[Pasado] The Whims Of Fate
#1
El bar apestaba a humo y a sueños rotos.

Massimo llevaba un par de horas en el local, apoyado en la barra con los codos sobre la madera mugrienta y la gabardina colgando a los costados como una cortina vieja. El fedora le sombreaba la cara, pero bajo el ala sus ojos claros seguían el vaivén de las copas, las manos de los borrachos, el humo que subía en espirales perezosas hasta mezclarse con la poca luz amarillenta del techo.

No había venido a beber. El dinero no le daba para eso, y aunque le diera, el alcohol y él no se llevaban bien. Le gustaba demasiado, y cuando le gustaba algo solía perder el control. Así que se limitaba a un vaso de agua sucia que el tabernero le había servido de mala gana, y que él llevaba media hora dando sorbos pequeños, fingiendo que era otra cosa.

Había venido a escuchar.

El blues de la noche era diferente al del mediodía. Más lento, más grave, con un ritmo que se arrastraba como los borrachos que salían de la barra camino a sus casas. La banda de siempre llenaba el local con notas que parecían hechas de derrota y resignación. A Massimo le gustaban. Le gustaba cómo el saxofón lloraba en los momentos justos, cómo el contrabajo hacía vibrar el suelo, cómo el piano añadía pequeños destellos de algo que casi parecía esperanza antes de volver a la tristeza.

El tabernero, un hombre gordo y calvo con un delantal manchado de grasa, se acercó a limpiar la barra cerca de donde estaba Massimo. Frotó la madera con un trapo sucio y, sin levantar la vista, soltó:

-Otra vez por aquí, gigante. No eres de los que gastan, pero al menos no montas jaleo.

Massimo se encogió de hombros.

-El agua es gratis.- Dijo, con esa voz grave y plana que usaba para todo.

El tabernero resopló, una especie de risa ahogada que se perdió en el ruido de la música.

-Gratis para los que no dan problemas. Tú no das problemas.

-Intento no darlos.

-Pues mira por dónde...- El hombre dejó el trapo sobre la barra y apoyó las manos en la madera, mirando a Massimo con una mezcla de curiosidad y desgana. -La otra noche vino un tipo preguntando por ti. Un tipo raro. Con alas.

Massimo frunció el ceño. El ceño que ya tenía fruncido de por sí, pero un poco más.

-¿Y qué le dijiste?

-Que no te conocía. Porque no te conozco. Solo sé que vienes, te sientas, pides agua y te quedas mirando al escenario como si te fueran a dar un premio.

Massimo no respondió. El tabernero se encogió de hombros y cogió el trapo otra vez.

-Pero bueno, no es asunto mío. Los clientes son clientes. Mientras no monten líos...

-No monto líos.- Dijo Massimo.

-Eso ya lo sé. Por eso te dejo estar.

El hombre se alejó hacia el otro extremo de la barra, donde una botella medio vacía esperaba ser devuelta a su sitio. Massimo se quedó solo otra vez, con el vaso vacío entre las manos y la música llenándole los oídos.

Pasó un rato. Los músicos cambiaron el ritmo, pasaron a algo más lento, casi melancólico. Massimo cerró los ojos un momento, dejando que las notas le recorrieran la espalda como un escalofrío. El contrabajo vibraba en el suelo, el piano dibujaba pequeñas curvas en el aire, y el saxofón... el saxofón lloraba. Como si supiera lo que era estar solo.

Abrió los ojos. El bar estaba casi vacío. Un par de borrachos en una mesa del fondo, la banda despidiéndose entre aplausos escasos, el tabernero secando copas detrás de la barra. Nada más.

Massimo se incorporó un poco, estiró la espalda, sintió cómo le crujían las vértebras. Llevaba demasiado tiempo en la misma postura. Iba a pedir otro vaso de agua, aunque solo fuera para tener algo que hacer con las manos, cuando la puerta del bar se abrió.

El aire que entró era frío, seco, diferente al aire espeso y caliente que llevaba horas respirando. Massimo no se giró. No era su estilo. Pero notó cómo el ruido del local cambiaba. Las conversaciones bajaron de volumen. Alguien dejó de hablar a mitad de frase. El tabernero, detrás de la barra, levantó la vista y se quedó quieto un segundo antes de volver a secar su copa como si nada.

Massimo cogió el vaso vacío, lo giró entre los dedos torcidos, y esperó.

Los pasos resonaron en el suelo de madera. Firmes. Seguros. No eran pasos de borracho ni de cliente habitual. Eran pasos de alguien que sabía exactamente dónde estaba y a lo que había venido.

Massimo no miró. Pero escuchó.

El roce de una capa. El tintineo de algo metálico, quizá un cierre, quizá unas monedas. El crujido del cuero al moverse. La mujer se sentó en algún lugar de la barra. No demasiado cerca. Lo bastante para que Massimo notara su presencia sin tener que girar la cabeza.

El tabernero se acercó a ella. Preguntó algo en voz baja. La mujer respondió con un par de palabras, tan breves que Massimo no alcanzó a distinguirlas. El tabernero asintió y se fue a servirle.

Massimo siguió mirando su vaso vacío.
La música había terminado. La banda recogía sus instrumentos al fondo, entre conversaciones bajas y el ruido de las sillas al moverse. El bar se quedaba en silencio, ese silencio espeso que precede al cierre o a la tormenta.

Massimo no se movió. La mujer, a unos metros, tampoco.

El tabernero dejó una copa frente a ella. El sonido del cristal contra la madera fue un pequeño golpe seco en el vacío. Massimo seguía sin mirar. Pero sus dedos, sobre la barra, estaban quietos. Y sus oídos, atentos.

Algo le decía que esa noche no iba a terminar con él volviendo solo a su casa. Algo le decía que la mujer de la capa negra no estaba ahí por casualidad. Algo le decía que, de un momento a otro, el silencio se iba a romper.

Y él, como siempre, esperaría a ver qué pasaba.
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#2
Sylvanas había ganado algo de dinero en la mañana, algunas apuestas que le había salido bastante bien y ahora iba de camino a la taberna más cercana, necesitaba comer un poco, beber y pensar cual sería la siguiente ruta de su viaje, incluso estaba pensando en hacerse con una tripulación para no seguir colándose en barcos mercantes.

Mantenía su camino con calma, guardando su apariencia debajo de aquella capa negra con capucha, algo que se había convertido como un emblema pero era bastante funcional para esconder su katana, y sobre todo aquella serpiente blanca que siempre le acompañaba, el bien Poplar que estaba rodeando su brazo izquierdo, sin llegar a apretar para causarle algún daño, pero lo suficiente para sostenerse

Sus ojos grises se enfocaron en una taberna, que estaba comenzando a quedarse algo vacía, lo suficiente cómodo para poder pasar un rato sin problemas, aunque con lo aburrido que estaba siendo sus dias. Una vez cruzo la entrada, observo a todos los presentes, la mayoría parecía estar derrotados por al alcohol – un whisky y una cerveza – le dijo al cantinero, una vez llego a la barra – ¿tienes algo de carne? Cruda – pidió mientras le servían sus tragos, su “mascota” necesitaba comer – y por si acaso, no me refiero a tus partes – entrecerró sus ojos, pensando por un segundo que quizas pudiera mal interpretar sus palabras.

Mientras esperaba, tomo el trago de whisky, una vez sequito la capucha que cubría su cabeza, dejando ver su cabello plateado como su rostro – ¿Hmm? – giro un poco su cabeza para observar al hombre grandulón a su izquierda, observando con atencion que estaba tomando – eres la primera persona que le veo tomar agua en una taberna – le hablo, para luego beber de un golpe aquel licor – ¿no prefieres algo más fuerte o eres lo que no les gusta el licor? – mientras le hablaba, debajo de su capucha, se asomaba aquella serpiente con curiosidad de saber a quién le hablaba su “ama”
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#3
El bar apestaba a humo y a vidas rotas.

Massimo llevaba un buen rato con la mirada fija en el vaso vacío, los dedos torcidos descansando sobre la madera mugrienta de la barra. El fedora le sombreaba la cara, pero no lo suficiente. A su alrededor, el local se vaciaba poco a poco. Los borrachos se iban a sus casas, o caían redondos sobre las mesas, o simplemente desaparecían en la noche sin que nadie supiera adónde. La banda ya se había ido. El silencio era casi absoluto.

Massimo agradeció el cambio. Menos gente, menos ruido, menos problemas.

La puerta se abrió. Massimo no levantó la cabeza. No era su estilo. Pero sus oídos, tan agudos y finos como siempre, captaron los pasos. Firmes. Seguros. Alguien que sabe dónde está y lo que quiere.
La mujer se sentó a su izquierda. Pidió whisky, cerveza y carne cruda. Massimo levantó una ceja. Lo de la carne le pareció raro, pero no dijo nada. No era asunto suyo.

Ella le habló sobre el agua, sobre que era la primera persona que veía tomar agua en una taberna. Sobre si no prefería algo más fuerte.

Massimo se giró entonces. La miró. Los ojos claros, cristalinos, se encontraron con los grises de ella.

-No soy fan.- Dijo, con esa voz grave y plana que usaba para todo con un tono tajante. -Demasiado caro para lo que hace.

Se encogió de hombros.

-Así que, agua.

Debajo de la capucha, una serpiente blanca asomó la cabeza, curiosa. Massimo la miró un momento. La serpiente lo miró a él, la lengua bífida moviéndose en el aire como si estuviera saboreando su presencia.

-... ¿Siempre llevas eso contigo?- Preguntó.

La mujer no respondió de inmediato. La serpiente se deslizó hacia el plato de carne cruda que el tabernero había dejado sobre la barra, y Massimo la observó mientras comía. Había algo hipnótico en la forma en que se movía, lenta, calculadora, como si cada gesto estuviera medido al milímetro.

El tabernero se acercó a limpiar la barra cerca de donde estaban. Los miró a los dos, primero a ella, luego a él, y soltó una risa corta antes de alejarse. Massimo no supo si era por la serpiente, por el agua, o por la combinación de ambos.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. No incómodo. Solo presente. Como los dos, compartiendo la barra de un bar de mala muerte en una isla que no era su hogar.

Massimo giró el vaso vacío entre los dedos. El cristal rozó la madera con un chirrido leve.

-Tampoco he visto a mucha gente pedir carne cruda.- Dijo, sin mirarla. -Pero supongo que es para... ¿ella?

No era una pregunta. Era una constatación. La única pregunta real era sobre el genero del reptil que, seguía comiendo, ajena a la conversación.

Massimo dejó el vaso sobre la barra y se reclinó ligeramente hacia atrás, sintiendo cómo la madera del taburete crujía bajo su peso. Fuera, la noche seguía su curso. Dentro, solo quedaban ellos, el tabernero que fregaba copas al fondo, algun borracho durmiendo la mona, y el silencio.

Massimo no sabía por qué seguía allí. No tenía nada que hacer. No tenía a nadie que esperar ni nada que hacer mas alla de descansar para el día siguiente. Pero algo en la presencia de esa mujer, en su forma de ocupar el espacio sin pedir permiso, le daba la sensación de que quizá merecía la pena quedarse un rato más. Como si, en un futuro no muy lejano, esa mujer fuera a ser alguien importante.

O quizá solo era el cansancio.

Suspiró. Un suspiro largo, pesado, como el que suelta la gente que ha aprendido que las palabras sobran.

Massimo la miró un momento más. Luego apartó la vista.

-¿Sueles venir a este sitio?- Preguntó, sin ningún interés real. Solo para romper el silencio. O para alargarlo. Todavía no lo sabía.
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#4
Las cosas que había solicitado no tardaron en llegar, quizas debido a lo simple que podría llegar a hacer, pero lo que más llamo su atencion era la respuesta de su “compañero” sobre el motivo por cual bebía agua y no licor, como el resto de personas alli presentes. La mirada de Sylvanas fue directamente hacia su serpiente, cual bajaba sin prisa hacia su comida, como si entendiera que aquella solicitud había sido para ella.

– Se llama Poplar, siempre está conmigo –  tomo la cerveza, para colocar un poco en el vaso que contenía el Whisky, antes de moverla hacia al gigante a su lado, quedándose con el trago de whisky combinado – desde que tengo memoria, es realmente curioso – confeso mientras recordaba como aquella anciana le decía cuando era niña, que no importaba que hiciera, aquella serpiente siempre volvía a estar junto a ella, y muchas veces pareciera como que la cuidara, aquella fue la razón por la cual se había quedado con aquella serpiente y ahora era Sylvanas quien cuidaba de ella.

Hizo vista gorda a los gestos del bartender, decidiendo tomar su licor de un solo golpe, y hacerle la señal para que trajera dos tragos más – ¿no tocaras la cerveza? No me gusta beber sola – fue en ese momento, que saco un pequeño saco de berries y lo dejo sobre la barra – por el dinero no te preocupes – temprano, cuando iba de camino a la taberna aprovecho para robar algunas monedas, sobre todo a mercantes que estaban distraídos atendiendo a muchos clientes, los años le habían provocado que se volviera un poco mas experta en su arte.

Se giró un poco para observar al gigante, y luego de reojo al resto del lugar, esperando encontrar algún tonto dormido a cual pudiera robar para pagarse la cena de aquella noche – realmente no, me gusta moverme muy seguido – su mirada volvió al chico, clavando sus ojos grises en el – no vivo como estas personas, me gusta ver el mundo y quizás algún día – mientras hablaba, tomo uno de los nuevos whisky que dejaron frente a ella – visitar el Grand Line – una ambición algo grande, una donde muchas personas terminaban muriendo y es que los mares más allá podrían ser peligrosos pero los más grandes piratas no se quedaban en aquellas tierras pobres.
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#5
Massimo escuchó en silencio. La mujer hablaba de su serpiente, de Poplar, de cómo llevaba con ella desde siempre. Massimo no preguntó por qué. No era su estilo. Ella empujó la cerveza hacia él. Dijo que no le gustaba beber sola. Dijo que por el dinero no se preocupara. Massimo miró la jarra. La miró a ella. Luego cogió la jarra.

Hacía años que no bebía alcohol. No porque no le gustara. Porque no podía permitírselo. El dinero siempre iba a otras cosas. Pero ella había dicho que invitaba. Bebió un sorbo. La cerveza estaba tibia, amarga, con ese regusto a madera vieja de los bares de mala muerte. No era buena. Pero era gratis.

-Dejé de beber cuando me di cuenta de que cada moneda contaba.- Dijo, dejando la jarra sobre la barra. -Pero si insistes...

Bebió otro sorbo. Más largo esta vez.
Ella habló del Grand Line. De moverse. De no vivir como las personas de allí.

-El Grand Line.- Dijo Massimo, como si probara las palabras. -Es un sueño de muchos.

Massimo se quedó callado un momento. Sus dedos torcidos recorrieron el borde de la jarra.

-Yo… Ni sé si tengo sueños.- Dijo al final. -Solo voy hacia adelante. Donde me lleven los pasos.

Massimo bebió otro sorbo. La jarra se vaciaba lentamente.

-El cementerio de piratas.- Dijo otra vez. -No es un sitio para ir solo.

Se quedó callado. No añadió nada más. Solo esperó.

El tabernero secaba copas al fondo. La serpiente observaba en silencio desde el brazo de su dueña. La jarra seguía sobre la barra.

-Miento. Si tengo un sueño.- Dijo mientras alzaba la vista hacia arriba. Como si en el techo del lugar estuviera su respuesta. -Aunque… Aún es algo pronto para compartirlo.

Massimo no se movió. No dio media vuelta. No caminó hacia la puerta.

Sus dedos torcidos descansaban sobre la madera. El fedora le sombreaba la cara. Los ojos claros seguían fijos en los grises de ella.

La noche seguía su curso fuera del bar. Dentro, el silencio se alargaba.
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#6
Cerro su ojo izquierdo una vez escucho sobre su problema con el dinero, algo con lo que ha vivido durante toda su vida — el dinero no es problema, si sabes de donde sacarlo  — le guiño un ojo a su compañero de bebidas, esperando a que entendiera que era una ladrona, algo que para muchos no era un trabajo honrado pero para Sylvanas era todo lo que conocía, por esa razón se convirtió en una pirata, a pesar de que era una cero a la izquierda en la piratería, nadie le conocía y quizas era mejor asi.

Arrugo un poco sus labios tras escuchar sobre los sueños ¿Qué era precisamente tener uno? Y estaba segura que no se refería a cuando dormía, y es que no pudo evitar pensar en su antigua enamorada, que ahora era una Marine que luchaba en contra las personas que eran como Sylvanas, según decía que su sueño era darle justicia a todas las personas — no es un mal lugar para el final del camino  — una sonrisa se marcó en su mejilla — la verdad prefiero morir en el Grand Line, que aquí, el South Blue  — termino su trago de un solo trago, sin pensarlo mucho y tras aquello, poso su vaso con fuerza sobre aquella barra de madera.

No es que quisiera morir pronto, pero quería ir a mares más lejos que donde se encontraba — sobre los sueños, me has hecho pensar un poco  — confeso, antes de inclinarse hacia atrás — ¿has escuchado aquellas historias y cantos de grandes hazañas?  — aquellas pequeñas historias que quedaban para siempre, que pasaban entre generaciones, como parte de los más fuertes o por las cosas más tontas, habían diferentes canciones para cualquier situación — creo que mi sueño seria eso, quedar en la historia del mundo  — aunque si lograba hacerlo como una Pirata, era muy probable que el Gobierno Mundial buscara eliminarla de la historia, que su aventura no inspirara a otros individuos de intentar superarla o seguir sus pasos — seria divertido colocar el mundo de cabeza  — termino de confesar antes de reírse de una manera un poco peculiar — Ahrrhahaha! Si llego a quemar el Grand Line, sabrás que te he invitado varios tragos, ahrrhahaha  — el alcohol le hacia alegrarse un poco y la verdad, todo aquello le ocacionaba un poco de gracia, sumando a lo gigante que era el sujeto a su lado.

Mientras intentaba parar de reírse, le hizo una seña al bartender para que trajera otra ronda de licor, a la vez que dejaba sobre la barra una pequeña bolsa de berries con un pequeño sello en la tela, era una clase de saquito perteneciente a una embarcación con la que habia llegado a la isla
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