[Aventura T4 - P.Relativo][+18] La senda del Carnicero
#11
El choque entre ambas armas resonó por todo el patio como el estallido de un cañón. Acero contra acero. Fuerza contra fuerza.
Durante un instante parece que ambos combatientes quedan suspendidos en el aire, enfrentados por encima de Mock Town mientras tablones, astillas y fragmentos del antiguo palco continúan cayendo hacia la plaza, pero la realidad termina imponiéndose.
La diferencia de tamaños, pesos y posiciones convierte el intercambio en algo caótico. Hitan había buscado aprovechar la caída para castigar a Sigurd desde una posición ventajosa, pero el buccaneer lee el movimiento antes de tiempo. El kanabo es desviado de su trayectoria original y la apertura que se genera apenas dura un instante mientras caen al suelo. 
Un instante más que suficiente.
La enorme hoja de Yggdrasil atraviesa el espacio que separa a ambos con una brutalidad salvaje.
El primer corte alcanza a Hitan desde el hombro derecho. La ropa se desgarra al momento y la carne se abre bajo el filo desgastado del hacha. La sangre estalla en el aire formando un arco rojizo que salpica las vigas cercanas mientras el revolucionario pierde completamente el equilibrio, ni siquiera tiene tiempo de reaccionar.
El segundo golpe llega inmediatamente después.
La hoja cruza horizontalmente su pecho arrancando tela, cuero y piel a su paso. El impacto no lo parte en dos, pero la violencia del ataque es suficiente para lanzar su cuerpo varios metros más allá, haciéndolo girar de forma descontrolada entre las estructuras elevadas.
Un grito de alarma surge desde abajo.
Luego otro.
Y otro más.
Por primera vez desde que comenzó el enfrentamiento, la disciplina de los Cuervos Rojos se resquebraja.
- ¡Hitan! - ¡Comandante! - ¡Proteged al comandante!
Las órdenes y los gritos empiezan a mezclarse entre sí mientras varios revolucionarios abandonan cualquier intento de reorganización para correr hacia la zona donde ha caído su líder. Algunos aceleran por las pasarelas superiores. Otros trepan por fachadas y escaleras improvisadas. Incluso varios francotiradores abandonan posiciones elevadas para buscar un mejor ángulo desde el que cubrir su retirada. No una maniobra calculada, ni una estrategia brillante. Una retirada.
Durante unos segundos permanece inmóvil. La sangre gotea desde los profundos cortes que cruzan su torso.
Su respiración es irregular.
Su visión se tambalea.
Y el hombre que hacía apenas unos minutos hablaba de cambiar el mundo desde las alturas, observando a todos desde una posición privilegiada, ahora se encuentra intentando recuperar el aliento tras dos de los golpes más flojos del Buccaneer. 
Los ojos buscan a Sigurd.
Ya no hay sonrisas, ya no hay discursos , ya no hay aquella arrogancia elegante con la que se presentó.
Solo existe una realidad imposible de ignorar. Sigurd puede matarlo en cualquier momento, y lo sabe. 
Por primera vez desde que comenzó todo aquello, el líder de los Cuervos Rojos comprende que el monstruo al que pretendía utilizar para sus propios fines no es una herramienta.
Es una catástrofe.
Y ahora esa catástrofe viene directamente hacia él.

Hitan escupe una pequeña cantidad de sangre por la comisura de los labios mientras se incorpora apoyándose sobre una barandilla rota de los restos que han caido con ellos. Su respiración es irregular y el dolor de las heridas resulta evidente, pero aun así intenta recomponer la postura y recuperar aquella apariencia de superioridad que acaba de ser destrozada junto con el palco.
- Mírate...-murmura entre respiraciones pesadas, limpiándose la sangre del mentón con el dorso de la mano- Toda esa fuerza... todo ese poder... y sigues sin comprenderlo.
Una risa amarga escapa de su garganta.
-Eres exactamente lo que dije que eras, Sigurd. Una catástrofe. Un monstruo capaz de derribar cualquier muro que tenga delante... pero incapaz de construir nada sobre sus ruinas.
Sus ojos vuelven a clavarse sobre el buccaneer.
-Por eso hombres como tú siempre terminan siendo utilizados por hombres como yo. Porque destruyes sin dirección. Sin propósito. Sin visión.
La mano que sostiene el kanabo se tensa ligeramente.
-Todavía estás a tiempo de aceptar mi oferta. Únete a mí. Únete a los Cuervos Rojos. Ayúdame a cambiar este mundo y convertiré toda esa violencia en algo útil.
Una nueva gota de sangre resbala desde uno de los cortes que atraviesan su pecho.
-Y si lo haces... incluso después de esto... estaré dispuesto a perdonarte la vida.

Contenido Oculto


INFO
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#12
Outfit ---- Sigurd de Jaya

Caemos desde lo alto del edificio hasta la plaza, donde nos espera de nuevo aquel tumulto de maleantes armados esperando para abalanzarse de nuevo sobre mí. Ni con esas se libra de Yggdrasil, que corta y destroza todo lo que encuentra a su paso, desgarrando carne y tejidos sin dificultad. Alcanza a Hitan en huída, marcando su cuerpo con dos enormes tajos que abren su piel y la manchan de carmesí. Puedo sentir el olor de la sangre en el aire, mezclada con el acero oxidado y escuchar con placer el grito mudo de dolor insoportable, que suelta el charlatán cuando el arma arrastra consigo todo lo que pilla.
Aún así, las heridas no logran ser demasiado profundas y el revolucionario consigue resistir y mantenerse con vida. Increíble. Lo que no sorprende tanto, es su cobardía. Como buen rey de las ratas que es, en vez de plantarme cara y devolver el golpe, se queda inmóvil, impasible. Deja que sus hombres, llenos de coraje y lealtad, se lancen a salvarle como una masa informe sin cerebro, arrojándose sobre mi para darle tiempo para escapar, a pesar de que esa estrategia los sentencie a una muerte segura. Formidable. 
Hitan, por su parte, sigue con el parloteo. No piensa en otra cosa que charlar y charlar y tratar de convencerme de ponerme a su servicio y bajo sus ideales. Así funciona el Ejército Revolucionario. Un mensaje vacío de buenismo y queda bien para mandar a las trincheras a los más desamparados mientras ellos se lucran y se quedan con el reconocimiento y los focos. Vulgares estafadores que se nutren de lo ajeno y se jactan de enfrentar al sistema sin mover un dedo. A pocos seres les tengo más asco que a ellos, pedazos de mierda.
Con su última declaración lo tengo más que claro. Perdonarme la vida dice el payaso. No lo dudo ni un instante. Agarro con fuerza el mango de Yggdrasil con ambas manos, retorciendo mis dedos sobre el cuerpo, con tanta rabia que si me descuido, podría partir el mango. -Perdonarme la vida...- mascullo entre dientes, farfullando, con un semblante sombrío y cargado de ira. Tras esto, a bocajarro, lanzo un hachazo contra el suelo que dibuja un arco diagonal el aire hasta impactar contra la tierra. El filo romo del arma impacta en un ángulo perfecto para que se levante una tormenta de guijarros y pedazos de roca y madera como una metralla de perdigones. De boca, sin apenas distancia ni recorrido, con toda la fuerza a quemarropa. Los pedazos se clavan en la piel como proyectiles y perforan tejido blando y hueso. Aún siendo el foco principal, varios escombros se escapan y por todas direcciones frente a mi, atravesando a varios de sus secuaces y matándolos en el acto. Una lluvia torrencial de roca y sangre.
Tras la masacre, frente a mi queda un campo de muertos y un charlatán que no se digna a morir, aunque poco le queda ya por demostrar. La profundidad de sus heridas le impide moverse y el dolor de cada fragmento atravesando su piel es agónico. Pero se acabó el darle protagonismo a esta basura. No merece más mi tiempo ni mi esfuerzo. 
Altivo, con el orgullo intacto y con una voluntad inquebrantable, inflo mi pecho y alzo el mentón, dejando reposar mi gigantesca y gloriosa arma sobre mi hombro. Rudo como un animal salvaje, con la mano libre golpe mi pecho con el puño cerrado, invicto, en señal de dominancia. -Miradme todos, sabandijas. ¿Qué veis?- miro a un lado y a otro, solemne, tranquilo, seguro de mi mismo. -La calma en mitad de la batalla no es un don que se aprenda. Es un lujo reservado para quien sabe que la victoria ya le pertenece.- Alzo la voz con un tono más épico, heraldico. Una sonrisa cargada de determinación invade mi rostro. -Solo los verdaderamente poderosos pueden permitirse sonreír mientras el mundo tiembla ante ellos, porque han comprendido que su fuerza no depende del caos alrededor, sino de la inquebrantable certeza que arde en su interior.- descargo a Yggdrasil de mi hombro y se clava en el suelo con un estruendo ensordecedor y violento. Señal indiscutible de mi poder y naturaleza. Recargado de coraje extiendo los brazos mostrando mi enorme envergadura mientras voy volteando y mirando el rostro de todos aquellos que observan. -Mi nombre es Sigurd, Sigurd Hakkon, orgulloso Bucanero. Aquel que traerá el fin del mundo a base de sangre y fuego.- termino de dar el rodeo y doy un paso al frente sobre Hitan, pisando su cuerpo y rugiendo con fuerza, sin dejar de mirar a los testigos de mi discurso. -Hoy tenéis la oportunidad de cumplir vuestras promesas y anhelos.- doy un paso atrás, liberando al revolucionario y lo señalo, juzgándolo como un dios entr mortales. -Enterrad vuestro pasado aquí y ahora, y ahogad el mundo en infinita violencia.- para culminar, hago una pausa de unos segundos. Tomo aire, inflando el pecho, y suelto un rugido de guerra que se escucha por todas partes, enalteciendo a los más bárbaros y aguerridos criminales. -Abandonad toda esperanza y convertíos en heraldos de la catastrofe, en Hijos del Ragnarok.-

Como me gustan los discursos grandilocuentes cuando tocan, cuando tienen peso y sentido. La vida de esta gente está a punto de cambiar para siempre. Pueden aferrarse a su instinto más básico y zarpar a mi lado, terminando con todas sus fantasías idealistas de un mundo mejor, o morir creyendo que alguna vez tuvieron razón y que el mundo puede cambiar con palabrería barata. En sus manos queda.

En efecto, cajita feliz
#13
El golpe llegó sin contemplaciones, la lluvia de escombros levantada por Yggdrasil atravesó el espacio entre ambos como una tormenta de rocas imposibles de detener. Fragmentos de roca, madera y metal arrancados del suelo salieron despedidos en todas direcciones frente al Buccaneer, impulsados por una fuerza monstruosa; algunos impactaron contra Hitan de lleno, incrustándose en hombros, brazos y piernas, otros atravesaron a varios revolucionarios que se habían precipitado para protegerlo, derribándolos en medio de gritos de dolor y charcos de sangre. Durante unos segundos, el patio entero quedó sumido en el estruendo causado por el ataque, luego llegó el silencio. Un silencio pesado, incómodo, porque todos habían visto lo mismo. Habían visto a su líder sangrar, habían visto a su líder fracasar.
Habían visto cómo el hombre que prometía cambiar el mundo había sido incapaz de detener a un único individuo, a un solo pirata.
Las palabras de Sigurd resonaban por toda la plaza mientras los revolucionarios observaban el campo de batalla. Algunos apretaban las armas con fuerza. Otros contemplaban a los compañeros muertos que yacían esparcidos por el suelo. Muchos terminaron mirando a Hitan, esperando, buscando una respuesta, una orden, una solución, cualquier cosa, algo que demostrara por qué le seguían, por qué estaban de su parte, por qué debían seguir apoyándolo, una razón para estar de su lado, y durante unos instantes, Hitan intentó dársela.
Se incorporó apoyándose en el kanabo con la espalda recta y el mentón alto, seguía siendo el mismo hombre elegante y seguro de sí mismo que había aparecido horas atrás. O al menos eso intentaba. 
Porque el disfraz ya no encajaba, la sangre caía de sus heridas, las piernas le temblaban y la respiración se le escapaba entre jadeos. Y por mucho que intentara recomponer la postura, la realidad ya se había impuesto sobre el personaje que había construido.
- ¿Lo veis...? -murmuró con una sonrisa ladeada que apenas logró mantener- Esto es exactamente lo que os decía... Miradle...
Señaló a Sigurd con el kanabo.
- No es más que una bestia... una fuerza sin propósito... - Nadie respondió, algunos revolucionarios ni siquiera lo miraban, sus ojos permanecían clavados en el gigantesco buccaneer. Hitan tragó saliva. - ¡Decid algo! -  Su voz sonó más alta, más aguda, y cada vez más desesperada.
- ¡Decid algo, maldita sea!
Solo hubo silencio, y entonces ocurrió algo terrible, no para su cuerpo, ni para sus heridas, sino para su orgullo, porque comprendió que ya no lo estaban escuchando. Los mismos hombres que hacía unos minutos levantaban el puño cuando él hablaba, los mismos que golpeaban el suelo proclamando la revolución, los mismos que habrían muerto por él sin dudarlo.
Ahora dudaban.
Y esa duda era infinitamente más dolorosa que cualquier corte de Yggdrasil. Pues el discurso del Buccaneer había hecho más mella en las tropas de Hitan que cualquier corte o golpe de un arma. Había conseguido abrir los ojos a aquellos hombres que buscaban un cambio real en el mundo, y llevaban demasiado tiempo esperando a que su líder, Hitan, hiciera algo al respecto.
- ¡Matadlo!- gritó de repente con una voz desesperada- ¡¿A qué estáis esperando?! ¡Matadlo!
Nadie avanzó, la orden quedó suspendida en el aire, ignorada por todos, y algo se rompió definitivamente dentro de Hitan.
Su mirada empezó a moverse de forma errática, sus ojos iban desde Sigurd a sus hombres, de sus hombres a las salidas, de las salidas a los cadáveres, y de los cadáveres de nuevo a Sigurd.
Ya no parecía un líder, ya no parecía un revolucionario, aunque nunca lo había sido de verdad, ya no parecía un hombre que quisiera cambiar el mundo, solo parecía un hombre que acababa de comprender que iba a morir.
- No... - murmuró dando un paso atrás, luego otro.
- No... no podéis dejar que esto ocurra...
La voz le tembló, las manos también. - Yo fui quien os sacó de los callejones... Yo os di una causa... ¡Os di un propósito!
Nadie respondió, y por primera vez desde que comenzó todo aquello, Hitan entendió la verdad más simple y cruel de todas.
Que la fe que tanto había exigido a los demás nunca fue capaz de tenerla para sí mismo, entonces retrocedió otro paso y luego otro. Cada vez más rápido, cada vez más lejos de Sigurd, cada vez más lejos de sus propios ideales y de su propia convicción.
Hasta que el gran visionario de los Cuervos Rojos dejó de parecer un líder revolucionario, y pasó a parecer exactamente lo que siempre fue, un hombre aterrado escondido detrás de discursos grandilocuentes, un cobarde que hablaba de sacrificio mientras esperaba que otros murieran por él, un insecto desesperado intentando escapar de la sombra del monstruo que él mismo había despertado.

INFO
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#14
La destrucción se presenta frente a mi con una violencia pocas veces vista. Los fragmentos destrozados de la calle se disparan por todas partes y acaban con todo a varios metros. Hay daños colaterales por todas partes, aunque mi objetivo, el líder revolucionario, se niega a caer, se niega a morir todavía.
La gente no sabe cómo reaccionar. Sus pensamientos les traicionan, negándose a creer que llevan tanto tiempo equivocados, pero aceptando que el camino del cambio no es junto a este hombre. Hitan, sin embargo, sabe que su única manera de sobrevivir es atacando a sus mentes frágiles, donde son vulnerables. Apela a su verdad, una realidad falsa donde es el héroe del mundo, donde ha ayudado a cada tipo aquí presente. Por poder, podría ser verdad. Pero en vista de lo que defiende y como actúa, suena a trola barata.
Ya he tenido suficiente. Y la multitud también. Es momento de actuar, y esta gente clama por justicia divina. Necesitan alguien que les abra los ojos de verdad, que los rescate de su ignorancia. Que les demuestre la virtud de la matanza. Yo seré su estandarte. Doy unos pasos al frente, lentos pero firmes. Mi presencia se extiende por todas partes, con una voluntad inamovible que crece con cada segundo. Con crudeza, respondo a las palabras vacías del tipo. Sus ultimas palabras.

-Yo los veo en las mismas calles de las que presumes haberlos sacado, escondidos como putas ratas... Y a tí como su soberano- con moda, lo cuestiono. -¿Y un propósito? ¡Tú propósito! ¡¡¡JARUL JUL JUL JUL!!! Uno de mierda y fantasía de colores.- recupero la seriedad, aunque con determinación. Lo encaro. -Yo les ofrezco algo mucho mejor. Algo real. La libertad de ser. La libertad de actuar sin miedo a las consecuencias. Poder absoluto. Meritocracia en base a la fuerza. Y para muestra... -

Ambas manos se deslizan sobre el mango de Yggdrasil, que ya está sudado y manchado de sangre ajena. Aún así, es una pieza de artesanía tan bien tratada, que con estos elementos externos no hace sino que mejorar su manejo. Una mano, la izquierda, sube tan cerca de la cabeza del hacha como puede. La otra, la derecha, baja con sutileza hasta escasos centímetros del pomo. Con este agarre, consigo maniobrar con mucha más destreza y precisión para la ráfaga de cortes consecutivos que vienen a continuación.
Los dos tajos iniciales se ejecutan a una velocidad pasmosa, simultáneos en uno del otro. El primero, más agresivo que el segundo, se dibuja en una paralela perfecta al suelo, a la altura de las manos y el arma que porta. Con este corte, los filos de Yggdrasil arrastran consigo todo aquellos que se encuentras a su paso. Manos, dedos, brazos, armas, defensas. Se lo lleva todo por delante desgarrando carne hueso y metal. Con esto, el pedazo de basura queda expuesto por completo al segundo ataque, mucho más ligero y veloz. Centímetros más abajo que el primero, este cae a la altura del estómago. Lo secciona de lado a lado, cortando como un cerdo cuchillo caliente sobre mantequilla. Se abre entonces un agujero en su estomago y se desprenden intestinos y vísceras por él. Un espectáculo grotesco y doloroso para aquél que sueña con perdonarme la vida.
El último golpe lo retraso un poco. Dejo que caiga de rodillas y vea como su interior se desparrama por los suelos, como sus ideales. Mientras entiende que es su final, tomo una posición más amplia, con las piernas más separadas, flexionadas y estables. Yggdrasil, chorreando sangre, se eleva sobre mis hombros de costado, sostenida con ambas manos por la parte baja del arma, como si fuera a ejecutar un bateo. -Muere con tus ideales, rey de las ratas.- Como un resorte, el hacha se dispara en una diagonal descendente. La hoja se clava por el hombro y atraviesa la clavícula destrozando el hueso, casi sin cortarlo, aplastado por la fuerza del golpe. El acero sigue su recorrido, quebrando las costillas y el esternón. Lo masivo del arma lo atraviesa de lado a lado, y termina saliendo por costado bajo del abdomen. Seccionado por la mitad, despedazado, destripado previamente.
Yggdrasil culmina su recorrido chocando en el suelo, estrellándose con brutalidad. La sangre que manchaba el metal salpica y se desprende por la sacudida. Hago una pausa de unos segundos, mientras el silencio de la muerte se funde con el rugido de la multitud. Levanto el arma y la vuelvo a apoyar en el hombro.

-Aquellos que quieran abandonar esta pocilga y echarse al mar, que me siga. Todo lo que os moleste, morirá bajo vuestra mano.- alzo el puño y proclamo a los cuatro vientos. -Todo aquello que deseéis , tomadlo sin miedo. Recoged vuestras armas y preparaos para la aventura. Hay un mundo que quemar.-

En efecto, cajita feliz
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 5651 + 0 = 5651
Energia: 4018 - 832 = 3186
Espiritu: 1399 + 0 = 1399
#15
Por primera vez desde que había decidido levantar el estandarte de los Cuervos Rojos, Hitan dejó de escuchar el mundo que lo rodeaba. El estruendo de la plaza dejó de existir, incluso el rugido de aquel monstruo llamado Sigurd terminó convirtiéndose en un murmullo lejano. Durante un instante, solo existió él. Él y el miedo.
Mientras el buccaneer avanzaba con aquella determinación inquebrantable, la mente del revolucionario viajó muchos años atrás, a una época en la que no existían ni los Cuervos Rojos, ni sus discursos grandilocuentes, ni las promesas de libertad. Recordó las calles miserables donde había crecido, las noches durmiendo bajo techos que apenas protegían de la lluvia y el hambre que lo había acompañado durante media vida. Recordó el día en que juró que jamás volvería a sentirse insignificante, que algún día sería alguien capaz de cambiar el mundo, alguien cuyo nombre inspiraría esperanza allí donde los demás solo encontraban resignación.
Al principio fueron pocos, tan solo puñado de hombres y mujeres cansados de agachar la cabeza, personas que encontraron en sus palabras un motivo para seguir adelante. Después llegaron más. Y más. Cada victoria alimentó su ego. Cada nuevo seguidor reforzó una mentira que terminó repitiéndose tantas veces que acabó creyéndola él mismo. Ya no luchaba únicamente por una revolución; luchaba por la imagen que había construido de sí mismo. La del líder destinado a guiar a los demás. La mentira de una revolución a la cual nunca había ni siquiera intentado unirse. Solo era fachada. Puras mentiras. 

Hasta que apareció Sigurd, y comprendió demasiado tarde, que jamás había querido cambiar el mundo, lo único que había querido era ocupar un lugar en él.
Sus ojos buscaron desesperadamente a los hombres que durante años habían jurado seguirle hasta la muerte. Esperaba encontrar determinación, obediencia, una fe ciega que tantas veces había utilizado para sostener sus ideales. Pero lo único que encontró fueron dudas. Vacilación. Miradas que ya no buscaban órdenes, sino respuestas que él era incapaz de ofrecer.
Fue entonces cuando el verdadero terror lo alcanzó.
No era el dolor de las heridas, no era la sangre que resbalaba por su cuerpo, ni siquiera era la certeza de que Sigurd podía matarlo, era comprender que iba a morir completamente solo.
Intentó levantar el kanabo una última vez, pero el brazo apenas respondió; también intentó abrir la boca para pronunciar otra orden, pero tampoco salió ninguna palabra. Las piernas dejaron de sostenerle con firmeza y el cuerpo comenzó a retroceder por puro instinto, mientras frente a él el Carnicero de Whisky Peak continuaba avanzando con la serenidad de quien ya había dictado sentencia. Y Hitan, por primera vez en toda su vida, dejó de sentirse un líder.
Solo era un hombre aterrado esperando la llegada del hacha. 

El primer impacto dejó el ambiente cortado. El segundo terminó de romper algo mucho más frágil que la carne de Hitan. Cuando el enorme cuerpo del revolucionario terminó desplomándose sobre el suelo, partido, destrozado y completamente irreconocible, nadie fue capaz de reaccionar durante varios segundos. El kanabo resbaló entre el barro y la sangre hasta detenerse varios metros más allá, abandonado por unas manos que jamás volverían a empuñarlo. El hombre que había prometido cambiar el mundo acababa de desaparecer en un silencio absoluto, sin una última palabra, sin un último gesto heroico, sin nadie capaz de impedir un destino que él mismo había provocado.
El patio entero permaneció inmóvil, nadie levantó un arma, nadie gritó venganza. Los rostros de los revolucionarios iban alternando entre el cadáver de su comandante y la imponente figura de Sigurd, incapaces de reconciliar la imagen del líder al que habían seguido durante años con la del hombre que acababa de morir suplicando a los demás que lucharan por él. Muchos comenzaron a comprender que, durante todo ese tiempo, las palabras de Hitan siempre habían exigido sacrificios ajenos. Él hablaba de revolución mientras otros morían. Hablaba de cambiar el mundo sin colocarse jamás en la primera línea. Y cuando por fin le había tocado afrontar aquello que tantas veces había pedido a los demás, el miedo había terminado por desnudarlo frente a todos y mostrar su verdadera forma. 

Uno tras otro, varios revolucionarios dejaron caer sus armas al suelo y el sonido del acero golpeando la piedra comenzó a repetirse por distintos rincones del patio, lento al principio, constante después. Algunos dieron media vuelta sin pronunciar una sola palabra y abandonaron la plaza con la cabeza gacha, incapaces de sostener la mirada de sus compañeros. Otros simplemente permanecieron inmóviles, observando el cuerpo sin vida de quien hasta hacía unos instantes había sido su comandante, intentando comprender en qué momento la revolución había dejado de pertenecerles para convertirse únicamente en el sueño egoísta de un hombre sediento de reconocimiento.
Sin embargo, no todos reaccionaron igual.
Hubo quienes, lejos de apartar la vista de Sigurd, continuaron observándolo con una mezcla imposible de describir. No había una admiración ciega, ni fanatismo, ni obediencia. Había respeto. Habían visto a un hombre que jamás había ocultado quién era, que no había utilizado a nadie como escudo, que había caminado siempre en primera línea y que había derrotado con sus propias manos al mismo líder que durante años les había pedido confiar en él desde la seguridad de las alturas. Quizá no compartían todas sus ideas, quizá muchos ni siquiera comprendían aquella obsesión por la fuerza, pero por primera vez en mucho tiempo sentían que alguien hablaba exactamente como actuaba.
Aquella tarde no solo murió Hitan.
También murieron los Cuervos Rojos, aunque en el fondo solo habían existido para esos hombres, y para su abatido lider. 
Y de las cenizas de aquella revolución fallida comenzaron a levantarse hombres y mujeres que ya no buscaban promesas imposibles ni discursos grandilocuentes. Buscaban seguir a alguien cuya verdad, por brutal que fuese, jamás necesitaba esconderse detrás de una mentira. De entre todos los presentes, alrededor de setenta personas dieron un paso al frente, recogieron sus armas y abandonaron la plaza tras la imponente figura del Buccaneer, dispuestas a dejar atrás el sueño de cambiar el mundo para convertirse, por voluntad propia, en los heraldos de una catástrofe que prometía hacerlo arder.

INFO
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#16
Yggdrasil se hunde en la carne del estafador y lo destroza brutalmente. Cada corte lo acerca más a una muerte segura hasta que sus filos lo seccionan de lado a lado y lo convierten en un amasijo informe de sangre y vísceras desparramadas por el suelo. La imagen es grotesca, quizás en exceso. Donde antes había una persona, ya no queda más que un charco y podredumbre.

La gente mira confundida la escena. Nadie de los aquí presentes hubiera apostado esta mañana que a media tarde se encontrarían con este panorama desolador, con el final de su secta y sus creencias. Pues con la muerte de Hitan, no solo se perdía un hombre, sino todo su imperio de mentiras y todas esas esperanzas vacías que había instalado en las frágiles mentes de sus adoradores. Una vez más, víctimas de un ejército pacífico que alinea a los más débiles, los Revolucionarios.
Pero hay coraje en algunos de ellos. Pocos que con la caída del desgraciado este, ven una oportunidad. Que encuentran en mi figura un ejemplo, una opción. Y no porque mis palabras los hayan convencido, sino porque mis actos respaldan cada promesa que suelto por la boca. No hay cambios sin acción. No hay beneficio sin poder. Y esto ha quedado grabado en las mentes de aquellos que me aceptan y aquellos que me temen.

Mi propuesta queda sostenida en el aire. Los cobardes no tardan en desaparecer, en escabullirse por los callejones. Miserables que prefieren ocultarse en las sombras antes de desafiar al Sol. Los que se quedan, pocos, valientes maleantes y criminales dispuestos a dar su vida por conseguir lo que se merecen, respaldados una bandera que los apoya y los define.
No tardan en arremolinarse a mi alrededor como hijos que se acercan a un padre. Llevan lo justo, ropas sucias, escaso alimento y sobre todo armas bien afiladas y listas para dar muerte. Con eso es más que suficiente. Rodeado por la multitud, alzo el puño y grito un rugido de guerra que hace temblar los cimientos de alrededor y recorre la plaza hasta elevarse a los cielos. Mis hombres, lejos de amedrentarse, se suman y gritan conmigo en un alarido terrorífico.
Los Hijos del Ragnarok rugen por primera vez, unidos por la violencia y la promesa de doblegar el mundo a la voluntad del acero y la pólvora. Marchamos juntos hacia el barco, buscando a Ubbe para partir juntos de esta isla.

Continuará...

#17
✓
Aventura T3: Completada

Recompensas Narrador (Ubbe)

— Puntos Mugiwara: 25

— Puntos de Rol: 20

— Berries: 90k


Recompensas User (Sigurd)

— Puntos Mugiwara: 17

— Reputación: 30 + 15 = 45

— Atributos: 2

— Berries: 24k

STAFF DE NAKAMA NO MI


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