como el traspasar a un velo que separa lo material de lo inmaterial. Sus pasos, que con calma lo hicieron avanzar, se detuvieron un segundo cuando la puerta terminó de cerrarse a su espalda antes de que él mismo pudiera cerrarlo y, sus ojos, usualmente de matices entre distraídos y aburridos brillaron con interés al ver la luz de las velas que se encendían con una simple orden, desviando, por pocos segundos, su mirada de su anfitrión.

—Mágico —. Si podía describirlo de alguna manera era solo con esa palabra que sin querer saltó de los pensamientos a su boca, pronunciándola en voz más alta de lo habitual, un mal hábito que repetía de vez en cuando; sin embargo, a pesar de la sutil muestra de despiste, la mirada curiosa que antes observó las velas escaneó la habitación con rapidez, observando los frascos en las repisas y la curiosa decoración que le recordaba a aquellos consultorios concurridos por los supersticiosos que buscaban respuestas en designios que ni si quiera ellos mismos podían comprender.

Un curandero.

Sí, le recordaba más a un curandero que a un médico a un botánico.

¿Le molestaba? No. Siempre y cuando pudiera ofrecerle lo que él necesitaba, le daba igual el tipo de creencia que pudiera tener, además, no podía negar que todo esto despertaba una curiosidad que le era imposible de ignorar.

Por un par de segundos más se quedó en silencio, solo escuchando el crepitar de las velas, antes de que la voz ajena le funcionara como la cuerda que lo arrastraría de regreso a prestar atención más a lo humano que a lo sobrenatural.

Sonrío al escucharlo. Le parecía bien, la exclusividad le gustaba y que eligiera a sus clientes y personalizara para ellos los pedidos, le parecía más que excelente para empezar, no tenía nada que refutar con respecto al tema, podría decirse que lo prefería así.

—Me ofendería que quisiera hacerme una rebaja —. Dejó de mirar las velas para fijarse ahora directamente en su interlocutor, sosteniéndole la mirada, más que nada por simple respeto. Podía ser distraído y estar en las nubes la mayoría del tiempo, pero al menos sabía comportarse al momento de hablar de trabajo. —No vine para regatear precios y mucho menos para comprar lo más barato que tenga en su recetario, así que pierda cuidado...De hecho, me alegra que podamos dejar las cosas claras desde el inicio.

Pirata o no, no jugaba con las personas que tuvieran lazos con el bajo mundo, al contrario, los trataría con el mismo respeto con el que se dirigieran a él y, al menos, el Doctor…eh… ¿Huesos? —el nombre de la tarjeta empezaba a difuminarse en su mente —, se había ganado ese trato educado, por ahora.

—Jmmm…Creo que antes de decirle lo que necesito y para que tipo de trabajo, debo preguntar si me veo acaso como un cliente al que le vendería…No quisiera hacerlo perder el tiempo escuchando una petición que podría llegar a rechazar —. Se movió hasta quedar frente a una repisa en la que reposaban varios frascos con inscripciones de su contenido, aunque lo cierto es que, de todos los que leyó, no pudo evitar que el que más le llamara su atención fuera un frasco con esencia de menta que parecía bastante inofensivo comparado con otros productos. —Usted lo dijo antes, no le vende a cualquiera, supongo que sus clientes tendrán que cumplir con algunos requisitos ¿O acaso lo he malinterpretado?

Sin haber tocado ninguno de los frascos, dio unos pasos atrás para volver a su posición de origen y encarar de nuevo al muchacho moreno.

—Aunque, de todos modos, puedo adelantarle que soy un simple médico…un cirujano, uno al que no le gusta trabajar con químicos que puedan llegar a intoxicar el cuerpo humano, su sangre, sus órganos, ya entenderá porque busco sedantes “especiales” y, sobre todo, naturales —. Médico, cirujano, una verdad a medias que dejaba caer para que el otro hombre la interpretara como quisiera, a fin de cuentas, no podía aun dejar caer toda la información…Eso sería muy irresponsable de tu parte.

Karmas
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#4
Aquel hombre tenia un aura bastante curiosa, alguien con tono un tanto calmado en la forma en la que hablaba, pero al mismo tiempo con  aquella aura un tanto misteriosa que tenían muchos de los que venían a su establecimiento. Después de todo, se podría decir que sus clientes no eran de los mas normales, así que se podría decir que ya estaba acostumbrado a que gente "Curiosa" llegara a ese lugar en busca de su ayuda. 

Hyákinthos escribió:—Tampoco es de mi agrado que desconocidos escuchen mis conversaciones, así que no tiene de que preocuparse. Así que habría cerrado la puerta, aunque no me lo pidiera.—

Al escuchar aquellas palabras el medico brujo dejo escapar una risa melódica y suave antes de negar suavemente con su cabeza ante sus palabras. —Ah, tranquilo querido dijo acomodándose su abrigo mientras se paseaba entre las velas. —Es solo la precaución que da estar en estos barrios. Nunca se puede estar demasiado precavido cuando se trata de evitar que curiosos intenten averiguar que pasa detrás de estas paredes.

Cuando se encendieron las velas de ese lugar, escucho la vez aquella palabra.

—"Magico" es una palabra interesante, aunque prefiero llamarlo una "tradición refinada con los años" la magia muchas veces  es una cosa que la gente común y corriente no suele entender y que terminan asustados por ello como niños que no entienden la noche. 

En eso el medico brujo se acerco a una de las estanterías en donde tenia un gran numero de licores finos que habia comprado a través de mercaderes que se los habían ofrecido en forma de agradecimiento o como favores intercambiados. De ese lugar saco una fina botella negruzca de vidro opacado que tenia un símbolo tallado en el vidrio con revestimientos dorados. Así mismo tomo dos copas pequeñas y elegantes de una repisa pequeña de vidrio cerca de donde se encontraban sus pociones, dejando ambas copas en su escritorio y la botella entre ellas. 

Hyánkinthos escribió:Me ofende que quisiera hacerme una rebaja. No vine para regatear precios y mucho menos para comprar lo más barato que tenga en su recetario, así que pierda cuidado...De hecho, me alegra que podamos dejar las cosas claras desde el inicio

— Me alegra escuchar eso. Nada mata el ambiente como el regateo. Aqui no se compra lo barato, sino lo adecuado. — dijo levemente mientras acariciaba aquel relicario dentro de su chaqueta, un recuerdo de lo mas apreciado de lo que tenia de un pasado al cual aun se aferraba, paseando su pulgar sobre la superficie de metal suavemente.

Hyákinthos escribió:—Jmmm…Creo que antes de decirle lo que necesito y para que tipo de trabajo, debo preguntar si me veo acaso como un cliente al que le vendería…No quisiera hacerlo perder el tiempo escuchando una petición que podría llegar a rechazar. Usted lo dijo antes, no le vende a cualquiera, supongo que sus clientes tendrán que cumplir algunos requisitos ¿O acaso lo he malinterpretado?.—

Se quedo un momento pensativo antes de responder, tomando un frasco de vidrio de unas extrañas hierbas moradas que levanto de la repisa en donde tenia sus hierbas y pociones observándola por unos segundos antes de volver a dejarlas en el mismo sitio. 

—Humm, ¿seria usted un cliente al que venderia? - dijo repintiendo la pregunta al aire,  antes de acercarse un poco. - Digamos que no ha hecho que me arrepienta de que  le haya hecho pasar, eso ya es un avance. —Los requisitos no son morales, ni políticos… son prácticos. No trabajo con cobardes, ni con gente que miente mal. Y usted... —alzó la mirada con una sonrisa picara y mirada cómplice. — usted miente bonito. Eso suele ser señal de alguien interesante.- dijo como una breve broma antes de servirle de aquel fino licor de tono opaco y negruzco en las copas la cual le ofreció a aquel elegante hombre de cabellos rosáceos que se encontraba frente a el.
 
Hyákinthos escribió:—Aunque, de todos modos, puedo adelantarle que soy un simple médico,…un cirujano, uno al que no le gusta trabajar con químicos que puedan llegar a intoxicar el cuerpo humano, su sangre, sus órganos, ya entenderá porque busco sedantes “especiales” y, sobre todo, naturales —

Una breve sonrisa se dibujo en su boca, la de alguien que ya habia vivido demasiado tiempo en los barrios bajos para saber que no eran simples médicos los que llegaban hasta donde estaba el. Aunque simplemente asintió siguiéndole el juego.

—
No se preocupe señor "Medico-Cirujano", los secretos dentro de estas cuatro paredes mueren al momento en el que sale por esa puerta, asi que no se preocupe, que aquí podrá encontrar sedantes tan  especiales y únicos como especiales y únicas sean sus especificaciones. dice antes de chocar su copa con la ajena y beber del licor que le habia ofrecido.
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#5
Magia.

Tradición.

Para él casi que iban enlazadas, dependía del color del cristal con que se mirara, pero por lo que había alcanzado a ver del mundo, muchas veces esas palabras se entrelazaban de una manera única y, aun así, entendía bastante bien lo que el hombre argumentaba. Casi sintió que había una ciencia detrás del truco de las velas, una que en otro momento se habría detenido a averiguar, pero ahora no es tiempo de ello.

Sonrío al escuchar aquella respuesta, aunque se reservó cualquier comentario para continuar con la fluidez de la conversación real, la razón por la que en verdad recorrió medio Sorbet Sur para encontrar a su “colega”.

—Pues nos entenderemos bien, porque por lo adecuado pagaré el precio adecuado —. Se reservaría que, así mismo, por el producto incorrecto, él sería quien haría pagar al vendedor un precio que él considerara correcto.

De soslayo miró como su anfitrión rebuscaba en una estantería alguna botella, no tuvo que prestar demasiada atención para saber que se trataba de algún licor, algo que lo hizo tensarse levemente antes de recuperar la postura relajada que había portado desde que entró. No solía beber durante las reuniones de trabajo, no cuando su mente podía jugarle una mala pasada, no cuando su cuerpo era tan poco resistente al alcohol. Resultaba un mal chiste.

Salió de sus pensamientos cuando el moreno se acercó de nuevo a él repitiendo una pregunta que el médico entendió que no era necesario contestar. Ahora no lo miró de reojo, si no directamente, mientras que los segundos tomados por el chico para meditar la respuesta se extendieron para el pelirrosa como si fueran minutos. Necesitaba una respuesta, ahora.

Y, cuando por fin llegó, esta fue todo menos lo que esperó escuchar.

Que no se malentienda, no le molestó, por el contrario, lo entretuvo, lo hizo dibujar en su rostro una sonrisa ladina que dejaba de lado, por un momento, ese juego de formalidades al que había entrado desde que la puerta le fue abierta.

—Gracias, Doctor —omitió el nombre para evitar incomodidades, porque ahora, definitivamente, el nombre de la tarjeta se había borrado de su mente. —Por la bebida y por el halago —dijo mientras que tomaba en una de sus manos la copa que el médico le ofrecía —, nunca había escuchado una opinión tan sincera sobre mi manera de…expresarme.

Movió la copa en su mano, haciendo que el licor en su interior se moviera de forma circular, aun con el temor de que la bebida nublara sus sentidos si empezaba a beber de esta sin cuidado, pero no podía rechazarla, no cuando había un avance en la negociación, entonces prefirió esperar, no beber enseguida sería lo mejor, de todos modos, la conversación debía seguir y en esta se iba a centrar. Alzó sus ojos, que ahora tenían un mayor brillo de interés que al inicio.

—Pero ¿Sabe? Debo discrepar en algo, no miento bonito, no me de tal habilidad —. Técnicamente, era cierto, pues no mentía, solo decía verdades a medias, dejando en vilo sus propias ideas, dejando que fuera el otro quien las completara en su mente, ya sea para bien o para mal. —Lo único que hago es revelar información gota a gota. Contar todo de una sola vez podría resultar aburrido y ¿para qué negarlo? También peligroso.

Eso último no tenía por qué ocultarlo, a fin de cuentas, por la manera que tenía el chico de expresarse, el médico pudo deducir que tal vez llevaba tiempo suficiente dentro de este mundo en donde cualquier palabra debía ser dicha con precaución, todo para evitar salir de esas sombras que solían proteger a aquellos que acostumbraban a moverse entre ellas.

—Y creo que eso puede entenderlo bastante bien —. Una vez más su atención fue a la copa antes de que, nuevamente, el hombre le hablara solo para asegurarle algo que llevó al “cirujano” a una relajación más profunda, no lo suficiente para bajar la guardia, pero si para ceder a hablar más abiertamente de los negocios que aun debía poner sobre la mesa.

—Me alegra escuchar eso —. Chocó la copa y se permitió dar un leve sorbo a la bebida, no tanto como para empalagarse, pero si lo adecuado para no rechazar el ofrecimiento. —En ese caso, tengo una larga lista de peticiones, tal vez le gustaría tomar nota.

No esperó a que lo invitaran a sentarse, el médico se puso cómodo en la silla más cercana, una que estaba cerca de la mesa en la que, supuso, el otro hombre atendía a sus clientes
.

—Verá —Se tomaría unos segundos para que su anfitrión se decidiera o no a sacar alguna libreta o papel para tomar su solicitud o, bien, que le dijera que todo está en su mente, le daba igual, sabía que no todos tenían la mente de pez que él mismo poseía. —Necesito sedantes que no dejen huella en los cuerpos, que no puedan ser rastreados, además…no quiero que aturdan, quiero que duerman, como si se tratara de la mejor anestesia. Quiero que los cuerpos de mis pacientes estén muy relajados en las operaciones, pero que conserven la sangre caliente, en movimiento, casi como si estuvieran soñando. No quiero que sientan nada, entre más tranquilos estén, mejor para ellos y mucho mejor para mi —. Sonrió casi con inocencia, a pesar de que sus palabras revelaran cierta malicia y, claro ¿cómo no? Si con pacientes se refería a productos y entre más estresados estuvieran, de menor calidad serían.

—También necesito productos que adormezcan por completo una sola parte del cuerpo…ya sabe, como una anestesia local y, al igual que los otros, que no dejen rastro…Sé que es difícil lograr eso, pero no quisiera que los pacientes puedan tener efectos secundarios o que sus órganos se dañen con químicos innecesarios —. Dio otro sorbo a la bebida antes de seguir hablando, al menos el licor era dulce, seguro no sentiría sus efectos hasta mucho después. —¿Puede lograr algo como eso? De acuerdo con lo que me diga entonces pensaré en pedir otros productos, cosas más medicinales y algunas un poco más…letales —. No encontró forma de maquillar esa palabra, así que, por un momento, decidió ser completamente transparente.
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#6
Las velas no parpadearon cuando terminó de hablar. Eso ya decía algo.

Bonez lo observó en silencio, con esa quietud suya que no era pasividad, sino cálculo. Sus ojos rojizos recorrieron el rostro del “cirujano” como si no miraran piel, sino capas: intención, necesidad, ambición. La sonrisa ladeada volvió, lenta, felina, como si hubiera escuchado una melodía que solo él reconocía.

Entre sus dedos apareció una carta.

Luego otra.

Y otra más.

No hubo gesto amplio ni distracción visible; simplemente estaban ahí, danzando entre sus nudillos con la elegancia de un hábito antiguo. El cartón giraba, desaparecía, reaparecía, marcando el ritmo de la conversación como un metrónomo silencioso.

—Magia… tradición… ciencia… —murmuró con suavidad—. La gente discute los nombres cuando debería temer los resultados.

Dejó que una carta se deslizara por el dorso de su mano antes de atraparla entre dos dedos.

—Lo que usted describe no es un capricho, es un estándar alto. Y debo decir que me halaga que haya recorrido medio mar para buscar a alguien capaz de cumplirlo, porque no abundamos, ewa.

No era arrogancia ruidosa; era la seguridad pulida de quien sabe exactamente cuánto vale.

Apoyó la mano libre sobre su pecho por un instante, gesto sutil, casi inconsciente. Bajo la tela, el frío conocido del relicario. El metal firme. El recuerdo. Siempre ahí, como un segundo pulso.

Las cartas desaparecieron.

—Sedación sin rastro… sueño sin trauma… músculo rendido, sangre viva, mente en pausa sin cicatriz química. Usted no quiere dormir cuerpos, quiere que cooperen sin saber que lo hacen. Eso no se logra con fuerza, se logra con… persuasión biológica.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—La mayoría de los médicos lucha contra el organismo. Yo negocio con él. Por eso mis fórmulas no dejan huellas torpes que otros puedan seguir.

Tomó su copa, girando el licor oscuro con delicadeza.

—Lo que pide para intervenciones completas es posible. Hay mezclas que inducen un estado que imita el sueño profundo natural, donde el sistema nervioso baja la voz sin apagar la orquesta. El cuerpo trabaja, la sangre fluye, pero la conciencia… está lejos.

Sus ojos brillaron con un toque de humor.

—Como ciertos invitados en fiestas demasiado largas.

Bebió un sorbo mínimo.

—En cuanto a la anestesia localizada, aislar territorios es un arte fino. Nervios, no músculos. Señales, no tejidos. Se puede silenciar una región sin que el resto del cuerpo declare emergencia. Requiere precisión… y manos que no tiemblen al preparar algo tan delicado.

Lo miró directo, sonrisa leve.

—Por suerte, mis manos nunca han temblado cuando el resultado depende de ellas.

Dejó la copa.

—Ahora, lo verdaderamente importante no es si puedo hacerlo. Eso ya lo sabe, o no estaría sentado frente a mí. Lo crucial es la frecuencia, el contexto… y la calidad de sus “pacientes”.

Su tono seguía siendo suave, casi cordial.

—Un cuerpo asustado responde distinto a uno resignado. El miedo altera la química interna. Y si yo voy a garantizar limpieza, necesito saber con qué emociones suele trabajar sobre su mesa, porque la fisiología también escucha lo que la mente grita, ewa.

Se recostó con elegancia.

—Deme ese detalle, y no solo tendrá lo que pide… tendrá versiones refinadas, ajustadas a su estilo de trabajo. Porque yo no entrego frascos. Entrego soluciones hechas a medida. Y créame, pocas cosas en este mar están tan bien hechas como lo que sale de mis manos.
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#7
Sus ojos se distrajeron con el ir y venir de las cartas en las manos ajenas. ¿Era supersticioso? No exactamente, eso dependía del día, del momento, de su ánimo…pero era curioso, eso no podía negarlo, por eso no podía despegar sus irises doradas del danzar de las cartas, por eso anotaría en algún rincón de su mente que, por simple curiosidad, podría terminar pidiendo que le leyeran el futuro ¿Por qué no? No es que estuviera perdiendo nada.

La idea lo hizo sonreír y, luego, regresó de golpe a la realidad cuando la voz de su “colega” lo sacó del mágico trance, recordándole el motivo de su visita y, confirmándole, que, efectivamente, como pensó, este hombre si que podía cumplir con las expectativas que tenía en mente o, al menos, eso es lo que le decía su instinto.

—Bueno, medio mar no, llevo un par de años en esta isla y hace poco volví a mi…trabajo —¿Cómo más podría llamar a su estilo de vida? —, pero sí que recorrí media isla y créame, tengo muy mala orientación, tomé el doble de tiempo de lo normal en encontrar este local, digamos que tuve suerte o tal vez los hados quisieron que lo encontrara, porque, normalmente, me habría cansado de buscar —. Al igual que el otro hombre, se inclinó hacia adelante mientras revolvía el contenido de licor en la copa sostenida en una de sus manos. —Ahora me alegra haber seguido buscando.

Dejó de revolver la bebida y tomó apenas un poco, cuidando de que fuera un sorbo mínimo para que su cuerpo lo procesara con calma y sus sentidos no se aletargaran por culpa del alcohol, odiaría emborracharse en medio de una negociación, más cuando el tema principal ya había sido colocado sobre la mesa…aunque, por un momento, cuando vio las cartas desaparecer, creyó que tal vez si estaba emborrachándose rápido. Alejó la copa de sus labios.

—Ejem —. Aclaró su garganta y miró al frente, no parecía mareado ni si quiera un poco desorientado, así que prefirió pensar que aquello fue solo un truco, uno que habría halagado en otro momento, a veces podía ser como un niño sorprendido. —Es como dice, quiero que los cuerpos cooperen y, como usted lo ha dicho, no lo conseguiré con la fuerza bruta y, aunque fuera el caso, no me gusta usarla a menos que sea estrictamente necesario. Prefiero negociar con el organismo, así que mientras pueda lograr esa “persuasión biológica”, estaré más que feliz.

Se recostó mejor contra el respaldar de la silla, poniéndose cómodo y analizando el estudio del otro médico: observó las hierbas en los anaqueles cercanos, los libros a los que podía leerles el título en el lomo y, luego, su mirada fue directo hacia los ojos del moreno. Le prestó toda su atención e incluso se atrevió a sonreír cuando escuchó aquella comparación de sus “pacientes” con los “borrachos” en una fiesta.

—¡Bingo! Un efecto como ese sería el ideal…tal aletargados que no puedan sentir ni recordar nada —. Aunque, en verdad, le traía sin cuidado si ese grupo de pacientes recordaba o no al día siguiente, después de todo, para muchos de ellos no habría un mañana al cual saludar y, por lo tanto, no tendrían un pasado por el cual lamentarse. —Y no se preocupe por el “estado” de mis pacientes, siempre procuro que estén…cómodos o, al menos, lo más que pueda lograr.

Imitando al otro hombre, también dejó la copa a un lado y, aunque lo que había dicho antes sobre sus pacientes era cierto, sabía que en este trabajo tenía que ser mucho más específico, dejar atrás los juegos de palabras y las medias verdades, después de todo, estando frente a quien se encargaría de hacer que sus “consultas” fueran más “cómodas” no podía darse el lujo de titubear, por eso en su rostro se dejó ver un aire de seriedad que desvanecía cualquier signo de broma que pudiera haberse dejado a entrever antes.

—Tranquilidad —dijo con seguridad mientras miraba al otro a la cara. —Puede sonar contradictorio, pero créame que sé como hacer que mis pacientes estén tranquilos cuando llega el momento de…operar. Algunos ni siquiera se dan cuenta de lo que están por vivir, me encargo de que no vean venir la inyección con el sedante, no tienen tiempo de reaccionar antes de que puedan dormirse. Ese es el tipo de efectividad que busco ¿Lo entiende? —Sabía que el otro podía comprenderlo a la perfección, pero debía asegurarse, solo por si acaso —. Sin embargo, a veces no soy yo quien consigue a los…pacientes…en ese caso pueden estar un poco más asustados por no decir MUY asustados…no todos entienden la delicadeza de este trabajo.

Dio un suspiro en el que dejó escapar algo de molestia, no con el otro médico, si no con esos que no trataban bien a sus “pacientes” antes de llevárselos. Aquella leve molestia lo hizo levantarse de su asiento, no sin antes haber dado un corto trago a su bebida, que aun sostuvo en su mano cuando caminó hacia la repisa que había visto cuando recién llegó. Pensó bien en sus palabras, todo mientras se fijaba de nuevo en aquel frasco con esencia de menta que antes había puesto en la mira.

—Así que tenemos dos emociones para trabajar: tranquilidad y miedo. Muy contradictorio ¿No le parece? Aunque podrían ser dos caras de una misma moneda —. Al decir eso se giró para hablar de frente nuevamente. —No tengo problema en pagar de más si hay que hacer sedantes distintos en cada caso y…con respecto a los sedantes locales, ahí mis pacientes suelen estar resignados y cansados. Ya no tienen fuerzas para luchar contra lo que…ataca a su cuerpo —. Dejó entrever una media sonrisa antes de dar otro sorbo al licor. La bebida lo ayudaba a soltarse, eso no era muy bueno.

—Entonces… ¿Es suficiente información? ¿O necesita algo más antes de que cerremos el trato? No me molesta pagar por adelantado si así lo desea, con tal de tener al menos una muestra de esas sustancias que puede preparar...entre antes las pueda probar en un paciente, mejor para mi...aunque antes de firmar cualquier cosa, espero que entienda que quiero confidencialidad y también…quiero saber ¿Están a la venta las esencias de la repisa? Me interesa la de menta…es un aroma que suele relajarme —. Por no decir que era un adicto al olor picoso de aquella planta y a la sensación de cosquilleo que dejaba en su cerebro, como si le intentara recordar algo o a alguien. —Además, así probaría que tan buenos son sus productos…aunque este sea uno completamente distinto a lo que le he pedido.

Dejó la copa sobre el reposabrazos de la silla en la que estaba antes para tener libertad con sus manos de sacar su billetera y ojear la cantidad de berries con la que había salido de su consultorio y, como siempre, eran los suficientes para darse el capricho que quisiera.
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#8
La media sonrisa que Hya habia insinuado no pasó desapercibida. Nunca pasan desapercibidas. Las personas creen que controlan lo que muestran, pero el cuerpo siempre delata lo que la lengua decide callar.
 
Mientras el hablaba de tranquilidad y miedo como si fuesen ingredientes intercambiables, hice aparecer una carta entre mis dedos con la naturalidad de quien enciende un cigarro. La giré lentamente, dejando que el dorso negro capturara la luz de la lámpara sobre nosotros. No interrumpí. Un buen médico escucha antes de diagnosticar… y un buen brujo escucha antes de pactar.
 
—Curioso —murmuré con suavidad—. Habla de negociar con el organismo como si fuera un socio difícil, pero en realidad el cuerpo es el más honesto de los interlocutores. Responde a estímulos, no a moralidades.
Otra carta surgió entre mis nudillos, danzando con precisión casi hipnótica.
 
Le observé con calma cuando menciono que algunos pacientes no ven venir la inyección. La eficacia silenciosa. La rendición química. La ausencia de memoria.
 
Asentí una sola vez.
 
—Lo entiendo perfectamente. La fuerza bruta es vulgar, impredecible, innecesaria cuando se domina la fisiología adecuada. Yo tampoco disfruto romper lo que puede persuadirse con elegancia. La violencia es para cirujanos sin talento… o para marines con complejo de héroes.
 
Apoyé los codos sobre la mesa y entrelacé los dedos, dejando que las cartas desaparecieran como si nunca hubieran existido.
 
—Tranquilidad y miedo no son contradictorios. Son fases. El miedo abre la puerta, la tranquilidad la cierra. Si su paciente llega asustado, su sistema nervioso estará desbordado de cortisol y adrenalina. Eso puede complicar la inducción… pero también puede facilitarla si se dosifica correctamente el sedante adecuado. La caída es más profunda cuando se viene desde más alto.
 
Saqué el relicario del interior de mi chaleco y lo abrí apenas un segundo. No para mostrártelo. Solo para recordar. La fotografía intacta bajo el cristal devolvió mi mirada con una serenidad que este mundo no merece.
Lo cerré con un clic suave.
 
—Ahora bien —continué, inclinándome levemente hacia el chico de cabellos rosáceos.—, lo que usted busca no es solo sedación. Busca cooperación biológica. Y eso requiere precisión. No basta con dormirlos; hay que asegurarse de que el cuerpo no luche antes de caer. Podemos trabajar con precursores suaves en bebida, algo casi imperceptible, seguido de una inducción intramuscular más contundente. Rápido, limpio, sin espectáculo.
 
Me recosté en la silla, estudiando su postura, su respiración, la manera en que sostienes la copa incluso cuando no bebía.
 
—En cuanto a los casos “resignados”… esos son los más sencillos. El cansancio es el mejor aliado de la anestesia. Un cuerpo agotado no pelea, solo cede.
 
Una leve risa escapó de mis labios, baja y medida.
 
—Me agrada que valore la confidencialidad. En mi profesión, la discreción no es un servicio adicional; es la base del contrato. Mis clientes no existen. Sus pacientes tampoco. Y si alguien pregunta, jamás nos hemos visto, ewa.
Dejé que la palabra flotara con naturalidad antes de continuar.
 
—El pago por adelantado no me ofende. De hecho, lo considero una muestra saludable de compromiso. Pero no trabajo con promesas vacías ni con improvisaciones. Necesitaré datos más específicos: peso promedio de sus pacientes, estado general de salud, frecuencia cardíaca basal estimada, consumo previo de sustancias. No todos los cuerpos reaccionan igual, y yo no fabrico soluciones genéricas.
 
Me levanté con elegancia y caminé hacia la repisa que habías observado. Tomé el frasco de esencia de menta entre mis dedos, lo giré con parsimonia y lo acerqué a mi nariz.
 
Inhalé.
 
El aroma picante y fresco cortó el aire cargado del estudio.
 
—La menta está a la venta —dije sin mirarle todavía—. Es pura, destilada sin adulteraciones. Relaja, despeja, estabiliza. Algunos dicen que despierta recuerdos. Yo prefiero pensar que limpia interferencias.
 
Me giré hacia Hyakinthos. , sosteniendo el frasco a la altura de mis ojos.
 
—Si quiere probarla, considérela un adelanto simbólico de nuestra colaboración. Pero no confunda esencias con sedantes. Una acaricia el sistema nervioso; la otra lo somete.
 
Regresé a la mesa y deposité el frasco frente a su compañero.
—Le prepararé dos compuestos distintos: uno para la tranquilidad inducida, otro para la caída desde el miedo. Ambos diseñados para actuar con rapidez, mínima resistencia muscular y amnesia funcional en la mayoría de los casos. Sin convulsiones. Sin vómitos. Sin dramatismo innecesario.
 
Mis dedos hicieron aparecer una última carta. La reina de picas.
 
La dejé sobre la mesa entre nosotros.
 
—Sin embargo —añadí con voz más baja, más firme—, necesito que entienda algo antes de cerrar este trato: no tolero negligencia. Si alguien le entrega pacientes maltratados hasta el punto de comprometer su estabilidad fisiológica, eso afecta mi trabajo. Y cuando algo afecta mi trabajo, me afecta a mí. Y cuando algo me afecta a mí… suelo corregirlo personalmente.
 
Sostuve tu mirada sin parpadear.
 
—Así que sí, la información es suficiente para empezar. Pero quiero una muestra de su profesionalismo tanto como usted quiere una muestra de mis sustancias. Confianza mutua, discreción absoluta y precisión quirúrgica. Nada menos.
 
Deslicé la reina de picas hacia el con un leve movimiento.
 
—Si estamos de acuerdo, deje los berries sobre la mesa. La primera tanda estará lista en tres días. Y cuando sus pacientes caigan sin resistencia, cuando no recuerden el momento exacto en que el mundo se volvió negro, sabrá que eligió al médico correcto.
 
Sonreí apenas, elegante, contenido.
 
—Después de todo, persuadir al cuerpo es un arte… y yo no practico nada que no pueda ejecutar con excelencia impecable, ewa.
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#9
Intervenir cuando su colega médico y, posiblemente, futuro socio, hablaba le pareció de mal gusto, por eso el silencio lo acompañó mientras, sin querer, sus dientes mordían la delicada piel del interior de su boca, una mala maña que ponía en práctica cada vez que tenía oportunidad, en especial cuando estaba concentrado o pensando en cosas específicas. Justo como ahora, donde toda su inquieta y voluble mente debía estar solo centrada en los negocios por venir.
 
En algún momento, cuando sintió el sabor metálico de la sangre resbalar por sus papilas gustativas, regresó a la “realidad”, aunque en su memoria ya estaba cada palabra y frase dicha por el otro hombre… ¿Sería bueno trabajar con él? Sí, por ahora lo convencía. Tenía buena labia y seguridad suficiente para saber de lo que estaba hablando. Tendría que conformarse con eso mientras tanto, hasta probar los productos que le prometía…no quería que este hombre terminara como el último con el que trabajó, aquel que no cumplió con sus expectativas…y ahora…ahora era curioso que quien tenía al frente pensara de manera casi similar en los casos en donde se ve afectado. Eso lo hizo sonreír tras la copa que, segundos antes, había llevado a sus labios.
 
—¡Qué casualidad! Tenemos más en común de lo que parece ¿Sabe? —Dio un sorbo a la bebida, dejándose llevar un poco más por el momento, pero aun cuidando de no emborracharse. —Lo digo porque justamente vengo de corregir, personalmente, un problema que comprometió mi trabajo, así que debo darle la misma advertencia: Me gusta la efectividad y eficiencia…me encargaré, por mi cuenta, de cualquier negligencia que se cometa —. Volvió a sonreír, dejando entrever un rostro risueño que contrastaba con sus palabras. —Téngalo en cuenta, porque…por lo poco que hemos hablado, usted me agrada y sería una lástima tener que…corregirlo —. Al terminar de hablar alzó su mirada y lo miró con una seriedad que al mismo tiempo dejaba entrever un dejo de picardía.
 
—Sea como sea, me alegra que podamos entendernos por ese lado. Simplifica mucho las cosas —. Se relajó y, de paso, decidió, por fin, sostener el frasco de esencia de menta por el que había preguntado. Le quitó la tapa y aspiró el aroma…Ahí se dio cuenta de que en verdad había elegido bien. La mezcla lo hizo relajarse de inmediato, disfrutar el perfume mentolado mientras cerraba sus ojos para concentrarse en ese olor que, lamentablemente, por culpa de su mal olfato, no podía sentir como era debido…tal vez por eso le gustaba tanto o, tal vez por algo más que su subconsciente guardaba; sin embargo, sabía donde estaba, aun tenía cosas que decir.
 
Cerró el frasco con la esencia de menta y la guardó en su bolsillo, por supuesto que se la llevaría…ya le hacía falta y, además, sería su manera de recordar que tenía un trato con… ¿Bon? ¿Vans? Que difíciles era aprender un nombre…al menos eso rellenaba el espacio de discreción absoluta que le pedía el otro…porque sería imposible recordarlo fuera de un entorno laboral.
 
—Y no se preocupe por la discreción y precisión…como cirujano, son cosas con las que debo trabajar diariamente y, con respecto a la confianza, esta se gana…y por ahora lleva algunos puntos a su favor, pero veremos como sigue nuestro trabajo para depositar más de mi valiosa confianza en usted…ella es un lujo del que no puedo prescindir siempre ¿Sabe? —Miró el movimiento de las manos del otro hombre, las cartas danzando entre sus dedos y, por un momento, quedó hechizado con aquellos trucos que parecían tan sencillos y a la vez tan complejos en su mente…La magia no era lo suyo, era un terreno desconocido, pero que no le molestaba explorar.
 
—¡Ah! Respondiendo a sus preguntas sobre mis pacientes —. Hizo una pausa, porque eso era muy amplio. —Los datos que me pide suelen variar de acuerdo a la persona, pero puedo darle un estimado general sobre las personas con las que suelo trabajar —Se mordió la lengua, no porque estuviera a punto de mentir, si no porque era su manera de concentrarse y, para recordar los datos, necesitaba estar centrado. — Jóvenes, entre 15 y 25 años, preferiblemente…Si algún día salgo de ese rango de edades, le comunicaría. También suelo trabajar con personas que tengan un peso saludable de acuerdo a su estatura, nadie en obesidad mórbida ni desnutrido, por supuesto. Me aseguro de que estén saludables antes de cualquier cosa y que lleven un estilo de vida libre de sustancias, pero, de nuevo…si hay variaciones, lo diría…aún así, podría enviarle, en la semana, una lista con los datos de mis próximos tres pacientes. Así sería más fácil.
 
Por fin dejó de hablar, sabía que había mucha información en sus palabras, pero no podía interrumpirse y arriesgarse a olvidar el hilo de su idea a mitad del diálogo, por eso se tomó un tiempo para estar en silencio, dejar que el otro hombre procesara sus palabras y, finalmente, moverse de nuevo, con gracia, aunque solo para acercarse a la mesa y colocar sobre ella la copa vacía. Era un milagro que aun pensara con relativa claridad después de beber.
 
—¿Y no me dirá cuantos berries quiere por adelantado? —preguntó antes de sacar su billetera y, sin esperar una respuesta, colocó el dinero sobre la mesa, eran 500 mil berries, ni más ni menos, todos en billetes, nada en monedas. —Bueno, no importa, creo que con eso será suficiente por ahora, si necesita más, puede…Jmmm…
 
Antes de guardar su billetera, sacó de esta una tarjeta en la que aparecía su contacto, así podrían comunicarse por den den mushi en caso de ser necesario.
 
—…Puede hablarme por den den mushi, sería más fácil ¿No lo cree? —Alzó la tarjeta frente a sus ojos, así el otro hombre podría verla con claridad y, luego de unos segundos, la colocó sobre la mesa, en el mismo lugar en donde estaban los berries. —Y yo me quedo con la suya, así sabré donde encontrarlo —. El pelirrosa se alejó de la mesa y volvió a meter sus manos en los bolsillos antes de dar una mirada a la salida del local.
 
—Bien, creo que eso es todo lo que tenía por comentarle, puedo asumir que tenemos un trato y que no va a quedarme mal, así que, con todo esto claro… Me dijo que 3 días ¿no? Misma hora, mismo lugar —. Era tanto una pregunta como una afirmación, pues no aceptaría algo distinto como respuesta. —Puedo trabajar con eso, nos vemos entonces. Ha sido un placer pactar con usted, caballero.
 
Con eso dicho, el pelirrosa caminó hacia la salida, no esperaría una invitación para salir cuando podía abrir una puerta por su cuenta, así que, en segundos, pasó de estar dentro del cálido recinto de Bones a ser recibido por la frialdad de la noche en las calles de Sorbet. No le molestó respirar el aire, aunque el frío se colaba sin clemencia bajo su ropa, eso lo hizo arrugar la frente, molesto, pero…no demasiado, a fin de cuentas, el pequeño gran paseo por la ciudad había válido la pena. Encontró a quien buscaba.
[Imagen: hyakocheja.png]
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#10
Dentro de aquellas extrañas peticiones y actitudes algo demandantes del médico brujo se escondía algo más que simples exigencias superficiales: había una intención más profunda, casi meticulosa, de poder saber quién era realmente un socio noble con el cual podría hacer tratos sin reservas. Era, después de todo, la forma habitual de hacer negocios en un lugar en donde, en la más mínima oportunidad, muchos se aprovechaban de la nobleza de los extraños y de la palabra de caballeros que, en otros sitios, aún conservaba cierto peso.

Bones simplemente quería saber, con una cautela que rozaba la experiencia, si podría tener en Hyakinthos a una persona que llegara a considerar un cliente frecuente, alguien constante, siempre y cuando este no se alterara por la naturaleza exigente de sus peticiones.

El médico brujo, al escuchar a su colega devolverle el favor de las advertencias acerca de aquellos tratos potencialmente peligrosos, permitió finalmente que se asomara una sonrisa más amplia en sus labios morenos. No era una sonrisa cualquiera, sino una que denotaba cierta aprobación contenida. Mientras tanto, observaba con detenimiento aquella máscara de amabilidad y cercanía que el otro médico anteponía con tanta habilidad para suavizar lo que, en esencia, no dejaba de ser una amenaza velada.

Ciertamente, era alguien que podía entender lo que realmente decían sus palabras más allá de lo evidente, así como él mismo lo hacía con suma atención cuando escuchaba aquella voz suave pero innegablemente amenazante: la voz de un hombre que sabía perfectamente cómo hacer amenazas sutiles sin la necesidad, siquiera, de alzar el tono.
Bones, por su parte, levantó las manos como lo haría alguien que estuviera siendo amenazado con un revólver, en un gesto teatral pero controlado, terminando por extenderle una sonrisa honestamente amistosa. En ella se percibía con claridad que era un hombre que denotaba un profesionalismo firme, algo que no solo se intuía, sino que se hacía evidente en cada una de sus palabras cuidadosamente elegidas.

—En el trágico caso de cualquier negligencia, no pondría ningún obstáculo para que me abriera el estómago cual rana a la que van a diseccionar —dice con una confianza absoluta en sus propios productos—.

Aquella seguridad no era gratuita, sino que venía respaldada por su conocimiento. A esto se sumaba el hecho de que claramente él mismo no permitiría que un colega conocedor de venenos, calmantes y tónicos paralizantes se sintiera insatisfecho con alguno de sus productos. No era solo una cuestión de negocio: era el honor de su nombre como médico brujo el que estaba en juego con cada medicina, cada sedante y cada veneno que sintetizaba con suma experticia. Su agudo sentido del olfato le otorgaba, además, una ventaja notable frente a cualquiera de aquellos médicos de dudosa reputación que se encontraban en esos barrios olvidados.

—Eso es lo que pienso también yo —respondió Bones, con naturalidad, mientras hacía aparecer mágicamente, casi como un truco ensayado mil veces, una carta entre su dedo anular e índice de la mano derecha.

La carta comenzó a girar entre sus dedos con una fluidez hipnótica, pasando de uno a otro con suma habilidad, propia de alguien que había perfeccionado esa destreza con el tiempo. Parecía casi como si las cartas bailaran al ritmo de los movimientos rápidos y precisos de sus manos, creando un espectáculo sutil pero llamativo.

—Pues no esperaba menos. Sería una desgracia perder la confianza de un colega como lo es usted —añadió con tono medido.

—. Vale decir que no toda la gente que viene a mi establecimiento parece tan interesada en las pociones como lo haría un conocedor de la medicina; diría, más bien, que su único interés radica en su funcionalidad inmediata, aunque claramente con esto no digo que aquello no sea importante.

Dice esto mientras deja escapar una leve risa, breve pero sincera, al verlo acercar la nariz a aquel frasco de menta, aspirando su aroma con curiosidad.

—Pero, de vez en cuando, es bueno conocer colegas que puedan apreciar el trabajo de un humilde médico brujo —añadió finalmente, con una impostada humildad que, lejos de ser creíble, apuntaba más bien a un breve chiste cargado de un matiz sarcástico.

De manera casi repentina, centró su atención en la información que el hombre de cabellos rosáceos le ofrecía, escuchando con detenimiento. No tardó en notar que muchos de los “pacientes” con los que este debía lidiar oscilaban entre los 15 y 25 años: un grupo joven, de madurez temprana, pero físicamente resistente.

Los cuerpos jóvenes, bien lo sabía, tendían a presentar mayor resistencia a los sedantes debido a su metabolismo acelerado. Sin embargo, aquello no representaba un problema insalvable. Siempre existían soluciones: bastaría con una visita a la selva de Anozama, donde podría recolectar algunas raíces ideales para ese tipo de fisiología, permitiendo preparar compuestos más potentes capaces de subyugar incluso a los organismos más resistentes.

Bones tomó la tarjeta con interés, sin perder su aire despreocupado, paseándola entre sus dedos con la misma destreza que demostraba con sus cartas. Sus ojos recorrieron el nombre escrito en ella con calma antes de elevar la mirada y sostener el contacto visual con su interlocutor durante unos segundos que parecieron medir más que solo palabras.

—Prefiero que las conversaciones sean cara a cara. Ya he tenido problemas con algún que otro marine que tiene por costumbre intervenir llamadas privadas —dice antes de encogerse de hombros con aparente ligereza—. Ya sabe, no es algo personal, pero en este rubro no se puede ser demasiado confiado.

Lo dice con la naturalidad de quien habla desde la experiencia, como si cada palabra estuviera respaldada por vivencias acumuladas en las calles.
Una vez que todo parecía indicar que el trato se había cerrado de manera satisfactoria, Bones se levantó de su escritorio con calma medida, extendiendo la mano para estrechar la ajena y sellar aquel acuerdo con el peso simbólico de su palabra de honor.

—Pierda cuidado, que yo me tomo muy en serio mi trabajo y me esforzaré al máximo para que se sienta satisfecho con mis productos —afirmó con firmeza.

Acto seguido, señaló brevemente el frasco de esencia de menta con un leve movimiento de mentón.

—Y no se preocupe, ese frasco va por cuenta de la casa; tengo otros más en las bodegas, así que no será ninguna pérdida.
Finalmente, asintió en un gesto de despedida cordial, cerrando el intercambio con una elegancia discreta.

—Fue un placer hacer negocios con usted, colega. Espero que no sea la última vez.

Dijo esto justo antes de que el pelirrosado cruzara la puerta. Sus ojos siguieron la silueta del hombre mientras esta se desvanecía lentamente en la oscuridad de la noche, como si fuera absorbida por ella. Poco después, la puerta se cerró mágicamente detrás de él, dejando aquel acuerdo suspendido en el aire, latente, a flor de piel, como una promesa silenciosa de un futuro encuentro.
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