[Aventura T3][P.R] Marines: La Mascarada [Div. 75]
#1
Día 51 de Otoño, Año 17.
Corriente Akai, Isla Matsuri.
Reino de Ran, 10:45 am.

Las mañanas en la Isla Matsuri no podían ser descritas de otra manera que casi paradisiacas. Con los vientos de levante, el aroma de todos los jardines florales que servían como sustento princiapl de la economía de la isla envolvían la ciudad de Ran en una nube de esencias frescas y agradables, de esas que provocaban que uno aspirase con fruición y que dibujaban una sonrisa en el rostro casi sin pretenderlo. Asimismo, en cuanto la ciudad comenzaba a despertar, los comerciantes, viajeros y trabajadores de las platanciones llenaban las calles con un bullicioso caos, organizado de manera impecable por los soldados del ejército del rey, que patrullaban las calles empedradas de adoquines de múltiples colores, solventando pequeñas disputas aquí y allá, pero ejerciendo una vigilancia rutinaria, propia de aquellos que no esperarían un peligro inmediato.

A lo largo de la calle principal, una gran avenida de casi quinientos metros de largo, dividida en dos carriles separdos por paterres repletos de flores blancas y rosadas, se hayan establecidas las principales tiendas de la ciudad, y también las más opulentas debido a los altos impuestos que deben aportar a las arcas reales para poder ofertar sus mercancías en esos lugares, quedando relegadas las tiendas más humildes a los callejones laterales que parten de la avenida principal cada cien metros. La flor y la nata de la sociedad de Ran se congrega en los exclusivos cafés de la plaza al final de la avenida, donde los distinguidos caballeros y damas intercambian frívolas cordialidades y veladas críticas entre si, sentados en las exquisitas mesas de nácar y marfil mientras disfrutan del sol matutino antes de que el mediodía convierta el espacio libre de sombra en algo demasiado acalorado para disfrutar cómodamente.

Avenida de Ran

Sin embargo, algo sorprendente va a romper con la apacible rutina de la ciudad. Un grupo de ocho hombres, ataviados con una a todas luces costosa librea de color granate con bordados en hilo dorado se abren paso a través de la multitud, escoltando a lo que de lejos, salvo para alguien con una estatura anormalmente alta, parecería un ser invisible. Sin embargo, cuando por fin la patrulla llegó frente a los miembros de la División 75, los cuales se hallaban disfrutando de un día de asueto en su intensa cruzada a favor de la Justicia, estos pudieron comprobar que el líder de los hombres se trataba de un individuo de apenas un metro veinte de altura, con una cabeza anormalmente grande para su cuerpo y un sombrero de tipo tricornio aún más grande, coronado por un mechón de plumas blancas y negras.

Chambelán de Le Chevalier

Aquel extraño individuo observó uno por uno a los marines, sin poder ocultar un pequeño gesto de desprecio en su rostro, como si pensase que hallarse delante de los miembros de la División 75 fuese algo muy por debajo de su deber. Tras ojear el sobre de color dorado que portaba bajo el brazo, soltó un exagerado suspiro de resignación y, cuadrándose en posición de firmes, echó mano de la trompeta que llevaba sujeta al costado por un hilo de seda blanca. Tomando aire, se llevó el intrumento a los labios.



— Distinguidas damas y honorables caballeros, su señoría el Ilustrísimo Chevalier de la Salle de Bal de la ciudad los invita cordialmente a asistir a su mascarade. Encontrararán todo lo que necesitan saber en la invitación. Tengan presente que las puertas del recinto de la fiesta se abrirán a las cinco en punto de la tarde y no se permitirá el acceso a nadie después de las siete, posean invitación o no. Una vez en el interior y para proteger la intimidad de nuestros invitados, les advertirmos que deberán dejar sus Den Den Mushis en la entrada, dónde serán convenientemente acomodados en los terrarios del Chevalier.

Carraspeando al ver que no iba a recibir una propina por su declamación, el hombrecillo se dirigió al que parecía tener más clase, Dimitri, alargándole el sobre. Tras hacer una cortén inclinación de cabeza a todos los miembros de la División, el conjunto al completo giró al unísono sobre sus talones y marcharon de vuelta por dónde habían venido.

El sobre contenía una cuartilla de papel grueso y levemente rugoso, con letras escritas en brillante tinta púrpura que rezaba lo siguiente:

Bon soir , mis estimados marines. Como Maestro de Ceremonias y Chevalier de la Salle de Bal, les invito cordialmente  AL GRAN BAILE DE MÁSCARAS DE MATSURI! Recuerden llevar sus mejores galas
(se invitará educadamente a abandonar el lugar a aquellos que no cumplan con el code du vestimént) Disponganse a pasar una noche inmejorable en compañía de la flor y la nata de la sociedad de la isla y varios invitados sorpresa.



La Caja de Pandora
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#2
Un entrenamiento grupal de la División 75. Así era como se había dispuesto que íbamos a pasar la mañana en la base de la Marina, listos para practicar nuestros (algunos nuevos) estilos de combate y ver cómo nos desenvolvíamos entre todos trabajando en equipo, ideando también algunas tácticas en conjunto.

Sin embargo, nuestra acción se vio interrumpida con la inesperada llegada de ocho hombres elegantemente uniformados escoltando a un superior… no tan superior de altura. ¡También va muy bien vestido! ¡Me encanta su sombrero de plumas! Y su peluca le da un aire de lo más distinguido, como en esos cuadros de la nobleza que había visto a veces replicados en libros.

Indiferente a su ligero desprecio, yo lo observé con evidente curiosidad, con el rostro ligeramente inclinado hacia un lado, preguntándome si siquiera se encontraba ante las personas correctas.

Debía de estar seguro, porque no tardó en terminar de anunciar su presencia con una característica melodía de trompeta. Mis iris parecieron iluminarse con estrellitas en cuanto comenzó a hablar.

¡Distinguidas damas! ¡¡Soy una distinguida dama!! Pero se me olvidó que lo era ante una palabra muy concreta que me hizo alzar muy alto mis orejas y llevar ambas manos a la boca para aspirar un gritito de emoción contenida: mascarade. ¡¡UNA MASCARADA!!

Contuve el aliento mientras continuaban escuchando cada palabra e instrucción. ¡Cinco de la tarde! Y son, son las… ¡Son las tenemos que prepararnos ya o no nos da tiempo!

Pero la curiosidad me dominaba, y en cuanto el elegante caballero se marchó con su escolta, salté hasta Dimitri y empecé a tirarle de la manga.

―¡Léelo, léelo, Dimitri, léelooooooooo! ―casi suplicaba―. ¡¿Qué poneeeeeeeeeee?!

Pero aunque fuera a leerla, yo iba a mirarla por encima del hombro en cuanto la abriera. HALAAAAAAA, QUÉ LETRA MÁS BONITAAAA, ¡yo también quiero esa tinta para cuando algún día podamos organizar nuestras propias fiestas!

¡GRAN BAILE DE MÁSCARAS DE MATSURI! ¡MEJORES GALAS! ¡INVITADOS SORPRESA! ¡AAAH!

―HAE-WON ―grité de inmediato apareciendo ante ella, tomándola de las manos y con una mirada más intensa que nunca dirigiéndose hacia sus ojos―, ¡tenemos que comprarnos unos vestidos a la de ya! ¡No nos da tiempo! ¡Tenemos que ducharnos y correr!

Espera, ¡correr!

―¡¡Kael!! ―me giré entonces hacia él, sin soltar las manos de mi compañera―, ¡necesitamos un coche de caballos para llegar hasta allí! ¡Dos distinguidas damas no podemos ir con tacones y elegantes vestidos andando hasta allí! ¡Se nos van a estropear! ¡Tú te encargas! ¡Muchas graaaciaaaas~! ¡Ya entrenamos mañana, Shiiin~!

Acto seguido, comencé a dar saltitos alrededor de la albina, sin soltarla en ningún momento.

―¡Vamos a ser princesas, Hae-won! ¡¡Vamos a ser princesas!! ―exclamé antes de empezar a canturrear―. ¡Vamos a ser princeeesaaas, vamos a ser princeeesaaas, vamos a ser princeeesaaas~! ―Tras un vulpino chillidito emocionado, solté una de sus manos para echar a correr, arrastrándola al seguir sosteniendo la otra―. ¡Tenemos que bañarnos ya! ¡En una hora nos vemos en la puerta!

{ ***** }

Apariencia de Nyra

Durante todo el trayecto, no dejé de mirar ni un solo instante por la ventana.

―¡Haalaaaaaaaaaaaa! ¡Qué bonitooooooooo! ¡Mira esas flores! ¡Y qué limpias están las calles! ¡Y qué elegante va la genteeee! ¡Mira, Carlos, miraaaa!

Por supuesto, Hae-won y yo habíamos visto todo aquello al ir a comprar nuestros vestidos a esa zona de la ciudad, pero mi cola no deja de agitarse sobre el asiento al ver todo desde la novedosa perspectiva que aquel coche me ofrece, y yo estaba encantada de poder enseñar todo aquello a mi inseparable mascotita.

―¡Tienes mucha suerte, Calos! ―anuncié poniéndolo en alto―. ¡Tienen una sala sólo para Mushi Mushis! ¡Vas a hacer muchos amigos, ya verás!

A punto estuve de ponérmelo junto a la cara para frotarlo contra mi mejilla de puro cariño, ¡pero menos mal que no lo hice! Me acordé justo a tiempo de que por una vez me había puesto maquillaje en el rostro y un brillo de labios de tonos rosados que, aun suaves, destacaban sobre mi piel sin desentonar con su calidez. Incluso un poco los ojos a pesar de la máscara, porque hacía un efecto muy bonito por debajo.

Cuando nuestro destino ya se veía de lejos, mi cola se agitó aún más sobre el asiento, sabiendo que llegábamos justo cuando comenzaban a llegar los invitados, aunque por supuesto no seríamos los primeros. ¡Así podríamos ver cómo hacían otros las cosas y asegurarnos de hacernos todo bien! Aunque confiaba en todas las novelas que me había leído para poder disfrutar por completo aquella noche.

Y, de hecho, así estaba mentalizada. En cuanto me bajé del carro (con Carlos en un bolsillo interno), mi actitud cambió por completo. Me aseguré de que mi cola no se moviera y enlacé las manos delante de mí al caminar. Lo hice recta y elegante, como toda una señorita, como esas elegantes señoritas que había estado analizando durante las compras con Hae-won. Hoy soy una distinguida dama, ¡una princesa! ¡Y voy a comportarme como tal!

Una vez llegamos ante la puerta, dejé que Shin nos presentara ante la alta sociedad. Mientras lo hacía, no pude evitar observar los trajes de todos y cada uno de mis compañeros. Hae-won estaba preciosa, con un traje increíble que quedaba a juego con el de Dimitri, ambos con tonos blancos y dorados en un estilo realmente exótico pero que encajaba al mismo tiempo con el del entorno. Por su parte, Kael y Shin habían optado por el negro y dorado, aunque el primero centró su atuendo en ese color tan elegante como oscuro, dejando el otro para unos sutiles adornos que captaban la atención hacia su misteriosa y profunda mirada, mientras que el segundo destacaba el dorado en su llamativa chaqueta y en la máscara que enmarcaba sus brillantes iris cerúleos.

Entonces, mis iris se giraron hacia Dimitri, sin estar segura de si este o el propio Shin entregarían la invitación para que quedara constancia de que todo estaba en orden. Una suave brisa soplaba y me hizo ser repentinamente más consciente del sutil perfume de jazmín con que me había perfumado la piel, la cola y el cabello, el cual tenía un toque de vainilla tan etéreo que seguramente solamente yo sería capaz de notar el matiz.

Mientras tanto, una parte de mí se preguntaba dónde habría que dejar a los Mushi Mushi…

Diario de princesa
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#3
¡El día finalmente había llegado! Entre tantos viajes, asuntos que resolver y entrenamientos individuales, Hasegawa, en su nuevo puesto como líder oficial de la División Setentaicinco, no había tenido tiempo de conocer las habilidades de cada compañero que conformaba la misma, ni tan siquiera sus formas de trabajar como conjunto, por ello organizó un entrenamiento en donde los cinco estarían presentes, dándoles la sorpresa de que les haría enfrentarse a él en un combate con inferioridad numérica.

Los saludos fueron típicos entre payasadas y una seriedad nueva, recientemente integrada, sin embargo, aún en la Avenida Ran, los murmullos resonaron primero, previo a la aparición de ocho presencias curiosas que avanzaban con una determinación de lo más admirable. Inicialmente no creía que con esas pintas se acercarían a un grupo uniformado de marines, y creyó entender que era debido a ese código de vestimenta el gesto desagradable en el rostro del enano. Pero justamente cuando se detuvieron frente a ellos, la trompeta resonó y la invitación fue presentada entendió que no se trataba de un error, ni mucho menos alguna coincidencia.

El día anterior había salido en el periódico, los medios de comunicación tradicionales estableciéndolo también como el líder de la División. Inicialmente creyó que al ser los únicos marines que fueron referenciados en esa edición, pues la Ochenta partió hacia la siguiente isla, el mencionado 'Chevalier' quería ilustres representantes de la justicia, sin embargo, cuando el discurso finalizó y la carta fue entregada a Dimitri, su conjetura se rompió, e ideas negativas comenzaban a rondar por su cabeza.

Lo primero que hizo, fue mirar a los ojos a Kael. Un gesto sencillo, en su porte más formal frente a los uniformados con libreas, ignorando parcialmente la emoción de Kuroshiro. Esa mirada significaba algo muy concreto: No se fiaba.

Aún mostrándose increíblemente sereno, se giró a George y escuchó con una paciencia total cada palabras que pronunciase hasta el final, en donde inmersa en una explosividad que pocas veces le vio, Nyra dio una serie de indicaciones y le aclaró que ya entrenarían otro día antes de llevarse a Hae-won con ella. En ese momento, donde sólo quedaban ahí Kael, Dimitri y él mismo, se pronunció al respecto.

—¿Me permites? —preguntó a George, extendiendo la mano para que le entregue la invitación, y releyéndola en búsqueda de algún detalle que justificase por qué ellos son los elegidos para esa mascarada. Todo parecía normal, con marcos y lenguaje que representaba a las altas esferas, la nobleza de la que tanto renegó durante toda su vida, y quizás por lo que le ha tocado ver, terminaba preocupándolo.

Guardó en el interior del uniforme la invitación, y entonces se dispuso a hablar. —¡Felicidades, Georgy! Le gustaste al tontatta con gigantismo. —expresó, una broma que podría considerarse cruel —Es lo que me gustaría creer. Porque si me guío por lo que genuinamente pienso... —suspiró, obviamente les iba a informar —Creí que nos invitaban por haber salido en el periódico junto a nuestra División, pero si el vocero le entregó la carta a Dimitri, es porque no estaba al tanto de quien nos lidera. Eso, o mi primera teoría es la acertada. Ten cuidado o te acuso con ChoiChoi. —señaló al castaño.

—No me gusta la nobleza. Por ende, tampoco me gusta esto. Si los Den Den no están permitidos, y después de las siete no dejarán ingresar a nadie, diría que es mejor estar precavidos que dejarnos llevar. La verdadera fiesta empezará a esa hora. —se giró a mirarlos a los dos —Te encargo lo que te pidió Nyri, Kael. Yo me iré a pasear un rato, llegaré ahí por mis propios medios, no se preocupen. —aclaró, y con la invitación guardada se dispuso a cumplir con su palabra, al fin y al cabo tenían poco más de seis horas de margen.

Lo primero fue sencillo, comprar la ropa para la ocasión. El tiempo tan ajustado le imposibilitó acudir a un sastre de calidad y confianza, pero en alguna tienda se encontró la ropa ideal, comprándola sin rechistar ni mucho menos escatimar en gastos. Una vez tuvo lo requerido, y confiando en que se prepararía en tiempo récord, comenzó a caminar en los alrededores del lugar al que los invitaron.

Preguntó a comerciantes cercanos, alguna que otra mujer con pintas de oler a dinero, tratando de seducirlas de manera superficial para indagar sobre intenciones o temática puntual de la fiesta, y descubriese algo o no, el "paseo" no finalizaría hasta entradas las tres de la tarde, donde tras haber recorrido bastantes puestos y sitios con frecuencia de gente, esperando no entrar a algún lugar peligroso a ciegas, finalmente se prepararía.

Tenía motivos de sobra para no confiarse. Kutsukku no había pasado hace mucho tiempo, y todas las historias provenientes de Minato y Samantha, junto a las traicioneras intenciones de sus familias no ayudaban a que su mente esté en paz o dispuesta a pasarla bien sin otros dilemas en consideración.

Pero iba a asistir, a lo mejor, era otro capricho del destino ubicarlos allí.

•••

Shin llegó antes que todos, esperando, analizando el entorno. Las paranoias de su cabeza no le molestaban, al contrario, pensar en los peores escenarios posibles y saber que podía cambiarlos le otorgaba una confianza en sí mismo prácticamente suprema, y eso se notaba en su sonrisa. Hasegawa eligió llamar la atención, esconderse entre lo evidente y portar colores dignos de alguien más que dispuesto a brillar.

Apariencia de Shin


La chaqueta dorada envolviendo un conjunto negro, con bordeados del mismo tono excéntrico que también estaban presentes en su máscara, lo dotaban de una presencia reluciente, y desde su posición algo cercana a la entrada, vio finalmente el carro de donde bajaban sus compañeras. Al momento de observar a Nyra, fue genuinamente sorprendido, entreabriendo muy ligeramente los labios y alzando las cejas, sinónimos del shock positivo. Nunca la había visto lucir tan espectacular, y eso que marcar las tendencias de la moda en la División era una de sus máximas aptitudes, sin embargo, esa tarde se había superado con creces.

La sorpresa le duró poco, de todas formas. Una vez la División estuviese reunida, con todos portando unos aires increíblemente refinados, se acercó a ellos, dando una indicación más clara que el agua —Síganme el juego. —señaló, observando una última vez a Omuyaga. Sabía que él no pertenecía a la nobleza, pero se crio codeándose con la susodicha, por ende sabría mejor que él mismo, incluso, lo que debía hacerse, pues de los dos fue quien más dejó en su personalidad retazos de rectitud, algo de lo que Shin renegaba.

Del interior de su impresionante saco tomó la invitación, y cuando les llegó el turno, estando bien puntuales en el lugar, antes de que se abran las puertas, siquiera, fue quien tomó la palabra frente a quien se encargase de permitir o denegar el acceso al salón. El porte del albino había cambiado por completo, cada paso parecía medido al milímetro, incluso la forma en que observaba a las personas tenía un tempo perfecto, presentándose con un tono magnético, agradable y refinado.

—Buenas tardes, acudimos con invitación. —entregó la susodicha. Lento, medido. —Como verá, el ilustrísimo Chevalier de la Salle de Bal nos ha considerado entre sus invitados. Pretendemos gozar de la intimidad prometida, y respetar la del resto de asistentes. —un leve asentimiento, parecido más a una reverencia contenida, marca la finalización de sus palabras, manteniendo el contacto visual con el responsable.

Intentó no mencionar nombres, ni tampoco el número de División al que pertenecían. Con un poco de suerte conseguirían ingresar sin tener que lidiar con un foco sobre ellos, y disfrutar de la fiesta.

O en su defecto, descubrir si el motivo de la invitación escondía algo.

Let there be light
[Imagen: vEBNZb3.png]
#4
No se puede definir la mañana como tranquila en un lugar donde, en la base del G-39, lugar de gestión militar Marine, los miembros de la División 75 toman su tiempo desde una temprana hora en la mañana para realizar un entrenamiento conjunto. Los encargados de la gestión de la guardia de las calles eran por supuesto los miembros locales, y por ello, sus temporales huéspedes hoy tenían la capacidad de actuar con libertad.

Quizás, por tal y cómo toma las cosas en lo más reciente de los acontecimientos, Kael tenía sus propias ideas aquella de acerca actividad conjunta, pensamientos que calla, y que no acompañan al resto de sus acciones. El interior de su fortaleza mental podía guardar una inmensa cantidad de secretos, pero en el exterior, su forma de ser habitual mantiene con mínimos una interacción extensa para evitar cualquier pensamiento sobre él.

Y al final, allí estuvieron.

Toda aquella idea de un entrenamiento conjunto mantuvo su mente ocupada durante las horas que transcurrieron en la mañana, recordando las habilidades de cada uno de sus compañeros, o lo que podía de los mismos sin descuidar el suyo propio. Los pistoleros habían llamado su atención, pero no consideró mayores problemas en su entrenamiento. Uno de los dos mostraba muchísima más habilidad con las armas de fuego que el otro, pero eso podría ser falta de un entrenamiento que, en esencia, debía arreglar por su cuenta, y se debía solventar con una munición algo más especial que afortunadamente ya poseía.

Shin, por su parte, dedicaba sus esfuerzos y entrenamientos de una forma mucho más controlada, y sabe que en el fondo, incluso si estuviese cometiendo algún error que en su mundana visión pudiese ver en él, no podría llegar a decirle nada al respecto, por lo que no centró más allá del mínimo en sus rápidos ejercicios.

En cambio...sí que hubo alguien quien cambió por completo. Nyra comenzó a utilizar un estilo de combate algo diferente, lejos del camino de la katana, usando un arma ligera, de mayor rango y tamaño, y con una maestría mayor a la que poseía con el filo de la espada. Estaba sorprendido; tenía talento, o quizás muchísimo esfuerzo construido a sus espaldas, pero lo supo ver reflejado en sus movimientos. Aquello le hizo ver una idea, algo en lo que su tiempo debía invertir gracias a sus conocimientos, y fue a expresarle su idea...antes de ser interrumpido en el acto, camino hacia ella.

— Distinguidas damas y honorables caballeros, su señoría el Ilustrísimo Chevalier de la Salle de Bal de la ciudad los invita cordialmente a asistir a su mascarade.

"¡¿Mascarade?!" Su sentido de la alta sociedad golpeó su estomago con más fuerza que una gota de Uchimizu. Aquello  había atacado sus muros con una roca impulsada en una catapulta, y sin convertirse en un asedio, comenzó a trabajar en ideas y pensamientos.

Shin le ofreció una mirada, y la misma cargaba con más palabras de las que podría expresar en varios minutos, una conexión que llevaba sin sentir desde hacía más tiempo del que sentía poder recordar. Kael se la devolvió, entendiendo cada una de sus emociones escondidas.

 ―¡¡Kael!!―Su rostro evidenciaba sus emociones. Nyra estaba nerviosa, contenta, emocionada...parecía no entender el peso ni significado de una invitación tan formal para unos miembros de la Marina. Kael soltó un suspiro.―¡necesitamos un coche de caballos para llegar hasta allí! ¡Dos distinguidas damas no podemos ir con tacones y elegantes vestidos andando hasta allí! ¡Se nos van a estropear! ¡Tú te encargas! ¡Muchas graaaciaaaas~! ¡Ya entrenamos mañana, Shiiin~!

El tiempo cayó sobre sus hombros. A pleno comienzo de la mañana debía actuar con presteza, y por suerte, su salvación estuvo en el abandono de las chicas del entrenamiento, algo que le permitiría hacer lo propio sin perder ni un solo segundo.

―Trataré de gestionarlo, no te preocupes. 

Por supuesto, aquella era una pésima idea, y tenía que buscar la forma de solventar los distinguidos problemas que su división ofrece ante una invitación de tales magnitudes. 

Shin parece que le había leído la mente.

—Te encargo lo que te pidió Nyri, Kael. Yo me iré a pasear un rato, llegaré ahí por mis propios medios, no se preocupen.

―Me encargaré. A todas luces lo haré, pero tengo que darme prisa. Hay algo que debo hacer antes.―Miró a su compañero, al que ese día le reflejaba más un color castaño en su cabello.―¿Te importaría llamarme cuando sepas que estáis los tres a no mucho de estar listo para partir? Llegaré con el tiempo justo. 
 
Tomaría las cosas que se habían quedado en la sala de entrenamiento, y saldría directo con paso ligero, consciente de lo mucho que debe trabajar antes de la hora designada. Si esa hoja y esa tinta eran tan excesivamente costosos por sí solos, no podía reparar en gastos.

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Previamente, Kael ha estado aquí

ost


Si había algo que jamás se podía permitir, que tenía grabado en su ser completamente a fuego, era la puntualidad. El de cabello azabache sabía lo que era llegar tarde, porque el albino tenía una tendencia a llegar mucho más temprano que el resto, aunque no se le viera incluso pasada la hora acordada en el punto de encuentro. Él gestionaba cada minuto como si valiera más que una joya preciosa. Sus minutos eran diamantes, y con una puntualidad medida, otorgaba a los segundos del resto un valor similar al del oro, siempre manteniendo la fina línea entre los cinco minutos de cortesía para el resto, y los diez minutos previos a la hora con tal de mantener las correctas formas que había aprendido desde su tierna niñez.

En su vuelta del exterior de la ciudad trajo consigo el carruaje hasta la puerta del G-39. Él, por suerte y por costumbre, solía prepararse para cualquier posible imprevisto, y con conocimiento de causa, tenía memorizado el lugar donde tuvo la capacidad de alquilar por un día aquel vehículo a un precio más económico de lo que cabría haber esperado, así cómo un lugar donde poder cambiarse tras un baño de lo más pulcro, mucho mayor que el que podría haberse dado en la base militar. Negociaciones hicieron falta, sutiles como su forma de ser en solitario, pero precisas como un experto comprador de pocas palabras. Es por eso que el vehículo portaba la elegancia de la noche a pesar de las horas, cumpliendo con los colores de su atuendo, y permitiendo al resto asistir sin caminar en lo que esperaba fueran muy elegantes trajes y vestidos. 

carruaje


Del interior salió él mismo, como un anfitrión en invitación para que sus compañeros se adentrasen en su humilde morada móvil. Acostumbrados a la rectitud de Kael, aquel momento solo realzaba aún más lo que ellos ya podían intuir de él. Había abandonado su sobriedad militar habitual en pos de una elegancia oscura en un traje que gritaba estar hecho a medida, vistiendo un traje de impecable confección en tonos negros y carbón profundo, como si la noche misma hubiese sido tejida sobre su cuerpo, algo que no entonaba con la poca capacidad de preparación que habían tenido para aquel evento.

La larga chaqueta estaba adornada con discretos bordados dorados que recorrían solapas y costuras como delicados trazos de tinta antigua, algo similar a la calidad usada para la escritura de la carta entregada, pero con un uso mucho más considerado. Bajo esta, un chaleco de intrincados patrones oscuros reforzaba aquella sofisticación silenciosa, acompañado por una camisa negra y una corbata anudada con una pulcritud enfermiza, incapaz de tolerar ni la más mínima arruga ni desorden si buscaba ser excelsa y perfecta.

Los guantes oscuros estaban confeccionados con cuero de cuervo negro de Matsuri, ocultando sus manos casi por completo en un abrazo preciso, ajustados hasta más allá de sus muñecas, desapareciendo bajo las mangas de su misma chaqueta.

Su preparación, pulcritud y elegancia habían sido llevadas al límite, pudiendo recordar así, tras tantos años, lo que era sentirse en la alta mesa de la sociedad. ¿Y la razón? Son demasiadas para expresarlas sin perderse en la exactitud de los detalles, pero como siempre, se pueden resumir en tan sólo un único argumento que parecía grabado en los diccionarios con su rostro como ejemplo visual: Su capacidad de planificación estaba a otro nivel.

traje de Kael


Lástima, claro está, que no hubiese pensado en el resto de sus compañeros durante aquellos días previos en la ciudad para lo mismo.

Un detalle era presente, notorio para aquellos con atención a los detalles: Kael no portaba ningún aroma. La colonia parecía haber sido olvidada, y tan solo el olor del jabón más neutro podría llegar a aquel con el olfato más refinado, o el que estuviese más cerca de su compañero.


―Debo admitir que, cuando hablaste del carruaje, pensé que exagerabas. Ahora comprendo que habría sido un crimen permitir que una dama como tú llegase a pie.―Comentó con una muy trabajada sonrisa en su rostro, demasiado natural, abriendo la puerta del carruaje, y extendiendo su zurda en dirección a Kuroshiro, ofreciéndole un apoyo para subir al carruaje con mayor facilidad, como todo caballero haría. Tan solo realizaría lo propio con Hae-won si su compañero St. George no le daba la más mínima pista sobre si haría lo mismo, cosa que por supuesto no esperaba de él.―Veo que el mayor problema de esta noche será que los invitados compitan con vosotros dos. Sabéis como brillar sin tan siquiera intentarlo.   


Fue el último en acceder, una vez el resto ya hubiese tomado su asiento cómodamente. En el interior del vehículo, dió un pequeño toque con los nudillos en la ventanilla que daba hacia el cochero, dando la señal listos para partir, y preparados para lo que estuviese por venir...o no.

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El carruaje llegó con calma, deteniendo su avance cerca de la entrada principal al evento mientras algunos invitados se colocaban frente a la puerta. A diferencia de la vez anterior, esta vez fue el cochero quién abrió la puerta de los invitados, permitiéndose así un pequeño gesto para recoger algunas monedas que, por supuesto, Kael entregó discretamente tras bajar en último lugar, recibiendo la gratitud en forma de sonrisa complacida del hombre, mientras en la distancia, observa a su vistoso amigo acercándose hacia ellos.  

Shin...parecía dispuesto a opacar los colores de la pareja de la setenta y cinco, algo que el azabache esperaba hubiese sido pura coincidencia.

—Síganme el juego.

Parecía que había ideado un plan, y decidió seguirle la corriente. Quizás él conocía mejor los protocolos, pero debían mantener las apariencias que, por supuesto, todo el mundo habría tenido a bien saber si habían leído el periódico del día anterior. Puede intuir como su mejor amigo busca evitar la luz de los focos, pero aquello había dejado de ser una opción mucho antes de comenzar.

Por supuesto, Kael no perdió el tiempo, ni siquiera a la espera de ser recibidos en la entrada. Sacó del interior de la chaqueta un pequeño frasco, un perfume que llevaba escondido en un tamaño extremadamente pequeño, y que comenzó a colocar sobre sus puntos cardinales poco a poco, sutilmente, mientras esperaba a que todo el proceso para entrar acabase.

Había elegido el Aleigram Nosiam, un perfume amaderado con toques sutiles a licor y tabaco, nada invasivo, y que aún así le permitía permanecer en la memoria de quien lograse acercarse lo suficiente. Aquel olor tan representativo y discreto a partes iguales se había vuelto uno de sus favoritos, pues en contacto con la tela de su traje, no solo eliminaba el aroma exagerado del perfume de Hae-won, sino que además, usaba el mismo para mezclar su vainilla impregnada en él durante el viaje como un aditivo, creando un aroma único y distinto, muy bien analizado desde antes de adentrase en Grand Line.

Quizás no destacasen por encima del resto, aquellos señores más ostentosos con sus acompañantes tan pomposas como para perder la vista en las mismas, pero desde luego, aquel que lleva toda su vida tratando de ser uno más entre ellos, había conseguido el mejor resultado dentro de sus reducidas capacidades.

Al final, tanto el arte de la moda como los conocimientos de un mercader son determinantes a la hora de conseguir la mejor de las apariencias.

Elegancia calculada
#5


La expectación estaba servida en aquel baile de gala. Los carruajes se sucedían unos tras otros, bajo el abrazo de un sol que todavía estaba lejos de abandonar la avenida. La vocecita de Kuroshiro se había sumado al murmullo creciente de las calles que se filtraba por la ventanilla y no pude evitar que arrancara en mí una suave sonrisa. Durante aquel viaje, fui incapaz de apartar la vista del exterior. Nos envolvía un aire de ensueño, propio de las novelas que versaban sobre la realeza. Creo que todos nos sentíamos un poco así: príncipes y princesas dueños de una vida sosegada, en las que las intrigas palaciegas no tenían cabida, porque solo había espacio para las hadas madrinas, los zapatitos de cristales perdidos o los besos de amor verdadero. Todos, menos Hasegawa. Su ausencia en el carruaje era el recordatorio de que a medianoche, el hechizo retornaría nuestro transporte en calabaza.

Para cuando el carruaje se detuvo, nuestro capitán ya aguardaba allí, maestro de ceremonias en un traje que destacaba el resplandor que siempre irradiaba. Incluso alguien como él, burlón en ocasiones y demasiado reservado en otras, debió verse embriagado por la escena que nos envolvía. Su mirada se perdió por unos instantes en el atuendo de Kuroshiro. Había visto suficientes expresiones embelesadas como para saber que la presencia de Kuroshiro había logrado remover algo en el interior de Hasegawa.

«¿Qué pensaría Omuyaga de ello?»

El colorido de trajes y vestidos pintaba las calles adoquinadas de un nuevo color que iba más allá de los floridos parterres. Los nuestros deberían haber sido tan solo otra simple pincelada. Sin embargo, fui consciente de la cantidad de miradas que recayeron directas sobre nosotros. No habría sido de extrañar que alguno de los murmullos se cuestionase la identidad que habitaba bajo nuestras máscaras. Si yo hubiera estado al otro lado, también nos habría mirado. Todos mis compañeros padecían de una belleza sin igual. Aunque para mí, la estrella era sin duda alguna Hae-won.

Extendí la mano hacia mi pareja para ayudarla a bajar del carruaje. La sonrisa, taimada hasta aquel instante, se increcento en una mueca de lo que muchos catalogarían como bobo enamorado. Estaba preciosa, ataviada con un vestido marfil dorado que caía vaporoso sobre su figura, dotándola de aquel aire celestial que siempre me había hipnotizado. El escote drapeado le aportaba un toque de elegancia clásica. Habría deseado que esa fiesta no nos supusiera un problema para bailar con ella durante toda la noche.

La realidad, sin embargo, estaba lejos de ser ese cuento de hadas que tanto soñábamos.

Pero para saber cómo habíamos llegado hasta allí, tenemos que remontarnos a unas seis horas antes, alrededor de las once menos cuarto de la mañana.

***

Unas horas antes…

Tras el reciente ascenso de Hasegawa como nuestro capitán, por fin habíamos acordado nuestro primer entrenamiento en conjunto. Algo que consideraba absolutamente necesario. Kutsukku había marcado un antes y un después en nuestras vidas y creo que todavía quedaban demasiados de esos elefantes azules en la habitación, ignorados en pos de readaptarnos a un nuevo entorno y rutina.

Aquel día iba a ser la mañana perfecta para que todos pudiéramos conocer las habilidades de nuestros compañeros. Nos ayudaría que Hasegawa elaborase instrucciones de formación en combate. Poco podíamos imaginar que la actividad se vería truncada por la presencia de hombres uniformados y la invitación a participar en un evento de los más cotizados por la alta sociedad.

Acepté el sobre que aquel hombre tan peculiar me ofrecía. Sonreí, asentí cordialmente y dediqué un breve gracias, antes de que la comitiva se diera media vuelta y Kuroshiro comenzase a revolotear a mi alrededor como una niña pequeña.

—Ya voy, ya voy —reí, antes de comenzar a recitar el contenido del sobre.

Por un instante, todo se convirtió en puro caos, emoción y grititos que se esfumaron tan pronto Kuroshiro arrastró consigo a Hae-won. Le ofrecí entonces la invitación a Hasegawa.

—¡Felicidades, Georgy! Le gustaste al tontatta con gigantismo.
—Yo le gustó a todo el mundo, capitán —respondí con calma y un guiño descarado.

Incluso si los tres éramos conscientes de que probablemente no habría espacio para bromas esa noche, tal y como nuestro capitán indicó poco después. Me limité a asentir.

—Tal vez podríamos elaborar una estrategia para anticiparnos a distintas posibilidades —sugerí. Después miré a Omuyaga—. ¿Te importaría si antes de partir te dejo mi arma y municiones para que las guardes en tu fortaleza?

Al contrario de muchos de los allí presentes, mi salud era una mierda. Sin mi pistola reglamentaria ni mis municiones, estaba perdido en caso de conflicto. Ese día no era uno de los especialmente malos. No me había levantado mareado, aunque el viento de levante traía consigo cierta humedad que despertaba pequeñas punzadas en mi cabeza. Al menos, eran soportables.

Tras la despedida, me dirigí a asearme antes de salir de compras. Elegí para ello un conjunto arreglado, ya que sabía que pasearía por la avenida principal, pero no excesivamente llamativo. Para ser honesto, ya era bastante consciente de que incluso vestido con la ropa más harapienta de todas, solía despertar el interés de la gente. Stanford siempre decía que mi cara bonita no era una que pudiera pasar desapercibida. Cuando trabajaba en su posada, ayudaba bastante a atraer nueva clientela.

Los años trabajando para la familia Nikolayev e incluso, para que negarlo, el bastardo de Pulmones Negros me habían dotado además de la capacidad para mimetizarme con los entornos de alta cuna. St. George era el perfecto galán de cine, que de bueno y educado solía conseguir un par de lenguas sueltas. Solo tenía que escuchar, sonreír, hacer las preguntas correctas y cuando el entorno era lo bastante distendido, aprovechar para recoger el cebo.

Aproveché mientras la amable mujer —entrada en años y de sonrisa tan bonachona como vivaracha— me tomaba las medidas del traje para intentar recavar algo de información sobre el baile.

—Debe de estar agotada —sonreí con dulzura—. Con todo el asunto del baile de la mascarada, debe haber acudido muchísima gente a solicitar sus servicios.

Permití que la mujer se desquitase y contase todo lo que quisiera. Para el traje, me ofreció varias opciones que encajaban con mi talla de los que ya tenía confeccionado. Quedé especialmente deslumbrado por una túnica larga y fluida en tonos marfil y oro viejo, confeccionada con telas ligeras. Sobre la base clara destacaba una filigrana dorada. Una punzada se me cogió en la boca del estómago, porque aquel traje era perfecto… Tanto que Pulmones Negros lo habría elegido sin dudar para exhibirme como la joya de su corona. No me importó. La llave que pendía sobre mi pecho era el recuerdo de que las decisiones ahora solo me pertenecían a mí.

Salí de la tienda con el traje perfectamente guardado en su bolsa y saqué a Rigoberto, mi den den Mushi, para pedirle llamar a Hae-won.

—Ángel, espero que la ropa que elijas sea en tonos blancos y dorados para ir conjuntados. Saludos a Nyra. Os veo luego.

Todavía era temprano para vestirme, así que aproveché para pasear y dirigirme a una de las cafeterías que había al final de la avenida. Allí, un café y un periódico eran la excusa perfecta para tratar de escuchar alguna conversación de interés y, de paso, ponerme al día con las noticias. No me sorprendió encontrar el rostro de Yuuki entre los carteles de Se busca. Di un pequeño sorbo a la taza. Con él, me tragué la bilis ante esa mención a revolucionarios como si ellos hubieran sido los culpables de lo ocurrido en Kutsukku. No había una sola mención a los uniformes de Marines que portaban los auténticos responsables.

En fin, cuando pasó un tiempo prudencial, di por concluida mi labor de recabar información. Guardé el periódico, pagué y me dirigí a las instalaciones para comenzar con los preparativos.

A las tres del mediodía ya estaba empezando a arreglarme y a las cuatro y media estaba más que listo para reunirme con mis compañeras. Una sonrisa de oreja a oreja me iluminó el rostro al ver que Hae-won había accedido a conjuntarse con mi traje. La habría besado allí mismo, de no ser porque no quería incomodar a Kuroshiro, la cual también estaba espectacular. Y Omuyaga, como comprobaría pronto al detenerse el carruaje e invitarnos a subir. Él le ofreció su mano a Nyra y yo hice lo propio con mi pareja.

Y así es cómo llegamos a la fiesta…

***

De vuelta a la fiesta…

Puede que no necesite abuela, pero me atrevería a decir que todas las miradas recaían sobre nuestra división. De existir una de esas categorías de reyes y reinas del baile, probablemente se hubiera disputado entre nosotros.

—Síganme el juego —dijo Hasegawa.

No rebatí. Lo que tuviera que comunicarle lo haría una vez dentro, cuando estuviéramos más integrados entre la multitud. Me limité a asentir. Sobre mi rostro ya se hallaba el antifaz dorado, de intrincadas ramificaciones que aportaba a mi imagen fantasía, como uno de esos altos faes tan de moda en las novelas actuales.

La fiesta estaba a punto de comenzar.

Vestimenta


Pesquisas del alto fae
#6
El entusiasmo de las personas ante la idea de nuevas aventuras puede ser abrumador. Mi estimado lector: esto es una locura en sí misma. Lo más divertido de todo aquello es que, independientemente de la desconfianza que gobierna su mente en situaciones donde reina la sospecha y el peso de la incertidumbre parece entretejer un entramado de ideas poco alentadoras, hay siempre un alma risueña capaz de divertir a las personas más amargadas con el fin de traer un par de risas.

Nyra, para Hae-won, es ese tipo de persona: alegre y risueña, capaz de mantenerse dentro de los ideales aún si eso la lleva a realizar acciones altamente contradictorias y malinterpretables. Es la emoción de sentirse una princesa de cuento lo que la obliga a mirarla. Hae-won podría sentirse de igual manera: una princesa en medio de un cuento de hadas, sin embargo, esta vez optaría por adoptar el papel de princesa guerrera, como esos personajes de cuento que siempre leía en sus ratos libres y que ahora descansan en altamar, junto al Tempestad y sus secretos.

No pasaron desapercibidas para Hae-won las miradas aceradas y las palabras no dichas de su actual capitán de división: algo huele raro allí. Ella piensa exactamente igual. Como una dama que pone la desconfianza delante ante ciertas situaciones, no puede negar que esa vocecilla de la que a veces reniega parece susurrarle al oído que las cosas no son tan glamorosas y que no todo lo que brilla es oro. Aún así, conoce lo suficiente de riquezas gracias a las instrucciones comerciales de sus progenitores, y sabe a ciencia cierta que el evento al que irán exige una altura, un caché, un comportamiento y un trato.

Sin embargo, le parece una falta total de respeto que no se haya entregado la invitación al capitán de la división. Eso activa una alarma seria: el anfitrión no ha leído los periódicos ni está enterado de las noticias más recientes. La conclusión para alguien que tiene el pensamiento a mil casi todo el tiempo, es que esta situación no augura nada bueno. El hecho de que no pueda llevar a Panaberto, su pequeño Den Den, al interior de la fiesta… tampoco le hace gracia.

Hae-won odia las cosas complicadas, pero tener a una señorita Kuroshiro capaz de arrastrarla por tiendas y restaurantes para analizar comportamientos, y un Dimitri que le sugiere una combinación que le permite descartar las muchas opciones barajadas en la mente, hace que todo sea más sencillo. ¡Debe admitir que las ideas de Nyra pueden ser descabelladas en muchos sentidos! Mira que tratar de engatusar —aunque se nota a leguas que no es realmente su intención— a un camarero para poder recibir instrucción acerca de modales en la mesa es arriesgado, pero funcional y altamente útil.

Choi puede dar testimonio de la cantidad de carcajadas que se tuvo que contener durante todo el proceso de preparación para la fiesta. El brillo en los ojos de su compañera es ligeramente contagioso. Toma la actitud con cautela, pensando que, por una vez, no estaría mal presumir algo de la belleza limitada que tiene sobre sí misma.

Al ponerse el vestido, se siente una con el dorado y el marfil que destacan el brillo de sus ojos. El maquillaje suave y las uñas preparadas también le confieren ese toque de clase que tanto quiere reflejar. Dicen que la mejor forma de pasar desapercibido, para alguien que está obligado a brillar por los códigos de etiqueta, es ser una de las estrellas más brillantes del cielo que se abre en ese momento. Ella tiene que ser Hae-won en ese baile, no la soldado Choi que forma parte de la división setenta y cinco.

Aún así, sabe que el aroma natural de la vainilla, adherido a su piel por defecto, no la abandona. No se molesta en cambiar el perfume a la hora de buscar otra fragancia, porque ese no deja de gustarle.

Admira las preparaciones de Omuyaga, y el carruaje elegante que los transportaría a destino realza la elegancia que buscan mantener. Al igual que Nyra, Kael sabe cómo destacar sus virtudes a la hora de elegir un atuendo. Sin embargo, su atención real está puesta en quien sería su escolta y pareja aquella noche. La sonrisa que le regala está cargada de ese cariño que le tiene y no ha dejado de crecer desde que oficializaron su relación. Llevan un mes juntos, algo que ella no deja de agradecer cada vez que lo ve.

Cuando toma su mano para subir al carruaje, presiona con un poquito más de fuerza los dedos ajenos. Cómoda dentro del transporte, parte a destino junto a sus compañeros a la hora acordada. Por supuesto, Panaberto está asegurado en un pequeño bolso de mano que lleva como accesorio para transportarlo.

***

Antes de bajar, se asegura de acomodar un mechón de su cabello tras la oreja con el fin de retocar un par de mechones que hayan salido de su lugar. Ayudada por Dimitri para bajar, puede sentir cómo las miradas se dirigen hacia ellos. Es la perfecta fachada para personas como ellos. Su porte, la espalda erguida y el sostenerse del brazo de su pareja le permiten mantener la clase y el estilo. Su vestido, vaporoso y delicado, va a juego con las joyas que adornan sus muñecas y los bellos zapatos de taco medio que decidió llevar con el fin de realzar un poquito su altura. Al lado del resto de sus acompañantes, se nota la diferencia.

Aún así, haría uso y gracia de sus virtudes. La máscara que adorna sus facciones, de hermoso diseño, le aporta la seguridad necesaria para lidiar con la presión de las personas que puedan observarla.

Caminando con su pareja en dirección a Hasegawa, y sin hacer mención de palabra, ella solo se mantiene quieta, observando de reojo a sus compañeros para dibujar una sonrisa al admirarlos. Agradece el tiempo que ha pasado con Nyra para prepararse para este momento. Espera que el baile sea divertido en el tiempo que logren disfrutarlo, antes de que alguna alarma se levante o el brillo de las estrellas muestre qué tan cercanas están de estallar.

Seguirle el juego a Shin es bastante sencillo. Se nota que tiene conocimiento de tratos nobles y toda esa clara parafernalia de la que muchos se jactan y pocos desean despegarse. Observa a su alrededor con cuidado; busca captar alguna palabra de interés de la que tirar con su oído privilegiado, a la espera de comentarios variados y, para qué negarlo, chismes también.

Por ahora, se limitaría a observar, con el peso de un pasado colgado de su cuello, oculto entre ropajes para evitar desentonar con sus atavíos de princesa guerrera.

Las crónicas de la princesa guerrera
#7
A lo largo de la tarde....

NYRA Y CHOI HAE-WON


La lectura en alto de la invitación a la fiesta convirtió a Nyra en un torbellino de emoción que habría hecho temblar a cualquier navegante por más experimentado que fuese. Agarrando de la mano a su compañera de División, ambas jóvenes se lanzaron a recorrer cada establecimiento de la Gran Avenida de la ciudad de Ran, comparando los diversos vestidos que muchas de las tiendas procuraban destacar en sus escaparates, pero nada parecía ser exactamente lo que buscaban. Al fin y al cabo, aquella era una ocasión muy, pero que muy especial, y las marines sabían que debían lucir atuendos con una elegancia acorde al lugar al que habían sido invitadas.

Finalmente, una de las tiendas llamó profundamente su atención. El establecimiento no era tan ostentoso como otros de la avenida principal, pero tampoco lo necesitaba. La madera dorada que componía tanto el escaparate como el interior de la tienda, y la a todas luces costosa y exquisitamente integrada moqueta de un tono verde esmeralda daban al local un aire de nobleza y elegancia  sutil pero imposible de ignorar. Como colofón, los vestidos que lucía en su escaparate eran de una factura a todas luces excelente, y las sedas, los satenes y los engarces con hilo de oro y plata brillaban bajo las luces estratégicamente colocadas para hacer soltar destellos a las prendas fuese cual fuese el ángulo, en el que uno mirase al cristal. En la zona superior, inscrito en letras de la misma madera dorada, podía leerse el nombre del local: AMANCIUS ORTIGA. Convencidas de que habían encontrado el lugar correcto, Choi y Nyra accedieron al interior.

Tienda de Amancius Ortiga


Nada más cruzar la puerta, un suave tintineo procedente de una campanilla plateada en lo alto de la puerta anunció su presencia. El local estaba impecabilísimo, ni una sola mota de polvo entorpecía los rayos de luz que iluminaban los maniquíes distribuidos por la estancia, y un suave perfume ambientador con olor a sándalo flotaba en el ambiente.

Apenas unos instantes tras el sonido de la campanilla, una mujer salió de lo que parecía ser la trastienda. No parecía demasiado mayor, como mucho rondando los cincuenta, vestida con un traje de chaqueta con el que perfectamente podría haber nacido de lo bien ajustado que le quedaba, combinado con unas gafas cuadradas de montura de hierro sujetas con una cadena de oro, gafas que bajó levemente para contemplar a las dos marines por encima de los cristales.

— Vaya vaya vaya, que tenemos aquí… Dos jóvenes de la Marina en mi local. Esto es bastante inusual, aunque sois bonitas, y tenéis una buena figura, así que seguro que buscáis algo para haceros lucir como es debido. Decidme en que puedo ayud…

Las palabras de la mujer murieron en su boca cuando sus ojos se fijaron en la cola de Nyra, la cual al humink seguía moviendo de lado a lado presa de la emoción. Arqueando una ceja, la mujer recompuso su expresión de profesionalidad y, carraspeando levemente para aclarar su tono de voz, continuó hablando.

— Esto si que es una novedad, no solemos tener a gente como tú por aquí , jovencita. En la mayoría de los establecimientos de esta avenida te mandarían directamente a paseo, pues no se arriesgarían a modificar un vestido ya diseñado para adaptarlo a tu…  fisonomía particular. No obstante, en las tiendas del Imperio de Amancius Ortiga vestimos a todo el mundo sea un gigante, un gyojin ballena o un Tontatta. Todos tienen el derecho a vestir bien, siempre que paguen el precio, claro está. Por favor, acompañadme a los estrados, podréis decirme exactamente qué es lo que necesitáis mientras os tomo las medidas.

La siguiente hora se resumió en una larga conversación, aunque la mayor parte de esta fue un bombardeo constante de cotorreo por parte de una emocionada Nyra, la cual no dejaba de hacer preguntas acerca de la alta sociedad de la isla de Matsuri, así como de dar detalles profusamente exactos acerca de cómo quería que fuese su vestido. Choi, bastante más calmada, pero aún así en su fuero interno contagiada por la sincera emoción de su compañera de División, se limitó a indicarle los colores que Dimitri le había propuesto, a lo que la mujer sonrió levemente, dándose perfecta cuenta de lo que ambas necesitaban.

Mientras les tomaba las medidas del pecho la cintura y la cadera, así como de la longitud de sus piernas y de la distancia entre el hombro y el codo, la mujer fue colocandoles pequeñas tiras de papel sobre el uniforme, sujetas con alfileres con puntas de ámbar, las cuales dijo le servirían después para ajustar las telas de los vestidos.

— ¡Así que os han invitado a la fiesta de Le Chevalier! Debéis de conocer a alguien muy influyente, jovencitas. La mitad de los potentados de la isla llevan semanas casi sin pegar ojo aguardando a que el chambelán les entregase un sobre dorado, ¡y no es para menos! Las fiestas de Le Chevalier son famosas en toda esa parte del Grand Line. La comida es exquisita, los vinos provienen de todas las partes del mundo, y los fuegos artificiales son tan espectaculares que más de un envidioso ha acusado a Le Chevalier de contratar a un usuario de Akuma no Mi.

La mujer recogió con una sacudida la cinta métrica, la cual se enrolló sobre su antebrazo casi como si tuviese vida propia, antes de dirigirse a la parte trasera de la tienda.

—  Perfecto hermosuras, ya tengo todo lo que necesito. Tenéis bombones en la caja del mostrador, podéis comeros un par hasta que termine!

Tras un tiempo asombrosamente corto, la mujer regresó con dos paquetes de papel de seda de color azul, que desenvolvió para mostrar las prendas que ocultaban.

Uno de los vestidos era una ligero diseño de un color dorado pálido, parecido a la luz de una vela vista a través de un cristal. El corte era clásico, con un punto discreto, aunque la cinta en color oro con encajes que ceñía la cintura del vestido para resaltar la figura daba un toque de distinción que no rompía con la elegancia del conjunto.

El otro vestido era un conjunto de color blanco con detalles en azul medanoche, con un escote bajo que dejaba los hombros y la espalda alta al descubierto, en conjunto con unas medias mangas vaporosas que aportaban su propia elegancia al vestido. Pequeños detalles en hilo de oro arrancaban destellos cuando la tela se movía, dando la impresión de estar envuelto en estrellas titilantes. Además, un detalle a la altura de la cintura baja hacía notar que la reputación de las tiendas de Amancio Ortiga era cierta: Un cuadrado de tela removible permitía que la cola de un mink (o una humink en este caso) pudiese salir al exterior sin mayores incomodidades.

— Bueno, para ser un trabajo que me ha pillado de sopetón, no ha estado del todo mal. Os aconsejo que os preapréis para acaparar un buen puñado de miradas en la fiesta jovencitas. Estoy segura que ambas para el momento en el que inicie el baile tendréis una larga lista de peticiones que satisfacer. Disfrutad de la fiesta, mis hijos y yo estaremos en las lomas de fuera de la finca con otros muchos ciudadanos para ver los fuegos artificiales.

Volviendo a guardar los vestidos en sus envoltorios protectores, la mujer hizo un gesto con el dedo, y tras agacharse para rebuscar bajo el mostrador, les alargó tres cajas.

— Los zapatos os los regalo, y también las máscaras. Os van a juego, y creo que las necesitaréis. Los vestidos serían 8.000 berries en total, pero os los dejo en 6.000 si cuando os pregunten dónde os han vestido, me los mandáis aquí.

Nyra y Choi pagaron lo estipulado por la dependienta, antes de despedirse con una sonrisa y dirigirse de nuevo hacia la calle, con la sensación e que aquella noche iba a ser del todo memorable.



SHIN HASEGAWA

Tras escuchar la invitación a la fiesta de Le Chevalier, Shin se dispuso a darse un paseo por los alrededores, con una doble intención: explorar un poco el lugar dónde se iba a celebrar la fiesta, y adquirir algo de ropa decente para la ocasión.

Lo primero tenía fácil solución: las tiendas de la Gran Avenida de Ran estaban excepcionalmente bien provistas para ocasiones como aquella. El marine paseo distraídamente ojeando los escaparates, escuchando de vez en cuando como una voz aguda que podía identificar perfectamente como su compañera Nyra exclamaba de alegría al encontrar un nuevo candidato a su vestido para aquella noche.

No obstante, aún a pesar de estar simplemente tratando de encontrar algo decente para no quedar mal, los pasos de Shin se detuvieron en una de las tiendas, donde un escaparate lucía un conjunto en negro y dorado. Algo que habría resultado ostentoso, casi extravagante en cualquier otro individuo, pero que resultó adecuarse a las mil maravillas a su propia estructura física. El dueño del establecimiento, un hombre ataviado con un chaqué de color burdeos y un bigote tan encerado que Shin creía que podría clavar un papel en él, aplaudió discretamente cuando el marine acabó de ajustarse la chaqueta y se miró al espejo.

— Oh mi buen señor, desde luego está hecho usted un auténtico galán! Ignoro quién será la dama a la que pretende conquistar, pero desde luego le puedo asegurar que caerá rendida ante sus encantos esta noche.

Ante la mención de Shin de que estaba invitado a la fiesta de Le Chevalier, el hombre abrió los ojos aún más, acariciándose el bigote.

— Vaya, así que es un invitado a la fiesta de Le Chevalier, ya me parecía a mi que tenía usted cara de caballero distinguido. En ese caso, mi buen señor, necesitará una máscara para la fiesta. A buen seguro no querrá ser el único de allí que vaya sin ella.

El hombre se agachó en un cajón, extrayendo una bandeja con múltiples máscaras expuestas.

— Si me permite el consejo, olvídese de las máscaras completas, esos armatostes de demonio ni siquiera permiten besar a una dama como es debido. También he de decir que últimamente las máscaras de mano están de moda pero para mi son una auténtica estupidez si me lo pregunta. es decir, quién demonios querría estar toda la noche sujetando una máscara delante de su rostros? Yo le recomiendo esta.

El hombre mostró a Shin una máscara dorada de bordes angulosos e irregulares, que se anudaba detrás de la cabeza con un cordón de seda blanca.

— Le cubrirá los ojos, la frente y el puente de la nariz. El material es transpirable y le aseguro que ni siquiera notará que la lleva puesta.

Tras colocar la máscara sobre el resto de prendas que Shin había adquirido, el dependiente hizo una rápida suma ayudándose de una láìz que extrajo del bolsillo delantero de su camisa.

— Bien, en total serán 3.000 berries por todo, mi buen señor. Que disfrute mucho de la fiesta.

Tras pagar y despedirse, los pasos del marine se encaminaron hacia la zona de la fiesta, La hacienda de Le Chevalier era un enorme recinto circundado por una valla metálica cubierta de setos de al menos cuatro metros de altura. La superficie interior era imposible de calcular desde dónde estaba Shin, pero a juzgar por la longitud del cercado, al menos debía de haber un espacio interior de varios miles de metros cuadrados. Al acercarse a la puerta del cercado, pudo ver un camino adoquinado que discurría serpenteante hasta una gran mansión a setenta metros de la entrada. El edificio tenía cuatro plantas y dos torres en su fachada norte, dando la impresión de ser más un pequeño palacio que la residencia de un noble. Sin lugar a dudas, a Le Chevalier le iban bien las cosas a nivel económico.

Mansión de Le Chevalier


Preguntando a algunas de las personas con apariencia adinerada que se encontraban paseando por los alrededores, pero su uniforme (pues aún se había cambiado para la fiesta) levantó más desconfianzas y recelos que otra cosa. Las mujeres nobles no se tomaban demasiado bien que un marine indagase en sus asuntos, y Shin fue despachado por la gran mayoría a cajas destempladas.

No obstante, una mujer bastante mayor, sin duda alegre de que un joven atractivo le dedicase unas palabras amables, le indicó que la fiesta había sido grandemente esperada, y que si bien en esta ocasión ella no había sido invitada, si había estado en otras celerbaciones en la masión,

— Los fuegos artificiales son el gran momento de la noche, joven. Le Chevalier da su discurso antes de que empiecen y todos los invitados hacen un brindis con él para que la fortuna les bendiga en esa noche. Oh, si yo te contara la de matrimonios que han surgido entre esos muros… ¡Casi tantos como los que se han roto, tú ya me entiendes!

Con una risa interrumpida por leves ataques de tos, la anciana mujer pellizcó la mejilla de Shin antes de continuar su camino. Satisfecho con la información que acababa de obtener, el marine decidió que ya era momento de vestirse y prepararse para el gran evento.



Kael Omuyaga

El suspiro de Kael fue notorio para cualquiera que estuviese al menos  a diez metros a la redonda de él cuando una emocionadisima Nyra prácticamente le saltó encima para pedirle que tuviese un carruaje dispuesto para aquella noche. a sabiendas que era algo que tendría que hacer si o si, se dirigió al lugar dónde recordaba haber visto varios coches de caballos listos para ser arrendados por quien tuviese el dinero suficiente para permitírselo.

De camino al lugar, el marine aprovechó para ojear los escaparates de la calle, analizando con ojo experto los diferentes trajes que lucían los maniquíes. No tardó en encontrar un establecimiento de paredes de un blanco nacarado, surcado de vetas del color de la tinta, que daban la impresión al entrar de que uno estaba en una caja de mármol.

La dependienta lo atendió con suma finura, captando inmediatamente que su cliente era alguien con ojo experto que sabía lo que buscaba y también distinguir entre una mercancía con sobreprecio y la que valía la cantidad adecuada.

Tras informar a la buena mujer acerca de lo que necesitaba, esta le fue presentando a Kael diversos conjuntos, que el marine de pelo azabache fue clasificando según sus propias preferencias. Finalmente se decidió por un conjunto completamente negro, cuya línea era solamente rota por algunso detalles y adornos en un tono dorado oscuro, que a diferencia de otros trajes de la tienda, no brillaba cuando la luz incidía en él, más bien todo lo contrario, el traje parecía absorber la luz, proporcionando un aura de misterio que Kael aprobó con un leve gesto de la cabeza tras contemplasrse en el espejo.

Tras adquirir una máscara a juego con el traje por consejo de la dependienta cuando ésta se enteró de la razón por la que el marine había visitado su establecimiento,  Kael pagó su compra, la cual ascendió a un total de 2.100 berries, salió de nuevo a la calle y continuó con su camino hacia la zona donde había visto los carruajes. Al llegar, un hombre vestido con una librea de cochero se le acercó.

— Buenas tardes joven, me han dicho que desea alquilar un carruaje. La verdad, llega justo a tiempo, los contratos están volando con motivo de la gran fiesta en la masión de Le Chevalier. Por favor, venga por aquí y le mostrarñe las diversas opciones que tienen. También necesitaré saber para cuantas personas es el carruaje, y por supuesto si pretenden volver acompañados… — añadió dándole un codazo de complicidad en las costillas a Kael.

Tras examinar las opciones disponibles que quedaban aún sin alquilar, el joven marine decidió que por una ocasión, bien valía la pena tirarla casa por la ventana, además de que no quería decepcionar a su ilusionada compañera. El carruaje elegido era suntuoso, de madera oscura con cuatro faroles colgados de cada esquina. Los palafrenes eran tambien de pelaje negro, con arnees provistos de plumas que les conferían una apariencia aún más señorial.

— Una elección excelente, si me permite darle mi opinión, joven. — le dijo el responsable de los carruajes asintiendo con vigorosidad ante la elección de Kael. — Ese coche lo conduce mi sobrino, es un mozo discreto y muy servicial. Les llevará a dónde necesiten y aguardará en su puesto, llueva, nieve o se caiga la Red Line sobre nuestras cabezas. El carruaje les saldrá, teniendo en cuenta la hora a la que acabará la fiesta, por unos 6.000 berries. Y es un precio de amigo, se lo aseguro.

Finalmente, una vez hubo regateado y negociado durante un rato excesivamente largo para su gusto, Kael consiguió reducir la tarifa del carruaje a 4.200 berries, un precio más que asequible por la calidad de la cual iban a disponer. Tras subir al carruaje e indicarle al joven que ocupaba el asiento del cochero la dirección del G-39, se recostó en el interior, planificando cómo podría transcurrir la velada.



Dimitri St. George

Tras haber alargado el sobre hacia su capitán para que le echase un vistazo, Dimitri decidió emprender su propia búsqueda de un atuendo ideal para el evento al que la División 75 había sido invitada. Tras adecentarse con ropas sencillas pero que ocultaban su condición de marine, el joven pelicastaño recorrió las tiendas de la Gran Avenida, hasta dar con una que le gustó, en gran medida porque parecía uno de esos establecimientos que llevaban allí casi tanto tiempo como la proppia ciudad. A buen seguro, sería el lugar adecuado para adquirir aquello que necesitaba.

La dependienta, una mujer bastante mayor le dedicó una esplendorosa sonrisa en cuanto Dimitri cruzó el portal.

— Ohhh buenos días joven. Bienvenido a mi humilde local. Cuéntame lo que necesitas, seguro que podemos encontrar justo lo que buscas.

A medida que la mujer le tomaba las medidas y le presentaba posibles opciones, Dimitri la fue interrogando sutilmente acerca del baile.

— Ohhh si, así es, media ciudad parece haber enloquecido… No es olo por la fiesta en si, sabe? Al fin y al cabo, al interior del recinto de la mansión solo acceden aquellas personas que hayan recibido una invitación, pero en los alrededores siempre se organizan reuniones más o menos espontáneas, especialmente sobre la hora de los fuegos artificiales. Todo el mundo los disfruta, especialmente los más pequeños. Y por alguna razón que se me escapa, todo el mundo acude extremadamente elegante, aunque no tengan invitación. Creo que desde aquella ocasión en la cual el Chevalier en persona salió de la finca para llevar a una joven al interior como su invitada personal, todo el mundo aspira a ser la siguiente sorpresa de la fiesta…

Mientras la mujer continuaba ajustandole el traje, le contó algunos cotilleos sin importancia acerca de personalidades de la isla, aunque hubo otros que Dimitri si retuvo en su memoria, como el hecho de que extrañamente nadie de la familia real había sido invitado a la fiesta, cosa que había resultado en una buena pataleta de su Majestad, así como el hecho de que al parecer Le Chevalier había contratado a más personal del habitual, lo que había sido un soplo de aire fresco para los barrios más humildes de la capital, que estaban en horas bajas por ser invierno y descender la cosecha de flores que suponía el sustento económico principal de Matsuri.

— Oh, y por supuesto necesitarás una máscara. Deberás llevar algo que tape un poco esa cara tan mona, jovencito, o me temo que provocarás un par de duelos de honra cuando la prometida de algún noble te conceda demasiados bailes…

Finalmente, el atuendo por el cual Dimitri se decidió fue una túnica ligera, con un color base blanco marfil y recubierta de detalles dorados., que combinaba perfectamente con la elaborada mácara que la mujer le ofreció.

— Desde luego, atraerás todas las miradas, si señor! Serán 3.000 berries en total.

Dimitri depositó el dinero sobre el mostrador antes de salir de nuevo a la calle. Con bastante tiempo hasta la hora de la fiesta, decidió irse a explorar un poco el centro de la ciudad.

Sus pasos lo llevaron a una concurrida plaza circular, con una preciosa fuente en el medio rodeada de parterres de flores. A la redonda, múltiples cafeterías daban cobijo a clientes vestidos con atuendos de costosa apariencia, los cuales parecían disfrutar de un asueto permanente, pues las horas del día eran más propias del trabajo que del ocio. Convenientemente oculto tras un periódico y con una taza de humeante café en la mano, Dimitri tomó asiento en una de las mesas, aguzando los oídos para captar las conversaciones que iban sucediendo a su alrededor.

En la mesa que estaba a su derecha, dos mujeres de una edad entre los treinta y largos y los cuarenta y pocos comparaban las galas que habían adquirido aquella mañana, sin parar de cotorrear.

— Pues como te iba diciendo, Delia, mi marido ha supervisado el envío de las flores para la fiesta, es la razón por la que hemos obtenido una invitación. Pues al parecer, Le Chevalier ha hecho un pedido especial de amapolas.

— Amapolas? No es época de amapolas…

— Lo sé. No sabes los quebraderos que le ha dado a mi marido conseguirlas. Pero Le Chevalier le dijo que un invitado muy especial tiene una gran afición por las amapolas, y que si o si debían tenerlas. Estaba tan contento cuando mi marido las trajo que le dio una invitación en persona. Te lo puedes creer?

— Oye, y quién es ese invitado?

— No sé mucho de él, pero al parecer está aquí invitado por Le Chevalier en persona y ha tenido algo que ver con los criterios de repartir invitaciones para esta noche. Mi marido dice que las sirvientas se pasan embobadas horas si tienen que hablar con él. No sé a qué se deberá pero desde luego, debe de ser alguien muy particular.

La conversación se debió entonces acerca de qué tipo de tocado deberían llevar esa noche. Dimitri, satisfecho por lo escuchado, se levantó y emprendió el camino de regreso hacia la base G-39, dódne le esperaba el resto de su DIvisión.




Y LLEGADOS A LA FIESTA…





La mansión de Le Chevalier era un auténtico regalo para la vista, sin lugar a dudas. La gigantesca finca, de al menos unos dos mil metros cuadrados, estaba cubierta de una capa de cesped perfectamente cortada de manera uniforme, dando la impresión de ser una alfombra de color verde totalmente uniforme, solamente salpicada de vez en cuanto por árboles de diversas clases, los cuales a su vez parecían podados de manera tan cuidada que los miembros de la División 75 sospecharon que habrían sido cortados empleando una escuadra y un cartabón. El edificio parecía haber sido decorado para la ocasión, pues sus cuatro plantas estaban coronadas de guirnaldas de flores y faroles de luces de diversos colores.

La entrada a la mansión era una caravana de carruajes, lo cual en manos menos capaces habría ocasionado más de un incidente, pero la aparentemente excelente organización de los hombres de Le Chevalier solventaba los problemas casi antes de que surgiesen.

Para cuando el carruaje de los marines llegó a la entrada, el cochero se bajó para abrir la puerta él mismo, saludando con una profunda inclinación a sus ocupantes a medida que estos iban descendiendo por la escalinata de hierro que el mozo había dispuesto a tal efecto.

— Disfruten de la velada, señoritas, caballeros…. El coche estará esperándoles hasta que salgan de la fiesta, no se preocupen. Sea la hora que sea, les llevaré de vuelta a casa.

Con una última filigrana de su sombrero de copa, el joven regresó a su asiento, y tras chasquear un par de veces la lengua, hizo virar a los caballos y condujo el carruaje a un lateral de la mansión, dónde sacó una pipa de entre sus ropas y se recostó contra el carruaje.

La División al completo se dirigió a la puerta, donde una joven con un vesido de color verde inteso les recibió con una sonrisa encandiladora. Tras recoger el sobre que Shin le tendía y examinarlo con atención, se giró para clavar la invitación en un pincho de metal que ya contenía al menos otras dos docenas de sobres.

— Hay algunos invitados que se las pretenden llevar de recuerdo, pero lamentablemente es la única manera de garantizar que nadie pueda colarse en un futuro. Oh, mis disculpas, no me he presentado. Mi nombre es Pia Riscernos, soy el ama de llaves de Le Chevalier. Sed bienvenidos a  esta encantadora velada. Por favor, aquellos de vosotros que llevéis un Den Den Mushi, haced el favor de entregármelo. Tal y como os especificamos en la invitación, Le Chevalier valora mucho su intimidad.

A medida que los marines le iban entregando sus caracoles, Pia los recibía con una sonrisa, dándoles una hoja de lechuga y un suave beso en el caparazón, antes de depositarlos en un gran terrario que había dispuesto a tal efecto tras la verja, donde ya al menos una docena de Den Den Mushi vaguear distraídamente.

— No os preocupéis, os estarán esperando aquí para cuando abandonéis la mansión, los mantendremos bien cuidados, os lo prometo. Ahora, oh dónde los han puesto….?


Pia se palpó los bolsillos hasta que consiguió extraer un pequeño desplegable de color amarillo.

— Bien, a las siete y cuarto serán los fuegos artificiales y el discurso de Le Chevalier. A las ocho empezará el baile. Chicas esto es para vosotras…

La joven entregó a Choi y a Nyra sendos cartoncilos dorados, los cuales estaban ingeniosamente doblados para proteger el interior.

— Son vuestras listas de baile. — continuó Pia mientras entregaba tres lápices plateados a Kael, Dimitri y Shin. — Cuando uno de vosotros quiera bailar con una dama, deberá acercarse a ella y pedirle un baile. Si ella lo considera apropiado, os dejará su lista para que anotéis vuestro nombre en ella. Por el resto, sentíos libres de disfrutar de la fiesta. Las plantas superiores a la primera están vedadas en la mansión, así que os aconsejo que no tratéis de colaros, por mucho que os apetezca “escabulliros” un rato fuera de miradas indiscretas. — dijo mirando con una sonrisa pícara hacia Shin.

Pia se alisó el vestido y chasqueó los dedos hacia otra sirvienta la cual se acercó con una bandeja repleta de copas de fina factura con un líquido color burdeos dentro.

— Y por supuesto, el cóctel de bienvenida! Tomad cada uno solo una copa por favor, sé que está delicioso pero llevar una copa en cada mano no es demasiado decoroso a esta hora de la tarde. Después, todo es posible…

Con esas últimas palabras, Pia se despidió de los marines, lista para atender a la siguiente pareja que estaba entrando por la puerta.

La camarera que les había llevado las bandejas sonrió al grupo.

— Que disfruten de la velada.Mi nombre es Marietta, para servirles en lo que necesiten. Si no saben a dónde ir, está habiendo una cata gastronómica en el salón principal de la mansión. También creo que varios de los asistentes han organizado una pequeña partida de cartas en el salón de billar. Y por supuesto, es una hroa preciosa para recorrer los jardines.

Pia y Marietta

Con una inclinación de cabeza, la sirvienta se adelantó para ofrecer dos copas a los invitados que ya habían entregado sus invitaciones, dejando a los marines de la División 75 con una gran noche por delante. El camino de piedra discurría durante unos sesenta metros más hasta la entrada de la mansión, unas gigantescas puertas dobles de al menos tres metros de ancho y cinco de largo, que dejaban ver un recibidor con varios grupos de personas elegantemente vestidas dentro.

La Caja de Pandora
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#8
¡La salida de chicas con Choi había sido impresionante! ¡Sobre todo cuando encontramos la tienda Amancius Ortiga! ¡¡Los vestidos del escaparate eran tan hermosos! ¡¡¡AAAAH!!!

Aquel era el mejor sitio de todos. No sólo los vestidos eran una belleza y me salían estrellitas de los ojos cada vez que miraba hacia cualquier rincón, ¡sino que los tenían para todas las razas! ¡¡¡AAAAAH!!!

Tuve que controlarme para que el movimiento de mi cola no estorbase mientras me tomaba medidas, y la señora del local fue de lo más amable mientras nos atendía. ¡Hasta nos explicó que toda la ciudad se moría por una invitación! Guaaaaaaaaau, ¡Shin tenía que ser realmente famoso tras lo del periódico para que nos hubieran invitado entonces! ¡Ah, habría fuegos artificiales! ¡Qué bonitoooo! ¡Hacía siglos que no veía unos, y siempre fueron desde demasiado lejos! ¡¡¡AAAAAAH!!!

La dependiente de la tienda era una ARTISTA. ¡No sólo le bastó tomarnos medidas para acertar a la primera con nuestras tallas, sino que nos trajo unos vestidos que combinaban perfectamente con nosotras! ¡Y tan rápido! ¡Apenas me había dado tiempo a comer un único bombón cuando regresó! Y el vestido… el vestido… es… P R E C I O S O. ¡¡Tenía brillitos que eran estrellitas en un cielo nocturno con el movimiento!! ¡¡Y los zapatos!! ¡¿Has visto esos zapatos?! ¡Y la máscara! ME MUERO ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAH!!!

—¡No se preocupe! ¡Vamos a hablar de este sitio a quien nos pregunte! ¡Y si unas damas hablan sobre sus conjuntos, participaré yo misma para decir de dónde ha salido el mío! ¡Muchísima gracias! ¡Ha sido la mejor!

Tras despedirnos amablemente de la mujer y tener los vestidos bien protegidos, invité a Choi a comer a un restaurante cercano. ¡¡Esto había que celebrarlo por todo lo alto!! Feliz como estaba, aproveché para preguntar a un camarero simpatiquísimo qué había que tener tener en cuenta si comíamos en un sitio de tan alto caché, y como el sitio no estaba demasiado lleno, nos explicó con mucha paciencia y amabilidad. Después de todo, la artista de la tela que acabábamos de visitar nos había dicho que había comida allí, ¡no podíamos arriesgarnos a no estar a la altura! Por suerte para ambas, Hae-Won y yo aprendíamos muy, muy deprisa, así que no debería haber problema al respecto.

En cuanto terminamos allí, volvimos de vuelta a la base de la Marina para cambiarnos de ropa y maquillarnos. ¡¡No podía esperar más!!

{ **** }

Por supuesto, propuse a Hae-won de que nos cambiásemos juntas por si teníamos que ayudarnos mutuamente a acomodarnos alguna tela, arreglarnos el cabello o prestarnos algo de maquillaje. Cuando la vi, ¡no pude contenerme! ¡Estaba preciosa! ¡Tenía tantas ganas de ver la cara de Dimitri cuando la viera! ¡¡Le iba a encantar!!

En cuanto estuvimos listas, salimos aparentemente sin prisa, con paso seguro y elegante, y no podía evitar disfrutar por dentro al mirar de reojo cuando nuestros compañeros marines nos miraban al pasar algunos cotilleando por lo bajo, y me pareció escuchar la palabra “invitación”. Increíblemente, los rumores de un grupo de marines invitados pareció haber volado hasta la base, y me preguntaba si nos reconocerían a Hae-won y a mí. Quizás conmigo sería algo más sencillo de adivinar, pues la raza de un humink y sus colores de cabello y pelaje solían ser muy característicos, pero no pude evitar preguntarme si tendrían curiosidad por saber quién era la misteriosa belleza que me acompañaba.

Al llegar a la puerta, encontramos allí a Dimitri, quien mostró una increíble sonrisa en cuanto vio a su novia. ¡Estaba guapísimo! ¡Pero aún más guapos estaban ambos cuando se encontraban juntos! Si la máscara de ella pudiera haberla hecho parecer una sacerdotisa mágica, la de él se asemejaba a una noble corona de la misma nación. No sólo habían coincidido en colores a raíz de aquella llamada, sino también en un estilo tan peculiar que creía que difícilmente alguien más fuera a imitar.

—¡Tenemos máscaras! ¡Nadie sabrá quiénes somos! ¿Se os ha ocurrido que podríais decir que sois los príncipes de una lejana isla exótica y remota? ¡Yo lo creería sin dudarlo!

Mi cola se agitó al pensar en aquel juego. ¡¿Por qué no darle algo de vida al asunto inventando unas vidas especiales tan sólo para aquella noche?!

Aún no había pensado una historia para mí cuando las campanadas de una iglesia lejana marcaron la hora en el mismo instante en el que el sonido de unos cascos anunció la llegada del carruaje, que apenas tardó unos segundos en mostrarse ante nosotros.

Unos caballos azabache precedieron a un carruaje de elegante oscuridad iluminado por dos tenues y hermosas luces a cada lado. Emocionada, mis manos se movieron solas con intención de cubrir inmediatamente mi boca, pero por suerte mi máscara las detuvo con suavidad antes de que se diera la posibilidad de arruinarme el maquillaje. ¡Era un coche de caballos de verdad! ¡Y tenía un aire tan misterioso! ¡Y contrastaría tanto con nosotros tres cuando bajáramos!

Con quien no contrastaría sería con Kael, quien se dejó ver apenas unos segundos después, bajando del interior. En su caso, llevaba un traje tan similar, incluyendo los adornos dorados, que nadie habría dudado ni un segundo que el coche le pertenecía si así lo hubiera proclamado.

Si Dimitri y Hae-won parecían los príncipes de una isla remota, Kael tenía un aura de misterio hecho persona, listo para fusionarse con las sombras y escuchar mucho más de lo que estuviera puesto a revelar. Y, sin embargo, entre tanta perfección, los pendientes y esos mechones aparentemente desordenados al frente (aunque seguro que estaban perfectamente medidos y seleccionados) seguro que llevaban a más de una chica a querer desvelar sus secretos o tratar de despertar algo tras tanto evidente control.

Cuando me ofreció su mano para subir al carro, la tomé con gentileza, nuevamente en mi papel de princesa, y sonreí ante su halago.

No mucho después, partíamos hacia el lugar que sería nuestro destino.

{ ***** }

El corazón se me aceleró cuando, a través de la ventana, ya se divisaba la impresionante mansión. Aquella vista fue más que suficiente para dejar de jugar con Carlos y meterlo de vuelta al bolsillo, decidida a actuar como la distinguida dama que sería aquella noche.

Otros tantos carros ya aguardaban ante nosotros, pero el movimiento era fluido y la coordinación tan perfecta como un baile. Cuando el cochero se bajó para abrir la puerta, debido a nuestra disposición, fui yo la primera en salir.

—Muchas gracias. Es usted muy amable~.

Sonreí al joven con una breve mirada al bajar antes de avanzar para no estorbar al resto de mis compañeros. Mientras seguía el caminito, mis gemas volaron discretamente alrededor para buscar a una persona muy particular y que no tardaron en hallar.

Shin se encontraba cerca, justamente en la entrada. Mi curiosidad fue saciada al ver un traje oscuro como la noche iluminado con una chaqueta dorada. Aunque ya intuía que iría vestido de estrella, no pude evitar sorprenderme aun así al verla. Mi sonrisa se amplió, aun discreta y elegante, en cuanto mis iris conectaron con los suyos. Aun breve, su gesto de admiración no me pasó desapercibido. ¿Sería por mí o por el grupo en general, que me acompañaba de cerca? Aunque jamás lo admitiría en voz alta, me hacía un poquito de ilusión pensar que no sería lo segundo.

No pude evitar percatarme no sólo de su cambio físico, sino también en el de su actitud, cuando nos presentó. Al igual que había sugerido a Dimitri y Hae-won, él también estaba representando un papel. Yo misma lo hacía, de hecho.

En cuanto el sobre fue entregado, este se unió a una creciente colección en la pared. Una hermosa dama adornada de esmeralda nos explicó amablemente la razón antes de presentarse como Pia, el ama de llaves de nuestro anfitrión. En cuanto lo solicitó, saqué a Carlos del bolsillo y se lo entregué. ¡Aaaw! ¡Es tan adorable ver cómo trata a los Mushi Mushi! No pude evitar que la punta de mi cola se moviera ligeramente al verlo. ¡Estaba segura de que Carlos estaría muy bien cuidado y haría muchísimos amigos! Si aquella noche al volver me encontraba un nuevo número guardado, no lo borraría. ¡Quizás él se las hubiera apañado para contactarlos!

Presto total atención ante las nuevas instrucciones. Siete y cuarto, fuegos artificiales y el discurso de Le Chevalier. Ocho, ¡el baile! ¡Entendido!

Curiosa, tomo el precioso y adornado cartoncito dorado que me ofrece, tentada de abrirlo, pero conteniéndome, imaginando que Hae-won no abriría el suyo. ¡Oh, listas de baile! ¡Qué divertido! Guardo el mío en el bolsillo oculto entre los pliegues del vestido y lo cierro con el pequeño botón. Los caballeros (¡porque eso son!) reciben unos lápices plateados de lo más elegantes. Mis ojos se abren un poco más bajo la máscara al escuchar sus instrucciones. ¡Entonces, nosotras guardaríamos los nombres de la gente aunque llevaran máscaras! Al menos, si decían los de verdad, claro está.

Asiento con suavidad ante la indicación del primer piso. ¡Lo último que querría sería molestar a nuestro anfitrión, después de lo amable que había sido! Sin embargo, tengo que controlarme para no sonreír demasiado cuando la joven mira hacia Shin al dar aquella advertencia. No pude evitar acordarme de lo que me contó sobre la atención femenina en aquella playa. ¿Tan pronto lo había calado esa dama?

Parpadeo un par de veces al ver a otra idéntica acercándose a nosotros. ¡Gemelas! ¡Con el mismo vestido y todo! Busco enseguida alguna diferencia en ellas o su vestuario para poder distinguirlas aquella noche. ¡No querría ofenderlas equivocándome de nombre!

Cuando Marietta nos ofrece una copa, tomo la mía del tallo, tal y como nos había explicado el camarero aquel mediodía. ¡Menos mal que pregunté! Mientras mis compañeros hacen lo propio con las suyas, huelo la mía con discreción, tratando de averiguar si percibía algún rastro de alcohol.

¡Oh! ¿Cata gastronómica? ¡Ir a los jardines resulta tan tentador! Pero ¿cuántas veces voy a tener la oportunidad de probar unos platos realizados para gente tan prestigiosa? ¡Necesito verlos y, si puedo, intentar probarlos para saber sus ingredientes y cómo se hacen!

Dado que Shin había especificado que le siguiéramos el juego, esperé a que él diera el primer paso para comenzar a caminar, aprovechando para tratar de escuchar algo de aquellos tras nosotros, llevada por la curiosidad.

—¿Dónde vais a ir vosotros? —inquirí con curiosidad, observándolos de reojo—. A mí me llama la atención de esa cata gastronómica. ¿Os imagináis que pudiera replicar esos platos~?

Diario de princesa
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#9
Toparse de frente con la mansión le trajo recuerdos irrevocables, cicatrices en su mente que jamás piden permiso para estar presentes, o generar el dolor que causaron en su día, como un fidedigno vestigio de las noches que pasó sin dormir por culpa de memorizar tantas reglas y normas, de múltiples culturas. O en su defecto, el fantasma de los días no vividos, añorando una infancia que jamás tuvo.

Sus iris cerúleas distinguían mucho a su alrededor, y cada detalle traía una conclusión digna de los relatos escritos en los libros que le leían de pequeño; Obscenidad. Faltar al detalle, según su crianza, era el terror más elevado en el que alguien de su nivel podía caer, y por eso desde el fondo de su ser rechazaba todo lo que vislumbraba a medida que avanzaban hacia la entrada de aquel distinguido lugar.

Lo obsceno radicaba en la obsesión porque todo luzca perfecto. En los árboles pareciendo esculturas hechas por los mejores artistas de Matsuri. En las flores viviendo en el marco del espacio que debían ocupar. Los empleados conociendo sus funciones, precavidos contra urgencias antes de que deban desempeñarse en dichas tareas.

Un mundo artificial.

A su forma de verlo, era como crear un universo en un juego de té hecho de porcelana. Herramientas destinadas a una única tarea, disonantes si ocupaban márgenes distintos, y las historias se narraban en los dibujos integrados sobre el material. El hecho de utilizar máscaras ya revelaba la naturaleza del espectáculo, y así como aquella realidad finita, su fragilidad.

Todo era demasiado perfecto, y habiendo sido criado entre la nobleza, en su afamada cuna de oro, Hasegawa ya conocía las fisuras que semejantes apariencias acostumbraban a ocultar. Mucho más complejo que tapar la basura debajo de la alfombra. Infinitamente más simple que hacerla desaparecer.

La reunión con su División fue distinguida por la forma tan sutil de comunicarse con ellos, y el regocijo de saber que confiaban en su palabra. No podía decir "plan", porque hasta no caminar sobre seguro dependía de la pura improvisación, sin embargo supieron entender que la mejor arma que tenían como grupo, era la discreción. Horas atrás entendió las asperezas que tenían los nobles adinerados en las cercanías de la mansión, rechazando entrar en contacto con él a causa de su uniforme, por ende, habían dos posibilidades.

O ahí dentro ocurría algo que intentaban ocultar. O simplemente rechazaban el oficio de los marines por alguna razón aristocrática que al menos en ese momento no sabía definir con exactitud. En cualquiera de las dos posibilidades, mejor si no se enteraban sus identidades. Sabiendo de los fuegos artificiales y el baile tenía un aproximado del tiempo estimado para investigar antes de que la velada se aproxime a su punto álgido, y tratando de mantener ese temple, la concentración de un noble volviendo a sus raíces, interactuó con la ama de llaves, teniendo a la división a su espalda.

—Temo que me concede menos crédito del debido, Madame. He acudido únicamente en compañía de aquellos a quienes el anfitrión ha tenido a bien distinguir con una invitación. Un Den Den Mushi no entra en esa selecta categoría. —las frases fueron medidas al milímetro, pronunciadas en una cadencia tan natural que hacían ver a Hasegawa como otra persona. Sin embargo, es esa naturaleza la que explica su rebeldía.

Ir en contra de lo que no se entiende es un juego de estúpidos.

El repaso del honorario llegó, las horas bien marcadas, y ante la mención de un baile el albino no mostró ápice alguno de reacción, se limitó a asentir con una precisión concisa. Ningún movimiento se salía de los cálculos premeditados. Por ello, en parte, le sorprendió la indirecta que Pia lanzó en su dirección, recibiéndola con una sonrisa de lo más formal, al mismo tiempo en que guardaba en el interior de su chaqueta dorada uno de los lápices plateados —Madame, ni el anonimato de las máscaras podría absolvernos de la descortesía que supondría ignorar las normas de esta distinguida casa. Puede estar tranquila, nos contentaremos con aquellos rincones que han sido concebidos para el disfrute de la velada. —contestó, eludiendo cualquier tipo de sesgo negativo hacia su persona, y mintiendo deliberadamente sobre sus intenciones, porque si existían lugares prohibidos, entonces allí podría encontrarse información apropiada para entender la otra cara de la fiesta.

Escuchó las últimas palabras de Pia, y entonces fueron delegados con su gemela, Marietta. Shin entrecerró los ojos, muy sutil detrás de la máscara, decidiendo que no iba a beber ni consumir nada de lo que entregasen allí, prefería tener sus sentidos afilados y mantener una sobriedad absoluta en caso de emergencias. Quizás estaba paranoico y era una velada común, pero a diferencia de lo ocurrido en Sorbet, o Kutsukku, prefería prevenir. —Es usted muy amable. Me reservaré para más adelante. —un leve asentimiento, y avanzó hacia los terrenos interiores que disponía los alrededores de aquella aparente mansión.

Una vez las dejaron atrás, observó a Nyra y contempló sus intenciones, por lo que decidió colocarse frente a ella con una rectitud que casi nunca se le veía, mirándola durante breves instantes a los ojos —Una ambición admirable, Madame. —confirmó, esbozando una de las tantas sonrisas ensayadas que le enseñaron. Pero antes de centrarse por completo en Kuroshiro, giró el rostro al resto de la División Setentaicinco.

El albino observó a todos los presentes antes de acomodarse los puños de sus guantes negros, siendo tras ese pequeño movimiento que finalmente habló —Confío en que sabrán apreciar los encantos de la velada. Sin embargo, sería una lástima omitir los detalles que la hacen posible dado nuestro entusiasmo. —una pausa, haciendo contacto visual específicamente con Omuyaga. —Al final, las primeras impresiones son un presente efímero, sólo gozamos de su magia una vez. Conviene observarlas con atención antes de entregarse por completo a ellas. —incluso su voz suena diferente a pesar de seguir reconociéndolo como Shin, todo en él recuerda al marine que acostumbran a distinguir, pero hay ese algo que convierte su magnetismo en algo extremadamente refinado. —Disfruten, conversen, bailen si les place. Sólo recuerden lo que atestigüen una vez nos reunamos de nuevo. Disfruto las buenas historias. —afirmó, mirando a Nyra de nuevo. En todo momento tuvo su torso encarado hacia ella.

Confiaba en que Kael entendería el clarísimo subtexto de sus palabras. Les dio una orden envuelta en la ostentosidad que disfrutan los nobles, transmitiendo su desconfianza en términos pomposos y elegantes. Esperaba, de verdad, que Choi y Dimitri lo entiendan, en caso contrario sólo le podría conceder esa tarea a Omuyaga, pues George ya sabía de su desconfianza, pero era la primera vez que Hae-won y Kuroshiro lo escuchaban de sus labios.

Y hablando de esta última, pudo observar de frente la sonrisa encantadora de Hasegawa. Una que poco a poco se fue acercando al fino rostro ajeno, cubierto por la forma de un zorro blanco, hasta descender hasta una de sus orejas. Susurró, con tanta dulzura que podía llegar a hacer cosquillas, pese a que el objetivo real de sus palabras —que sólo la rubia podría escuchar— era encender el foco de alarmas incluso a pesar de seguir utilizando la máscara. Shin intentaba prevenirse de todo.

—Con el estómago vacío, rugen los comentarios indiscretos. Y su buena audición es una virtud demasiado valiosa como para desperdiciarla lejos de ellos. —volvió a su posición inicial, ofreciéndole el brazo en otro de los tantos gestos ensayados multitud de veces, una forma física de decirle que vayan juntos. Su invitación personal —Asistamos a la cata, Madame. Si tenemos suerte, gozaremos de algo más que nuevas recetas. —si Nyra terminaba aceptando, iniciarían el camino al salón principal, un sitio extremadamente rico, y sería una vez alejados del resto de la División, si no los acompañaban, que le dedicaría unas palabras a la chica. Incluso si sus otros compañeros escuchaban, a Shin no le importaría, aquel detalle no se lo podría quitar de la cabeza si moría en un silencio agónico.

—Permítame hacer una pequeña rectificación. —con ella sujeta del brazo en caso de aceptar esa invitación, giraría levemente el rostro para observarla de soslayo. El deleite por su apariencia no hacía más que enaltecerse, rememorando las palabras intercambiadas aquella noche en la playa de Sabakun —Cuando afirmé que no la imaginaba vestida de blanco, fui víctima de una imaginación cansada. Resulta que es el propio color quien se beneficia de su presencia. —retorna la vista al frente, señal de que a pesar de la pequeña distracción y el shock evidente, aún latiendo en su interior, se mantiene centrado en el objetivo. —Ahora comprendo por qué tantos artistas fracasan al perseguir la perfección. La realidad tiende a adelantárseles. —con una caminata medida, y bajo toda la intención de marcar el ritmo, son absorbidos por la elegancia nata de un lugar como esa finca.

Varias personas muestran el mismo nivel de belleza que la propia División, otros enmarcan un estilo propio que los hace distinguir debido a la originalidad. Lo que es seguro, es que con la curiosa mezcla de colores representada en Nyra y Shin, las estrellas parecían bailar entre las nubes.

Hasegawa intentó no perder el foco, y sus ojos se movían con sutileza en el entorno, rememorando los sentidos agudizados de la humink —Confío en no haber depositado mi fe en vano, Madame. —un último susurro, dispuesto a pronunciarse en la cúpula de intimidad que les regalaba la cercanía física. También, una clara referencia al discurso que le brindó a la División entera, y las palabras al oído sobre el hambre y la información indiscreta.

Todo, mientras los elementos dispuestos para la cata gastronómica se abrían paso frente al dúo.

Let there be light
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#10
En la mente del azabache las elucubraciones en terminología noble funcionaban de una manera especialmente distinta. Por un lado, su mente de Marine era la intencionalidad de un hombre modélico, sin fallos en sus formas, procedimientos y capacidades para obedecer y acatar ordenes sin mostrar duda ni cuestionamiento a la autoridad. Por otro lado, desarrollar de nuevo su lado humano lo estaba llevando a errar, cometer una serie de errores en un sistema de prueba y error para el que sin duda estaba dispuesto a hacer cosas que en circunstancias diferentes jamás se hubiese siquiera planteado.

Su mente, cuando se trata de la altas esferas, no responde a ninguno de estos dos planteamientos anteriormente descritos.

Y eso Shin lo sabía mejor que nadie.

Su mano era una cuchilla generosa. Dónde podía ofrecer bondad en lo que podría considerar un regalo, es capaz de entregar un corte tan fino que la sangre no sería revelada hasta minutos después, cuando el causante de aquella herida ni siquiera pudiera ser identificado si no se había prestado la suficiente atención. En el dinero, ninguna amistad es suficiente como para permitir el lujo de gastar sin control.

¿Y la fiesta? Aquel lugar era un archivo confidencial entregado en forma de sonidos, gestos, miradas e intenciones ocultas difíciles de leer sin la debida interpretación.  La oscuridad acecha en cada rincón, y un vistazo al profundo abismo de aquel lugar recubierto de oro y plata con adornos extravagantes podía ser el mayor infierno al que un mundano podría acceder si no se poseían las herramientas y se seguía el procedimiento correcto. Ni siquiera aquellos que abrazaron ese destino están exentos de preocupaciones...

El albino tomó la iniciativa, adecuándose a su lado un apoyo al que podría utilizar, y al mismo tiempo, mantener controlada para evitar que su descargo de emociones afectase al proceder de esta invitación. Posiblemente, si conseguía centrarla en lo importante, conseguiría de la albina mejor información de la que él mismo podría llegar a recabar, y sin embargo, eso a él le daba una mejor capacidad de desplegarse en su campo de juegos favorito.

Guardó silencio, tomando entre sus dedos zurdos una de las copas ofrecidas, afirmando con la mirada un pequeño mensaje a su compañero del alma antes de abandonarlo, dejando que estos se dispersaran a su antojo...mientras él comenzaba su danza de influencias.

Escondido tras las virtudes de su máscara, Kael dejó que sus encantos hablasen por él. Entrevió la doble docena de cartas despachadas en la entrada, y eso le hizo asimilar un amasijo de personal conformado entre al menos cuarenta y sesenta personas en el interior, sin contar miembros del servicio. ¿La razón? Una de las reglas no escritas de ese mundo es siempre acudir con un acompañante a un evento de tales formalidades, incluso si estos no poseen ningún tipo de vicisitud, los cuáles son apodados como acompañantes florero. Naturalmente, también existen casos como los miembros de la marina, que acuden en conjunto formado un grupo más abultado, y en el que, en casos como el que nuestro hombre ahora se enfrenta, queda un eslabón un poco más libre de ataduras, vulnerable ante la presencia de entidades externas lateralmente hostiles, pero con la ventaja de usar sus cartas a su favor, si uno sabe como jugarlas.

Llevó sus pasos hacia el interior del salón, dejándose ver con una postura recta y firme, pero realizando su caminata de una forma ligeramente silenciosa, casi felina, permitiéndose así acceder hasta lo más profundo de la sala lentamente, buscando con la mirada aquello para lo que todo hombre libre está preparado: una dama sin caballero. No busca nadie destacable en su belleza, sino aquellas susceptibles en el placer que ofrece la suya, alguien que se vea debilitada por sus encantos realzados por su vestimenta de calidad, y ocultas bajo la mascara que deja ver tanto de sí mismo, y mantiene encerrados tantos otros que no piensa entregar...si no se esforzaban por ello.

Tan sólo debe ser paciente. Mantener los oídos plenamente conscientes de todo lo que a su alrededor se sucediera, contemplativos de pequeños cuchicheos que, cómo en toda la historia de la humanidad, han ofrecido más información de la que jamás ha llegado a ofrecerse con otros métodos conocidos por el ser humano.

Pero por supuesto, no toda es siempre bien recibida, y mucho menos sincera.

Por eso hay que saber escuchar, y no solo tener un buen oído para trabajar.
Elegancia calculada


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