Noche en Drum [Pasado social]
#1



[Día 78 de verano,
año 17]


Era noche cerrada ya en Drum. En una de las tabernas locales, un camarero iba de acá para allá, sirviendo a los clientes con la discreción y el desparpajo de un buen profesional, de quien lleva suficientes años en el oficio. El establecimiento constaba, además de una suerte de gran sala principal, de multitud de pequeñas estancias que, sin llegar a estar cerradas, actuaban casi como habitaciones con su propia mesa, en las que los parroquianos más taciturnos podían gozar de la discreción que necesitasen sus reuniones, o de la tranquilidad que necesitasen tras un día de trabajo; a discreción de cada cual. La taberna era frecuentada por gente de todo pelaje, pero nadie de aspecto extraño o sospechoso. Gente normal, simplemente: Marines de paso como él mismo, soldados, trabajadores del puerto, leñadores, constructores. La construcción del lugar daba a entender, de manera muy evidente, que incluso los establecimientos más corrientes de aquella isla podían ser tan ostentosos como algunos de los más lujosos en lugares como Roshwan.

En una de esas dependencias, apartado de todo, y sentado frente a una mesa con otras tres sillas vacías, Stroud Redgrave colocaba una pizca de tabaco Red Peak Blend con parsimonia en la cazoleta de su pipa, tallada en madera con la forma de una orca. Un poco del tabaco cayó sobre la mesa. Con paciencia, lo volvió a recoger y lo colocó en su lugar, presionándolo con la yema de su dedo pulgar. Había música, pero no es que hiciese falta; el tranquilo murmullo de los clientes llenaba el aire con su propia musicalidad. Su abrigo blanco y una bufanda azul reposaban detrás de él, colgados de un simple perchero en la pared. El camarero, ataviado con un sobrio traje negro y un sencillo delantal de felpa, colocó un gran vaso de cerámica repleto de hidromiel especiada sobre la mesa, antes de retirarse en silencio y con un educado ademán. Stroud inspiró, dejando que el aroma de aquel brebaje inundase sus fosas. Jamás había probado ni olido nada como aquello. Era extraño mezclar alcohol, y miel, con tantas especias.

Sujetó el vaso con ambas manos y dio un trago, alzando una ceja. La experiencia resultó mejor de lo que hubiese esperado, por poco aficionado que fuese al alcohol. Si no recordaba mal, la última vez que había bebido había sido cerveza, y aquello había sido en Roshwan. Se le antojaba como una eternidad atrás. Se inclinó hacia detrás, dejando todo el peso de su espalda sobre el respaldo de la silla, mirando a su alrededor distraídamente. Sus ojos grises se deslizaron por las tallas de madera que adornaban las vigas del techo. Aunque no se tratase de un establecimiento de lujo, el hecho de que alguien hubiese hecho el esfuerzo de añadir detalles como aquel elevaba aquel local. Miró instintivamente hacia el arco que daba paso a aquella misma mesa. Si no se equivocaba, sus compañeros de división deberían llegar pronto.


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#2
El viento helado de Drum le traía a Kibai buenos recuerdos.

El mink se encontraba encaramado a uno de los edificios más altos del lugar dónde la División 60 se había acuertelado para pasar la noche, apoyado sobre las losas de piedra que curían el tejado, observando toda la zona como un ave de presa. No era que no se fiara de queestuviesen a salvo, pero su instinto le pedía a gritos comprobar la zona, al menos una vez más. Y con la ayuda del medio centenar de avispas que le acompañaba, las cuales por cierto y para su tranquilidad habían resultado ser bastante resistentes al frío de la isla, Kibai había podido establecer un perímetro bastante decente de seguridad.

Uno de los insectos regresó con él, comunicándole que Stroud y el resto se dirigían a una de las tabernas locales. Con una sonrisa, el mink recorrió las estrechas callejuelas con la mirada, estrechando las pupilas para penetrar en la oscuridad de la noche, hasta localizar el abrigo blanco y la cabellera rubia de Stroud, que desaparecían en uno de los establecimientos, a unos doscientos metros de su posición. Tras calcular rapidamente la altura a la que estaba y la mejor trayectoria para descender, Kibai se decidió por un aterrizaje por estilo y, con un salto que arañó las losas de pizarra arrancando una lluvia de chispas, se lazó al vacío, realizando una elegante pirueta antes de aterrizar sobre los adoquines que empedraban las calles de la villa, absorbiendo el impacto a través de las plantas de los pies. Sacudiendo los restos de nieve de sus hombros, se dirigió hacia la taberna, coordinando a veinticinco de las avispas para que se ocultaran en su pelaje, mientras que otras veinticinco se posaban a intervalos sobre el tejado del establecimiento, listas para acceder al mismo si algo malo ocurría fuera.

La taberna era tan bulliciosa y ajetreada como cabría esperar, aunque ni por asomo tan destartalada como alguno de los cuchitriles que Kibai recordaba haber visitado en Samba. Estaba bastante bien cuidada, y desde luego era un buen sitio dónde guarecerse, con un amplio salón central y varias celdillas anexas provistas de mesas de madera oscura y gasrada por los años.

Los ojos del mink no tardaron en localizar a Sttroud, que en ese momento  se encontraba con la pipa en la boca, que se encontraba en una delas mesas de la zona central, ya sin el abrigo ni la bufanda, con una jarra de liquido amarillo en las manos.  A Kibai casi le salió una carcjada mientras se dirigía hacia la barra.

— Buenas noches, una jarra de leche, por favor.

La mirada que le dirigió el camarero ya hizo valer la pena el hecho de haber entrado en el local. ecorriendo de arriba a abajo al mink, como evaluando si trtaba de gastarle una broma, acabó recogiendo un vaso para secarlo con el trapo que llevaba a la cintura.

— No sé si tenemos leche, marine

Kibai amplió la sonrisa en su rostro.

— Puede comprobarlo, no tengo prisa.

El hombre chasqueó los dedos a un chiquillo que entraba ysalía constantemente de la bodega, indicándole que se acercase. Tras susurrarle al oído (y que el chaval repitiese la misma mirada incrédula hacia Kibai) desapareció por una puerta lateral. Tras unos minutos volió con una jarra de madera aún humeante del frío exterior. Depositándole con sordo zunc encima de la barra, el dueño la alargó hacia el mink.

— Doscientos berries.

Tras dejar las monedas sobre la barra, Kibai dio un pequeño trago a la jarra (que era para su sorpresa de leche de cabra, no de vaca) hizo un gesto de agradecimiento antes de dirigirse hacia la mesa de Stroud. Antes de llegar, aflojó el cinturón que sujetaba la vaina de Raimei, agarrando a esta por el tercio superior de la vaina para apoyarla contra el borde de la mesa, enfocando sus ojos en Stroud.

— Oficial, puedo sentarme?
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#3
El frío de Drum se filtraba incluso a través de las capas de tela que Moja había preparado antes de abandonar el Royal Quiver. La noche envolvía la isla con un silencio denso, interrumpido únicamente por el crujido de la nieve bajo sus botas y el murmullo lejano de la actividad nocturna en el puerto. Tras asegurarse de que el barco quedaba en condiciones óptimas para resistir las bajas temperaturas, el mink se había tomado unos minutos adicionales para revisar el estado de las amarras, comprobando que el hielo no debilitara los nudos ni redujera la flexibilidad de los cabos. Solo cuando estuvo satisfecho de que el navío permanecería seguro durante su ausencia, decidió emprender el camino hacia el punto de reunión.

Avanzó por las calles de Drum con su paso habitual, firme y silencioso, observando con atención la arquitectura peculiar de la isla. Las construcciones, robustas y decoradas con detalles tallados en madera, destacaban incluso bajo la tenue iluminación de las lámparas exteriores. El aire olía a leña y especias, un contraste marcado con la humedad salvaje de Little Garden. Moja no se detuvo en ningún escaparate ni mostró curiosidad abierta, pero su mirada registraba cada detalle, cada ruta de acceso y cada posible punto de resguardo en caso de que la situación lo requiriese.

Cuando localizó la taberna indicada, se detuvo un instante frente a la entrada. Desde el exterior se escapaban sonidos de conversación y el leve acompañamiento musical de fondo. El ambiente parecía tranquilo, poblado por trabajadores locales y marines de paso, lo que reducía la probabilidad de conflictos inesperados. Aun así, Moja empujó la puerta con cautela, permitiendo que su vista se adaptara rápidamente a la luz cálida del interior.

El contraste con el exterior era notable. El calor contenido en la sala principal relajaba ligeramente la tensión acumulada en sus músculos, aunque su postura continuó recta y alerta. Sus ojos dorados recorrieron el lugar con discreción, identificando salidas, posibles obstáculos y la distribución de los clientes. No tardó en localizar a Stroud y a Kibai en una de las estancias apartadas, donde la iluminación era algo más tenue y el ambiente más silencioso.

Antes de acercarse, Moja se detuvo brevemente junto a la barra. Pidió una bebida caliente, sencilla, algo que ayudara a recuperar temperatura tras la exposición prolongada al clima de Drum. El vapor ascendió lentamente desde la taza cuando la tomó, y el mink sostuvo el recipiente entre sus manos durante unos segundos, permitiendo que el calor atravesara el cuero de sus guantes.

Con pasos medidos, se aproximó finalmente a la mesa donde se encontraban sus compañeros. La luz cálida de la estancia resaltó ligeramente el contraste entre su pelaje oscuro y la palidez de la nieve que aún permanecía adherida en pequeñas motas sobre sus hombros.

Se detuvo junto a una de las sillas vacías, manteniendo la espalda recta y la expresión serena. Su mirada se dirigió primero al comandante, respetando la jerarquía incluso en un entorno distendido.

-Comandante- dijo con su tono habitual, bajo y controlado, -con su permiso.-

No añadió nada más. No era necesario.

Esperó la confirmación antes de tomar asiento, apoyando la taza con cuidado sobre la mesa, manteniendo la misma compostura disciplinada que mostraba en cubierta. Aunque el ambiente era más relajado que el de una misión, Moja no bajaba la guardia por completo; simplemente adaptaba su presencia a la calma del momento, permitiéndose, por una vez, compartir el silencio con su División lejos del ruido del combate.
*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#4
El joven arquero de la marina, un pelirrojo que sobrevivió a una desgracia, aunque había momentos en los que su mente deseaba haber estado allí para protegerlos o morir con ellos, lo único que le quedaba era el saber que Titta estaba viva y la idea de encontrarla y proteger a otros siempre tumbaba los fantasmas que a veces trataban de arrebatarle su voluntad y valor. Cada vez que sus demonios van tomando terreno imágenes de su infancia, el tiempo que pasaba junto a Titta y sus abuelos aparecían; además e la frase ella está viva, debes encontrarla, aparece en su mente volviendo a encender la llama de su determinación, expulsando los demonios al resquicio más oscuro y olvidado de su mente, encerrado tras una puerta y encerrado, siendo algo que todos enfrentaban y no era posible eliminarlo, pero sí controlarlo. Honestamente en el combate contra el Sakana esos demonios empezaron a tratar de liberarse, pero en el momento que MM mostró su rostro los recuerdos de Titta inundaron su mente, devolviéndole su determinación una vez más, y con más fuerza, pues por un breve instante fue como verla de vuelta.

Tras eso el joven contramaestre pasó por varias situaciones, algunas por su cuenta, otras junto a sus compañeros de división y de viaje, gente que es casi como una nueva familia y a quienes el joven pelirrojo iba conociendo cada vez más, poco a poco, sin necesidad de muchas palabras, sus capacidades de observación y su atención al detalle aprendidas de cuando era cazador le permitieron desarrollar cierta facilidad para aprender las manías, personalidades y preferencias de la gente, y cuanto más tiempo pasaba con alguien más profundo era su conocimiento. Finalmente, y tras un amargo descubrimiento, la división 60 avanzó hacia la helada isla de Drum, dejando atrás el cálido y húmedo clima de la isla prehistórica decididos a avanzar, fortalecerse y atrapar al traidor, la peor calaña posible, un marine que se puso del lado de los piratas matando a sus compañeros.

El comantante Redgrave y los demás propusieron salir una noche a relajarse, tomar algo y dejar atrás las preocupaciones y el estrés, por lo que Bertram simplemente decidió dejar a Rasmussen suelto en un cercado para que disfrute del clima para el que nació mientras él se reunía con sus compañeros en el local acordado. Ataviado con su abrigo de oso personalizado a la marina, una gorra y el arco junto con algunas flechas, el joven arquero se dirigió al lugar de encuentro, pues si bien no debía haber necesidad de pelea ningún soldado decente iría sin su arma, y Bertram sin el arco no poseía capacidad de combate alguna. El joven caminaba calmado, dejando las huellas de sus pasos en la capa de nieve acumulada en las calles, llegando finalmente al lugar donde todos beberían, recordando aquella primera reunión con Stroud e Imai, quien por alguna extraña razón perdió el conocimiento en una mala posición durante una misión.

El arquero entró con calma y naturalidad al local, un lugar que a sus ojos de artesano quedaba claro que estaba muy bien hecho, estructuras firmes, espacio bien aprovechado, y los detalles fueron lo mejor, algo que destacaba el lugar en vez de ser un local más con la misma distribución. Las salas cuasi aisladas esparcidas por el centro del gran salón como una enorme colmena eran idóneas para que los trabajadores pudieran atenderlos con facilidad sin eliminar la privacidad de cada cuadrícula, formando un lugar que valoraba tanto a clientes como trabajadores. Fue en una de esas cuadrículas que vio a sus compañeros ya sentados, por lo que el joven se acercó a la barra y pidió un hidromiel que fuese lo más próximo a una bebida de cazadores posibles y esperó a que se lo sirvieran antes de dirigirse a la mesa y llegar justo para las palabras de Mija, siendo que el joven no dudó en su reacción

-Trehehehehe vamos muchachos, sé que somos una organización jerárquica, pero en los momentos de descanso olviden todo el tema de los cargos y tomen a todos como compañeros, al fin y al cabo pasamos tanto tiempo juntos que al final seremos como familia, sir.-

El tono del joven era alegre, despreocupado y calmado, acompañado de su característica risa antes de dejar su abrigo y arco apoyados en la pared, la gorra colgada de un extremo del arco y sentarse mientras se rascaba tras la cabeza diciendo

-Olviden un poco el uniforme y disfruten, aquí todos hemos peleado y todos nos esforzamos, dejemos las formalidades para el trabajo.-
berchanpandared



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#5

Stroud continuaba presionando el tabaco con meticulosidad en la cazoleta de la pipa, sus ojos grises enfocados en la cuidadosa tarea, cuando Kibai hizo su entrada triunfal, cargado, cómo no, con una jarra de leche. Arqueó las cejas cuando finalmente vio llegar al mink, en un gesto distendido, incorporándose de nuevo en su asiento justo antes de que también llegase Moja, mientras Kibai apoyaba su espada contra el borde de la mesa con cuidado. Ambos se comportaban como si, en lugar de una taberna, estuviesen en una reunión de emergencia en el cuartel, prácticamente. Casi simultáneamente, como la maquinaria perfectamente engrasada que era aquella División incluso en los ratos de solaz, se presentó Bertram, que parecía un poco más consciente de la situación. Estaba, eso sí, mucho más risueño que de costumbre, algo de lo que Stroud se percató de inmediato. Esa jovialidad no era en absoluto característica del cazador.

"Así es, muchachos, no estamos de servicio," dijo Stroud, haciendo un desenfadado ademán hacia las sillas circundantes mientras observaba a sus compañeros de división, "sentaos, haced el favor," exortó.

Precisamente solía ser él, en su respeto religioso por las jerarquías y el orden, quien mantenía una actitud disciplinada, incluso férrea, en contextos que convencionalmente no lo requerían, pero era consciente de que aquella noche no era el Comandante Redgrave, sino simplemente Stroud. Una velada entre compañeros de trabajo, o, incluso, entre amigos, por sorprendente que pensar en aquella palabra le resultase al mismo Stroud.

Stroud contempló a los dos minks y al cazador mientras terminaba de prensar el tabaco, procediendo entonces a colocar la pipa entre sus labios y, con una cerilla que iluminó su aún joven cara, a prender su interior, que empezó a encenderse con lentitud. Era evidente que el joven no tenía prisa ninguna por hablar, y, como siempre, jamás se le hacía incómodo un momentáneo silencio. Una minúscula voluta de humo se convirtió poco a poco en una delgada columna que empezó a ascender por el aire de la celdilla, formando caprichosas espirales antes de desvanecerse contra el techo. Stroud se tomó algunos segundos antes de inhalar el humo. Torció el gesto ligeramente; resultaba evidente que aquella pipa llevaba tiempo sin usarse, desde Little Garden, y, por mucho empeño que hubiese puesto en limpiar la carbonilla, aún podía notarse en su sabor. Sujetando la cazoleta de la pipa con su mano izquierda, en silencio, dio un trago del vaso cerámico de hidromiel que reposaba frente a sí, justo antes de volver a dejarlo exactamente donde estaba. Por relajado que estuviese, incluso su forma de beber era educada, casi protocolaria.

"¿Cómo estáis?," inquirió finalmente con interés, antes de dar una nueva y lenta calada a su pipa. Mientras esperaba a escuchar a los demás, alzando un dedo índice, como si acabase de acordarse de algo, echó atrás la mano y, sin moverse de la silla, rebuscó en uno de los bolsillos del abrigo que colgaba en la pared detrás de él, extrayendo un pequeño saquito. Lo abrió y dejó caer su contenido sobre la mesa: ocho pares de dados de hueso. Sus ojos grises contemplaron a los demás con una mirada cómplice. Repartió un par de dados a cada uno, y sacó un puñadito de monedas por valor de diez berries, que colocó en el centro de la mesa, arqueando su ceja derecha, y rodó sus dados sobre la desgastada mesa de madera: un seis y un tres.



Juego


Gyp
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#6
Kibai se sentó con una sonrisa, recordando que aquellas palabras habían sido las primeras que había intercambiado con Stroud en la taberna de Pushkin, hacia lo que ya parecía una eternidad. Estaba claro que el oficial tenía demasiadas cosas en la cabeza como para acordarse de aquellos detalles. Sin darle más importancia, Kibai se dejó caer en una de las sillas, el mink echó un brazo por detrás del respaldo y alzó la jarra hacia su boca, inclinando la cabeza hacia atrás para dar tres largos tragos al recipiente de madera.

El líquido, aún tibio, resbaló por su garganta, calmando gratamente su sed. Para su sorpesa, no era de vaca, ni de cabra, como se supondría, sino de algún otro tipo de animal. Curioso, Kibai dio un nuevo trago, esta vez deteniendose a paladear mejor el contenido de la jarra.

— "Curioso, tendré que procurar hacerme con unas cuantas botellas para conservarlas y hacer algo con ella... puede que un queso se cure bastante bien, o tal vez..."

No obstante, la pregunta simple, pero a la vez amplia de su comandante lo sacó de sus pensamientos. Con una ceja alzada, comprobó como Stroud sacaba los dados y se dispuso a recoger su par, comprobando el resultado que el joven rubio había sacado. Dejando la jarra encima de la mesa, Kibai se crujió las falanges, antes de colocar las manos entrelazdas detrás de su nuca.

— Pues ya se imagina, comandante... Lo de siempre. Mucho que hacer, poco tiempo... Aunque personalmente me alegra haber dejado atrás Little Garden. Esa isla era todo lo que yo podía desear, rincones recónditos que explorar, presas absurdamente peligrosas que cazar y muchos ingredientes raros que recolectar, pero bueno... digamos que de alguna manera ese lugar me traía demasiada nostalgia, si usted me entiende. Además el hecho de saber que me libraré de ver monos por una larga temporada es algo que me hace dormir mucho mejor, de eso no le quepa la menor duda.

Sopensando los dados en la palma de su mano, Kibai comezó a hacerlos rodar entre sus dedos, tirándolos al aire. Los dos cubos  subieron casi dos metros en el aire, mientras el mink los observaba con una sonrisa afilada en su rostro. Justo mientras caían, lanzó rapidamente su mano, atrapandolos con la palma de la mano contra la madera de la mesa dando un sordo golpetazo. Sin levantar la mano, sacó de su morral otros 10 berries, que dejó encima de la mesa.

Con una sonrisa, levantó la mano para ver el resultado de sus dados.

— Un seis y un cinco. Once, parece que el bote aumenta a 20 berries...


Recogiendo los dados para seguir jugeteando con ellos entre los dedos, Kibai miró a sus compañeros.

— Esta isla, si me lo preguntáis, me parece bastante más interesante de lo que aparenta en un inicio. Las islas de invierno tienen la mala costumbre de ocultar sus mejores cosas debajo de la nieve, o bien hacia su centro. Tengo muchas ganas de hacer alguna expedición que otra, a buen seguro encuentro algo decente. 


GYP
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#7
El joven pelirrojo se encontraba feliz de haber salido de esa isla de lagartos, calor y malos recuerdos, entre el intento fallido de arresto por intervención de una fuerza claramente superior a ellos, la muerte de Flora delante de sus ojos pese a que ella misma se había redimido y estaba dispuesta a alistarse a la marina para ganarse la vida sin tener que asesinar cruelmente a otros ni tener un ingreso poco estable como lo era el vivir de la cacería, y finalmente el que la zona entera le recordara tremendamente el bosque donde crecía y le hiciera pensar continuamente en que si hubiera vuelto antes del bosque podría haber salvado aunque fuese a Titta hacía que estar en la isla le resultase pesado a veces. Raras veces eran en las que se veía al joven tan sonriente y despreocupado, dejando que la alegría le invada, pero entre ver a su fiel compañero  Rasmussen disfrutando de un clima idóneo para él y haber podido ubicar algunas tiendas que le eran de interés, además de que los climas fríos le daban un material que en Little Garden era más complicado de conseguir, pieles hechas para aguantar mejor el frío. Cuando el joven llegó a la zona donde se encontraban sus compañeros mencionó a los minks que ignoraran la jerarquía por una noche, que mientras estuviesen fuera de servicio eran compañeros y los cargos no afectaban.

Lo que más extrañó al arquero fue que precisamente Stroud, el miembro más estricto con la normativa, el protocolo y su riguroso y religioso respeto por la jerarquía, fuese quien diese apoyo a un marine con una mentalidad más abierta y flexible, siendo alguien que claramente respetaba las jerarquías bajo enseñanzas de su abuelo, un cazador experimentado y soldado retirado, pero que prefería tratar a los miembros bajos sus órdenes como compañeros y no subordinados, logrando que siguieran sus indicaciones por respeto y no solamente por obligación. A sus ojos, si ganaba el respeto de los que estaban a sus órdenes, inevitablemente estos harían caso a sus indicaciones con mayor facilidad y menos reticencia, pues para ganar su respeto uno debe tratarlos como algo más que simples soldados o herramientas, son personas con familias y sueños. Cuando logras que vean que te preocupa su bienestar y que regresen a salvo, la inmensa mayoría te apoyará y te seguirá por voluntad propia más que por obligación.

Mientras Stroud terminaba de prepararse su pipa de tabaco y Kibai bebía su leche la mesa se encontraba en silencio, ninguno hablaba, aunque el joven de ojos rojos no era alguien a quien le molestara realmente un momento de silencio. Durante ese tiempo el joven simplemente tomó un trago del hidromiel que le sirvieron, notando en seguida el toque a frutas silvestres y menta en el sabor algo que le sacó una sonrisa pues era exactamente como su abuelo tomaba el hidromiel. Ante la pregunta de Stroud el mink respondió con calma, mencionando su punto de vista a la vez que tomaba unos dados para participar en una especie de juego que el arquero reconoció en seguida cuando vio la apuesta y que repartió dados a todos los presentes, para que lanzaran al mismo tiempo. Bertram dejó su jarra de hidromiel a un lado mientras se rascaba tras la cabeza con la mano libre antes de tomar los dados y jugar con ellos mientras sacaba sus 10 berries para dejarlos junto a las apuestas ya puestas. Bertram lanzó los dados junto a sus compañeros, observando atentamente el movimiento de todos los conjuntos de dados hasta que se detuvieron, momento en el que el joven sonrió y dijo

-Vaya, parece que la suerte me sonrió.Respecto a la pregunta que hiciste Stroud, ando dando unos últimos detalles a unas ideas que tengo para creaciones varias, terminé de forjar unas cuantas cosas y ahora ando trabajando en el diseño de un par de guantes que mejoren mi manejo del arco, quiero ser algo más diestro en mis disparos para mejorar mi desempeño en combate sir. Al mismo tiempo no me vendría mal un pequeño entrenamiento para poner a prueba mis capacidades actuales, pero eso será otro día, esta noche es para descansar. ¿Tienes algo planeado para cuando no estés de servicio o improvisarás sobre la marcha Stroud?-

Tras eso recogió los dados para juguetear con ellos suavemente mientras esperaba la hora de la siguiente ronda o ver qué decidían los demás hacer respecto al juego.

GYP
berchanpandared



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#8
En efecto, Stroud no parecía haberse dado de cuenta de la similitud que la interacción con Kibai había tenido con su primer encuentro, allá en los tiempos de Roshwan. Ni siquiera si Kibai se lo hubiese dicho se hubiera acordado; Stroud sentía que aquello había sido hacía una eternidad. Mejor dicho: sentía que aquella había sido otra persona, otra vida distinta. Todo había cambiado demasiado en aquel tiempo. Lo esencial seguía ahí, claro, no se podía decir que no siguiese siendo Stroud Redgrave, pero, por las diferencias que él mismo percibía en su interior, bien podrían haber sido dos personas distintas.

Fue consciente de lo rara que podía resultar su actitud distendida para con sus subordinados, más por falta que de costumbre que por lo poco ortodoxo de la cuestión; sin embargo, solía preferir que las acciones hablasen en lugar de las palabras, y era consciente de que, si bien sus compañeros de división conocían bien su predisposición al ordenamiento jerárquico, ninguno era tan pedestre como para considerar esta como constituyente de antítesis alguna a la lealtad personal, sino que, más bien, e idealmente, la complementaba. Por paradójico que pareciese, el comandante, caracterizado por su tendencia a no separar la vida personal de la profesional, solo se permitía mostrar aquel lado personal con sus compañeros de división. Tal vez fuese, precisamente, por ser consciente de que ellos vivían similares dicotomías, o tal vez fuese por el tiempo compartido a bordo de aquella cáscara de nuez que era el Royal Quiver, o tal vez no tuviese nada que ver con nada de aquello.

Chasqueó la lengua, viendo el resultado que aquellos dados desagradecidos le habían dado. ¿Iba a ser aquella una de esas noches? De los treinta berries que reposaban en el centro de la mesa, apartó monedas y billetes por valor de veinticinco con un gesto de su mano, y los arrastró sobre la madera hasta que quedaron frente a Bertram. Sacó otros diez berries, y los colocó en el centro, junto con los cinco berries restantes del bote anterior, y tomó sus dados, haciéndolos rodar frente a sí en un sobrio movimiento. Sus ojos se entornaron cuando vio el catastrófico resultado: un uno y un dos. Suspiró con pesadez, y, tras considerarlo por un segundo, colocó otros diez berries sobre el bote, y tiró uno de los dados otra vez... Un tres. Nada, una absoluta porquería. Apretó los labios, y  dio un pequeño trago de hidromiel, volviendo a reclinarse sobre su silla, perdiendo de vista los dichosos dados de mala gana.

Dio otra calada a su pipa, dejando después que el aromático humo se repartiese en dos volutas que salieron lentamente de los agujeros de su nariz, como si meditase algo. "Little Garden era ideal para ti, pero... era un horror de isla," afirmó, mirando a Kibai. A continuación, se giró hacia Bertram, escuchando sus planes. "¿Cuándo no tramas fabricar algún cachivache, Bertram?," preguntó retóricamente con una sonrisa, dando otra calada, "Un día te voy a encargar algo. Y no me vendría mal entrenar con vosotros, si os digo la verdad, me siento oxidado. Me he descuidado," dijo, arqueando una ceja, cuando hubo terminado de expulsar los últimos hilos de humo. Abrió la boca por un instante y pareció ir a decir algo más, pero calló, y dio un trago a la hidromiel especiada. Sus ojos grises parecieron perderse por un instante, ausentes, mientras Bertram hacía su tirada de dados. "¿Qué creéis que hacía Sohem allí? ¿Qué creéis que hacía realmente?," preguntó repentinamente, dando un golpecito en la cazoleta de su pipa y dando una nueva calada, de la que ni siquiera pareció ser plenamente consciente. Aquel no era un tema que hubiesen discutido realmente tras lo sucedido en Little Garden. Todos habían pensado en ello en profundidad, claro, hasta la saciedad, pero en pocas ocasiones habían sacado el tema. Al menos, en lo que a Stroud respectaba.



Gyp
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#9
Kibai sonrió levemente ante la irritación de Stroud al ver sus dados. El azar tenía aquellas peculuaridades, a veces aprecía que por mucho que uno pusiese empeño en lograr algo, la diosa de la Fortuna simplemente se negaba a que el resultado deseado sucediese.

— Oh vamos, no era tan mala. A quien no le gusta un buen paisaje repleto de dinosaurios carnívoros, flores venenosas y monos gigantes semi inteligentes?

Al mencionar el entrenamiento, el mink soltó una pequeña carcajada.

— Pero esta vez sin luna llena, señor, a ser posible. No querría tener que volver a remendar el uniforme

Cuando Stroud mencionó a Sohem, un pequeño escalofrío recorrió la espalda de Kibai, antes de frotarse la nariz levemente.

— Recuerda a los dos acompañantes que tenía? La chica ciega y el bocazas pelirrojo. Eran los mismos que estaban en la cima de la torre en los Cabos Gemelos, y tambien eran los que estaban montando un estropicio en el puerto de la Isla de Samba el dia que partimos. Recuerdo haberlos visto cuando escalé un tejado para estudiar mejor el cargamento de los navíos mercantes. Esa gente no parecía pertenecer al banco Goldreich, no me cuadraban demasiado con el arquetipo habitual de esa gente. No sé qué era lo que se traía con esos dos, pero me parece muy particular que justamente apareciese alguien de la entidad de Sohem en una de las primeras islas del Grand Line tras haberse publicado las noticias a través del periódico todas las noticias de lo ocurrido en los Cabos Gemelos.

Dando otro trago a su jarra de leche, Kibai repitió su lanzamiento aéreo, viendo como los dados giraban continuamente en el aire antes de atraparlos contra la mesa de madera. Siguiendo su ritual particular, dejó sus diez berries y levantó la mano, observando los dados con un 3 y un 1.

— Parece que no es suficiente para ganar, pero supongo que puedo intentarlo de nuevo.

Sacando otros diez berries y colocándolos encima de los anteriores, Kibai recogió uno de los dados y lo lanzó de nuevo. Un tres, lo que daba un total de 7.

— Creo que esta si es la mía. — dijo el mink sonriendo ampliamente mientras recogía sus monedas con un gesto de la mano. — Quien la sigue la consigue al fin y al cabo...


Gyp
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#10
El joven arquero vio como la suerte al parecer decidió sonreírle en la tirada de los dados, y tras ello el joven simplemente tomó un sorbo de su bebida con calma mientras observaba el entorno y analizaba la taberna, pues pese a estar en una noche de descanso, el joven no perdía la costumbre de observar el entorno, analizar la estructura y ver posibles rutas de escape, puntos flacos en la seguridad y todo lo que pudiera llegar a ocurrir. Por otro lado su lado constructor provocaba que se fijara en los detalles de construcciones, así como en su aparente seguridad y calidad. El joven pelirrojo dio un largo trago viendo como su comandante y el mink hablaban sobre Little Garden,una isla que el joven arquero disfrutón porque sacaba la nostalgia de cuando era un cazador y vivía en el bosque, aunque a ratos le hacía recordar lo sucedido en su isla natal y como perdió a todas las personas que le importaban por culpa de unos piratas. Stroud respondía que la isla podría ser ideal para Kibai, pero era un horror de isla, ante lo cual Kibai dijo que no era tan mala a lo que Bertram añadió

-Para mí era como volver a mi isla natal, vivir en el bosque cazando y planificando objetos a construir, era como volver a ser un simple cazador que vivía de la naturaleza antes de todo el desastre.-

Tras eso el joven contramaestre tomó los dados nuevamente mientras llevaba 10 de los berries que Stroud le había acercado por haber ganado la ronda anterior al centro, donde quedaron 5 restantes al descontar los 25 ganados por el arquero, quien ante lo del entrenamiento y la respuesta de Kibai rió y dijo

-Estaría bien, aunque sería curioso ver a Kibai modo esteroides.-

Tras eso Stroud sacó un tema que todos tenían en mente pero ninguno se atrevió a mencionar hasta el momento, la presencia de Sohem en la isla y sus verdaderas intenciones y el hecho que Bertram realmente estaba continuamente planificando nuevas fabricaciones, diciendo que algún día le encargaría algo a lo que Bertram respondió

-Encarga sin miedo, ya buscaré la forma de llevarlo a cabo. Algunas de mis ideas son un tanto más complejas y necesitan un poco más de trabajo, pero con el tiempo tendremos cositas chulas en la división.-

Tras eso vino la respuesta de Kibai al tema de Sohem y era cierto, esos dos no parecían ser miembros del banco, y no parecían ser el tipo de personas que trabajaba en ese campo, aunque si hay algo que el marine pelirrojo sabía era que la mayoría de las veces, las apariencias engañaban. El joven dejó la bebida en la mesa y lanzó los dados, viendo la suerte abandonarle, el joven depositó otros diez berries en la mesa y lanzó nuevamente, fallando por poco. Tras eso se rascó tras la cabeza y soltó un suspiro de relajación antes de decir

-No es del todo improbable que realmente estuviera allí por interés genuino en los dinosaurios, pero también estuviese la posibilidad que estuviera de camino a cobrar deudas o simplemente quería cambiar de aires, y aprovechó para conseguir nuevos subordinados. Ciertamente el pelirrojo no parecía ser el típico trabajador de un banco, pero la muchacha me pareció bastante más serena que él, pudiendo encajar allí con entrenamiento y disciplina. Por mi parte dejé de darle importancia al tema, no sacaremos nada de ello, ya pasó y no hay nada que pueda cambiar eso, solo planificar mejor los movimientos y estudiar a conciencia la isla antes de planear una operación, sir.-

Bertram dio un trago mientras veía al mink recoger sus ganancias, al mismo tiempo miró un momento a la puerta, hacia el puerto y el mar y dijo

-Igual y creo si mantenemos buen ritmo podremos conseguir tener un buen impacto en la piratería en alguna de las siguientes islas, es cuestión de mejorar y buscar la mejor oportunidad.-


GYP
berchanpandared



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