[T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu
#1
Algunas madrugadas antes...




[Imagen: dSojSkd.png]

[2 de invierno, año 17,
Hachinosu, Nuevo Mundo]


El sol de mediodía resplandecía sobre Hachinosu, la isla más infame del Nuevo Mundo y de todo el Grand Line. Era un día como los que muchos se vivían en aquel lugar dejado de la mano del Gobierno Mundial, de los dioses y de cualquier cosa cercana a un concepto de orden. Bajo los siempre atentos ojos de la colosal Calavera Haibu, la isla seguía su vida normal —por llamarla de alguna manera, al menos—, la mayoría de sus habitantes completamente ajenos a las cuestiones de importancia que sacudían diversas partes del mundo en aquellos mismos instantes, y cuyas consecuencias pronto empezarían a expandirse por su superficie, como ondas concéntricas resultantes de lanzar una piedra a un estanque. Los habitantes de Hachinosu —todos ellos, al menos, en teoría, parte de la monstruosa tripulación que gobernaba la isla, los temidos Mushoku— llevaban a cabo sus rutinas, lo cual consistía, por parte de un abrumador porcentaje, en estar de juerga, bebiendo, apostando e iniciando sangrientas peleas de taberna que a menudo acababan con huesos rotos y dientes desperdigados. Otra parte de la isla se dedicaba al comercio, claro, en diversos grados de legalidad, y otros iban y venían, trayendo mercancías desde islas lejanas para volver a partir al cabo de unos días.

Tenoch Titlan o, como era mejor conocido, Quetzalli Jr., uno de los más destacados hombres del mismísimo Ashura, ahora un Shichibukai, se encontraba en una de las zonas centrales más urbanizadas de la isla, repleta de edificios de no mucha altura, construidos con sillares de la característica roca amarillenta que daba su particular color a la isla. Muchas de las fachadas se encontraban reverdecidas, cubiertas de maleza y hiedra que crecía a su antojo, subiendo por las superficies verticales con facilidad y colándose por las rendijas y por algunas ventanas. La atmósfera era, como no podía ser de otra manera, de gran animación, si bien alrededor de Tenoch parecía generarse un área de respeto, casi veneración, poco común en aquel lugar. Y es que Quetzalli no era un cualquiera, sino uno de los más cercanos a lo que era, en esencia, el poder absoluto en la Isla de los Piratas. Los piratas y maleantes de Hachinosu, que solían jactarse de no tener amos ni señores, a menudo estaban cerca de hacer reverencias a su paso, frecuentemente esquivando su mirada. Unos pocos, claro, actuaban con normalidad, sin siquiera percatarse de su presencia, o simplemente por una cuestión de naturalidad.

A unos quince metros de él, junto a una taberna llamada Black Tooth, un pirata de aspecto desaliñado permanecía sentado en un taburete, frente a una pequeña y astillada mesita sobre la que reposaban una botella vacía y algún tipo de hoja de papel, como si estuviese buscando clientes. El pirata, al que se podía oler casi a la distancia a la que se encontraba Tenoch —y no para bien— tenía un aspecto sucio y descuidado, propio de quien llevaba varios días seguidos de fiesta. Sobre sus ropas llevaba un abrigo negro con charreteras doradas, tan sucio y desarrapado como el resto de su vestimenta, lo cual le daba un aspecto de autoridad y formalidad que no encajaba en absoluto con el resto de su imagen. Aquello, sin embargo, no parecía impresionar a nadie: no eran pocos los piratas de los que nadie había oído hablar jamás y que llegaban a Hachinosu dándose aires de importancia, buscando ganarse renombre entre sus malhechores. De cuando en cuando, alguno de los transeúntes se acercaba para hablar con él, solo para perder el interés al cabo de unos momentos e irse por donde había venido.

En el umbral de la puerta de una de las decenas de pequeñas tiendas que poblaban la calle, tres hombres de negocios cuchicheaban entre sí, aunque su aspecto no era tan festivo. Su lenguaje corporal sugería, por el contrario, preocupación. Uno de ellos gesticulaban con grandiosidad, mientras los otros escuchaban, atentos a cada palabra, si bien haciéndole de vez en cuando un ademán para que recordase bajar la voz en su entusiasmo. A no mucha distancia de ellos, al otro lado de la calle, un mendigo parecía dormitar sentado en el rocoso suelo, parapetado del intenso sol por uno de los tejadillos que sobresalían de la fachada del edificio a sus espaldas.

Un par de chiquillos, que no debían de sobrepasar la quincena, se acercaron corriendo a Tenoch. Tenían un aspecto desaliñado, común en la mayoría de huérfanos del lugar, aunque nada fuera de lo ordinario. Parecían muertos de preocupación, pálidos como si acabasen de ver un fantasma. Uno de ellos, sin embargo, se quedó atrás, recogiendo con desesperación una moneda de un berry que se le había caído al suelo. "¡Señor Quetzalli... Junior! ¡Señor Junior!," exclamó el que se adelantó al otro, jadeando tras la carrera que se habían dado siguiéndolo, "¡señor Quetzalli! ¡Lo estábamos buscando!," dijo, recomponiéndose. Se miraron entre sí por un instante, limpiándose el sudor, con las manos sobre las rodillas mientras recuperaban el aliento. El más joven fue el primero en hablar. "¡Uniformados! Hemos visto a cinco uniformados de blanco no lejos de aquí, tenían pinta de...," bajó la voz, "¡Marines!". A nadie que lo hubiese oído le hubiese sorprendido en exceso; desde los últimos acontecimientos, y con todo lo que habían anunciado recientemente los periódicos, la Marina parecía más nerviosa que de costumbre.



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#2
Ser dueños de una isla era en teoria genial, nuestro propio pedazo de tierra, la bandera negra, con la calavera con cuernos verdes y humo, ondeando en lo más alto de este lugar, los subordinados, la gente que se volvia loca al ver a alguno de nosotros, los mushoku, todo eso en teoria era genial, pero en la practica era un verdadero rompedero de cabeza, Ashura el demonio tuerto del machete ponzoñoso pasaba de la tarea de administrar o al menos esa era mi impresión, todo aquello recayó…. Bueno siendo sinceros, yo mismo tome ese rol, pues el capitan no sabía leer, aunque si sabía curar cabezas rotas pues opero a Ñorgo para sanarlo y este se estaba recuperando, por lo que aun debía descansar… Por último, estaba el Barto, era un chico de 18 años, sinceramente no podíamos pedirle nada.

A pesar de todo el trabajo, era muy reconfortante tener un sitio propio, pero yo seguía durmiendo en mi camarote del Niebla de Guerra, alejado de la ciudad, pero siempre vigilante, ademas era el único sitio donde podia quitarme la máscara sin problemas, para evitar así que alguien viera mi rostro.

La mañana del día 2 de invierno del año 17, me levante como cualquier otra mañana, temprano, 7:00 AM, con los ojos abiertos, me estire debajo de las cobijas, me sente en la cama y antes de levantarme, rece, una oración a mi deidad, a mi querida Santa Muerte, donde le pedía como todos los dias, que me cuidara, que nunca me abandonara.

Una vez terminada mi oración, me levanté de la cama, el suelo estaba frio, pero me puse unas pantuflas blancas adornadas con alas, para evitar enfermarme, sacudí con fuerza mis alas para terminar de estirarme bien y me aseé, allí mismo en mi cuarto.

Una vez limpio, me coloque mi perfume preferido, “Eu de Coco”, por todo el cuerpo, me coloque unos pantalones abrigados, botas y una campera amarilla, a la que le hice 2 huecos en la espalda para sacar las alas, tome la bufanda de Gaeru, la cual me venia excelente para este clima, recorte mi bigote para dejarlo prolijo y mire mi mascara, justo antes de ponérmela, le habia hecho unas modificaciones, aun cubría mi rostro, pero era más abierta en la parte de la boca, ahora dejaba ver mi bigote, me la puse, y tomando mis cosas me prepare, antes de salir de mi habitación, mire la hora en el reloj.. 8:03 Am, iba tarde para empezar mi vuelo matutino sobre la isla.

Ya en la cubierta del Niebla de Guerra, admiré un segundo sus hermosas velas moradas moradas y di un salto en vertical de 40 metros, una vez suspendido en el aire, adopté mi forma completa, desplegué mis alas blancas y Sali disparado hacia adelante, tomando aún más vuelo.

El sol ya asomaba en el firmamento, por lo que mi sombra ya se reflejaba por allí donde pasaba, hacer esto se habia vuelto costumbre, pues le habíamos quitado la isla a un pirata, quizás otro pirata quiera quitárnosla a nosotros… o peor los comunistas, esos hijos de su comuna madre, aun me debían un brazo…bueno a Gaeru, pero al heredar todo lo que era de él, tambien herede esa deuda que estos mierdas, no han pagado.

Esos eran realmente las únicas dos facciones que nos atacarían o así lo veía yo, pues desde hace un tiempo Ashura se habia vuelto Shishibukai, cosa que en principio no me gusto, pero luego de sopesarlo un tiempo, era divertido saber que esos mierdas de la Marina y el Gobierno, no nos joderian tanto la vida.

Luego de terminar mi ronda de vuelo, desayune en una de las tantas tabernas de la isla y me dedique a caminar por esta, para intentar poner algo de orden, lo comico de todo esto es que casi no tenia ni que hablar, pues mi sola presencia bastaba, para que las peleas cesaran, las discusiones se resolvieran, etc etc.

Ya sobre el mediodía, me encontraba en la ciudadela, la gente iba y venia y yo miraba atento, todo, pero no solo eso, tambien olía, pues parado frente a una taberna a unos 15 metros de mí, habia un tipo que apestaba, cosa que no entendia, uno puede ser pirata, asesino, robador de islas, maltratador de marines, pero nunca…mal bañado. Me dediqué a mirarle fijamente para saber que hacía, parecía estar buscando clientes o gente que reclutar, fruncí el ceño con desconfianza, así que decidí ir a investigar que sucedía con este tipo, pero al momento de dar dos pasos, escuche que alguien, decia mi nombre, deteniéndome en seco, me voltee para verles, era una bandita de chicos huérfanos, bastante jóvenes, me dijeron que me estaban buscando, pues habían visto uniformados… tipos con pinta de marines, mi cara se torció en un gesto horrible y de asco. No habia visto llegar ningún barco de marines y dudo que sean tan idiotas como para entrar escondidos y luego transformarse, así que mirando a los chicos y activando mi haki de observación básico en un radio de 100 metros les dije. – Que raro que los amigos de lo ajeno estén por aquí…Quiero creer que no me estan mintiendo.. ¿Verdad? . Y les regale una sonrisa, si lo hacían, mi haki me advertiría y luego volvi a hablarles. – Confiare en ustedes, muéstrenme donde los vieron y les prometo que una vez me lleven, les daré a todos un buen dinero..¿Vamos? . Le volvi a sonreír al niño que me hablo a la espera de que me guiara hacia el sitio.
 
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#3
En el momento en que el enmascarado de impoluto bigote e inmejorable cuidado estético —porque, en efecto, uno podía ser muchas cosas en la vida, pero nunca estaba justificado ser un mal bañado, por muy pirata y muy embustero que se fuese— comenzó a hablar con los chiquillos que se le habían acercado en plena calle, un mar de susurros y cuchicheos pareció rodearlos, a medida que todos los presentes cotilleaban sobre su presencia en aquel lugar de la isla, lejos de la imponente Calavera Haibu o el temible Niebla de Guerra. Ver a un Mushoku por la isla, por mucho que fuesen sus gobernantes, siempre se convertía en la comidilla de sus habitantes, que estaban encantados de debatir sobre las intenciones de sus líderes y la próxima jugada de los auténticos señores de la piratería.

Cuando Tenoch les preguntó a los chicos, de manera nada sutil, si estaban mintiendo, su magistral empleo del Kenbunshoku Haki pudo detectar cómo sus auras ardientes y juveniles comenzaban a temblequear, y su tono de color cambiaba drásticamente. En efecto, mentían, o esa impresión daba. El mendigo observaba la escena desde la sombra con curiosidad; pese a su estado aparentemente deplorable, no parecía completamente ajeno a cuanto le rodeaba. Su aura era calmada, tranquila y mansa, pero más aguda de lo que su aspecto exterior pudiese aparentar. Los tres comerciantes, que instantes atrás discutían sobre sus cuestiones apasionadamente en el umbral de una de las tiendas, habían enmudecido, viendo la interacción con interés. Era como si la atmósfera hubiera cambiado de repente, incluso mientras todo continuaba bañado en la luz de aquel sol radiante. "¡Eh, ¿y vosotros, no querréis uniros a la próxima tripulación en ascenso?!," gritó el pirata frente a Black Tooth, aparentemente ajeno a la intensidad de la situación, tal vez aún ebrio, tomando la botella de licor vacío que reposaba sobre la mesa y agitándola para dar énfasis a sus palabras, con su otro brazo apoyado con pesadez sobre la mesa. Su aura exudaba caos, ebriedad y sed de poder a partes iguales.

Los dos chicos se miraron, pálidos como la cera, sudando incluso más que antes. Tragaron saliva simultáneamente. "¡J-jamás le mentiríamos, señor Junior!," dijo uno de ellos, que parecía a punto de romper a llorar. A través de su Kenbunshoku, Tenoch había podido percibir la mentira en lo que decían, pero también el profundo miedo, casi pánico, que les había invadido, lo cual volvía la situación un poco más confusa de lo que habría sido de tratarse de una simple mentirijilla. "Venga co-con nosotros, por favor, queda un poco lejos," dijo el otro, medio sollozando, tirando de una de sus muñecas en un afán por llevarlo consigo.

"Don Quetzalli, ¿tiene un momento?," inquirió uno de los comerciantes, que hasta ahora había permanecido en silencio, finalmente atreviéndose a hablar. Su aura desprendía inquietud, teñida con el color de la preocupación. En las decenas de metros que cubría el poderoso haki de observación del enmascarado, se superponían centenares, si no miles, de auras distintas, a diversas alturas: desde las azoteas hasta los sótanos de los edificios de la isla, pasando por los transeúntes de las calles y los apostadores en las tabernas. Auras de todo pelaje, que se entremezclaban unas con otras, en una miríada de colores, actitudes y emociones, a juego con la bulliciosa actividad de la isla, donde la fiesta —en ninguno de sus sentidos— nunca terminaba: descanso, violencia, paz, borrachera, ardiente diversión, dolor, jolgorio... En un primer vistazo, resultaba complicado distinguir auras que pudiesen pertenecer a los Marines de los que hablaban los jóvenes en aquella marea. Si Tenoch quería averiguar qué había detrás de aquello, tal vez su mejor opción fuese seguirles la corriente, aunque supiese que había algo allí que no encajaba.



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#4
Pude escuchar como el tipo mal oliente, confirmaba mis sospechas, estaba intentando reclutar gente para formar una tripulación en ascenso, genial más enemigos que derrotar en un futuro.

Seguía sonriendo, cuando escuche al niño que me hablo, decir que no, que no me mentía, pero mi haki de observación decia todo lo contrario, mantuve la calma, pues la mentira venia acompañada del miedo, más que miedo, diria que pánico. El chico volvio a insistirme en que fuera con él. Era claro que algun imbecil queria tenderme una trampa y se habia valido de los chicos para hacerlo, pero el Aguila de Oro y Plata no era facil de cazar pense, así que me agache para quedar a la altura del chico, le puse la mano derecha en el hombro derecho y me acerque a su oído para susurrarle unas palabras de tal manera que solo él pudiera escucharme. – Estoy molesto porque sé que esto es una trampa, pero no lo estoy contigo ni con los demas chicos, tambien sé que nada de esto es tu culpa, tranquilo, no dejare que te hagan daño, te doy las gracias por venirme a buscar…vamos a seguir con este teatro un poco más. ¿Vale? Y una vez lleguemos al sitio, te iras con los chicos, luego vengan a buscarme… se han ganado su dinero y tu te llevaras un poco más. Me aleje y mis ojos azules se encontraron con los casi ojos lloros del niño, le volvi a sonreír, para que se quedara tranquilo.

En el momento en que me erguí para irme con el niño, otra voz me dirigió a mí, esta venia detrás de mí mire al chico y le hice señas para que esperara, para luego girar sobre mis talones y ver al tipo que me habia dirigido la palabra, no era más alto que yo y tenia toda la pinta de ser un comerciante o vendedor, mi haki detecto como la inquietud y la preocupación le recorría el cuerpo. ¿Acaso aquel que me queria tender la trampa estaba jugando a dos bandas y por eso envio a otro?, sopesé un segundo esto y sonreí para mis adentros, ya se iba a enterar.

Mirando al comerciante, me aclaré la garganta y le dije. – No tengo mucho tiempo mi estimado…. Señor, los chicos quieren enseñarme algo curioso que encontraron en la isla y justo me dedicaba a acompañarlos, si gusta, venga con nosotros y de camino, le prometo que atenderé su duda. Di una palmada fuerte, mientras hacia girar mi hombro derecho en circulo y luego el izquierdo, sonreí y proseguí. - ¿Vamos?.
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Gastos y Regeneraciones

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#5
Los comerciantes parecieron reticentes a la oferta que el pirata les había ofrecido, y acabaron por rechazarla por un ademán, volviendo a sus cuestiones, agrupándose nuevamente bajo el umbral y continuando con su charla distraídamente. Sin embargo, aquel aura de temor y, ante todo, preocupación, no pareció irse a ningún lado. Era indudable que, fuese lo que fuese lo que estuviesen tratando, se trataba de alguna materia de urgencia para ellos, lo suficiente como para molestar con ella a una de las cabezas de la familia —si uno quería llamarla así, por peculiar que fuese— que regía sobre Hachinosu.

El muchacho al que había hablado Quetzalli pareció paralizarse de horror cuando escuchó sus susurros, aterrorizado ante el mero pensamiento de que aquel hombre enmascarado tuviese la asombrosa facultad de leerle la mente. Había oído leyendas de gente que pudiese hacer aquello, pero jamás se las había creído del todo. Sin embargo, el mismísimo Águila de Oro y Plata en persona había adivinado sus intenciones con pasmosa facilidad. Su grado de acierto era difícil de creer, por decir algo. Lo cierto es que él mismo no tenía muy claro qué esperaba a Tenoch al otro lado de lo que fuese aquello, pero confiaba en el buen juicio del pirata. El chico tragó saliva, al borde del llanto, pero pareció ser capaz de contenerse.

Cuando se incorporó tras su breve charla con el muchacho, Tenoch pudo percatarse de que el mendigo que momentos atrás reposaba a no mucha distancia de los comerciantes se había esfumado, probablemente teniendo cosas mejores que hacer. Su aura, que no parecía destacar por nada en particular, en ningún momento había sido hostil, ni había gozado de ningún color que resultase chocante para alguien así, por lo que su movimiento no debía de haber llamado la atención del enmascarado. Y todo el mundo sabía que nadie conocía mejor las calles que los mendigos, capaces de mapear hasta los rincones más insondables de las islas en que, cada noche, dormían bajo las estrellas, bajo la nieve o el viento.



Los transeúntes con los que Tenoch y los dos muchachos se cruzaron en su trayecto continuaron con aquel patrón de conducta que todos los demás habitantes de la isla habían mostrado hasta el momento; algunos se sorprendían, otros quedaban cerca de hacer grandes reverencias al paso del enmascarado, y otros lo ignoraban para seguir con el juego, la bebida o lo que fuera que ocupase sus horas de tiempo libre. Entre los edificios de piedra densa y amarillenta, los dos muchachos lo guiaron a través de varias avenidas y algún que otro callejón, tomando atajos que pocos conocían, y presumiblemente optimizando la ruta con los conocimientos de los que solo disponían los niños callejeros.

Debieron de caminar durante al menos media hora bajo los siempre atentos ojos de la Calavera Haibu, pasando junto a negocios, establecimientos y edificios de todo tipo: tabernas, pequeñas oficinas de prestamistas, anticuarios, casas de empeños, casas de grog, locales de comedia, tiendas de segunda mano, armerías, cambistas, forjas, talleres de cartografía, clínicas clandestinas, puestos de brochetas, panaderías, marisquerías, casas de té... Todo lo que un pirata pudiese soñar jamás, y mucho más. Hachinosu parecía prosperar en las manos de Ashura y sus asociados, a medida que piratas, comerciantes y buscavidas de todo pelaje de todos los rincones del ancho mar se asentaban allí en busca de una nueva vida. Todo estaba teñido de aquel aire de clandestinidad que caracterizaba a cualquier actividad, por legítima que fuese, que transcurriese en aquella isla. Por aquí y allá se cruzaban con edificios de todos los tipos y tamaños, casi todos ellos construidos en aquella particular piedra amarillenta, y la mayoría poblados, en sus fachadas, por vegetación asalvajada que pugnaba por hacerse con la arquitectura local. Algunas de las esquinas tenían cañones empotrados, fruto de quién sabe qué en tiempos pasados, y entre algunos edificios colindantes colgaban pasarelas de cuerdas y tablones. Lo más particular de Hachinosu era su profunda irregularidad, en su diversidad, fruto de quién sabía cuántos años de construcción clandestina y sin pasar por ningún filtro del Gobierno Mundial, con una gran parte de sus edificaciones hechas a espaldas de cualquier certificación, simplemente con los materiales disponibles a mano, a menudo reutilizados de otras edificaciones cercanas en ruinas.

Durante todo el camino, los chicos permanecieron callados como auténticas tumbas. Incluso si Tenoch intentaba hacerlos hablar o sonsacarles alguna pista de lo que pudiese estar cociéndose exactamente en aquel lugar, los chicos no soltaban prenda, sin siquiera interactuar prácticamente entre sí, a excepción de un par de indicaciones de qué camino seguir o por dónde ir. Sus auras conjuraban preocupación, desconocimiento, inquietud y, de alguna manera, un aplastante deseo de salir de aquella situación lo antes posible. Sin embargo, a Tenoch no le dio la impresión de que le deseasen ningún mal, lo cual encajaba con la impresión que había tenido de ellos en un principio.

Tras un caminar que pareció interminable a lo largo de las calles de Hachinosu, los muchachos guiaron al enmascarado hasta el lugar. Frente a él se alzaba algo que en un tiempo pretérito debía de haber sido alguna clase de capilla o iglesia, y que ahora, como tantos otros edificios a lo largo y ancho de la isla, parecía haber sido reutilizado para otra cuestión. Del lugar entraban y salían tipos de aspecto cuestionable con mucha frecuencia, y cada vez que la puerta se abría, el lugar parecía exhalar un suspiro de fétido olor a licor. Se trataba, cómo no, de una taberna, el negocio más lucrativo y seguro que uno podía abrir en la Isla Pirata.

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Los chicos no tardaron en esfumarse, como si no quisieran saber nada de aquel asunto. El edificio era, indudablemente, bastante grande, más que la mayoría de edificaciones a su alrededor, y se notaba. Empleando su Haki de Observación, Tenoch percibió cómo tras las puertas se arremolinaban cientos de clientes, parroquianos de la taberna que se repartían tanto a nivel de suelo como en pisos superiores, a través de lo que debían de ser las zonas altas de la nave y los campanarios, como en los inferiores, probablemente en sus sótanos. El lugar estaba lleno hasta la bandera, y sus auras se presentaban, cómo no, en una indistinguible miríada de colores, intenciones y humores de todo los tipos imaginables. En lo alto de la fachada, en lo que antaño debía de haber sido una pequeña joya arquitectónica,  se observaba un elaborado rosetón, si bien en un deplorable estado de conservación, y con únicamente algunos tablones, trapos y cuerdas en lugar de lo que en su día hubieran sido las vidrieras, rodeado por varios campanarios. Frente al propio Tenoch se encontraba la puerta principal, por la cual entraban todos los clientes, y alrededor de la cual se arremolinaban múltiples grupitos de borrachos y juerguistas que habían salido a tomar el aire. A uno de los lados parecía haber otra puerta, de menor tamaño, que parecía ser únicamente para los empleados del lugar. En la parte baja de aquella suerte de capilla, casi a ras de suelo, se observaban algunas pequeñas aberturas de ventilación protegidas por rejas oxidadas, parcialmente cubiertas por plantas, basura y pilas de cajas. De ellas emergía un aire húmedo, caliente y cargado. Detrás de la capilla se encontraba un viejo cementerio, ahora convertido en patio trasero, protegido por muros torcidos y al borde del derrumbe. Había mesas volcadas entre las maltrechas lápidas, aunque el lugar parecía ser el preferido para algunas reuniones privadas entre los habituales y la clientela más distinguida.



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#6
Esperaba la respuesta del comerciante, pero este tipo rechazo mi oferta con un ademan, ni siquiera me dedico la palabra, fruncí el ceño, que sí bien no sé apreciaba por mí mascara, si se notaba en mí rostro la molestia y pense que el mierda se salvó solamente por el hecho de que no voy a recordar su horrible cara de mierda, despues de solventar el temita con los chicos, quizás me de una vuelta e intente ubicar al imbecil aquel.

Empece a caminar detrás de los niños, mi haki seguía activo e intentaba a 100 metros y con mi vista de Águila intentaba ubicar a los “Marines”, caminar por la isla me era un poco molesto, pues siempre que doblábamos por una de las calles, habia alguien que me hacia reverencias o se apartaban para darme paso, mi haki detectaba admiración y miedo, cosa que sinceramente no entiendo, solo soy un tipo normal, que puede convertirse en caballo con alas, para tipos raros esta Ashura, que se vuelve de humo y habla con un coco.

Durante nuestro trayecto intente hablar con los chicos, pero el miedo que sentían era demasiado grande, quizás era hacia a mí, por el hecho de que le descubri la mentira, pero le habia dejado en claro que esto no era su culpa.

Caminamos un rato largo, no sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo nos llevó. Pero en de un momento a otro nos detuvimos delante de una…¿cantina? No sabia que eso estaba en la isla, pero más que cantina parecía iglesia, era alta de unos 60 metros más o menos y unos 45 de ancho, la fachada estaba descuidada, pero se podia intuir que en antaño era un edificio hermoso, cosa que me llamo la atención pues nunca pense encontrarme esto en una isla como Hashinosu, carente de toda religión, pero esto representaba una oportunidad excelente para extender el culto a la Santa Muerte que tanto profeso, pero eso despues, primero tenia que saber que mierda estaba pasando.

Los chicos salieron corriendo, pero dada mi gran velocidad, detuve a aquel que me hablo me agaché y le dije. – Gracias por traerme aquí, volveré en lo que pueda a la plaza donde me ubicaste y toma un adelanto. – Y le entregue no menos de 40mil berries. El chico tomo el dinero se fue. Hecho mire hacia los lados de la taberna y pude ver como en el fondo habia un pequeño cementerio, nada fuera de lo común en las iglesias, pero este se habia convertido en una especie de vertedero de basura o de cosas rotas, sobre las lapidas reposaban mesas.

Caminé y me detuve frente a la puerta principal, la gente salía y entraba sin cesar, unos me pedían disculpas, al verme y otros no me miraban a los ojos, asustados por el simple hecho de encontrarme allí, Ajuste el haki de observación a 50 metros, ademas de esto me ajuste mis guantes metálicos, mis perneras, las rodilleras y las coderas de mi difunto tio, ajuste mi micrófono en mi cintura del lado derecho y guarde la daga en el bolsillo izquierdo, por ultimo me colgué la espalda de mi difunto hermano la espalda, si esto era una trampa, no me iban a agarrar con los pantalones abajo.

Crucé el umbral de la puerta y di un paso adelante, la sala era un cuadrado perfecto de 45 metros y un pensamiento cruzo mi mente, si esto era una trampa, que mejor que llamar la atención…. Sonreí con malicia y di un aleteo violento con mis 2 alas de birkaniano, al mismo tiempo que aplaudía, un sonido metálico inundo el recinto y yo dije. – Buenas Tardes a todos, quizás algunos no me conozcan, pero mi nombre es Quetzalli Jr… El Águila de Oro y Plata, lugarteniente del regente de esta isla… Ashura la Catástrofe. Sonreí ampliamente, mientras caminaba y me sentaba en la barra, haciéndole señas al camarero, mientras le decia. – Caballero tenga a bien, servirme un vaso de jugo de mango con los bordes escarchados en Chamoy y Tajin, colóquele ademas al jugo unas gotitas de salsa picante. Esperaba ansioso que mi haki detectara todo luego de aquella presentación.
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#7
Desde luego, para tipos raros estaba Ashura, pero la llegada del temido Shichibukai aún se haría esperar un poco más. Rodeado en aquella nube de olor a coco, la presencia de Tenoch no pasaba desapercibida por allá por donde pasaba. Incluso allí, donde el ruinoso pero majestuoso edificio, que conservaba parte de su encanto de antaño y del esplendor arquitectónico del que alguna vez hubiera hecho gala, parecía empequeñecer todo a su alrededor, Tenoch continuaba siendo una fuente de atención entre quienes circulaban por la zona. La nave principal, en efecto, alcanzaba unos impresionantes 60 metros de altura en sus puntos más altos, con una fachada de unos 45 metros de ancho, así como una profundidad de unos 70 metros, que bien era difícil de adivinar al verla de frente. Sin embargo, costaba estimar cuánto podría extenderse verticalmente en el subsuelo, si bien era posible para Tenoch ver las auras de bastantes individuos por allí también, algo más difíciles de percibir con claridad dadas las capas de piedra y tierra que los separaban.

Tenoch se adentró en el edificio a través de su puerta principal, acorde a su estilo. Se encontraba en una estancia cuadrada de 45 metros por lado, en cuya pared más alejada, al fondo, había una vieja puerta cerrada a cal y canto, con un cartel que rezaba "SERVICIO" sobre su sueprficie; a la derecha de la entrada, asimismo, parecía haber unas maltrechas escaleras de mármol, erosionadas por años de constantes pisadas y alguna vomitona, que bajaban. El ambiente era más bien sórdido, aunque distendido. No había música, más allá del continuo murmullo de todos los reunidos, que hablaban a voces, cuchicheaban y carcajeaban. Tras la barra, que quedaba a su izquierda según entraba, varios camareros corrían de un lado a otro para atender los abundantes pedidos de sus clientes. Jarras de cerveza, grog, ron y los dioses sabían qué más corrían por la barra, dejando cercos de agua condensada sobre la madera gastada cuando el parroquiano la recogía para llevársela a su mesa, o a su boca. Por muchas miradas que atrajese Tenoch, no parecía interrumpir la actividad de los presentes, algunos de los cuales lo señalaban y cuchicheaban entre sí, entre trago y trago entre tintineo de monedas y entre tiradas de dados y juegos de naipes.

El ambiente se heló un poco, sin embargo, ante la repentina presentación del enmascarado, que sí que logró que los presentes guardasen silencio por un instante, a la expectativa de que tuviese algo importante que anunciarles. Al fin y al cabo, como él mismo había dicho, no era ningún cualquiera, sino el lugarteniente de la misma Catástrofe. Todos aguardaron con gran interés sus palabras, pausando por un momento su beber, su comer, su jugar y su apostar. ¿Anunciaría el futuro ataque a otra isla desde Hachinosu? ¿Convocaría la formación de una gran Armada Pirata? ¿Llegaba el momento de que Hachinosu saliese a la caza de Marines o de otros piratas? El enmascarado, por su parte, se limitó a pedir un zumito picante y se sentó a la barra, ante los perplejos camareros, que corrieron a preparar lo que había pedido, limpiándose gotas de sudor en el proceso.

El silencio casi sepulcral que había creado Tenoch, tal y como había llegado, se fue. Todos los piratas y maleantes del lugar estallaron casi al unísono en un mar de carcajadas y vocerío, riéndose de la ocurrencia del Águila y continuando con sus asuntos. A su alrededor, en toda aquella estancia, Tenoch pudo percibir cómo sus auras habían pasado de sus diversos humores (como la emoción por ir a ganar una apuesta, o el deseo de apuñalar a quien lo había evitado con un póker inesperado) a la expectativa y el interés más profundos con su anuncio, únicamente para volver a lo primero inmediatamente. Tenoch había dejado de percibir las auras que se alzaban por encima de su cabeza, en los campanarios, mas no así bajo sus pies, donde las auras que veía continuaban tal y como las había percibido durante todo aquel rato. Volaban los codazos de uno a otro, preguntándose qué había sido aquella intervención, pero ninguno pareció darle mucha más importancia, a excepción de uno de ellos, un hombre de avanzada edad, pelo gris y ralo a excepción de sus sienes y una perilla pobre y descuidada, que se dirigió a Tenoch desde su mesa: "¡Y a nosotros qué nos cuentas, hombre! ¡Llama a Ashura y que nos lleve a todos por ahí!," dijo con jovialidad, de una forma que uno no hubiera esperado por su edad. Era evidente que el corazón de aquel hombre reclamaba aventuras como las que debía de haber vivido en sus tiempos mozos.

Y, como si lo hubiese invocado con solo pronunciar su infame nombre, la sombra imponente de Ashura, la Catástrofe, se proyectaba sobre el sórdido suelo de madera de aquel tugurio.



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#8
Mi haki me alerto de la respuesta de cuanta alma se encontraba en el sitio. Por lo pronto nada fuera de lo común, sorpresa, miedo, intriga, silencio…. Sonreí complacido, ya todos sabían que yo estaba allí así que aquel que me quiso tender la trampa, sabia que estaba al tanto de su jugarreta o al menos es eso lo que pensaba. El bullicio volvio y mi haki empezó a sentir el alivio por parte de los presentes, que me haya presentado así los asustó, pero parece que se calmaron al ver que no dije nada más.

Tome con la mano derecha el vaso de jugo escarchado que el camarero me ofrecía y me lo acerque a la nariz. No note nada raro, si alguno de estos idiotas intentaba envenenarme iba a arrasar con todo ese maldito lugar, le di un pequeño sorbo, estaba sabroso, el picante me calentó el cuerpo, deje el vaso de lado y aun dando la espalda al gran salón, me dispuse a seguir buscando algun aura fuera de lo común.

Pero una voz se dirigió directamente a mí, me voltee para verle y me levante de la silla, era un caballero de cabellos grises, bastante feo, aunque la jovialidad de su voz no iba con su aspecto de hombre mayor, solo le pido a la Santa Muerte, que, si llego a viejo, no llegue así de feo. Sonreí ante sus palabras, queria llamara a Ashura para que les diera un ¿paseo?, aun con la sonrisa dibujada en los labios, dije. -  Les pido por favor, tengan a bien traerme papel, lápiz y una cuerda. – Uno de los camareros con una velocidad increible me puso sobre mis manos aquello que pedí, me acerqué a la barra y escribi en la hoja de papel.

Para: El Demonio del Humo.
De: El Heraldo de la Santa Muerte.
“Blitz, léele esto a Ashura, textual, si no lo haces ya me enterare.
Demonio, un niño me informo que había unos azulejos en la isla, ya sabes… esos que son amigos de tu objetivo.
Estoy en una taberna, que se aprecia desde el ojo izquierdo de la calavera, te espero.
PD: Ven preparado, que quizás hay fiesta
PD2: Perdon por romper tu ventana, despues te regalo una con un vitral de Ñorgo en tanga”

Tomé la nota, la envolví en la daga que llevaba conmigo y dije dirigiéndome al hombre que me habia pedido buscar a Ashura. – Bien mi estimado caballero, como su idea me parece genial, decidí hacerle caso, deme un segundo y todo lo que tomé usted, va a mi cuenta. Sonreí y Sali de la taberna/catedral, voltee a mi derecha y vi la calavera, desde abajo, salte 40 metros elevándome en el aire y lance con todas mis fuerzas la daga con el mensaje hacia el ojo izquierdo de la calavera. Caí al suelo con una gracia envidiable y volvi a entrar al recinto y caminé a la mesa donde estaba el caballero de cabellos grises y voz jovial, me senté junto a el y con una mirada corrí a aquellos que estaban sentados con el, ya solos le dije. -  En breve el capitan aparecerá por aquí…Mientras llega, quisiera preguntarle algo y le pido por favor que no me mienta, porque si lo hace lo sabré. Me dijo un pajarito que hay azules por aquí…¿Sabe usted algo de eso? . Una amplia sonrisa se dibujo en mi rostro. Mientras esperaba respuesta por parte del caballero y la llegada del Demonio del Humo
Resumen

Bélico

Gastos y Regeneraciones

Karmas Usado

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#9
En esta isla... No pasa nada sin que mi humo lo sienta. 

Calavera Haibu. 2 de Invierno. En silencio. 


Miraba desde la cuenca izquierda como acostumbra aquel peñasco que regentaba junto a los generales Mushoku. 

Nicolás, en su forma de Nick Fury reposaba en mi hombro, siseaba sobre planes, ideas y maneras de volver a salir el mar para conquistarlo. Pero el Nuevo Mundo estaba lleno de bestias, sobrevivir a Sanchi, Shinju o Sonic había sido una proeza, todavía no estábamos listos para dar el siguiente paso. Primero asentarme, conseguir más tropas, luego dinero y después... Después tendría que mejorar el barco, necesitaba recuperar los números en mis tropas más poderosas, necesitaba más generales y si quería conseguirlos, debería volver al paraíso y alejarme de este infierno terrenal que llamaban el mar más fuerte de todos. 

Había poco más allá de la corriente, por lo qué, con total seguridad casi habíamos recorrido todo el mundo, y los blues... Los bues eran pequeños estanques para nosotros, allí no había nada importante más que cadáveres para mi espada. 

- Churrita. Me cago en la puta, la fábrica funciona. Gracias a ella entra dinero a cascoporro, en un par de estaciones podremos tener el barco perfecto. Solo hay que esperar, pero no puedes estar tocándote los huevos. Solo entrenas con los Mushoku, ya no hay grandes batallas, heridas terribles, enemigos insuperables. Solo tú, tu reino y tu corona - Nicolás parecía molesto ¿pero que más quería que hiciera? No todo podía ser gloria y combate. El dinero trae responsabilidades, las responsabilidad papeles y los papeles gente que sepa leer y me los lea. 

Iba a contestar cuando la puerta de la estancia de mando se abrió con presteza, sin llamada, sin aviso. Agarré con fuerza el pomo de mi espada, hoy seríamos uno menos en Hachinosu a cuenta de esta gran ofensa. 

Me giré mientras apretaba los dientes, era Nitz, mi mensajero, mi recadero, Nitz. Más le valía tener una buena razón para llevar a cabo el terrible sacrilegio de no llamar a la puerta. 

Apoyó ambas palmas sobre las rodillas y jadeó cansado. 

- Señor... Mi señor... - respiraciones forzosas - Tenebroso señor - 

- Que puto pesado de mis cojones es este lamebotas pecoso - 

- Gran señor maligno... Su malignidad... - Parecía enumera de más esta vez todos los nombres con los que me solía llamar. ¿Qué le había hecho correr tan rápido para llegar así? Agarró una gran bocanada de aire y se irguió. Mejoró su postura en sobremanera y se levantó - Rey Demonio, algo raro está pasando en la ciudadela. Vi a uno de los muchachos hablar con "El heraldo" - así llamaba a Quetzalli - Le dio dinero y como usted me ha dicho que me entere de todo fui a por él. Le pregunté que pasaba y me dijo que acompañó a "El heraldo" a una taberna. Después le di un palo en las costillas y le robé el dinero al niño - dejó caer una bolsa - 20.000 berris - carraspeó - eran 40.000 pero perdí la mitad apostando en las peleas de navajas de la calle "Ben de los caídos". Lo siento señor, pero si hubiera ganado le hubiera traído 35.000 berrys más - vi el miedo en su cara. 

- Guarda eso en el tesoro de Hachinosu - le dije - ¿Dónde queda la taberna? - Pregunté mientras me giraba de nuevo enfocándome hacia Hachinosu y la ciudadela desde la cuenca de la calavera. Nitz se acercó a mi, señaló con el dedo un edificio parecido a una capilla, se vía perfectamente desde el ojo izquierdo. 

- Es allí, humeante señor - 

- Bien, si pasa algo más, ya sabes dónde buscarme - 

Una daga surco la ventana atravesándome y clavándose cerca de Nitz. Mi cara se deformo completamente para volver a su forma natural después de que el humo se recompusiera tras haber sido acuchillado completamente a traición. 

Nitz trago saliva sonoramente. 

- Hay una nota, mi gran señor - un silencio - ¿Quiere leerla? - 

Otro silencio por mi parte. 

- No sé leer Nitz - dije con una voz áspera e irritada. 

- Cierto su gran malignidad. A veces se me olvida que un ser como usted no es perfecto - 

- Demasiado lamebotas, no se por que no le cortas la lengua - 

Nitz leyó la nota a continuación. Era de Quetzalli, informaba de lo que Nitz me estaba contando. 

- ¿Azules? - susurré pensativo 

- Igual son pitufos churrita, unos seres diminutos, creo que Korg sabe algo de los pitufos - 

- Suficiente - sentencié - pon a la isla en aviso, algo raro está pasando en Hachinosu - 

Salté con fuerza desde la ventana y me dejé caer sobre la ciudadela. 

La caída elevó mi pelo mientras azotaba con violencia serpenteando entre mis cuernos, el ulular del viento entumeció levemente mis oídos. Mi espada en mi mano diestra, en mi cintura "La daña almirantes", sobre mi hombro Nicolás, su cuerpo de mono humeante se perdía entre los azotes del aire que nos golpeaba, mientras se regeneraba una y otra vez.  

- ¿Objetivo? ¿Azules? - mi mente lo conectó - ¡YUGUUUUUUUUUUU! - Bramé mientras mis pies se perdían entre hileras de humo y explotaban en combustiones haciéndome tomar el control de mi caída y empezar el vuelo sobre la ciudad.  

Avancé sobre la ciudadela hasta llegar al indudable edifico que se había marcado como mi objetivo. ¿por qué nunca me había fijado en él? Cuándo llegué hasta él dejé que mis piernas se recompusieran, perdiendo la inercia y la fuerza del vuelo. A 85 metros del suelo, sobre el edificio, mejor dicho sobre su entrada me dejé caer. 

La gravedad tiró de mi y caí con la fuerza que mi peso imprimía sobre el mundo: media tonelada de ira y humo se personó en la entra del local con un estruendoso sonido que retumbo en todo el lugar. Las piedras se partieron junto con el suelo y se generó una pequeña deformación en el terreno de forma circular tomándome a mi como centro del cráter. 

Observé la entrada del lugar mientras por las comisuras de mis labios el humo escapaba como si mi pecho fuera una locomotora. Mi haki de observación se desbordó cubriendo 100 metros a la redonda. Sentí todo a mi alrededor. A quetzalli y todo lo que estaba cerca de mi o me rodeaba en un diámetro total de 200 metros . 

- Vamos pa dentro churrita - 

- Hmm - asentí mientras avanzaba adentrándome dentro del edificio y dirigiéndome hacia Quetzalli. 
Si esa mierda de almirante estaba en mi isla, hoy sería un gran día.

smokoff rol
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#10
Los paroquianos del lugar, cuyas almas se llenaron de excitación ante la propuesta que había hecho el viejo de que Ashura los llevase a todos de aventura por la alta mar, prestaron suma atención a la pregunta que el enmascarado le hizo, y comenzaron a cruzarse miradas inquisitivas, como si todos hubieran pasado a desconfiar unos de otros. "¿Marines?," decía uno. "¿Cómo va a haber azules aquí?," decía otro. "Marines en la isla de Ashura... ¡Aquí, en Hachinosu!," decía otro con incredulidad. Las voces se iban repitiendo entre cuchicheos, como si Tenoch hubiese iniciado una cadena acusatoria. Nadie parecía creérselo del todo: Marines en Hachinosu. No había precedentes para algo así. Desde luego, al menos, ningún precedente bueno. La isla era sabidamente territorio pirata, un lugar en que ningún Marine raso se hubiese atrevido a pisar. La mayoría de uniformados que paraban en aquel lugar se largaban inmediatamente al darse cuenta de dónde estaban, si es que llegaban a acercarse en primer lugar. Pero, si Tenoch albergaba una sospecha así, aquello merecía toda la atención de los piratas, por incrédulos que pudiesen llegar a ser. Una amenaza como aquella debía ser tenida en cuenta. Al fin y al cabo, de ello dependía que aquella isla continuase siendo el paraíso de libertad —y libertinaje— que se enorgullecía de ser.

"No he oído nada de eso, señor Quetzalli," admitió el viejo, cuyo ademán había pasado a ser uno de su completa seriedad. No parecía mentir. Su aura, más allá de los nervios de encontrarse tan repentinamente en una situación tan potencialmente tensa, no reflejaba que estuviese mintiendo, o no a sabiendas. "Pero he oído que algunas cosas se están poniendo raras en la isla, supongo que no será nada que no haya oído ya. Si hay Marines por aquí, estoy seguro de que son los responsables del almacén que reventó cerca de Rocky Port el otro día. Y lo que le pasó a los muchachos de Grin...," dijo, sin terminar la frase, consciente de que aquello era vox populi y la comidilla de los piratas de Hachinosu en aquellos días. Muchos de los presentes asintieron con gravedad, casi santiguándose ante sus palabras. Recientemente, entre los piratas habían corrido rumores inquietantes, y muchos de ellos habían escuchado hablar de aquellos acontecimientos, de cómo la tripulación de un tal Grin había sido diezmada en una sola mañana, aunque las versiones variaban tanto como la naturaleza de las bebidas que consumían. En aquellos días, resultaba difícil discernir qué era cierto y qué no. Ante sus palabras, varios de los presentes comenzaron a discutir sobre sus versiones de lo ocurrido. Algunos empezaron a asegurar que Grin y sus hombres habían intentado reventar el almacén de una tripulación rival, y que se la habían cargado en el proceso, muriendo en su mayoría en la explosión. Otros decían que no había relación alguna entre ambos acontecimientos, mientras que otros aseguraban que el almacén destruido, de hecho, pertenecía a Grin, y que habían sido objeto de algún tipo de retaliación por parte de otra tripulación. Las versiones parecían contradecirse más y más al mismo ritmo que el volumen de la discusión aumentaba y su tono se calentaba.

Sin embargo, tal y como se había prendido aquel incendio dialéctico, se apagó de golpe, como si alguien hubiese arrojado un cubo de agua fría sobre unas brasas que se estaban saliendo de control. Toda la estancia, al unísono, pareció tragar saliva y enmudecer, todos los ojos, pares o impares, quedaron abiertos como platos. Incluso los extremos encendidos de los cigarros, los puros y las pipas parecieron perder intensidad. Las auras del lugar se enfriaron tan rápido como se habían encendido con el calor de la discusión, y un sentimiento de respeto e imponencia pareció sobreponerse a todas. Por la puerta del lugar entraba la figura colosal del mismísimo Ashura, que hacía su aparición como si el pronunciar su nombre hubiera sido suficiente para atraerlo hasta el lugar. Cada uno de sus pasos retumbó sobre la madera como si se encontrase sobre un escenario frente a un expectante y numeroso público. No todos los días la Catástrofe hacía acto de presencia ante los que era, de facto, sus súbditos. Tanto él como Tenoch eran capaces de percibir las auras de los presentes, aunque Ashura en particular había expandido tanto su visión que podía ver las auras de quienes se encontraban en la cima más alta y en las profundidades más hondas de la capilla. Aquellas auras, en cambio, no habían se habían inmutado aparentemente, encontrándose inmersas en sus quehaceres y conversaciones, sin ser conscientes de la presencia del Mushoku y su heraldo en el edificio, y continuaban con los mismos colores de diversión, violencia y borrachera que habían tenido hasta entonces.

Todos contemplaron al recién llegado, y nadie parecía atreverse a levantar la voz. "¡Señor Héroe! ¡Por fin llega usted!," dijo finalmente el mismo viejo que había reclamado a Tenoch que el capitán de los Mushoku se los llevase a todos de aventuras, atreviéndose a romper aquel formidable silencio, "¡por fin llega usted! ¿Me ha escuchado? ¿Nos llevará? ¿Vamos a declararle la guerra a alguna tripulación? ¿¡Y qué tal a esos revolucionarios!?," inquirió, con la ilusión de un niño. Otro le dio un codazo. "Esos no tienen un puto duro," le aseguró con un cuchicheo que resultó más audible de lo que seguramente pretendía, dando un trago de su jarra, "están pelados como ratas. Hay que ir a por alguna tripulación grande, que tenga dineros, ¿me entiendes?," explicó en un elaborado discurso. "O a por los Marines," dijo otro de ellos, sentado en una esquina del local tras una torre de jarras y vasos vacíos que debía de haber estado bebiendo toda la mañana, a esas alturas, "esos sí que tienen dinero, y lo demás son tonterías, ¡hic!". Muchos de los presentes asintieron, aun sin atreverse aún a hablar ante el temible Ashura. El ambiente y las auras de todos ellos, sin embargo, se llenaban de excitación y anticipación, pensando que tal vez sí que hubiese alguna posibilidad de enrolarse a una nueva gesta de los Mushoku, con sus correspondientes y numerosas oportunidades de llenarse los bolsillos de oro y el corazón de gloria. Los piratas, los revolucionarios y los Marines eran simplemente excusas. Todos parecían sedientos de una gran aventura, desde los más jóvenes hasta los más veteranos, desde los más escépticos hasta los más románticos.



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