[Aventura T4 - P.Relativo][+18] La senda del Carnicero
#1
Jaya, 41 de Otoño, Año 17


Eran aproximadamente las 16:00 de la tarde, el aire en Jaya era denso y húmedo, cargado de sal, madera vieja y un hedor de fondo constante de alcohol y sudor que impregnaba cada rincón de la ciudad de Mock Town. Habían pasado ya varios días desde que Sigurd dejó su marca en la isla, tiempo suficiente para que la sangre desapareciera de las calles y las estructuras dañadas volvieran a levantarse, pero no el recuerdo. La actividad había regresado a su curso habitual; bares abiertos, risas ásperas, negocios turbios en cada esquina… aunque bajo esa normalidad latía algo distinto. Las miradas se sostenían un segundo más de lo necesario, las conversaciones bajaban de tono cuando ciertas figuras pasaban cerca y, en algunos puntos concretos de la ciudad, la gente simplemente evitaba detenerse. No era miedo, ni tampoco respeto… era reconocimiento. La isla no había olvidado, y esta vez, en lugar de responder con impulsividad, parecía estar esperando al carnicero. 
Sigurd avanzaba entre las calles sin prisa, como si todo aquello no fuera con él, dejando que el entorno reaccionara a su mera presencia. Algunos apartaban la mirada, otros se detenían a observarle desde la distancia, y no faltaban los que medían con discreción cada uno de sus movimientos, evaluándolo de arriba abajo como si esperasen que en cualquier momento fuera a asaltarles solo por estarle mirando. En los callejones, la actividad era más densa de lo habitual; figuras que entraban y salían sin alejarse del todo, sombras que parecían repetirse en distintos puntos, como si la ciudad estuviera más ocupada de lo que mostraba a simple vista.
Fue en uno de esos desvíos donde algo cambió.
Un leve chasquido, apenas audible entre el murmullo de la ciudad, llamó la atención desde un lateral. No era un sonido accidental, ni torpe. Era intencionado. Breve. Preciso. Un chasquido con los labios para llamar la atención del Buccaneer que en ese momento cruzaba por el umbral de ese callejón.
-tsss!-
Desde la penumbra de el callejón, una figura se dejó ver lo justo para ser identificada. No llevaba armas visibles, ni adoptaba una postura agresiva. Su actitud no era la de alguien que buscara pelea… sino la de alguien que sabía exactamente a quién estaba llamando. Era un chico joven, de piel oscura, parecía el típico chico que se ha criado en las calles, con harapos sucios y magulladuras por alguna pelea sin sentido. El chico llamaba a Sigurd para que le atendiese. 
-Eh… tú-
La voz no era alta, pero sí firme, lo suficiente para no perderse entre el ruido de fondo. El chaval no se acercó, ni invadió el espacio. Se limitó a mantenerse en el límite entre la luz y la sombra, como si cruzar esa línea fuera innecesario. El muchacho sostenía en su mano el cartel de recompensa de Sigurd, no para cazarlo si no para tener una descripción visual de como era su objetivo a encontrar. 
- Tengo un mensaje para ti-
Hizo una breve pausa, asegurándose de que tenía su atención antes de continuar, y sin esperar respuesta continuó.
- Hay alguien interesado en hablar contigo. Alguien que puede ofrecerte algo que no vas a encontrar en esta isla por tu cuenta 
No mencionó nombres ni bandos; no hacía falta por ahora.
-Pero no le gusta esperar… así que si te interesa, será mejor que me sigas -
Dio medio paso hacia atrás, adentrándose un poco más en el callejón, dejando claro el camino sin hacer ninguna otra seña.
No insistió, ni repitió; simplemente esperó el movimiento del carnicero. 

INFO
[Imagen: ksMOGZu.png]
#2
Día 41 de Otoño, año 17 

Outfit ---- Sigurd de Jaya

Estoy dando un paseo por la ciudad pirata, Mock Town. Le estoy cogiendo hasta cariño. De todos los lugares que he visitado hasta ahora, podría ser este mi favorito, sin duda. Un lugar donde pasea uno tranquilo, donde el astuto roba al despistado, el fuerte abusa del pequeño y la Marina no toca las narices. La amenaza ha dejado en segundo lugar al Berry como moneda de cambio, tu cartel de "Se Busca" es tu carta de presentación y tener un sobrenombre lo es todo. Definitivamente es mi lugar favorito.
Es mediodía, más o menos. Me he metido una buena hamburguesa de buey entre pecho y espalda y varios litros de cerveza. Hace algo de humedad en el ambiente y lo mejor es hacer algo de camino para bajar la comida y no acabar siendo una pelota de sudor y sofocones. Es lo único malo del sitio, su ambiente tropical. Yo soy más de nieve y frío, pero de seguro el bueno de Ubbe disfruta de estos calores empapados en sudor y bochorno. Con esa cara de sureño que me lleva, no me extraña. Le tendría que llamar e invitarle a comer, hace días que no le veo...
Me voy dando vueltas por las callejuelas, viendo locales abiertos con todo tipo de negocios y todo tipo de servicios. Todo lo que vaya adjunto a la palabra "exceso" o "perversión" lo encuentras fácil si sabes buscar. Camino con las ropas tradicionales de pelea, las que me dieron en el local donde me hospedo. Yggdrasil se apoya en mi hombro derecho como siempre, mientras la sostengo con la misma mano. Los martillos de guerra se mantienen a disposición en el cinto, preparados para cualquier tipo de imprevisto. Todo yo está preparado para luchar y con solo verme mi imagen es clara: peligro. Pero todo el mundo en este lugar destaca por lo mismo, así que es fácil no llamar la atención y pasar desapercibido.
Pasados unos minutos, es cuando lo escucho. Un sonido que capta mi atención de manera directa. Entre la multitud y los gritos, un chasquido de labios, un siseo, como aquél que le haces a un perro cuando quieres llamar su atención. Lo oigo cerca del callejón por el que estoy pasando, como si fuera directamente para mí. Lo confirmo cuando la voz se vuelve a escuchar, esta vez con palabras vulgares, pero que van dirigidas a alguien. Me giro lentamente en la dirección de la llamada. Es un crío harapiento. Tiene un mensaje para mí. Parece que viene de parte de otra persona, que me conoce y que busca negocios conmigo. Y encima impaciente.

Doy un par de pasos al frente, despacio, solemne. Mi rostro está ensombrecido, mostrando unas fracciones de seriedad e indiferencia por la criatura. Mi enorme figura eclipsa la luz del sol que intenta entrar en la estrecha calle, envolviendo al muchacho en pura sombra. Mi sombra. Un pequeño presagio de lo que se viene. Como respuesta, lanzo mi mano sin avisar, alcanzando con esta la cabeza del crío y cerrando mi puño sobre la misma como si de un cepo se tratara. Sin dejar ver ni respirar al joven, lo alzo con esa misma mano a pura fuerza, tirando de toda su cabeza, pero sin aplicar la suficiente presión como para aplastarla. -Escuchame bien, sabandija...- le contesto con un tono bajo, directo y crudo. Cargado de molestia asesina antes que exaltación intensa. -¿Quién te has creído que eres para que me chistes como a un sucio animal de granja?- le reclamo iracundo, aunque sin alzar la voz. Veo entonces que tiene mi cartel de recompensa a mano. Mi tono oscila entre el valice y la humillación. -¿Pero que tenemos aquí...? Veo que sabes bien quien soy y aún así has decidido llamar mi atención como aún vulgar camarero. ¡Debería aplastar tu cráneo solo por eso!- ejerzo una pizca más de crudeza en el agarre, la suficiente como para que duela y el tipo desborde en desesperación.
Agarre de Sigurd

Pasados unos segundos, lo suelto y le dejo caer varios metros de alto. Supongo que ya ha tenido suficiente. -Ahora llévame hasta tu jefe o quién sea que quiere algo de mí.- le ordeno, ya más calmado, aunque marcando quien manda. -Espero que valga la pena o tu jefe pagará las consecuencias de tus actos y de malgastar mi día...- Procedo entonces a dejar que el muchacho me guíe, siguiéndolo de cerca e imaginando la siguiente aventura con ganas.

En efecto, cajita feliz
#3
Tras intercambiar unas pocas palabras con Sigurd y recibir una respuesta mucho más violenta de la que probablemente esperaba, el crío terminó estampándose contra el suelo del callejón antes de recuperar el aliento entre toses ahogadas. Aun así, no huyó. Se incorporó con dificultad, tragó saliva y, tras asentir en silencio, comenzó a caminar para guiarlo hacia el interior de la ciudad.
El recorrido se volvió cada vez más estrecho y enrevesado. Las calles principales quedaron atrás, sustituidas por pasillos húmedos, estructuras elevadas y escaleras improvisadas que conectaban distintos niveles de Mock Town como si toda la ciudad hubiese sido construida sin ningún tipo de orden. La luz se filtraba a través de rendijas entre tablones y techos inclinados, dejando manchas irregulares sobre el suelo de madera desgastada. El ambiente también había cambiado. Menos ruido. Menos voces. Demasiado silencio.
Y, aun así… no estaban solos.
A cada tramo aparecían pequeñas señales difíciles de ignorar. Una sombra que desaparecía al girar una esquina. El leve crujido de una pasarela en altura. La sensación constante de que alguien observaba desde algún punto oculto entre las estructuras.
No era una emboscada.
Era vigilancia.
Finalmente, el muchacho se detuvo en una zona más amplia, un patio interior oculto entre edificios elevados y pasarelas de madera que cerraban el espacio desde arriba. Varias telas colgaban entre estructuras bloqueando parte de la luz exterior, dejando el lugar sumido en una penumbra cálida y sofocante. El crío dio un paso a un lado y evitó colocarse en el centro.
-Es aquí-
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces, desde uno de los niveles superiores, una figura comenzó a descender con calma.
No lo hizo como si fuera un matón ansioso por intimidar. Cada movimiento estaba medido, relajado, controlando la situación. A medida que se acercaba, su presencia se volvía más definida, aunque no por tamaño ni por una fuerza física evidente, sino por la seguridad absoluta que transmitía.
Su vestimenta contrastaba con el resto de criminales habituales de Mock Town. Llevaba una larga chaqueta oscura de corte recto, confeccionada en un tejido pesado poco apropiado para el clima tropical de la isla. El interior de la prenda, visible al moverse, dejaba entrever un forro escarlata apagado que parecía elegido más por simbolismo que por estética. Los bordes estaban rematados con patrones finos y sinuosos, formas difíciles de identificar a simple vista, pero demasiado elaboradas para pertenecer a un simple pirata de puerto.
Bajo la chaqueta, una camisa abierta en el cuello dejaba parte del pecho visible, acompañada de un cinturón ancho reforzado con pequeñas piezas metálicas y varias sujeciones que sostenían frascos, herramientas y otros objetos difíciles de distinguir desde aquella distancia. Sus manos, cubiertas parcialmente por guantes sin dedos, mostraban nudillos marcados y pequeñas cicatrices acumuladas con el tiempo.
No eran las manos de alguien ajeno a la violencia, pero tampoco las de alguien que dependiera únicamente de ella.
Cuando alzó la vista hacia Sigurd, su expresión permaneció serena. No había provocación directa en su mirada, ni tampoco miedo. Solo una mirada analitica. Le observaba, como quien estudia algo potencialmente peligroso… pero útil.
Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
No era burla, era interés.
-Permíteme empezar como es debido-
Su voz descendió con claridad sobre el patio interior, grave y calmada, sin necesidad de imponerse mediante volumen.
-Puedes llamarme… Hitan-
Hizo una breve pausa mientras mantenía la mirada fija en Sigurd.
-He estado observando lo que has hecho estos últimos días- continuó con tranquilidad- No es fácil alterar el equilibrio de esta isla… y, sin embargo, lo hiciste sin demasiado esfuerzo.
Sus dedos se apoyaron sobre la barandilla de madera junto a él.
Relajados.
Cómodos.
-Eso dice mucho de ti-
El silencio volvió a asentarse unos instantes antes de que continuara.
-Y también dice mucho de lo desaprovechado que está alguien como tú perdiendo el tiempo en peleas de taberna y matones de segunda categoría.
La leve sonrisa seguía presente.
-Por eso he decidido ofrecerte una oportunidad… una con la que ambos podríamos salir ganando. Yo y mi grupo somos los Cuervos Rojos, y si nos ayudas a reventar a unos marines, todos saldremos ganando...-
El ambiente permaneció inmóvil alrededor de ellos. Las presencias ocultas seguían ahí, silenciosas, aguardando.
Expectantes.

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#4
Outfit ---- Sigurd de Jaya

El crío ya sabe de que pasta estoy hecho, y si no, ya le ha quedado claro. No puedes enviar a cualquiera a llamar la atención del carnicero y chistarle como si fuera un vulgar perro sin que haya consecuencias. Con las cartas sobre la mesa y la promesa de una muerte rápida para él y su jefe si no complace mis expectativas, el joven se adentra en las profundidades de la ciudad, cerciorándose de que le sigo el ritmo. Así lo hago. 
Atravesamos los cada vez más estrechos y enrevesados callejones de Mock Town. Paso con dificultad entre ellos, muchas veces tomando tramos alternativos al de mi escurridizo guía para no tumbar abajo estructuras o pasarelas que cambian de nivel. No por nada el puede saltar entre tejados que yo derrumbaría con tan solo poner un pié sobre ellos. Durante el paseo me voy fijando en los detalles del camino, en la arquitectura barriobajera del lugar y en como detrás de cada sombra hay una o dos ratas observando. Calculan cada paso que doy, cada gesto que hago, cada destello luminoso sobre los filos desgastados de Yggdrasil. Pero no hacen más que eso, vigilar. Por desgracia, no es una emboscada.
Al rato llegamos a un patio interior amplio como una plaza. En este espacio si me podía mover con total libertad. Los edificios estaban conectados con tablones de madera que cruzaban de un lado a otro desde las alturas, y las ventanas estaban cubiertas con grandes telas y lonas, filtrando la luz y dejando oculto los interiores de ventanas y balcones. El muchacho confirma que ese es el punto de encuentro con su jefe. Espero que el esfuerzo haya valido la pena.

Pasan unos minutos hasta que el líder se digna a recibirme. Desciende lentamente, oculto en la oscuridad hasta que se deja ver a plena luz del día. Sus andares son pausados y relajados, casi con petulancia. Se cree en domino total de la situación. Mala señal. Las ropas ominosas y llamativas, más aun cuando las comparas con toda la muchedumbre que nos ha estado siguiendo. Una gabardina acabada en capa con alto detalle y bordado de calidad, un sombrero de alto copete y acabados artesanales y joyería que probablemente valgan más que la vida del miserable que me ha traído hasta aquí. Como diría mi hermano, "Strike two". Uno más y me comeré su corazón. 
Lo miro de arriba abajo de forma descarada, arqueando la ceja con desgana. Antes de que empiece a hablar, alzo a Yggdrasil por encima de mi cabeza y la dejo descansar sobre mi hombro derecho, agarrándola desde la parte baja del mango con la mano diestra. Giro entonces un poco la cabeza a mi izquierda, sin perder de vista al tipo, para acabar escupiendo un gapo de forma desagradable y despreocupada. Le devuelvo entonces una mirada regia, con el ceño fruncido y una mueca de descontento y molestia
. Su mensaje es claro. Pretende que le eche una mano con un grupo de Marines. Para convencerme, juega con la grandeza de mis logros e infravalora lo que he estado haciendo hasta ahora en la isla, peleando en bares contra luchadores sin renombre. Razón no le falta, pero no es consciente de lo divertido que es cruzar puños con desconocidos y luego acabar tomando una buena birra. Que va a saber este, que usa guantes sin dedos como una suave marica. Le falta calle.

Cuando termina, antes de responder, avanzo un par de pasos hacia delante. Pasos lentos pero firmes, bien marcados, que resuenan con el eco del lugar, engrandeciendo mi presencia. -¿Sabes cuál es el problema, Cuervo?- me freno en seco, a una distancia prudencial de unos 12 metros. Con la mano libre, la izquierda , me froto con el dedo índice la parte baja de la nariz, mientras sirvo algún moquillo travieso. Prosigo entonces con toda la naturalidad del mundo. -Detesto a los charlatanes pedantes de nudillos blanditos que no se manchan las manos.- le suelto como un jarrón de agua fria. Sin titubeos ni dobles intenciones. Cortita y al pié, como deben tratarse las cosas. -¿Y eso de que hay marines en Jaya? Vamos, no me jodas, esa trola no hay quien se lo crea. ¡¡Jarul Jul Jul...!!- mi tono se vuelve jocoso, casi bromista, riendo levemente con una sonrisa alegre que no tarda en convertirse en macabra.
Al instante enfoco la mirada en el capitán, sonriente y amenazante al mismo tiempo. Con un gesto diestro, bajo a Yggdrasil del hombro para terminar sosteniéndola con ambas manos, frente al pecho. Dispuesto a todo, le lanzo una última pregunta a Hitan. Una que resuena con fuerza en cada rincón del patio y que se alza a los cielos, atravesando cada piso y rincón oculto, llegando a oídos de propios y ajenos. -Dime, Cuervo... ¿¿Porqué razón debería colaborar contigo y no matarte aquí y ahora, mientras me como tu cadáver y reparto tus riquezas con todos aquellos con los que me he cruzado hasta llegar??- No creo que tenga respuesta posible. No me creo que tenga dinero suficiente para pagar mis servicios ni enemigo lo suficiente entretenido como para saciar mi sed de sangre. Además, hasta que punto un hombre puede comprar la lealtad de sus súbditos. La capitania se gana con miedo o con respeto. Dudo que nadie respete a este tipejo. Y por supuesto, yo doy bastante más miedo que él.

En efecto, cajita feliz
#5
Hitan escucha las amenazas de Sigurd sin interrumpirle en ningún momento. Ni siquiera cuando menciona arrancarle el corazón o repartirse sus riquezas entre la gente de Mock Town cambia la expresión de su rostro. Al contrario; cuanto más brutal y directa es la respuesta del buccaneer, más parece divertirse. La sonrisa relajada que descansa en la comisura de sus labios no desaparece en ningún instante, como si estuviera viendo exactamente la reacción que esperaba desde el principio.
Incluso deja escapar una pequeña carcajada por la nariz cuando Sigurd termina de hablar.
- Ahora sí empiezas a parecerte al hombre del que tanto hablan- comenta con tranquilidad, incorporándose apenas unos centímetros sobre la barandilla de madera donde descansaba parcialmente apoyado -Empezaba a preocuparme que toda esa reputación no fuera más que un montón de borrachos exagerando historias de taberna

La insolencia en su voz no es agresiva. Es peor. Es elegante. Calmadamente ofensiva. Como si en ningún momento llegara a considerar real la amenaza que tiene delante. Sus ojos recorren la gigantesca figura de Sigurd con una mezcla de análisis y fascinación difícil de ocultar, deteniéndose apenas unos segundos en Yggdrasil antes de volver a su rostro. 
-Y sí, los marines existen- continúa con total naturalidad, retomando el tema de los supuestos marines como si fuera el asunto menos importante de toda la conversación
-Un pequeño grupo ha estado moviéndose por la isla desde hace algún tiempo. Gente haciendo demasiadas preguntas, investigando rutas, negocios y ciertos movimientos que deberían permanecer lejos de miradas ajenas. Mis fuentes aseguran que buscan información… aunque personalmente creo que son bastante malos escondiéndose.
Se encoge ligeramente de hombros, despreocupado. Empieza a subir los escalones de nuevo hacia arriba, alejandose de Sigurd, pero sin dejar de mirarle. 
- Pero seamos honestos, Sigurd… ¿de verdad crees que te he hecho venir aquí para hablar de unos cuantos marines perdidos en Jaya?-
La pregunta queda suspendida unos instantes mientras el ambiente alrededor del patio comienza a volverse más pesado. El silencio ya no está vacío. Está lleno de pequeñas señales: un tablón crujiendo sobre sus cabezas, pasos desplazándose entre las alturas, sombras que empiezan a abandonar rincones donde hasta ahora habían permanecido inmóviles.
Hitan separa lentamente una mano de la barandilla y extiende el brazo con una teatralidad casi arrogante, como si estuviera presentando un espectáculo preparado únicamente para él.
-No... Lo verdaderamente interesante eres tú; tú eres nuestra salvación
Las figuras comienzan a mostrarse poco a poco desde todos los niveles del patio interior. Algunos emergen desde pasarelas elevadas armados con rifles y armas largas, ocupando posiciones dominantes sobre balcones y estructuras superiores. Otros aparecen desde callejones laterales y accesos inferiores con machetes, espadas cortas, hachas o simples barras metálicas sujetas entre las manos. Ya no intentan ocultarse. No lo necesitan.

- Llevo días observando todo lo que has hecho... - La sonrisa del hombre se ensancha ligeramente - Y mientras el resto veía un monstruo incapaz de controlarse… ¡yo veo potencial!
Las últimas figuras terminan de ocupar posiciones alrededor del patio. El sonido metálico de armas preparándose resuena entre las estructuras de madera mientras decenas de ojos permanecen clavados sobre Sigurd.
- Porque hombres como tú no nacen para obedecer órdenes, vivir bajo leyes o perder el tiempo peleando en bares mugrientos. Hombres como tú nacen para cambiar el mundo a golpes.
Entonces alza ligeramente la voz por primera vez desde que comenzó la conversación.
-Y nosotros pensamos hacerlo arder desde sus cimientos. 

La reacción alrededor es inmediata. Varios de los presentes golpean armas contra el suelo y las barandillas, otros elevan el puño mientras una tensión fanática empieza a extenderse por el patio como una ola imposible de contener.
Hitan abre entonces los brazos lentamente, orgulloso, casi grandilocuente. Varios de los grupos empiezan a acercarse más a Sigurd, como si estuvieran dándole algún tipo de bienvenida. 
-Tú ya llevas el caos dentro, Sigurd. Nosotros solo queremos darte un escenario lo bastante grande para desatarlo... ¡Bienvenido a los Cuervos Rojos! ¡Bienvenido… a los Revolucionarios de Jaya!
El rugido que sigue a esas palabras estalla desde todos los rincones del lugar. Gritos, golpes y vítores retumban entre las alturas de Mock Town mientras los revolucionarios aclaman el nombre de su causa sin ningún miedo a ocultarse más. Todos estallan celebrando que van a tener un nuevo e increíble integrante... ¿o no?

INFO
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#6
Ahí está, el hombre que me ha hecho recorrer media ciudad para tener una audiencia conmigo. Su aspecto es cuanto menos destacable. No tiene pinta de haberse manchado las manos en su vida, sin cicatrices ni marcas de guerra para el lugar en el que se encuentra. Una cara bonita pegada a un cuerpo esmirriado de humano vulgar. Pero su carácter... Altanero, prepotente y ególatra. Se le ve en esos andares afeminados que se marca y en esa sonrisa de sabiondo que no tiene ni media ostia mal dada. 
Aún así, frente a mis amenazas actúa con toda la tranquilidad del mundo, como si tuviera la sartén por el mango. Eso es de admirar. Puede que sea por un exceso de confianza estúpido que lo va a empujar a una muerte prematura o porque realmente estamos hablando de un guerrero tan diestro y experimentado que par a él, la idea de enfrentarme, no es más que un divertimento. Apuesto más por lo primero, pero con esa seguridad en si mismo al menos se ha ganado que escuche lo que me tiene que decir.

Su discurso no empieza mal. Se le ve contento por haber dado conmigo y que muestre realmente como soy, de que mi reputación no es una invención de unos pocos, sino que me precede. Luego insiste y asegura sobre la existencia de Marines infiltrados en Jaya, ocultos de los grandes piratas de la isla, pero trabajando en las sombras y recolectando información. Pero a partir de ahí, se le empieza a ir la olla y se viene arriba, mostrando unos aires megalómanos y de locura que me repelen en exceso. Que si soy su salvador, que si tengo un potencial infinito. Mi cara muestra una mueca de desconcierto tremenda, con una ceja arqueada y un asco profundo. No estoy entendiendo nada, y no tengo la más mínima intención de ser el héroe de nada ni ejemplo para nadie. Mucho menos de este tío. Lo que sí que capta mi atención es el público que se empieza aglomerar desde diferentes rincones, saliendo de escondites recónditos sobre mi y por los alrededores del patio.
La afición empieza a calentarse a medida que el discurso se engrandece. Como un director de orquesta, Hitan va enalteciendo a su gente para que se animen a ser partícipes del momento. Estos golpean paredes y suelos con sus armas y herramientas, levantan el puño cargados de sentimiento y predican cánticos orgullosos alentando su causa. Todo para que el líder acabe revelando toda la verdad en un giro radical que le da sentido a todo esto. Los Cuervos Rojos no son piratas de Mock Town. Son miembros del ejercito Revolucionario.

Revolucionarios. Ahora todo encaja. El quedabienismo en su estado más puro. Terroristas frustrados que se esconden en alcantarillas para jugar a ser libertadores. Enmascaran sus ansias de caos y destrucción con propaganda barata mientras pregonan que lo hacen por un bien mayor. Un atajo de cobardes todos ellos. ¿Y encima para qué? Para alimentarse de la esperanza de los más vulnerables, adueñarse de sus miserables posesiones por un "bien común" y dejar los países peor de lo que estaban en un principio, sin tener los cojones de enfrentar la corrupción como lo que se hacen llamar, ejército. 
Con un gesto de muñeca rápido, clavo a Yggdrasil en el suelo de un plumazo, por una de sus hojas. Acto seguido, incapaz de contenerme por más tiempo, empiezo a reírme como no me he reído nunca. -¡¡¡JARUL JUL JUL JUL...!!!- la risa retumbar en cada esquina y rincón del lugar, retumbando en paredes y vidrios. El gesto es exagerado e incontrolable, dándome fuertes palmadas en el pecho y con lágrimas en los ojos.
Sigurd se ríe de la revolución

-¡¿Revolución dices?! Entonces te has equivocado de animal. Más que cuervos, sois ratas, ¡¡Jarul Jul Jul Jul...!!- grito a pleno pulmón sin parar de reír, mientras me intento secar los ojos con el dedo y busco un poco de aire para respirar. Cuando consigo recuperar, más o menos, continúo. El tono es amargo, crudo y directo, pero mi cara no puede dejar de reflejar una sonrisa burlona. -Los bastardos de mierda no me puede dar más asco, Hitan.- le reclamo, mientras lo señalo violentamente. -Pero aún así, te voy a dar una oportunidad de defender tu honor y tus ideales. A ver de que pasta están hechos los revos.- extiendo mis brazos, desarmado, provocándole frente a todos. -Ven aquí y plántame cara o si no...- y sonrío con una mueca macabra que se extiende por todo mi rostro. -... Supongo que no tendrás problema en que mate a toda tu gente.- Veamos que tan firmes son los valores que defiende, que tan fuertes son los pilares de aquellos que se creen capaces de hacer un mundo mejor. -Ellos o tú, profeta. Tú decides.-

En efecto, cajita feliz
#7
La carcajada de Sigurd se extiende por todo el patio interior como una sacudida salvaje, rebotando entre las paredes de madera y haciendo vibrar las estructuras elevadas que rodean el lugar. Incluso algunos de los revolucionarios más cercanos tensan la mandíbula al escuchar cómo se burla de ellos abiertamente, reduciendo toda su causa a un grupo de ratas escondidas entre callejones. Sin embargo, Hitan no pierde la sonrisa en ningún momento. Permanece inmóvil en las alturas, observando aquella explosión de desprecio con una calma que empieza a resultar enfermiza.
Y cuando Sigurd termina de hablar y lanza su ultimátum al centro del patio… Hitan simplemente suspira.
Un suspiro largo. Casi decepcionado.
- Ah… qué desperdicio-  murmura mientras niega suavemente con la cabeza- Durante unos segundos pensé que quizá eras algo más que otro monstruo hambriento incapaz de mirar más allá de sus propios impulsos.
La sonrisa desaparece poco a poco de su rostro, aunque no para dejar espacio a la rabia, sino a algo mucho más frío.
Desinterés.
-Pero estaba equivocado- continúa con serenidad absoluta- Tú no quieres cambiar el mundo, Sigurd. Solo quieres aplastarlo para escuchar cómo crujen los huesos debajo de tus pies.
El silencio alrededor se vuelve cada vez más denso. Las figuras que rodean el patio aprietan armas y empuñaduras mientras la tensión se acumula hasta un punto casi insoportable. Aun así, ninguno se mueve sin una orden clara.
Y Hitan lo sabe.
Sus ojos recorren lentamente a sus propios hombres antes de volver a fijarse en el gigantesco buccaneer.
-Me pediste que bajara y defendiera mis ideales… pero eso sería darle exactamente lo que quieres- explica con una tranquilidad insultante- Un hombre como tú solo entiende el mundo a través de la violencia. Cree que todo puede resolverse partiendo algo en dos con suficiente fuerza bruta.
Da un paso más hacia atrás, elevándose ligeramente sobre el resto gracias a la estructura de madera donde permanece apoyado.
-Por suerte, nosotros somos algo más grande que eso-
Entonces alza apenas dos dedos.
Y el patio entero explota en movimiento.
Los primeros en lanzarse son los revolucionarios que sigurd tiene al rededor, justo despues empiezan a salir mas tropas desde los niveles inferiores. Varias figuras irrumpen desde ambos flancos y desde el frente al mismo tiempo, descendiendo escaleras improvisadas, saltando desde pasarelas bajas o emergiendo desde callejones laterales con machetes, barras metálicas, hachas cortas y cuchillas improvisadas levantadas en alto. No avanzan como una turba desorganizada. Lo hacen como una ola compacta, intentando rodear a Sigurd desde varios ángulos a la vez.
Al mismo tiempo, desde las alturas, los grupos apostados sobre balcones y estructuras elevadas reaccionan al unísono. El sonido seco de mecanismos accionándose rompe el ambiente un instante antes de que una lluvia de disparos descienda sobre el centro del patio. Balas, virotes y proyectiles improvisados cruzan el aire desde distintos puntos superiores, buscando obligar a Sigurd a moverse mientras las tropas cuerpo a cuerpo terminan de cerrar distancias.
El estruendo metálico resuena por todas partes. Gritos revolucionarios mezclándose con el ruido de las armas.
Y en medio de todo aquello, Hitan se aleja rápidamente.
Tras alejarse, se queda quieto observando desde arriba.
Como un director contemplando el inicio de la obra que llevaba días preparando.
-Veámoslo entonces, Carnicero de Whisky Peak…- dice finalmente mientras el caos se desata bajo sus pies- Veamos cuántos cadáveres necesitas apilar antes de comprender que el mundo ya ha empezado a cambiar sin ti-

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#8
Outfit ---- Sigurd de Jaya

Decepción. Se huele en el aire. La siento yo, por ellos y ellos la sienten por mi. Ambos buscamos un mismo concepto, aunque lo planteamos de formas completamente distintas, la libertad. Para esta gente se trata de no vivir oprimidos y para lograr esto, hay que trabajar en hermandad, amor y paz fingidos con la promesa de hacer lo mejor para los demás antes que para uno mismo. En mi caso soy de valerme por mi mismo como la criatura más fuerte e implacable del planeta, inamovible a las consecuencias de mis actos y así, ser libre de hacer lo que me plazca. Dos maneras de ver el mundo. La diferencia es que yo sé que tengo razón. Y si no, tengo la capacidad de imponerla de un hachazo. Verdadera libertad.

De un segundo a otro, bajo las órdenes de Hitan, acabo rodeado por decenas y decenas de mercenarios y maleantes, todos seguidores fanáticos de la causa del mierdas moralista ese, que con tal de venderte el cuento de un mundo ideal, es capaz de sacrificar a todos sus hombres en una escabechina de época. Si acaso se cree que un centenar de hombres pueden frenarme, lo lleva claro. Pero si es tan macabro como para mandarlos al matadero solo para que los aplaste y así irse con la satisfacción personal de que tiene razón... No es consciente de la que le va a caer encima.
Los cortes y golpes van y vienen, sobretodo en la zona baja de mis piernas, a la altura de la espinilla y los gemelos. Valientes insensatos que se acercan con sus espadas de broma y sus dagas, tan pequeñas como mondadientes. Nada significativo, pequeñas laceraciones y moratones que no siquiera dejarán cicatrices en mi gruesa piel. Casi se matan ellos antes mientras se aplastan por alcanzarme. Trogloditas. Desde las alturas, aquellos armados con rifles, fusiles y pistolas. Con una coordinación descompensada, van disparando sobre mis hombros y espalda. Es innegable que pica un poco, pero las armas que empuñan y su precisión son para meterlos en un circo y darles de comer aparte. 
Una turba enfurismada. Un ejercito mediocre comandado por un mamarracho con el ego desmedido. Encima nos observa desde lo alto, en una especie de palco personal construido exclusivamente para vigilar la plaza y los alrededores desde una posición privilegiada. Cómodo, omnipresente, como un emperador disfrutando del coliseo. Pocas cosas me sacan más de quicio que personajes así. Pero que esperar de un revolucionario. Nada. Le devuelvo la mirada desde el foso, con una voluntad perversa. Ni las cuchilladas ni los balazos me borran la sonrisa macabra del rostro. Lo tengo decidido. Estos mamones no se van a librar de la muerte... Pero primero cortaré la cabeza de la serpiente enfrente de todos.
Agarro con ambas manos el mango de cuero de Yggdrasil, retorcido mis dedos con fuerza para que no se me escape. Sin apartar la mirada de mi presa, flexiono las rodillas tanto como puedo y a la que tengo oportunidad, pego un salto a plena potencia para elevarme a los cielos. Voy sobrepasando pisos hasta estar ligeramente por encima del balcón en el que se encuentra el malnacido. He calculado lo justo para eso, para estar por encima y caer con todo mi poder sobre su cráneo. Durante el ascenso, el hacha ha bailado por en una de mi cabeza hasta acabar en mi espalda volteada, sobrecargada para lanzar un ataque demoledor con todo el recorrido posible. Para el descenso todo está listo. Los brazos flexionados sobre mi cabeza, sosteniendo el mango desde la parte más baja con ambas manos y la cabeza de Yggdrasil casi a la altura de mi rabadilla. 
Cuando lo tengo a tiro, no lo dudo ni un segundo. El arma recorre un arco infinito por encima mío hasta caer en frente de mí. Las hojas del hacha Silvana mientras cortan el viento hasta impactar contra el rostro del susodicho. Los filos desgastados desgarran la carne con violencia, desde el pico más alto de la cabeza, bajando por el rostro y caminando por el torso hasta escapar por la entrepierna. Un tajo crudo y descomunal de cuerpo entero al grito glorioso de los dioses.
-ÁSGARÐR- 
El rugido resuena en la inmensidad como un presagio de muerte, mientras el hacha, aún no satisfecha con su cometido, arrastra la estructura consigo para destrozar el balcón en el que descansa Hitan. Yggdrasil es así, especial. O no muerde o se lo lleva todo consigo como una mala bestia.
Empiezo a caer. Pero no pienso volver al foso con la multitud. No aún. Mientras sostengo el arma con la diestra, libero la zurda para lanzar un poderoso impacto contra el edificio y clavar mis dedos en el. La fachada se resquebraja ligeramente, pero soporta mi peso y detiene mi caída. Ladeo el cuerpo hacia la derecha, colgado como un gorila a la pared mientras ahora soy yo quien observa el panorama desde lo alto. Pero no como un dios sabelotodo y engreído. Sino como un monstruo feroz que piensa acabar con la faena si se me canta de los huevos.

En efecto, cajita feliz
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 6089 - 438 = 5651
Energia: 4428 - 410 = 4018
Espiritu: 1399 + 0 = 1399
#9
La reacción es instantánea, durante una fracción de segundo, el patio entero contiene la respiración.
Los revolucionarios que hace apenas unos instantes avanzaban sobre Sigurd como una marea fanática ven cómo la gigantesca figura del buccaneer desaparece del suelo y atraviesa los aires con una violencia sin igual. Algunos llegan incluso a detenerse, otros levantan la vista por instinto, los más cercanos a la trayectoria gritan advertencias hacia las alturas, señalando a Hitan mientras observan cómo aquella mole de músculos y acero se dirige directamente hacia su líder.

Por otro lado, los disparos cesan, no por miedo, por necesidad.
Las posiciones de tiro preparadas alrededor de la plaza han dejado de servir. Los francotiradores bajan los rifles o corrigen precipitadamente la puntería cuando Sigurd abandona el centro del patio y alcanza las alturas. Disparar ahora significaría arriesgarse a impactar sobre sus propios compañeros o incluso sobre el mismo Hitan.
Y entonces llega el golpe.
¡¡ÁSGARÐR!!
El rugido atraviesa Mock Town como un trueno.
La hoja de Yggdrasil desciende desde los cielos y se estrella contra la estructura donde momentos antes se encontraba Hitan. La madera explota. Vigas enteras salen despedidas. Barandillas, tablones y soportes saltan por los aires convertidos en una lluvia de astillas que cae sobre la plaza. La plataforma sencillamente desaparece bajo la brutalidad del impacto, arrancada de cuajo como si hubiera sido construida con papel.
Durante un instante parece que el revolucionario ha muerto.
Varias voces se apagan, algunos rostros palidecen.
Otros simplemente observan incrédulos la nube de polvo que envuelve los restos del palco.
Pero Hitan ya no está allí.
En el mismo instante en que Sigurd abandonó el suelo, el revolucionario se había movido, no con desesperación, no con pánico, sino con precisión y elegancia. 

La larga capa oscura se agita entre las alturas mientras su figura aparece varios metros más allá del punto de impacto, aterrizando sobre una pasarela secundaria que cruje bajo sus botas. Por primera vez desde que comenzó el enfrentamiento, la sonrisa ha desaparecido de su rostro.

No queda rastro del político, no queda rastro del orador, ahora solo hay un combatiente que parece estar más curtido de lo que podría deducirse a simple vista. 
Bajo la capa, una de sus manos emerge sosteniendo un arma que hasta ahora había permanecido oculta. Un kanabo oscuro de tamaño considerable, reforzado con bandas metálicas que recorren toda su superficie. No parece ornamental. No parece ceremonial. Parece usado, muy usado.

Abajo, en la plaza, las hordas empiezan a reorganizarse rápidamente. Los revolucionarios de los niveles inferiores abandonan el centro del patio y comienzan a desplazarse hacia los edificios circundantes. Algunos corren hacia escaleras y pasarelas buscando alcanzar los pisos superiores. Otros rodean la plaza intentando recuperar posiciones desde distintos ángulos. Incluso los francotiradores abandonan varias de sus ubicaciones iniciales para recolocarse allí donde todavía puedan mantener líneas de tiro útiles.

Y mientras los Cuervos Rojos vuelven a desplegarse por las estructuras de Mock Town, Hitan ya está moviéndose. Dejando toda la teatralidad anterior de lado, se lanza a por Sigurd sin contemplaciones. La distancia entre ambos desaparece en apenas unos instantes.
La pasarela bajo sus pies cruje, algunas tablas sueltas saltan por la carrera, y entonces el revolucionario se lanza desde las alturas directamente hacia Sigurd con su Kanabo en la mano.
Al acercarse lo suficiente, con ambas manos sujetando el mango, con todo el peso del cuerpo acompañando el movimiento, el arma describe un amplio arco descendente buscando impactar sobre la posición que ocupa el buccaneer en la fachada destruida, aprovechando el instante posterior a la demolición del palco, cuando permanece colgado de la pared cual bestia esperando la guerra. 


INFO
[Imagen: ksMOGZu.png]
#10
El golpe es demoledor, arrasando con todo lo que se encuentra a su paso. Yggdrasil vuelve a cumplir y desgarra madera y cemento como si fuera carne humana, destrozando por completo el balcón donde se posa el pajarillo. Sin embargo, el cuervo ya había salido volando. El muy cobarde alza el vuelo con un salto similar al mío, aprovechando la verticalidad de la plaza y todos los puentes y caminos que se cruzan por ella sobre nuestras cabezas.
Yo estoy enganchado en la fachada, justo por debajo del palco que he reventado. Me sostengo con una sola mano, incrustada directamente en la pared, mientras tengo el cuerpo ladeado de cara a la galería y con el hacha preparada para seguir con la acción.

Los hombres del fugitivo miran la escena desde el foso, atónitos, buscando reubicarse para ayudar a su líder. No sé esperaban que la acción fuera a pasar de largo, aunque más estúpidos son ellos si se creían de verdad que podían frenarme siquiera. Para mí no son ni siquiera una molestia. No dejan de ser bobos engañados por la causa equivocada, por muy cargados de coraje que estén. Simples marionetas engañadas por los falsos profetas de turno, con sus mamarrachadas de liberación e igualdad. Estupideces. Paso de ellos, me he de encargar de matar al comandante.
Alzo la mirada a los cielos, tratando de encontrar al artífice de toda esta bacanal. El tipo no es imbécil, jugando con la luz a su favor mientras recorre los caminos a gran velocidad, cruzando de un lado a otro, haciéndose grande con el juego de sombras y su capa ondeando al viento. Lástima que no cuenta con mi gran sentido del oído y escucho sus delicados pasos sobre la madera en mal estado, que chirría. Así que le voy siguiendo el ritmo a su baile. 
Llegado el momento, se lanza en picado como un ave rapaz. En sus manos carga un contundente kanabo para atizar a sus enemigos. Lo sostiene con ambas manos mientras lo agita para reproducir un ataque idéntico al mío, buscando un arco ascendente que culmine en un impacto bestial. Incluso en la ofensiva, Hitan es demasiado presuntuoso intentando superarme. Su ego tan solo es comparable con mis ansias de arrancarle la cabeza de un mordisco. 

Cuando me tiene a tiro dispara su ataque, pero yo ya estoy varios pasos por delante en esta pelea. En un ejercicio y demostración de fuerza descomunal, arqueo mi torso mientras elevo el brazo que sostiene a Yggdrasil, desde la zona más alta del mango buscando mejor maniobra, para alzarla por encima de mi cabeza en un movimiento diestro ascendente, al mismo tiempo que él ejecuta su potente golpe en caída. Los filos de la gigantesca hacha chocan contra el acero de la maza, pero en vez de buscar un enfrentamiento de fuerzas, donde sé que tengo las de perder por pésima estabilidad, juego con pericia para lograr que su arma resbale con las hojas de la mía y su golpe quede desviado de su trayectoria original, errando por completo.
Ya no tiene por donde escapar. Empieza a caer y yo hago lo propio y me suelto de la pared para iniciar mi descenso junto al jefe de la revolución de Jaya. A ver qué trucos se le ocurren ahora que me tiene cara a cara. Por cuestiones de tamaño, toco suelo antes que él, aunque le doy el beneplácito de aterrizar. No sin antes, sostener el arma con ambas manos para maniobrar con ella en la corta distancia. Cuando su pie toca tierra, lanzo un tajo descendente en diagonal cerrada, cortando desde su hombro derecho hasta el lado contrario de su abdomen. El ataque continúa con un corte horizontal a la altura del pecho, rasgando la carne de los pectorales y dibujando una especie de 7 sangriento en el cuerpo de mi adversario.

La batalla con este tipo se va a cocer lentamente, como un buen estofado. Quiero gozar de cada corte en su piel, de cada gota de sangre derramada. Veamos que tan firmes son sus ideales, que tanto soporta su egocentrismo hasta desmoronarse por el dolor. De esta, ya no va a salir con vida. Ahora solo queda ver si muere de pié, o fallece llorando de rodillas.

En efecto, cajita feliz


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