[T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu
#11
La sonrisa seguía dibujada en mi rostro a la espera de respuestas por parte del caballero anciano. Al mencionar a los marines, el recinto exploto en cuchicheos, mi haki se inundo de sentimientos de asombro, miedo, la gente se miraba la una a la otra, el regocijo invadió mi ser. El hombre viejo con su mi mirada fija en su rostro, me confirmo que no habia odio nada de eso, mi haki me dijo que sus palabras eran sinceras, yo relaje mi postura, y este prosiguió diciendo, que si habia escuchado cosas raras, que involucraban a unos tales “muchachos de Brim”… yo fruncí el ceño a pesar de que este no era apreciable por mi mascara, esto formo una algarabía terrible, pero como llego…se apagó.

Mi haki de observación se estremeció cuando un aura morada, morada y sedienta de sangré invadió mi haki…La catástrofe habia llegado, ni siquiera voltee para mirarlo cuando escuche entrar por la puerta, simplemente me levante, la gente comenzó a dirigirse a Ashura, pedían sangre, aventuras, etc etc, ya en pie alce la voz y dije. – Todo el mundo…. ¡SILENCIO! – Y di un batir de alas violento, mientras hacia chocar mis puños, el sonido metálico de mis guantes enmudeció el griterío.

Me dispuse a caminar hasta la puerta, al sitio donde estaba Ashura, ya estando su lado le dije. – Como me alegra que estes aquí…Hay cosas raras sucediendo en la isla... pensaba yo que el mandadero ese que tienes estaba en todo. Dije y sonreí con ironia, mientras proseguía. – En fin… capitan, la gente esta hablando de un incidente en Rocky Port…la desaparición de la gente de…. – Volteé a mirar al viejo jovial y le dije. – Hey… tu viejo, ¿Cómo mierda era que se llamaba la gente..? ¿Brym?.. El caballero se asusto y me dijo el nombre fuerte y claro para uqe Ashura pudiera escucharlo y retome mi charla. - ¿ves?... bueno a medias. Dije sonriéndole, luego bajé la voz solo para que el capitan me escuchara. - ¿Tu tambien sientes esas auras, que entran y salen? ¿Qué suben y bajan?...¿Que hacemos? . Mi mirada encontro el único ojo de mi capitán a la espera de su respuesta.
 
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#12
Mi entrada generó el ruido sordo del miedo. 

Mi haki actuó como un radar localizando en trescientos sesenta grados todo lo que se encontraba a cien metros de distancia de mi. Había personas, por encima y por debajo, el ambiente de todos era jocoso menos de los que se encontraban a mi alrededor. Noté el respeto, miedo o cautela de aquellos que avasallaban con sus preguntas al Quetzalli antes de mi llegada. 

El dialecto nunca había sido una de mis dotes, ni esperaba que lo fuera. Así que dejé que mi general hablase sin miedo, Quetzalli era un artista y como tal controlaba a las masas, infundía miedo y valentía con sus sonatas, una dote excepcional que nunca me había parado a valorar como merecía. Aunque ahora tampoco era el momento, no podía parar de pensar en lo que sería capaz de hacer una de sus sonatas con un ejercito de 100 mil hombres. 

- ¡VES CHURRITA! - inquirió Nicolás junto a los vagos y maleantes del lugar - ¡Saqueos! ¡Guerras! ¡DESTRUCCIÓN! - 

¿A caso tenía medio? Quizá el hecho de por fin tener algo que perder hacía que el camino de mi espada se bifurcase... Posibilidades, planes, tramas... Y sobre todas las cosas, responsabilidades. 

- Nitz hace lo que puede - dije quitándole peso a la falta de información que había respecto a los incidentes de Hachinosu. El capitán de los piratas Honda Negra, era un hombre bastante estúpido, pero hacía lo que le mandaba y trataba con cautela las hordas de piratas bajo mi mando. Era más que suficiente - No me había llegado nada de la explosión - Respondí furioso - sea lo que sea alguien está haciendo que la información no llegue a mi o silenciandola - Mi pecho ardía encendido por la furia - Y que mis tropas desaparezcan en algo que no sea una trifulca por alcohol o el amor de alguna puta me parece sospechoso - dije mientras observaba a Quetzalli, el cual era él único que merecía mi atención - No es solo eso, también hay gente bajo nuestros pies - respondí en el mismo tono respecto a las auras del lugar, ignorando que la conversación pudiera ser secreta o no. Yo no tenía secretos - Pero por lo que noto, solo son piratas borrachos, supongo que escondiéndose para hacer el puto vago y beber hasta la inconsciencia - Una vez terminé de hablar con Quetzalli di un par de pasos adentrándome más en la instancia. Caminé con calma, pero mis pies golpearon con fuerza los tablones del lugar, como tambores de guerra que percuten antes de las masacre  - Lo primero... - Me dirigí al anciano - No soy vuestra puta niñera. Si queréis saquear barcos, tomad mi bandera y desolad los mares. Lo segundo, - resoplé de manera nasal, el aire silbó por mi nariz. Un gesto de desprecio camuflado - La próxima vez que cualquiera de vosotros se sienta en la capacidad de decirme que debo hacer, espero que tenga la capacidad de sostener un arma frente a la mía. Mi tiempo es solo para los fuertes - Pronuncié aquellas palabras saltando la mirada de mi ojo desde el viejo hasta el borracho, que osaron malgastar su saliva hablándome - Y una panda de borrachos como vosotros que ahora mismo no sería capaz de sostenerse a si mismos, dudo mucho que pueda sostener la pesada carga de intentar arrancarme la vida de mis sangrientas manos - Sentencié. 

Nunca había sido bueno por las palabras y nunca había pensado en serlo. Pero si que era bueno en una cosa, utilizando a la gente. 

- ¿Qué es este lugar? ¿Qué y quienes hay arriba? ¿Por qué hay dos estancias en el subsuelo? ¿Hay algo más que deba saber? ¿Qué sabéis del incidente del puerto y los piratas de Grin? - Pregunté mientras con mi mano derecha movía mi espada para aposentar el filo de mi espada sobre la palma de mi mano izquierda. Miraba el filo en cada pregunta, jugueteando con él, moviéndolo vuelta y vuelta, dejando que su hoja mellada rascase la palma curtida de mi mano - Por cada mentira me llevaré una extremidad. Por cada segundo que tardéis en responder una vida. Por cada respuesta sin contestar... - una breve parada mientras que con un ágil movimiento movía mi espada. No tan diestramente como de normal, pero con una velocidad para que aquellos borrachos comprendieran lo devastador que era con la misma, quitándola de su posición sostenida a una más flexible y natural, que no les apuntaba directamente, pero sí que la dejaba preparada para su uso de ser necesario  - Un sufrimiento mucho mayor que el de la muerte - 


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#13
El viejo no se amedrentó frente a las palabras de Ashura, pero tampoco le sostuvo la mirada. Su alegría, que más bien había parecido la de un niño, pareció enmudecer como lo había hecho el resto de la sala, y bajó los ojos para dar un sorbo de su vaso, tragando con amargura, como un chiquillo al que su padre hubiese reprendido tras alguna trastada, incluso con timidez. Ninguno de los demás repsondió tampoco directamente, aunque no tardaron en comenzar a cuchichear entre sí. Las auras que abundaban en aquel lugar no tardaron en teñirse con el color de la decepción y de volver a sus colores habituales de hastío. Cuando Ashura hizo sus preguntas, directas y casi como un interrogatorio, el viejo volvió a levantar la mirada, alzándose casi en portavoz de aquella variopinta multitud y abriendo la boca, disponiéndose a responder. La primera pregunta casi pareció desconcertarle, haciéndole arquear una de sus pobladas y blanquecinas cejas, deshilachada como un trozo de cuerda roto. Su mirada pareció preguntar "¿acaso no ves lo que te rodea, Catástrofe?".

Antes de que respondiese, sin embargo, uno de los camareros, el jefe de mesas, aún limpiando un polvoriento vaso de cristal con un paño de tela, lo hizo por él. "Se encuentra en el Galleon's Grotto, Capitán Ashura," dijo el enorme tipo con una profesionalidad que parecía teñir cada una de sus sílabas, con un tono sobrio y educado que parecía fuera de lugar para un local como aquel. Su aura no era ilegible, pero sí era hermética, y resultaba evidente que era alguien acostumbrado a la discreción y a lidiar con los secretos de barra. Al fin y al cabo, alguien en su posición debía saber ser diplomático, pero también un buen confidente para los borrachos que le contaban sus penas y sus alegrías en noches de juerga. Su apariencia iba a juego con lo que tal vez hubiesen pretendido alguna vez que fuese aquel local, que, sin embargo, había acabado destinado a un destino bastante más sórdido y piratesco que lo que hubiesen planeado en primer lugar. Llevaba un maltrecho traje negro, cuyas hombreras le iban un poco grandes, algo arrugado y visiblemente viejo, pero que, de alguna manera, no le quedaba mal. "Arriba están los campanarios, claro," dijo, haciendo un ademán hacia el techo abovedado de la estancia, "hay quien sube a admirar las vistas o a hacer negocios. El dueño suele estar arriba, pero, si no me equivoco, hoy ha salido." Su aura no se perturbó ni un poco, y resultó evidente que, si mentía, lo hacía con una naturalidad que le otorgaba toda credibilidad posible. "Y en el subsuelo están las criptas, claro," dijo con naturalidad, colocando el vaso, lustroso y todo lo brillante que podía estar, sobre la barra de madera, comenzando a vertir un zumo de mango en el mismo, "al fin y al cabo, como puede intuir, esto solía ser una iglesia. Hoy en día son salones para los clientes que quieran un poco más de privacidad, o para los que prefieren una compañía un poco más particular, "dijo de forma encantadora, añadiendo un guiño al final de su frase que, lejos de quitarle profesionalidad a su discurso, no hizo sino enfatizar lo curioso del lugar. En efecto, si alguien optaba por bajar a las criptas a tomarse algo, lo haría en compañía de los muertos, los parroquianos más habituales de aquella taberna, los únicos que verdaderamente nunca dejaban aquel lugar. "De lo de los piratas de Grin...," dijo, deteniéndose a pensar por un instante y tomando un bote de tajín de debajo de la barra, "se oye de todo, como imaginará," dijo, espolvoreando el tajín sobre los bordes del vaso, haciendo un ademán hacia la muchedumbre de clientes, que instantes atrás había empezado a lanzar todo tipo de versiones contradictorias entre sí. "Nadie lo tiene claro, lo lamento," dijo. Con un movimiento diestro, deslizó el vaso hasta situarlo justo delante de Tenoch, haciendo evidente que invitaba la casa. No había pedido una segunda bebida, pero el jefe de mesas parecía habituado a las cortesías más finas del protocolo, y, en aquel local, los Mushoku eran tratados como realeza. "¿Tomará algo el Capitán?," inquirió, volviendo a colocar las cosas en su sitio y limpiándose las manos en el pañuelo que colgaba de su cinturón, mientras los demás camareros continuaban con su atareada labor.

El hombre de la esquina, el que había sugerido ir detrás de los Marines porque tienen dinero, detrás de su torre de vasos vacíos, se puso en pie para dirigirse al ahumado capitán de los Mushoku, tambaleándose ligeramente y haciendo peligrar la precaria construcción que se había formado a su alrededor, dando un trago a una botella que nadie sabía muy bien de dónde había sacado ni para qué. "Don Astura...," dijo, hablando respetuosamente pese a su embriaguez, "a los piratas de Grin se los cargaron los piratas de Gran, como bien sabe," dijo, alzando un dedo índice con autoridad, tomándose un instante para dar otro trago de lo que fuera aquel licor, "que eran los dueños del almacén cerca de Rocky Port. Bueno, no ellos, un colega suyo, pero los dioses los cría y ellos se juntan, usted sabe. Los piratas de Grin habían puesto cuatro cartuchos de dinimalita en -¡hic!- el almacén de Gran, y claro, reventó todo el asunto, un pedazo de zambombabazo. Y Gran se enteró y dijo: '¿Sí? ¡Pues ocho par-para ti!,' y ya se puede imaginar que se armó la mundial," afirmó con contundencia, recreando la conversación con las mejores dotes dramáticas de que disponía. Algunas voces cuchichearon, afirmando que en realidad había sido un solo explosivo, y otros dijeron que habían sido cinco, y otros dijeron que no había sido Gran, sino Green, aunque otros confundieron la pronunciación del nombre de este último con el del propio Grin. Antes de que el caos más absoluto se desatase de nuevo en aquel absurdo debate, el borracho mandó callar a todos los presentes para continuar su historia, haciendo evidente que debían comportarse frente a la Catástrofe. "Por favor, ceballeros," imploró con inusitada seriedad, dando otro trago de su botella con desesperación, como si no hubiese bebido nada en años. "Era un almacén de armas y otros productos de -¡hic!- gran peliguerosidad, y ya se imagina usted el follascón que se produjo en aquella locación sobre la que parlalementamos vuesas mercedes y un servidor en esta ocasión celebrada," dijo con finura, intentando volver más elegante su discurso con palabras que parecían, sin embargo, escapársele por poco. "Hay quien dice que Gran fue con todos sus hombres -¡hic- a hundirles todo el pechamen a los de la tripulación de Grin, ¿me entiende?," dijo, haciendo un ademán giratorio con el dedo mientras aprovechaba para dar otro trago rápido de su botella, "pero Grin dice que bastó uno solo de sus hombres, ¡ya se puede imaginar!," dijo con un gesto de incredulidad, alzando ambas cejas, su mirada perdiéndose mientras daba otro fugaz trago, como si no pudiese creerse su propia historia, como si fuese un espectador más.

Fuera lo que fuese que hubiese ocurrido con Grin y sus hombres, y con aquel dichoso almacén de Rocky Port, nadie parecía tener nada demasiado claro, y escuchar aquella historia se sentía como jugar al juego del Den Den Mushi estropeado, en la que los hechos se distorsionaban un poco más con cada boca que lo contaba y cada par de orejas que lo escuchaba, y quién sabía ya por cuántas personas había pasado aquel relato en particular.



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#14
Mi mirada seguía fija en Ashura, cuando este desplego una metralleta de preguntas acompañada de una amenaza, aunque viniendo del capitan era más una promesa, las auras se tiñeron con miedo, quizás pena e incertidumbre, cuando la voz de un caballero inundo el recinto, uno lo suficientemente valiente de contestarle a Ashura. Este menciono el nombre del sitio, una taberna/capilla, que tambien hacía de puteadero… solté un suspiro, pues parece que habia mal interpretado todo, el niño seguramente me vino a buscar pues, algo estaba sucediendo y ninguno se atrevió a decirme las cosas de manera clara… ¿Será que me consideran alguien peligroso?... pensé durante un segundo, pero otra voz me saco de mi ensimismamiento, me gire a mirarlo y me posicione a la derecha de Ashura, mientras escuchaba al nombre hablar, si bien estaba muy borracho mi haki no detecto mentiras provenientes de él y recordé lo que mi santo padre me dijo una vez, “Los niños y los borrachos no mienten Tenoch”, La Santa Muerte lo tenga en su gloria y me persigne al recordarle.

Termine de escuchar el relato del hombre alcoholizado, esto era gravísimo… pues habia gente que creía ser más fuerte que nosotros para hacer sus movidas, fruncí el ceño e invadí mi propio ser con furia, una que sabia que Ashura habia notado, me adelante a mi capitan y le di las gracias al hombre, me volvi a poner delante de el y con un hilo de voz para que solo el pudiera escucharme le dije. – No perdimos a Arthur, Rapax y a San Ben Power de los caídos, que la Santa Muerte los tenga en su gloria, para que unos mierdas puedan matar gente EN NUESTRA casa, los únicos con derechos a matar gente somos, tu y por extensión Nicolas, Ñorgo, el Barto, el fantasma de Ben Power y yo si la Santa Muerte me lo pide…. Sé que no puedo darte ordenes, pero si consejos, creo capitan que debemos ir a cazar a estos alborotadores, para dejar en claro, quienes tienen el poder de arrebatar vidas… Sonreí esperando que Ashura me respondiera.
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#15
Aunque en mi pasado hubiera sido un gran bebedor, distaba mucho de la persona que era ahora. No era un patético borracho en una cantina, era la persona que se encargaba de que aquella isla prosperase, que hubiera dinero para malgastar en furcias y alcohol. Que los hombres no trabajasen, solo se llenaran de espíritu y ambiciones para poder agarrarlos con mi férrea mano y comandarlos hacia su destino inevitable: morir por mis objetivo. 

La expresión de aquel tras mi respuesta me repugno. Era debilidad, la debilidad de un hombre que se debe a otro para mantenerse. Levanté el labio con asco, apretando en mi pecho por partirle por la mitad, mientras el mesero, el único que vi con dos dedos de frente, empezó a dictar como había mandado. 

Cuando terminó su explicación asentí, ignorando su cortesía ante el trago. No había venido a perder mi tiempo, había venido por que el problema había escalado hasta mi y Quetzalli y si uno de los míos o yo mismo tenía que perder su valioso tiempo en parar las rencillas de las ratas que mordisqueaban mi queso, estaba perdiendo un tiempo valioso para hacerse más fuerte. 

El borracho habló después, si algún fumador hubiera encendido fuego mientras hablaba todos hubiéramos salido por los aires, apestaba a alcohol barato y a una vida despreciable. Aquel sitio me repugnaba, me recordaba los débiles que somos los hombres y como nos recluíamos en el alcohol y en las mujeres baratas para superar las heridas que menos queremos afrontar, las internas. Era de dónde me alejaba y recordar mi propia debilidad me daba nauseas y arcadas. 

Era un borracho, pero tenía respuestas. 

- Tienes razón - dije con la mirada fija en el borracho a Quetzalli - Esta es nuestra isla - respondí con tranquilidad mientras me adentraba en la taberna - Y creo que a más de uno de vosotros se os está olvidando - solté como un ladrido. Miraba a ambos lados mientras me dirigía hacia el borracho que había contado toda la historia, tenía que mover la cabeza más de lo habitual, pues haber perdido un ojo hacía que mi vista periférica también hubiera disminuido. Cuando llegué hacia él, mi enorme mano izquierda se lanzó como un arpón hacia su gaznate. Apreté con fuerza su garganta mientras la parte superior de mi mano empezaba a humear como si la palma ardiera, las enanas columnas que salían de ellas se dirigieron hacia la boca y sus fosas nasales mientras mi mano apretaba su cuello, retorciendo la carne con mis enormes dedos, ahogándolo y privándole del oxigeno por completo - Sí sabías todo eso... - le dije mientras los levantaba y elevaba hasta que sus ojos se toparon con el mío girando 180 grados y volviéndome hacia todos los demás para que pudieran contemplar la escena - ¿Por qué todavía yo no lo sabía? - pregunté golpeando los dientes al final de la frase, lanzando una dentellada sin querer. El hombre empezó a ponerse morado, di dos enormes pasos más, poniéndome en el medio de la taberna por completo, levante a aquel borracho por encima de testa, de mis cuernos incluso, elevándolo todo lo que me brazo me permitía hacia el techo. 

- TODO... En esta isla nos pertenece. Solo nosotros decidimos cuando vuestro sufrimiento es suficiente. Vuestras vidas y vuestras muertes son propiedad de los Mushoku - 
Cuando terminé solté el agarre y el humo dejo de desprenderse de mi mano. El cuerpo del borracho cayó en al suelo como un peso muerto, revotando levemente. Escuché sus sonoras bocanadas rápidas y angustiosas. Me había cerciorado de no matarle, si lo hubiera echo la moral hubiera caído. Si el castigo es la muerte no importa el delito, sabes que todo termina y lo cometes, por eso había tenido cuidad con su cuello aunque todo mi ser me pedía que se lo hubiera partido. 

- Ahora llévame a ver a ese tal Gran, Grin o Grú. Quiero saber por qué cree que la justicia está en su mano y no en mi espada - 
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#16
En aquellos instantes, todo el lugar pareció conmocionarse. Incluso las auras de aquellos que se encontraban sobre ellos, en los campanarios, y bajo ellos, en las criptas, cambiaron casi uniformemente su color a uno de inquietud y curiosidad, probablemente debido al repentino silencio que habrían podido percibir en la planta en que se encontraban Ashura y Tenoch, una quietud visiblemente poco habitual en aquel lugar, e incluso pudieron percibir cómo una innumerable cantidad de aquellas auras, muchas más de lo que hubiese cabido esperar, empezaban a subir o a bajar escaleras, dirigiéndose a la planta baja, y algunos de ellos empezaban ya a llegar para ver qué había ocurrido. Los piratas de Hachinosu —o, al menos, la porción de ellos que se encontraba reunida en aquella extraña iglesia-taberna, si bien el sentimiento parecía algo generalizado— siempre habían tenido una costumbre que podía volverse en su contra con facilidad: considerar que el dirigente de Hachinosu era uno de ellos. La tórrida isla, por su localización y, sobre todo, su largo historial de tierra sin ley ni rey (al menos en el sentido más convencional de la palabra), daba pábulo a una vida distendida, de piratería, juegos de cartas, peleas de bar y ron, en la que nadie debía ninguna explicación a nadie y en la que el capricho temporal primaba sobre otras cuestiones. Había excepciones, claro: entre los piratas, la lealtad al capitán y a la tripulación de uno era uno de los listones morales que jamás se ponían en cuestión, y, de hacerse, uno se exponía al escarnio y, con toda probabilidad, a caer en el ostracismo, incluso entre las banderas negras. En aquel mundo en que mandaban el oro y los cañones, pero en el que la lealtad era la moneda de cambio última, nada era peor que ser llamado amotinado.

Sin embargo, este mismo sentido de indolente complacencia era también peligroso, puesto que era sencillo caer en la trampa de considerar que quien gobernase sobre la Calavera Haibu era uno más. Y, en algunos casos, podía haber sido así, pero aquel no era el caso, no con los Mushoku. En mayor o menor medida, los Mushoku no habían acabado ostentando el poder sobre el mundo de la piratería del Nuevo Mundo, la gran meta de todo pirata que se preciase, en base a su apoyo popular, o en base a la legitimidad ganada de una estirpe, no. La legitimidad de los Mushoku provenía de su férreo puño, de la firmeza con que habían conquistado el poder de la isla para sí, y con la que eran capaces de mantenerlo. Eran bien conscientes de que su posición, más que la de uno más, debía ser la del que más. Realmente, los habitantes de Hachinosu, miembros en lo formal de los hombres del Shichibukai Ashura, no erraban a la hora de tratarlos como realeza, y tratarlos con demasiada confianza había sido un error que podía pagarse caro. Ashura era plenamente consciente de ello, así como lo era el enmascarado Tenoch, por significativamente más suaves que resultasen sus formas, tendiendo más a acercarse a sus subordinados manteniendo una sana distancia que a permanecer bajo el palio del poder.

Esto fue lo que los presentes en el Galleon's Grotto —o, al menos, la porción de ellos que estaba lo suficientemente sobria como para encadenar un proceso de sinapsis medianamente coherente— entendieron casi que en el preciso instante en que vieron cómo el labio de Ashura se levantaba con asco, y en la gravedad que había adquirido el tono, habitualmente sereno y tranquilo, del enmascarado Quetzalli. Tal vez fuera también porque, precisamente en aquel ambiente de libertad y libertinaje, en el que se abrían paso el desenfreno y la primacía del deseo, la taberna se convertía en el perfecto símbolo de lo que las pasiones descabalgadas podían hacerle a un hombre, como el borracho que había osado explicarle una serie de gilipolleces —no tenían otro nombre, para ser honestos— a la Catástrofe, en contraste y, paradójicamente, equilibrio con el propio jefe de mesas, don Athir, cuyo desvencijado uniforme y delicados modales habían quedado como el único recordatorio de que el Galleon's Grotto había optado alguna vez a convertirse en un local respetable, al contrario de lo que pudiese pensarse al contemplar a la práctica totalidad de su clientela habitual.

Los movimientos del tuerto capitán de los Mushoku habían sido rápidos y sin lugar a respuesta alguna, claro: ¿quién se hubiera atrevido a retar al Shichibukai en su propia casa, en su propia isla? Y, sobre todo, ¿quién se hubiera atrevido a disputarle a los Mushoku que aquella era, en efecto, su isla? El borracho se levantó con enorme dificultad, como si acabase de despertar en una playa tras un naufragio, confuso, mareado, dolorido y con dificultad para respirar, además de los considerables psicomotrices causados por el consumo de alcohol del que parecía haber estado participando con excesiva asiduidad. Todos contemplaron lo ocurrido con perplejidad, y ni un dedo se movió, ni una boca se abrió. Incluso los codos dejaron de moverse para llevar las botellas hasta los labios de sus propietarios. El borracho lanzado por Ashura no hizo ningún comentario al respecto; suficiente dificultad parecía plantearle ya el solo hecho de levantarse sin vomitarse encima todo el contenido de su alcoholizado sistema digestivo. En cuanto estuvo erguido —es un decir—, con sus brazos y su cabeza colgando como si nada los sujetase, y su cuello amoratado con la forma de una mano informe, mantuvo cerrada su boca, salvo para exhalar algo de aquel nauseabundo aliento que borboteaba al pasar por su maltrecha garganta, y observó el suelo. Se agachó de nuevo con dificultad, y por un momento pareció que fuese a desplomarse allí mismo, para recoger el preciado tesoro: su botella, que había caído sobre los tablones de madera del suelo. La agitó ligeramente, su líquido contenido salpicando en el interior de su vidrio translúcido: la mayoría de su bebida se había salvado, solo una parte desparramándose y filtrándose por el suelo tras su caída. Suspiró con alivio, y dio un sediento trago más, antes de volver a clavar sus ojos en Ashura. Tras la barra, el jefe de mesas y el resto de personal del bar habían adoptado un prudente silencio, mas no había cesado en sus tareas, desempeñando sus labores con minuciosidad, limpiando la superficie de madera, llevando torres de vasos sucios y apilados unos sobre otros o preparando algún cóctel. Finalmente, el borracho abrió su pútrida boca para responder a la Catástrofe.

Apenas hubo tomado aliento para hablar, sin embargo, de las desgastadas escaleras de mármol  había aparecido una multitud incontable de maleantes llegados desde las profundidades de las criptas del Galleon's Grotto, armas en mano y dispuestos a darle su merecido a quien fuera que hubiese perturbado la paz de su local de confianza, sus auras encendidas con fulgurantes mezclas de rabia, violencia y curiosidad, que, sin embargo, parecieron apocarse en el instante en que sus ojos, colectivamente, se detuvieron primero en el sereno Quetzalli, para después ir a parar sobre el imponente Ashura. Hubo un instante de vacilación, de duda, al darse cuenta de quiénes habían sido los responsables de, pese a todo, poner orden en aquel lugar y dejar claro de quién era la primacía sobre Hachinosu. Sus auras flameantes, que habían quedado ya completamente visibles para los dos Mushoku a medida que se hubiera acumulado entre ellos y las propias escaleras, dieron buena cuenta de la miríada de emociones que atravesaron en cuestión de un instante: de la ira y el deseo de violencia contra algún individuo sin nombre que, en apariencia, se había atrevido a irrumpir en su lugar de solaz, hasta la perplejidad al ver de quiénes se trataba y su correspondiente vacilación y, finalmente, una firme determinación violenta que pareció volver a arder en todos ellos. "¡Recordad la misión!," exclamó uno de ellos, arengando a todos los demás. Comenzaron a encadenarse murmullos entre la multitud. "No sabía que iban a ser ellos...," dijo otro, alzando una ceja. "¿No se suponía que iba a ser solo Quetzalli?". "¡Que no os den miedo! ¡Pensad en el oro!," exclamó otro, a medida que la multitud se abalanzaba sobre los Mushoku, arrasando con todo cuanto encontraban a su paso, lanzándose sobre Ashura y Tenoch como auténticos animales rabiosos. Al mismo tiempo, otro grupo, armado con mosquetes y pistolas de mecha, quedaba atrás, justo junto a las escaleras de las que habían emergido, disponiéndose a disparar contra Quetzalli. Al mismo tiempo, los camareros se agachaban al unísono bajo la barra, preparándose para la carnicería que sin duda se avecinaba, a la vez que las auras de aún más gente ascendían por las escaleras, dirigiéndose hacia el lugar.




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#17
Mi sonrisa seguía dibujada en mi rostro cuando el capitan me dio la razón, asentí complacido mientras sentía gracias a mi haki como caminaba en la taberna, me di la vuelta y apoyé todo el peso de mi alado cuerpo en la barra, mientras miraba a Ashura aun sonriente, este le dijo a las personas del reciento que parece que se habían olvidado de quienes eramos los que mandábamos sobre este pedazo de tierra amarillenta, sus palabras sonaron como un ladrido, el aire se lleno de miedo por las palabras de Ashura, pero lo que desato el verdadero terror, fue como tomo al viejo que conto toda la historia, el borracho y lo alzo, yo lo miraba atento y decidí no intervenir, porque habia que dejar claro quien mandaba y quien mejor que el capitan para hacerlo, este dejo en claro quienes mandaban los Mushoku y yo apoyado en la barra sonreí y me señale a mi mismo, mientras decia. – Esos somos nosotros, imbéciles…. Dije y el desprecio se dibujó en mi rostro, mientras miraba a todos. - Ofreceré la vida de cualquiera que osé desafiar el poder de Ashura y los Mushoku a la Santa Muerte. Y me persigné al mismo tiempo que Ashura dejaba caer al borracho y le ordenó que lo llevara a por el tipo aquel, Grugu creo que se llamaba, habia llegado el momento de irse.

Vi aun con desprecio en la mirada, como el borracho se levantaba presa de la confusión y el pánico, pero su vicio era aún mayor que todo eso, pues tomó un sorbo de aquella botella que contenía lo que seguramente era una bebida alcohólica, quizás en un intento de buscar fuerzas para acatar la orden dada por el Demonio del Humo.

En el momento exacto en que su boca se abrió para hablar, mi haki de observación me alerto como una cantidad increible de personas inundaba el recinto, mis afilados ojos azules miraron en dirección a las escaleras y los vi antes de que aparecieran… Estaban armados y no sentía ningún sentimiento lindo hacia nosotros, solo rabia, odio, violencia…¿Pero que mierda? Fue lo que pensé.

Vi como 250 pares de ojos se posaron en mí, con miedo… Mi espíritu de pelea se encendió, de la misma manera en la que lo hacían mis Rokuyoku Ken y cuando uno de ellos dijo “Pensad en el Oro”, vi como se abalanzaban sobre nosotros, pero yo salí disparado en su dirección con un aleteo violento de mis alas birkanianas, no necesitaba a mi fruta para vencer a estos mierdas.

Descargué la furia del Pegaso que llevo dentro de mí, sobre 250 almas, estos intentaban golpearme, pero era inútil, podia ver venir los golpes y esquivarlos, yo era mucho más rapido que todos, ellos en cambio no podían protegerse de mí… Mis guantes producían un sonido metálico con cada cabeza, costilla, pierna que rompían mis golpes. Termine mi faena en un abrir y cerrar de ojos, habiéndole entregado a la Santa Muerte, 250 nuevas almas. Quede al lado del viejo borracho, quien del susto estaba intentando imitar a los avestruces, pues parecia querer meter la cabeza entre la tierra, negué con decepción, lo tome fuerte por su pierna izquierda y lo lace, mientras le decia a mí capitan. Por favor demonio, únete tu tambien a la diversión, te espero afuera, me llevaré al viejo idiota. Camine con tranquilidad hacia la puerta, un poco agitado, aun con el viejo agarrado, la abrí y ya afuera, el aire gélido inundo mis pulmones, me transforme en mi forma hibrida y galope 50 metros hacia adelante, deje caer al viejo al suelo y le dije. – Te acabo de salvar la vida viejo idiota, quizás sea el momento de dejar de beber…¿No crees? Una sonrisa malévola se dibujo en mi rostro, mientras esperaba que el aura morada morada de mi Ashura entrara en el rango de acción de mi haki una vez más.
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#18
Aquel hombre había firmado su día de muerte en cuanto volvió a recoger la botella del suelo en vez de actuar como le había ordenado. Me preparé para partirlo a la mitad... Hasta que mi haki, como un sonar activo me alertó de la hostilidad que subía por las escaleras, un ejercitó subía encendido de furia y ganas de combate.

- ¿Hmm? - 

Me giré hacia mi espalda viendo subir a un montón de piratas, demasiados como para contarlos, yo solo sabía contar dinero. Sentí su vacilación al verme, aunque por mucho que vacilaran parecía que la promesa que había tras derrotarnos era mucho más interesante e impresionante que una muerte asegurada. Mientras Quetzalli se enfrentaba a un grupo de ellos otro de los grupos se abalanzó hacia mi. Sus armas me traspasaron, sin daño, sin haki eran hormigas que que se enfrentaba a la oscuridad de mi bota tapando su cielo. 

Quetzalli agarró al viejo borracho, aunque no era necesario, ya había decidido que lo mataría igual, pero... Quizá que muriera solo y con conocimiento de que su vida había terminado no era una mala opción. Salió con calma mientras un arma tras otra me impactaban, haciendo que mi forma se perdiera y volviera con pequeñas pulsaciones y columnas de humo, sentí el alma de mi general volar alejada, y digo sentir por que de un momento a otro parecía haberse teletransportado gracias a su velocidad endiabla,. de nosotros y cuando solo yo estaba dentro de aquel infesto lugar, después de la primera acometida de aquellos imbéciles les hablé. 

- Ni todo el oro del mundo podría pagar vuestra ofensa -  no había emoción, furia o miedo. Solo la decepción, la decepción de saber que esas vidas se habían perdido sin una causa tangible. La decepción de su debilidad. La decepción de las promesas que les habían matado, esos hombre podrían haber muerto bajo mi mano, pero decidieron morir por ella. 

- Deflagración - 

Mi cuerpo estalló por completo, el humo empujó desde mi hacia fuera como una onda expansiva. Todo a su paso se reventó, los cuerpos se machacaron contra el suelo y las paredes, a su vez la barra se astillaba y destruía golpeando con la metralla que generaba a los camareros, todo lo que estaba en mi radio de acción fueron desolados por mi explosión de 80 metros a mi alrededor. Todos, y cuando digo todos es cualquiera que estuviera cerca de mi en aquel momento murieron. Los que no murieron por la explosión inicial murieron por el empuje, y todos los que ascendía por las escaleras, que parecía ser que venían más, se encontrarían con mi humo avanzando hacia abajo llenando cualquier hueco que pudiera llenar y los cuerpos de los compañeros tiradores que eran empujados hacía ellos cayendo escaleras abajo, apilándose hasta taponar las subida con todas aquellos cuerpos cayendo unos tras otros empujados o despedazados sin control.

Todo el lugar aulló con la fuerza del golpe, como si su vejez no fuera suficiente maltrato. Las vigas y la estructura rechinaron. 

Avancé hacia la puerta que Quetzalli había dejado abierta y caminé por ella, saliendo como una figura oscura entre el humo que empezaba disiparse, pasé por el portón y sin girarme golpeé con mi espada la puerta, sin esforzarme ni hacer más fuerza, sin emitir un golpe de combate, simplemente un movimiento natural, como el que intenta alejar una mosca de un manotazo. Corté el portón en dos y como si ese último movimiento fuera más que suficiente, quizá el último empujón  fuera suficiente, para aquel lugar que antes se había debido al culto y la fe y hoy no era más que el recuerdo de lo patéticos que eran tanto sus antiguos como sus nuevos moradores, el edifico colapso. Destruyéndose por completo a mi espalda sin que ni siquiera le dedicase una mirada, un sonido brutal de maderas partiéndose y piedras cayendo rugió en la ciudadela. 

Una nube de polvo se levantó y me azotó a mi espalda, disipando y suplantando a la de humo que había generado. La caída del edifico levantó un poderoso vendaval que movió mi pelo hacia delante y mis ropas como si soplasen con fuerza desde mi espalda. Elevé la mirada al cielo buscando a Quetzalli, había alguien en Hachinosu que venía a por nosotros, un golpe de estado... Quizá otro grupo pirata, pero lo quera seguro es que nos quería despedazar desde dentro, y ese edificio había sido parte del plan, nadie dentro de allí merecía respirar el aire del paraíso pirata, no mientras lo gobernásemos.

- Déjalo caer - le hablé sobre el borracho - que sus huesos se partan contra el suelo. Qué lo último que vea es la tierra que traicionó tragándoselo por completo - 

smokoff rol
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 13576 + 0 = 13576
Energia: 8809 - 1334 = 7475
Espiritu: 4005 - 17 = 3988
#19
Resultaba difícil saber qué esperaba exactamente aquella masa de hombres que se había lanzado, aun tras vacilar, al ataque contra las dos insignias de una de las tripulaciones más infames de todo el mundo. Desde luego, lo que encontraron no pareció ser lo que habrían esperado. El gentil y enmascarado Quetzalli, que tan a menudo había proyectado una imagen de, si no afabilidad, sí cierta cercanía para con los problemas de sus súbditos, no había dudado en entregar algo más de dos centenares de almas, como él mismo había pontificado, a la Santa Muerte. La misma Santa Muerte que, de existir, también alojaría aquel día las almas de los que habían muerto en la explosión (o, mejor dicho, sucesión de explosiones) causada por la Catástrofe, a quien los piratas, para su propia sorpresa, ni siquiera habían sido capaces de herir, atravesándolo con sus ataques como si fuese puro humo. Ni siquiera el jefe de mesas, don Athir, que estaba más que acostumbrado a lidiar con los clientes más problemáticos del Galleon's Grotto, se vio venir un acontecimiento como aquel. Después de que Tenoch emergiese del lugar junto con el anciano borracho a cuestas, la explosión de humo arrasó con todo, y el tiempo pareció suspenderse por un único instante antes de que la totalidad del interior del local estallase con aquel ceniciento humo que abrasaba todo a su paso, sin que nadie tuviese tiempo de preguntarse siquiera qué estaba ocurriendo.

La barra, compuesta en su totalidad de madera y algunos refuerzos de hierro, saltó por los aires, astillándose en el proceso y reventando por completo, incrustándose y llevándose consigo a los camareros que se habían ocultado tras la misma. Los hombres que se habían lanzado al ataque, pero también las mesas, las sillas, los percheros, los taburetes, las botellas, los vasos, las jarras, los candelabros, las velas, los propios adoquines del suelo, los quinqués, las decoraciones de madera y piedra que permanecían después de quién sabía cuántos años en el ángulo entre las paredes y el techo abovedado... Todo sucumbió en una gran explosión que hizo temblar los propios cimientos del viejo templo, e incluso abajo, en las criptas, retumbaron las paredes y los techos, desprendiéndose parcialmente en cascotes y polvaredas que caían sobre quienes aún continuaban allí. Aquella devastación, o deflagración había sido suficiente como para poner en riesgo la precaria estructura que aún sostenía aquel lugar, e incluso los grandes sillares de piedra que componían sus paredes, sus arcos y sus techos abovedados parecieron tambalearse y descolocarse, seguramente por primera vez en su historia. La piedra amarillenta dejó escapar polvo y mortero con el retumbar de la explosión, y en toda la estructura pudo sentirse una conmoción posterior a la propia explosión, como si se avecinase un terremoto. Este llegó, finalmente, cuando Ashura golpeó una de las puertas del local, sobre la cual reposaba una dovela central, es decir, la clave que mantenía en sintonía toda aquella construcción. Con aquel último toque, la integridad estructural del edificio quedó reducida a nada, como el mismo edificio. Como si aquella hubiera sido la gota que había colmado el vaso de su vetusta resistencia, los sillares comenzaron a desprenderse simultáneamente, terminando de quedar desencajados de su lugar, en un efecto dominó que comenzaba por el mismo arco en que se situaban los quicios de la puerta principal. El lugar, aún humeante, no debió esperar demasiado para ceder por completo, y, en cuestión de unos segundos, los propios campanarios que coronaban la magnífica construcción se vinieron abajo, deshaciéndose en el proceso como grandes castillos de naipes y haciendo sonar sus grandes campanas de bronce al caer, a medida que la onda expansiva podía sentirse por las cercanías, y todo alrededor se llenaba de una densísima polvareda amarillenta. El temblor que se produjo hizo que todos los locales se alarmasen, saliendo a sus ventanas a ver qué ocurría, emergiendo de callejones y tenderetes y temiendo por sus vidas. En cuestión de un instante, y por deseo de Ashura, el viejo Galleon's Grotto había quedado reducido a un amasijo de escombros amarillentos y polvo, cuya nube aún tardaría en desvanecerse.

[Imagen: gfdmeRH.jpeg]

Sin embargo, la visión más aterradora de todas solo quedaba reservada a los Mushoku: a través de sus Hakis de observación, pudieron contemplar cómo tanto con el ataque efectuado por Tenoch como con la explosión y el consiguiente derrumbe habían hecho que decenas, cientos de almas en el interior del local se apagasen repentinamente, como si alguien hubiera soplado sobre la llama de una vela. Así, como con un chasquido de dedos, la Santa Muerte, con los Mushoku como sus heraldos, segaba más de medio centenar de almas. Almas que, seguramente, nadie echaría realmente en falta, puesto que aquel era el verdadero precio de la vida de la piratería más salvaje: la posibilidad de obtenerlo todo y la certeza de que no quedase nada. Pocas eran las excepciones. Pocos eran los casos de piratas cuyo legado continuaba vivo más allá de la muerte, y ninguno de todos los que allí habían muerto resultaría ser la excepción. Su legado había acabado allí mismo, en la tierra gobernada por quienes habían extinguido todas aquellas auras. Incluso las criptas bajo el local se habían derrumbado, y los muertos de las tumbas, los que habían llegado primero, habían acogido con los brazos abiertos a los parroquianos que se les unían para el resto de la historia. En la primera planta, sin embargo, aún era posible para ellos contemplar un par de auras, debilitadas e inmóviles, que debían de haber quedado atrapadas entre los peñascos, las vigas y los cascotes, que, en su vulnerabilidad, ardían con el vano instinto de supervivencia de salir de allí. Desde las alturas, la Calavera Haibu observaba todo con su pasmo habitual.

En el suelo, el viejo borracho contemplaba, con ojos como platos, todo lo que había sucedido en cuestión de un instante, y fue como si la borrachera se le hubiese pasado de golpe, eclipsada por la adrenalina y el puro sentimiento de horror que se marcaba entre sus arrugas. Se arrastró por el suelo, volviendo a encaramarse a una de las piernas de Tenoch, mientras sus ojos se anegaban de lágrimas de terror y tartamudeaba, intentando encontrar las palabras. "D-don Q-Quetzalli, y-yo no sabía nada de es-esto... ¡nada!," declamó, ya sin que siquiera el hipo lo acompañase, temiendo por su vida, "¡yo no tenía n-ni idea! ¡Ha-había escuchado cosas, sabe! ¡So-solo eso!," continuó, rogando compasión con sus ojos llorosos. "¡L-les he dicho lo que sabía, n-no tenía ni idea de quién era toda esa gente! ¡Se lo g-garantizo! ¡Se lo juro a u-usted y al señor Astura!," prometió, sus dedos firme y miserablemente agarrados al talón del enmascarado. Su ansiedad pareció incrementar cuando miró a su alrededor, buscando su fiel botella de licor, y no la encontró. "¡No s-sabía nada! ¡Los ll-llevaré con Grin si quieren!"

Por todas partes había comenzado a acumularse gente, curiosos locales y también cotillas que habían venido corriendo hasta el lugar para comprobar qué había provocado aquel estruendo. Un estrépito como aquel no era algo para nada habitual en Hachinosu, donde, por mucho que pudieran abundar la juerga, el despilfarro y los gritos entre borrachos, rara vez ocurría algo de tal magnitud. A esto se debían de haber sumado los rumores sobre el acto de presencia de Tenoch y Ashura, cuya aparición pública era de por sí suficiente como para atraer a los más entrometidos, serviles y ambiciosos de la isla. En cuestión de meros instantes, todas las calles, callejones, terrazas y azoteas circundantes, y especialmente aquellas cercanas a donde estaba —o, mejor dicho, solía estar— el Galleon's Grotto se habían comenzado a llenar de una gran muchedumbre, en la que la cantidad y variedad de auras observables era tal que parecían volverse indistinguibles unas de otras, como una gran masa. Abundaban los rumores, los cuchicheos y las voces bajas, y era evidente que ya debían de estar circulando no menos de cincuenta historias diferentes sobre lo que acababa de ocurrir allí, mientras la gran polvareda aún se desperezaba y se resistía a desvanecerse.

"¿Quién me busca?," dijo entonces una voz de entre la multitud que parecía aún intentar abrirse sitio entre la misma, con un aura que resultaría familiar para Tenoch, alzándose entre el resto al oír el nombre que mencionaba el viejo, aún agarrado al enmascarado.



Off
#20
Tomé la muñeca izquierda del viejo borracho con mí mano izquierda, di un salto en vertical de 20 metros y empeze a aletear para quedarme suspendido en el aire, aun con la sonrisa dibujada en mi rostro, a la espera de que el aura de mi capitan entrara en el  rango de acción de mi kenbushoku haki, pero eso no fue necesario, pues escuché una explosión, una terrible y entrecerré los ojos un poco por la cantidad de polvo que se levantó y supe gracias a esto, que el Demonio del Humo se habia encargado de aquellos que intentaron matarnos, resople ante aquel disparate, mis afilados ojos azules miraron al viejo y le dije. – Tengo la leve impresión, mi estimado bebedor empedernido, que te he vuelto a salvar la vida…Ya van 2 veces en el mismo dia, que divertido, pase de pirata a niñera. – En ese instante escuche a Ashura decirme que le dejara caer, para que su sangre y sus huesos fuera absorbidos por la tierra que decidió traicionar. Pero en ese momento el tipo comenzó a hablar, era increible lo que el miedo podia hacerle a la gente, el tipo pronuncio mi nombre y comenzó a hablar diciendo que no tenia idea de lo que pasaba, que se escuchaban cosas, que el no formaba parte de aquella trampa o intento de trampa, porque mira que atacar a Ashura sin Haki.. pero dijo la frase que estaba esperando con ansias, llevarnos con Brim, me aclaré la garganta y descendí sutilmente al suelo y le dije a mi capitan. – Te prometo demonio que cuando terminemos con esto, yo mismo lo llevare a la calavera y le pediré al bueno de Nicolas que haga los honores. -  Y giñé uno de mis azules ojos en dirección al coco, luego volvi a mirar a aquel hombre borracho y retomando mi charla le dije. -  Junior…No soy Quetzalli a secas, soy Quetzalli Junior viejo imbecil, lo dice mi maldito Wanted, bien llevamos con el idiota ese.

Pero en ese momento, solté a aquel borracho y gire sobre mis 4 talones, soltándome ademas de su sucio agarre y mire con gusto el estado actual de la capilla y con una risa contenida le pregunte a mi capitan. - ¿Seguro que cerraste con llave? Jajajajaja. Tambien mi haki comenzó a alertarme sobre la gran cantidad de personas que se acumulaban para ver la obra del artista del humo, cuando una pregunta llego a mis oídos.. ¿Quién me busca?... Su aura me resultaba familiar, pero mi maldita incompetencia para recordar las caras volvia a aparecer, así que desvié mi mirada hacia el sitio de donde provino la voz y con fuerza para que se me escuchara dije. - ¿Qué quien te busca?..... La Catástrofe y el Heraldo de la Santa Muerte, ven aquí…ahora. En ese momento cambie mi haki de observación al medio y reduje el rango de acción a 20 metros.
Resumen

Bélico

Gastos y Regeneraciones

Karmas Usado

Off
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 11230 + 0 = 11230
Energia: 7240 + 160 = 7400
Espiritu: 3065 - 244 = 2821


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