Sognare | Pasado
#1
Año 15,
Faro / Baquella / Isla Baterilla
Hora: 03:40 am





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La inspiración llega cuando menos lo esperas, en medio de una tarea cotidiana, al contemplar algo que te llena de asombro, o simplemente mientras piensas en cualquier cosa y de pronto surge ese pequeño e irresistible pensamiento del “¿Y sí?. Algunas personas esperan el momento perfecto para dar forma a la chispa fugaz, aguardando por un mejor momento donde hacerlo tangible sea oportuno, pero, yo soy artista y he aprendido que la inspiración no entiende de horarios ni de conveniencias, solamente llega de improviso, de forma calmada pero directa, nace como una melodía que aparece entre el silencio y se queda para hacerse escuchar, y así como llega debe plasmarse rápido, porque sino se captura en ese instante puede desvanecerse tan rápido como nació, dejando únicamente el eco de lo que pudo haberse conseguido, es por eso, que cuando tengo inspiración espontánea lo escribo, lo dibujó, compongo.

Caminaba entre los estrechos senderos rocosos que serpenteaba entre las residencias del pueblo, bajo el tenue resplandor de la luna, apenas se distinguía el brillo nacarado de sus paredes blancas, ese mismo tono reflectante capaz de hacerse visible incluso en la inmensidad del alta mar. Las tejas de un rojo intenso durante el día se desvanecían en la penumbra hasta convertirse en un bermellón apagado, discreto, aunque sin perder el cálido encanto que otorga a cada hogar su carácter acogedor. Las construcciones levantadas con una mezcla humilde de arena y roca pulverizada, moldeadas como una suerte de arcilla endurecida, hablaban de la sencillez y del ingenio de quienes habitaban en esta isla, no había ostentación en sus cimientos pero sí una belleza serena nacida del esfuerzo y de la cercanía con el mar. Baquella era un pueblo encantador donde la humildad no solo define las viviendas, sino también el espíritu de su gente, sus clases permanecen tranquilas, casi ajenas a la malicia del mundo exterior, y aunque la bondad parece brotar de manera natural de sus isleños, la constante presencia de los marines que patrullan cada noche la hacen más segura, o eso piensa la gente.

Con pasos armoniosos me desplacé por las calles empedradas que ascendían entre las casas del pueblo, siguiendo el sendero principal que conecta del muelle con la parte más alta de la isla, el camino se eleva de forma constante obligando a cada paso a conquistar un poco más de altura. Mi destino era el gran faro que coronaba la cima, a lo lejos su potente haz de luz giraba con solemnidad, cortando la densa oscuridad de la noche para extenderse sobre las aguas del mar como una promesa de orientación a quienes decidían llegar o simplemente irse de las costas de Baterilla.

La inspiración me había alcanzado en medio de mis sueños, en aquel mundo etéreo donde la razón cede su lugar a los brazos de morfeo, mi corazón silente interpretó una melodía tan dulce como cristalina, no era una simple sucesión de notas, sino una composición completa, vive, perfecta en toda su composición, podía recordar cada entonación, cada matiz rítmico, el delicado crepitar del arco al deslizarse sobre las cuerdas en elegantes secuencias de arpegios que parecen surgir directamente de mi alma. Al despertar permanecí unos instantes inmóvil, repasando en mi mente cada fragmento de aquella música nacida del país de los sueños, temerosa de que el alba me la arrebatara, no perdí el tiempo, no podía permitirme perderla.

Tomé de inmediato mi libreta de anotaciones, aquella donde conservo las partituras de todas mis composiciones, y sin siquiera cambiarme el pijama, abandoné mi hogar con paso apresurado y silenciosos, necesitaba un ambiente lejos de casa, necesitaba estar fuera de las voces familiares de la casa, del murmullo del pueblo, del puerto y de la isla entera, y es por eso que me dirigí al faro, a ese refugio elevado donde el viento y la soledad siempre parece hacer espacio para la música, y por supuesto, mi amado violín, Amphitrite, venía conmigo. Sabía que una vez plasmada cada nota sobre el papel comenzaría a usarlo para recrear esa melodía nacida en el reino intangible de los sueños, esa noche, estaba destinada a convertirse en realidad.

Minutos transcurridos de andar y andar, y al estar frente la fachada del faro emprendí la gran tarea de seguir ascendiendo, pero ahora por las escaleras que llevaban a la cima de aquel farol despierto, solo quería…. llegar.
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#2
Levantarse a las 5:00 a.m.

Estar en servicio a las 6:00 a.m.

Patrullar el pueblo ese en donde viven campesinos ingenuos.

Reportarse, al final del día, en la base de la marina de Baterilla.

Repetir.

¡Era un infierno!

Lo mataría. Mataría a Rafael, el hombre responsable de que tuviera que hacer su trabajo desde una base de la marina en una isla tan pobre como aburrida, porque no hay manera de que pueda encontrar gracia en la cotidianidad tranquila de la que muchos se vanaglorian.

Ser parte de la marina en tan tedioso pueblo debía ser el trabajo más aburrido del mundo.

Y; sin embargo, sus doradas irises brillaban con interés cada vez que los berries llegaban a sus manos, cada vez que se sumaba un cliente a su lista de “pacientes”, a fin de cuentas, el lado bueno de haber podido infiltrarse con éxito en una base de la marina y, mejor aún, teniendo la bendición de alguien que, según le habían dicho, tenía influencias dentro, era que su trabajo —su verdadero trabajo —, sí que daba frutos.

Traficar desde la comodidad de un puesto del gobierno, por más bajo que fuera, hacía que la venta de humanos por partes se viera “legal”.

Esos pequeños detalles eran lo único que lo frenaban de marcar el contacto de Rafael para recitarle todos aquellos insultos de marinero que aprendió hace años, cuando viajaba con su vieja tripulación pirata.

—¿Qué será de ellos? —El pensamiento fugaz terminó como una pregunta pronunciada en voz alta que el viento arrastró, llevándola al olvido. ¿Para qué pensar en aquellos a los que él mismo entregó a la marina? No tenía caso y, aún así, de vez en cuando, rostros difusos, nombres incompletos y recuerdos a medias de sus antiguos compañeros regresaban a su mente que, aunque poco fiable, aun tenía espacio para ese viejo grupo. —¡Basta!

De pie, recostado en el barandal oxidado del faro, en un sitio en donde la luz de guía no llegaba, el hombre sacó de sus pantalones azul oscuro, una bolsita en cuyo interior reposaba un papel de consistencia aceitosa y más grueso que una simple página para escribir. Tenía un penetrante aroma a menta que el pelirrosa aspiró antes de meter su otra mano en el otro bolsillo de su pantalón para sacar otra bolsita, esta vez con una hierba bien desmenuzada.

Se acomodó mejor para arreglar la hierba dentro del papel saborizado y, aunque seguía de pie, sus brazos se acomodaron mejor en el borde del faro, buscando estabilidad y que el viento no se llevara consigo lo único que lo haría no volverse loco en un trabajo tan cargante.

Con una destreza envidiable y la agilidad manual que años de prácticas de cirugías clandestinas le otorgaron, el “médico” terminó su preparación en un parpadeo y, en un par de segundos más, habiéndose colocado el papel enrollado en sus labios, permitiéndose gozar la sensación friolenta que la menta generaba en sus labios, encendió el cigarrillo con rapidez. El viento, como si lo consintiera, se detuvo por el tiempo suficiente para que el fuego quemara la punta del cigarro, a la cual le dio una gran calada casi de manera inmediata.

—Sí, a esto vine…no a deprimirme con fantasmas del pasado —. Hablaba para sí mismo, aunque en verdad eran solo pensamientos que terminaban traicionando su cuerpo y escapándose por su garganta…una mala costumbre que debía controlar, pero no hoy.

Suficiente había tenido con una semana muerta, con una semana en la que le tocó ser el marine perfecto, ideal, el soldadito a la que las señoras le dan los buenos días y que los abuelitos buscan para que los ayuden con las compras. ¡Vaya farsa se había montado! Si esos inocentes ciudadanos supieran a que se dedicaba en verdad, ni siquiera se le acercarían.

Una calada más de aquel cigarro le recordó que detestaba fumar. El humo era desagradable, la boca quedaba con un sabor amargo que, al menos hoy, era matizado con el papel de menta y, sobre todo, el daño que estas sustancias hacían a su cuerpo eran gravísimas a la larga…menos mal no era un adicto, aunque, si lo fuera…se salvaría de que traficantes —gente como él mismo —, lo pusieran en la mira como un posible donante obligado….Eso último lo hizo reír y, por consecuencia, dar una calada más profunda a aquella droga que esperaba que empezara a hacerle efecto pronto.

Menos mal hoy era su día libre del falso trabajo de la marina. Podría despertarse a la hora que quisiera, no tenía que salir de su habitación y, por supuesto, no tenía que fingir…Que curioso, siempre se le dio bien fingir, pero hacerlo tan seguido, todos los días y a toda hora, empezaba a pasarle factura.

Por eso, apenas su turno terminó, se alejó de la base y los serpenteantes caminos del pueblo, cubiertos de adoquines que se volvían más rústicos y rocosos a medida que se alejaba de las calles principales, lo llevaron hasta las faldas del faro en el que ahora, desde la cima, podía observar con claridad las pocas luces que iluminaban el interior de algunas de esas casitas de barro que inundaban aquel aburrido pueblo, pero, lo que más llamaba la atención del hombre no era la disposición de las casas en aquella islita, no…era el interminable mar negro cuyas olas embravecidas chocaban contra el pedregal bajo el faro.

El mar…siempre tan hipnotizante, tan atrayente.

De nuevo su mente empezó a sobre pensar. Se vio a su mismo más joven, subido al nido de cuervos del “Corona de Espinas, su antiguo barco, recibiendo el viento marino en la cara mientras intentaba concentrarse en la lectura de algún libro sobre herbolaria o anatomía…En ese sitio, alejado del bullicio de la cubierta, era el único lugar en donde tenía algo de paz para estudiar sin ser interrumpido.

Cuando el humo, fresco como el aire nocturno, salió de sus labios y se elevó al cielo, la vista dorada del médico se elevó junto con este. Ahora no prestó atención al mar, si no a las estrellas que guiaban a los marineros…el navegante de su grupo, un viejo malhumorado, siempre intentó que él memorizara algunas, nunca tuvo éxito… ¿Por qué pensaba en eso ahora? De repente, sintió su corazón apretado…todo su cuerpo se sintió apretado, encadenado, atrapado.

Tanto tiempo había pasado en tierra que, ahora, estando en ese faro, recibiendo de frente el aroma salino del mar que, aunque poco lo sentía, podía imaginarlo, empezó a añorar aquella vida de antaño… ¿Era libre? Bueno, la libertad era un término que podía debatir…a fin de cuentas, su primera interacción con esa vieja tripulación no fue en calidad de compañero si no como prisionero, simplemente, la vida dio una vuelta inesperada… ¿A eso se le llamaba síndrome de Estocolmo? Ahora mismo no tenía la agilidad mental para analizarlo.

Las primeras cenizas del cigarro cayeron, manchando la pulcra camisa blancas de mangas cortas que usaba todo soldado raso de la marina. No le molestó, de hecho, lo hizo soltar una risita. Quizá su pequeña “medicina” para relajarse empezaba a hacer efecto.

O tal vez no…tal vez solo era su alma buscando zafarse de la falsa vida que se había montado en Baterilla… ¿Qué necesitaba en este instante? —No estaría mal volver a sentir el viento en la cara mientras deambulo por el mar.

Soltó una risa más y, antes de que llevara el cigarro de vuelta a su boca. El pelirrosa dobló sus rodillas ligeramente para impulsarse y dar un salto que hizo que las suelas de sus botas negras quedaran apoyadas con firmeza en el delgado barandal del faro.

Se tambaleó un poco antes de estabilizarse por completo. No miró hacia abajo, hacia el abismo rocoso y mojado al que caería si resbalaba…No. Miró hacia el frente, hacia el horizonte…Anheló salir de esa isla.

La brisa marina le pegó en el rostro, sopló tan fuerte que avivó la llama del cigarro para terminar apagándola y, además, hizo que la gorra que llevaba la palabra “marine” escrita en el frente, saliera volando hacia los pies de… ¿De quién? De alguien más…de alguien que el médico no había notado que acababa de llegar y que, lo que vería, sería a una persona cerca, peligrosamente cerca, de cometer una locura…Bueno, eso pensaría cualquiera que lo viera en esa posición tan arriesgada.



Botiquín. Abrir solo en casos de emergencia
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#3
Siempre me ha parecido curioso cómo el destino entrelaza los caminos de algunas personas con los de otras, a veces, esos destinos llegan envueltos en risas, comedia y situaciones incómodas, otras son reflejadas en admiración, atracción y amor… y en ocasiones, también en desesperación.

Mi deseo era llegar a la cima y hacer de ese lugar algo mío, en la soledad de la madrugada bajo el amparo del manto nocturno, sola con una mente dejándose llevar por la inspiración, permitiendo que las emociones fluyeran libremente hasta transformarse en tinta sobre el papel, de poder poner en práctica la melodía de mis sueños, pero… al culminar mi ascenso en el último escalón me encontré con un escenario completamente distinto al que había imaginado, la sorpresa llenó mis ojos por un instante y aunque a mis pies una gorra se balanceaba con calma, no le di importante puesto que mi atención fue captada por otra cosa.

Dejé caer mi libreta de apuntes y en cuanto tocó el suelo sus hojas libres se esparcieron hasta ser empujadas por la brisa cuesta abajo por las escaleras detrás de mí, al mismo tiempo que el estuche de mi violín también cayó con un golpe seco contra el suelo pero este se quedó en el umbral de la escalera debido a su peso. Recuerdo haber gritado pero a pesar de ser yo quien emitia tal ruido, el sonido jamás llegó a mis oídos.

Corrí directamente hacia la baranda del faro, desesperada ante la idea de que en ese instante la vida de una persona pudiera estar en peligro y es que cuando llegué a la cima lo primero que ví fue una capa de humo ondeando en el viento junto a una bandera rosa que se agitaba en aquel panorama nocturno y con unos segundos de adaptación entendí que se trataba de un joven de cabellera rosada, vestido con el uniforme de la marina, de pie frente al barandal sin ninguna protección, estaba a punto de saltar al vacío, a un paso de… quitarse la vida.

Lo primero que hice fue sujetarlo del brazo con desesperación, lo abracé con tanta fuerza como si pudiera anclarlo a la vida, como si ese gesto bastara para alejarlo del borde de la locura, empecé a jalarlo con los ojos cerrados, intentando reunir toda mi fuerza entre el pánico y la urgencia de salvarlo—--¡E-e-e-espera! — titubeé con mi corazón alarmado, ya no quedaba rastro de mi calma ni de mi sueño, no solo mi corazón estaba despierto, todos mis sentidos se habían activado de golpe.

—- ¡N-n-no, no, no sé por qué haces esto! ¡Es verdad que a veces la vida es dura! —- intentaba ponerme en sus zapatos, entenderlo, incluso justificar su decisión — ¡Pero suicidarte no es una solución! ¡No lo es! —- ¿Qué podía hacer para convencerlo?, ¿Cómo pedir ayuda si no había nadie allí?, mi cuerpo completo temblaba de terror y preocupación.

—- ¡Por favor, te lo suplico! —- tiré de él con más fuerza —- No te conozco… pero sé que todos tenemos metas, sueños, algo por lo que seguir… ¡No te rindas!
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#4
Soledad.
 
El viento que peinaba su cabello, el sonido de las olas chocando con el faro, la luz que guiaba a los barcos a su destino y la visión de las lejanas estrellas eran la mejor compañía que podía desear esa noche.
 
La calma lo embargaba como nunca desde que llegó a Baterilla. Puede que su trabajo como falso marine llegue a ser aburrido, pero lo cierto es que, lo que más le molestaba de los uniformados era lo estrictos que eran en todo. Siempre tenían que recalcar que cada cosa tenía un orden y un lugar, algo que distaba mucho con alguien tan distraído como el médico que, quiera o no, siempre va a su ritmo…El único orden que pone es en su trabajo. Su verdadero trabajo.
 
Por eso, ahí, de pie sobre el barandal del faro, se sintió 10 años más joven. Más libre que nunca y esperaba que eso siguiera así, pero…
 
Escuchó un grito femenino, seguido del sonido de algo pesado cayendo en el piso de madera del faro. Lo repentino de la situación lo desencajó. Tuvo suerte de no perder el equilibrio cuando giró su cabeza de manera repentina para ver un velo naranja moviéndose hacia él con una rapidez envidiable.
 
Eso provocaba la desesperación. Un actuar sin pensar…Normalmente disfrutaría de ver un espectáculo así, pero no estando en una posición tan vulnerable…No, eso no.
 
—¿Quién…?
 
No pudo formular su pregunta, de hecho, no tuvo tiempo de hacer nada, porque el menos de lo que canta un gallo uno de sus brazos fue estrujado con fuerza por la que, pudo distinguir ahora, se trataba de una mujer que lo miraba con unos grandes ojos suplicantes…Unos que se verían muy bien en su oficina, dentro de un frasco. Le agradó ese tono azul, le recordaba al mar, pero, aunque su mente intentara divagar en escenarios poco éticos, la voz temblorosa de la muchacha lo sacaba de su concentración con cada segundo que pasaba.
 
—E…espera…no…no hagas eso —. Sentía que estrujaba con más fuerza su brazo, tanto que empezaba a sentir un calambre recorriendo toda la extremidad debido a la falta de circulación que le estaría provocando ese agarre. —Yo no pienso en…
 
El médico suspiró, podía estar drogado, pero no lo suficiente como para no entender lo que estaba sucediendo ¡Claro! Toda la situación se prestaba para un pésimo malentendido.
 
—¡Escucha…yo…!
 
Sintió un tirón en su brazo, uno que vino acompañado de más fuerza y presión que antes y sí, puede que haya estado apoyándose con firmeza en el barandal para evitar caer, pero luego de ese último jalón, el pelirrosa terminó resbalando. Su corazón se aceleró por unos segundos en los que incluso su respiración se agitó. Sudó frío y palideció al sentir como sus botas se despegaban del barandal y decían ante la gravedad.
 
—¡Mierda…! —Fue lo último que dijo antes de caer hacia…hacia tras… ¡Obvio! El jalón había venido desde atrás, de parte de su “heroína”, por lo que su delgado cuerpo, aunque mucho más alto, cayó con pesadez justo hacia la izquierda de la chica.
 
No hubo más estabilidad, tampoco tuvo de donde apoyarse o agarrarse, sintió el vacío bajo si y, pronto, un golpe seco se escuchó en el faro. Su cabeza dolió y no era para menos pues había chocado justo contra la madera que separaba el exterior del interior del faro.
 
El médico cerró sus párpados con fuerza y, por inercia, llevó una de sus manos a su cabeza. Quedó paralizado por un instante… ¡DETESTABA LOS GOLPES EN LA CABEZA! Lo hacían sentir…horrible y no por el dolor, si no por la vaga familiaridad de un recuerdo que se negaba a aflorar como era debido. Abrió la boca para gritar, pero la cerró enseguida, mordiendo la piel del interior de esta con fuerza suficiente para evitar gritar, aunque, de todos modos, se alcanzó a escuchar un sollozo de dolor que no se molestó en amortiguar.
 
También se había golpeado las nalgas, pues cayó sentado, pero ese dolor no se comparó con la punzante sensación justo atrás de su cabeza. Menos mal que sus manos no habían detectado sangre mojando su cabello.
 
Finalmente, luego de haber respirado hondo más de un par de veces, para evitar llorar, el médico pudo abrir la boca, por fin, aunque solo fuera para quejarse.
 
—¡AGH! ¡Cómo duele! —Esta vez ambas manos fueron a la parte de atrás de su cabeza y el hombre, aun sentado, se hizo bolita al acercar su frente a sus rodillas. Cerró sus ojos una vez más y, para cuando los abrió, estaban húmedos por culpa de las lágrimas que no se molestaría en limpiar… ¿Para qué? No se haría el rudo cuando era todo menos eso.
 
—¿Por qué hiciste eso? —Se atrevió a preguntar en el momento en que pudo alzar su cabeza para mirar a los ojos color mar de la peli naranja. Una mirada que vino acompañada de un casi puchero que se formó cuando terminó de hablar. —Mi vida no es dura…es decir…trabajar en la marina es aburrido…debe ser la cosa más aburrida del mundo, de hecho, pero…No pienso quedarme ahí toda la vida y, además, valoro mucho mi bella existencia como para pensar en suicidarme —. Con una de sus manos apartó con gracia un par de mechones rosas que caían sobre su rostro aun pálido por el susto de antes.
 
—Lo único que hacía era relajarme un poco aquí arriba. Disfrutar del viento y de lo bien que se siente la vida cuando nadie te está observando y no hay apariencias que mantener —. Tal vez estaba hablando de más, pero no era su culpa cuando aun tenía droga en su sistema y un cerebro maltrecho por el reciente golpe.
 
 
—Ah…Ni siquiera tengo hielo aquí arriba…tsk…en verdad duele —. Volvió a quejarse y la mano que antes había usado para mover los cabellos de su rostro, regresó para acariciar su cabeza.
 
—¿Sabes qué si hubiera sido un suicida real tal vez si hubiera caído al acantilado por el grito repentino que pegaste al inicio? O si no tuviera tan buen equilibrio —. Remarcó eso último con un tono que sonó a una queja, aunque no se podía saber si por la situación en general o por el dolor. —Y no me mires con esos ojos de huevo frito, por favor, de verdad no pensaba en matarme…y si así fuera, buscaría un modo más elegante e indoloro.
 
¡Ah! y si se lo preguntan…No…no pensaba disculparse por asustarla, porque él también terminó asustado y golpeado. Desde su punto de vista, se llevó la peor parte.
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#5
No podía permitir que me refutara ni mucho menos dejar que sus palabras me convencieran de permitir hacer aquella atrocidad, lanzarse desde la cima de aquella torre, no podía permitirle hacerlo, no importaba cuánto insistiera en que esperara, en que me detuviera, en que lo escuchara… mi decisión ya estaba tomada. Tenía que apartarlo de ahí.

Al forzarlo a retroceder de un tirón, ignoré su quejido ahogado en cuanto lo vi caer al suelo, me agaché de inmediato y lo sujeté por los hombros, más por impulso que por calma, buscando cualquier señal de daño por la caída o antes de haber llegado ahí, mis ojos azules recorrieron su cuerpo con urgencia atentos a posibles heridas de sangre. Su uniforme de marine estaba libre de manchas.

Sus manos se llevaban a la cabeza, señal inequívoca del dolor, así que aparté las suyas con cuidado para poder inspeccionar la zona, sin embargo, mi intento se detuvo en seco cuando abrió los ojos y mostró la tonalidad ámbar de su mirada, aún nublada por el golpe al mostrar un ligero sollozo que se asomaba entre su respiración entrecortada en gimoteos de dolor, rastros de la consecuencia de aquella caída directa provocada por mí.

Se quejó con un grito agudo, afirmando evidentemente que le dolía por lo que la preocupación me invadió de inmediato, intenté volver a revisar su cabeza pero me detuve al sentir su resistencia, mi postura lo había dejado encogido casi como una bola, con cuidado, ladeé mi rostro hacia su cabeza para entrar en su campo de visión —- ¿Te duele mucho? — pregunté con evidente aflicción para segundos después toparme con la mirada del chico de la cabellera rosa, finalmente me encaró.

Me cuestionó directamente el porqué de mis actos y en cuanto abrí la boca para explicarme, cortó cualquier intento de excusa, me aclaró que su vida no era tan dura, que trabajar en la marina podría ser aburrido pero que eso no era motivo para quitarse la vida, incluso dejó claro que le resultaba impensable llegar a considerar hacer algo así porque valoraba su propia existencia.

Mientras continuaba explicando las razones de su presencia en el farol sentí cómo el calor me subía lentamente a las mejillas, tiñéndose de un rosado cada vez más evidente, la culpa se me fue calando en el pecho hasta volverse casi insoportable, transformándose en un nudo que me apretaba la garganta. Un sollozo de vergüenza se me escapó sin querer, aquel leve rubor terminó por extenderse por completo, encendiendo mi rostro en un rojo intenso que delataba todo lo que sentía.—- L-lo sient…

No pude terminar de pronunciar mis palabras pues de inmediato él comenzó a plantear hipótesis sobre lo que habría ocurrido si realmente hubiera tenido la intención de saltar al vacío, según decía, podría haber sido mi culpa, por el grito repentino de antes o incluso por el simple hecho de haberle sujetado del brazo ya que aquello también pudo haber comprometido su equilibrio, fue entonces cuando caí en cuenta de lo imprudente que había sido, bajé la mirada al suelo, incapaz de sostenerle la vista cuando me ordenó no hacerlo, recriminando que era una expresión de “huevo frito”, sentí cómo mi cabeza se hundía entre mis hombros y la vergüenza terminó por superarme, sin poder evitarlo, llevé las manos a mi rostro para ocultarme, completamente apenada por mis acciones… jamás había considerado esa posibilidad.

—- Cuánto lo siento… —-- murmuré entre mis manos con una voz temblorosa apenas audible aunque en aquel silencio entre los dos bastaba para que me escuchara… — Lo lamento tanto… te vi solo, en una escena en la que parecía que ibas a saltar… — lentamente aparté las manos de mi rostro y levanté la mirada, encontrándome con el dorado de sus orbes, en ellos había algo entre la molestia y el orgullo herido, como si le ofendiera la sola idea de que pudiera haberlo visto como alguien dispuesto a elegir el camino fácil hacia una muerte llena de dolor.

—- ¿C-cómo puedo compensarte?, de verdad tenía miedo de que te pasara algo…
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#6
Los resquicios del golpe empezaban a ser molestos. El dolor generalizado, expandido por todo su cráneo, empezó a aminorar y centrarse en una sola área, parecía ser más cómodo, pero era molesto, como si lo golpearan repetidamente en un único punto; sin embargo, el frescor del viento marino, que mecía sus cabellos con suavidad, traía consigo un alivio inesperado para aquel molesto ardor.
 
Era una lástima que hubiera sido interrumpido, pues de otro modo, podría haber aprovechado de disfrutar mucho más de aquella estancia tranquila en la cima del faro, en la torre improvisada de un castillo solitario cuya paz se esfumaba gracias a una princesa que no pidió.
 
Cuando la escuchó hablar, disculparse y justificar su acción, el médico alzó su mirada y se encontró de nuevo con los ojos de “huevo frito”, como ya la había bautizado en su mente. Quiso abrir la boca, interrumpirla y decirle que lo dejara solo, quiso aclarar que no importaba lo que dijera, el daño estaba hecho… ¿Qué daño exactamente? Pues a su orgullo, nada más y nada menos y bueno…también a su cabeza, pero eso sanaría o eso esperaba, de todos modos, no es que eso le importara demasiado, a fin de cuentas, un golpecito tan débil no podría arruinar su mente más de lo que ya estaba, pero sea como sea, a pesar de todo lo que pensaba, no dijo nada, no de momento y luego lo agradecería, pues fue su silencio el que le permitió escuchar una pregunta que provocó una reacción de interés en el pelirrosa.
 
¿Compensación?
 
Su mente estaba tan nublada por la droga, el golpe y el susto, que ni siquiera pensó en pedirle a la chica una remuneración por “daños y perjuicios”, de hecho, ni siquiera se le ocurría algo que pudiera necesitar de ella, además de sus ojos, por supuesto, pero ni tenía sus herramientas ni las ganas para realizar una operación a una persona de la que no tenía su historial médico. Una lástima, porque no solo se verían bien en su oficina, si no que, tal vez, más de uno, pagaría por sustituir sus dañados ojos por unos de color tan bello como el océano bajo un celeste cielo de medio día.
 
Inclinó su cabeza, para este punto su cuerpo, aunque seguía sentado y recostado a la pared del faro, se irguió levemente y sus manos se apoyaron en el suelo, todo mientras miraba a la chica, intentando buscar en sus irises azules algo de ella que pudiera usar a su favor, pero, finalmente, agachó sus ojos mientras soltaba un suspiro y procedía a mover su cabeza de lado a lado.
 
—No, olvídalo, ahora mismo no hay nada que necesite que puedas darme, pero…—meditó por un momento lo que diría a la vez que relajaba su cuerpo y alzaba su cabeza para mirar hacia el horizonte mientras se mordía con fuerza su labio inferior, lo suficiente para hacer que un hilillo de sangre resbalara por su barbilla.
 
En el mar, aun algo lejos de la costa, se vislumbraba la reconocible luz de un barco que se dirigía hacia las costas de Baterilla, guiado por el inconfundible faro. Aquello hizo que el médico elevara una ceja, con curiosidad y sospecha. ¿Por qué un barco anclaría en puerto a una hora tan oscura? A las 3 a.m. la mayoría dormía y los únicos disponibles para recibir un barco comercial eran un par de trabajadores que seguramente, en lugar de trabajar, también dormitaban. Lo único que se le ocurría al médico era que o el barco acercándose era un naufragio o… ¿Piratas?
 
En ese instante el viento sopló con más fuerza y ahora el barco parecía haberse acercado más, casi pudo imaginar el sonido de la tela de las velas resonando y, en un instante, cuando la luz del faro alumbró directamente hacia el barco, el médico alcanzó a vislumbrar una bandera negra meciéndose en lo alto del mástil central.
 
Contuvo su respiración por un instante y de nuevo movió su cabeza de lado a lado. No pensaría en un posible ataque pirata cuando él estaba en la comodidad del faro… ¿La chica habría visto lo mismo que él? Bueno, daba igual, si había un ataque o no, ambos estaban en un sitio seguro, en la comodidad de un faro lejano al pueblo y que podía carecer de interés para cualquiera en busca de oro y plata.
 
—…pero…digamos que vas a deberme un favor —. Dejó de pensar en el barco que se veía a lo lejos y se centró de nuevo en la chica. —Cuando encuentre algo en lo que puedas ayudarme, seguro te llamaré —. Con eso dicho el hombre se puso de pie y sacó de su bolsillo un pequeño caracolito de tonos rosas y se lo pasó a la chica para que ella pudiera agregar su contacto, aunque en ese momento, al estirar su mano, el aprovechó a mirar hacia otro lado, específicamente hacia la salida del faro o entrada, depende de que lado estes; fue ahí cuando notó la silueta de un estuche sobresaliendo de las escaleras, había quedado en medio camino hacia abajo.
 
—Jmmm… —Se acercó y levantó aquel estuche, lo revisó por encima y volvió a acercarlo a la mujer, pero sin entregárselo. —Puedo saber ¿A qué venías a estas horas al faro? Es extraño para cualquier persona aventurarse en la madrugada a un sitio tan traicionero ¿Sabes? Nunca sabes con quien podrías encontrarte —. Levantó el estuche, estaba ligeramente pesado, aunque no demasiado para ser imposible de cargar. —Ya que interrumpiste mi paz, espero una respuesta, es lo mínimo ¿No crees? Quiero creer que eres músico y que tus intenciones aquí no involucran nada ilegal —. Sonrió de medio lado y miró a la chica directamente. —No quisiera tener que arrestarte —. ¿Podría hacerlo? Eso de fingir ser marine no estaba mal cuando recordaba que tenía ese poder para intimidar con un posible arresto…aunque, claro, no es algo que pensara hacer en verdad, eso sería llamar mucho la atención.
 
—¿Sabes? Vine aquí para buscar algo de paz —. Le extendió el estuche a la chica y esperaba que ella le devolviera el den den mushi de regreso, ahora si tenía la intención de que ella tomara el instrumento que, probablemente, estaba dentro de la maleta. —¿Eres buena tocando…eh…lo que sea que tengas ahí? Porque tal vez una buena melodía ayude a disminuir mi dolor, aunque no creas que esto anula el favor que me debes —dijo justo en el momento en que un cañonazo resonó cerca de las costas del puerto.
 
Lo sabía. Piratas.
 
Eso hacía que la música fuera más necesaria, pues ¿Qué mejor que amenizar un ataque al puerto con una buena sinfonía?
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#7
Mis ojos azules sucumbieron ante los suyos en el atisbo cálido de su tonalidad ámbar, y encontré en ellos la incertidumbre ante mis palabras, como si estuviera sopesando distintas posibilidades de las que podría sacar mucho provecho, ¿Qué clase de compensación podría pedirme?, ¿Dinero?, ¿Alimentos?, ¿Joyas?, no sabía hasta dónde llegaban mis posibilidades para resarcir el daño que le había causado.

Su indecisión concluyó con un suspiro de resignación y negación reflejado en el movimiento de su cabeza.
Mientras hablaba se mordió el labio interior con tanta fuerza que terminó haciéndolo sangrar, me sobresalté al ver la sangre brotar de aquella herida ya inflamada e instintivamente extendí la mano para limpiar la comisura de sus labios y detener el sangrado, ¿Por qué hacía eso?, ¿Qué pretendía lastimándose a sí mismo?, el desconcierto debió reflejarse por completo en el brillo azul de mis ojos pero antes de que pudiera tan siquiera rozar la piel de su boca, me detuve, lo hice tras escuchar sus palabras que guardaban un poco de advertencia en ellas, era una sentencia, una declaración sobre el futuro en el cual me comprometía a deberle un favor… — ¿Un… favor?.

Lo vi incorporarse para luego entregarme un pequeño caracol rosado, bastó un vistazo para comprender que quería que registrara mis datos en el den den mushi, lo sostuve con cierta torpeza ante la sensación un poco viscosa, nunca he sido muy diestra utilizando comunicadores pero después de varios intentos logré guardar mi contacto bajo el número de “666-666”, incluso tuve que revisar varias veces el número para asegurarme de no haber cometido ningún error.

“Puedo saber ¿A qué venías a estas horas al faro?” Mi mirada se alzó en su dirección y fue entonces cuando lo vi sosteniendo el estuche de mi violín entre sus manos, lo observé con detenimiento, debo admitir que suelo ser bastante quisquillosa con Amphitrite ya que es mi objeto más personal, mi tesoro divino, sin embargo no me sobresalté ni perdí la calma, aquel joven de cabellera rosada no me transmitía la impresión de ser una persona con malas intenciones. Sacudí mi cabeza con rapidez acompañando el gesto con mi única mano disponible en señal de rechazo a su insinuación de que yo estaba en algo ilegal. —- ¡No, no, no! ¡Juro que no estaba planeando nada malo! —- respondí mientras me incorporaba del suelo al compás de una brisa atrevida que agitó los mechones de mi cabello anaranjado. — ¡Vine porque tenía una música en mi cabeza!

Bueno… quizás esa respuesta era suficiente para mí, pero nunca he sido buena para justificarme así que probablemente debía elaborar una explicación mejor sin embargo el silencio que se había instalado entre los dos fue acompañado por el viento persistente de las costas, casi molesto.

—- Verás… —-- extendí mi mano para tomar el estuche de mi violín mientras al mismo tiempo le devolvía su den den mushi —- soñé con una melodía muy hermosa, y cuando desperté… sentí la necesidad de recrearla de inmediato, a veces suelo venir al faro, no precisamente de noche pero sí cuando tengo tiempo para practicar… — explicaba con tranquilidad en lo que colocaba la correa del violín en mi hombro —- a la mayoría de las personas les parece tedioso subir hasta aquí, por lo que casi siempre está vacío… —- Un estruendo de cañonazos interrumpió mis palabras, con sobresalto giré hacia la costa y me asomé al exterior del faro, a la baranda donde antes había rescatado al Marine de pelo rosa. Sólo entonces comprendí lo que estaba ocurriendo, un enorme barco de velas negras acababa de encallar en la playa. ¿Piratas… Otra vez?

—-- ¿Deberás irte ahora? —- pregunté sin volver la vista hacia él, mis manos se aferraban al barandal mientras contemplaba la invasión nocturna, desde la cima del faro se distinguía a la perfección aquel imponente barco, habían llegado para convertir las riquezas de la isla en su botín. Entonces dirigí una breve mirada hacia el desconocido uniformado que permanecía a mi lado, una parte de mí aún deseaba regalarle aquella melodía con la esperanza de que pudiera aliviar… aunque fuera un poco… el dolor que parecía cargar de la caída, ¿O habría algo más? — ¿Sí?, ¿No me estoy interponiendo en tu deber?

Guardé silencio durante un instantes antes de dedicarle una pequeña sonrisa recordando que en ningún momento me presenté formalmente a pesar que el escenario tras de mí era el mismo caos de criminales usurpando el puerto.

—- Por cierto… mi nombre es Miyori Hoshino.
[Imagen: miyoocheja.png]
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]
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#8
Música.

Eso debió suponer en cuanto vio el estuche, pero él, diestro en las transacciones ilegales, sabía bien que las cosas no siempre eran lo que parecían, por ello su cuestionamiento inicial, a fin de cuentas, no le sorprendería que aquel estuche estuviera cargado con objetos para los que no fue creado; sin embargo, luego de escuchar la explicación de la chica de cabellos naranjas, el falso marine se limitó a soltar un suspiro que lejos de ser de molestia, fue de tranquilidad. Lo dijo antes: su intención en ese faro era solo relajarse y seguro la música de un violín podía ayudar, aunque…los planes no siempre son respetados por las tejedoras del destino.

El cañonazo a sus espaldas no lo sobresaltó del todo, ya había divisado antes aquel barco y por simple lógica asumió que no venían en son de paz, aunque, a pesar de esperar el golpe, lo cierto es que su cuerpo reaccionó como el de cualquier humano cuando escucha un ruido fuerte y repentino: tembló, levemente, haciendo que el den den mushi que la pelinaranja le devolvía casi resbalara de su mano, aunque sus buenos reflejos lo hicieron atraparlo a tiempo, justo en el instante en que volvió a escuchar la voz de la muchacha, cuestionándolo sobre su supuesto deber. Casi suelta una risotada ahí mismo, pero se contuvo, como el excelente farsante y mentiroso que era.

—Miyori Hoshino —. Al final prefirió no centrarse en sus preguntas anteriores, si no en pronunciar el nombre de la chica con “ojos de huevo frito”, sílaba por sílaba, repasando la pronunciación en su boca como si en verdad tuviera la oportunidad de recordarlo al día siguiente. Bueno, al menos así lo recordaría por esta noche. —Es un gusto, soy…

Otro cañonazo resonó a sus espaldas y seguido de eso la explosión de una estructura de barro cercana al puerto, algo que parecía un almacén, aunque ahora solo pasaba a ser una pila de escombros que al resquebrajarse impidió que el nombre del pelirrosa se escuchara con propiedad, aunque lo cierto es que poco o nada le importó al “marine”.

—Y no te preocupes, aunque lleve puesto este uniforme lo cierto es que estoy en la unidad médica, no me necesitan para enfrentar a esos piratas, ni siquiera sé como usar un arma de fuego ¿Sabes? —Eso era una verdad a medias, a fin de cuentas, sí que sabía cómo funcionaba una pistola, pero su puntería era pésima. —Así que no te interpones en mi deber…Si necesitan a un médico me llamarán “cuando pase el temblor”, si sabes lo que quiero decir ¿No? De todos modos, sería un estorbo allá abajo y si llegan a herirme, lo sería aún más…Un médico herido sería una carga en lugar de una ayuda —. Al terminar de hablar, se volvió a sentar para poder recostarse a la pared del faro, incluso cerró sus ojos, lo que hizo que en su rostro se dibujara una expresión de relajación que contrastaba con el caos que ocurría bajo ellos.

—Entonces… ¿En qué estábamos? ¡Ah sí! Decías que habías soñado con una hermosa melodía ¿Por qué no la recreas ahora? Seguro se torna en una épica canción, considerando la batalla que ocurre a nuestras espaldas o… ¿Pensabas en bajar? Aunque yo no lo haría, aquí estas mucho más segura que allá abajo ¿No lo crees? —Abrió uno de sus ojos y sonrió de medio lado. Era curioso como usando solo sus atributos podía lucir como una persona indefensa, alguien en quien era fácil confiar y; sin embargo, era tal vez más letal que aquellos piratas que decidían atacar de frente al puerto de Baterilla, después de todo, al menos ellos eran honestos con quienes en verdad eran, mientras que el médico ocultaba toda la mierda que podía llegar a ser como persona bajo una falsa máscara de amabilidad y belleza, una máscara que era muy difícil de resquebrajar y que, hasta ahora, le había funcionado bastante bien…considerando todo eso…

¿En verdad la chica estaba segura con él?

Tal vez si alguien necesitara unos ojos azules tan profundos como los quietos mares al medio día, no lo estaría, pero ahora que no tenía “pacientes” y que no necesitaba “donantes”, el médico no mentía, la pelinaranja estaba más segura con él, con un simple asesino, que en el pueblo asediado por piratas.

—Puedes empezar cuando quieras, Naranjita —. Y así, con una voz aterciopelada, casi perezosa, el médico "exigió" su concierto personal, sin saber que, años después, escucharía el mismo violín en medio de una gran arena, con amplificadores y en un escenario que distaba mucho del tranquilo caos que compartían en esta templada noche.
[Imagen: hyakocheja.png]
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