Permíteme conocer cómo es tu alma [Priv. Tezca] [Pasado] [+18]
#1
Venimos de este tema~



Día 3 de verano, año 14



Agua fría, sucia, con olor a mar y mariscos incluidos.

Un buen momento interrumpido de la forma más anticlimática posible.

Era la peor forma de cerrar el día.

El llanto inicial, el duelo, la pérdida de su antiguo amante, una que él mismo había ocasionado, fueron cosa del pasado con su nuevo problema.

El alcohol en su sistema había disminuido, por eso era consciente de la vergüenza que sentía en este preciso instante. Su cabello mojado, sucio con restos de camarones, langostas y quien sabe que otras cosas, su kimono rojo pegado a su cuerpo más de la cuenta y provocando que su piel se sintiera pegajosa al tacto, lo hacía sentir expuesto a las miradas ajenas, pero, sobre todo, lo que más le incomodaba, era ese penetrante olor a mariscos que él, aun con su pésimo olfato, era capaz de percibir con claridad. Estaba impregnado.

Aun así, las cosas siempre pueden ser peores.

Tezca Norova.

Ese nombre que fue pronunciado de manera tan prístina, tan elegante, quedó pegado en su débil memoria.

Tezca.

Tezca.

Tezca.

Deseó haber tenido un papel para anotarlo, así no lo olvidaría al día siguiente o en un par de horas. No a él…a él no quería olvidarlo, quería…no…necesitaba, poder memorizar su nombre, su rostro, cada detalle de su cuerpo, de su ser, de su alma. Sus gustos, sus disgustos…¡Todo!

¿Por qué?

¿Por qué de entre todas las personas él había tenido que verlo en un estado tan paupérrimo?

¿Por qué tenían que conocerse en esas circunstancias?

Y...¿Por qué las ansias de conocer todo sobre ese hombre?

Apenas se conocían, además, fueron interrumpidos de una manera asquerosa mientras intentaban volverse un poco más cercanos debajo de ese puente.

—¡Contrólate! —masculló el médico antes de darse un golpecito en la frente con su mano cerrada en un puño que bajó casi de inmediato para sujetar el borde de su kimono mojado con agua sucia. Intentaba cubrir su cuerpo de la vergüenza que significaba tener que caminar por la calle en ese estado.

Aunque…al menos no era el único.

Su rostro, que hasta ahora miraba el suelo para esconder su cara sonrosada tras su cabello, se alzó apenas para encontrarse con el cabello rubio y la espalda, cubierta de seda blanca, del hombre que ahora lo guiaba a su hotel.

Se podía perder en su manera de caminar, en la forma en la que el viento mecía las hebras delgadas de su cabello. Podría observar por horas el contraste que las amarillentas luces de la ciudad creaban en su piel pálida.

Era perfecto, como si de un cuento se tratase.

Ni siquiera esa agua asquerosa podría arruinar la visión endiosada que, en tan poco tiempo, había creado en su mente para el rubio… ¿Por qué pasaba? ¿Qué tenía él que los demás no?

Ahora, en su sobriedad, podía relacionar sus cabellos color sol con los de un antiguo compañero de tripulación al que terminó traicionado por unos cuantos berries…No solía arrepentirse de nada, pero a veces lo extrañaba a él, a Azkeel y; sin embargo, el hombre que ahora tenía en frente carecía de ese actuar torpe y algo brusco que tenía el tarotista de su antigua tripulación. Tezca Norova era mucho más delicado, más fino, más etéreo.

De nuevo, el inicio de un nombre llegaba a su mente: “Luc…” ¿Cómo terminaba el nombre? ¿A quién pertenecía? Era imposible para él recordarlo, pero… ¿Y si este rubio frente a él tenía alguna respuesta? … ¿En verdad le importaba recibir respuestas ahora? No. Sería un hipócrita si dijera lo contrario.

Es verdad que su mente solía traicionarlo, es verdad que podía hacerlo divagar y perderse en los bosques oscuros de recuerdos que no volverán, pero ahora que aun tenía fresco el nombre del rubio en la cabeza y, sobre todo, el sabor de sus labios mezclados con el licor que compartían debajo del puente, le interesó saber más de él…Luego descubriría el porqué de la necesidad, pero ahora…ahora solo quería desnudar su alma y ¿Por qué no? También su cuerpo…Ya resolvería eso luego de un buen baño y que ambos dejaran de apestar.

—Tez…

¿Tez…?

Hasta hace poco recordaba todo su nombre… ¿Cómo es que se le había olvidado la mitad? Se distrajo solo por unos segundos. La vergüenza regresó a su rostro, mordió sus labios con fuerza, miró hacia otro lado, dejando que su vista se posara en los ventanales de una tienda de ropa que estaba justo al lado de donde pasaba en ese instante, pero, finalmente, sacudió su cabeza y sostuvo mejor su mochila, en la que aún sonaban las botellas de ron que no alcanzó a beber en el puerto.

—¿El hotel está cerca? —preguntó en voz baja, solo para que el rubio lo escuchara. ¿Eso era timidez? No, no solía ser tímido, siempre era más confiado y altivo, pero hoy se sentía avergonzado en demasía como para actuar de otra manera, además, su borrachera no se había ido del todo, aunque su sistema estuviera mejorando. —No sé si soporte caminar así por más tiempo…

Empezaba a hacer frío, eso lo obligaba a abrazarse a sí mismo, además, estar aun empapado no le ayudaba en nada a mejorar su friolero estado actual.

—Se supone que es verano… ¿Por qué el viento es tan frío hoy? —Lanzó la pregunta al aire mientras avanzaba por el camino adoquinado. Ahora más que nunca deseaba llegar al hotel. —¿Tu habitación tiene calefacción? Espero que no nos congelemos...¡Ah! ¡Qué día tan terrible! Aunque al menos, todas estas circunstancias desafortunadas me han puesto en tu camino.

Eso… ¡Eso estaba mejor! Al menos el frío de la brisa lo había hecho recuperar la confianza y el ánimo que perdió luego del “chapuzón”…aunque este ánimo renovado solo lo llevara a quejarse del clima.



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#2
Había muchas cosas que un hombre podía detestar, sentir vergüenza era una muy común: La cuestión con la vergüenza es que solo puedes sentirla si no estás seguro de ti mismo. Mis sentimientos eran diferentes, quería matar a alguien, hacerle tragar todos los pescados del mundo hasta convertirlo en el acuario humano más grande ¿Podía hacerlo? Por supuesto que no, tenía que aguantar y meditar pero eso significaba que sentía vergüenza, no importa a qué huela: me veo maravilloso, soy maravilloso y a cierta distancia me sigo viendo hermoso sin oler a pescado, el problema era la sensación del agua fría y la interrupción del dulce momento que tenía con aquel pelirrosado, eso sí era lamentable.


El camino parecía eterno con el húmedo sonar de mis zapatos mientras caminaba volteando de vez en cuando a mi acompañante, lucía peor, incluso más estresado. Alrededor, a esa hora había muy poca gente pero sentía que nos miraban si era honesto: probablemente lo alucinaba.


La verdad es que el hombre, ahora mucho más sobrio que hace poco, era alguien inusual… Si podía ser honesto, me daba una pequeña vibra a una persona que no anhelaba recordar y sin embargo no podía evitar pensar. Había dicho que se llama Hyákinthos ¿verdad? Su cabello era hermoso, la verdad es que tenía un porte de rico, no creía que fuera un noble pero tampoco que estuviera en la miseria. Su voz me sacó de mis pensamiento, volteando rápidamente para mirarlo. — Si, está cerca, si no puedes más puedo cargarte ¿Me entiendes? Ya casi llegamos, Hyákinthos, piensa en el baño caliente.— Solté una pequeña risa, acercándome un poco más a él para intentar darle calor corporal; la verdad es que tenía razón, era una mierda pero sin duda sería algo chistoso que contar a futuro. — ¿No es una fortuna haberme conocido? Ah, una desgracia, una acción de un hombre tan tonto que la vida ha de perdonar su existencia pero un poco de mugre nunca arruinará la belleza del hombre, ni su noche. Eso aplica para nosotros, flor de noche.— Si, era tan atractivo como una flor y simplemente pase a guiñarle, antes de que cualquiera pudiera darse cuenta ya le había estaba abriendo la puerta al hotel, esperando que entrara para ir detrás de él.

El pequeño y acogedor hotel nos recibía con luces tenues, era tarde y la única persona era aquella recepcionista que parecía reconocerme de unas horas atrás, simplemente pude sonreírle esperando pasar con cierta rapidez para poder terminar con la situación de una vez: saqué las llaves de mi habitación, abriéndola para dejar que el chico pasara primero.

La habitación estaba exactamente como la había dejado: la cama hecha, el aroma del mi perfume seguía en el ambiente y la ropa sobre una silla, la calidez de la luz en una habitación mediana que daba de ventana a la calle. Rápidamente encendí la calefacción, buscando entre las cosas una toalla. —Puedes ducharte primero, ahí hay de todo así que no te preocupes. Me ducharé después de ti—
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#3
Ahí estaba esa voz aterciopelada que, con escucharlo una única vez, lo conquistó de inmediato y ahora, no solo le hablaba para ofrecerle un pañuelo, ahora esa voz pronunciaba su nombre de manera tan elegante y correcta que hacía que su pulso se acelerara, por un momento llegó a pensar que su corazón se saldría de su pecho, pero ¡No! Debía controlarse.

Solía ser él quien tenía en control en estas situaciones, siempre era quien sonreía primero y, así mismo, quien se despedía primero. Mucha gracia no le hacía que las cosas fueran al revés; sin embargo, dejarse llevar por el rubio era una de las más dulces tentaciones que había experimentado desde… ¿Desde que Azkeel era un hombre libre? Sí, eso creía, porque hasta ahora, nadie, absolutamente, nadie había logrado conmover al pelirrosa además de su antiguo compañero de tripulación y alguien antes de él…alguien a quien no recordaba, pero que su mente insistía en colocar como una figura importante, a pesar de no tener rostro o nombre.

—No, no es necesario, puedo caminar —. A pesar de todo, con el alcohol dejando su sistema con cada minuto que pasaba, era más fácil controlar sus impulsos y por supuesto que también lo era mantener algo de dignidad, a pesar de su deplorable estado. —No estoy cansado, es solo que…empieza a hacer frío. Tsk…Sí supiera como luce el desgraciado que nos hizo esto —. Bien, solía ser más educado cuando conocía a una persona, de hecho, su manera de expresarse tendía a ser dulce, elegante, dejando entrever una inocencia que engañaba a buena parte de las personas, pero considerando la situación, su tono salió un poco más tosco que de costumbre. —¡Ah! Perdona, de verdad que no suelo comportarme así, pero la situación no es la mejor, menos después de un día terrible —. Se corrigió casi enseguida, incluso, al final de su diálogo, su boca formó una media sonrisa, aunque más que mostrar alegría, era un gesto de amargura.

Casi de inmediato, luego de erguirse y levantar su cabeza para sentir el aire frío de la noche sobre su cara y dejarlo revolotear sus cabellos mojados, el médico cambió de actitud. Su sonrisa amarga se ensanchó en un gesto más complacido y, de hecho, su lenguaje corporal también pasó a ser uno más confiado cuando escuchó el halago que provenía del rubio. Podía respirar con tranquilidad, ni siquiera el agua sucia había servido para que su belleza disminuyera.

—¿Una fortuna? No te equivoques, las fortunas pueden calcularse con facilidad, pero… ¿Podrías calcular el precio de una estrella? Porque dentro de todas las desgracias vividas esta semana y hoy, conocerte no es una fortuna, es más un privilegio incalculable —. Lo que si era una fortuna es que la borrachera que lo hacía hablar entrecortado se estuviera disipando y ahora solo quedara esa desinhibición típica del alcohol, que lo dotaba aun de más confianza de lo normal. —Y, por cierto, no soy una flor de noche, soy LA flor de noche, porque no soy como cualquier banal hombre lindo que podrías encontrarte en cualquier esquina, sé que soy superior a eso, aunque…incluso una flor se ve opacada ante una estrella ¿No lo crees, Sol? —Un apodo simple que se le ocurrió de pasada mientras hablaba, un apodo que le serviría para disimular que el nombre por el que el apuesto sujeto se había presentado empezaba a desvanecerse de su mente.

Al guiño respondió con una mirada altiva, una que dejaba en claro que le agradaba ese tipo de trato y esa confianza que estaban tomando ahora después del inesperado “accidente” que tuvieron bajo el puente del puerto. Agradeció haber abierto la boca, pues esa conversación casi le hacía olvidar su situación, de hecho, si no fuera por lo mojado de su ropa, habría enterrado el incidente en lo más recóndito de su memoria, además, no solo aligeró su humor, si no que sirvió para que el tiempo pasara con más rapidez, pues en menos de lo que creyó, se vio en frente de la puerta de un hotel que, aunque pequeño, le sirvió para regular su temperatura nada más con entrar.

Su encanto natural le obligó a sonreír a la mujer en la recepción, además de dejar escapar un “Buenas noches” en un tono tan comedido que solo pudo ser escuchado porque en el lobby de aquel hotel, que parecía más un hostal, reinaba el silencio, en un ambiente muy distinto al de las calles más cercanas al puerto.

—Espero no te ofendas con lo que preguntaré, pero ¿Siempre tratas con tanta confianza a quienes acabas de conocer? —preguntó el pelirrosa antes de pasar a la habitación sin temor alguno, como si llevara años de conocer al rubio y el compartir un espacio privado fuera tan natural como respirar. —Aunque supongo que juzgarte a ti por la confianza sería darme un tiro en el pie. Tu metes a un desconocido a tu cuarto y yo me dejo llevar por un extraño…Tal vez estamos en el mismo barco.

Se movió por el cuarto con toda la confianza del mundo, tanta que ni siquiera se molestó cuando la manga de su kimono de deslizó por su piel dejando al desnudo parte de su hombro y su pecho… ¿Importaba? En verdad no. Esa ropa estaba arruinada para él, la quemaría apenas tuviera la oportunidad, así que ahora solo le quedaba limpiar su cuerpo, por ello aceptó sin dudar la invitación de su anfitrión. Asintió y sin pensarlo dos veces, se perdió dentro de la puerta del baño.

*****

Perdió la noción del tiempo. No supo cuanto estuvo dentro de la bañera ni cuanto jabón y loción utilizó para matar hasta la raíz el molesto olor a pescado. Su olfato podía ser terrible, pero ahora, incluso su nariz descompuesta podía sentir el aroma amaderado del shampoo, jabón y perfumes que se había echado encima sin escatimar… ¿Serían del hotel o del chico? Esperaba que del hotel, pues las botellas que al inicio estaban casi llenas ahora les faltaba más de ¼ del producto, aunque… ¿Habría problema real? Si eran del chico podría conseguirle unos de la mejor calidad si es que él se lo pedía.

Cuando salió del baño, de este salió aire vaporoso acompañado del aroma de los perfumes, mientras que el médico, en vista de no haber sido dotado de alguna prenda de ropa que pudiera reemplazar su kimono “dañado”, tomó de un estante una bata blanca que le quedó a la perfección.

—Disculpa… ¿Los perfumes eran tuyos? Porque creo que te debo media botella —. Ahora que se sentía fresco y limpio, la confianza que le dio el alcohol solo se elevó. El médico se recostó en la cama del rubio, en medio de esta, mientras disfrutaba del calor brindado por la calefacción, dejando que el aire cálido terminara de secar las hebras húmedas de su cabello, aunque, pronto se cansaría de la visión plana del cielorraso y su rostro se inclinaría para mirar al rubio en la habitación. —Y perdona por tardar tanto, pero… ¿Sabes? Me apetece seguir con lo interrumpido en el puerto y no quiero que esa agua asquerosa nos vuelva a arruinar el momento, así que…ve…toma tu baño y te esperaré para…conocernos mejor.

Al terminar de hablar el médico se movió para buscar su mochila negra. Dentro aun había un par de botellas de ron, pero ahora que su mente no estaba nublada por el duelo autoimpuesto por un crimen que el mismo cometió, decidió que aquel licor barato no sería suficiente para satisfacerlo, así que, en lugar de las pesadas botellas, sacó una más pequeña, aunque esta no era alcohol, si no que, al abrirla, dejó escapar un fuerte aroma a menta que, aunque inundó la habitación, para que el médico pudiera sentirlo, tuvo que acercar la botellita directamente a su nariz, de hecho, mientras Tezca se demoraba lo que fuera dentro de la ducha, el médico se dedicaría a “drogarse” con una simple esencia de menta que lo hacía sentir…más seguro de lo que podría admitir.



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#4
Habitación dulce habitación.
 
Aquel pelirrosa había ido directo al baño, normal, la verdad es que quería hacer lo mismo pero el era la visita y yo un hombre respetuoso. Aproveché a acomodar un poco, escondiendo los objetos de valor en un pequeño ritual que tenía cada vez que invitaba a un desconocido a quedarse, nada personal. Entre mi danzar alrededor de la habitación me detuve frente al primer espejo en mi cercanía, inclinándome con cierta curiosidad mientras observaba mi figura.
 
Un poco de agua no le hace daño a las rosas ni a los hombres hermosos, aunque seguía siendo perfecto la verdad es que no podía evitar observar mi cabello con detenimiento y unas terribles ganas de matar al imbécil que nos había tirado el agua.  Contrólate, Tezca, no vale la pena, tenía que repetirme intentando mantener dignidad con la visita e intentando no arruinar la interesante noche que me esperaba.
 
Pasó tiempo, en verdad pasó, incluso comenzaba a sentirme ligeramente adormilado cuando el arome a mi delicioso perfume apuntó a mi nariz, mirando al joven pelirrosa emerger del vapor como una hermosa sirena del mar. —Podemos arreglarnos más tarde, al menos me alegra que te sientas mejor con el baño, flor de noche ¿Me entiendes? — Me reí al usar ese sobrenombre una vez más, dejándolo acostarse en mi cama para levantarme por mi cuenta, en algo tenía razón: Me hacía falta un buen baño.
 
El vapor, el aroma que había dejado mi invitado y el agua caliente me habían relajado de la molestia anterior, le daba especial atención a mi cabello tal vez de forma un poco más obsesiva de lo usual, asegurándome de que toda la peste saliera de cada unos de mis poros. Fue un poco tardado pero salí cuando me sentí satisfecho, simplemente con una toalla cubriendo la zona vulnerable, al final del dia estaba en mi cuarto de hotel.
 
Al salir de la habitación pude notar un ligero aroma a menta: refrescante y sin embargo no recordaba haber comprado ningún aroma parecido. Caminé descalzo a la cama, sentándome al borde de esta. —¿Es mi idea o huele a menta? ¿Recolectaste? — Pregunté soltando un suspiro mientras lo miraba. —Entonces, Hyakinthos…¿En qué estábamos? —
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#5
El olor a menta se expandió por la habitación, sobreponiéndose a los perfumes; sin embargo, lejos de resultar desagradable, resultaba relajante, al menos para el médico pelirrosa quien, mientras esperaba con calma al sol rubio a quien apenas conocía, se recostó con confianza en medio de la cama, dejando que el aroma mentolado lo distrajera del paso del tiempo.

Si no tuviera su fiel frasco con esencia de menta, seguramente, se habría dormido, pero sus ansias por sentir el aroma por más tiempo, estando consciente de ello, lo mantuvo despierto hasta que la puerta del baño se abrió, liberando el vapor de su interior y revelando al hermoso hombre que lo acompañaba en medio de aquella tragedia apestosa en la que un extraño los había envuelto sin querer.

Sonrió al verlo y más aún al escuchar su pregunta, una que lo obligó a negar con la cabeza mientras que se hacía a un lado para darle espacio en la cama al otro hombre. —No he recolectado, aunque créeme que no me molesta hacerlo. Poder ir al mercado para encontrar las mejores hojas de menta es algo que disfruto y algo que me gusta hacer por mi cuenta ¿Sabes? Es importante para mi conseguir las mejores hojas para extraer su esencia y hacer este perfume —. Extendió su mano para que el rubio pudiera tomar de entre ellas el pequeño frasco oscuro que contenía la esencia culpable del nuevo aroma de la habitación. —¿Te molesta? Espero que no, yo adoro el aroma, me recuerda a…No sé que exactamente, pero me recuerda algo, me hace sentir seguro —. Se encogió de hombros, desinteresado, como si no acabara de revelar un dato que otra persona pudiera considerar como un detalle personal.

—Perdona… ¿He hablado demasiado? Jeje, me parece que me he desviado en nuestro objetivo inicial —. En lugar de darle más espacio al rubio, el médico prefirió moverse hasta el borde de la cama en donde el otro hombre, Sol, como le diría de ahora en adelante, estaba sentado. —¿En qué estábamos preguntas? Jmmm…tu dime —. Susurró desde su espalda, acomodándose mejor tras el chico para luego dejar caer sus brazos, perezosamente, alrededor de su cuello hasta que cayeran por su torso, en donde se entretuvo jugando con la piel húmeda del otro hombre. —Puede que en esto…o no lo sé, tengo pésima memoria —. Aunque lo dijo a modo de broma, eso era algo muy cierto.

No fue capaz de decir más palabras, sobraban, dejaría que sus acciones hablaran, pues luego de su última frase su cuerpo se apegó más al del rubio, desde su espalda y su abrazo se intensificó más, permitiendo que su mentón quedara reposando sobre el hombro ajeno, lo suficientemente cerca de la oreja para dejar un mordisco leve en el lóbulo, nada que hiriera, simplemente deseaba probar el sabor de aquel desconocido que se le hacía tan conocido al mismo tiempo.

Fue en ese instante, por culpa de ese pensamiento, que abrió levemente sus ojos, que en algún momento había cerrado y al ver las hebras doradas de cabello que caían sobre la espalda ajena como una cascada bañada por la luz matutina, no pudo evitar pensar en un recuerdo que debía estar muerto y muy muy muy enterrado, logró ver, en su mente, por un breve segundo, una cabellera similar, con hebras que caían sobre su rostro y lo hacían reír por las cosquillas.

El recuerdo, que fue tan leve, lo sobresaltó lo suficiente como para que decidiera cambiar de posición de un momento a otro, sin avisar. Sus brazos dejaron de abrazar a su improvisado casi amante para tomarlo por los hombros y hacer que cayera sobre el colchón…Bueno, mejor dicho, para que una parte de su cuerpo cayera sobre el colchón y la otra, su cabeza, terminara apoyada sobre los muslos del pelirrosa, quien se inclinó hacia adelante en ese momento, haciendo que su largo cabello cubriera los rostros de ambos como si se tratara de una cortina que los separara del resto del mundo.

—Lo siento, no suelo ser tan brusco la primera vez, a menos que me lo pidan, pero…

Tuvo que cortar sus palabras mientras que sus manos se movían para tomar las mejillas ajenas entre sus dedos, acariciando con suavidad, como si tocara seda o los pétalos de una frágil flor, todo mientras que su mirada se paseaba por el rostro ajeno, buscando esa familiaridad del pasado que creía haber encontrado, pero que no podía interpretar ni reconocer del todo. La situación se le hacía tan confusa.

—…Creo que te conozco y no, no lo digo para coquetear, porque creo que ese paso ya no es necesario en este punto —. Sonrió de medio lado, aunque con más dulzura de la que pretendió en un inicio, aunque, eso sí, sin dejar de juguetear con la piel ajena con una de sus manos y con los mechones de cabellos dorados con la otra. —Lo digo porque de verdad siento que te he visto antes…antes de…no sé de qué exactamente, dime, Sol… ¿Has estado antes en otro océano? En el Grand Line, por ejemplo, ya sabes, el cementerio de piratas…quisiera poder decirte nombres de Islas en las que he estado, pero por desgracia, siempre he sido malo en geografía —. Por no decir que era malo con los nombres en general.

—¡Ah! Perdona, creo que tu intención no era hablar, pero…no puedo evitarlo cuando siento que nos conocemos de otra vida —. Podía sonar romántico, pues todo lo decía mientras acariciaba su rostro con la parsimonia en la que lo haría un viejo amante, pero lo cierto es que a pesar de lo suave de su tono y de la calidez de sus palabras, que bien podrían malinterpretarse como poesía barata, el médico solo buscaba encontrar una verdad que creía escondida y que, por un instante, tuvo la esperanza de poder encontrar gracias al hombre que ahora yacía sobre él, de una manera bastante inocente si pensaba en lo que planeaban hacer en un inicio.
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#6
El olor de la menta, de cualquier hierba lograba que recordara al viejo y su jodida voz. No era un mal olor, por supuesto que no, lograba relajarme apenas como quien encuentra seguridad en su hogar, aunque tampoco era lo suficientemente bueno para lograr afectarme. Tomé aquel frasco, mirándolo con atención en lugar de olerlo, simplemente ladeando la cabeza antes de regresarlo. —No, no es eso… La casa del viejo siempre olía a hierbas, algunas veces menta entre estas ¿me entiendes? Si quieres perfumar mi habitación aún más con esta esencia, no me molesta. — Hablaba de forma suave, intima, la cercanía era tanta que alzar la voz resultaba completamente innecesario.

La cercanía de su cuerpo, su pecho contra mi espalda logró arrancarme una ladina sonrisa mientras me apoyaba aún más contra este, podría disfrutar su tacto por el resto de la noche, no merecía menos mientras cerraba los ojos simplemente dejándome llevar por aquel apenas conocido hombre como si estuviera seguro que no habría ningún peligro.

Estar seguro era… aburrido ¿Cómo podría privarme de un hombre tan hermoso?

Un mordisco me hizo reaccionar, sentí la sangre fluir hasta mis mejillas ante aquella acción, volteando lentamente para mirar a aquel hombre, aunque la sonrisa llegó segundos después y antes que pudiera reaccionar, ya me encontraba contra su regazo: Sentía mi corazón latir con un poco más de fuerza ante la sorpresa… y justo cuando creí que tendría que tomar la iniciativa, sin duda, este pelirrosa era un deleite. Alcé la mano para alcanzar su rostro trazando su mentón hasta tomarlo, obligándolo a descender un poco más. —Yo no creo que nos conozcamos… No podría olvidar un rostro como el tuyo y sin embargo… —

Logré soltar su mentón al reincorporarme para tomarlo por los brazos, acostándome en la cama para ponerlo encima de mí, subiendo las manos para trazar su columna, aunque el momento parecía adecuado había algo en la actitud de este hombre que no terminaba de convencerme, algo que me recordaba a mi. —¿Sabes que pasa? No creo que me conozcas de antes… Lo que yo creo es que me estás confundiendo o al menos piensas en alguien más en este momento.— Mi sonrisa era hostil, convencido: Tantas veces había pensado en Aleksei y tantas veces lo había visto en otros cuerpos. —¿Tu novio no te está prestando atención o…— No era el primero en esa situación, había visto otros tan parecidos.
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#7
Un olor familiar.

Sí, era esa remembranza de un tiempo inalcanzable en lo que pensaba cada vez que el aroma mentolado llegaba a sus fosas nasales.

Justo como las palabras que el rubio pronunció: La casa del viejo siempre olía a hierbas.

No sabía porque exactamente, pero esas palabras también le hicieron eco en su memoria, como si conociera un sitio con una descripción similar, pero antes de analizar demasiado, sacudió su cabeza, descartando la idea… ¿Cómo no iba a reconocer lugares así? Siendo médico, al ir de botica en botica, claro que daría con alguna cuyo aroma herbal fuera más evidente incluso para alguien con tan mal olfato como él.

—Jmmm…no, no te entiendo, ¿Quién es “el viejo”? —Finalmente, desvió al conversación, pasando de un terreno conocido a uno desconocido, en donde el foco de atención se desviaba del aroma a aquella información que el rubio había soltado sin querer o quizá queriendo, no podía saberlo. —Apenas nos conocemos ¿Recuerdas? No sé de quién me hablas —. Aunque, de todos modos, seguro lo olvidaría por más que se lo repitiera más de una vez. —Y cambiando de tema, si quieres que impregne tu cuarto de menta, no me molestaría hacerlo las veces que me lo pidas, adoro el olor, como dije, además…así me darías excusa para visitarte nuevamente y memorizar cada detalle de ti, porque no quisiera tener que olvidar tu rostro tan rápido… ¿Sabes? —No era una propuesta indecente, no exactamente, pues el médico solo podía rogarles a los cielos por no olvidar tan bello rostro, pero por más que quisiera poder recordarlo al día siguiente, sabía que, como con todos, el recuerdo se iría difuminando más temprano que tarde.

Un abrazo. Un mordisco. La cabeza ajena sobre sus muslos.

Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos.

Ahora que ambos se encontraban frente a frente y que el rubio se encargaba de bajar el mentón del pelirrosa, haciendo que este último se estremeciera, la habitación misma pareció tomar un tinte más íntimo, uno que se reforzó cuando el médico, a pesar de escuchar las palabras tan seguras del otro hombre, quien, por supuesto, decía no conocerlo, se dejó caer apenas sobre el otro para dejar un beso casi inocente sobre los labios ajenos, apenas juntando la piel antes de separarse y dejar de sentir el tacto, tanto de los labios como de las manos que antes sostenían su mentón.

Entonces, al ver que otro hombre se recostaba en una mejor posición sobre la cama, el médico alcanzó a colocarse sobre él, dejando que su peso se distribuyera bien al recostarse sobre el otro cuerpo para no concentrarse en una sola zona.

La mano recorriendo su espalda lo hizo reaccionar, de hecho, lo llevó a que su propia mano ahora recorriera el torso ajeno, desde el medio de la clavícula hasta un par de dedos más abajo del ombligo, para luego “regresar”, trazando un camino tortuosamente lento sobre la piel ajena, todo mientras escuchaba aquel intento de análisis sobre su persona.

No pudo hacer más que sonreír de medio lado.

—¿Eso crees? —Finalmente se decidió a hablar, aunque aquella pregunta haya salido como un murmullo cercano a los labios ajenos, casi probando, nuevamente el dulzor que estos le prometían. —No estoy pensando en alguien más, Sol —. No se resistió más a la tentación y dejó caer sus labios sobre los otros. Su piel se erizó, saboreó el néctar que la otra boca le daba y pronto su lengua se atrevió a lamer apenas un poco para hacer que el rubio abriera la boca, algo que el pelirrosa aprovechó para dejar un mordisco suave sobre el labio inferior del otro hombre antes de separarse apenas unos centímetros en los que solo un hilillo de saliva los dejó unidos.

—Pero tienes razón en algo, tal vez te confundo con un fantasma del pasado…Lo siento, mi memoria me impide ver más allá con claridad, pero…eres tan…tan parecido a un recuerdo tan lejano y difuso como un sueño, que pensaría que hemos pasado más de una vida juntos —. Suspiró al mismo tiempo que sus manos se enredaban en el liso cabello dorado y su cuerpo bajaba un poco, lo suficiente para que su rostro dejara de encarar directamente al otro hombre, para permitirse dejar besos sobre la línea del mentón, besos que bajaron al cuello en donde se detuvo justo bajo el lóbulo de la oreja para morder el espacio que conectaba el cuello con la cabeza antes de detenerse para susurrar algo importante al oído del otro chico o, bueno, algo que al menos a él sí que le pareció importante.

—Y no te preocupes, no tengo novio, nadie vendrá a este cuarto a reclamarte —. Bajó de nuevo, los besos volvieron y esta vez sus manos se unieron a la ejecución de este arte, acariciando los costados del rubio con la delicadeza de quien trataba a una flor. —Además, el último que tuve si me prestaba atención, demasiada tal vez —. El médico detuvo los besos y se sentó sobre el regazo del rubio para mirarlo desde arriba, aunque sus manos en ningún momento descuidaron las caricias que parecían ser casuales, aunque eran muy bien planificadas, a fin de cuentas, tenía un buen conocimiento en el cuerpo humano. —Pero ya no importa ¿Sabes? Fue asesinado hace poco —. Su voz se quebró al recordar el asesinato, aunque luego, por inercia, terminó mordiendo sus propios labios con fuerza, casi tanto para romperse la piel… ¿Por qué? Cualquiera podría interpretarlo como tristeza, pero había algo mucho más oscuro detrás de todo ello, algo que era casi imperceptible en una mirada que empezaba a verse llorosa.

—Lo dije en el muelle…mala semana —. Su voz volvía a quebrarse, incluso sus ojos empezaron a lagrimear más… ¿Cómo no creerle su drama? Aunque si había sentimientos de por medio con el difunto, eran más que nada de interés, como cuando pierdes un objeto importante que sabes que no vas a recuperar, a fin de cuentas, el pelirrosa, aunque hermoso y encantador, solía tratar al resto como simples objetos, a veces útiles, a veces inútiles o, bien, mercancía, a veces barata y a veces cara. Su antiguo novio fue ambos, estaba siendo un objeto bastante útil hasta que por sus palabras le tocó convertirse en mercancía cara…una lástima, ganó berries, pero perdió a un excelente ayudante.

—Lo siento…mal momento para mencionarlo ¿No? —Esbozó una sonrisa que flaqueó, ahora su mirada bajó, al igual que sus hombros, su expresión, en general, lucía más vulnerable, incluso tuvo que usar el dorso de su mano para limpiar las lágrimas de cocodrilo que empezaban a chorrear por sus mejillas y, aunque todo fuera un acto bien montado, lo cierto es que se veía tan real que sería casi imposible no empatizar con el “delicado e inocente” pelirrosa. 
Nadie sospecharía que el asesino de su ex pareja era él mismo.
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#8
Por supuesto no sabía de quien hablaba y sus preguntas no encontraron respuesta en mis labios porque simplemente no importaba, ni me interesaba recordar ¿Cómo podría cuando el hombre frente a mi era tan encantador? El olor a menta comenzaba a parecer reconfortante y ese primer beso sobre mis labios había logrado hacerme sentir ligeramente adormilado. Demasiado relajado. Su tacto hizo que mis músculos se tensaran, siguiendo la directriz de sus manos con la mirada ¿Esperaba que hiciera más? Podía sentir mi respiración anticiparse, alzando la mirada a los hermosos ojos del hombre, era atractivo, eso no podía dudarlo.
 
El segundo beso fue justo lo que esperaba, correspondido sin dudarlo: Moví mis labios sobre los suyos con la dulzura que estaba acostumbrado, abriéndola para el mientras las manos sobre su espalda lo presionaban contra mi cuerpo, esperando sentir más del hombre incluso tras tal mentira, con la que lograba distraerme en su actuar y en respuesta un suave suspiro acompañado de un rubor sobre mis labios: A este punto solo podía dejar que me consintiera de esta forma, terminando con una pequeña sonrisa. —Si tu atención está en mi… Me importa poco si tienes novio o no. — Mi mano derecha subió a una de sus mejillas para acariciarla con suavidad, dejando de hacerlo cuando se sentó sobre mi regazo, instintivamente moviendo la cadera intentando generar una fricción, comenzaba a sentir la presión del bulto contra la ropa, apenas molesto.
 
Hasta que sus palabras lograron que me tensara, me quedé quieto, colocando mis manos sobre su cadera para acariciar la piel por encima de la ropa como si eso pudiera consolarlo, no es como que eso fuera lo mejor: No estaba seguro de que decirle, sobre todo en esta situación y no podía simplemente quedarme así: Me reincorporé, sentándome sobre la cama para acomodar al hombre sobre mi regazo, subiendo una de mis manos a su nuca para incentivarlo a apoyarse contra mi hombro, acariciando su cabello suavemente. —Está… bien ¿Me entiendes? Intentan no pensarlo tanto. Los muertos no regresan, aunque estés sufriendo. — Giré la cabeza para dejar un suave beso contra su pulso, apoyando mi mentón contra su hombro, vaya forma de matar el ambiente. —¿Necesitas unos minutos? Iré por agua ¿Está bien? —  Nuevamente bajé las manos a su cintura para bajarlo con cuidado, levantándome de la cama para caminar por una botella de agua de uno de los cajones dándole la espalda, en cierta forma esto también era para mi, intentando “enfriarme” un poco.
 
No tardé en regresar con la botella, sentándome a su lado y manteniendo un poco de distancia, evitando mirarlo.
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#9
La calidez de las lágrimas que recorren su rostro con una naturalidad que un actor envidiaría, contrastan con la frialdad de su sangre y sus músculos tensos, músculos que apenas nota que empiezan a con un poco más de fuerza la cintura del rubio bajo él, aunque es una sensación que no dura más que un par de segundos, pues es ese mismo rubio el que se encarga de devolverlo a la realidad.

Una mano sobre su nuca lo hace parpadear un par de veces, haciendo que el lagrimeo que se acumuló en sus ojos empezara a bajar por sus mejillas para acompañar a las otras lágrimas que ya se habían secado en su rostro.

—Lo sé, conozco bien los límites del cuerpo humano y sé que no hay medicina que sirva para traer a alguien del más allá —. Se dejó hacer, que fuera el otro quien acomodara sus cuerpos, casi como si de un momento a otro se hubiera convertido en un simple títere con el que el de cabellos color sol podía hacer y deshacer cuanto quisiera, por eso no detuvo la caricia en su nuca ni el beso contra su pulso, gestos que de alguna manera u otra, lograron que aquella tristeza, entre realista y falsa, disminuyera un poco o al menos lo suficiente como para que el pelirrosa se diera cuenta de su error: Había matado el ambiente con la misma facilidad con la que mató a su ex pareja.

—No, espera…no necesito…

Para cuando las palabras en su mente se atrevieron a salir de su garganta como la voz que debió ser desde un inicio, su acompañante había tomado el control. Las manos ajenas se movieron con facilidad por su cintura, con una delicadeza que generó un cosquilleo en el vientre del pelirrosa, pero que no bastó para que su cuerpo recuperara la firmeza para mantener al rubio bajo él, pues este se deslizó sobre las sábanas y de un momento a otro bajó de la cama, en un movimiento tan repentino que el médico apenas pudo estirar su mano para acariciar los mechones largos de cabello pálido que ondeaban mientras que el otro hombre se alejaba de su lado.

—…agua…

Se quedó quieto, sentado sobre sus propias piernas, casi arrodillado frente a la almohada, aunque su cabeza estaba girada apenas para seguir los movimientos elegantes de aquel que lo acompañaba esa noche.

Chasqueó la lengua y volvió a morder sus labios con fuerza.

¿Qué más daba llorar por un muerto?

El chico le había servido bien, era verdad, fue un buen asistente mientras todo duró, le consiguió buenos productos y era un excelente enfermero, de hecho, no recordaba haber tenido otro asistente tan bueno como ese último, claro que extrañaría eso, pero…se equivocó, quiso obtener más, debía pagar por sus palabras ¿No? Entonces, ¿Para qué llorar por él?

Sus dientes se clavaron con más fuerza sobre su labio inferior. Bien podía empezar a disfrutar más de aquel que tenía en frente y dejar de pensar en el pasado ¡Je! Parece que a final de cuentas era cierto que no toda su atención había estado en el rubio, si no en la idea que tenía de él, en esa sensación de conocerlo y a la vez no recordar si quiera su nombre… ¿Tez…ca? ¿Cierto?

Además…

—¿Eh? —Sus párpados volvieron a subir y bajar con rapidez, haciendo que sus pestañas largas y rosas enmarcaran de manera casi etérea sus ojos dorados que ahora prestaban atención a la mirada esquiva de su improvisado acompañante.

—Gracias —. Tomó la botella de agua para beber un sorbo antes de dejar esta sobre la mesa, solo para darse cuenta de que la sangre de sus labios había manchado la boca de la botella, menos mal esta era desechable. —Y…lo siento por…eso —. Señaló el borde ahora rojizo para luego relamer sus labios con lentitud y quitarle los restos de sangre que quedaron por culpa de su propia mordida. —No suelo darme cuenta cuando lo hago…ya sabes, el morder mis labios, mi lengua, mi boca…da igual, ayuda a calmarme —. Confesó, prefiriendo ser sincero al menos en una de las tantas cosas que decía.

—De todos modos, olvida lo que dije —. Se acercó de nueva cuenta al rubio, dándole bastante igual si este lo miraba o no, a fin de cuentas, la mano del médico se encargó de posarse bajo el mentón ajeno, atrayendo consigo, apenas un poco, el rostro del otro hombre, obligándolo a mirar la sonrisa de medio lado que adornaba aquellas perfectas facciones. —Estoy bien y tu tienes razón, los muertos no regresan y yo…yo preferiría olvidarlo ¿Puedes hacer que lo logre? Sí, mejor en lugar de olvidar lo que dije, hazme a mi olvidarlo —. Dejó que su mano se deslizara desde el mentón hacia el cuello, siguiendo un tortuoso y lento camino que recorrió el pecho, el abdomen, el vientre y terminó justo en donde la tela de la toalla impedía que bajara más.

—Por una noche quiero pensar en alguien más —. Esta vez fue el médico quien se acercó para besar justo en la zona del cuello en donde el pulso podía sentirse con más notoriedad, aunque luego se alejó apenas un poco para acomodarse mejor y arrodillarse en el suelo, justo en medio de las rodillas del hombre. Relamió sus labios de nuevo, pero esta vez no para quitarse la sangre, pues esta había dejado de brotar de estos desde hace rato, si no para prepararse para lo que tenía en mente si el rubio lo dejaba avanzar. —¿Puedo?
[Imagen: hyakocheja.png]
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