[Social 1 de 10] La mejor forma de aprender a hablar… es mediante la Comedia
#1
87 de Otoño Año 17
Cuartel de la marina
En algún lugar de un gran país…. De Baterilla por la mañana


La vida no era una que siempre se mantuviera estática, esta era una donde a cada momento algo tendrá que sorprenderte quieras o no, a veces bueno: como un helado, como una lluvia de brisa suave en verano o como el viento cuando golpea hipnóticamente las copas de los árboles… y otros malos: como golpearte el pulgar del pie derecho con un mueble mientras ibas descalzo, como cuando alguien masca con la boca abierta y sobre todo cuando vez a algún sujeto intentando realizar una auto lobotomía casera mediante un instrumento de carne biológicamente construido para hurgar aquellos cuencos.

Era el gigante que mediría los veinticinco metros exactos estaría dispuesto en carne y alma ante lo que se le había prometido… un nuevo recluta, una persona culta, de buen ver y facilidad de palabra, había hecho aparición… tenia un aura tal, que si no fuera porque el gigante sabía que era principal personaje de “su misma historia”, dudarías puesto que claramente él se sentiría como el “protagonista”.

Las razones eran obvias entonces, pero no para el gigante que nuevamente habría sido ordenado… de tal manera que su superior nuevamente tomo las charadas, dibujos y lo que fuera posible estando a su alcance para explicarle lo que iba a pasar y lo que Alex debía de hacer por el… fue estúpidamente complicado, por ello se habría rendido en esfuerzo pero no en diligencia, ordeno a otro marine que llevara al gigante a la explanada y ahí dejara que Alex esperara a su tutor, aquel tutor habría sido avisado sin embargo quizá… también estaría tan desorientado como el sujeto de Elbaf.

Era como que si un gran faro, uno muy desnudo se hubiera posicionado al centro de aquella explanada y se hubiera engarrotado en algún espacio, simplemente era grotesca la visión que podría tener un “cualquier” al ver eso, si fueses un extranjero, rápidamente huirías despavorido ¿el gigante te comería? Era algo que los mas despistados no de deseaban presenciar.

Los sentimientos del gigante eran cruzados, el siempre habría deseado poder comunicarse… sabía que tenía dentro de sí que tendría que “expresar” pero nunca, NUNCA se le había respetado o escuchado, en ese sentido, él se volvió igual de haragán puesto que extendió ese mismo trato a los otros sin afán de ofender, pero con la motivación de que si daba igual compartir palabras... mejor no compartirlas, esto sería una cruzada justa pero no una que en una sociedad tan “social” te pudiese llevar tan lejos.

Solo había algo que Alex quería hacer… realmente poderse presentar a Kagura, esa relación era… vaga si, pero importante para los estándares del gigante… ¿cómo debería tomar aquel contacto desnudo piel a piel? Por ello debía eliminar toda duda y ¡corresponder!, diría mientras disociaba de la manera mas masiva en aquel lugar esperando.

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#2
Habían pasado ciento dieciséis días desde la primera vez que Kyoshiro vio al gigante; y aun así, cada vez que lo veía, su cerebro parecía necesitar unos segundos adicionales para aceptar que algo así realmente existía. Alex seguía sintiéndose menos como una persona y más como un accidente geográfico al que alguien le había enseñado a respirar. 

La explanada de la Marina permanecía silenciosa aquella mañana. Algunos marines observaban desde lejos fingiendo trabajar mientras abandonaban toda responsabilidad posible sobre “el asunto del gigante”.
—El tutor no vendrá. Tiene miedo.
—¡¿Tú le vas a decir?! Porque yo ni loco.

Kyoshiro había escuchado aquello mientras organizaba documentos dentro del cuartel. Informes. Registros. Entregas. Sellos. Papeles. Muchas cosas aburridas que, curiosamente, no le desagradaban en absoluto. Después de todo, había crecido prácticamente haciendo lo mismo. El monasterio donde nació no era un lugar de guerreros ni grandes maestros místicos. Era humilde. Tranquilo. Un viejo templo agrícola escondido en el South Blue, al sur del Reino de Sorbet. Allí la vida transcurría lenta entre jardines de piedra, campos cultivados y el eco distante de las campanas al amanecer. Kyoshiro podía recordar perfectamente el olor de la lluvia sobre madera antigua...Recordaba a los monjes barriendo hojas secas en silencio...Recordaba a su hermano mayor...Especialmente a su hermano.

Mientras él pasaba horas perdiéndose en el bosque, distrayéndose con insectos raros o formulando preguntas incómodas que nadie sabía responder, su hermano parecía haber nacido exactamente para aquella vida. Sereno. Estable. Seguro. Todo lo que Kyoshiro nunca consiguió ser. Los ancianos del monasterio terminaron entendiendo algo antes que él mismo: Kyoshiro jamás pertenecería realmente a aquellas paredes. Por eso lo dejaron ir, sino porque querían que descubriera quién era lejos de un lugar que siempre había decidido todo por él.

Su mente comenzaba a prender vuelo a su propio mundo, cuando una voz fuerte le trajo de vuelta.

—Oye, tú eres el compañero del gigante, ¿no?
—¿El chico Germain? ¿Del monasterio?
—¡Es tu día de suerte!

Kyoshiro seguía sin entender en qué momento exactamente aquella conversación se convirtió en “tu problema ahora”. 

La brisa movió suavemente su sudadera azul abierta mientras avanzaba algunos pasos por la explanada. La enorme mochila cruzaba diagonalmente su pecho mediante una única correa, golpeando suavemente su espalda y las pequeñas alas blancas que sobresalían por los cortes mal hechos del abrigo. Sus antenas capilares se balanceaban ligeramente mientras levantaba la vista hacia Alex...Incluso después de todo ese tiempo seguía siendo absurdamente grande.

Kyoshiro se detuvo prudentemente lejos. Muy lejos. Aunque sinceramente, con aquel gigante ¿Había tal cosa como "muy lejos"? Por si acaso.

—Oye… grandulón. —saludó levantando una mano. Su voz mantenía exactamente el mismo tono tranquilo de siempre. Era imposible saber si estaba nervioso, relajado o preocupado porque honestamente siempre sonaba igual. —¿Qué tal?

Pausa. Sus ojos claros recorrieron lentamente al gigante de arriba abajo como si estuviera intentando calcular otra vez cuánto medía realmente. —¿Me recuerdas? ¿Kyo?

Tal vez habían interactuado unas tres veces desde aquel primer encuentro. Cuatro como máximo. Aunque para Kyoshiro eso ya contaba casi como una amistad. Después de todo, él tendía a encariñarse rápido, especialmente con cosas grandes, raras o ligeramente incomprendidas. …
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#3

El aire arreciaba y con aquel embate los cabellos largos del gigante ondeaban como bandera, una melodía paciente pero suave era tarareada por el gigante, no tendría nada mas importante que hacer mas que mantenerse en ese espacio esperando lo que se le había asignado ¿realmente había alguien que pudiese apoyarle con su problema? Simplemente eso no tendría cabida en la cabeza del joven gigante.

Un momento en el espacio de esos segundos donde más se sentiría la relajación, que uno estaba bien con el mundo y que simplemente ya no habría nada más que sorprendiera el día de hoy, rompería aquella tranquilidad, era como un punzado atrás de la cabeza, era como si el destino le advirtiera de algo y después de aquel sentimiento premonitorio… un sonido… un maldito sonido.

Off


El gigante lo conocía o al menos le seria nostálgico, el viento se detuvo en el momento que cruzaron miradas era como si se estuviera gestionando algo que estaría más allá de la compresión humana, la pose, la mirada y lo que parecía un saludo… era Kyo, el gigante posiciono lentamente su cuerpo de frente al muchacho y luego con un halo sombrío sobre Kyo se reduciría a si mismo a la posición de cuclillas para estar lo más cercano “gigante”-mente posible para entablar comunicación.

Ky….o …. Ryu –

Diría lentamente mientras veía como aquel incauto repasaba al gigante de arriba abajo, ¿era él? Levantaría el mentón en señal de reto, pero internamente habría un desdén enorme ¿Cómo era posible que fuera él? Pensaría para sí mismo el tímido monstruo.

Aun así, las palabras de Kyo eran nada mas que paja al viento para el gigante, como siempre, la grandiosa maldición del gigante le impedía tener cualquier comunicación posible y por ello, lanzaría aquella sonrisa falsa, mueca lateral y un poco de movimiento de rostro para afianzar el entendimiento pero… nada más lejano que eso, el gigante se había enseñado a lanzar aquella hipocresía para poder subsistir con los demás, pero realmente aquello también le habría traído bastantes consecuencias… como aquel sordo que no acepta su sordera y se pierde de la información de su realidad.

Su timidez era amplia, pero el enfrentamiento directo le forzaría a dialogar con el joven de la sudadera azul, un verdaderamente lindo color si lo preguntaban al gigante…

Ja


Je suis désolé Kyo, je ne te comprends vraiment pas… en fait, je ne sais pas ce que je fais ici… mon capitaine m'a ordonné d'être sur la place et d'attendre un tuteur. Es-tu le tuteur ? Mais que pourrais-tu bien m'apprendre ? HUEHUEHUEHUEHUE ça me rappelle une très bonne blague… tu sais ce qui peut arriver de pire à un nain ? Qu'un marine l'arrête en criant : HALTE ! HUEHUEHUEHUEHUE -

Diría riéndose claramente para si mismo puesto que no esperaría que nadie realmente le comprendiera, el alma de aquel gigante era una donde las bromas mantenían la sonrisa en las personas y eso a su vez, la paz… era un gigante de guerra pero aun así, el prefería la comedia para las batallas.


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#4
Kyoshiro permaneció quieto unos segundos después de hablar, con la mirada alzada hacia el gigantesco rostro frente a él mientras la brisa de la mañana arrastraba mechones blancos alrededor de sus ojos claros. Esperó una reacción inmediata. Alguna chispa de entendimiento. Un gesto distinto. Lo que fuera. Pero Alex simplemente lo observó con aquella expresión extraña que siempre parecía cargar encima. Una mezcla imposible entre tensión, timidez y una seguridad artificial construida únicamente para sobrevivir entre otras personas. Como alguien que llevaba demasiado tiempo fingiendo comprender conversaciones que en realidad llegaban a él convertidas en puro ruido. Las pequeñas antenas capilares del skypieano se balancearon suavemente.

—…Ah. - Entonces lo entendió de verdad. No era solamente que el gigante hablara otro idioma, era peor, mucho peor. Alex estaba atrapado detrás de un muro invisible donde todas las voces del mundo debían sonar igual de lejanas e incomprensibles. Como escuchar lluvia golpeando un techo de madera durante horas sin distinguir jamás las palabras escondidas detrás del sonido...Eso debía ser horriblemente solitario.

Los ojos de Kyoshiro bajaron lentamente hacia el pequeño cuaderno desordenado entre sus manos. Hojas dobladas. Notas incompletas. Dibujos terribles de peces. Fragmentos de idiomas muertos escritos en márgenes porque un día le parecieron interesantes y luego olvidó por qué los había anotado. Y entonces… algo hizo clic dentro de su cabeza....una voz...Vieja. ..Grave... Rasposa...El chef del monasterio.

Kyoshiro podía recordarlo perfectamente ahora. Las enormes ollas hirviendo desde temprano. El olor a verduras recién cortadas. La lluvia interminable golpeando las ventanas del templo agrícola mientras él, siendo apenas un niño, se sentaba sobre sacos de arroz mirando al anciano cocinar durante horas. El resto de monjes pensaba que aquel viejo simplemente estaba senil, porque hablaba solo...Siempre...Murmurando frases incomprensibles mientras revolvía sopa o amasaba pan como si estuviera teniendo conversaciones enteras con fantasmas invisibles escondidos dentro del vapor. Pero Kyoshiro nunca lo ignoró, porque desde pequeño había sentido fascinación por todo aquello que nadie más parecía querer escuchar.

A veces el anciano le lanzaba palabras sueltas entre receta y receta. Expresiones pequeñas. Saludos. Formas básicas de presentarse. Nunca como una lección formal; más bien como alguien compartiendo canciones viejas con un niño demasiado curioso para aburrirse. “Las palabras viejas sobreviven más que las personas.”- Eso decía mientras cocinaba. Otras veces simplemente soltaba carcajadas y cambiaba de tema antes de explicar nada. Kyoshiro jamás imaginó que realmente hubiera aprendido algo de aquello. Mucho menos frente a un gigante de veinticinco metros en medio de una explanada de la Marina.

El muchacho inhaló lentamente. La sudadera azul ondeó apenas con el viento mientras una de sus pequeñas alas blancas se estremecía bajo el abrigo mal cortado. Sus ojos claros permanecían completamente atentos ahora, brillando con esa concentración extraña y casi infantil que aparecía cada vez que algo capturaba genuinamente todo su interés. Y entonces volvió a hablar...

—Je… suis… Kyoshiro?. Aquella expresión le salió torpe, como alguien desempolvando una herramienta antigua guardada durante años al fondo de una caja olvidada. Algunas sílabas escapaban demasiado suaves; otras chocaban entre sí con rigidez incómoda. Pero aun así… El skypieano señaló lentamente al gigante.

—Alex. Luego se señaló a sí mismo con el pulgar. —Kyoshiro.
Pausa. Las antenas sobre su cabeza se inclinaron apenas hacia adelante mientras añadía, más despacio esta vez:
—Je… comprends un peu… (“…Entiendo un poco.”)

El silencio que siguió se sintió extraño.  Por primera vez desde que llegó a la Marina, Kyoshiro tuvo la sensación de estar abriendo una puerta que llevaba muchísimo tiempo cerrada para alguien más. Levantó apenas la vista hacia Alex esperando reacción, y honestamente… se sentía rarísimo. Nunca había hablado tanto tiempo seguido en otro idioma. Mucho menos uno que probablemente nadie alrededor podía reconocer. La explanada, el cuartel y hasta los marines observando desde lejos parecieron desdibujarse por unos segundos bajo aquella conversación imposible. Como si el mundo entero hubiera quedado afuera.

Kyoshiro acomodó distraídamente la correa diagonal de la mochila mientras sonreía apenas, nervioso pero genuinamente fascinado. —On m’a dit… que je suis ton… tuteur? (—Me dijeron... que soy tu... ¿tutor?)
Frunció ligeramente el ceño inmediatamente después, pensando con intensidad absoluta en la pronunciación.
—…Creo. Pausa. —No estoy seguro si dije eso bien.
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#5
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Las miradas cruzadas, se sentían extrañas entre ambos era como que, si un hielo gigante se formara entre el gigante y el curioso chico de las alas, los ojos de Arceo se clavaron en ellas, de repente sentía que no había visto eso en algún… empezó a recordar a Ami, esa chica o chico tenían esas mismas alas, pero no hubo tiempo para dialogar algo debido a que en ese momento las palabras sobraron y los puños dictaron los tiempos.

Parecería que el otro se perdería en sus pensamientos, Alex lo entendía, era como si su cabeza estuviera maquinando algo, preparando eso que quizá intentaría romper el hielo y así fue, parecía que el chico tenia un brillo en sus ojos por que en cuanto levanto la mirada con dudas el desgraciado lanzo algo… ESO, eso que nunca había esperado, era como que si una bola de demolición golpeara contra aquel frio monumento y todo explotase enfrente del rostro del gigante, cayo de la sorpresa en su gran culo hacia atrás, la mirada seria atónita no se recompondría de inmediato puesto que el otro… no conforme, cerraría completamente el dialogo, la boca abierta del gigante mientras se arrastraba en reversa escapando o intentando escapar, puesto que el espasmo y la sorpresa no le permitirían era de comedia pura.

El chico escucharía las palabras y lágrimas de hombría se posarían en sus ojos… era su tutor y ahora sabría por que era su tutor, o al menos la idea no la razón.

Se limpiaría con el antebrazo y dejaría sus ojos cubiertos por este mientras recomponía su persona y trataba de recuperar algo de la dignidad que había perdido… se sentaría en el suelo ya que estaba ahí, de piernas cruzadas y totalmente de frete a Kyoshiro.

Estiraría la palma derecha boca arriba y la extendería al frente, mostrando la humildad japonesa que referían los yakuza.

Ja



Je suis Alex Arceo, un géant qui n'a jamais compris pourquoi, malgré le bruit du monde, tout était si silencieux. Apprends-moi, Kyoshiro… Apprends-moi à parler aux autres. C'est horrible, c'est comme une prison… Pendant des années, j'ai cru que c'était de ma faute. Comment me comprends-tu ? Comment peux-tu me parler ? Pourquoi as-tu besoin de savoir comment je parle ?

Diría con mucha tristeza y voz rota, no podía contener los sentimientos, pero aun así debía avanzar, era una oportunidad que, si no era la marina, el destino le habría puesto y no podría desaprovecharlo.

Pero ¿y ahora qué? Pensaría el joven mientras clavaba en aquel muchacho mientras se llevaba la mano a la barbilla… ¿y ahora qué? Pensaría nuevamente el joven que quizá para este momento, ya parecería que la locura le habría invadido por que parecía hablar mas consigo mismo que con el que tendría enfrente, pero era lógico, era parte de las maldiciones que el joven cargaba en su ser.

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#6
Kyoshiro se quedó completamente inmóvil cuando Alex cayó hacia atrás por la sorpresa. Parpadeó una vez, luego otra. Las pequeñas antenas sobre su cabeza se inclinaron apenas hacia adelante mientras observaba al gigantesco hombre arrastrarse torpemente por el suelo intentando escapar de… ¿él? —…Ah... No esperaba eso. Definitivamente no esperaba eso. Y honestamente, ver a una criatura de veinticinco metros teniendo una crisis emocional mientras retrocedía sentado sobre la explanada era una de las cosas más extrañas que había visto desde que salió del monasterio...Lo cual ya era decir muchísimo.

Kyoshiro abrió apenas la boca para decir algo… pero se detuvo cuando Alex volvió a hablar. Entonces guardó silencio. Completo silencio. Porque esta vez ya no eran solo palabras sueltas. Era demasiado. Demasiado rápido. Demasiado  mocional. Demasiado humano.

Los ojos claros del skypieano permanecieron clavados sobre el gigante mientras intentaba seguir cada frase como alguien intentando atrapar agua entre las manos. Entendía fragmentos. Ideas. Intenciones. Algunas estructuras completas… y luego otras se rompían antes de que pudiera alcanzarlas del todo. Kyoshiro se tiró al suelo, vació su mochila y dio rápido con un bolígrafo. Se fue a la última página de su libreta de apuntes y comenzó a escribir. 
“…Soy Alex Arceo……un...¿Qué? ...un gigante...ok... que nunca entendió por qué…” - Kyoshiro se susurraba a sí mismo mientras hacía su propia traducción. De pronto, sintió algo extraño en el pecho...entendió esa parte perfectamente. Y quizá la entendió demasiado bien.

El gigante siguió hablando mientras las palabras comenzaban a atropellarse unas sobre otras dentro de la cabeza del muchacho. Su cerebro saltaba frenéticamente entre sonidos, recuerdos, reglas gramaticales olvidadas, emociones y asociaciones absurdas que no tenían nada que ver entre sí. Kyoshiro le levantó su dedo índice para indicarle que se esperara un poco....
…es como una prensa...¿Prensa? No....prisión… Es como una prisión
Y para este entonces, Kyo ya había partido a su propio mundo. Ya no lo volvía a ver. …¿Cómo me entiendes? - Las pupilas de del peliblanco se movieron apenas. Luego otra pregunta de Alex.  Y otra más. El muchacho permaneció inmóvil mientras Alex terminaba, olvidándose por completo que no solo estaba ahí para apuntar y descifrar, si no que eventualmente debería responder y hacerle conversación.


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Y el silencio llegó. Largo y lento. La explanada dejó de existir para él durante unos minutos. Kyo mordía el bolígrafo mientas veía sus apuntes.  Hmmmm....ok ok...si -  Susurraba el peliblanco.
De pronto, dejó su libreta y el bolígrafo y comenzó inmediatamente a rebuscar dentro de su mochila con movimientos rápidos, caóticos y completamente desorganizados. Sacó libros. Cuadernos. Hojas dobladas. Papeles escritos por ambos lados. Un mapa invertido. Un trozo de pan envuelto en tela. Un reloj de bolsillo antiguo sujeto por una pequeña cadena plateada. Todo terminó desperdigándose alrededor suyo sin ningún orden real. Varias hojas salieron volando con el viento pero no pareció notarlo porque cuando algo capturaba genuinamente el interés de Kyoshiro… el resto del mundo desaparecía.

Ahí, sentado sobre el suelo de la explanada frente al gigante mientras pasaba páginas frenéticamente, murmurando para sí mismo en voz baja.
—“Comprends”… sí…No, espera…Eso cambia el contexto…¿O era una forma antigua? Mhm… no, no, no… 

Retrocedía páginas, volvía adelante. Subrayados viejos aparecían entre recetas de cocina escritas por accidente encima de traducciones incompletas. Algunas hojas tenían dibujos absurdos al margen. Otras frases fonéticas anotadas únicamente porque “sonaban bonitas”.

Sus ojos claros recorrían líneas enteras con una intensidad impropia de alguien que normalmente parecía incapaz de mantener atención en una sola cosa durante más de treinta segundos...Pero aquello…Aquello sí le importaba...Mucho. Porque mientras analizaba las palabras de Alex, algo dentro de él comenzaba lentamente a encajar...El sonido...La estructura.
La forma de construir ideas...La sensación detrás de las frases.

Todo seguía llevándolo de vuelta a la cocina del monasterio. A aquel viejo chef hablando solo bajo la lluvia mientras removía sopa como si estuviera conversando con espíritus invisibles. Kyoshiro tragó saliva lentamente. Entonces finalmente levantó la vista. Las suaves ojeras bajo sus ojos parecían más marcadas ahora, producto de haber exprimido demasiado su cabeza intentando ordenar algo que claramente todavía no dominaba por completo. 

Miró a Alex unos segundos largos antes de hablar otra vez en aquel idioma roto y cuidadoso.
—Je… Pausa. Frunció ligeramente el ceño buscando las palabras correctas.
—Je comprendo...comprends… plus… que je peux parler. (Entiendo más de lo que puedo hablar.)
Bajó la mirada hacia uno de los libros abiertos sobre sus piernas. Las páginas se agitaban lentamente con el viento.
—C’est… hmmmm...un...¿Une?...Un longue histoire. (Es una historia larga).

Y realmente lo era. Porque ni siquiera Kyoshiro entendía del todo por qué podía comprenderlo. Tal vez porque pasó  demasiados años escuchando cosas que nadie más escuchaba, tal vez porque siempre estuvo obsesionado con comprender aquello que los demás ignoraban. O tal vez simplemente porque, igual que Alex, llevaba gran parte de su vida sintiéndose separado del resto del mundo por algo que nunca supo explicar bien.

El muchacho inhaló lentamente mientras cerraba uno de los cuadernos. Volvió a mirar al gigante. Ya no se sentía nervioso.
Ahora parecía profundamente interesado. Fascinado, incluso, como si acabara de encontrar algo único e irrepetible. Entonces ladeó apenas la cabeza y preguntó con total naturalidad:

—Okay… euh… Pausa. —Tu as… quelque chose pour écrire?… (¿Tienes algo para escribir?)
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#7
El desborde emocional fue rápido, raudo y constante pero poco a poco el gigante recuperaba el aire y con ello su confianza o más bien, su dignidad.

Aquella mirada brillante llena de esperanza y confianza ahora era el semblante que el gigante dispondría a su nuevo y querido mejor amigo, puesto que así lo había decidido en ese momento… no era normal, para un gigante de Elbaf aquella forma más lógica de conseguir “amistad” es mediante el chocar puños hasta que uno quede vivo, era algo que no había logrado muchos frutos en el Elbaf antiguo pero bueno… “vikingos”.

Alex noto con sus grandes habilidades de vista como mediante su impertinencia había limitado las palabras del otro… que grosería, se daría cuenta al instante (varios minutos después) de su actuar, recompondría la cordura moral y se erguiría en su “pose”.

El chico escribía con furia, lanzaría todo, era como ver trabajar a uno de los grandes filósofos atrapar aquellas todas ideas para poder conglomerar lo que tendría que armar, era claro y el gigante no tendría que ser tan grosero, no era que Kyo ya supiera hablar como el, era solamente un estudioso con grandes nociones que le daban la fuerza de poder comprender… quizá, lo que harían ahí es totalmente el inicio de algo grande.

Enfoque y disposición era lo que el gigante pondría en la mesa y por ello callaría y observaría, el chico hablaba entre dientes… Alex se acercaba en rostro de manera muy acosadora para escuchar lo que pasaba, ya solo era la paciencia y lo que el gigante pudiese extender.

El gigante escucho, el joven entendía, pero no tendría la habilidad de comunicarse “rápido”, eso no era importante, realmente para Alex, saber que se comunicaba era suficiente, no importaba la velocidad después de todo… después de años de cero comunicaciones que una palabra lograra llegar al otro era más que suficiente.

El chico escucho una palabra que quizá, reconocía, pero nunca había entendido que era, esa era… escribir, él había entendido que, a través de los años, escribir era aquello de plasmar dibujitos en papeles, suelo, paredes, pero… ¿era importante eso?... el sabia una forma de hacerlo, pero al pasar del tiempo lo abandono.
La realidad era que ni aun teniendo un papel tan gigante como el mismo gigante lograría tener un lápiz tan gigante como lo necesitase el gigante, por lo que simplemente negó con la cabeza, no poseía nada para poder escribir sin embargo tenia algo… de sus bolsillos una de sus herramientas de madera mas finas saldría, con ella rasparía un poco del suelo… era tiza de marcaje, le estaba indicando que “la tenía”.

Ja


Je m'appelle Alex.
Je veux apprendre.
Je veux pouvoir communiquer.
Je veux … parler RYUUUU
.


Terminaria sentenciando con fuerza mientras ahora intentaría hablar mas lento y menos complejo, era la única forma en la que podría bajar la dificultad de sus discursos.

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#8
El peliblanco permaneció en silencio después de escuchar aquellas últimas palabras del gigante. No fue un silencio corto,  no fue uno de esos momentos de pausa normal entre una respuesta y otra. No, este silencio fue uno de esos silencios donde parecía que alguien había apagado una parte del mundo y solo había dejado funcionando el viento, las hojas moviéndose en el suelo y la respiración enorme de Alex frente a él. El peliblanco lo miró unos segundos más, con el bolígrafo aún en la mano, las antenas ligeramente inclinadas y los ojos claros demasiado abiertos para alguien que normalmente parecía no entender del todo la gravedad de las cosas. Je veux apprendre… Je veux pouvoir communiquer… Je veux… parler Ryuuuu. Las palabras se quedaron dando vueltas dentro de su cabeza como campanas viejas dentro del monasterio. —Hmmmm… —murmuró apenas, pero esta vez no escribió nada.

Pasaron unos segundos más y Kyoshiro simplemente se levantó. No explicó nada. No dijo “espera”. No pidió tiempo. Solo se puso de pie entre todos sus papeles, libros, cuadernos y cosas absurdas tiradas en el suelo, y comenzó a caminar lentamente por la explanada. Un paso. Otro. Luego giró. Luego volvió. Luego se detuvo mirando una grieta del suelo como si ahí estuviera escondida la respuesta a todos los problemas lingüísticos del mundo. Los marines a lo lejos probablemente pensaron que el chico del monasterio se había roto por completo. Y tal vez… un poco sí. Kyo había partido otra vez hacia ese lugar suyo donde todo dejaba de existir cuando una idea le mordía la cabeza con suficiente fuerza.

Treinta minutos pasaron así. O casi treinta. Tal vez veintisiete. Tal vez treinta y dos. Kyoshiro no lo sabía porque para él el tiempo se había convertido en otra cosa. Caminaba, volvía a sus apuntes, abría un libro, cerraba otro, escribía una palabra, la tachaba, volvía a caminar. —No… no es repetir… —susurraba mientras mordía la punta del bolígrafo—. Si le enseño palabras sueltas no sirve… porque él ya tiene palabras… tiene muchas palabras… demasiadas palabras… El peliblanco se detuvo de golpe, levantó la mirada hacia Alex, luego volvió a bajarla a sus apuntes. —No está hablando mal… —dijo para sí mismo—. Es solo que...está hablando otra cosa...Pero no la habla mal.

Alex no estaba roto. No era un gigante incapaz de comunicarse. No era un problema de inteligencia, ni de voluntad, ni de torpeza. Era peor y mejor al mismo tiempo. Alex tenía un idioma. Una lengua muerta, sí. Una lengua que nadie más parecía entender, también. Pero una lengua al fin. Con raíces. Con sonidos propios. Con orden. Con estructura. Con formas de construir ideas, con maneras específicas de decir “yo”, “quiero”, “aprender”, “hablar”, “mundo”, “silencio”, “prisión”. Y si tenía todo eso, entonces no era un caos.... Era un sistema...una estructura... era un "todo".

Kyoshiro se quedó quieto en medio de la explanada mientras el viento le movía la sudadera azul y las pequeñas alas blancas en la espalda. Sus ojos parecían clavados en ninguna parte, pero por dentro estaba acomodando piezas demasiado rápido. Antes de enseñarle el idioma común, tenía que entender el idioma de Alex...¡Eso era! ¿No? Tenía que estudiarlo de verdad. Miró su reloj de bolsillo, vio la hora y lo cerró. Pensó en Alex y su idioma, pensó en que esto no sería como aprender a leer la hora...era más como alguien que abre un reloj viejo y empieza a separar engranaje por engranaje hasta entender por qué todavía se mueve. Tenía que romper esa lengua en pedazos. Encontrar sus reglas. Sus raíces. Sus formas. Sus errores aparentes. Sus equivalencias. Tenía que volverse experto en aquello que todos habían decidido ignorar durante años.

El pensamiento le dio una especie de vértigo raro. Porque era enorme. Absurdo. Demasiado grande para alguien que, técnicamente, había terminado ahí porque nadie más quiso hablar con el gigante. Pero también era… fascinante. Mucho. Muchísimo. Era como encontrar una puerta escondida dentro de una pared que todos habían usado toda la vida sin preguntarse nunca qué había detrás. Kyoshiro tragó saliva lentamente y volvió caminando hacia sus libros. Se sentó otra vez en el suelo, cruzó las piernas entre papeles, mapas, diccionarios viejos, una libreta abierta y su reloj de bolsillo que había quedado a un lado como si también estuviera escuchando.

Miró a Alex unos segundos largos. Esta vez no parecía nervioso. Tampoco parecía seguro, realmente. Kyoshiro casi nunca parecía seguro de nada. Pero sí parecía decidido, de esa forma distraída y peligrosa en que alguien decide algo enorme sin calcular bien las consecuencias. Levantó el bolígrafo, apuntó una palabra en su libreta y luego habló despacio, otra vez en aquel idioma roto, cuidadoso y lleno de pequeñas grietas. —Je… hmmm… avant… —Pausa. Frunció el ceño, buscó en sus apuntes, pasó una página demasiado rápido y volvió atrás—. Avant… apprendre… notre langue… je dois… comprendre… la tienne. (Antes de enseñarte nuestro idioma… tengo que entender el tuyo.)

Bajó la mirada a la libreta y escribió “lengua de Alex” en una esquina, luego lo tachó y puso “idioma de Alex”, luego lo tachó otra vez y escribió “sistema”. —Ton langage… no… ta langue… —murmuró, corrigiéndose solo—. Ta langue n’est pas cassée. (Tu idioma no está roto.) Se quedó callado un segundo, como si esa frase fuera más importante de lo que había planeado. Luego levantó apenas la mirada hacia el gigante. —Elle est… morte pour les autres… mais… vivante pour toi. (Está muerta para los demás… pero viva para ti.)

Kyoshiro dejó escapar aire por la nariz, entre cansancio, emoción y una pequeña risa nerviosa que no llegó a formarse del todo. Luego empezó a escribir con más rapidez, llenando la página de flechas, raíces, signos raros y comparaciones incompletas. —Si tiene reglas puedo aprenderlo… si puedo aprenderlo puedo partirlo… si puedo partirlo puedo construir un puente… y si hay puente… entonces puedes cruzar. —Pausa. Parpadeó, como si acabara de escucharse a sí mismo—. Eso sonó mejor en mi cabeza.

Volvió a mirar a Alex, esta vez con una sonrisa pequeña, agotada y absolutamente genuina. —Creo que no voy a enseñarte todavía. No bien. No como debería. Primero… tengo que escucharte. Mucho. Tengo que entender cómo hablas antes de decirte cómo hablar distinto. —Bajó la vista a la montaña de libros alrededor suyo y luego volvió a subirla hacia el gigante de veinticinco metros—. Así que… hmmm… felicidades. Creo que accidentalmente voy a volverme experto en ti.
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#9
El gigante se mantenía expectante, realmente esto era nuevo y ciertamente podría decirse que era algo que toda su vida había esperado por lo que la impaciencia lo consumía… pero comprendía, que aunque el momento había sido milagrosamente maravilloso, la meta estaba lejana.

El chico parecía absorto en sus pensamientos y por ello Alex le daría su espacio, no significaba que se retiraría si no que, simplemente mantendría la posición y esperaría, una sonrisa amable fue la que extendió a aquel chico de las antenitas curiosas, parece que eventualmente se puso de pie y comenzó su caminata… pasado el minuto Alex comprendió que simplemente no sería rápido, así que el gigante con la gracia que se le conocía, se dejo caer hacia atrás, manteniéndose recostado contra aquel frio suelo.

Esperar era algo que los guerreros del Elbaf odiaban, pero, al haber sido en su mayor parte criado por humanos, había llegado a comprender las razones y las recompensas que algunas veces uno podría obtener con “la paciencia”.

La mirada del chico estaba perdida y absorta en el cielo que les cubría, no tenía la suficiente relajación como para dormirse así que más bien, estaría, así como Kyoshiro, absorto en sus pensamientos.

Seria extraño poderles extender “cuanto” fue el tiempo que habrían de esperar ambos para la resolución del sujetillo, pero fue, lo que tuvo que ser… un momento de calma o mas bien, de rotura fue cuando Kyo se paralizo, aquel sonido llamo la atención del gigante el cual simplemente giraría la vista para darle alcance al muchacho, parecía que se había llegado a una conclusión.

Y entonces el otro comenzaría por primera vez en mucho tiempo a escuchar algo coherente, su lógica era clara, antes de poder ser su maestro… básicamente Alex tendría que ser el maestro de Kyo, para el gigante esto no tendría sentido alguno, pero, debía confiar y en ese sentido, apoyaría todas las opciones que el otro ofertara, después de todo ¿Qué perdían? En efecto… Nada.

Esas palabras y las que siguieron a esas entonces definían los siguientes pasos, era lógico y hasta claro si eliminabas toda esa bruma de tu cabeza que te había ciclado a esta clase de “flujo de indiferencia”, donde Alex que se había rendido a la vida simplemente había aceptado su condición como si eso realmente fuera una condición.

HUEHUEHUEHUEHUE ryu

Alex ya se había recompuesto y se dispondría de nuevo a su posición sentada, desde esa posición reverenciaría a su nuevo maestro y con ello parecía que se había cerrado una clase de trato, en este trato uno… seguía lo que el otro mandaba y ciertamente, no habría una recompensa para el otro… “aun” pero, ciertamente Alex, cuando pudiera articular esas palabras… seria lo primero que le comunitaria al sujeto.


Resumen
Pensamiento • Dialogo • Cronologia
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#10
Kyoshiro simplemente lo miró cuando el gigante terminó de reír y de reverenciarlo desde aquella nueva postura sentada. No respondió con palabras. No hacía falta. A esas alturas, de hecho, ya parecía que las palabras estorbaban más de lo que ayudaban. Lo que sí hizo fue asentir apenas, una sola vez, como si con ese gesto pequeño hubiese aceptado algo bastante más grande de lo que cualquiera de los dos podía medir todavía. Luego volvió a dejarse caer entre sus libros, sus hojas sueltas y su mochila abierta como si estuviera entrando otra vez a su propio pequeño santuario de caos, pero esta vez con una intención mucho más clara que antes.

Las siguientes horas pasaron con una quietud extraña...una de esas quietudes que no se sienten vacías, sino llenas de trabajo invisible. Kyoshiro comenzó de la forma más básica posible.... Señalando cosas... El suelo.... El cielo.... Sus libros. La mochila.... Las manos de Alex.... Su propio pecho.... Una piedra. La bandera marine ondeando a lo lejos. Dibujaba símbolos rápidos en la libreta, luego dibujos terribles que apenas parecían representar lo que quería mostrar, luego volvía a señalar el objeto real, obligando al gigante a asociar una cosa con la otra. A veces escribía una palabra en común, a veces solo dejaba un espacio en blanco y esperaba la respuesta de Alex como si estuviera pescando algo raro desde el fondo de un lago.

La idea es que cada vez que Alex hablara, Kyoshiro lo escribiría. Con una rapidez impropia de alguien tan disperso, llenando márgenes, esquinas, reversos de páginas ya usadas, trozos de papel arrancados, hojas viejas donde antes había apuntes inútiles o listas inconclusas. Anotaba sonidos como podía. Separaba sílabas. Repetía fonemas en voz baja solo para sí mismo, probándolos en la boca, comparándolos, descartando parecidos falsos. Cuando algo no le cuadraba, levantaba la mano para frenar un momento al gigante, se mordía el bolígrafo, revisaba lo anterior, hacía una flecha, encerraba una raíz, la tachaba, escribía otra al lado.

Y cuando señalar objetos no bastaba, entonces venían las mímicas. Caminar. Comer. Dormir. Escuchar. Buscar. Perder. Encontrar. Caer. Esperar. Señalaba primero, exageraba después, y finalmente miraba a Alex con los ojos bien abiertos, esperando su palabra, su estructura, su manera de decir eso mismo. Otras veces era al revés: escucharía lo que Alex decía, intuía apenas el concepto y entonces trataba de reconstruirlo con gestos, observando la reacción del gigante para saber si iba bien o si acababa de entender algo completamente distinto. Así seguirían, una y otra vez, levantando un puente de tablones torcidos entre dos idiomas que hasta esa misma mañana ni siquiera habían tenido a alguien dispuesto a cruzarlos.

A ratos Kyo dejaba de escribir de golpe y se quedaba inmóvil, con la mirada perdida sobre la página, escuchando mentalmente una frase que Alex había dicho minutos atrás. Entonces sus pupilas se movían apenas, como si acomodara piezas invisibles dentro de la cabeza. Luego retomaba el bolígrafo con más fuerza y escribía otra vez.  Hubo momentos en que incluso la explanada pareció volverse un aula imposible. Libros abiertos por todas partes, hojas aplastadas con piedras para que el viento no se las llevara, dibujos torpes mezclados con notas lingüísticas, intentos de transliteración, columnas improvisadas, comparaciones a medio hacer.

Para cuando Kyoshiro finalmente dejó de escribir, la noche ya se había instalado por completo sobre la explanada. No fue algo que notara de inmediato. De hecho, probablemente llevaba bastante rato escribiendo casi por memoria, siguiendo apenas el brillo débil de la luna sobre las páginas, hasta que una ráfaga fría movió varias hojas a la vez y le hizo parpadear como si acabara de despertar de un sueño demasiado largo. Levantó la cabeza lentamente. El cuartel ya no tenía el mismo ruido de la mañana. Los marines curiosos se habían ido hacía horas. Las luces lejanas parecían pequeñas luciérnagas atrapadas entre edificios, y frente a él, todavía enorme, todavía paciente, Alex seguía ahí.

Kyo miró sus apuntes. Luego miró a Alex. Luego volvió a mirar sus apuntes. Había hojas llenas de palabras incompletas, flechas, dibujos horribles, símbolos que ni siquiera él estaba seguro de entender ya, listas de sonidos, intentos de raíces y pequeñas comparaciones entre lo que Alex decía y lo que él creía que significaba. Era un desastre.

Kyoshiro dejó escapar aire lentamente por la nariz, cansado de una manera extraña. Cerró una libreta. Luego otra. Intentó ordenar los papeles, pero rápidamente se dio cuenta de que eso era una batalla perdida, así que simplemente comenzó a juntarlos en montones que parecían ordenados solo desde muy lejos. 
Se quedó unos segundos más sentado en el suelo, con el bolígrafo todavía entre los dedos. Entonces levantó la vista hacia el gigante y sonrió apenas. No era una sonrisa grande ni especialmente brillante. Era más pequeña. Más cansada. Pero completamente genuina.
—Mañana… —dijo primero en común, por costumbre.
Pausa.
Frunció el ceño, como si recordara que eso no servía de mucho.
Buscó entre sus notas con rapidez, pasó dos páginas, volvió una, encontró una palabra, dudó, tachó algo con el dedo en el aire y finalmente volvió a mirar a Alex.
—Demain… —repitió con cuidado, en aquel idioma todavía torpe en su boca—. Nous… continuons. (Mañana… seguimos.)
No estaba seguro de si la estructura era perfecta. Probablemente no. De hecho, casi seguro no. Pero la intención estaba ahí.
Kyoshiro empezó a ponerse de pie, aunque el cuerpo le recordó inmediatamente que llevaba horas sentado en el suelo. Se tambaleó apenas, levantó una mano como si alguien lo hubiese acusado de caerse y murmuró: —Estoy bien… —aunque nadie le había preguntado nada. Luego se inclinó para recoger el reloj de bolsillo que había quedado entre dos hojas, lo limpió con el borde de la sudadera y lo guardó con un cuidado mucho mayor que el que había usado con todos los libros juntos.
La mochila quedó absurdamente llena otra vez, mal cerrada, con una esquina de cuaderno sobresaliendo y varias hojas dobladas escapándose por un lado. Kyoshiro se la cruzó al pecho, ajustó la correa, miró alrededor para asegurarse de no olvidar nada importante y aun así dejó olvidado al menos un papel debajo de una piedra. Probablemente lo recordaría en tres días. O nunca.

Antes de irse, volvió a mirar a Alex una última vez. Durante unos segundos no dijo nada. Solo lo observó. Aquel gigante que por la mañana era un problema administrativo, una tarea que nadie más quería aceptar, una criatura enorme que todos miraban desde lejos con miedo o incomodidad. Ahora era otra cosa, era una voz atrapada detrás de una puerta demasiado vieja Y Kyoshiro, por alguna razón, había encontrado la cerradura.

—No va a ser rápido… —dijo en voz baja, más para sí mismo que para él. Luego buscó cómo decirlo de forma más útil, levantando un dedo mientras pensaba—. Pas… vite. (Pero… posible.)
Pausa.
Asintió una vez, convencido por su propia frase rota.
—Possible.
Luego dio un par de pasos hacia atrás, como si cerrar distancia con un gigante de veinticinco metros necesitara también una despedida proporcional. Las pequeñas alas blancas en su espalda se movieron apenas con el viento nocturno y sus antenas se balancearon suavemente mientras comenzaba a alejarse por la explanada.
Caminó unos metros, se detuvo y giró de nuevo.
—Ah… y no te comas mis papeles. Pausa. Recordó otra vez el detalle del idioma. Frunció el ceño.
—Ne… mange pas… mes papiers.
Se quedó quieto un segundo, evaluando la frase. —Creo.
Y sin añadir mucho más, Kyoshiro volvió a caminar hacia el cuartel, pequeño bajo la luz de la luna, con la mochila golpeándole la espalda y la cabeza todavía llena de sonidos, raíces y preguntas. Mañana seguirían. Mañana habría más palabras. Más dibujos. Más errores. Más silencios largos. Más intentos. Pero por primera vez desde que todo aquello empezó, la distancia entre ambos ya no parecía tan imposible.
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