[Aventura|T1|P.A] ¡Alto ahi!
#1
Dia 36 Otoño Año 17
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Pescado seco y sal incrustada en la madera de los postes del muelle y algo más difícil de identificar, realmente no se podia percibir con claridad el olor de aquello. Baquella olía a trabajo acumulado durante dias en los que el sudor de la frente de las personas de alli era lo que hacia que se levantara y siguiera adelante. Los tejados naranja atrapaban la última luz del atardecer y la devolvían caliente sobre los adoquines de la plaza del mercado, que era también la plaza del puerto porque en Baquella todo estaba bastante pegado. Un gato de pelaje gris y blanco dormía sobre un barril volcado junto al segundo atracadero.

Los últimos puestos del día recogían sin prisa. Una mujer mayor enrollaba telas de colores decolorados. Un crío empujaba un carro de ruedas chirriantes paralelo a la línea de mesas de pescado. Nadie hablaba más de lo necesario. En el centro de la plaza, entre los cajones apilados y las redes tendidas, un mink hiena de casi dos metros sostenía a un pescador anciano por la solapa de la camisa. Una sola mano y sin esfuerzo aparente. Con la otra contaba monedas encima de la palma abierta del anciano, despacio, con una paciencia clínica que resultaba más incómoda que cualquier grito. -Cuatro, cinco, seis... Tsk. Te faltan tres, viejo. Ya son dos semanas seguidas.- El pescador tenía los labios apretados y los nudillos blancos alrededor de nada. Miraba un punto entre sus propios pies. -La pesca estuvo mal esta semana, el tiempo no acompa...- -El tiempo, el tiempo.-Las monedas cayeron sobre la mesa de golpe; dos rodaron al suelo-. Para mañana al mediodía, lo que falta. O me llevo la barca. La roja. La del tercer atracadero. La conozco perfectamente.-

Soltó al anciano como quien suelta una bolsa de compra y se giró hacia la plaza con la satisfacción de quien acaba de cerrar un buen trato. El pelaje pardo amarillento del mink brillaba algo con la luz del atardecer. La chaqueta de cuero con botones de hueso, sin una mancha visible, demasiado limpia para un puerto pesquero crujió cuando se estiró los hombros. A veinte pasos de todo aquello, apoyado en la pared encalada del puesto de guardia de la plaza, un soldado de la marina miraba hacia el faro. Llevaba esa misma postura los últimos diez minutos. La manija de su sable tenía óxido en las esquinas, el tipo de óxido que tarda semanas en formarse sin que nadie toque el arma. ¿Motivo? Coger a ese rufian era mas trabajo que recompensa.

En el borde del muelle, parcialmente tapado por una lona que el viento había ido descorriendo durante el día, descansaba un cajón de madera oscura notablemente más grande que los de la pesca. Sin marcas de agua. Sin olor a sal. En el lateral inferior, casi a ras del suelo, una pequeña placa metálica que la luz del atardecer no iluminaba del todo bien. El crío del carro se detuvo un momento demasiado cerca del cajón. Su madre lo llamó desde el otro extremo de la plaza con un tono que no admitía demora, y el crío corrió. El mink hiena bostezó. Una dentadura amarilla y completa. Pasó la mirada por los puestos, por las telas, por el gato del barril, con la calma de quien está decidiendo cómo ocupar la siguiente media hora. "Otro pueblo de mierda. Otro día exactamente igual."


[Imagen: XzUTxdh.jpeg]
Resumen

Caminos activos
#2
¿Defectos? No tengo. Defectos, lo que se dice defectos, ninguno.

Bueno, a ver, déjeme pensar...

¡Eureka! Sí, uno tengo. Uno solo: este corazón mío, que es grande, grande, coño, ¡grande como una nación!, y voluntarioso. Tengo un corazón que no me cabe en la caja torácica, y mire usted qué caja, haga el favor. Mire qué pechito. Toque, toque. Kairoseki puro. Y todo natural, ¿eh? Todo, todito...

¿Qué le estaba yo contando...? ¡Ah, sí, mi defecto!

Como le venía diciendo, si de algo peco es de ser un tipo de natural dispuesto, ¿sabe? Generoso, bondadoso, atento, solícito. ¿Que necesita que le echen una mano? Tsunamaro. ¡Tsé! Y el primero, que no se diga.

Alguna vez, fíjese lo que le digo, alguna vez me ha pasado que le confieso a alguien esta tara mía, y se creerá usted que más de uno me sale con que no, que no es un defecto. ¿Que no es un defecto?... ¡Tsk! Lo sabré yo, que lo padezco.

Anda que no me ha traído a mí problemas este... este altruismo que yo exudo por todos los poros del cuerpo. El otro día, sin ir más lejos, aquí mismo, en la plaza del puerto... Todavía lo pienso y parece que hubiera pasado hoy mismo.



—¡Ay, esas jovencitas guapas por la tarde! —le canturreé sin detenerme.

Por el rabillo del ojo me pareció ver cómo ella, que de joven tenía lo que yo de humilde, dejaba de enrollar telas de colores y levantaba la cabeza para negar en silencio. Con una sonrisilla en la boca, eso sí.

Yo, con haberle decorado un momento la cara de contento, me daba con un canto en los dientes. Aquella anciana era tan amable conmigo. Sin sus auspicios, un servidor exhibiría en estos momentos sus vergüenzas al céfiro vespertino, porque yo, para gastar en telas y ropas, no tengo.

Así, satisfecho, dirigí mis pasos hacia la taberna. Sin embargo, pronto advertí que había por allí un marine. No le vi haciendo nada en particular, sino quieto, sospechosamente quieto, y a mí, que, aunque lo sea de poca monta, sigo siendo un pirata, aquello no me olió bien, así que me di media vuelta y decidí rodear toda la plaza para alcanzar mi destino, pensando que, dioses mediante, me alcoholizaría solo con cinco minutos de retraso.

El paseíto, no obstante, resultó algo más accidentado de lo que tenía previsto, toda vez que casi me como al chavalito este... ¿cómo se llama? Sí, hombre, el muchachito este tan simpático que va siempre pegado a las faldas de su madre. Se me ha ido el nombre, pero bueno, ese, ese niño. Casi me lo como porque había pillado un carro de a saber dónde y jugaba a manejarlo por la plaza. Iba y venía empujando aquella cosa que sonaba como un gato arañando cristales.

—Cuidaaaado, maestro —alcancé a decirle antes de que me esquivara—. ¡Joooder! ¿Pero tú qué desayunas, pimpollo, vigas de roble? Estás cada día más alto. Pensé que me iba a atropellar una farola.

La verdad es que parecía un tontatta, el angelito, pero como no era la primera vez que le endilgaba la chanza y me constaba que se descacharraba cada vez que la oía, pues se la solté. Uno, que es así de campechano, qué le vamos a hacer.

A todo esto, el chiquillo seguía erre que erre con el carrito de los cojones, así que no tengo del todo claro si me escuchó o si el sonido infernal de su juguetito opacó mis bienintencionadas hipérboles. Lo seguí unos instantes con la mirada, principalmente porque me pareció que jugaba peligrosamente cerca del bordillo del muelle, justo al lado de un cajón que, tan pronto como me percaté de su existencia, atrajo toda mi atención.

La pieza en cuestión, a mis ojos, no porque fuera yo un portento —que, modestia aparte, lo soy y a la vista está—, sino por ser un gyojin y, por tanto, conocedor de los efectos que tiene el contacto con los ambientes marinos en la madera, había despertado mi curiosidad por varios motivos.

En primer lugar, la madera era oscura y se mantenía oscura. Bastaba echar un vistazo rápido a la gama cromática de la siempre cansada plaza del mercado de Baquella para darse cuenta de que la madera de uso diario de los trabajadores del mar estaba blanqueada por la sal y comida por la humedad.

«Este cajón ha venido no hace mucho de afuera y metido en algún sitio», deduje.
Mi hipótesis se vio reforzada cuando, además, noté que no tenía marcas de agua ni olor a mar.

Sin darme del todo cuenta, me había desviado e ido acercando al cajón. Era visible porque la lona que lo abrigaba había ido desplazándose, al parecer, por el viento, lo que me indujo a pensar que quienquiera que la hubiese atado lo había hecho o con una falta evidente de diligencia o con prisa.

«¿Tal vez quien lo dejó no se tomó la molestia de asegurarla porque pensaba volver rápido a por él?»

La curiosidad me estaba matando y estuve a punto, pero a puntito, de descorrer yo mismo la lona y abrir la caja. Lo habría hecho, ¿eh? Juradito. Pero un destello me cegó antes de poder ponerle la aleta encima y me hizo recuperar la cordura. El fulgor provenía de la base del cajón, de algo metálico que había allí y que, al contacto con la luz de la tarde, había soltado aquel brillo. Así, me agaché para contemplarla y lo que vi fue...

¡A mí!
(Mi reflejo, entiéndaseme...)

Dioses benditos, aquel día estaba todavía más guapo que el anterior y solo menos apuesto de lo que lo estaría al día siguiente. Tanto me obnubiló mi reflejo que lo que fuera que estuviera grabado en aquella placa —aunque algo vi, algo leí, y en mi subconsciente quedó— tardaría un tiempo en procesarlo. Además, no era el momento de entretenerme con aquello.

Que no se me malentienda: no descartaba volver luego; es solo que, estando allí, medio agazapado tras el cajón, presencié una escena que me recordó a mis tiempos mozos en el Distrito Gyojin: un mink extorsionando al viejito de los pescados.

¡Al viejito de los pescados! ¿Hola? Ese pobre hombre debería haberse jubilado hace, lo menos, dos lustros. ¿Acaso no sabe con quién está tratando? Claro que lo sabe: no es la primera vez que lo hace, ni se molestó en disimular tamaña bellaquería.

Yo no había visto a ese fulano en mi vida. El tipo tenía presencia: un mozallón altote, con su chupita de cuero, peinadito para arriba. Le sacaba partido a los rasgos de hiena con los que lo había hecho la madre, que muy probablemente lo malcrió. Tenía, en mi nada modesta opinión, facha. Si me lo hubiera topado antes, lo recordaría.

Mal asunto cuando un ejemplar así se dedica a sacudirle la badana a los más débiles. Por su parte, el marine apostado a pocos metros, por descontado, ni se enteró ni quiso enterarse —o eso me pareció, que es lo que suele suceder con los tipos de uniforme—. En fin, que, a falta de otros cuerpos, sería el mío serrano el que se lanzaría a imponer su justicia.

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Tsunamaro —¡Presente!— no iba a consentir que la cosa quedase así.

A su vez, el chucho ni se inmutó. Soltó al pobre señor y se quedó "mirando la plaza, decidiendo a quién se le tocaba a continuación".


—¿Sí? ¿Ajá? ¿Ha tomado nota de todo, verdad? —hablaba alto, con la mano pegada a los morros, fingiendo tener un den den mushi y de espaldas a aquel mink hiena, con la clarísima intención de que el condenado chucho escuchara bien lo que decía—. Testigo presencial de los hechos, eso es. Tomó nota antes su compañera de mi nombre.

Proseguí la pantomima, mirando de reojo cada dos por tres al fulano al que, en mi infinita bondad, había decidido conceder el honor de ser embaucado por el gyojin más apuesto de los siete mares mediante el noble ardid de fingir una comunicación urgente con la Marina con fines incriminatorios.

—No, caballero, no. Tsunamaru no, Tsunamaro. Ter-mi-na-do en «o». Eso es. De acuerdo, aquí les espero.

Y colgué. Fingí que colgaba, más bien. Y que me guardaba algo del tamaño de un caracol transmisor en el bolsillo de mi sobrecamisa. Hasta me tomé la molestia de fonetizar por lo bajini el gacha (ガチャ). Que lo clavo, ¿eh? Atento:


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—Je... —entoné todavía de espaldas, a una distancia prudencial; era evidente que me dirigía al mink—. Lamento tener que interrumpir de una manera tan tosca su encomiable farmeo de pulgas...

Ahí ya me giré y...

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(Mierda…)

A ver, las cosas como son, de cerca, el hombre, así, de primeras, me impresionó. Que sí, que casi me cago. Mira, cuando tengas delante un hombre hiena de dos metros bailoteando el belfo para dejar expuesta esa dentadura amarillenta, con colmillos del tamaño de sardinas, hablamos. Cada vez que exhalaba por esa bocota desprendía un tufo a cosa muerta...

Suerte que uno, que es precavido, tuvo a bien hacer sus cálculos y, como el cánido mide —palmo arriba, palmo abajo— lo mismo que yo, unos dos metros y poco, me mantuve alejado unos tres metros: lo suficiente para que no pudiera alcanzarme de un mordisco sin desplazarse primero; tiempo que, suponía, podría usar para contraatacar.

Total, que el telón ya se había levantado; Show must go on. Hice de tripas corazón y, sin apenas coger aire, di una segunda vida a mi verbo:

—...Pero me temo que debo ilustrarle acerca del inminente devenir de su biografía. Y es que, dentro de un suspiro escaso, va a comparecer por esta plaza una cuadrilla de uniformados de la Marina a quienes se les ha trasladado que un pulguino mamarracho, todavía presente en la escena del crimen, ha tenido la osadía de cometer un delito continuado de extorsión. De modo que, apelando a su instinto de conservación, le propongo llegar ambos a un entendimiento temprano que satisfaga los intereses de ambas partes.

—LO QUE LE PROPONGO —elevé el tono si hacía ademán de interrumpirme— es que devuelva usted al venerable pescadero hasta la última moneda mangada, cese en sus achantes y desaparezca para siempre de la humilde Baquella. A cambio, quien le habla, que es hombre de natural caritativo, se encargará personalísimamente de informar a los agentes de que vio al culpable embarcar, con sospechosa premura, rumbo al Calm Belt. Se evitará la cárcel, el bochorno y la mentada de madre que un servidor va a propinarle si no cesa en sus fechorías.

Listo.

Yo creía haber sonado convincente.

En aquel momento hasta se me ocurrió que quizá podríamos hacer buenas migas. Siempre había querido tener una mascota.


Karmas

Resumen
#3
El olor a mar y algas que el viento arrastraba desde el interior de la isla se había ido acumulando en las fosas nasales de Frak durante todo el día, pero ahora se intensificaba seguramente provocado por la presencia de cierto Gyojin entrometido. Aquel idnviduo se habia tomado las confianzas suficientes como para andar en las inmediaciones de Frak, eso era algo a destacar pero sin embargo, Frak no se movió. O al menos no de inmediato. Dejó que las palabras del gyojin terminaran de salir de su garganta como quien espera que una obra termine y durante dos segundos completos no hizo absolutamente nada. Sus ojos recorrieron la figura de Tsunamaro con la parsimonia de un animal que esta mirando a su proxima presa, de arriba abajo, deteniéndose un momento en el bolsillo donde había desaparecido el supuesto caracol transmisor y luego en la mano y luego en la cara y luego otra vez en la mano. Lo que salió de la garganta no tenía nombre propio. No era una risa, era mas bien el aire escapándose solo. -Den den mushi.-La mandíbula se abrió un poco más, lo justo para que los colmillos anchos, amarillos en la base, con el desgaste particular de quien los usa para algo más que comer quedaran completamente visibles, intimidantes. "Dos metros y veintitantos de bocaza. Tres días en el pueblo y ya está salvando pescadores."

El pescador no recogió las monedas del suelo puesto que estaba paralizado de miedo, tanto que los pies le pesaban, eso o llevaban demasiado tiempo aprendiendo a no moverse antes de que Frak terminara, que era lo mismo. La mujer de las telas había dejado de enrollar. El soldado miraba el faro con una dedicación que no había tenido en toda la semana. -Mira, pececillo.- La voz bajó un escalón y eso la hacia aun mas incomoda que si subía. -Lo del caracol me importa una mierda, y estoy convencido de que te lo pintaste en la palma esta mañana. - Señaló al soldado con el mentón, despacio casi con cortesía. - Lo gracioso eres tú eligiendo a la marina de este lugar para incriminarme. Tio cuanto días llevas aquí ¿una tarde? -

Tres segundos de silencio en los que le miraría atentamente. - Así que no. No hay cuadrilla. No me largo. Y si quieres hablar de entendimientos... - Se estiró los nudillos. El chasquido fue seco sobre el ruido del puerto. El sonido de algo que se hace porque se ha hecho siempre y no necesita anunciarse.-primero demuestras que vales la conversación.- Dos pasos hacia adelante. No corrió. No necesitó hacerlo. El primero lo lo dejó a dos metros y medio y el segundo a dos. A esa distancia el olor ya llegaba sin que nadie lo invitara pelaje caliente, algo rancio debajo, cuero limpio encima de todo eso y una nota metálica específica que en ciertos barrios los críos aprenden a reconocer antes que las letras porque es el olor de algo que va a doler.

El brazo derecho se dobló desde el codo con velocidad, debido a que ese movimiento ya lo había echo muchas veces. El peso se desplazó hacia atrás sobre la pierna trasera, cargando, y luego hacia adelante en el mismo segundo, y el puño salió desde la cadera ascendiendo, directo, frontal, sin curva ni adorno, apuntando al centro del torso del gyojin con la convicción de quien no considera seriamente la posibilidad de fallar. -Primero te rompo algo.- Lo dijo mientras el puño ya estaba en camino, lo que significaba que no lo dijo para avisarle sino para escucharlo él mismo, porque le gustaba cómo sonaba.

[Imagen: 2UUDPk2.jpeg]

Resumen


Bélico
#4
IMPACTO RECIBIDO

Estadísticas de Tsunamaro


Para cuando caí en la cuenta de que la hostia venía de camino, el puño de aquel despreciable bárbaro feliforme ya me estaba besando con los nudillos la boca del estómago.

«Doy por agotada la vía diplomática», dictaminé; y fue pensarlo y sobrevenirme un mareíllo traidor que se agravó cuando me asaltó el hedor caliente y rancio de su mandíbula chasqueante. Entonces, mi cuerpo serrano decidió que lo que procedía en aquel trance era amagar con doblarse por la cintura y soltar todo el aire acumulado durante el prolegómeno.

Qué traicioneras son las hienas, maldita sea. Y tontas, coño, tontas como mear contra el viento. El Rey León ya nos advirtió sobre aquello, debí haber prestado más atención. Hay hasta una canción sobre eso. Pero claro, uno, que tiene por costumbre agotar la vía civil antes de acudir a la penal, se deja llevar y... pasa lo que pasa.

Pensar, con los pulmones por los zapatos, costaba un rato; así que, dejándome de cavilaciones, en aquella postura, con la zarpa de mi nuevo colega todavía hurgándome las costillas, me dejé llevar por la adrenalina y el poso que me dejaron mis trifulcas en el Distrito Gyojin defendiendo a mis hermanos y procedí a actuar conforme lo requerían las circunstancias; o séase: devolviendo cada golpe por duplicado.

—Tuve a bien advertirle, caballero —empecé diciéndole, y aunque me salió medio ahogado, creía haber logrado el tono soberbio que estaba buscando—, que quien le habla no tendría empacho en propinarle la mentada de madre reglamentaria si persistía en sus bellaquerías.

Al tiempo que remataba la admonición, cerré la mano zurda sobre el antebrazo peludo del mink y, abriéndome paso por debajo de la manga de cuero, fui descendiendo hasta encontrar el nudo huesudo de su muñeca; me clavé allí con saña y giré en sentido contrario al de las manecillas del reloj. En el mismo suspiro, disparé la diestra, con las púas extendidas, hacia arriba, recta, buscando con los nudillos el interruptor que los fanfarrones escondemos en la parte blanda bajo la mandíbula.

Luego, le solté la muñeca y retrocedí dando pasitos sobre los adoquines, muy digno, recomponiéndome la sobrecamisa, hasta encontrarme a una distancia prudencial del otro.

A ver qué cara ponía el chucho ahora que tenía la boca amueblada.

KARMAS


BÉLICO


TÉCNICAS


POSICIÓN FINAL


Contenido Oculto
#5
El agarre llegó. Frak lo sintió en la muñeca los dedos del gyojin cerrándose sobre el hueso, el giro, la intención clara de arruinar algo, y la respuesta de su cuerpo fue tan inmediata que casi fue antes que el pensamiento, giró el antebrazo en el sentido del giro para acompañarlo. En el mismo instante vio el otro puño levantarse y vio algo más que un puño. Vio las púas, afiladas, húmedas, orientadas hacia él. Fue eso exactamente, el brillo específico de aquellas puntas bajo la luz del atardecer de Baquella, lo que le puso el cuerpo en alerta antes de que la cabeza terminara de construir la imagen completa. La adrenalina llegó como agua fría vertida de golpe.

Su cuerpo giró sobre sí mismo siguiendo el impulso del agarre, convirtiendo el movimiento del rival en combustible para el suyo propio, y en el mismo giro la pierna derecha salió disparada hacia el costado del gyojin seca, directa, sin el adorno de quien necesita demostrar que sabe pelear. Era la respuesta automática de un cuerpo que lleva suficientes años en situaciones exactamente como esta como para actuar antes de que nadie le pida permiso. Luego se separó. Dos metros de adoquines blanqueados entre ambos, y el sonido del puerto llenando el silencio que dejaron los cuerpos al separarse.

Miró sus propias manos. El antebrazo derecho donde habían estado los dedos del gyojin. Luego al gyojin."Veneno. El pececillo lleva veneno en los pinchos." Eso era nuevo o no nuevo exactamente, pero verlo en movimiento, ver la intención activa de clavárselos. Frak archivó el dato en algún lugar útil de la cabeza y luego dejó que su cara hiciera lo que quería hacer desde que el gyojin había abierto la boca por primera vez en la plaza. Se rió.

Esta vez sí era una risa. Corta y áspera, con la mandíbula abierta de par en par y los colmillos amarillos al aire, el sonido de algo que no había planeado salir y salió de todas formas porque el cuerpo a veces toma esas decisiones sin consultar. Se cortó sola porque no había suficiente humor genuino en ella para durar más de dos segundos. Pero esos dos segundos fueron reales. -Eres asqueroso hasta para golpear. Esos pinchos... - Hizo una mueca. Algo que vivía a medio camino entre el asco y la fascinación de quien acaba de ver un insecto que no conocía. -Ehg.-

La voz había cambiado de registro sin que él lo hubiera decidido conscientemente. -Un gyojin con carita de humano intentando hacerse el listo. - Se sacudió el puño derecho una vez, despacio, con la parsimonia de quien elimina polvo de algo que no estaba sucio para empezar. Sus ojos no se movieron del gyojin mientras lo hacía. - Las escamas por dentro, la lengua por fuera. Mitad pez, mitad charlatán, completamente inútil. Lo peor de los dos mundos y sin lo bueno de ninguno.- A seis metros de allí, sin que Frak lo mirara, Hideo seguía con las monedas apretadas en el puño. Inmóvil de esa manera específica que tienen las personas cuando han aprendido que el menor movimiento puede recordarle a alguien que existen. -De donde vengo, los críos de cuatro años pegan más fuerte que tú. Con la mano que no usan. Con los ojos cerrados e incluso dormidos -

Se encogió de hombros. Un gesto breve, casi involuntario. El tipo de gesto que no se ensaya porque nace solo cuando alguien está genuinamente convencido de lo que acaba de decir, sin necesidad de convencer a nadie más. -Los minks no negociamos con basura de río. -

La última frase la dijo más despacio que las anteriores. No para que sonara más amenazante, sino porque ya no había ninguna urgencia en decirla. Era una conclusión, no una advertencia. Se quedó quieto. Expectante. Con las manos sin prisa y los ojos fijos, esperando ver qué decidía hacer el pez con el tiempo que le quedaba.

Resumen


Bélico
#6
Código:
personaje


IMPACTO RECIBIDO


NOTA SOBRE MI HIDE DEL TURNO ANTERIOR


Joder.

Exánime, caí de rodillas.

Había fracasado miserablemente en mi intento de atizarle en el mentón a mi oponente. Para más inri, el patadón con que el mink coronó el desaguisado me sembró una punzada feroz en el hipocondrio, dejándome sin aliento y a merced de las burlas del hombre hiena, que tuve que encajar mudo y con el rostro descompuesto en una mueca poco decorosa.

Aturdido, aguanté el chaparrón todavía dando gracias de que mi oponente hubiera optado por el escarnio en lugar de aprovechar mi momento de debilidad para arrearme una tercera vez. Durante un instante, la vista se me nubló y los contornos se difuminaron. «Qué humillación». No quise ni siquiera imaginar cómo de pusilánime se me tendría que estar viendo desde fuera.

Así, y aunque me costó lo mío, porque orgulloso soy un rato, acabé rindiéndome a la evidencia de que estaba haciendo el ridículo. Cuando lo asimilé, no pude mantener la cabeza en alto frente al cabrón del mink y quise bajar la vista a donde correspondía, a los adoquines que alfombraban mi querida Baquella. Al intentarlo, los astros quisieron que me topase con los ojos del anciano al que yo, en mi infinita (no diremos bondad, sino egolatría), había querido usar de excusa para montar mi numerito del día y comprendí, de una vez por todas, la cagada enciclopédica que acababa de cometer.

«Pobre hombre».

Y es que, si bien mis intenciones habían sido honestas al tratar de socorrerle, lo cierto es que enseguida me había podido el personaje y había acabado tomándomelo a guasa, queriendo lucirme. Así, le había buscado las cosquillas en público a un tipo cuyos garbanzos dependían enteramente del miedo que era capaz de infundir en sus víctimas habituales.

«Maldita sea, ¿pero qué he hecho?». Aquella mecánica la conocía de memoria desde niño y no podía creer que hubiera sido tan imbécil como para no haberme dado cuenta de aquello antes de meter las aletas donde no me llamaban.

Ocurre que, en contextos de extorsión, cuando un tercero interviene en la relación entre agresor y víctima, la violencia suele redirigirse hacia la víctima original una vez despachado el intruso, porque su intervención introduce una variable de incertidumbre en el control percibido por el extorsionador, al poner en duda la eficacia de su dominio.

En ese tipo de perfiles, tan habituales en barrios, digamos, humildes y alejados de la resolución pacífica de conflictos como aquel en el que me había criado, la pérdida de certidumbre sobre la propia autoridad es inaceptable, por lo que tienden a restablecerla reforzando el castigo sobre la víctima como mecanismo de reafirmación.

En román paladino: Hideo, el bueno de Hideo, tenía todas las papeletas para llevarse, por mi culpa, una somanta de palos en cuanto el mink terminase conmigo.

«Soy un mierda...».

Vaya brete; no tenía agallas para mirar al pescador, por vergüenza, ni redaños para encarar al hombre hiena, que continuaba clavándome banderillas entre carcajadas de… bueno, de hiena.

(Por cierto, aquel día entendí a qué se debía la fama de su risa; qué sonido tan molesto, por todos los dioses, qué ganas de tupirme con silicona los pabellones auditivos).

A lo que iba: me decía que si era un charlatán —y en eso no le faltaba razón—, que si era un inútil —a la vista estaba, tampoco se lo iba a discutir—, que los críos de donde él venía pegaban más fuerte que yo con la mano mala, que era una basura de río. Bla, bla, bla… Vale que no era el ofensor más elocuente del South Blue, pero razón no le faltaba.

Tal vez fue por eso, porque le asistía la razón, por lo que sus puyas empezaron a dolerme. Puede que incluso más que el costado de la patada y, desde luego, bastante más que el estómago, donde antes me había plantado el puñetazo y…


[Imagen: JrSZYzdT_o.png]
¡Un momento!
El puñetazo. El primero. Ya casi no lo notaba.
¿Podía ser que…?

«Oh, por todos los dioses marinos, ¿cómo había podido estar tan ciego?».

Resulta que, en mis trifulcas en el Distrito Gyojin, yo solía ser el rápido, el escurridizo, el que esquivaba los golpes —aunque necesitara una decena para tumbar al rival—. Siempre había sido así; de peso voy justo, y seguiré yendo justo mientras no me sobre el dinero para manjares. Pero ahora…

«¿Podía ser que los papeles se hubieran invertido?».

El mink me había golpeado ya dos veces seguidas, y yo seguía de una pieza. Dolorido, sí; aletargado, también; pero en condiciones de pelear un rato más.

Quizá… quizá ahora era yo el que debía apostarlo todo a un golpe.

«Levántate, Tsunamaro», me ordené. Respiré hondo. Y me incorporé.

Pude ponerme de pie, para mi sorpresa. Sus golpes dolían lo suyo, pero aguantaba.

—Lo siento —murmuré, entonces.

Hablaba en un tono demasiado bajo para que me oyera nadie, ni siquiera el pescador, al que en teoría me dirigía. Pero necesitaba vomitar aquella disculpa antes de continuar.

—Actué sin pensar. Prometo que haré todo lo que esté en mi mano para arreglarlo.

Una vez hube dicho aquello, sentí como si acabase de parir un cachalote. Notaba las extremidades ligeras y volvía a poder mirar a la gente de frente. De aquella forma, escupí al suelo y crují el cuello, primero a un lado y luego al otro, hasta sentir cómo se soltaban las vértebras. Y ya con el cuerpo a punto, tocaba poner en marcha mi plan de aguantar y atacar, aguantar y atacar, aguantar y atacar con todo lo que tenía hasta lograr encajar algún golpe.

—Tú, perrito —le dije al mink, acercándome—. ¿Querrías hacer el favor…

Adelanté la pierna derecha y dejé la izquierda atrás, bien plantada en el adoquín, con todo el peso cargado sobre ella.

—…de cerrar…

En un movimiento explosivo, tomé impulso desde el pie de atrás, giré sobre mí mismo y descargué todo mi peso contra él.

—…esa bocaza…

Y, finalmente, lancé el puño como punta de lanza, con todo el cuerpo detrás, derecho al morro de aquel infeliz.

—…DE UNA PUTA VEZ?

(Por cortesía y como a diferencia de otros, soy más caballero que animal, evitaría siempre causar daños permanentes. Por ejemplo, nada de clavarle las púas en los ojos).


KARMAS


BÉLICO


TÉCNICAS


POSICIÓN FINAL
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 201 - 46 = 155
Energia: 208 + 0 = 208
Espiritu: 24 + 0 = 24
#7
El puño llegó. Frak lo vio venir y eso era lo peor. Lo vio perfectamente, el brazo del gyojin extendiéndose desde abajo con todo el peso del cuerpo detrás, el giro de cadera, la intención completa. Lo vio y sus piernas no respondieron con suficiente velocidad y eso no le había pasado en mucho tiempo y ese pensamiento fue lo último que tuvo antes de que los nudillos del gyojin y las púas, las malditas púas, le encontraran la cara. El impacto fue hacia arriba y hacia atrás. Los pies de Frak salieron del suelo un instante, antes de que la espalda encontrara los adoquines con un sonido seco que resonó por toda la plaza vacía.

Aquello creó un silencio, el tipo de silencio que se instala cuando algo ha terminado de una forma que nadie quería ver terminar exactamente así. Frak estaba en el suelo, boca arriba. El pelaje del lado derecho de la cara empapado de algo que no era solo sangre, algo que ardía de una manera diferente, más profunda, que se extendía desde la mejilla hacia el cuello con una voluntad propia y desagradable. "Veneno." Lo pensó con una claridad extraña, como si en ese momento estuviera fuera de su cuerpo y viera eso con total claridad. "Levántate." Se incorporó sobre un codo. El adoquín bajo la palma de la mano estaba frío y áspero, real, y esa realidad concreta fue lo que usó para anclarse en el presente. Logró ponerse de rodillas. Vio los pies del gyojin a menos de dos metros. Vio los adoquines. Y vio a ocho metros, los botas del marine.

El mismo marine que llevaba semanas mirando el faro.-Oye. - Su voz salió rota por la mitad sin el tono de antes sin la temperatura calculada. Sonó como lo que era un hombre en el suelo con el veneno extendiéndose por la mandíbula buscando algo a lo que agarrarse. -Oye, tú. Uniforme.- El marine se giró, demasiado rápido para fingir que no había escuchado.-Ya sé que me oyes. Tres semanas te he estado pagando para que oyeras exactamente esto. Detén a ese hombre.- Una pausa. Frak escupió al suelo, se limpió la boca con el dorso de la mano, y terminó -Que es pirata, joder. Haz tu trabajo-

El marine miró al gyojin, luego a Frak en el suelo, luego al gyojin otra vez. La mano le fue sola a la empuñadura del sable con el movimiento torpe e inevitable de alguien que ha recibido una orden que no quiere cumplir pero que no tiene forma de desobedecer delante de testigos sin que cueste más de lo que vale.

¡Alto! - La voz le salió demasiado aguda. -¡En nombre de la Marina, queda usted...- Frak no esperó a que terminara la frase. Usó el segundo de distracción para levantarse, con un esfuerzo que le costó más de lo que habría costado ayer, y empezó a moverse hacia el borde norte de la plaza. No podía correr con la cara como la tenía y el veneno haciendo lo que estaba haciendo en el lado derecho del cuello. Pero se movió, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en el espacio entre los puestos de pescado, en el callejón estrecho que llevaba hacia el acantilado norte, hacia el lugar que nadie en Baquella sabía que conocía excepto Hideo, que nunca lo había dicho, y él mismo.

Se detuvo un momento en el borde de la plaza. Se giró. Buscó los ojos del gyojin por última vez.-Basura de río con buena pegada.- No sonó como un insulto. Sonó como una evaluación honesta, que era exactamente lo que era.-La próxima vez no me pillaras desprevenido.-

Y desapareció por el callejón.


Resumen


Bélico
#8
Me tomé unos segundos para regocijarme en lo limpio que me había salido el golpe y me dispuse a reclamarle a la hiena lo que le había pedido de entrada —que devolviera hasta la última moneda mangada, que cesara en sus achantes y que desapareciera para siempre de la humilde Baquella—, pensando que, en su estado —herido y envenenado—, sería pan comido. En unos minutos, Hideo habría recuperado lo robado y la paz habría vuelto a Baquella.

Yo, huelga decirlo, me sentía pletórico. Hacer el bien me produce en la glándula pineal un gustirrinín que mi prosa, por mucho que la empine, no alcanza a explicar.

De aquella beatitud vino a sacarme la voz desesperada del mink, ya arrodillado, recordándole a gritos al marine las tres semanas que llevaba pagándole y exigiéndole, ahora, que cumpliera con su parte. Entonces até cabos. El uniformado era cómplice del extorsionador, y por eso se había limitado a hacer de figurante durante toda la trifulca.

El soldadito, en efecto, no tardó en darme la razón. Un «¡alto!» aflautado vino a herirme el oído. Dirigí la mirada hacia el origen del grito y di con el marine, que amagó con detenerme, vacilación que el hombre bestia, todavía maltrecho, aprovechó para escurrirse por uno de los callejones angostos que sangran de la plaza.

Total, que tuve que dejar escapar a la hiena y encararme con su compinche.

—Serás… —se me apagó el insulto en los labios cuando reparé en el óxido de su sable, que delataba que no acostumbraba usarlo. Y se le notaba incómodo, no en vano su socio acababa de exponerlo delante de todos los baquellanos. Asustado, también, me pareció.

[Imagen: UbJv4gnb_o.gif]
—Arrrg...

Qué grima daba. De un soldado uno espera, qué sé yo, una quijada apretada, una mirada firme, esas cosas y no un fulano miserable y pequeñito como aquel.

No iba a andarme con rodeos, saqué la púa retráctil del nudillo del índice a la vez que me acercaba al marine y se la coloqué en la nuez.

—Comandante. Qué digo comandante, almirante lo menos —le dije—. Si fuera yo su excelentísima persona, renunciaría al arresto. A menos, claro está, que tenga usted interés en una traqueotomía —presioné un poco más su gaznate—. Quédese quietecito como un mejillón, ¿me escucha? Si mueve un músculo, aunque sea el diafragma, va a ser lo último que haga. Vuelvo enseguida.

Así traté de resolver. No es que fuera yo criatura de amenazar, pero mi capacidad de aguantar merluzos se había desbordado con el mink y mi termómetro de la paciencia venía marcando hasta el caviar desde hacía un buen rato. Así que los dioses me perdonen la brusquedad, pero uno, de cuando en vez, tiene que ponerse serio.

Le di la espalda y enfilé hacia el pescador.

Y qué corte, por las barbas de Poseidón.

—Hi- Hideo —repasé mentalmente todas las veces que había conversado con él. No habían sido muchas. Alguna vez habíamos coincidido en la taberna, pero se pasaba poco porque trabajaba mucho. Solía estar en el muelle o faenando—. Maestro, ¿cómo se encuentra?

Acojonado, me pareció. Pero aparentemente ileso, por fortuna.

Me agaché un poco para quedar a su altura e hice lo posible por brindarle apoyo para que volviera a erguirse. Al hacerlo, noté que todavía mantenía el puño cerrado, con las monedas dentro, supuse, así que se la cubrí con la mía un instante y le sonreí.

—No se preocupe, que estas berries ya no corren peligro. Ni su barca, faltaría más. Que aquel pelagatos no se va a llevar ni una astilla, ni esta semana ni la que viene. De eso me encargo yo. Y si por algún casual se le ocurriera volver por aquí, usted me busca, que un servidor le recoloca otra vez la mandíbula.

Me dio la impresión de que aflojaba los hombros. Yo me crecí un poco al creerle más animado.

—Y oiga, una cosa más, ya que estamos; déjese caer más a menudo por la taberna, jefe, que últimamente casi no le vemos el pelo. El sábado pasado, sin ir más lejos, se perdió usted unos caldos traídos directamente de Wano de los que le hacen a uno orinar mariposas. ¡Un sake, maestro… mmm! Tiene usted que probarlo. ¿Sabe qué? Me juego las agallas a que todavía debe de quedar por allí alguna botella...

Procuré extender un poco más la conversación, lo justo para asegurarme de que el viejillo no se me iba a venir abajo en cuanto lo dejara solo, aunque por el rabillo del ojo no le quitaba atención al marine —ese botarate marrullero—, tan pronto como me dio la sensación de que Hideo había recuperado el aplomo, lo abordé por segunda vez.

—Acompáñeme, vamos a hablar un momento a solas.

Con la diestra lo agarré de las solapas y tiré de él, con el propósito de arrastrarlo hasta el rincón del muelle, justo al lado del cajón de madera oscura. La lona seguía descorrida. Le di un empujón tratando de calcular para que aterrizara sentado, con la espalda contra la madera, con la intención de acuclillarme luego para hablarle a la cara.

—Me da en la nariz que empieza a comprender la situación en la que se encuentra. Su componenda con el mink ha hecho aguas y ahora su carrera en la Marina se desangra porque le han dejado vendido enfrente de sus convecinos. ¿Me equivoco? Una lástima. Imagino que ahora tendrá que afrontar las consecuencias: el castigo público que tenga a bien ponerle la Justicia y la venganza privada, que siempre es más cruel, de los baquellanos. Además de la deshonra con la que tendrá que cargar. ¿Se imagina qué pensaría su mamá si se entera de que su chico, del que está tan orgullosa, es un mequetrefe extorsionador de viejos?

Le di una palmadita en la mejilla. Suavecita.

—Qué mala pata. En el fondo eres un buen muchacho, ¿verdad? —chasqueé la lengua—. Un desliz lo puede tener cualquiera.

—Sin embargo, todavía está usted a tiempo de remediarlo. Atienda. —Apoyé el codo en la rodilla, acercándome un poco más a su cara—. Resulta que un servidor es, además de testigo principal de los hechos, hombre discreto cuando le conviene y, modestia aparte, muy persuasivo. Mire cómo se da la cosa, caballero: si en el transcurso de esta velada nos hacemos amigos, yo me encargo, primero, de que esto que ha pasado hoy no salga de Baquella. Hablo con uno, hablo con otro, doy mi versión, y el asunto, dada la pereza natural del pueblo y la nula afición de los baquellanos a meterse en líos con la Marina, se queda aquí mismo. Se lo aseguro. Y, segundo, si por desgracia le tocase a usted dar parte a sus superiores de algo, este humilde siervo de Poseidón está dispuesto a respaldarle el cuento que decida usted contar. Las palabras del mink, pongamos, fueron pura calumnia de malandrín puesto contra las cuerdas. Usted, que es un bendito, nunca recibió soborno alguno. Y cuando vio la oportunidad, intervino, como mandan los manuales. Lo que necesite, caballero. Yo se lo firmo.

Callé un momento, a propósito. Mi oferta tenía que asentarse, echar raíces en algún rincón de su cabeza; convenía que sopesara la disyuntiva entre seguir atado al socio que lo había vendido —e irse al guano— o aceptar la mano que yo le tendía como vía para escabullirse del aprieto. Cuando calculé que había transcurrido un tiempo prudencial, retomé la perorata.


—A cambio solo le voy a pedir tres cositas. Minucias, ya verá. Primero: quiero que me cuente, con pelos y señales, todo lo que sepa del mink. Si se limitaba a la extorsión o andaba en algo más gordo, cómo se conocieron, si trabaja solo o está a las órdenes de alguien. Todo. Segundo: ese cajón tan raro que apareció en el muelle. Quiero saber si guarda relación con el asunto. Y tercero…

Bajé la voz.

—…de aquí en adelante, en Baquella, mientras un servidor respire, a nadie se le sacude el bolsillo. ¿Me entendió? Y si vuelve a ver a su amigo por estos muelles, usted me avisa. Por el conducto que estime oportuno; ya sabe que un servidor frecuenta la taberna. Pero quiero enterarme. ¿Estamos, caballero?

—¡Ah! Y un último detalle: va usted a reponerle al bueno de Hideo todo lo que el bandido le ha sacado hasta ahora. Diremos que lo persiguió y consiguió recuperarlo. Eso le dará fuerza a nuestra coartada.

Y con aquello, di por zanjado mi sermón. Tenía claro que por aquel día había sido suficiente. Cualquier cosita que aquel infeliz tuviera a bien contarme, un servidor la atendería con calma y sabría darle el uso adecuado en su momento. En otro momento.


RESUMEN


KARMAS
#9
El marine no pudo ni pestañear ante las palabras de el gyojin que tenia en frente. Tragó saliva. La púa seguía donde estaba. -Se llama Frak. - La voz le salió fina, calibrada para no mover demasiado el cuello y clavarse la pua. -No sé si tiene apellido. Nunca lo dijo y yo no pregunté. No me interesaba- Miró hacia el callejón por donde había desaparecido el mink, como si esperara que volviera, como si eso fuera algo que pudiera ocurrir y no quisiera que ocurriera.-Llegó hace tres semanas. Solo. No con ningún barco que yo viera llegar, simplemente estaba. Un día no estaba y al siguiente sí, y empezó con los pescadores esa misma tarde. - Hizo una pausa. - Yo no le busqué. Él me buscó a mí. Me dijo que era temporal, que en cuanto llegara alguien a recogerle se iba y el asunto quedaba entre nosotros.- hizo otra pausa y miraba de reojo otros callejones sobre los que empezaban a escucharse mas pasos -Nunca llegó nadie. Cada vez estaba más... inquieto. Estos últimos días preguntaba si habían atracado barcos que yo no hubiera registrado. Cargueros, sobre todo. - Sus ojos fueron solos hacia el cajón de madera oscura, con la lona descorrida y la placa metálica en la base apenas visible. Los apartó demasiado rápido. -El cajón lleva cuatro días en el muelle. No vino en ningún barco que yo procesara. Apareció una mañana y nadie reclamó la carga. Frak lo miraba. Mucho. Pero nunca lo tocó. Cualquiera de este lugar sabe que no tiene que tocar los cajones con esa marca-

Cerró la boca. Había llegado al límite de lo que sabía o al límite de lo que estaba dispuesto a decir antes de ver qué cara ponía el gyojin. Probablemente las dos cosas a la vez. A cuatro metros de allí, Hideo seguía de pie junto al segundo atracadero. Tenía las monedas en el puño. Cuando el marine, con movimientos lentos y muy conscientes de la púa, sacó una bolsa del cinturón y se la ofreció sin levantarse del todo, Hideo la miró primero a ella y luego al gyojin.

No dijo nada, no hacía falta.

El sol había terminado de bajar detrás de los tejados naranja de Baquella. La plaza quedó en esa luz de entre horas que no es día ni noche ni de dia. El cajón de madera oscura seguía ahí, con la lona medio descorrida y la placa metálica en la base captando lo último de la luz. Goldreich - Transferencia Interna 7-B. Cuatro días sin que nadie viniera a buscarlo.

Baquella seguía siendo un pueblo pequeño. Demasiado pequeño para lo grande que habia detrás de esto.


Resumen
#10
✓
Aventura T1: Completada

Recompensas Narrador (Kazan)

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10

— Berries: 15K


Recompensas User (Tsunamaro)

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 10

— Berries: 10K - 60% Karmas Negativos = 4K - Deuda = 0.

STAFF DE NAKAMA NO MI
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