Sombras doradas entre los árboles - [Priv Kibai / Pasado]
#1
Capitulo 15: Sombras doradas entre los árboles
Lugar: Baterilla, Bosque
Fecha: 26 de verano, año 16
Hora: 6:00 PM




Caminaba por el bosque de la isla de Baterilla mientras la tarde de verano comenzaba a inclinarse hacia el anochecer, cubriendo el cielo en una inmensa capa de colores carmesi y violeta. El calor del día todavía se sentía entre las copas de los árboles, Sin embargo el aire ya empezaba a volverse más suave y agradable. Me gustaba este momento del día, cuando todo parecía más tranquilo y el bosque dejaba de ser ruidoso para volverse casi silencioso, un lugar en donde podía encontrar calma absoluta. Avanzaba sin prisa no habia necesidad de correr, simplemente disfrutar del camino, observando las ramas altas podia notar varios animales preparándose para dormir, por mi parte buscaba frutas maduras que pudiera recoger para un breve festín. Así que de vez en cuando me detenía y estiraba los brazos  ligeramente para alcanzar las que estaban más cerca, guardándolas en mi bolsa con satisfacción mientras seguía explorando el terreno sin pensar demasiado en el tiempo, en mi mano izquierda cargaba un pequeño bolso improvisado con telas viejas y en mi diestra mi clásica sombrilla, el cual usaba como si fuera una especie de bastón.

A medida que me adentraba más en el bosque, los árboles se volvían más densos y la oscuridad poco a poco empezaba a tener más forma. El suelo estaba cubierto de raíces y hojas secas que crujían bajo mis pasos, quizás alarmaron a cualquier animal que estuviera cerca pero eso no me molestaba en absoluto. Una brisa suave movió mi ropa y tuve que acomodar un poco mi vestido rojo con decoraciones doradas, para que no se soltaran mientras saltaba entre los troncos y arbustos. No le di mayor importancia, simplemente seguí avanzando con energía, deteniéndome solo cuando veía más frutos interesantes. Todo el lugar me parecía lleno de cosas por descubrir, como si el bosque nunca terminara de mostrarme algo nuevo.

Seguí caminando hasta que encontré un árbol especialmente cargado de frutas rojas y brillantes. Me acerqué con entusiasmo y di un salto para alcanzar las ramas más bajas, recogiendo varias de un solo movimiento antes de caer nuevamente al suelo con agilidad. Sentí cómo el aire cambiaba poco a poco, volviéndose más fresco conforme el sol descendía más allá del horizonte. Me ajusté nuevamente la ropa mientras acomodaba los frutos en la bolsa,Los sonidos de insectos comenzaron a hacerse más presentes, anunciando la llegada de la noche, comenzando con esa sinfonía que formaba parte de todo ese espectaculo.

Cuando llegué a una zona más abierta del bosque, el cielo ya estaba cambiando de color, pasando del carmesi brillante al violeta profundo del atardecer, el manto negro cada vez era mas visible. Me senté sobre una roca grande y plana, dejando la bolsa a un lado mientras sacaba algunos de los frutos que había recolectado durante el camino. El lugar era tranquilo, casi silencioso, y solo se escuchaba el viento moviendo suavemente las copas de los árboles, incluso podria decir que escuchaba el eco de algunas voces, ¿Misterio?¿Fantasma?, no creia en esas cosas, solamente en la existencia de los seres vivos. Me recosté un poco hacia atrás, estirando las piernas con calma, y comencé a comer mientras observaba cómo el cielo finalmente se oscurecía. Era un momento agradable, sin prisa ni preocupaciones, solo yo y el bosque. Las primeras estrellas comenzaron a aparecer en el cielo como pequeñas luces lejanas. Me quedé sentada en la roca, comiendo lentamente los frutos mientras observaba cómo el firmamento se llenaba cada vez más de puntos brillantes. El bosque a mi alrededor estaba en completa calma, No pensaba en nada en particular, solo en lo bonito que era ver cómo las estrellas aparecían una por una en aquel cielo tan amplio y silencioso, sin pensarlo dos veces comence aflojar el cuello de mi vestido buscando la comodidad en el proceso y porque no...quitarme, con ello en mente comence a retirar mis botas sintiendo el cesped encontrarse con mi piel.

Vestimenta
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#2



La cubierta del navío de correo la Marina se había convertido en un auténtico caos.

—¡VUELVE AQUÍ, MALDITA ALFOMBRA CON MANCHAS! — rugió una voz que resultaba sorprendentemente potente para salir de un ser tan pequeño.

Los marineros apartaban cajas, barriles y aparejos a toda prisa mientras una diminuta figura atravesaba la cubierta a una velocidad absurda. El oficial de cubierta del Swift apenas llegaba al metro veinte de altura, pero cualquiera que hubiera servido más de cuatro o cinco días bajo sus órdenes sabía dos cosas sobre él: que podía partir un tablón de roble de un puñetazo… y que su mal humor tenía exactamente la misma escala desproporcionada que su fuerza. O quizás incluso peor.

— ¡Oh, vamos señor, no creo que sea para tanto! — respondió Kibai entre risas, esquivando por un pelo una escoba que pasó girando junto a su cabeza.

El mink apoyó una pata en la barandilla y se impulsó hacia un lado justo cuando una caja de herramientas silbó donde segundos antes había estado su rostro.

—¡¿NO ES PARA TANTO?! — bramó el oficial, que mostraba un semblante que se estaba empezando a parecer demasiado al color de una remolacha madura. — ¡¿ACASO CREES QUE VAS A BAJARTE DEL BARCO ASI COMO ASÍ?!

— ¡Llevamos demasiado tiempo en alta mar! — se defendió Kibai, inclinándose hacia atrás para evitar una sartén que alguien, probablemente por puro instinto de supervivencia, había cedido al oficial. — Mi cuerpo pide tierra firme, necesito estirar las piernas.

— ¡TU CUERPO LO QUE VA A PEDIR AUXILIO CUANDO TE AGARRE!

Kibai soltó una carcajada. Agachando la cabeza para evitar más proyectiles, el mink recorrío a toda velocidad la cubierta hasta alcanzar las jarcias del mástil principal. Un salto, otro, y en apenas un instante ya había escalado varios metros mientras el oficial, abajo, temblaba de pura furia.

— ¡KIBAAAAAAI!

Desde arriba, el mink se giró con una sonrisa de oreja a oreja. 

— ¡Vamos oficial, el capitán Seijuru me ha dado permiso, estaré de vuelta antes de lo que piensa!

— ¡MÁS TE VALE! — el hombrecillo le señaló con el dedo, la vena de su frente a punto de estallar. — ¡SI NO ESTÁS A BORDO CUANDO ESTE BARCO ZARPE, USARÉ TU CABEZA COMO PISAPAPELES Y TU PIEL COMO TOALLA DE BAÑO!

El mink se llevó una pano al pecho, en gesto exageradamente teatral de afectación.

— Eso suena demasiado íntimo para mi gusto, señor! Chicos, intentad que alguna mujer decente le haga caso hoy en el puerto, alguien que tenga coraje para un oficial de tan altos estándares!

El siguiente proyectil fue una tapa de barril de brea que el mink logró esquivar por los pelos. Comprendiendo que ya había tentado demasiado a al suerte. Kibai se impulsó. Su cuerpo cruzó el aire desde lo alto del mástil hasta el puerto, y aterrizó con suavidad sobre el empedrado de la orilla. Detrás de él estallaron las carcajadas de parte de la tripulación, mezcladas con los ecos lejanos de las amenazas del oficial. Aquella pequeña ceremonia se había convertido en algo habitual de vez en cuando. El capitán sabía que el mink leopardo, en su fuero interno, necesitaba estas escapadas de vez en cuando, cosa que en el fondo era compartida por el oficial de cubierta, pero que aún así gustaba de hacer gala de su mala uva usando a Kibai como blanco de cada objeto suelto que se encontrase a su alcance.

Vestimenta de Kibai


"Aún no me he decidido sobre si considerar que es solo mala leche, o se trata de algún tipo de entrenamiento extravagante al que el capitán ha accedido a que me sometan antes de llegar a la base de Roshwan" pensó el mink mientras se alejaba del barco. Con las manos en los bolsillos y la cola balanceándose tranquilamente, Kibai avanzó por las calles del puerto con una sonrisa satisfecha. Calle tras calle, fue dejando atrás el bullicio del muelle hasta que algo llamó su atención: más allá de los tejados humildes del puerto, se alzaba una extensión verde y salvaje, una zona boscosa de vegetación tropical.

Sus orejas felinas se movieron ligeramente. Volvió a sentir esa sensación que llevaba tiempo postergando: la del encierro, la madera, la sal y las órdenes; demasiadas olas, demasiado aire estancado entre cubiertas. Y ahorapor fin, podía volver a un terreno que se sentía para él como su casa. Las pupilas de Kibai se estrecharon apenas un instante mientras una sonrisa divertida aparecía lentamente en su rostro. Sin pensarlo demasiado, comenzó a caminar hacia el bosque.

Abandonó las últimas calles del humilde pueblo con la misma tranquilidad con la que había llegado. Algunas casas desperdigadas marcaban el límite entre la civilización y lo salvaje, y poco antes de cruzarlo encontró un viejo pozo de piedra junto al camino. Se detuvo apenas un instante. Sacó su cantimplora, desenroscó la tapa y la hizo descender con el cubo mediante la cuerda ya instalada allí. El agua regresó fresca y cristalina; el mink rellenó el odre con una sonrisa satisfecha antes de colgárselo nuevamente al costado. Asimismo, se agachó al lado de una casucha ya derruida, rebuscando entre sus restos hasta que encontró en lo que habría sido en otro momento la cocina un trozo de pedernal, se introdujo en su bolsillo trasero. El Swift no partiría hasta que las cartas desde el Gran Line que transportaba fuesen entregadas y las bodegas repostadas, así que Kibai contaba con las suficientes horas como para ver el amanecer, y puede que un poco más.

"Y desde luego, pienso hacerme algo de comer, hace demasiado que no cazo algo decente" pensó de nuevo para si mientras se pasaba la lengua por uno de los colmillos. Las raciones de la Marina eran más que decentes, pero para su instinto, el comer algo que había rastreado, cazado y preparado con sus propias manos era otro cantar.

Siguió caminando. Durante unos minutos, el sendero avanzó tranquilo entre árboles dispersos, hierba alta y el canto lejano de aves ocultas entre las ramas. Poco a poco, las últimas casas desaparecieron detrás de él hasta convertirse en manchas difusas entre los claros del bosque. Sus orejas se aplanaros ligeramente sobre su cabeza, y su cola comenzó a agitarse de un lado a otro. Podía sentirlo: la tierra bajo sus patas, el olor de la vegetación húmeda, la sombra de las copas sobre su cuerpo, el aire libre. Su paso se aceleró casi por sí solo. Caminar se convirtió en un ligero trote, que devino en una carrera. Kibai avanzaba entre los árboles, dejándose guiar por la posición del sol, captando los diferentes aromas con su fino olfato. Cada bocanada era liberadora, depurando sus sentidos del permanente olor a salitre, madera y sudor humano.

Mientras avanzaba entre árboles y raíces, Kibai llevó una mano hacia su cintura sin disminuir el ritmo. Sus dedos encontraron el cinto de Raimei y soltaron los amarres para colocar la espada cruzada sobre su espalda y así evitar que golpease ramas o se enganchase en lianas.

Una vez con su arma asegurada, el mink tomó impulso y se elevó en el aire. Su cuerpo se impulsó desde el suelo hasta alcanzar las primeras ramas bajas de un árbol cercano. Las patas apenas tocaron la corteza antes de impulsarse otra vez, y otra, y otra. La espesura pasó a su alrededor mientras avanzaba entre las alturas del bosque como si nunca hubiese abandonado Zou y aún continuase corriendo junto con sus congéneres en la oscuridad de sus bosques.

Tras unos veinte minutos, el mink llegó a un claro, dónde una serie de árboles bastante grandes hacían un círculo casi perfecto. Decidiendo que sería un excelente campamento base en el que aguardar a que fuese completamente de noche, aunque las estrelllas poco a poco ya estaban comenznado a adivinarse en el cielo, Kibai dio un último salto, trazando una pirueta para caer al otro lado de uno de los árboles.

Sin embargo sus ojos se abrieron de golpe al ver como en su trayectoria, sobre una piedra plana que no había logrado ver debido al follaje, estaba a sentada una joven humana con una bolsa de frutos al lado. Actuando por reflejo, Kibai extendió el brazo derecho hacia atrás, anclando la garra izquierda en el tronco del arbol, haciendo crujjir la madera pero frenando su impulso lo suficiente como para controlar su aterrizaje, cayendo a apenas un metro de la joven.

Consciente de lo extraño que podía resultar su aspecto para el que no estuviese familiarizado, el mink levantó levemente las manos, dando un pequeño paso atrás (lo cual no ayudó pues fue plenamente consciente del tac tac tac que sus garras le arracaban a la roca).

— Mis disculpas, señorita, no la había visto. ¿Se encuentra bien?
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#3

Totalmente relajada ante aquella armonía perfecta, permanecí en silencio mientras los grillos iniciaban su pequeña sinfonía nocturna, mezclándose con el canto constante de las chicharras que parecían intentar transmitir un único mensaje al mundo. Todo se sentía extrañamente perfecto, tranquilo… casi irreal. Sin ninguna preocupación rondando en mi cabeza, comencé a retirar la bota que aún llevaba puesta y dejé que mis pies tocaran el césped húmedo. Como casi un reflejo mis dedos jugaron suavemente entre las pequeñas hojas verdes, provocándome leves cosquillas que me hicieron sonreír apenas –Jeje…– La brisa que corría en ese momento era tan fresca y relajante que no quería recordar ningún mal momento, ni pensamientos relacionados con la marina, responsabilidades o viejas preocupaciones. Por una vez, solo deseaba existir allí, bajo el cielo nocturno, disfrutando únicamente del presente y de aquella calma pasajera que abrazaba mi corazón lentamente.

Dejando la fruta reposar suavemente entre mis dientes, llevé ambas manos hacia los cordones que ajustaban el escote de mi vestido, desabrochándolos con calma bajando la guardia por unos instantes; sin embargo, aquella tranquilidad desapareció de golpe cuando de repente un silencio cubrió el lugar por completo. Los grillos dejaron de cantar, las chicharras callaron abruptamente y hasta el viento pareció contenerse, como si algo hubiese irrumpido en aquella zona apartada  —Mmg…— murmuré apenas teniendo aun la fruta entre mis dientes, Un escalofrío comenzó a deslizarse por mi espalda dejándome claro que no estaba sola. ¿Sería algún animal salvaje oculto entre los arbustos… o quizá alguien observándome desde la oscuridad?

De pronto, un fuerte crujido proveniente del árbol que estaba detrás de mí me hizo estremecer por completo. Mi corazón dio un salto y al girarme rápidamente, pude ver una figura dorada descender a gran velocidad desde las ramas, mi vida pasó delante de mis ojos de una forma tan radical que al abrir la boca la manzana rodó hasta el suelo, Aquella figura aterrizó apenas un metro de distancia con una agilidad imposible de asimilar. El impacto fue brusco que sentí la vibración por unos segundos, provocando que un grito escapara de mis labios antes siquiera de comprender qué demonios estaba viendo.

Mi cerebro intentaba procesarlo desesperadamente. ¿Era un hombre…? ¿Era un leopardo? Sin duda poseía rasgos felinos, pero aquel cuerpo peligrosamente bien definido hacía que todo resultara todavía más absurdo, mis mejillas sonrojaron pero el miedo me gano --¡¿UN GATO TETÓN?!— fue lo primero que salió de mi boca, completamente horrorizada y confundida.

La impresión fue tan grande que me lancé hacia atrás sin control alguno, rodando torpemente sobre la roca en una vergonzosa voltereta hasta terminar sentada de golpe sobre mi trasero –Ahh…– un pequeño quejido salió de mis labios, el brusco movimiento provocó que el escote de mi vestido cediera por completo, resbalando hasta mi cintura y dejando al descubierto parte de mi ropa interior superior. Por unos segundos permanecí congelada, despeinada y totalmente avergonzada, mientras mi mirada alternaba entre acomodarme la ropa… y aquella extraña criatura dorada salida de mis peores delirios nocturnos. Entonces escuche como aquella identidad felina comenzaba a disculparse, excusandose a su misma tiempo mientras preguntaba por mi bienestar. 

Cuando finalmente comprendí lo que estaba ocurriendo, solté un largo suspiro mientras me llevaba una mano a la frente, tratando de ordenar mis pensamientos, ¿era un hombre?… pero ¿con rasgos claramente felinos?. Parpadeé varias veces, aún sin estar segura de si mi mente me estaba jugando una broma y al levantarme con cautela, me acerque con cierta cautela para observar mejor su anatomía. Fue entonces cuando mi atención quedó completamente atrapada por aquella cola que se movía con suavidad detrás de él; impulsivamente me agaché y la tomé entre mis manos, tirando con delicadeza antes de acercarla curiosa a mi rostro para inspeccionarla mejor —Aaaaw…— murmuré sorprendida por lo peculiar de la textura, completamente absorta en aquel descubrimiento como si fuera lo más normal del mundo, no dude en frotar la punta de la cola contra mi nariz. Luego me incorporé de nuevo, acercándome con total naturalidad pese a la extrañeza de la situación. —¡Disculpado! y… ¡perdón!— solté de inmediato, sin pensar demasiado pues me habia dejado guiar por la curiosidad que por la etiqueta, mientras mis ojos recorrían su figura con interés científico más que otra cosa; incluso me quedé observando sus rasgos felinos con atención, no se en que momento pero mi mano estaba apretando sutilmente su pectoral derecho con total naturalidad, observando fijamente a los ojos, levante mi mano izquierda para dejar mi pulgar, en un signo de aprobación absoluta.

Buena porción…— confesé en voz baja mientras retiraba la mano finalmente, comenzando a acomodar mi vestido con cierta torpeza, volviendo a abrochar cuidadosamente cada hilo hasta cubrir nuevamente el escote. Luego me dejé caer sobre la roca en la que antes estaba sentada, como si el simple acto de sentarme pudiera devolverme la cordura perdida. Cerré los ojos un segundo, intentando convencerme de que todo aquello no era más que un sueño extraño, de esos que se desvanecen al despertar —Bueno… ¿cómo funciona esto? ¿Debo correr?… ¿Voy a morir?— murmuré finalmente, abriendo los ojos con una mezcla de nervios y resignación. La realidad comenzaba a pesarme de golpe, a mi lado estaba un felino enorme con forma humana, una presencia imposible de ignorar. Tragué saliva lentamente, sintiendo cómo la duda se instalaba en mi mente con total claridad. ¿Era yo la presa en esta situación… o solo una espectadora atrapada en algo que no entendía?.

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#4


Obviamente no había sido la entrada más sutil de Kibai. A pesar de haber controlado su impulso para no embestir a la joven pelirroja, la inercia le hizo caer demasiado cerca, provocando que esta se sobresaltase y cayese hacia atrás. El cuerpo de la joven dio una apratosa voltereta, dando con su trasero en el suelo al deslizrse de la roca. El mink reaccionó con rapidez descendiendo de la roca a su vez, aunque la imagen que estaba viendo le hizo detenerse.

El vestido de aquella joven se había deslizado de sus hombros, dejando la ropa interior que llevaba debajo al descubierto. Por suerte, la cosa no había pasado de ahí. El mink se consideraba un caballero (y el capitán Seijuru, el cual parecía ser capaz de leer su mente, le habría curtido el lomo de no comportarse correctamente), de modo que se giró de espaldas a la chica.

— Ehhh, lo siento, no pretendía asustarte, de verdad. Estaba cazando en el bosque algo para cenar y casi ni te he visto. Por cierto, deberías tratar de cubr...

Las palabras de Kibai murieron en su garganta cuando notó como le estiraban de la cola. Dándose la vuelta de golpe, sus ojos se abrieron como platos al ver como la joven había agarrado su cola y estaba frotándo su cara contra ella. La expresión de aquella chica había perdido cualquier tipo de susto o alarma, y su rostro esbozaba una sonrisa de oreja  oreja mientras continuaba rozando su nariz contra el mechón negro que coronaba la cola del mink.

La situación en el claro parecía haberse aislado del resto del mundo. Nadie había demostrado tal clase de atrevimiento con él. La joven no solamente se estaba dedicando a usar su cola como si fuese una polvera de maquillaje, sino que después, tras soltar el apéndice (que el mink se apresuró a retirar detrás de si) dio dos pasos hacia él, mirándole directamente a los ojos mientras su mano reposaba sobre su pectoral. La distancia era lo suficientemente cercana como para que Kibai oliese a la perfección el aroma afrutado que despedía su aliento. Notó como la mano de la joven apretaba levemente el músculo, a lo que el cuerpo del mink respondió en un acto reflejo tensando el pecho, viendo con cierta satisfacción interna como las yemas de los dedos de la chica apenas lograban hundir la piel moteada bajo la camisa.

— Buena porción…

— "Buena porción? A qué demonios se refiere? Esta chica está bastante loca..."

La joven al fin se había recolocado el vestido, cosa que hasta ahora no parecía haberle resultado un problema el estar semidesnuda en el bosque, y se había sentado enfrente del mink, de nuevo sobre la roca en la que la había encontrado cuando había irrumpido en el claro.

— Bueno… ¿cómo funciona esto? ¿Debo correr?… ¿Voy a morir?

Kibai resistió la tentación de hacerse un facepalm. Decidiendo hacer como que todo aquello era normal, el mink metió las manos en los bolsillos, mirando a los ojos de la joven. Aunque la luz comenzaba a disminuir a medida que las ultimas luces del cielo desaparecían, su visión se mantenía perfectamente clara, aunque era consciente que para alguien que lo estuviese viendo sus ojos exhibirían una pupila vertical en el centro de un iris verde levemente brillante en la oscuridad.

—  Supongo que podrías correr, pero dudo que te sirviese de mucho, los humanos sois bastante lentos en comparación conmigo. — Kibai esbozó una sonrisa, dejando ver la punta de sus colmillos superiores. — Al fin y al cabo, los depredadores estamos diseñados para ser más rápidos que las presas. Pero no hace falta que te preocupes, no pretendía cazarte.

Dando un salto, el mink cortó una de las ramas de un tajo fulgurante con Raimei antes de aterrizar de nuevo sobre la roca. Durante unos segundos, se dedicó a separar las ramas más pequeñas, acumulandolas en un montoncito. Usando el trozo de pedernal y la hoja de Raimei, hizo salir una lluvia de chispas que prendieron las ramitas. Al cabo de un rato, había una pequeña hoguera sobre la piedra, completando un triángulo imaginario entre el fuego, la joven y el propio Kibai.

— Mi nombre es Kibai y el tuyo? No sé si habrás visto antes a alguien como yo, pero soy un mink. Por lo que me ha dicho el capitán Seijuru, aquí no es tan común vernos como en otros lugares como el Grand Line. Hemos llegado al South Blue hace poco, y la verdad, estaba tan ansioso de estirar las piernas y volver a perderme en la naturaleza que me olvidé que podía haber alguien más por ahí.

Mientras hablaba, el mink sacó las garras de su mano derecha y echó mano de uno de los frutos, usando una de los aguzados filos para cortarla a la mitad. Tras ello, empleó una de las ramas de madera para empalar ambas mitadas y ponerlas sobre el fuego mientras seguía hablando.

— Mi idea era aguardar a que saliese la luna para poder atrapar a alguna presa descuidada y comer algo de carne fresca. — Consciente de lo mal que había podido sonar aquello, levantó una mano de nuevo hacia la joven. — Que no es que te quiera comer eh, no vayas a pensar mal. La carne humana nunca ha sido de mis preferencias. Pero estás invitada a compartir lo que cace hoy, si quieres.

Volviendo su atención hacia las frutas sobre el fuego, el mink levantó la rama, comprobando con satisfacción que la carne exterior se había caramelizado y burbujeaba levemente, emitiendo un aroam entre tostado y dulce embriagador. Sacando con cuidado una de las mitades, alargó la rama con la otra hacia la joven con una sonrisa que esperaba pareciese tranquilizadora.

— Ten, pruébala así, te aseguro que está bastante mejor. Y pierde cuidado, de lo único que te podrás morir relacionado conmigo será del gusto si logro atrapar algo sabroso.
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#5

A medida que aquella profunda voz resonaba frente a mí, no pude evitar sentirme completamente cautivada. Había algo en ella que imponía respeto de forma natural,era una voz grave, firme y peligrosa, como el eco de una bestia imposible de desafiar. Mis ojos permanecieron fijos en el enorme felino mientras cada palabra parecía envolver el ambiente en una tensión sofocante. Cuando mencionó que correr no me serviría de nada, un escalofrío recorrió lentamente mi espalda y mi corazón comenzó a latir con fuerza como si fuera un tambor. Sin embargo, lo que terminó por dejarme inmóvil fue escuchar cómo hablaba de los depredadores y sus presas, criaturas creadas para perseguir, cazar y matar con absoluta precisión. Abrí los ojos con sorpresa al ver aquella sonrisa que mostraba sus colmillos, sintiendo cómo mi garganta se secaba al instante quizás por el temor —*Voy a morir…*— pensé por un segundo. Pero entonces confesó que no tenía intención de atacarme o de hacerme algo... Solté un suspiro tembloroso y llevé una mano a mi pecho —Bendito cielo…— murmuré intentando recuperar la calma.

Mientras me relajaba tras aquel comentario, de pronto sus movimientos bruscos me hicieron sobresaltarme levemente. Permanecí quieta, observándolo con atención mientras, con una agilidad impresionante y una destreza casi imposible, daba un salto elegante para cortar varias ramas del árbol. Las atrapó en el aire con precisión antes de volver a caer sobre el suelo húmedo del bosque. Mis ojos siguieron cada uno de sus movimientos, fascinada por la facilidad con la que actuaba. En apenas un abrir y cerrar de ojos, una fogata comenzó a arder frente a nosotros, iluminando nuestros cuerpos entre la oscuridad y la niebla tenue de la noche. El suave calor de las llamas acarició mi piel mientras una sonrisa enorme se dibujaba en mis labios. —Wow...qué hábil eres…— elogié, dando pequeños aplausos llenos de admiración.

El momento de las presentaciones finalmente llegó. Dejé que el felino tomara el control de la conversación mientras yo permanecía en silencio, escuchando con atención cada una de sus palabras –Me llamo Kagura…mucho gusto– mencione en respuesta dejando que siguiera con la conversación, Kibai habló sobre su raza, sobre el largo viaje que había emprendido y también sobre la persona con la que había llegado hasta ese lugar. No pude evitar sorprenderme al descubrir las razones detrás de su travesía; aquella necesidad de encontrarse consigo mismo en su verdadero entorno, de comprender quién era realmente lejos de todo lo conocido. Había algo genuino en la manera en que lo contaba, una sinceridad tranquila que lograba transmitir incluso en medio de la noche. Verlo feliz por algo tan simple me hizo sonreír con empatía mientras mantenía la mirada fija en la fogata.Las llamas ondeaban suavemente, proyectando destellos cálidos sobre nosotros, mientras el crujir de las ramas consumiéndose terminaba de envolver aquel instante en una atmósfera extrañamente agradable y reconfortante, Por otra parte Kibai comenzo a cortar la fruta con sus garras afiladas, para luego empalar la misma y ponerlas al fuego –*¿Fruta asada?...¿Eso sabe bien?*-- pensé por unos instantes.

Pero cuando habló sobre su idea de salir cuando la luna estuviera en lo más alto para atrapar algo con sus propias garras, aquel escalofrío volvió a recorrerme la espalda. Por pura inercia me moví hacia el otro extremo de la roca, como si aquella pequeña distancia pudiera salvarme de él en caso de que decidiera actuar siguiendo sus instintos. El movimiento fue casi automático, torpe incluso, impulsado por ese miedo repentino que comenzaba a instalarse lentamente en mi pecho. Sin embargo, el gesto de tregua que hizo logró tranquilizarme apenas un poco… aunque no lo suficiente. Sus palabras seguían resonando una y otra vez dentro de mi cabeza.

*¡¿Nunca ha sido… su preferida?!*— pensé, aferrándome a aquella frase con una inquietud imposible de ignorar. Al lado de Kibai me sentía diminuta, vulnerable… como una presa pequeña atrapada entre las garras de un enorme felino; uno que disfrutaba jugar con aquello que cazaba antes de darle el golpe final. Tragué grueso, sintiendo cómo el calor de la fogata ya no era suficiente para aliviar el frío que me recorría el cuerpo. Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, sentí auténtico pánico.

Pero cuando deslizó aquella fruta burbujeante cuyo aroma me embriago en un instante, de pronto sentí gruñir mi estomago y sin dudarlo tome la rama mientras comenzaba a soplar el pedazo de fruta acaramelada, tras hincarle el diente escuche sus palabras y sin querer comencé a toser pues me tomo por sorpresa, quemando sutilmente mi lengua –Arggh…quema– mencione mientras sacaba mi lengua y soplaba para apagar el ardor provocado en ella, pero sin abandonar la idea de probar la fruta, nuevamente me atreví a darle otra mordida, sintiendo como un meteorito caía sobre mis hombros, el sabor me inundó el paladar sintiendo que escuchaba los coros de los ángeles –¡Que sabroso!-- dije en un pequeño gemido mientras miraba a Kibai con una sonrisa de oreja a oreja –¡Que delicia!...¡Me encantará probar cualquier cosa que hagas!-- declare mientras sentía que finalmente deshacía de ese panico que me consumía.

Mientras consumia la fruta, ahora era mi turno para tomar el control de la conversacion, curiosa por todo lo que el felino relato, fui procesando cada palabras mientras me giraba para poner toda mi atencion al felino –¿Exactamente qué son los mink?...¿Son una especie hibrida entre humano y animales? – esa fue mi primera pregunta, a medida que respondia avance con mas preguntas –¿De dónde es tu origen?...¿Tu cuerpo es asi de duro por ser un rasgo genetico o es por entrenamiento?...–Como una pequeña niña, seguia la conversacion mientras mas admiraba sus facciones felinas, realmente queria apretarle la nariz o morderle una oreja, pero debia frenar ese impulso de idiotes.

¿Me dejas morderte la nariz o eso cuenta como beso?— pregunté sin querer, dejando escapar aquel pensamiento antes de poder detenerlo. Apenas fui consciente de lo que había dicho, una risa nerviosa abandonó mis labios mientras levantaba ambas manos en señal de tregua —Perdón… es que estoy emocionada…que un gatote me hable...parece ser un sueño...— me disculpé entre pequeñas risas avergonzadas.

Di la última mordida a la fruta antes de lanzar la vara hacia el fuego, observando cómo las llamas consumían lentamente la madera. El calor de la fogata pareció suavizar la tensión que había quedado en el ambiente y poco a poco el sonido de los grillos volvió a llenar el bosque, devolviendo aquella extraña paz nocturna, una sinfonia que me encantaba escuchar—¿Llegaron a esta isla por alguna razón en específico… o solo son forasteros?— cuestioné con curiosidad genuina, cada vez más intrigada por la vida de Kibai, quien parecia ser alguien con mucha experiencia. Todo acerca de él me resultaba completamente nuevo, como si perteneciéramos a mundos totalmente distintos que, por algún extraño capricho del destino, habían terminado cruzándose esa noche.
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#6
Kibai se contuvo para no soltar una carcajada cuando Kagura trató de colocarse al otro de la hoguera. Siempre le había sorpendido lo fácil que los humanos cedían a sus instintos, y lo facil que era detectar el miedo en ellos, un aroma díficil de describir pero tan visible para él como una voluta de humo alrededor de la joven.

Y no era solo el aroma. Aún atenuada por el brillo de la hoguera, la visión nocturna del mink le permitía ver perfectamente como la piel de Kagura se había puesto de gallina por debajo de la túnica roja que vestía.

— "Serás bruto, Kibai..." pensó para si mismo. — "Ya no estás a bordo del Swift, no todo el mundo está tan acostumbrado a verte y a que el oficial de cubierta te arroje medio cajón de cubertería al día"

Por suerte, el ofrecimiento de la manzana caramelizada por el calor del fuego apreció aliviar los temores de Kagura, que mordió con voracidad la fruta antes siquiera de que Kibai pudiese avisarla de lo caliente que estaba. La joven tosió y sopló antes de dar un segundo bocado claramente más comedido.

— ¡Que delicia!...¡Me encantará probar cualquier cosa que hagas! —

Kibai se rascó la nuca a la vez como notaba que el pecho se le hinchaba de orgullo inconscientemente. Aquellas cosas que para muchos humanos parecían tan novedosas no eran sino lo habitual de sus expediciones con el resto de jóvenes minks en Zou, dónde muchas veces habían improvisado pequeños festines con lo que podían encontrar en la jungla y las presas que consiguiesen atrapar.

— Si tenemos suerte, es posible que pueda cocinar algo más — respondió el mink reajustando su postura sentado en la roca para colocarse de cara al viento, esperando que alguna ráfaga trajese algo agradable que llevarse a la boca.

— ¿De dónde es tu origen?...¿Tu cuerpo es asi de duro por ser un rasgo genetico o es por entrenamiento?...

Kibai, que estaba comiendose su propia mitad de la manzana tranquilamente, notó como la mano se letensaba alrededor de la fruta. Una oleada de recuerdos que no le gustaba rememorar le asaltó: Aquella estúpida persecución junto al borde del risco, las burlas y desafíos de sus compañeros, sus propias zarpas perdiendo el agarre y la larga caída hasta chocar con el agua oscura, muchos metros por debajo. Tensando la mandíbula, el mink se forzó a respirar, relajando su postura para no alterar aún más a la joven.

— Nací muy lejos de aquí, en el Grand Line, en una isla llamada Zou. Es de dónde venimos los minks. Y no, no somos ningun tipo de mezcla entre vosotros los humanos y animales corrientes. Somos... otra cosa. Y harías bien en no tratar a ningún mink que te encuentres como si fuese un animal, no es algo que la mayoría, especialemente aquellos que no han tenido mucha realción con los humanos, se tomen demasiado a bien. Mi historia no es que sea muy espectacular, pero resumidamente, digamos que naufragué, y un barco de la Marina con destino al South Blue me rescató. Llevo con ellos desde entonces.

Antes de responder a la segunda pregunta, Kibai se miró la mano derecha que aún sujetaba la media manzana que aún le quedaba.

— En cuanto a mí, si bien somos en general algo más rápidos y fuertes que vosotros, he procurado potenciar eso por mi cuenta lo máximo posible.

En un súbito alarde que de seguro habría hecho que el Capitán Seijuru a bordo del Swift soltase un estornudo, Kibai flexionó los músculos del brazo, notando como las fibras de su camisa luchaban por no abrirse debido a la tensión que latía bajo la tela.

— Y creo que no me ha ido tan mal, no?

Sin embargo la siguiente pregunta rompió su concentración y le hizo soltar una larga carcajada totalmente genuina.

— No, Kagura, no contaría como un beso. Los minks besamos igual que los humanos, en eso no somos tan diferentes. Por otro lado, no, no puedes morderme la nariz. Qué demonios, por qué quieres morderme la nariz?

La joven parecía algo azorada, hasta el punto de que Kibai se planteó si lo habría dicho en serio. Sin embargo, su siguiente frase fue la que hizo que un pequeño rictus de tensión apretase la manzana, hundiendo los dedos en la carne ablandada por el fuego.

— Kagura... — Kibai respiró, forzándose a mantener un tono lo más suave y amable que pudiese. — Ya te lo he dicho, no soy un animal. Y desde luego, no soy un gato.

Por suerte, la cosa pareció quedarse ahí, y al poco estaban de nuevo sentados alrededor de la hoguera mientras la joven acababa su mitad de la manzana asada.

—¿Llegaron a esta isla por alguna razón en específico… o solo son forasteros?—

Kibai se echó hacia atrás, apoyando ambas palmas sobre la roca para echar la mirada hacia el cielo.

— El barco que me trajo aquí es un correo. Se dedican a llevar y traer las cartas de las familias de los marines destiandos en el Grand Line. Muchas veces, aparte de los Den Den Mushi, son la única conexión de los soldados con sus seres queridos. El capitán Seijuru me va a llevar hasta la isla de Roshwan, allí hay una base de la Marina, en Pushkin. Planeo alistarme, y algún día podré volver a casa. No es que vaya a ser fácil, ni mucho menos, pero es la única manera en la que pueda volver a reunirme con mi gente y decirles que lo siento por haber desaparecido de la manera en la que lo hice.

El mink miró hacia Kagura, que mantenia sus ojos azules fijos en él.

— Y tú qué, eres de esta isla? Y a santo de qué has decidido darte un paseo bajo la luz de la luna con una sombrilla?

Mientras escuchaba la respuesta de la joven, Kibai recogió unas cuantas piedras sueltas alrededor de la gran roca, usándolas para montar un pequeño círculo alrededor de la hoguera y que así esta no se descontrolase. Tras alimentarla con un par de ramas más que cortó con un nuevo salto, al fin el viento le trajo el aroma que estaba esperando.

— Kagura, me harías un gran favor? — El mink se acercó a la joven mientras se llevaba las manos al cinturón y se soltaba la vaina de Raimei. — Necesito que cuides esto por mi durante unos minutos. Es muy preciada para mi, pero ahora voy a subirme a un árbol, y me estorbará más que otra cosa.

Kibai le ofreció la espada a la joven apoyada sobre las dos palmas en horizontal.

— Estaré de vuelta en un momento, con la cena. He detectado algo justo fuera del claro. No te preocupes, esta noche no pasarás hambre.

El mink saltó de nuevo al árbol y de este al siguiente, perdiéndose en la oscuridad como una sombra silenciosa. Viendo en la noche tan claramente como a pleno mediodía, no tardó en localizar lo que había olido, un conejo de buen tamaño, que se encontraba disfrutando alegremente de unas bayas de color rojo intenso. Aunque su primer impulso fue sacar las garras y lanzarse a por él, Kibai se contuvo. No quería volver manchado de sangre, bastante se había asustado Kagura en un primer momento.

Así pues, optó por la sutileza. Mantiendose en su posicón elevada y de cara al viento, el mink se dejó caer sobre el conejo, acabando rápida y certeramete con él de un golpe con el canto de su mano en la parte trasera de la cabeza. Con gran presteza, usó una de sus garras para cortar los tendones de las patas traseras y separar la cabeza del cuerpo, dejando limpio de un firme tirón las costillas y las patas traseras. Con la precisión que le daba la práctica, disecionó la carne para obtener cuatro piezas limpias de carne de un tono rojo oscuro que aún sin cocinar para el mink leopardo olía a gloria bendita.

Tras usar la propia piel del conejo para limpiarse la mano ensangrentada, Kibai envolvió la carne dentro de su bolsa, recogiendo tambien unas cuantas de las bayas que el conejo estaba comiendo al reconocerlas como no venenosas. Con todo ya correctamente recogido, arrojó los restos encima de un árbol para no atraer a depredadores más peligrosos como lobos u osos. No es que él tuviese miedo precisamente, pero le preocupaba la seguridad de Kagura.

Apenas unos diez minutos desde que había abandonado el claro, Kibai hizo su regreso, levantando la tela que contenía la carne y mostrando el puñado de bañas con una mano.

— Hemos tenido suerte! La tienda estaba aún abierta. Ahora, mientras yo preparo esto podrás contarme más cosas de ti. A qué te dedicas? Vas a quedarte en esta isla o sólo estás de paso. Y sobre todo, lo siento pero tengo que preguntarlo, por qué estabas desnudándote en medio del bosque de noche?

Sin perder comba de lo que Kagura le contaba, Kibai comenzó a frotar las bayas sobre la carne, antes de disponer una piedra plana sobre el fuego con ojo de no quemarse y tras comprobar que la temperatura era la adecuada, depositar los trozos de conejo sobre la roca recalentada, que lo recompensó con un siseo que casi alimentaba por si mismo.
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#7

La compañía del felino me resultaba tan intrigante como inquietante,Había algo en su presencia que despertaba mi curiosidad…pero al mismo tiempo me hacía mantener la guardia. Al preguntarle sobre su origen, sentí un cambio casi imperceptible en el ambiente…su semblante pareció endurecerse, volviéndose más frío y distante. Quizás había tocado un tema que prefería mantener enterrado  —*¿Algún mal recuerdo?*— pense en su momento pero su respuesta llegó con la misma educación de siempre, aunque no brindo tanto detalle como esperaba, Sin embargo al mencionar que provenía del Grand Line mi sorpresa se hizo evidente, un cierto brillo se podia notar en mi mirada. Innumerables preguntas comenzaron a aparecer en mi mente, deseosas de escapar de mis labios. Aun así, opté por morderme la lengua y guardar silencio...por ahora. 

Su raza era Mink, una palabra completamente desconocida para mí hasta ese momento...quizas deberia de leer un poco más,aun asi escuché con atención mientras hablaba de las cualidades de su raza, notando el orgullo con el que destacaba su fuerza y velocidad. Sinceramente, después de verlo en acción no tenía motivos para dudar de ello —Ah... sí... —respondí con cierta timidez, apartando la mirada por un instante al recordar mi acción de hace unos momentos, su cuerpo era realmente firme y muy bien tonificado.A pesar de ello, cuando pregunté sobre la mordida en la nariz, su reacción me tomó completamente por sorpresa. Una sonora carcajada escapó de su boca, provocando que un tenue rubor cubriera mis mejillas. Quizás mi pregunta había sido más ingenua de lo que imaginaba. Entre risas, aclaró que una mordida en la nariz no era equivalente a un beso. Después explicó que su manera de demostrar afecto no era diferente a la de los humanos. Aquellas palabras solo consiguieron que el calor en mi rostro aumentará un poco más —Bueno... yo... no lo sé... Supongo que es algo que haría por emoción... — admití con evidente nerviosismo jugando un poco con mis dedos. Mi voz se fue apagando al final de la frase,Las disculpas que había pronunciado antes parecían haber trazado una línea invisible entre ambos, una frontera de respeto que no deseaba cruzar.

Parecía que a los de su raza no les agradaba ser comparados con animales, incluso si compartían muchos de sus rasgos físicos. Mientras escuchaba aquel pequeño regaño que me hacia sentir algo incomoda, mi mente divagó inevitablemente hacia el gato callejero que había visto días atrás. Por un instante comparé aquella pequeña criatura con la imponente figura que tenía a mi lado, llegando a la conclusión de que la evolución era, sin duda, un misterio fascinante y aterrador —Lo siento... no quería ofenderte la verdad—me disculpé con total sinceridad intentando disipar cualquier rastro de tensión que pudiera haberse formado entre nosotros dos.Deseando cambiar de tema, le pregunté por el propósito de su viaje. Su respuesta logró sorprenderme. Sin perder el hilo de la conversación, me habló de sus planes a corto plazo…o quizas a largo plazo, unirse a la Marina, ganar experiencia y, algún día, regresar al Grand Line para reencontrarse con los suyos. Una leve sonrisa apareció en mis labios mientras observaba las llamas danzar en la fogata. Esas palabras despertaron recuerdos que creía dormidos en mi…la mesa familiar, las conversaciones al final del día y los rostros que había dejado atrás. La nostalgia se instaló silenciosamente en mi pecho—Sí... entiendo ese ahnelo —susurré apenas. Fue una respuesta dirigida a él, pero también una confesión para mí misma, para luego volverle a ver.

Nací en esta isla... y desde que era pequeña siempre me ha gustado venir al bosque…siento que conectó más aquí que en cualquier otro lugar... —mencioné en voz baja pero mientras hablaba, una de mis manos descendió hasta la sombrilla que descansaba a mi lado, recorriendo con la yema de los dedos su superficie de forma casi inconsciente como si queria confirmar que aún se encontraba ahi —Era de mi madre... Fue un obsequio de mi padre para ella — Mi voz se volvió más suave al pronunciar aquellas palabras. Bajé la mirada unos segundos hacia mi sombrilla antes de continuar —Por eso siempre la llevo conmigo. Cuando la tengo cerca... siento que ambos siguen acompañándome — Esta era la primera vez que confesaba la verdadera razón detrás de aquel objeto que rara vez se separaba de mis manos. Para muchos no era más que una simple sombrilla…un simple objeto, pero para mí representaba algo mucho más valioso. Era un fragmento de los recuerdos que me quedaban de ellos, un vínculo silencioso que me ayudaba a soportar los momentos de mayor soledad, Una pequeña sonrisa nostálgica apareció en mis labios mientras observaba el reflejo del fuego sobre la tela —Supongo que es una forma de convencerme de que nunca me han dejado del todo atrás — la única manera en como consolaba mi corazón.

Tras unos instantes de silencio, Kibai finalmente se puso de pie y me pidió que le concediera un favor —Seguro... —respondí con curiosidad sin negarme a ello, observando cada uno de sus movimientos de manera atenta. Cuando llevó la mano hacia su cinturón, una inmediata sospecha cruzó por mi mente, mejor dicho…varias imagenes cruzaron mi cabeza. Mis mejillas se tiñeron de rojo vivo y sin pensarlo alcé una mano en gesto de desaprobación —¡Espera, espera...! Soy una dama — Sin embargo, toda aquella tensión se disipó apenas terminó de hablar. Lo único que deseaba era que cuidara de su sable mientras se ausentaba un momento. Un suspiro de alivio escapó de mis labios antes de que una carcajada espontánea me venciera —Ah... ¿era eso? Claro…puedes irte tranquilo — Mi tono recuperó la naturalidad mientras extendía las manos para recibir el arma. Ante la promesa de regresar con algo digno de un festín nocturno, solamente queria que me dejara sola para que la tierra me tragara,pero el felino volvió a sorprenderme con una agilidad que parecía desafiar toda lógica, saltó hacia las ramas más cercanas y comenzó a desplazarse entre los árboles.

Lo observé alejarse poco a poco, fundiéndose con la oscuridad del bosque hasta desaparecer por completo de mi vista —Parece una sombra dorada…— La idea me arrancó una leve sonrisa pues el miedo fue reemplazado por admiración. Era una figura curiosa, impredecible y al mismo tiempo misteriosa. Cuando mi atención regresó a la fogata, bajé la mirada hacia el sable que ahora descansaba entre mis manos, mis dedos recorrieron con suavidad la funda, examinando los detalles que las llamas iluminaban de forma intermitente. Incluso sin desenvainar parecía ser una arma imponente, permanecí observando en silencio cada tramo, preguntándome cuántos caminos había recorrido aquella espada antes de llegar hasta mis manos. Quedándome sola en el silencio del bosque, escuché cómo la brisa nocturna sacudía suavemente las copas de los árboles. Era curioso cómo la noche siempre parecía traer consigo sorpresas inesperadas, aunque ciertamente no me quejaba de ello. De hecho, me sentía feliz de haber conocido a mi primer Mink. Kibai parecía ser alguien tranquilo, educado y caballeroso; estaba convencida de que era una buena persona.

Sin embargo, por alguna razón un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo de repente —¿Ah?— un pequeño jadeo salio de mis labios, por inercia lleve una mano a mi pecho sintiendo los latidos de corazón contra el pecho. La sensación había sido tan repentina como el roce de una hoja afilada sobre la piel ¿Había sido solo mi imaginación? Quizás. Al final, me limité a sacudir la cabeza para apartar aquel pensamiento y continué esperando en silencio junto a la fogata, A medida que pasaba el tiempo…aflojé un poco la parte superior de mi vestido para sentirme más cómoda mientras observaba las llamas danzar frente a mí. El constante crujido de la madera al arder resultaba relajante, casi hipnótico para mi. Sin embargo, aquella tranquilidad se rompió de repente cuando Kibai apareció nuevamente de la nada. Solté un pequeño gemido de sorpresa al verlo llegar entre las sombras del bosque. Mi mirada descendió hacia las cosas que llevaba consigo,varias bayas y una bolsa cuyo contenido parecía ser carne. Parpadeé un par de veces mientras lo observaba moverse con naturalidad, preparando todo lo necesario para cumplir la promesa que había hecho momentos atrás y ofrecer el festín nocturno que tanto había mencionado…pero mi duda recaia en ¿Qué fue lo que atrapo?...

Mientras preparaba la carne, Kibai aprovechó para preguntarme un poco más sobre mí vida. Aquello me hizo reír por lo bajo pues por alguna razón me hacía sentir menos solitaria; Me preguntó cuáles eran mis planes y tras disculparse con cierta caballerosidad…también quiso saber por qué tenía la costumbre de desvestirme en medio del bosque. Apenas terminó la pregunta, senti como si me hubiera caido un balde de agua fria sobre la cabeza, mis labios se fruncieron formando una especie de pico improvisado mientras comenzaba a acomodar nuevamente mi vestido, cerrando los botones que había soltado momentos antes de su llegada. Una risa nerviosa escapó de mis labios, tratando de acomodar las palabras —Bueno... la razón es simples…Supongo que podría considerarse una especie de condición o costumbre extraña...— expliqué mientras terminaba de abotonar el cuello de la prenda —Todo comenzó por culpa de mi abuela paterna, ella vive en otra isla y cuando mis padres fallecieron… pasé una temporada viviendo con ella...— Al recordar aquellos días, sentí cómo el color abandonaba ligeramente mi rostro —Y bueno…mi abuela es una señora muy estricta... con castigos bastante exagerados...— añadí recordando con absoluta claridad aquella ocasión en la que me dejó colgada en la copa de un árbol durante horas por desobedecer una orden —Me obligó a entrenar y aprender a defenderme…usando los puños y las piernas… como las jornadas eran tan largas y agotadoras, terminé acostumbrándome a entrenar con la menor cantidad de ropa posible para estar más cómoda. Supongo que por eso, a veces, ni siquiera me doy cuenta cuando empiezo a quitarme algunas prendas...o mejor dicho…todas jajaja — confesé entre pequeñas risas avergonzadas. Fue entonces cuando caí en cuenta de algo que me hizo sonreír aún más. Kibai era la primera persona a la que le contaba aquella historia o bueno…el primer mink a quien le confesaba mi vida.

Con respecto a lo otro... —retomé sus primeras preguntas mientras llevaba una mano detrás de mi nuca, intentando aliviar la ligera tensión que sentía. Con una sonrisa algo avergonzada, me señalé a mí misma con el dedo índice como simplificando la respuesta, dejando que un tenue rubor coloreara mis mejillas —Yo también me enlisté en la marina, el cuartel de esta isla es pequeño, pero supongo que todo gran camino comienza con un primer paso…. —Mis ojos se fijaron en Kibai mientras hablaba sobre mis metas—Estoy siguiendo los pasos de mi padre…quiero volverme fuerte... alguien capaz de proteger a los demás y dejar una huella en el mundo –Decia mientras apretaba los puños y elevando al cielo, mi mirada brillo como si hubieran encendido la llama de mi corazón –Todavía me queda mucho por recorrer…pero aprendo rapido…asi que me alegro saber algun dia nos volveremos a encontrar...seria lindo conocer tu hogar– Sonriendo ampliamente, bajaria la mirada para ver a Kibai preparar la carne mientras me escuchaba hablar, sin duda era un mink muy atento.
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#8


Kibai estudió tranquilamente las brasas ardientes que ya se iban formando en la hoguera, y tras cortar otro par de ramas, improvisó con ayuda de sus garras un pequeño espetón y dos tallos en forma de Y que clavó en el suelo a ambos lados de las llamas. Acto seguido, se levantó de nuevo aspirando profundamente los olores del claro, tratando de separar el olor corporal de Kagura (incluyendo el leve aroma de temor y algo que había aprendido a idnetificar en los humanos como azoramiento) y el aroma de la carne aún fresca que parecía latir con la energía del animal al que pertenecía. Por fin, captó el olor fragante de algunas hierbas silvestres que crecían entre las raíces de uno de los árboles cercanos. A falta de sal, la cual no había pensado en "tomar prestada accidentalmente" de la cocina del Swift, aquello tendría que valer.

— Siento mucho lo de tus padres, estoy seguro que no debió ser fácil. — dijo mientras miraba a la joven con una cálida sonrisa. — En cuanto a tu abuela, parece una mujer de armas tomar. Estoy seguro que es de esas personas de las cuales al final acabas comprendiendo sus motivaciones, aunque no las compartas. Mi madre también era una mujer estricta, aunque por otro lado también me dejaba mucha libertad. Digamos que teníamos un trato no escrito de que mientras no la liase muy gorda, o no me pillaran haciendo algo que no debía, ella haría la vista gorda. Pero ay de mi como si me pillasen...

El mink se alejó unos pasos en dirección hacia el árbol desde el cual había captado el olor, agachandose en su base para cortar delicadamente varias de unas hojas amplias con un aroma fresco y casi frutal  y un par de ramitas de algo que olía sospechosamente a romero, aunque Kibai nunca lo había visto hasta ahora. Aún de espaldas a Kagura, hizo un gesto con la mano hacia ella.

— Si así te sientes más cómoda, por mi no te preocupes. — dijo mientras volvía a la hoguera. Tras sentarse junto al fuego, se arremangó una vuelta más las mangas de ambos brazos hasta dejarlas jsuto por debajo de los codos, a la vez que soltaba un botón de su camisa por el calor que le producían las llamas. Con precisión metódica, se dedicó a romper las hojas en pequeños trozos y a desgranar las ramas de romero, mazclándolas con varias de las bayas que había recogido y un chorrito de agua de su cantimplora, reservando el resto de frutos para la decoración y el acompañamiento. — Al menos en mi caso, no sé si será por mi propia naturaleza como leopardo o por alguna otra razón, pero el olor de una persona me llama mucho más la atención que su aspecto.

Mientras continuaba escuchando las razones por las cuales Kagura se había alistado en la marina, Kibai sonrió para si, pensando en como algunos de sus congéneres de Zou, especialmente aquellos que no habían coincidido mucho con humanos, se habrían extrañado, incluso escandalizado al verle compartiendo su caza con un Mink inferior, como se solía definir a los humanos entre los de su gente.

— Es una razón que te honra, desde luego. Estoy seguro que, esté dónde esté, tu padre estará muy orgulloso de ti. Aunque para llegar a mi hogar deberás mirar mucho más allá del horizonte, y del horizonte que está tras ese primer horizonte, tras la Red Line e incluso más allá. No obstante, nada está demasiado lejos si le pones el empeño suficiente. Si logras llegar allí antes que yo, por la razón que sea, estoy seguro que reconocerás a alguien de mi familia. Mis hermanos se parecen bastante a mi, solo que más "gatunos" — añadió con una nueva carcajada.

A la vez que hablaba, Kibai continuó con su labor culinaria. Tras verter un poco de agua sobre la piedra más plana que pudo encontrar, colocó las costillas ya frotadas con la mezcla de hojas, romero y bayas extendidas sobre ella y devolvió la piedra a las brasas. Al poco rato, la grasa que había procurado dejar adherida a la carne al despellejar al conejo comenzó a fundirse con un agradable siseo, llenando el claro con el olor a medias entre salvaje y aromático.

— Te queda alguno de esos frutos? Uno me vendría de lujo para mezclar con la carne, la verdad.

El mink empleó una rama recta a modo de espetón improvisado para atravesar las dos patas traseras, las cuales al ser más gruesas era mucho más recomendable que se asasen más lentamente que las costillas, las cuales servirían de aperitivo. Una vez que ambos trozos de carne estuvieron ensartados en la madera, Kibai lo colocó sobre los dos soportes que había plantado anteriormente y ajustó la profundidad de estos para dejar la carne a una altura adecuada para que las llamas que la grasa goteante provocase no quemase la carne más de lo debido.

— La verdad, sinceramente hoy me he escapado del barco, sabes? Necesitaba estar en un lugar así una última vez. La isla de Roshwan es una isla de invierno, tiene un clima muy frío todo el año. No digo que no me guste, es más, estoy seguro de que será algo muy beneficioso para mi y para mejorar mi capacidad de superviviencia, adaptación y rastreo, aparte de la instrucción de la Marina. Pero en un lugar así es casi como volver a casa, aunque mi hogar es mucho más salvaje, y peligroso. Cuando éramos niños, solíamos desafiarnos a hacer expediciones, a veces durante varios días, solos en la selva, sobreviviendo con lo que lográsemos cazar. Eran buenos tiempos...

Mientras continuaban hablando, el olor que salía desde la piedra le alertó que las costillas ya estaban en su punto. Sujetando con cuidado la piedra candente para no quemarse y se sentó al lado de Kagura colocando la piedra entre los dos. Con delicadeza, Kibai sacó las garras de la mano izquierda, y trazó un surco entre las costillas, abriendo con facilidad el hueso debilitado por el calor del fuego y dividiendo los doce pares de costillas en dos mitades iguales. Separando una de ellas, el mink extrajo el hueso, el cual abandonó la carne con suma facilidad, soprendiendo incluso al mink, que se felicitó internamente por su éxito. Alargando los dedos con el trozo de carne ya deshuesada hacia Kagura, esbozó una sonrisa hacia la joven.

— Bueno, ahora es tu turno de juzgar. Prueba y dime que te parece. No seas demasiado mala conmigo...

Imagen orientativa para juzgar
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#9

No entendía exactamente qué estaba haciendo Kibai con aquellas ramas, con las hojas o con las bayas, pero parecía saber lo que hacía, su mirada afilada estaba fija en cada detalle de su platillo y para ser sincera, el resultado comenzaba hablar por sí solo pues el aroma que desprende la carne al asarse sobre las brasas, era tan delicioso que despertaba mi apetito a medida que pasaba el tiempo, al ver tantos colores, ingredientes y la porción del mismo, tenía una fuerte curiosidad por probarlo, las manzanas acarameladas me sorprendieron…estaba segura que lo que estaba asando era increíblemente rico, no me importaba ser glotona con tal de probar su invento, después de todo cada chisporroteo de la grasa al caer sobre el fuego me dejaba en claro que pronto estaría listo. Por un momento me pregunté si además de intentar ser marine también sería ¿cocinero?...de pronto la imagen de Kibai trabajando en una gran cocina rodeado de otras y especias, me arrancó una sonrisa gentil, todo a mi alrededor se sentía perfectamente bien, el resplandor de las llamas, el murmullo de los insectos, el silencio nocturno y la brisa que golpeaba suavemente mis mejillas, si, me sentía bienvenida en este espacio improvisado bajo el manto estelar, debía agradecerle a Kibai por esta noche inolvidable.

Nuestra conversación continuaba removiendo recuerdos del pasado, memorias que creía olvidados, mientras escuchaba las historia del felino, una suave risa se escapo de mis labios al escuchar las reprimendas que solía ganarse, resultaba casi curioso como ciertas memorias podía provocar dos reacciones completamente diferentes, entre el miedo y la diversión. Lo cierto era que recordar a esas personas tan especiales nos hacía apreciar el pasado de una forma diferente —Entonces, además de compartir una ambición... ¿también compartimos una infancia casi similar?--- no necesitaba una respuesta, me parecía que era evidente solamente el enlace final era distinto. Por otra parte, mis ojos siguieron cada uno de los movimientos de Kibai, cuando se levantó note que usaba su nariz para olfatear, acercándose a un árbol se inclinó para comenzar a olfatear hojas pequeñas, parpadee un par de veces incapaz de ocultar mi curiosidad ¿acaso pensaba añadir aquellas hierbas a la comida?, realmente sus acciones me tomaron por sorpresa pero debía confiar en el proceso.

Por otra parte ante mi rara condición de quitarme la ropa sin darme cuenta, Kibai dejo en claro que no tenía problema con dejarme hacerlo por lo que sus palabras fueron un consuelo para mi, sin darme cuenta ya había desabotonado el borde de mi vestido dejando m escote libre y visible delante del fuego, sintiendo una breve libertada. Cuando regresó a su lugar de antes, con mucha concentración siguió agregando más detalles a la carne, desde mi punto de vista la escena me resultaba sorprendentemente llamativa, su pelaje dorado reflejaba el brillo del fuego, resaltando más las manchas que caracterizaba un leopardo, Había algo totalmente elegante en la forma en que se movía, una mezcla entre fuerza y belleza que parecía encajar perfectamente con el entorno salvaje que nos rodeaba, por no mencionar su cuerpo perfecto y duro.

Cuando confeso que prestaba más atención al aroma de las personas que a su aspecto, mis ojos parpadearon un par de veces mientras procesaba aquella información jugosa. Aunque sonaba extraño al principio tampoco me resultaba tan difícil de creer, viniendo de alguien con sentidos tan desarrollados, era evidente que interesaba por otras cualidades —¿En serio? —pregunté inclinando ligeramente la cabeza inquieta por sus palabras, recorde nuestro encuentro de hace unas horas, sonrojada levemente por ese importante detalle, mis dedos juguetearon distraídamente con una pequeña hoja que había recogido del suelo mientras una nueva duda aparecía en mi mente —Entonces... ¿qué te parece mi aroma? o mejor dicho…¿A qué huelo? — La pregunta salió con total naturalidad, impulsada únicamente por el deseo de comprender mejor aquella habilidad.

Apenas terminé de hablar una segunda idea cruzó mi mente y escapó de mis labios sin filtro alguno, pues tenia la mala costumbre de expresar siempre lo que se cruzaba por mi mente —¿O necesitas acercarte más para saberlo?— Lo observé con genuina curiosidad esperando descubrir algo nuevo sobre aquel extraño mundo de sensaciones que parecía percibir con tanta facilidad y que para mí continuaba siendo un completo misterio, pues me guiaba mas por la vista.

Entre pequeñas risas, comentarios y preguntas absurdas, no dude en compartir las ultimas frutas que me quedaban con Kibai, estaba segura que le daría un uso mejor porque no se me ocurría otra idea más que hincarle los dientes, tras seguir escuchando sobre su vida y sobre sus razones, cada vez mas me agradaba pasar el tiempo con él, la manera en como se expresaba era sin duda maravillosa, cuando cocnfeso las verdaderas razones por el cual habia terminando en este lugar, una pequeña risa se escapo de mis labios pues lo comprenda totalmente, cuando uno necesitaba paz o sentirse bien, a veces lo ideal era desconectarse del mundo, del entorno y que mejor manera de hacerlo, que retirarse de la civilización – Tienes razón, en el bosque también me siento más cómoda aquí. A pesar de tener un lugar al que regresar, venir a un sitio como este te llena de una tranquilidad que es casi imposible de explicar…– era como escapar de la realidad y de los recuerdos.

El momento esperado finalmente llego, mi atención se clavo en cada uno de los movimientos y comentarios que hacia Kibai al momento de cortar la carne, el aroma golpeo de pronto mis sentidos que podia percibir ese dulce aroma, ¿acaso eso era efecto de las bayas y las frutas?, esa era la logia que queria crecer, en silencio me limite a observarle, realmente cada uno de sus movimientos era un verdadero espectaculo para mi, pero lo que mas me sorprendio fue ver como el hueso se desprende de la carne con total facilidad, por impulso termine aplaudiendo un par de veces al ver ese detalle, era un elogio perfecto. Cuando expendio su garra en mi dirección, mis ojos se clavaron en ese pedazo de carne que me ofrecia con delicadeza, no dude en inclinarme ligeramente hacia adelante para aceptar su invitacion sin problema, como era evidente el aroma llego primero abriendo mi apetito antes de masticarlo, mis labios tomaron con cuidado la pequeña porción sintiendo ese dulce sabor que desprendia, ese primer bocado fue lo suficiente para hacerme temblar por lo exquisito que estaba, sin duda era una explosion de sabores sobre mi lengua, intentando procesar cada ingrediente, me era imposible indentificar, pero aun asi debia exclamar mi sentimiento —eh...yo...--estaba buscando una palabra que pudiera describir este momento, este sabor, esta sensación tan penetrante,asi que no dude en decir lo primero que se me viniera a la mente --¡Es magnifico!...¡ESTA DELICIOSO!— confese con una enorme sonrisa que se dibujaba en mi rostro de oreja a oreja —De verdad, sabe increible…la carne esta realmente jugosa y tierna, muy sabroso– haciendo una pequeña pausa, mire con curiosidad a Kibai.

Pero…¿Qué clase de carne es exactamente? …creo que nunca he probado algo así de tierno...--- sintiendo algo de curiosidad por saber que fue lo que habia probado, continue con mas preguntas —¿Dónde aprendiste a cocinar de esta manera tan deliciosa? Porque yo apenas puedo preparar café sin preocuparme de estropear algo...jajaja —Una pequeña risa escapó de mis labios mientras continuaba observándole, con mis dedos le indique que queria probar un poco mas, realmente abrio mi apetito y se podia notar al momento que mi estomago gruñia ligeramente, haciendome reir ligeramente, no me avergonzaba ser glotona, mientras la conversación seguía avanzando con naturalidad y con risas de fondo, honestamente, comenzaba a preguntarme cuántas sorpresas más sería capaz de esconder aquel peculiar mink.
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#10
—¿O necesitas acercarte más para saberlo?

Kibai se detuvo momentáneamenten en su labor frotándose las manos para elminar los últimos restos de de hierbas de sus palmas, antes de girar levemente la cabeza hacia Kagura. Con una ceja arqueada, se preguntó si la chica lo estaría diciendo en serio, o si aquello era alguna clase de extraña insinuación que él no acababa de comprender, o era simple y llanamente una pregunta nacida de una curiosidad sincera por algo que la joven no se había encontrado nunca antes.

— Bueno, pues eso depende, la verdad. Hay personas que tienen un olor característico muy marcado, ya sea de manera natural, o porque les gusta demasiado comer o beber algo en concreto. También están claro las personas que fuman una determinada marca de tabaco o les gusta usar un perfume en concreto. Eso es relativamente fácil de rastrear en cualquier situación. Después, a causa por ejemplo de su trabajo tienes a carpinteros, que siempre huelen a madera y barniz, a herreros que huelen a carbón y a hierro recalentado...

El mink se recostó momentáneamente hacia atrás, apoyando ambas palmas en la roca, recordando con cierta nostalgia los primeros días en el Swift, cuando se había sorprendido de lo mucho que podía llegar a ser agresivo el holor de tantos humanos conviviendo juntos en un espacio cerrado, a pesar de que el capitán y el oficial de cubierta insistían mucho en que la tripulación siempre debía aparecer en perfecto estado de limpieza y preparación.

— Y si te lo preguntas no, no necesito acercarme demasiado para saber como hueles, salvo que quiera recordar a conciencia tu olor.

Extendiendo un dedo de la zarpa izquierda, Kibai señaló hacia la zona del cuello de Kagura.

— Para eso, lo ideal es ahí. Es un lugar dónde se acumula mucha sangre, hay varias zonas de piel, y en vuestro caso el pelo suele caer ahí también. Es básicamente una combinación de tres de las cuatro fuentes más importantes de olor de una persona, quitando el aliento: La piel, el cabello...

Kibai se permitió un momento de pausa, riendo internamente mientras rebajaba su tono un par de octavas y fijaba su mirada en los ojos de la joven.

—Y la sangre, por supuesto.

Cuando por fin la carne estuvo lista, aderezada y regada por añadidura con una de las frutas que Kagura aún conservaba y amablemente le cedió, Kibai le dio a probar uno de los trozo del costillar de conejo ya deshuesada, congratulándose enormemente al ver su expresión de satisfacción. Era algo que, aunque normalmente se resistía a admitirlo, le encantaba ver en las personas a las cuales les preparaba cualquier clase de alimento. El saber que lo que hacía realmente era bueno y valorable le ayudaba a sentirse realizado.

— Me alegro mucho de que te guste. La verdad, con lo que había por aquí he hecho lo que he podido. El no tener sal me obliga a usar practicamente cualquier cosa que aumente el sabor de la carne, aunque lo cierto es que al ser una presa salvaje, los platos siempre tienen un toque más intenso de manera natural. No obstante, tengo pendiente el llevarme a partir de ahora siempre conmigo aunque sea un pequeño estuche con lo indispensable para poder cocinar un par de días. Si en un futuro me nombran cocinero de la DIvisión en la que me encuentre, tengo que ser capaz de mantener a los hombres fuertes y, en la mayor medida posible, contentos de tener un plato de comida caliente y que les alegre el ánimo delante de ellos todos los días.

Kibai le dejó el resto del medio costillar a Kagura y se giró para atender el resto de piezas, dándole momentáneamente la espalda a la joven mientras se afanaba en dar vueltas al improvisado espetón en el que había clavado los cuartos traseros del conejo.

— Pero…¿Qué clase de carne es exactamente? …creo que nunca he probado algo así de tierno...

El mink sonrió mientras observaba con atención que la capa exterior de las patas traseras adquiriese el dorado justo para resultar crujiente sin chamuscarse demasiado.

— Pues es conejo, claro. En esta zona abundan bastante. Solo tuve que buscar alguno de los arbustos con bayas en los que suelen alimentarse y esperar pacientemente a que uno se acercase para poder cazarlo. No era un ejemplar demasiado grande, pero al menos parece que estaba bien nutrido a juzgar por toda la carne que tiene. Y en cuanto a lo tierno, es una combinación de cocinarlo en su propia grasa y sobre un lecho de piedra y no hierro o brasas directas. Eso permite que los jugos se queden dentro de la carne, de otro modo quedaría muy seca.

El mink dio un par de vueltas más al espeto antes de retirarlo del fuego para examinarlo mejor. Lo último que quería era quemar la carne y que la mordida resultase desagradable.

— No te preocupes, yo aprendí mucho a base de ensayo y error. Si supueras la de platos que arruiné antes de lograr cocinar las cosas de una manera decente... El mejor consejo que puedo darte, y creo que el que nadie puede darte, es que no tengas miedo a equivocarte y que pruebes cosas diferentes. Nunca se sabe qué combinación puede ser increíble y no lo sabías hasta ese momento. Para la técnica, ya sabes, que no se te quemen las cosas, el punto de la carne o del pescado, la cantidad de aderezo y demás, es una cuestión de mera experiencia, y tener algo de buen gusto en el paladar, claro.

Satisfecho con el resultado que había obtenido, Kibai separó los dos cuartos traseros a los extremos del improvisado espeto y con un chasquido, lo partió por la mitad, quedando en sus manos dos improvisados pinchos, cada uno con una pata trasera de conejo firmemente atravesada en él. Volviendo a sentarte al lado de Kagura, le alargó su mitad con una sonrisa.

— Aquí tienes, espero que la pata te guste tanto como las costillas. Si ves que te gusta mucho, no tengo problema en cazar otros cuantos por la mañana. Seguro que al oficial de cubierta de mi barco le duele menos que me haya fugado cuando traiga carne fresca para todos, y también puedo cazar un par para ti. La receta no se si podrás replicarla, pero seguro que en tu casa también se alegran de que les traigas algo rico para cocinar a tu vuelta.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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