02-04-2026, 03:17 PM
(Última modificación: 03-04-2026, 07:26 PM por Massimo Dooti.)
El bar apestaba a humo y a sueños rotos.
Massimo llevaba un par de horas en el local, apoyado en la barra con los codos sobre la madera mugrienta y la gabardina colgando a los costados como una cortina vieja. El fedora le sombreaba la cara, pero bajo el ala sus ojos claros seguían el vaivén de las copas, las manos de los borrachos, el humo que subía en espirales perezosas hasta mezclarse con la poca luz amarillenta del techo.
No había venido a beber. El dinero no le daba para eso, y aunque le diera, el alcohol y él no se llevaban bien. Le gustaba demasiado, y cuando le gustaba algo solía perder el control. Así que se limitaba a un vaso de agua sucia que el tabernero le había servido de mala gana, y que él llevaba media hora dando sorbos pequeños, fingiendo que era otra cosa.
Había venido a escuchar.
El blues de la noche era diferente al del mediodía. Más lento, más grave, con un ritmo que se arrastraba como los borrachos que salían de la barra camino a sus casas. La banda de siempre llenaba el local con notas que parecían hechas de derrota y resignación. A Massimo le gustaban. Le gustaba cómo el saxofón lloraba en los momentos justos, cómo el contrabajo hacía vibrar el suelo, cómo el piano añadía pequeños destellos de algo que casi parecía esperanza antes de volver a la tristeza.
El tabernero, un hombre gordo y calvo con un delantal manchado de grasa, se acercó a limpiar la barra cerca de donde estaba Massimo. Frotó la madera con un trapo sucio y, sin levantar la vista, soltó:
-Otra vez por aquí, gigante. No eres de los que gastan, pero al menos no montas jaleo.
Massimo se encogió de hombros.
-El agua es gratis.- Dijo, con esa voz grave y plana que usaba para todo.
El tabernero resopló, una especie de risa ahogada que se perdió en el ruido de la música.
-Gratis para los que no dan problemas. Tú no das problemas.
-Intento no darlos.
-Pues mira por dónde...- El hombre dejó el trapo sobre la barra y apoyó las manos en la madera, mirando a Massimo con una mezcla de curiosidad y desgana. -La otra noche vino un tipo preguntando por ti. Un tipo raro. Con alas.
Massimo frunció el ceño. El ceño que ya tenía fruncido de por sí, pero un poco más.
-¿Y qué le dijiste?
-Que no te conocía. Porque no te conozco. Solo sé que vienes, te sientas, pides agua y te quedas mirando al escenario como si te fueran a dar un premio.
Massimo no respondió. El tabernero se encogió de hombros y cogió el trapo otra vez.
-Pero bueno, no es asunto mío. Los clientes son clientes. Mientras no monten líos...
-No monto líos.- Dijo Massimo.
-Eso ya lo sé. Por eso te dejo estar.
El hombre se alejó hacia el otro extremo de la barra, donde una botella medio vacía esperaba ser devuelta a su sitio. Massimo se quedó solo otra vez, con el vaso vacío entre las manos y la música llenándole los oídos.
Pasó un rato. Los músicos cambiaron el ritmo, pasaron a algo más lento, casi melancólico. Massimo cerró los ojos un momento, dejando que las notas le recorrieran la espalda como un escalofrío. El contrabajo vibraba en el suelo, el piano dibujaba pequeñas curvas en el aire, y el saxofón... el saxofón lloraba. Como si supiera lo que era estar solo.
Abrió los ojos. El bar estaba casi vacío. Un par de borrachos en una mesa del fondo, la banda despidiéndose entre aplausos escasos, el tabernero secando copas detrás de la barra. Nada más.
Massimo se incorporó un poco, estiró la espalda, sintió cómo le crujían las vértebras. Llevaba demasiado tiempo en la misma postura. Iba a pedir otro vaso de agua, aunque solo fuera para tener algo que hacer con las manos, cuando la puerta del bar se abrió.
El aire que entró era frío, seco, diferente al aire espeso y caliente que llevaba horas respirando. Massimo no se giró. No era su estilo. Pero notó cómo el ruido del local cambiaba. Las conversaciones bajaron de volumen. Alguien dejó de hablar a mitad de frase. El tabernero, detrás de la barra, levantó la vista y se quedó quieto un segundo antes de volver a secar su copa como si nada.
Massimo cogió el vaso vacío, lo giró entre los dedos torcidos, y esperó.
Los pasos resonaron en el suelo de madera. Firmes. Seguros. No eran pasos de borracho ni de cliente habitual. Eran pasos de alguien que sabía exactamente dónde estaba y a lo que había venido.
Massimo no miró. Pero escuchó.
El roce de una capa. El tintineo de algo metálico, quizá un cierre, quizá unas monedas. El crujido del cuero al moverse. La mujer se sentó en algún lugar de la barra. No demasiado cerca. Lo bastante para que Massimo notara su presencia sin tener que girar la cabeza.
El tabernero se acercó a ella. Preguntó algo en voz baja. La mujer respondió con un par de palabras, tan breves que Massimo no alcanzó a distinguirlas. El tabernero asintió y se fue a servirle.
Massimo siguió mirando su vaso vacío.
La música había terminado. La banda recogía sus instrumentos al fondo, entre conversaciones bajas y el ruido de las sillas al moverse. El bar se quedaba en silencio, ese silencio espeso que precede al cierre o a la tormenta.
Massimo no se movió. La mujer, a unos metros, tampoco.
El tabernero dejó una copa frente a ella. El sonido del cristal contra la madera fue un pequeño golpe seco en el vacío. Massimo seguía sin mirar. Pero sus dedos, sobre la barra, estaban quietos. Y sus oídos, atentos.
Algo le decía que esa noche no iba a terminar con él volviendo solo a su casa. Algo le decía que la mujer de la capa negra no estaba ahí por casualidad. Algo le decía que, de un momento a otro, el silencio se iba a romper.
Y él, como siempre, esperaría a ver qué pasaba.
Massimo llevaba un par de horas en el local, apoyado en la barra con los codos sobre la madera mugrienta y la gabardina colgando a los costados como una cortina vieja. El fedora le sombreaba la cara, pero bajo el ala sus ojos claros seguían el vaivén de las copas, las manos de los borrachos, el humo que subía en espirales perezosas hasta mezclarse con la poca luz amarillenta del techo.
No había venido a beber. El dinero no le daba para eso, y aunque le diera, el alcohol y él no se llevaban bien. Le gustaba demasiado, y cuando le gustaba algo solía perder el control. Así que se limitaba a un vaso de agua sucia que el tabernero le había servido de mala gana, y que él llevaba media hora dando sorbos pequeños, fingiendo que era otra cosa.
Había venido a escuchar.
El blues de la noche era diferente al del mediodía. Más lento, más grave, con un ritmo que se arrastraba como los borrachos que salían de la barra camino a sus casas. La banda de siempre llenaba el local con notas que parecían hechas de derrota y resignación. A Massimo le gustaban. Le gustaba cómo el saxofón lloraba en los momentos justos, cómo el contrabajo hacía vibrar el suelo, cómo el piano añadía pequeños destellos de algo que casi parecía esperanza antes de volver a la tristeza.
El tabernero, un hombre gordo y calvo con un delantal manchado de grasa, se acercó a limpiar la barra cerca de donde estaba Massimo. Frotó la madera con un trapo sucio y, sin levantar la vista, soltó:
-Otra vez por aquí, gigante. No eres de los que gastan, pero al menos no montas jaleo.
Massimo se encogió de hombros.
-El agua es gratis.- Dijo, con esa voz grave y plana que usaba para todo.
El tabernero resopló, una especie de risa ahogada que se perdió en el ruido de la música.
-Gratis para los que no dan problemas. Tú no das problemas.
-Intento no darlos.
-Pues mira por dónde...- El hombre dejó el trapo sobre la barra y apoyó las manos en la madera, mirando a Massimo con una mezcla de curiosidad y desgana. -La otra noche vino un tipo preguntando por ti. Un tipo raro. Con alas.
Massimo frunció el ceño. El ceño que ya tenía fruncido de por sí, pero un poco más.
-¿Y qué le dijiste?
-Que no te conocía. Porque no te conozco. Solo sé que vienes, te sientas, pides agua y te quedas mirando al escenario como si te fueran a dar un premio.
Massimo no respondió. El tabernero se encogió de hombros y cogió el trapo otra vez.
-Pero bueno, no es asunto mío. Los clientes son clientes. Mientras no monten líos...
-No monto líos.- Dijo Massimo.
-Eso ya lo sé. Por eso te dejo estar.
El hombre se alejó hacia el otro extremo de la barra, donde una botella medio vacía esperaba ser devuelta a su sitio. Massimo se quedó solo otra vez, con el vaso vacío entre las manos y la música llenándole los oídos.
Pasó un rato. Los músicos cambiaron el ritmo, pasaron a algo más lento, casi melancólico. Massimo cerró los ojos un momento, dejando que las notas le recorrieran la espalda como un escalofrío. El contrabajo vibraba en el suelo, el piano dibujaba pequeñas curvas en el aire, y el saxofón... el saxofón lloraba. Como si supiera lo que era estar solo.
Abrió los ojos. El bar estaba casi vacío. Un par de borrachos en una mesa del fondo, la banda despidiéndose entre aplausos escasos, el tabernero secando copas detrás de la barra. Nada más.
Massimo se incorporó un poco, estiró la espalda, sintió cómo le crujían las vértebras. Llevaba demasiado tiempo en la misma postura. Iba a pedir otro vaso de agua, aunque solo fuera para tener algo que hacer con las manos, cuando la puerta del bar se abrió.
El aire que entró era frío, seco, diferente al aire espeso y caliente que llevaba horas respirando. Massimo no se giró. No era su estilo. Pero notó cómo el ruido del local cambiaba. Las conversaciones bajaron de volumen. Alguien dejó de hablar a mitad de frase. El tabernero, detrás de la barra, levantó la vista y se quedó quieto un segundo antes de volver a secar su copa como si nada.
Massimo cogió el vaso vacío, lo giró entre los dedos torcidos, y esperó.
Los pasos resonaron en el suelo de madera. Firmes. Seguros. No eran pasos de borracho ni de cliente habitual. Eran pasos de alguien que sabía exactamente dónde estaba y a lo que había venido.
Massimo no miró. Pero escuchó.
El roce de una capa. El tintineo de algo metálico, quizá un cierre, quizá unas monedas. El crujido del cuero al moverse. La mujer se sentó en algún lugar de la barra. No demasiado cerca. Lo bastante para que Massimo notara su presencia sin tener que girar la cabeza.
El tabernero se acercó a ella. Preguntó algo en voz baja. La mujer respondió con un par de palabras, tan breves que Massimo no alcanzó a distinguirlas. El tabernero asintió y se fue a servirle.
Massimo siguió mirando su vaso vacío.
La música había terminado. La banda recogía sus instrumentos al fondo, entre conversaciones bajas y el ruido de las sillas al moverse. El bar se quedaba en silencio, ese silencio espeso que precede al cierre o a la tormenta.
Massimo no se movió. La mujer, a unos metros, tampoco.
El tabernero dejó una copa frente a ella. El sonido del cristal contra la madera fue un pequeño golpe seco en el vacío. Massimo seguía sin mirar. Pero sus dedos, sobre la barra, estaban quietos. Y sus oídos, atentos.
Algo le decía que esa noche no iba a terminar con él volviendo solo a su casa. Algo le decía que la mujer de la capa negra no estaba ahí por casualidad. Algo le decía que, de un momento a otro, el silencio se iba a romper.
Y él, como siempre, esperaría a ver qué pasaba.
