[Av T5 - Pr Abs] Una corriente helada (Continuación, parte 3)
#11
El arquero trata de alejarse y fijarse en como simplemente ve cuerpos y cuerpos de esos enormes conejos van apareciendo a los lados sin ser capaz de ver exactamente cómo sus compañeros han logrado tumbarlos, sin embargo, tanto él como sus compañeros se confiaron demasiado y no tuvieron en cuenta un detalle que es más criminal en el arquero, quien debería haber previsto esta situación. Esas criaturas enormes son nativas de la zona, y habrán evolucionado y aprendido a moverse por esa zona, cazando en manada y seguramente no actúan por instinto ni de forma improvisada, conocerán cada rincón de la zona y se moverán sin necesidad de órdenes o indicaciones, cada uno sabe donde colocarse y saben perfectamente valorar las amenazas y organizarse en silencio para que la cacería sea efectiva, algo que el propio pelirrojo acostumbraba hacer varias veces en sus tiempos de cazador. Sus movimientos se dan pero brevemente, pero no lo bastante rápidos para evitar que, en el hueco dejado por sus compañeros le alcancen una maraña de conejos gigantes y violentos que se abalanzan contra él, garras por delante.

Lo primero que nota es el arañazo en su pecho antes siquiera de estabilizar su posición y asentar sus pies en la nieve, haciendo que de milagro el arquero de ojos carmesí no se haya caído al suelo. Pero eso es solo el comienzo, uno tras otro los conejos van llegando y antes siquiera de adaptarse al dolor del primer zarpazo en el pecho un segundo alcanza su costado zarandeándolo con violencia en una posición indefensa y con un suelo totalmente inestable. Uno a uno las bestias se van acumulando sobre el marine que para acabar con el problema en una primera instancia lanza una onda de haki que los paraliza a todos, haciendo que caigan al suelo totalmente incapaces de moverse y por lo tanto al menos ya no pueden seguir atacando al marine, cuyo uniforme está completamente rasgado y su sangre riega la nieve a su alrededor, formando un terrible dolor en su cuerpo extendiéndose desde las zonas heridas hacia las inmediaciones.

Bertram aprieta los dientes y sin dudar un instante toma una flecha y en lugar de dedicarse a dispararlas se mueve por las criaturas paralizadas a su alrededor y aprovecha eso para acabar con ellas con una simple y veloz apuñalada con la flecha, directamente al ojo a la profundidad suficiente para llegar a la masa encefálica y cortar de raíz cualquier capacidad de moverse de las criaturas. Normalmente tomaría bastante menos energía y lo haría con más calma, pero en estas circunstancias es mejor no arriesgarse ni demorarse demasiado, los médicos están en peligro y dejar que los animales los entretengan aún más podría ser fatal para ellos y la isla. En ese momento las palabras de su abuelo sobre no subestimar la naturaleza se mezclan con el aviso de su comandante, motivo por el que el arquero decide acelerar el paso y usar dos flechas para ir acabando poco a poco con los conejos restantes antes de avanzar hasta sus compañeros.

El marine escucha la indicación de Stroud y se ajusta bien el abrigo, cubriendo las zonas heridas de forma más estable y fija tras guardar con cuidado las flechas usadas en su carcaj, no quiere malgastar recursos y prefiere mantener la mayor cantidad de recursos posibles para lo que les espera. Su cuerpo se siente pesado, no solo por las heridas sino también por la energía empleada para poder lidiar con los conejos de forma rápida y eficaz pese a estar completamente inconscientes. Ante la pregunta de Stroud, Bertram camina con determinación hacia el teleférico y dice

-Nada con lo que no pueda lidiar de momento sir. Aún tengo movilidad suficiente en los brazos para poder usar el arco, además por mi forma de pelear normalmente no soy el que necesitará más las curas.-

La mirada del joven se vuelve aún más aguda en el entorno, y no solo fija su vista, sino que agudiza vista y oído para estar al tanto del entorno y de posibles nuevos conejos que decidan atacarles, y viendo lo sucedido el joven marine se alegra de no haber llevado consigo a Rasmussen, seguramente acabaría siendo atacado por los conejos sin duda alguna. Mientras camina el joven mantiene el arco sujeto en su mano izquierda, con el puño apretado contra su madera y una mueca de dolor y desagrado en su rostro, pero respirando para lograr controlar sus emociones y despejar la mente, volviendo al poco tiempo a mostrar una expresión calmada y tranquila, más propia del arquero. Apenas cien metros los separan del método para subir y mientras se acerca mira las montañas, mira al teleférico y luego dice

-Soy consciente que este es nuestro único acceso al castillo, y por ello estoy seguro que los secuestradores también lo saben por lo que tendremos que estar listos para una posible emboscada o al menos un par de guardias en la estación superior, sir.-

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berchanpandared



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#12
Los cien metros que separan a los tres marines del teleférico nunca llegan a cubrirse del todo pues, tras avanzar cincuenta metros sobre la nieve manchada de rojo – dejando a sus espaldas la montaña de cadáveres de Lapahn que se extiende de roca a conífera cerrando el camino como un muro improvisado – con los músculos quemando y los uniformes rasgados, el sonido de ruedas sobre la nieve llega desde el norte del camino acompañado de las carcajadas burlonas de su conductor. Es justo la carcajada de alguien que lleva tiempo esperando exactamente este momento. La carreta aparece entre los abetos a unos treinta metros, tirada por dos osos de un tamaño que no tiene nada de doméstico, cada uno rozando los tres metros de altura en cuatro patas con el pelaje oscuro y los ojos pequeños y fijos en los tres marines con expresión feroz. La carreta en sí es grande y robusta, de madera oscura con la carga cubierta por una lona atada con cuerdas, y avanza sin prisa.
 
Betrug detiene la carreta a diez metros de los tres marines y se pone de pie sobre el asiento con una soltura que contrasta con el frío y con la situación, su abrigo de pieles oscuras todavía perfectamente cerrado y la capucha echada hacia atrás por primera vez, dejando ver una cara angulosa con una sonrisa que no tiene ninguna calidez. Les mira a los tres uno por uno, asintiendo para si mismo mientras observa los uniformes rasgados y la sangre en la nieve, y su sonrisa se ensancha antes de que abra la boca – “Tengo que reconocer que no esperaba que lo lograran” – dice dirigiéndose directamente a los tres marines – “trescientos Lapahn eran un problema considerable, pero tres marines mermados son un problema considerablemente menor” – su sonrisa burlona se extiende sobre la comisura de su boca mientras continua hablando – “así que les agradezco el servicio. Han despejado el camino que yo necesitaba, y ahora lo único que queda entre el Castillo de Drum y yo son ustedes tres.” – sentencia, echando un vistazo al teleférico a cincuenta metros para luego volver la mirada a los marines – “El rey de Drum va a abdicar esta noche. Y los médicos de esta isla, incluyendo el marido de esa mujer enferma que tan gentilmente fueron a visitar esta mañana, serán la garantía de que así sea.”
 
A cuarenta metros a las espaldas de Bertrug, los cadáveres de trescientos Lapahn forman una barrera de pelaje blanco y nieve roja que bloquea el camino de extremo a extremo, sus cuerpos apilados hasta los siete metros en los flancos y desparramados por el corredor central como árboles caídos por una tormenta. El aire huele a sangre y a pino y a la nieve fresca que sigue cayendo sobre los muertos con la misma indiferencia con la que cubre cualquier otra cosa en Drum. Cincuenta metros por detrás de los marines, suponiendo que voltearan al oír a Bertrug, la estructura metálica del teleférico cruje levemente con el viento, sus cabinas balanceándose sobre el vacío como si esperasen el desenlace para cargar al vencedor hacia el castillo. En el centro de todo, a diez metros de tres marines heridos y de pie sobre su carreta, Betrug sonríe desde lo alto mientras los dos osos a su frente observan con esos ojos pequeños y fijos que no han parpadeado desde que apareció entre los abetos.
 

 
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#13
Stroud caminaba con pesadez sobre la nieve, sus ojos puestos sobre el teleférico en la distancia. Finalmente lo iban a conseguir, tras aquel desdichado y dichoso incidente de los puñeteros Lapahn. Sin embargo, aquella ocasión aún parecía reservarse una última sorpresa para los uniformados. Se giró al oír una serie de risotadas que parecían llegar desde algún lado, buscando su origen con la mirada, y encontró lo que había sospechado que podría encontrarse. A unos treinta metros del grupo se encontraba una carreta, tirada por dos osos de aspecto imponente y que en absoluto parecían domesticados. Ahí estaba.

Aquel miserable de Betrug se detuvo a diez metros de ellos, en pie sobre el asiento. Se burlaba de ellos. Stroud era consciente de que los subestimaba, pero debía ser lo suficientemente prudente y no subestimarlo a él de vuelta. Fuera quien fuera, tramase lo que tramase, aquel despojo no era ningún cualquiera, y parecía tener el suficiente poder como para poner la isla de Drum patas arriba. Nadie así debía ser infravalorado. No cometería el mismo error por segunda vez. "Así que estaba en lo cierto," pensó para sí, recordando su teoría sobre emplear a los médicos secuestrados como material de chantaje. Para hacer abdicar al rey, nada menos. Claro, había comunicado sus condiciones, pero no a la totalidad de la isla, sino, presumiblemente, únicamente al implicado. ¿Cómo no se había dado cuenta? Lo había dejado muy claro con aquella críptica frase que les había dejado antes de desvanecerse, horas atrás, aún en la ciudad. Inspiró con rabia.

Stroud se planteó qué hacer por un instante. Por un lado, salvar a los médicos de aquel secuestro era la misión principal, aquello era indiscutible. Sin embargo, lidiar con Betrug era fundamental; si no se deshacían de él inmediatamente, quién sabía cuánto tardaría en volver a organizar una como aquella, y para entonces, ellos seguramente ya no estuviesen allí para lidiar con el problema. Había que solventar el problema de raíz. Y no solo aquello: había algo en aquel tipo que le hacía hervir la sangre, verdaderamente. La elección fue sencilla. O, más que una elección, una simple cuestión de prioridades: primero, acabar con él, y después salvar a los médicos. ¿Por qué elegir? Observó el entorno. El combate con los Lapahn los había debilitado más de lo que había calculado en un inicio; debían jugar bien sus cartas. Aquellos osos no tenían nada de buena pinta. Lo principal sería alejar a Betrug de los mismos y evitarlos a toda costa. Hizo un fugaz ademán hacia Kibai y Bertram, para devolver su atención inmediatamente hacia el sujeto.

"Y supongo que, cuando el rey abdique, la corona irá a parar sobre tu cabeza, por el motivo que sea, ¿no?," inquirió Stroud de manera socarrona, si bien no daba aquella impresión debido a lo siempre inmutable de su característico tono y forma de hablar. "Betrug, en nombre de la Justicia y de la Marina, quedas bajo arresto," indicó finalmente con formalidad. Apenas hubo terminado de pronunciar aquellas palabras, pateó con fuerza el suelo bajo sus pies, permitiendo que una concentración de mochi se comenzase a formar en torno a sus piernas y su zona lumbar, al tiempo que parecía comprimir su cuerpo, como agachándose. "¡Speedfreak!". En cuestión de un instante, como un muelle, salió disparado hacia el lado derecho de la carreta (es decir, el flanco izquierdo de Betrug), llevando a cabo una trayectoria curva y manteniendo una distancia prudencial respecto a los osos. Recortó distancias a toda velocidad, y una vez comenzaba a tener a Betrug a tiro, comenzó a comprimir su puño derecho hacia el interior de su brazo, como un segundo muelle. "¡Strength Beyond Strength!," exclamó, a medida que dejaba ir y permitía que el puño impactase con toda su potencia contra la cara de Betrug, propinándole un fuerte empujón que lo tiraría de la carreta.

Sirviéndose del mismo frenazo causado por el impacto de su propia técnica, Stroud no dejó que se perdiese la inercia de su movimiento, y aprovechó el golpe para impulsarse hacia detrás, sin perder de vista ni a Betrug ni a sus dichosos osos, colocando el pie sobre el lateral del asiento de la carreta y saltando de espaldas, cayendo sobre el suelo nevado a unos diez metros del lado de la carreta.

Off
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#14
Mientras caminaba hacia el teleférico, examinando de reojo de vez en cuando el costado dónde uno de los Lapahn le había acertado con sus garras, Kibai seguía pensando exactamente por qué el ejército real no había intervenido antes. Aquellos conejos eran duros, si, pero los hombres del Rey deberían estar acostrumbrados a lidiar con ellos. Por desgracia la respuesta llegaría antes de lo previsto, en forma de una súbita ráfaga de viento que trajo unas risas acompañadas de un olor que el mink reconoció perfectamente. Antes siquiera de girarse, Kibai soltó un leve gruñido a la vez que se le crispaba la mano izquierda, pues sabía lo que, o mejor dicho, a quien iba a encontrar a su espalda.

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Una carrera de madera avanzaba hacia ellos, tirada curiosamente por dos enormes esos. A simple ojo, Kibai calculó que cada oso mediría aproximadamente tres metros de altura, lo que equivaldría a unos siete u ocho al erguirse sobre las patas traseras. Desde luego, aquellas bestias eran peligrosas. Betrug, que seguía en el pescante, hizo frenar a las dos bestias, antes de ponerse de pie.

— Ya decía yo que me olía mal por aquí, y no era por la sangre de los Lapahn...

No obstante a medida aquel hombre seguía contando su rastrera artimaña para hacerse con la corona de la isla de Drum, el costado del mink dejó de escocer, siendo esta sensación sustituida por una furia que agudizó sus mirada e hizo que las garras de ambas manos surgiesen de golpe, expulsando las últimas gotas de sangre de Lapahn que aún quedaban adheridas formando una costra rojiza. Aquello superaba cualquier índice de maldad o de vileza que hubiese visto. Hasta el Dragon Rojo al menos había tenido un duelo legítimo cuando lo enfrentó. Pero hacerse con él poder de una isla obligando a su gobernante a elegir entre el sufrimiento de su gente o entregarlo a aquel hombre con la esperanza de que fuese un rey minimamente decente? Esa maniobra era peor que la que haría cualquier pirata, que solo buscaría un botín, o incluso alguien del ejército revolucionario, que al menos se jactaban de querer lo mejor para el pueblo.

Lo que estaba ocurriendo en Drum era, simple y llanamente, obra de alguien malvado.

En cuanto Stroud anunció el arresto de Betrug, Kibai no perdió el tiempo en mayores ceremonias. Con un sonoro rugido activó su Electro, desenvainó a Raimei y se lanzó en una dirección cruzada con su compañero de División hacia el flanco izquierdo de la carrera (o lo que es lo mismo, el flanco derecho de Betrug). Stroud había sido mucho más rápido, pero del resultado de sus peleas anteriores en Little Garden, Kibai sabía de sobra como actuar. La anterior vez la coordinación había requerido una mayor complejidad al estar las flechas creadas por Moja, pero aquí el resultado era más sencillo de calcular. En cuanto llegó al punto deseado, a unos tres metros en un ángulo de treinta grados hacia la espalda de Betrug, el mink clavó las garras de su mano libre en el suelo para pivotar sobre ella y se lanzó como una bala directamente hacia su adversario, que ya había sido atacado por Stroud en un primer lugar.

¡¡Getsui Zangeki!!

El tajo de Raimei se dirigió directamente contra el lateral de la cabeza de Betrug. Sin pararse a celebrar su éxito, Kibai apoyó su mano en la parte trasera del hombro derecho del hombre y se impulsó hacia la dirección contraria de la cual había partido, elevándose siete metros en el aire, y describiendo una grácil pirueta para acabar aterrizando a doce metros de la carreta y a tres a la izquierda y dos a la espalda de Stroud, que había saltado hacia atrás a su vez.

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— Algo me dice, señor...— dijo Kibai mientras desenvainaba a Arashi. — Que este también se va a resistir al arresto.


La Caja de Pandora
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#15
Tras un temible error de cálculos por parte de los marines que les costó a cada uno de ellos una severa herida, o un par en el caso del arquero, por lo que los tres avanzan con el cuerpo pesado y los dientes apretados, lamentando ese error de novatos poco propio de ellos. Pese al terrible error el grupo de marines ha logrado librarse de los Lapahn, dejando sus cuerpos amontonados en el camino formando una especie de muro que provoca que el camino sea aún menos transitable que antes. Los tres marines manchan la nieve con su propia sangre caliente, notando punzadas de dolor por los zarpazos y en el fondo de su mente se juran no volver a cometer el mismo error. Poco a poco los marines avanzan hacia el teleférico que los llevará hasta el castillo, donde se dice se encuentran los médicos retenidos como prisioneros, o más bien como lo ve el pelirrojo, son una moneda de chantaje para lograr algo del reino. Apenas han avanzado unos cincuenta metros cuando el sonido de ruedas llenan el lugar, alcanzando rápidamente los oídos del contramaestre quien solo puede pensar en una persona para estar ahí y aparecer justo en ese preciso momento, el culpable de la situación del reino.

Antes siquiera de darse la vuelta para ver al sujeto, y gracias a sus años de cazador y su visión periférica, el joven marine se percata del cambio en Kibai, por lo que seguramente sea quien sea el culpable de todo esto es alguien que el cocinero de la división ya ha visto. El joven arquero se da la vuelta con calma, tomando el arco en su mano y tomando una flecha en concreto del carcaj habitual, con un movimiento tan natural que nadie lo miraría dos veces, y menos si no están acostumbrados a luchar con arqueros, pues puede parecer un movimiento simple, pero en realidad es un momento delicado y crucial para todo arquero, pues si logra evitar que identifiquen sus flechas, es capaz de aprovechar la incertidumbre en el rival para sorprenderlo con un daño que no se espera, aunque en este momento la diferencia en sí es apenas la capacidad de perforar, a futuro puede añadirle otros tipos de flechas, como explosivas, rellenas de veneno, corrosivas.

Conforme el sujeto empieza a hablar el arquero se posiciona, manteniendo como siempre las distancias y evitando entrar en combate cuerpo a cuerpo, y al mismo tiempo buscando siempre una posición desde la que poder disparar tranquilamente sin preocuparse de acertar a sus compañeros, quienes suelen encargarse de la pelea cuerpo a cuerpo. Lo que más le llama la atención y preocupa al arquero en una primera impresión son los enormes osos que tiran de la carreta, dos bestias que cada una alcanza fácilmente los tres metros de altura a cuatro patas, pudiendo alcanzar sin problemas los 8 en el momento que se alcen sobre sus extremidades traseras. Sus pequeños ojos no se separan de los marines, ni parpadean, manteniéndose fijos en los que serán los rivales de su amo, y con su aspecto poco amigable seguramente no son inofensivos.

Como es costumbre Stroud es quien toma la iniciativa y entabla conversación con el sujeto, queriendo averiguar más de sus intenciones y lo que sacará él de todo esto. Los ojos atentos y avizores de Bertram se fijan en el pequeño gesto de Stroud justo antes de iniciar su diálogo con el sujeto, siendo que en ese momento el marine toma una segunda flecha de forma disimulada mientras mantiene la misma distancia con Bertrug y sus osos. En el momento que percibe a Stroud cubrir sus piernas con su akuma el arquero decide no dejar las cosas al azar y lidiar con los osos para que no molesten. En el mismo instante que sus compañeros salen disparados hacia el sujeto, Bertram no titubea y vuelve a lanzar una oleada de haki, expandiéndolo hasta alcazar a los osos buscando mantenerlos paralizados, como a los Lapahn antes de acabar con ellos. Lejos de quedarse ahí, el joven marine tensa la cuerda de su arco y justo durante el ataque de Kibai lanza dos flechas, la que ya se encuentra en la cuerda tensada y una segunda justo después, ambas a su torso, la primera buscando el centro del mismo donde se encontraría el diafragma y la segunda la base de la columna, cargando cada flecha con electricidad mientras grita en claro

-Zwillingsblitze-

El joven arquero mantiene la mirada fija en el sujeto, pero no descuida los osos pues si bien el haki debería paralizarlos, en caso de que se vuelvan a mover deberá volver a detenerlos. Manteniendo la distancia y la compostura, junto a un aspecto calmado a pesar de la furia que brota en su interior, el arquero dice

-Por norma general los cobardes que usan este tipo de estratagemas no suelen rendirse, sir. Jugar con las vidas inocentes por conseguir tu objetivo es algo tan cobarde que me provoca repulsión.-

Tras eso el pelirrojo se aparta dos metros de un salto para estar más lejos de cualquier daño pero dentro de su rango de acción.

Carcaj de información de Bertram
berchanpandared



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#16
Los ojos fríos de Betrug no pierden detalle desde lo alto de su carreta, a diez metros de los tres marines. Ve al arquero pelirrojo cargar las flechas sin lograr engañarle, ve la cuerda tensarse y calcula la trayectoria, y ve a Kibai acercarse desde el flanco izquierdo a una velocidad que puede seguir sin dificultad. Se prepara para ambos, su cuerpo ya buscando el ángulo correcto para esquivar, y en ese preciso instante en que toda su atención está distribuida entre el arquero a diez metros al frente y el mink a doce metros del lateral izquierdo, algo le golpea en la cara con una fuerza que no viene de ninguna dirección que haya considerado. Stroud había salido disparado hacia el flanco derecho recortando los diez metros que le separaban de la carreta a una velocidad que convierte su silueta en poco más que un destello blanco sobre la nieve antes de que el puño derecho comprimido como un muelle se libere con toda la potencia de su brazo directamente contra la cara del conspirador. La cabeza de Betrug gira con el impacto y la sangre salpica sobre la lona de la carreta, y en ese mismo instante las dos flechas eléctricas de Bertram le alcanzan en el torso desde los diez metros que los separan, la primera perforando a la altura del diafragma y la segunda en el costado, clavándose con un chasquido seco mientras la descarga eléctrica entumece la musculatura de la zona sin llegar a detenerle. Stroud salta diez metros hacia atrás aterrizando a diez metros del lateral derecho de la carreta y a sesenta metros del teleférico.
 
Lo que desconocen los tres marines es que Betrug no es un cualquiera. Oriundo de la isla Isshin en el East Blue, se convirtió en un estudiante del Hasshoken de la mano del maestro Sham 'Five' Mash con quien paso innumerables temporadas entrenando. Betrug es letal en combate hubiese sido capaz de derrotar a todos los Lapahn. Prefirió recurrir a la ayuda externa pues sabe que debe guardar sus energías para pelear con la guardia real de Drum. Por lo que, a pesar de sangrar por tres puntos distintos y tener el torso entumecido por la electricidad, sigue de pie como el campeón que se considera. Escupe un hilo de sangre sobre la nieve, y cuando Kibai llega desde el lateral izquierdo con Raimei levantada Betrug esquiva el tajo con una fluidez que deja la hoja cortando el aire donde su cabeza estaba un instante antes. En el mismo movimiento planta la cabeza en la nieve a sus pies, se apoya sobre ella como punto de apoyo, junta manos y piernas y empieza a girar con una velocidad que levanta una columna de nieve a su alrededor antes de impactar contra Kibai.
 
"¡Buto Kaiten!"
 
El golpe lanza al mink en línea recta hacia Bertram que está diez metros a frente proyectando aquel poder capaz de conquistar al mundo afectando a los osos quienes están paralizados, a Kibai su cuerpo surcando esos diez metros como un proyectil hasta chocar contra el arquero, y a Betrug quien nota dicha fuerza sin esperarla como una presión que cae sobre él como si la gravedad hubiera decidido aumentar, ralentizando sus movimientos y añadiendo un peso invisible a sus extremidades. Sin detenerse, acelera el giro aumentando la velocidad y el control sobre su trayectoria y se lanza hacia los dos marines que convergen en el mismo punto a diez metros del frente de la carreta y a cuarenta metros del teleférico.
 
"¡Buto Kaiten: Ranbu!"
 
El impacto alcanza a Kibai y a Bertram al mismo tiempo, empujándoles sobre la nieve un par de metros desde el punto de colisión. El Haoshoku se rompe y los dos osos sacuden la cabeza casi al unísono, parpadean, y en sus ojos pequeños y fijos vuelve a encenderse una furia salvaje. Se alzan sobre las patas traseras alcanzando los siete metros de altura, sueltan un rugido que hace vibrar la nieve de los abetos cercanos, y se lanzan junto con la carreta recorriendo los diez metros que los separan de Stroud buscando destruirlo todo a su paso.
 

 
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Betrug

Belico

Gastos

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#17
Cayendo sobre la nieve y levantando una polvareda blanca a su alrededor al frenar sobre la misma, Stroud observó las consecuencias de su ataque. Una vez iniciada la confrontación, ver cómo el enemigo reaccionaba, o no, a un golpe de cierta potencia era una de las mejores maneras de evaluar rápidamente la situación, y no le gustó lo que vio. Había sido lo suficientemente rápido, lo suficiente como para que incluso los osos no fueran conscientes de su presencia, así como el propio Betrug, pero la conclusión ante cómo había encajado el golpe era evidente: aquel tipo era fuerte, pese a las apariencias. Iba a ser un problema, sobre todo si la División no actuaba con la coordinación que necesitaba mostrar en momentos como aquel. Su golpe ni siquiera lo había desplazado del lugar, como había sido su intención. Estaban tocados desde el enfrentamiento contra los Lapahn, que había requerido más recursos de lo que habría sido ideal. Sin embargo, Betrug había sangrado, y si podía sangrar, podía ser ajusticiado.

El ataque de Bertram no había tardado en llegar, encajándole dos saetas en el pecho, que nunca venían mal. Sin embargo, la ofensiva de Kibai no había tenido tanto éxito, y Betrug había sido plenamente capaz de esquivarla sin ningún problema. Tendrían que subir la potencia. Sin embargo, aún no estaba listo para usar la técnica que quería. Debía prepararse. Después del desgaste, debían enfrentarse a un combate de desgaste. Sus ojos, de aquel gris oscuro, iban de un lado para otro, analizando la situación e intentando optimizar la siguiente jugada. Repentinamente, Betrug había desaparecido, aunque el impacto sobre Bertram y Kibai se volvió rápidamente evidente. El hijo de puta, además de fuerte, era indudablemente rápido. La atención de Stroud, sin embargo, debió desviarse inmediatamente a los dos enormes esos, que habían parecido salir de su ensimismamiento y habían comenzado a avanzar hacia él, arrasando con todo a su paso. Debía decidir qué hacer. Su primer instinto, claro, fue acabar con ellos allí y entonces; no le llevaría más que un instante.

El extraño hombre parecía haber finalizado un movimiento de rotación, con el que había golpeado simultáneamente a sus dos compañeros. Pero él también había cometido un error fundamental: los subestimaba. Viendo cómo los osos se aproximaban a él, dio un pisotón sobre la nieve, a partir del cual el mochi comenzó a expandirse por su cuerpo, bajo el uniforme, de forma que entre los agujeros de su ropa comenzaron a volverse visibles una serie de espirales sobre su piel: "¡And Justice For One! Venid a por mí," dijo, mientras se preparaba para recibir la embestida de los osos, sus zarpas avanzando a través de la nieve y dejando profundas huellas. Pero lo pensó mejor. Stroud había aprendido una valiosa lección de su enfrentamiento con los Lapahn, y no debía caer en el mismo error. Era imprescindible priorizar a Betrug; podrían ocuparse de los osos más tarde. Cuando se trataba de gentuza como Betrug, a Stroud le importaban tres narices el honor y la limpieza de un combate. Mucho más veloz que los propios osos, decidió aprovecharse de que Betrug mantenía su atención en Bertram y Kibai, encarado hacia ellos, y salió corriendo hacia él, recorriendode un plumazo los 14 metros que distaban entre ambos y provocando que la niebe se pulverizase en una pequeña nube a su paso. "¡Jawbreaker doble... por detrás!," exclamó, al mismo tiempo que, por la espalda, encajaba dos puñetazos simultáneos que pasaban junto a los hombros de Betrug, de menor envergadura que el Marine, y aterrizaban en ambos ángulos de su mandíbula, causando una suerte de pinza sobre su cabeza desde ambos lados. Y, en el preciso instante en que ambos hubieron impactado, tomó impulso sobre la nieve, dando un salto y quedando a cinco metros de Betrug, manteniéndolos tanto a él como a los osos de las narices en su campo de visión.



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#18
La coordinación de los marines de la división 60 funciona de forma impecable, y por mucho que los movimientos del arquero son suaves y discretos puede ver que no pasa desapercibido a los ojos de su rival, quien no pierde de vista a los marines y parece totalmente dispuesto a acabar con ellos con tal de conseguir su objetivo, por cobarde que sea el método. En un parpadeo Stroud alcanza la posición de Beltrug e impacta un potente golpe que si bien hace que no pueda reaccionar a las flechas del arquero que impactan de lleno en su torso entumeciéndolo, pero ahora debe buscar afectar zonas más importantes, como cabeza o extremidades para reducir su capacidad ofensiva, pues justo después de recibir las flechas logra reaccionar a la ofensiva de Kibai impactando un serio golpe en el compañero del pelirrojo y, además lanzarlo contra Bertram haciendo que se vea complicado de poder seguir peleando o moviéndose.

Lo peor viene cuando el sujeto literalmente desaparece ante los ojos de Bertram y solo aparece tras llegar a donde están tanto él como Kibai para lanzar un golpe tan potente hacia ambos que empuja al cazador de la división un total de dos metros, pues pese al terrible dolor y entumecimiento que siente por semejante golpe, logra hacer fuerza para evitar ser empujado más de lo necesario, aunque alejarse es algo que le viene bien prefiere controlar la dirección y distancia, en lugar de poder ser estampado contra un árbol o similar. El arquero nota su cuerpo pesado por el golpe, pero su visión sigue fija en el hombre, y mantiene vigilados los osos pues  debido a semejante golpe el haki del pelirrojo deja de estar activo, por lo que pueden volver a moverse con total normalidad. Bertram aprieta los dientes manteniendo la vista fija en el sujeto y ve por su posición y costumbre de mantener una visión lo más amplia posible a Stroud lanzarse a por él por lo que sabe que no es hora de descansar ni distraerse, sino que pasa a poner toda la carne en el asador por lo que toma dos flechas nuevas mientras el rubio se acerca a toda velocidad y carga primero una flecha algo diferente con electricidad y, en el momento que el rubio impacta el golpe en su barbilla, la lanza apretando los dientes y esperando que la potencia de sus planes sea suficiente para encadenar una buena secuencia de golpes mientras grita -Wespenschwanz Düstere Pfeil-, pero no se detiene ahí sino que además lanza una segunda flecha, normal, directamente hacia la primera que impacta en la cola de la misma y la impulsa con aún más fuerza hacia el ojo derecho del sujeto con toda la intención de atravesarlo.

Con suerte la flecha quedará entera para recuperarla, sino tendrá que reabastecerse más adelante cuando se dedique a crear sus nuevas invenciones, como por ejemplo una mirilla que añadir al arco para mejorar aún más su potencia de ataque y precisión. Tras eso el joven arquero se separa unos 8m del sujeto, no lo suficiente para que no pueda alcanzarle, pero al menos no se queda abierto a un contraataque inmediato o a golpes sin que tenga que desplazarse para poder golpear al arquero, arriesgándose a ignorar a los demás y que puedan lanzarle una potente ofensiva mientras él intenta librarse del arquero. El arquero ha gastado más energía de la que esperaba en ese último ataque, pero tienen que lograr deshacerse de ese sujeto cuanto antes si quieren acabar con el problema de raíz en lugar de solo aplazar el problema. La mirada del arquero se vuelve a fijar en el sujeto, su arco afianzado en su mano que aprieta con fuerza el mismo mientras mantiene una postura recta y firme a pesar de todas las heridas.

Carcaj de información de Bertram
berchanpandared



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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1815 - 667 = 1148
Energia: 1449 - 374 = 1075
Espiritu: 349 + 10 = 359
#19
Kibai se había desplazado a la perfección, había rodeado a los dos osos que servían de escolta y bestias de tiro al mismo tiempo para Betrug y se había posicionado en un ángulo adecuado para atacar a su adversario. Sin embargo, su ataque llegó demasiado tarde, y la hoja de Raimei solo hendió el aire. El mink abrió los ojos sorprendido por la repentina velocidad de aquel malnacido. Apenas tuvo tiempo de recuperarse cuando Betrug adoptó una pose sumamente extraña, apoyando su cabeza en el suelo y comenzó a girar sobre si mismo a tal velociadad que podría haber prendido una hoguera de haber algo de yesca bajo su cráneo. Sin embargo aquella técnica demostró ser eficaz pues golpeó al mink a tal velocidad que este no tuvo tiempo ni a interponer a Raimei entre él y su adversario.

El golpe resonó en el camino como un trallazo, con los árboles más cercanos acusando una ráfaga de viento cuando el aire les golpeó. Kibai salió disparado por el aire durante diez metros. El mundo se cubrió por un momento de oscuridad y el suelo y el cielo giraban en círculo mientras el mink seguía su trayectoria por el aire. Finalmente casi por instinto, clavó a Raimei en el suelo, frenando su impulso para acabar justo al lado de Bertram. El Electro había abandonado su cuerpo, y aunque Kibai trató desesperadamente de volver a invocar la fuerza eléctrica en su interior, sabía de sobra que necesitaba tiempo para recargarse lo suficiente como para volver a utilizarlo.

Sin embargo, aquello estaba lejos de acabar. Antes de que pudiese reaccionar de nuevo, Betrug se lanzó hacia él y Bertram de nuevo, golpeándolos a ambos. Al igual que en la ocasión anterior, Kibai fue incapaz de reaccionar. El ataque de su rival era, simplemente, demasiado rápido. Un nuevo golpe le vació el aire de los pulmones y le hizo encogerse sobre si mismo, amenazando con hacerle clavar una rodilla en tierra. Por suerte el tercer golpe nunca llegó.

Más por percepción que por otra cosa, sintió como como una ráfaga de aire golpeaba su rostro a la vez que el Jawbreaker de Stroud golpeaba a Betrug, y casi al mismo tiempo su pelaje se erizó cuando dos silbidos electrizantes pasaron a su lado para clavarse en su adversario como respuesta de Bertram al ataque.

Todos sus compañeros estaban haciendo lo que debían hacer, acabar con aquel desgraciado. Y él? Él estaba siendo un saco de golpes, tan inútil que se sorprendía siquiera de estar aún consciente. Él había soltado a las avispas en la ciudad de Sakura, lo que había provocado un tumulto que un poco más y les habría costado enfrentar una revuelta, él había sido quien había iniciado aquella estúpida intentona de limitar los movimientos de los Lapahn cuando habría podido acabar con ellos sin tantas ceremonias. Y él había sido quien había fallado en el ataque coordinado a Betrug.

— No... — pensó mientras se agazapaba en la nieve, clavando sus garras en la hierba de debajo, ignorando el dolor sordo que provenia de los golpes que había recibido. — Yo definitivamente no voy a ser el único que pierde aquí hoy...

Con un rugido, Kibai invirtió el agarre de Raimei y se lanzó hacia delante, recorriendo los dos metros que le separaban de Betrug. Al llegar a su lado, lanzó un corte vertical ascendente contra su abdomen. La hoja de Raimei golpeó el cuerpo de Betrug, abriendo un tajo desde el pubis hasta el esternón.

¡¡¡Gekko no Issen!!!

Sonriendo al ver como Raimei por fin se teñía de sangre, el mink se echó hacia atrás, interponiéndose entre Betrug y Bertram, a la vez que desenvainaba a Arashi con su mano izquierda y escupía al suelo un cuajo coagulado de sangre, la cual tiño la nieve de un color escarlata oscuro.

— Tendrás que hacerlo mucho mejor que eso, "majestad"...

La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1920 - 1360 = 560
Energia: 1091 - 121 = 970
Espiritu: 739 + 0 = 739
#20
Betrug termina de girar tras usar el Buto Kaiten Ranbu y cuando recupera la vertical queda encarado directamente hacia Stroud que viene a catorce metros a toda velocidad buscando claramente atacar a su enemigo. Pero Betrug le ve venir, levanta ambos brazos y los interpone entre su mandíbula y los dos puños del marine, absorbiendo el impacto gritando – “Baria no Kinniku III” – los huesos de sus antebrazos encajando la potencia del golpe con un crujido sordo que se pierde entre el viento aullante de las Drum Rockies. Sin embargo, Betrug es incapaz de multiplicarse por lo que no puede bloquear las flechas de Bertram que silban atravesando el aire cargadas de electricidad y clavándose en su cabeza que es tan dura que logra salvar su cerebro de ser perforado, pero no lo suficiente para mitigar el daño. Por su flanco, el tajo ascendente de Kibai le abre desde el pubis hasta el esternón con una limpieza que hace que la sangre tarde un segundo en brotar antes de teñir de rojo el abrigo de pieles de arriba abajo. Betrug sangra por cinco puntos distintos, pero sigue en pie.
 
En algún lugar entre el dolor y la furia, su mente viaja por un instante a otro invierno, en otra isla, mucho más al este. Creció leyendo los panfletos que circulaban de mano en mano entre la gente y escuchando las palabras sobre un mundo donde los reyes no nacían, sino que se ganaban el derecho a serlo. Aquellas palabras resonaron en él otrora mucho tiempo atrás pero no encontró con quien compartirlas, ni con su familia ni con nadie de Baterilla, su isla natal, y cuando empezó a repetirlas en voz alta lo suficientemente fuerte como para que otros las escuchasen le corrieron, le juzgaron, le apalearon, y le expulsaron. Anduvo mucho tiempo buscando aliados, un lugar lo suficientemente aislado como para que la marina tardase en enterarse, y lo suficientemente rico en algo que los revolucionarios pudiesen aprovechar. Drum tenía médicos, los mejores del mundo conocido, y eso era poder puro. Encontró aliados, trazó un plan, y lo ejecutó. Todo eso para que tres marines de paso lo desbaratasen en una mañana de invierno. No lo iba a permitir.
 
La furia de la idea, que transcurre en un instante, le devuelve al presente. Estará herido, pero no aun vencido, por lo que encara a Stroud que está a cinco metros, tensa los músculos de su brazo derecho con una rapidez que hace que las venas se marquen bajo la piel, salta la distancia que les separa y descarga un golpe dual con toda la potencia que le queda concentrada en ese instante – “¡Motto Chikara O III!” – grita mientras sus puños derecho e izquierdo se lanzan directo a la cara del marine con una fuerza desmedida, la misma fuerza que le hace seguir hacia adelante a pesar de las circunstancias. A espaldas de Stroud, los dos osos que arrastraban la carreta no se han detenido. Cada uno rozando los tres metros de altura en cuatro patas y los siete alzados sobre las traseras, cubren los diez metros que los separaban llevando consigo la carreta que va traqueteando y crujiendo detrás de ellos mientras avanzan directamente hacia la espalda del marine buscando pillarle y destrozarle por completo.
 

 
Detalles Importantes

Betrug

Belico

Gastos

Off
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