23-06-2026, 04:06 PM
Día 77 de Invierno, Año 17
Isla Eliseo, por la mañana.
Ciertamente, el Grand Line era un mar capaz de contradecir cualquier lógica geográfica o climática a la que una persona normal estuviera acostumbrada, pues a pesar de encontrarse firmemente en el septuagésimo octavo día del invierno, el cielo sobre la isla de Eliseo brillaba con un esplendor completamente tropical, derramando un calor constante que obligaba a la joven de esclerótica negra a entrecerrar sus ojos de iris azules para adaptarse a la cegadora claridad que rebotaba sobre las arenas blancas y las aguas turquesas de aquel paraje paradisíaco. Mizuki había desembarcado hacía apenas un par de horas, habiéndose asegurado previamente de dejar sus armas más imponentes y delatoras, como el enorme mandoble de excelente acero y el rifle de asalto de larga distancia, bien ocultos y a buen recaudo en la embarcación que compartía con sus camaradas de la Corriente Libre, pues tras revisiones preliminares sobre esta isla en esta nueva corriente marina, la revolucionaria entendió de inmediato que este no era un lugar para presentarse buscando una confrontación abierta de forma innecesaria. Con sus dos metros con treinta y cinco centímetros de altura y un peso que rozaba el cuarto de tonelada de puro músculo atigrado, la mujer tiburón ya llamaba suficiente atención como para encima cargar con un arsenal a la espalda en medio de lo que parecía ser el complejo turístico más exclusivo y prohibitivo de la región o al menos el más exclusivo que la gyojin había visto jamas.
Para intentar mimetizarse con la marea de civiles acaudalados y extranjeros de gustos excóticos que recorrían las avenidas, la rubia se había colocado un conjunto de ropas casuales de lino ligero que había adquirido en su última parada en Matsuri, una muda amplia de tonos claros que, si bien no ocultaba su imponente físico ni sus escamas color ocre y gris, al menos le otorgaba la fachada de ser una guardaespaldas privada. Caminando con una parsimonia ensayada que buscaba amortiguar el sonido de sus pesados pasos sobre las estructuras de madera pulida, Mizuki jugueteó distraídamente con los grilletes sin cadenas que adornaban sus muñecas, sintiendo el metal templado por el sol caribeño mientras sus ojos abisales realizaban un paneo lento y meticuloso de la geografía urbana, no se podía operar con seguridad en un estanque ajeno sin medir primero la profundidad del agua y, sobre todo, la cantidad de depredadores que se escondían en la misma.
La información general que había recopilado inicialmente ya flotaba en su mente con total claridad, Elíseo, que así se llamaba la isla, era una isla de tamaño mediano reconvertida en un resort de lujo absoluto por un magnate cuyo nombre apestaba al dinero rancio del Gobierno Mundial, un oasis artificial rodeado por un océano cristalino que parecía la viva imagen de la paz, pero que en realidad albergaba en su núcleo no dejaba de ser una lugar de regocije para aquellos más privilegiados y acaudalados en todos los mares. Tambien había otro jugador importante dentro de la isla, El Banco de Goldreich se alzaba en la distancia como una imponente fortaleza de piedra y mármol blanco, según los rumores de los taberneros, empleaba a más de tres mil trabajadores fijos, aquellos números complicaban cualquier intento de pensar con claridad para la mujer tiburón respecto a la población natural del a isla o distinguir entre trabajadores del banco en su tiempo de descanso y turistas. Además una estructura de semejante calibre no se dejaba desprotegida, y Mizuki, agudizando su vista a través del juego de luces y sombras de las palmeras, no tardó en identificar los destellos metálicos de los cañones y las miras telescópicas colocados estratégicamente en las cornisas superiores de la entidad financiera, estaban “en descanso” pero se veía que el lugar estaba listo para alzarse en armas y defenderse con extrema violencia ante cualquier intento de perturbar sus negocios, o tal vez incluso a sus clientes en la isla, eso explicaría también porque tanta gente trabajaba allí y la cantidad de tropas que serían divisables.
-Esto no es un simple puesto de avanzada de la Marina... esto es un nido de avispas blindado con el dinero de Goldreich. Quien sabe cuántos tiradoras apostados en los tejados puede haber regularmente por el lugar que ahora simplemente están descansando. Cañoneros listos para hundir cualquier navío sospechoso e individuos entrenados patrullando los pasillos internos... Intentar causar un altercado aquí sería el equivalente a arrojarse de cabeza a una trituradora de carne de la que ni Kazan podría sacarnos con vida sin iniciar una guerra a gran escala. Nop, hoy seremos unos buenos y pacíficos turistas, asimilaremos el terreno desde la distancia y nos aseguraremos de que el Log Pose se configure antes de que alguien empiece a hacer preguntas incómodas sobre por qué una gyojin de mi tamaño camina sola tomando notas de seguridad.- pensó para sus adentros la mujer cuya larga cola de tiburón también poseía el característico patrón atigrado por sobre sus escamas de color ocre.
Con la línea de acción “perfectamente” establecida en su mente racional, que con suerte no se vería interrumpida o arruinada por algún impulso del momento, la luchadora cuerpo a cuerpo sacó de su mochila el pequeño cuaderno rojo de tapas desgastadas y la pluma robada al cabrón que llevaba el registro de cierto viaje en ferry a cierta trampa mortal, que desde hace un tiempo la acompañaba en sus misiones de infiltración, ocultándolos parcialmente bajo el pliegue de su mapa turístico para que pareciera que simplemente estaba planeando sus actividades recreativas del día. Su primer punto de interés era el propio Resort Marítimo, la inmensa zona turística que servía como fachada principal de la isla y que conectaba el puerto de llegada con los distritos comerciales de alta gama. Mientras caminaba por las calles adoquinadas, prestando especial atención a la distribución de las tiendas de restauración y los locales de recuerdos costosos, Mizuki comenzó a contar mentalmente los uniformes de la seguridad privada del complejo.
El magnate que administraba Eliseo había contratado a una fuerza fija nada despreciable de vigilantes armados para patrullar los alrededores de la villa, hombres bien alimentados y con equipo moderno que se movían con la autocomplacencia típica de quienes se saben respaldados por un presupuesto infinito. Por un momento Mizuki se distrajo con unos recuerdos que le gustaron, entre ellos un anillo que parecía una corona de coral para su dedo meñique, a pesar del exagerado precio la mujer de ojos azules lo compró y en lo que la atendían, se robó un pequeño monedero bordado con el patrón de una alas emplumadas de exóticos colores, no lo necesitaba ni requería robarlo, pero las manos fueron más rápidas que el pensamiento de su dueña una vez más para gracia de la Gyojin que simplemente lo aceptó como “un regalo involuntario del destino”.
Mizuki se posicionó en una esquina sombreada junto a un restaurante que exhalaba un delicioso olor a mariscos asados a la parrilla, un aroma que hizo salivar por un momento y que la obligó a tragar dicha saliva para no espantar a una pareja de ricachones que pasaba a su lado. Desde esa posición estratégica, tras recuperar su concentración, calculó que la frecuencia de paso de los vigilantes del resort era de aproximadamente una pareja entre cada 10 minutos y 20 minutor por cada avenida principal, moviéndose con una cadencia predecible que dejaba sutiles puntos ciegos entre las casetas de los trabajadores de la playa y los callejones traseros donde se acumulaban los suministros. Tomando un sketch rápido de las intersecciones de las calles de la villa, anotó las rutas de escape más directas hacia los muelles secundarios en caso de que la situación se tornara violenta por un factor externo a ellos.
El olor de aquellos mariscos asados era bueno, pero tampoco extraordinario o suficiente para hacer que la mente de la joven miembro de la armada revolucionaria descuidara su misión o lo que estaba haciendo en el momento por más de unos segundos, su mente seguía afilada en su labor -El diseño de esta villa es demasiado perfecto, todo está pensado para mantener a los clientes dentro de una burbuja de felicidad artificial mientras el dinero fluye directamente hacia las arcas del magnate o el banco. Las paredes blancas y los techos decorados ocultan las líneas de visión directa hacia las casetas donde duermen los empleados, creando una separación de clases tan marcada que casi me recuerda a la Isla Samba o a los sectores privados de los nobles que tanto detestaba en mis días de cautiverio. Pero la perfección teórica siempre engendra problemas, estos guardias están acostumbrados a lidiar con turistas borrachos o carteristas de poca monta, no tienen el instinto de un combatiente real que ha probado la sangre en la arena, sin embargo los guardias del banco que posiblemente salgan a defender a los clientes en caso de algún incidente parecen bastante más intimidantes.- pensó mientras veía pasar a uno de dichos guardias desarmado, probablemente tomando un descanso o habiendo terminado su turno en la rotación de aquel día.
Dejando atrás el bullicio de la zona comercial del resort, la gyojin dirigió sus pasos hacia la edificación más prominente de la costa hotelera: el majestuoso Hotel Sol Dorado. Esa inmensa estructura de varias plantas dominaba el horizonte de la playa con sus balcones de cristal y sus columnas doradas que reflejaban la luz del mediodía con una opulencia casi insultante para la revolucionaria y si la vieran probablemente también para sus compañeros. Mizuki no cometió la estupidez de intentar ingresar al vestíbulo principal, pues sabía perfectamente que su altura y su especie harían que los recepcionistas o los jefes de seguridad privada le solicitaran sus credenciales de huésped o su tarjeta de cliente de Goldreich inmediatamente, rompiendo así su anonimato. En su lugar, caminó por el paseo marítimo exterior, bordeando las terrazas donde los camareros servían bebidas exóticas a clientes vestidos con sedas finas.
Fingiendo un gran interés en un folleto publicitario que detallaba los servicios de avistamiento de aves y paseos en piragua, la rubia se sentó en un banco de piedra fría orientado hacia la fachada lateral del hotel, tomó nota de las zonas de las que no se hablaba en las guias, posibles lugares donde ir a esconderse o incluso cazar y reunir provisiones si los precios locales eran demasiado absurdos para reabastecer al Rompecadenas. Desde allí, utilizando su aguda visión abisal, que en la plena luz del día no cambiaba demasiado de la de una persona normal, comenzó a analizar los puntos de acceso estructurales de la edificación. Observó las cocinas del subsuelo, cuyos extractores de aire inundaban la brisa marina con el olor grasiento de carnes finas y panes horneados, deduciendo que los muelles de carga traseros eran la única zona donde los trabajadores de la isla se mezclaban con el flujo constante de mercancías sin una vigilancia extrema de los guardias. Anotó en su cuaderno la ubicación exacta de las escaleras, los balcones y las distancias aproximadas (unos quince metros en diagonal desde la línea de vegetación más cercana) que separaban las puertas de servicio del camino principal que conducía al interior de la isla.
-El Sol Dorado es el corazón del alojamiento, lo que significa que si ocurriera una emergencia, toda la atención de los cientos de vigilantes se concentrará en evacuar a los cerdos adinerados que pagan las suites de elite. Las rutas de abastecimiento que conectan las cocinas con los almacenes subterráneos parecen cruzar por debajo de la avenida principal; un túnel logístico que podría ser de utilidad si alguna vez la Corriente Libre necesitara moverse por esta isla sin pisar el pavimento exterior, aunque tiene muchas limitaciones parece ser algo que podríamos aprovechar...creo… Pero por ahora, se queda solo como un boceto en mis notas. Seraphine se volvería loca con la cantidad de detalles hermosos que hay en este sitio, aunque Kazan probablemente no cabría ni por la puerta del estacionamiento trasero sin rajar la líneas del techo con sus cuernos.- aquello ultimo hizo que la luchadora se imaginara a su compañero de tripulación con los cuernos llenos de polvo y con un candelabro colgando de los mismos, haciendo reír a la revolucionaria.
Una breve exhalación escapó de los labios de la mujer tiburón mientras guardaba la pluma y se levantaba del banco, sintiendo el peso de su propio cuerpo hundir levemente las plantas de sus pies en la tierra suelta que bordeaba el inicio de la Playa Esmeralda, el tercer punto de interés de su lista de reconocimiento. Al pisar la arena blanca y fina, que irradiaba el calor tropical a pesar del invierno, Mizuki sintió una punzada de satisfacción instintiva al observar la inmensidad de las aguas turquesas que daban nombre al lugar. El océano cristalino que rodeaba Eliseo era tan transparente que, incluso desde la orilla, la oji azul podía distinguir el movimiento lento y elegante de las tortugas marinas que nadaban entre los arrecifes de coral cercanos, un espectáculo que avivó su naturaleza de gyojin nacida para recorrer las profundidades y que le provocó unos deseos casi incontenibles de arrojar la ropa de lino al suelo para zambullirse de cabeza en aquella corriente pacífica.
Sin embargo, controlando sus impulsos lúdicos con un gruñido ahogado que disimuló carraspeando, Mizuki continuó su caminata bordeando el límite exterior de la playa, manteniéndose lo suficientemente alejada de las casetas a pie de playa donde los turistas tomaban el sol para no levantar sospechas. Su atención se centró rápidamente en las cabañas residenciales de los trabajadores de la isla, estructuras mucho más sencillas y apiñadas que contrastaban fuertemente con el lujo del hotel. Observó que muchos de los lugareños eran pescadores curtidos por el salitre que remendaban las piraguas de alquiler con movimientos mecánicos, mostrando en sus rostros cansados la misma obediencia resignada que ya había visto en los habitantes de la zona laboral de Samba. Se acercó a una de las estaciones de buceo vacías y, apoyando su inmensa cola atigrada contra un poste de madera para descansar el peso de su cuarto de tonelada, observó cómo los guardias de seguridad realizaban rondas periódicas por la línea de la costa cada quince minutos aproximadamente, vigilando que ningún "elemento indeseable" perturbara la paz de los clientes.
La mirada de la guerrera se posó brevemente de nuevo en las aguas con añoranza antes de enfrascarse en sus pensamientos -El agua de esta playa es hermosa, limpia y profunda a los pocos metros de la costa, un entorno perfecto para que una gyojin o un wotan se desplace a máxima velocidad si necesita cubrir una retirada acuática. Si las cosas se complican en tierra, el mar es mi territorio; un solo impulso me dejaría a salvo en las corrientes profundas. Las casetas de los trabajadores están ubicadas en el flanco este, formando una pequeña barrera de estructuras de madera que bloquea la visión directa desde los cañones de la fortaleza central... Un buen detalle táctico que guardar en la memoria para el reporte de esta tarde... ¿Qué podré cocinar para Kazan y Seraphine esta tarde?-
Con el mapa costero firmemente asentado en sus esquemas, Mizuki se alejó de la brisa marina y se internó de nuevo hacia la zona central de la isla, buscando el Oasis Delfín, el cuarto punto de interés que funcionaba como el núcleo recreativo exterior del complejo turístico. Este lugar era un inmenso oasis artificial rodeado de palmeras frondosas y canales de agua dulce controlada donde los camareros atendían constantemente a los huéspedes que descansaban en tumbonas de diseño. El olor a frutas tropicales frescas, aceites corporales caros y licores azucarados inundó los sentidos de la gyojin a los pocos metros de acercarse al perímetro sombreado. Sabiendo que quedarse estática observando el oasis desde afuera la haría parecer un depredador acechando a su presa así que decidió alejarse por el momento, ya tendría tiempo de explorar más otro día, iría a comprar ingredientes y de allí a preparar el almuerzo para corriente libre en su embarcación, con suerte si iba a comprar las provisiones en la zona donde tenían sus casas los empleados de las instalaciones los precios serían racionales en comparación al resto de la isla.
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