[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano- Gradas
Akira se fue a algún lado antes de que pudiera darme cuenta, este chico era un demonio hiperactivo, pero era nuestro demonio hiperactivo, había que quererle así. Yo me mantuve centrado en el combate, si bien no podía discernir con claridad lo que estaba pasando, podía ver quién se llevaba la peor parte en los intercambios. El tal Ubbe pudo lograr entretener a Jin, aprovechando para darse una especie de baño relajante en un fanguizal. Al ver a mi compañero de grupo atrapado de esa forma, intuí que no había mucho que pudiese hacer. —Maldito pirata… —Pensé mirando fijamente al enorme moreno prehistórico. Todo apuntaba a que iba a quitarnos la victoria de nuestras manos, pero el combate terminó.

¿Quién habría ganado? Desde mi posición parecía evidente que nuestro equipo había sido el menos dañado durante la contienda, aunque lo importante realmente era que Jin fuese el mejor del combate, cosa difícil por culpa de ese grandullón. El Dirigente siguió con los resultados, nuestro equipo ganó.

—¡Yujuuuuuu! —exclamé con alegría.

Y entonces, el favorito de la gente, dio a conocer el nombre del participante que más aporte había dado a la victoria. El nombre que gritó con fuerza fue el de Uker, mi alegría inicial se vino abajo con la misma velocidad con la que apareció.

—Mierda… —musité cabizbajo.

Fue algo sumamente sorprendente, antes de empezar los combates, nunca habría esperado que quién diese el pase de su equipo a la final, sería uno de los eliminados en las pruebas. —Pues nos hemos quedado los dos fuera, Enji. Ahora no tiene mucho sentido pensar en los premios… Yo quería un cubo infinito de palomitas saladas… —Poco después de decir eso, mi capitán colocó un cubo de palomitas en mi caparazón. —¡Graci-! Hmmm… ¡Gra-! HMMMMM… —Intenté llegar a ese maldito cubo con todas mis fuerzas, pero fue imposible, si me levantaba, se caería sin remedio, una pérdida trágica que no estaba dispuesto a asumir. —¡OYE QUE NO LLEGO! —dije dando vueltas sobre mí mismo para tratar de buscar un punto ciego. Todo lo que intenté fue en vano, mi destino fue sellado en el preciso instante en el que ese cubo fue puesto en mi caparazón.

Enji decidió ir a dar un reconocimiento de la zona mientras la final era anunciada. Por supuesto que yo le seguí, el lugar de toda buena tortuga estaba al lado de su increíble y pervertido capitán, después de todo. —Por cierto, ¿a dónde ha ido Akira, estará con Masami? —le pregunté a mi buen y semidesvestido amigo. Mientras nos acercábamos a uno de los extremos de las gradas, acercándonos lo más posible a una especie de carpa que estaba montada por allí, un venerable anciano empezó a hablar. El discurso de este señor era, desde mi punto de vista, menos interesante que el anterior, pero al menos no parecía ser un malvado pirata.

Lo que sí llamó mi atención fue la presentación del siguiente individuo. —¿Un mono? —pensé, recordando aquel simio de laboratorio que quería hacer experimentos con nosotros. Yo no era racista, ni mucho menos, pero es que siempre eran monos… Debía mantener mi guardia bien alta por lo que podría pasar de aquí en adelante. 

Fue entonces que la final dio inicio, Enji y yo ya habíamos llegado al límite de las gradas para entonces, así que traté de prestar atención y observar el combate desde allí. —Ese Shin parece bastante fuerte. ¿Tú le conocías, no Enji? —le pregunté a mi capitán mientras intentaba inclinar el caparazón para que el cubo de palomitas se acercase a mi cabeza.

Cajita de tortuga
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Cuando recibió la galleta con mermelada, su atención se desvió hacia la misma enfocándose en la mermelada. Habían preguntado algo ¿Pero qué era? Mientras observaba la galleta se distrajo tratando de recapitular en cada momento desde que habían llegado la isla del cielo, y finalmente lo recordó. — Ah, si, el haki... Hic... Es un poder que te permite ver cosas que de otra forma no podrías. Aparentemente se entrena como un arte marcial, yo no lo conozco pero han intentado usarlo contra mi —Aclaró el muchacho antes de comerse de un bocado la misma, saboreando con cuidado al notar cómo el capitán de los Hanu Mahana apenas se dio por terminada la contienda fue posiblemente al baño con otro ataque de diarrea. No lo cuestionaba.

Al poco tiempo, llegó Uker, tomando Eros su chaqueta para colocarle alrededor de los hombros del triunfante espadachín. Mentiría si no dijese que se tomó un segundo para ver si éste no tenía alguna herida que se pudiese apreciar a simple vista. — Me arriesgo a decir que redimiste la participación de la Sepultura en estos juegos Uker, nada mal —Le palmeó la espalda suavemente en señal de felicitación, y entonces tomó un paso para el costado girando de brazos cruzados la mirada hacia la arena dejando tanto espacio para que Uker se sentase como espacio para que éstos dos hablasen sin inmiscuirse.

Su paz, no obstante, no duró. Pues mientras los primos se reencontraban, pudo escuchar el chillido de una rata ¿O era una voz? Giró la mirada hacia un lado. — Inuzuka Jin —Exclamó con serenidad antes de suspirar, aún no había cruzado dos palabras con él y ya le resultaba irritante. — ¿Cuándo sacaste esos poderes nuevos? ¿Fue una fruta del diablo? —Inquirió tajante el capitán increpando al yakuza tras su combate, al menos habían ganado y era lo que importaba se dijo en pos de no esgrimir tal carencia de cordialidad para con el otro.

— Parece que el chico con el poder de Rosse llegó a la final —Aclaró observando la contienda del buccaneer águila y el resplandeciente marine.

Ataud
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Al llegar junto a su grupo, el capitán fue el primero en recibirlo, devolviéndole su abrigo y dejandoselo en los hombros. Lo saludo con una sonrisa y con un “tal vez”, respondiendo a su comentario sobre redimir el nombre del grupo. El siguiente en acercarse fue un hombre rubio, a quien aceptó el saludo y estrechó su mano también. Era alguien que se le hacía conocido pero no podía recordar de donde. - Eh… claro… Gracias -. ¿Un tesorero? ¿De esa otra tripulación? Nunca hubiera pensado que los piratas necesitaran a alguien así, tal vez manejaban mucho dinero… No, espera, más importante… - ¿Acaso… perdiste peso? -. Eso fue lo último que le preguntó al rubio extravagante.

La llegada de Jin fue algo inesperada, pero no por eso bien recibida por parte del cocinero. Se había olvidado de él en el momento en el que alzó su espada en la arena, en el momento en el que aceptó su victoria y comenzó a analizar sus fallos. ¿Por qué estaba aquí? Su tripulación parecía querer formar una especie de alianza con él, recordando lo que dijeron la última vez que hablaron, pero no es que fuera a estar bienvenido a sus celebraciones, incluso si estas habían empezado antes de que se pudiera reconocer a un ganador del combate. - ¿Eh? -.

Lo había entendido, claro que sí, pero sus palabras no parecían tener mucho sentido. - Idiota, Akura no debería alegrarse del derramamiento de sangre -. Desconocía cuál era la relación de Jin con esa mujer, pero había quedado claro que ambos la conocían desde aquella vez que tuvieron que conseguir alcohol. - Pero, al menos hiciste que tus estupideces mantuvieran ocupado a un enemigo -. Tras decir eso, alzó su mano y aceptó el saludo que el otro hombre le daba, por primera vez desde que se conocían.

- Si no fuese porque se mantuvo jugando contigo, ese hombre gigante hubiera ido a golpearme. Por lo que puedes llevarte algo del mérito -.

Sin más que decirle a Jin, y antes de que el odio hacia ese hombre volviera a salir a la luz, simplemente volvió a desviar su mirada, ahora hacia Miyori, quien no parecía estar pudiendo conectar dos cables en su cerebro. - ¿Estás… bien? -. Antes de que pudiera preocuparse más por la mujer, ella misma pareció salir del shock, mencionando eso que Uker estuvo suponiendo por un rato.

Seren. Sabía el nombre de su padre, decía ser hija de Zeiren. Incluso un idiota podría ver la relación familiar que entonces se formaba. - Así que eres su hija… -. El cocinero entrecerró los ojos, observándola y buscando algún rastro de mentira en su cuerpo o voz. Nadie conocía a su padre, ni siquiera su maestro o sus hermanastros, solo ellos conocían su verdadero apellido, el que ya no portaba, el que ella llevaba.

El mundo lo conocía como Rackham, solo sabían eso, pero la pelineranja era capaz de nombrar a su padre.

- Supongo que eso resuelve mis dudas -. Sonrió y su vista se enfocó de nuevo en la arena de combate, sin prestarle mucha atención en verdad. - Mi padre nunca tuvo la oportunidad de contarme de donde venía su familia, solo que él se había ido muy lejos de ellos por diferentes razones -. Cruzó sus brazos y puso firme su espalda, como si recordar a su familia le hiciera recordar también regaños recibidos de pequeño. - Cuando mi familia murió… -. Obvio la parte de cómo había pasado, dedicando de paso una mirada a Miyori, esperando que captara que no debía mencionar nada. - Quedé solo, completamente solo. Tuve que sobrevivir como un niño en islas llenas de peligros, hasta acabar en el South Blue. Digamos que ese fue el inicio de mi verdadera leyenda, al fin y al cabo, nadie recordaba a Hoshino, solo conocen a Rackham -.

Ni siquiera le había sido honesto a su propia tripulación sobre su apellido, gente a quienes los observó por un momento antes de volver su atención a la chica con la que hablaba. - La marina me buscó por mucho tiempo, antes siquiera de cometer cualquier crimen, así que tuve que ocultarme -. Tal vez estaba siendo demasiado vago con la explicación, pero no podía confiar del todo en ella. Al menos no por el momento. - Creo que este no es un buen lugar para charlar, mucho menos de temas así. Podré no llevar el apellido de mi padre, pero si quieres respuestas a algo, y crees que yo soy capaz de dártelas, podemos hablar luego -.


Libro de recetas
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2895 + 0 = 2895
Energia: 2237 + 46 = 2283
Espiritu: 1360 + 0 = 1360
La chaqueta en los hombros, el cigarrillo entre los dientes, una tortuga a su lado, y la persistente sensación de desazón en el pecho; todo eso acompañaba a Enji en su andar, por lo demás tranquilo, hacia el extremo sur de las gradas. Permanentemente se estaba rascando el cuello, una mala costumbre, pero también su forma de descargar a tierra la ansiedad y otras emociones con las que no sabía lidiar. Estaba enojado, por supuesto. Frustrado por perder, decepcionado de su desempeño en la prueba de velocidad… Estaba enojado. Empezó a dudar de sus decisiones, a preguntarse si realmente fueron las correctas. Si había hecho todo para poder conseguir la victoria o una bala se había quedado fría en la recámara de sus posibilidades. ¿Debió ser él quien bajase a la arena en las semifinales? ¿Había algo más que pudo haber hecho para escalar puestos en la Prueba de Céfiro? Preguntas como esa empezaron a hacer eco dentro de su cabeza. Estaba enojado. Tan enojado que sus dientes apretaron el filtro del cigarrillo hasta cortarlo. La braza y el tabaco cayeron al suelo, frente a sus pies. Su andar se detuvo.

—Sí… creo que lo escuché decir algo de Masami. —Recobró el sentido tras parpadear dos veces. Tenía las manos cerradas, los puños apretados y una mirada inusualmente tensa. Realmente se había enojado—. De cualquier modo, nos veremos a la salida de aquí. Es difícil perder a alguien como Akira.

Suspiró, sacó del bolsillo de su chaqueta otro cigarrillo y le dio luz como al último. Sorbió de su filtro una larga calada y el humo, como siempre, apagó las vocecitas de su subconsciente y lo ayudó a relajarse. Enojarse no valía la pena. Frustrarse no valía la pena. Estaban en el cielo, participando de unos juegos frente a una miríada de personas aladas que los tenían por el entretenimiento del año. Ser campeón del torneo no era su objetivo, no era la bandera que perseguía, no importaba. Cuando volvió a entender eso, su mal genio bajó significativamente y pudo voltear hacia la arena sin pensar en cuánto deseaba saltar dentro.

En eso, justamente, vio a Ubbe regresar a las gradas tras su derrota.

—¡Eh, grandote! —llamó, su mano derecha levantada para tratar de captar su atención—. Te comiste una mierda. —Sonrió y su cigarro se movió del lado izquierdo de su labios al derecho—. ¡Y ni siquiera llegaste a tocarle las tetas! Que decepción, hermano. ¡Mírala! —Señaló a Runnin, la peleadora elegida por el grupo 9—. ¿Sabes lo difícil que es encontrar un par de almohadas como esas? Aunque sea hubieras fingido que te desmayabas para caer encima suya. Bueno, quizá la matabas aplastada, ¡pero intentarlo, negro! ¡Tienes que intentarlo!

Señaló severamente al buccaneer con el índice de su mano izquierda, decepcionado. Después de un intenso segundo se resignó, suspiró y relajó los hombros. Apoyó los codos en la baranda mientras la vena de su frente volvía a la normalidad.

—En fin, no importa. El próximo año bajaré yo a las semifinales y más te vale que haya otra preciosura como esa en mi equipo —dijo, se giró y retomó su camino hacia el extremo de la grada que más cerca se encontraba de la carpa del rey—. Nos vemos en tierra, baby. ¡Shihaha!

Levantó la mano mientras se alejaba, en señal de despedida.

Los discursos previos al inicio de la final los escuchó ya parado en el extremo de la grada, desde donde tenía una visión mucho más privilegiada de quienes ocupaban las carpas del rey y sus escoltas.

«Mierda, ese sí que es feo. Me recuerda al bueno del Don Ald. ¿Qué será de la vida de ese cabrón? —Se rio por dentro—. ¿Pero qué va a ser de su vida? Si el enano está encerrado»

—¿A Shin? Sí, pero no mucho. Tuvimos un pequeño encuentro en la Isla del Karate. Los dos habíamos consumido frutas del diablo hacía relativamente poco. —Se encogió de hombros—. Peleamos un rato, después se fue. Lo único que sé de él es que es muy rápido, demasiado, y que no puedes tocarlo con las manos. Lo intenté. Sólo lo atraviesas.
» El otro tipo está condenado —agregó—. Es una final cantada. Tch, me hubiera gustado intentar algunas cosas contra él.

Volvió a sorber humo de su cigarrillo y exhaló una cortina blanca desde la nariz, como un toro enardecido.

—Por cierto, Juancho… —Hizo una mueca con la cara, incómodo, mientras se acercaba un poco a la tortuga y le comentaba una cosa por lo bajo—: ¿Soy yo, o el rey de este lugar es un puto mono?

off
Su sonrisa se borró al escuchar la voz del pelirrojo. En este momento, el médico agradecía tener sobre su rostro aquel velo de tela semi transparente que, a pesar de todo, disimulaba bastante bien cualquier tipo de gesticulación; sin embargo, sus ojos, al descubierto, sin ser tapados por los flequillos rosas de su cabello desordenado, sí que delataron la oscuridad que se escondía tras la máscara de belleza y amabilidad que, hasta ahora, había cargado desde que llegó a la isla del cielo, cuando sus irises dorados se ensombrecieron ante la mención de su estancia en Karate y sobre todo de su rubio acompañante, aunque, a pesar de todo, el médico, como solía hacer siempre, disimuló bastante bien, esta vez mirando al cielo lleno de nubes blancas y dejando escapar una risa casual ante el comentario sobre su memoria.

—Tienes razón, pelirrojo, siendo médico debería buscar un tratamiento para mi memoria, pero ya sabes lo que algunos dicen: Los médicos son los peores pacientes —. Su manera de hablar, tranquila, con voz casi aterciopelada, aunque grave, llegó a sonar bastante casual, en especial al omitir cualquier tipo de comentario sobre el rubio: Rafael, su compañero de “negocios”, el encargado de conseguirle buenos “donantes”. —Y gracias por preocuparse por mis pacientes, puedo asegurar que pasaron por las mejores manos, o sea, las mías…Merlot lo puede asegurar… ¿No es así, mi hermosa joya marina? —Dejó de mirar hacia el cielo, porque sí, en ningún momento miró a la cara al marine al hablarle, y bajó sus ojos para observar la reacción casi embobada de la semi sirena. Sonrió de medio lado…Claro que siempre tenía ese efecto en ella.

La escuchó hablar, por supuesto, él siempre le prestaba atención, hasta la más mínima palabra… ¿Cómo no hacerlo? Se había acostumbrado demasiado a la presencia de la mujer y en sus largas noches en alta mar, escucharla a ella y ella a él, se había convertido en una rutina para ambos desde que Ashveil le ordenó, hace un par de años, encargarse de la ex peliceleste, aunque en ese momento no tenía idea de qué o quién hablaba… ¿Quién era Malvavisco? El médico se limitó a alzar una ceja, pero prefirió guardar silencio y dejar que la retahíla de palabras, por parte de Merlot, fluyera como agua por una cascada.

—¿Por qué necesitas cabello celeste o verde? ¿Y quién es Vivi? ¡Ah! No, no quiero cabello de alguien más trenzado con el mío, es suficiente mi propio cabello para crear una obra de arte, pero…Te propongo algo mejor, busquemos decoraciones florales o joyas que puedan solo realzar la belleza que ya tengo, seguro que en el mercado habrá algo —. No lo pensó dos veces antes de entrelazar su brazo con el de la semi sirena, provocando, con este gesto, que ella pudiera acercarse más a él y se alejara de los marines…ya estaban siendo muchos para ese momento y aunque estuvieran en una zona de paz, la situación empezaba a parecerle peligrosa.

—Cha Cha Chá…Curioso nombre —. Aun así, le sonrío al pelinegro, lo que pareció despertar algo en Merlot, pues el pelirrosa sintió como el brazo que antes le había brindado para apoyarse, ahora era apretado con más fuerza de la normal, un acto que solo arrancó una sonrisa de parte del médico de los Valar. —Ah, es una lástima que no pueda entender el origen de tan curioso nombre, pues parecen reclamar mi presencia en otros lares, adiós, marines. Quisiera decir que será un gusto verlos en otro momento, pero eso sería una completa mentira y tanto ustedes como yo lo sabemos bien —. Como si se despidiera de amigos de toda la vida, el médico levantó su mano y la movió de un lado a otro al mismo tiempo que miraba hacia atrás para despedirse del justiciero grupo y poder avanzar por las hileras de filas, en compañía de Merlot. Por fin estaban solos o, bueno, eso creyó en un inicio.

Solía ser distraído, sí, pero cuando rondaba en sitios en donde su integridad pudiera estar en peligro, sus instintos podían llegar a ser bastante filosos y fue gracias a ellos que pudo percibir los pasos de alguien detrás de ellos. Se volteó, solo para mirar de reojo y en ese momento notó la presencia del marine pelirrojo de antes.

Chasqueó la lengua, aunque el ruidito característico que denotaría molestia quedó oculto por la ovación del público ante las palabras del “Detergente”, quien no solo había detenido el combate si no que había anunciado a los ganadores, haciendo que el médico se detuviera en su sitio por un momento, impidiendo que Merlot avanzara hacia la zona del mercado… ¿Por qué? Se fijó en Uker, también en Jin y luego en aquellos dos que los habían enfrentado, el enorme hombre de chocolate y la chica fuerte de la prueba de antes. Eran contrincantes temerarios, algo que sabía incluso cuando su atención al combate hubiera sido escasa, aun así, el cocinero y su socio se alzaron con la victoria.

Algo de todo aquello hizo estremecer a Hyak, más aún cuando, a pesar de que el “Detergente” anunciaba a Uker como ganador, los ojos del médico se fijaron en el trajeado yakuza que ahora volvía a su forma humana. Había dejado de ser de… ¿Barro? ¿Lodo? ¿Arcilla? No podía decirlo con exactitud, pero lo que si sabía es que aquel poder lo había dejado helado por un momento. Vio de nuevo al enorme hombre moreno. Él no había podido contenerlo a pesar de la fuerza que parecía tener, entonces… ¿Qué clase de habilidad era la de Jin? Podía acercarse y preguntarle directamente, pero la idea fue descartada casi de inmediato.

—Una akuma…supongo —. Murmuró para sí mismo al mismo tiempo que volvía a avanzar por la hilera de sillas de las gradas. —¿Cuántas otras habrá que sean intocables? —¿Intocables? Sí, así lo asimiló el médico. Ver aquella pelea lo hizo entender que había poderes que dotaban a las personas con una capacidad única. Miró sus manos, se imaginó sosteniendo agua, café, chocolate, cualquier líquido y pudo ver con claridad, en su mente, como este se resbalaba de entre sus dedos… ¿Así se sentiría pelear contra alguien así? Volvió a chasquear la lengua. Él era un médico, ni más ni menos, las peleas no eran lo suyo, pero había tenido que aprender a defenderse, pues bien sabía que el mundo no era fácil, mucho menos siendo un criminal buscado, pero… ¿Cómo se defendía de alguien que se te escapa de las manos? Nadie le enseñó eso, de repente se sintió inútil. Más inútil que nunca.

Fue la voz de Merlot lo que lo trajo de regreso a tierra. La pelirrosa parecía quejarse de algo o, mejor dicho, de alguien. El pelirrosa desvió su mirada de sus manos al escenario y vio a un tipo gordo y calvo que, por algún motivo, se le hizo desagradable, a pesar de que sus palabras, técnicamente, no habían contenido nada extraño, de hecho, resultaban incluso agradables, pero…Bueno, ya decían que la primera carta de presentación era la apariencia y, tal como la sirena dijo: “iuuunk”. —Avancemos, seguro que en el mercado podremos ver ángeles que nos quiten de la mente la imagen de este hombre.

A pesar de sus palabras, el pelirrosa se mantuvo un rato más en su sitio, no porque quisiera exactamente, si no porque al escuchar la palabra “emperador”, su curiosidad lo obligó a permanecer atento a la arena hasta que la nube voladora trajera consigo a un… ¿Peluche? ¿El emperador “Zukaritas” era un mink? Esperaba a un lunarian o a algún otro tipo de ángel, pero nunca creyó que una raza proveniente del mar azul pudiera gobernar en un sitio como este, aun así, el médico no pudo hacer más que unirse a la emoción del público, dedicándole un aplauso al recién llegado, alguien que, a pesar de todo, lucía extrañamente formidable.

—No veo porque el emperador rechazaría ser acariciado por la Joya del Mar —. Respondió a las palabras de Merlot, por fin saliendo de su embelesamiento, dejando de mirar la arena por un momento, después de todo, aunque la final estuviera por iniciar, aún tenían algo más que hacer.

Los pasos del médico, acompañado por Merlot, siguieron hasta entrar al mercado. En ese sitio, el ambiente más relajado, aunque igual lleno de vida, los envolvió de inmediato; sin embargo, aunque el médico empezó a fijarse en los puestos de ventas de comida y alguno que otro de artesanías, podía sentir tras de si la presencia del marine pelirrojo…Eso fue suficiente para hacer que se detuviera en seco, lo que provocaría que, si el pelirrojo seguía caminando directo hacia ellos, chocara con su espalda.

—Ejem —. El pelirrosa se giró para encarar al marine mientras que se cruzaba de brazos y lo miraba desde arriba, aunque, lejos de buscar intimidar al hombre, un par de segundos después, el médico se “relajó”, incluso podía leerse una sonrisa en su mirada. —¿Tan interesado estas en la trenza que te prometió mi bella sirena? —Preguntó con voz melosa, al mismo tiempo que tomaba a Merlot del brazo y la acercaba al pelirrojo. —¿Por qué no lo trenzas a él primero, Merlot? Mi comida puede esperar un rato, además…parece bastante ilusionado por pasar por tus manos… ¿Por qué no complacerlo? Aunque antes…eh…Busquemos un lugar menos concurrido y donde podamos sentarnos.

El pirata volvió a tomar a Merlot del brazo y la arrastró consigo hacia adelante, esperando que el marine también los siguiera, aunque dejando una distancia prudente, la suficiente como para que él pudiera inclinarse y susurrarle algo al oído a la chica. —Sirena, no suelo decirte nada sobre con quien te juntas, pero…No confío en el marine, podrías ser más… ¿Discreta? Con él, por favor —. No sabía que clase de amistad tenían esos dos, tampoco como se habían conocido ni en que circunstancias, pero el ser perseguido era algo que al médico ponía de los nervios y debía resolverlo pronto… ¿Cuáles eran las intenciones del pelirrojo?

Se detuvo cuando estuvo frente a unas bancas que estaban, relativamente, cerca de los baños de mujeres. Lo supo porque desde su lugar podía leer la palabra en la puerta.

—¡Hey, pelirrojo! Ven, siéntate aquí…Mi sirena te atenderá —. Dejó a la chica sentada en la banca y caminó hacia atrás para tomar al marine por los hombros y acercarlo a la banca, aunque, así como antes hizo con Merlot, también se vio en la necesidad de decirle algo al oído ahora que tenía la oportunidad.

—Puedo preguntar… ¿Qué buscas, pelirrojo? Esta no es zona para un enfrentamiento por más que Merlot y yo tengamos un precio por nuestras cabezas —. Por mucho tiempo le costó acostumbrarse a tener un cartel con su nombre, pero el tiempo había hecho que memorizara esa información, aunque no supiera el precio que daban por él ni el momento exacto en que su nombre y fotos salieron en el periódico por primera vez. —Espero que no se te ocurra hacer nada raro, mucho menos con Merlot…ella es mía, además…ni siquiera debería tener un precio por su cabeza —. Siseó antes de acercarse al banco en donde esperaba Merlot, lo que hizo que el médico pasara de su advertencia a una actitud más relajada, una que incluso llevó a que le diera una palmada en la espalda al pelirrojo.

—Jaja, suerte…espero que trate tu cabello mejor de lo que trató al de Maki —. Empujó al chico, no de manera violenta, si no con delicadeza, incitándolo a sentarse a un lado de la pelirrosa. —Yo esperaré aquí mientras tanto, tómense su tiempo y… ¿Uh?

La atención del médico, siempre dividida en su entorno y su presente, pasó de la pareja hacia la entrada del baño… ¿Esa era Maki? —¡Oh! Hablando del diablo —. El médico sonrió al ver a su capitana, se le había perdido hace un rato, así que encontrarla en esas circunstancias era lo mejor. —Pelirrojo, CUIDA a Merlot, no dejes que se levante, iré por nuestra capitana, aunque no es que esté lejos —. Señaló hacia el baño, desde ahí se podía ver la silueta de la ruda mujer.

—¡Maki! —Alzó su voz y se acercó a la mujer, pasando su brazo sobre sus hombros, impidiendo que entrara al baño. —No vuelvas a perderte, quedé rodeado de marines en algún momento, fue terrorífico, como no tienes idea, menos mal que parece que estamos en tregua dentro de este coliseo o seguro habría ido a parar a alguna mugrosa prisión ¡Agh! No quiero ni pensarlo, en ese sitio no podría cuidarme ni mi piel ni mi cabello ¿Te lo imaginas? ¡Una tragedia! Una completa tragedia —. Sin querer caminó hacia el sentido contrario, alejando a la calva chica del baño, sin siquiera preguntar que es lo que iba a hacer. —¡Ah! Perdona… ¿Era urgente tu ida al baño? Porque prefiero que me acompañes a comprar dulces, snacks y algunos adornos para mi cabello…No te preocupes por Merlot, me encargué de que se entretuviera haciéndole una trenza a una marine pelirrojo…que no creo que le haga nada —. Señaló hacia el sitio en donde estaban la semi sirena y el agente de la ley, haciéndole ver a la capitana que sus palabras eran ciertas…así podía al menos quitarle un peso de encima a la capitana Valar.
 
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No pensó que, por una vez, el cocinero de los Sepultura, no solo aceptaría sus palabras y su mano, sino incluso le brindaría utilidad a algo en lo que él no había logrado ver. Sintió algo de alivio y gratitud, aunque no se lo fuera a admitir nunca a ese hombre. La mención de la muchacha de cabellos blancos le hizo sentir un poco de extrañeza después de tanto tiempo, y escucharlo hablar de ella como si la conociera le dio esa nostalgia que había apartado. —A ella le encantan los combates, pero no el derramamiento de sangre, tienes razón. — elevó su diestra, con el cigarrillo todavía entre sus labios, no lo miró directamente a los ojos y, sin embargo, sí que habló.

—Alguien tenía que contenerlo, sin duda. Hiciste un gran trabajo.

Observó entonces a la acompañante, Miyori, para observarla de reojo, y luego a Uker. —Los dejo tranquilos. — Dejó al hombre tranquilo, tratando de enfocarse por completo en el rubio, acercándose a él. No pasó por alto la conversación que se dio entre ellos. ¿Familiares? Vaya, qué de vueltas daba la vida... Qué curioso.

Sus pensamientos fueron interrumpidos, esta vez, por otra persona. Un... muy claramente ebrio Eros, a quien contempló, arqueando una ceja ante la ya incansable forma de pronunciar mal el apellido de su Clan. Podría responder, o podría no hacerlo, pero viendo el estado en que se encontraba, elevó sus hombros y se decidió a responder, dando una nueva calada al cigarrillo que lo acompañaba. Claro que, al no haber estado allí hasta entonces, desconocía por completo la conversación que se había llegado a dar respecto al Haki.

—Te lo dije, Capitán Eros. No quiero quedarme estancado, y estoy seguro de que tú tampoco.

Contempló ahora al individuo, de arriba abajo. ¿Siquiera recordaría lo que hablaba una vez el alcohol dejara de hacer efecto? Cerró los ojos unos instantes, manteniéndose tranquilo, dando una nueva calada, con la diestra entre sus labios y el cigarrillo. No sentía ganas de quedar mal frente a Tezca, suficiente había tenido con ese combate, por eso, finalmente, retirando el cigarrillo y dejando salir el humo del tabaco, pudo hablar, abriendo sus ojos frente al hombre de menor altura.

—No te equivocas, sí lo fue, pero no es lo único que he conseguido.

El cómo y qué más eran cosas que no iba a pronunciar, por ahora solo estaba allí para prestar atención a una sola persona. La forma en que le contestó le pareció divertida, ese hombre siempre sabía qué decir y en qué momento... Elevó su zurda, acomodando su mano a un lado de su rostro, sintiendo un alivio sobre sus hombros. 

—Me refiero a que tú también parece que bebiste. ¿Cómo puedes hacerlo sin mí?

Podría recordarle las veces que le había mencionado sobre el alcohol, pero decidió solo divertirse viéndolo. ¿Quién iba a impedirle que bebiera cuando parecía pasárselo tan bien? —¿Ahora nos volvemos formales, Norova? — No negaría que el no saber de qué tipo de conversación se refería era... complicado. ¿Estaba molesto por haber mantenido su habilidad como sorpresa? Era algo que prefería más bien contarle en privado, no frente a dos tripulaciones distintas, y con la mayoría borrachos. —¿Condiciones? — No sabía qué parecía tratar de decir, ¿estaba también tan borracho? —También me apetece beber un poco...

De nuevo, el hombre habló con Barald, y lo observó, en silencio, para luego volver la mirada en el rubio, ya que lo jalaba hacia el área de comida. Lo acompañó, mirando hacia atrás, sacudiendo la mano a modo de despedida, al menos temporal, de los que los habían acompañado. Un momento... ¿Se iban a quedar a solas...? Tragó saliva, volviendo la mirada hacia el rubio. No. No allí. No tendrían tampoco demasiado tiempo. —Tezca... — Un momento, ¿hipopótamo? Eso fue algo que lo dejó completamente fuera de lugar, confundido. —¿Cómo que carne de hipopótamo? ¿Siquiera venden aquí? ¿Y por qué específicamente carne de hipopótamo? — Sentía, de repente, que por haber salido a la arena a combatir, había perdido totalmente el hilo de lo que transcurría. Sin embargo se dejó arrastrar hasta el área de comida. Ya que también disfrutaban del alcohol, él también aprovecharía quizás para comparar algo.

—¿Qué te apetece comer a ti, Tezca? — Pronunció, ahora más cerca de él, tratando de esquivar algunas personas que estaban atentos a la arena, buscando el momento para poder hablar. Carraspeó, al menos una vez llegaron hasta la zona de comidas, observando qué era lo que podían pedir. Un momento, ¿habían aceptado el resto? Si así era, también compraría lo que fuera que pidieran y, si no, solo los obsequiaría con aperitivos. Tezca podía pedir todo lo que quisiera.

Volvió la mirada en el rubio, mirándolo de reojo, con un poco de incomodidad, algo inseguro. Carraspeó, ahora evitando su mirada. —Hace poco que lo conseguí... — Murmuró, al fin, sin atreverse a mirarlo directamente a los ojos. —Lo de... mi habilidad quiero decir. — Hablaba, por supuesto, de su Akuma. —Es una larga historia, pero quería dejártelo como sorpresa. ¿Estás molesto? — dio una nueva calada, al menos la última que le quedaba del cigarrillo, respirando profundamente. —Siento que mereces que te dedique una victoria mejor de la que he hecho, la verdad. Uker fue quien al final hizo todo el trabajo. Yo todavía... — Elevó su otra mano, la libre, observándola, ahora siendo total y completamente normal, no como en la arena. —Todavía no lo controlo...— A duras penas había tenido tiempo, cierto, solo en el barco para poder controlar esa forma y conseguir pasar de una masa deforme a... Bueno, poder ser él mismo.

Al fin, elevó la mirada, ahora buscando la del rubio bajo sus gafas, buscando el tacto de su mano, de nuevo, con las palabras atragantadas en un sepulcral silencio, pero antes de siquiera encontrar sus ojos, y disfrutar viendo su aura, volvió a desviar incómodo la mirada, sin atreverse a mirarlo directamente.

Cajita de Tabaco
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El hombre de ojos rojos resultó ser el vice capitán de aquella tripulación tan dicharachera. Me resultó chocante su actitud. No por ser descortés, ni mucho menos, sino por lo diferente que me resultaba su comportamiento al del resto de miembros. Alguien deberá aportar algo de cordura, pensé. Asentí y repetí mi característico gesto con el sombrero. Estaba descargando de responsabilidad el hecho de haber rechazado la bebida. También supe que debía dejar de hacer ese gesto hasta que el efecto del alcohol me abandonase. Apreté los ojos con fuerza, pestañeé varias veces e intenté estabilizar mi mirada.


Nuestra improvisada celebración había sido premonitoria. Tras un intercambio de golpes potentes entre Uker y Runin, y tras la demostración de lo invulnerables que pueden ser los usuarios de frutas de tipo logia gracias a su intangibilidad, el combate llegó a su fin. El Dirigente interrumpió la lucha. Su voz resonó por todo el estadio. Había anunciado un equipo ganador; la pareja (sentimental o no) formada por nuestro cocinero y Onizuka Jin. Pero ese no fue el único anuncio que hizo el presentador. Uno de los participantes recibió una mención de honor por su aportación a aquel combate. Uker había sido designado como el combatiente con una participación más destacada. Los Piratas de la Sepultura brillaban al fin. Mis brazos se fueron al cielo con el anuncio. Me dejé caer sobre el asiento de la grada y golpeé repetidas veces con mis pies en el suelo. Miré a Kiyoshi, coloque el dedo índice sobre mis labios y chisté recalcando el silencio que previamente había ordenado él.

Tras él, apareció un hombre en el centro de la arena. Su aspecto no era el de un guerrero, al menos no en esa época. Aunque el Dirigente lo anunció como uno de los pilares de Shandora. Su discurso fue breve y no tuvo nada reseñable, excepto porque fue él quien dió paso al emperador Zarutsuki. El mink descendió de los cielos para caer frente al trono que aún permanecía vacío.

—No sé quién es el gordo calvo, pero el que acaba de llegar es el emperador Zarutsuki. También es un Shichibukai. Uno de esos piratas que traicionó a la piratería. ¿O eran marines que traicionaban la marinería? —el alcohol opacaba mis pensamientos —. No sabía yo que los minks podían pertenecer al Ouka Shichibukai. Tal vez yo pueda ser uno también. Cuando estoy acabe, le preguntaré donde hay que ir a rellenar el formulario de acceso.

Busqué con la mirada otra botella que llevarme al hocico. Por suerte, las que vi a mí alrededor estaban vacías. Me encogí de hombros y me preparé para disfrutar del espectáculo de la final. El primero en descender de la grada fue el hombre con el poder de Rosse. Ese marine que había superado a todos en la prueba de velocidad, como era de esperar. Sea cual fuese su contrincante, no lo iba a tener nada fácil. Yo había visto de lo que era capaz alguien con los poderes de aquella fruta y lo que se padecía al estar cerca cuando hacían uso de ellos. En realidad, sería más correcto decir que  lo había sentido. La única vez que Rosse arremetió contra un enemigo estando yo a su lado, quedé cegado por el destello. Siempre pensé que aquel poder era ideal para Rosse; brillar con tanta fuerza que deslumbrarse a cualquiera.

Me giré a mirar a mis compañeros en la grada. Debía haber estado absorto en mis pensamientos, o quizá fue la neblina que el alcohol había extendido por mi mente, puesto que no me había percatado de cuando había llegado Uker con nosotros. Él había llevado el nombre de los piratas de la Sepultura a lo alto. No por nada fue el hombre más buscado de nuestro mar. Miré hacia él, levanté mi pulgar y dibujé una amplia sonrisa.

—Bien hecho, Uker. Dejaste en buen lugar a los Sepultura. Y además, me hiciste ganar una apuesta.

Mi gesto se torció. Me di cuenta que con la actuación de Uker en el combate, tal vez había perdido la apuesta también con él. Y también había sacado menos puntos que Eros. Intenté mantener la sonrisa y el gesto con el pulgar hacia arriba intentando que nadie pensase en la apuesta, aunque sabía que mi gesto se encarecía cada vez más.

—Eh tú... Señor... Pantano —dije dirigiéndome a Jin, intentando desviar la atención hacia él —. Tú también tuviste un gran papel. ¿Fue por eso del poder para hacer trampas? Quiero decir, el Haki.

Los nervios no suelen atacar a los borrachos. No era este mi caso. No soportaba la idea de que mis compañeros descubrieses que había perdido la apuesta con ellos. Deberle dinero a los amigos era algo feo, pero las apuestas con el capitán Ryota me habían dejado sin blanca. ¿O no era así?



Antología
Emme's Codes

La fila del baño, interminable, Maki se apoyaba en el muro sola fría y triste… todo le resultaba mal, eliminada, camino una posición… eliminada y olvidada por su tripulación, pensó en sus antiguos Nakamas, muchos de sus pensamientos eran simples, pensaba que estaban en las islas donde se separo de ellos, La hermosa Gwen, el enérgico mono de mierda de Owen, Kiyoshi al menos lo reencontró con Uker, se veía sano, y… … … feliz. Camino otro puesto más… la fila interminable, pensó en sus amigos, la gente que dejo atrás, en lo que paso con la Musa de Bronce, en Lana, la chica que dejo en el blues mucha gente atrás, Kayseira también su amiga helada. Rosse, por algún motivo recordó a Rose y su pequeña amiga Alana, a Dong el gigante cuervo malhumorado, mucha gente que debería estar aquí no estaba.

Avanzo otro puesto en la fila… —Por que carajos se demoran tanto la puta grande de su madre. Es solo sentarse y soltar, limpiarse y seguir bebiendo putas viejas.— Deseaba con ansias entrar y la fila no avanzaba casi nada, sus pensamientos comenzaron a correr con el alcohol, no era tan fuerte como las de tierra firme, pero si que parecía que el aire mas delgado le cansaba o hacían que le pegara mas fuerte que cualquier otra cosa que bebiera antes.

Avanzo una más y comenzó a escuchar el inicio de la final del combate. Otro rugido de los emplumados hizo vibrar todo, seguro que alguien había conectado un buen golpe en la arena porque los gritos y el batir de alas de los emplumados parecían no terminar nunca. Chasqueó la lengua con fastidio. Tan fuerte lo hizo que casi terminó mordiéndosela. Una pareja salió riéndose del baño como si hubiera descubierto el mayor tesoro del mundo. ¿Qué mierda hacían ahí dentro? ¿Jugaban cartas o al maldito pachinko? Un viejo con alas pasó vendiendo cerveza caliente y pinchos de carne fría. Hijos de puta... era una locura. ¿Cómo podían vender semejante mierda?, era lo más oscuro y bajo del evento. La maldad de los vendedores inescrupulosos. Otro intentó colarse descaradamente tres personas por delante. La peliverde solo le dedicó una mirada. El tipo la sostuvo durante dos segundos antes de regresar, muy educadamente, al lugar del que había salido. Se lo estaba perdiendo todo por borracha, será que si avanza rápido la jodida fila podría al menos ver a quienes pelearan? Mierda. El cigarrillo se le perdió en la caída. Tenia que recuperarlo cuanto antes. ¿Dónde estaba? ¿Dónde el viejo burro y la Musa de Bronce o lo habrá perdido antes? Demonios… estaba aburrida, sola y comenzaba a enojarse.

Finalmente fue su turno, lo peor… se demoro tres segundos, orino, se lavo la cara, las manos, se seco las manos con una estúpida cosa que quiso abrir. Una vieja gorda con alas negras le dijo que de donde era que era un dial de viento. ¿Dial? Que carajos era eso… había visto a algunos con alas blancas con esas tonterías como magia que almacenaba cosas, bueno no directamente, pero había escuchado de esas cosas, seria como los que había en la playa? Hay que robarse uno. Se le ilumino la mente con el recuerdo de esas cosas tan raras. —Gracias por la información, vieja gorda sebosa metiche procurare preguntarle tonterías cuando la vea cerca.— Dijo sacudiéndose las manos ¿Almacenaban viento? Entonces también podrían almacenar humo... fuego... una explosión... un enano tontata que saliera a peinarle el bigote a los hombres y a trenzarle el pelo a las damas? Su mente ya estaba pensando en cómo demonios desmontar uno para descubrir cómo funcionaba.

He… la iguana mutante fue detenida por el toque del médico… ¿Dónde se habían metido? Pero parecía que cuando se giro la embriaguez le pego mucho más, mareada, se apoyó en él y le sonrió… —Ho… caramelo… que tal… jejej… que tal… que tal ¿Qué haces aquí? Es el baño de damas. No vas a entrar, aunque estes muy lindo sinvergüenza. No no no no no, donde te metiste tu y el atún…. … … estás loco? Tu cabello es hermoso tu piel de plata jamás se arruinaría y sabes… sabes que partiría esta isla en el cielo a la mitad si esos sucios marines te tocan un pelo.— Dijo con una sonrisa y con el rostro sonrojado por el alcohol —Es… espera… ese tonto no es… no no no…— Maki quería ir con el pero antes… nah… dejar mejor a Merlot con el Pelirrojo, se notaba un tonto buena gente… —Y bien Cherry a donde vamos?... a encontrarnos con el Chocoboy?... tengo ganas de felicitarlo… de decirle que me ha emocionado lo de que llevara mi cinta… la viste? La viste?— Menciono agarrándole los hombros y sacudiéndole.


Play Me!
[Imagen: Maki_NNM.gif]
[Imagen: mikiocheja.png]

El sonoro bramido arrebata hálitos, genera tensiones y despedaza la concentración de cada uno de los participantes, convirtiéndola en añicos que sobrevuelan el escenario hasta desaparecer por completo. La reacción es inmediata: cada arma, cada postura de batalla y cada intento por contener al otro se disuelven por completo. Las miradas de los luchadores se cruzan entre ellos antes de dirigirse hacia quien acaba de dar por culminado el combate.

¿Espectacular? La fémina no puede evitar fruncir el entrecejo ante el evidente desazón que acongoja a su pensamiento más lógico. La posición defensiva se rompe; inhala profundo, intentando no pensar en el inminente dolor que se propaga desde las heridas abiertas hasta la totalidad de su cuerpo. La adrenalina desciende a pasos agigantados, obligando a la amazona a recordar que continúa siendo una persona más, un ser de carne y hueso que puede ser cortado cual pieza en un mostrador. Los brillantes guantes iluminan sus facciones hasta que el dorso de sus manos choca entre sí, devolviendo la normalidad a su alrededor.

El show continúa.

La mirada chocolate enfrenta a su compañero, aquel que ha impedido que el azabache consiga hacer algo verdaderamente destacable en la batalla. ¿Ha sido suficiente? Los orbes descienden hasta la herida de su propia pierna, teñida de carmín, donde la sangre brilla hasta secarse una y otra vez. Cada segundo que transcurre, cada respiración, leve o profunda, y cada músculo destensado le recuerdan que la batalla ha culminado. El hombre enmascarado no deja de hablar hasta que el veredicto se expande sobre la arena, provocando reacciones de toda índole. Los gritos reverberan, la emoción colectiva encandila a los victoriosos y aplasta a los vencidos.

Han perdido.

”He perdido.”

Un largo y silencioso suspiro busca la forma de escapar, de liberarse del peso de sus propias expectativas. Lejos de bajar la cabeza, morderse los labios, apretar los puños, dejarse llevar por la cólera o exigir explicaciones, la fémina tan solo sonríe de medio lado.

—He perdido.

Lo repite en voz alta. No es un grito ni un llamado de atención; es una forma de escucharse a sí misma, de volverlo real. Las voces que resuenan alrededor de la arena, las de sus rivales e incluso la del propio presentador, le infunden menos confianza que sus propias palabras.

El estómago se siente vacío, los hombros parecen desear desplomarse y las piernas se tornan insensibles. Cada paso que la aleja de la arena parece irreal, como si fuera otra persona quien caminara por ella, como si estuviera viendo el mundo fuera de su propio cuerpo.

Ni toda su fuerza, ni todo su carisma, ni siquiera su confianza o su velocidad han sido suficientes contra quien se alza con la gloria. El fresco recuerdo de aquel fallo garrafal la obliga a pensar en el futuro, porque perder una batalla no significa haberlo perdido todo; al menos, no para ella. ¿Se ha equivocado? Lo enmendará con el siguiente golpe. ¿Han cortado su cuerpo? Se volverá lo bastante resistente como para no preocuparse por sangrar la próxima vez. ¿Ha perdido? Esta vez solo ha sido un juego. El mar es mucho más peligroso, y no piensa volver a perder.

Aún así, una parte de ella, esa que intenta ocultar con ahínco, que se retuerce en su estómago, se instaura en su pecho y busca quebrar su pensativa expresión para convertirla en una de agobio. Esta surge al pensar que su tripulación la ha visto perder, la ha visto sangrar a borbotones, la ha escuchado gritar y la ha visto fallar. El rostro se esconde tras sus cabellos, una sombra que oculta la fina línea que sus labios crean, los hombros tiemblan y no solo por el dolor provocado por la punzante herida. ¿Cómo confiar en la fuerza de aquella quien jura protegerlos y, a la primera oportunidad, fracasa?

La voz de aquel que es aclamado por todos resuena en la cercanía, obligándola a recomponer sus gestos, levantar el mentón, arquear una ceja y sonreír de medio lado, con esa seguridad por la que todos la conocen, al menos en apariencia.



—Bueno, cariño, espero que estés dispuesto a preparar tu mejor vino para nosotros.

Bromea entre negaciones de cabeza. ¿Golpes potentes? ”Mejoraré.” ¿Aterradora? ”Mejoraré”. El pecho late desbocado, la molestia asciende hasta su garganta, la respiración se acelera y, de repente, la luz vuelve a brillar.

OST

Esta vez no es su habilidad, no son sus guantes, ni siquiera es el sol…

Es él.

La sonrisa más honesta. La forma en que el movimiento de sus pasos obliga a sus alborotados cabellos a danzar al compás del viento. La dulce expresión que sumerge a la amazona en un mar de calma, tan profundo que toda molestia, incomodidad, dolor y sensación de pérdida se vuelven nulos. Un suspiro que la deja sin aliento. Un nuevo revoloteo en su estómago que ahuyenta el antiguo vacío. Unos brazos cálidos que la envuelven con tal ternura a que su cuerpo no encuentra más respuesta que rendirse por completo a él.

Cardan los acompaña, la frialdad de sus escamas envolviéndolos, mas ella se siente cálida contra el cuerpo del castaño, contra esa deslumbrante energía que todo lo llena.

“Fue una gran pelea.”

La comisura de los ojos de la morena escuecen; sus oscuros orbes parecen más claros, más brillantes. La sensación de su cercanía, de esos labios que le arrebatan hasta el último vestigio de desconsuelo, la envuelve por completo. Absurdas ideas se entremezclan en sus pensamientos más recónditos. Ni siquiera se percata de la sonrisa que adorna sus labios mientras corresponde a la ajena y lo escucha con tanta atención, preguntándose si esa es la recompensa por haber perdido. No, no por ello; jamás por ello.

Él la conoce mejor que nadie.

Él, quien siempre cree en ella; quien la provoca con bromas en las que termina cayendo, incluso cuando es capaz de ver a través de sus mentiras; quien le brinda abrigo, la ayuda a perseguir sus sueños y la levanta entre sus brazos para evitar que siga haciendo absurdos esfuerzos. Él, quien siempre intenta ayudarla, cuidarla y protegerla; no porque ella no pueda hacerlo, no por verla débil o magullada, por demostrar la valía de un capitán o por condescendencia, no… Él lo hace porque quiere hacerlo, por ella.



—Lo último que harías sería empeorarlo, cariño.

Ryota sería incapaz de empeorar algo en su vida; al contrario. No ofrece resistencia cuando él toma su morral, no busca hacer las cosas por sí misma, no intenta vendarse las heridas ni aparentar fortaleza. No. Se permite ser cuidada; simplemente no puede apartar la vista de él. Sus orbes, cargados de afecto, delinean hasta la más mínima expresión del castaño: la forma de sus labios, la intensidad de su mirada concentrada, la delicadeza con la que sus manos se mueven, procurando no apretar ni lastimar, y el leve fruncir de sus cejas ante los más pequeños detalles.

Cardan acaricia la mejilla de la amazona con tanta suavidad que incluso no parece ser una serpiente. ¿Cómo sentirse derrotada cuando la persona que más quiere se hace cargo de ella? ¿Cuando su compañero de toda la vida no logra separarse ni un centímetro de ella?



—Tantos cuidados me harán una persona consentida.

Emite en suaves sonrisas. El ruido de fondo, las preparaciones y presentaciones, el advenimiento de un nuevo combate… ¿Qué importa? Las voces de fondo son solo eso: voces de fondo. Sus sentidos buscan disfrutar del momento, de ellos.

Las heridas escondidas tras las vendas, la sangre deteniendo su fluir, el inexperto trabajo culmina en el favorable resultado. La cálida expresión se torna en una más divertida ante la cuestión del castaño. —Como si me hubieran aplastado cuatro Aloha Kai. —Bromea, la mirada brilla, la barbilla en alto, la risa aflorando. —Sabes que algo así no puede contra mi, cariño. —Una herida no, un combate no, pero quizá él sí. Lo entiende cuando la cálida mano acaricia su hombro sano, cuando las miradas se encuentran en una promesa que le sabe a recuerdos, añoranza y una noche que volvería a repetir mil veces en su vida.

¿Qué es el amor?

Siempre se ha preguntado a qué se debe ese terrible fenómeno. Desde niña, jamás ha logrado entender la devoción hacia tan infame concepto; la entrega, el todo y la nada, el vacío y la felicidad que este conlleva. Ha huido toda su vida de un término que le sabe a amargas memorias.

¿Qué es el amor?

Memorias que, con el pasar del tiempo, se han vuelto lejanas, irrelevantes, desde mucho antes de encontrarlos a ellos , quizá desde el día que encalló en las costas de una isla llamada Baterilla.

¿Qué es el amor?

Cuando un hombre encontró el cuerpo inconsciente de una amazona, afiebrada y, a pesar de mostrarse orgullosa y burlesca, no dudó en ayudarla, sin importar el terror que Cardan le provocó cuando saltó sobre él por primera vez.

¿Qué es el amor?

Aquel estruendoso recuerdo. Aquella primera, segunda, tercera aventura. La tripulación, la despedida, el reencuentro, partir a un mar diferente, la euforia, el presente.

¿Qué es el amor?

”Eres tú, Ryota”



—Es una apuesta, cariño.

Siempre ha creído que no necesita que los demás crean en ella para seguir adelante. Sin embargo, ese día, en medio de un combate que hace vibrar la arena, con miles de espectadores envueltos en el frenesí de la batalla, con sus amigos aguardando en las gradas y marines y piratas desatando el caos… se siente bien al saber que él sí cree en ella, que Ryota cree en Runin tanto como Runin cree en Ryota.

—¿Solo hoy, querido? No te confundas, siempre soy la reina, fufu. —Las soberbias palabras no concuerdan con las sonrosadas mejillas. Sin pensarlo sube sobre él, abrazándolo, no sin antes cargar consigo su morral. Cardan asciende junto a ellos, cuidadoso de no estorbar el paso al castaño, embelesado por la felicidad que su dueña no puede evitar mostrar. Incluso se adelanta un poco para abrir camino y que las personas no intervengan en su subida. Ante ello Runin no puede evitar reír suave en el oído de Ryota.



—Gracias, querido…

El próximo combate lo ganará. El próximo combate pondrá una sonrisa aún más grande en el rostro del castaño.

Lo abraza un poco más fuerte hasta que la llegada se hace inminente. Con antelación escucha el intento de socorro del trajeado azabache mas la fémina niega. Un vencedor no tiene nada que decirle a un perdedor y viceversa. Tiene a los suyos para eso. Es por ello que desciende de la espalda de su capitán para dar la cara. ¿Están ebrios? No han perdido el tiempo. Las nuevas amistades parecen evidentes, nada que un poco de alcohol no sirva. Cardan se alza apuntando un par de lugares para el capitán de los Hanu Mahana y su carpintera. Ella mira de reojo al castaño haciéndole una seña con la mano.

—Hoy soy la reina, siéntate conmigo, cariño, o dame un poco del vino que seguro has bebido. —Toca la nariz del Ryota con cierto cariño poco medido.—Qué feo eso de beber sin mi. —Es cuando se percata de lo evidente ¿A dónde ha ido Tezca? Parece que se ha llevado a su novio consigo, luego tendrá que molestarlo al respecto.

—¡Bary! ¿Al fin lanzaste un grito por mí o sigues siendo demasiado edgy para levantar la voz? —Bromea reencontrándose con el sub-capitán. Por encima saluda al mejor Tezca, incluso Tocho Morocho molesta a los presentes queriendo acercarse hacia Runin para acariciarle el rostro.

—Fufufu, estoy bien, Tocho, nuestro capitán cuidó de mí. No olvides que soy muy fuerte, esto no es nada. —Acaricia la frente del equino con la propia antes de sentarse. Estar cerca de la persona que ha ganado el enfrentamiento y de su tripulación, lejos de parecer incómodo, le es irrelevante. —¿A dónde fue Tezca? ¿A hacer cosas divertidas?... —Cuestiona, acercándose un poco a Ryota. —Hubiéramos ido también, querido. —Eso último lo dice en un susurro tan divertido como coqueto, al final del día sigue siendo Runin Kitay y él Ryota Miyamoto.

El único nombre que aparece en su mente cuando se pregunta

¿Qué es el amor?


BOLSA DE ESTRELLITAS
[Imagen: MQT49Lq.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4720 - 2978 = 1742
Energia: 3451 - 1252 = 2199
Espiritu: 1174 + 0 = 1174
El rugido del Dirigente atravesó la arena como un trueno.
Durante un instante, Ubbe ni siquiera reaccionó. Sus enormes manos continuaban hundiéndose una y otra vez en aquella masa de barro, tratando de impedir que escapara entre sus dedos, y solo cuando las palabras volvieron a repetirse y el silencio comenzó a imponerse sobre el estruendo del combate, el gigantesco buccaneer detuvo por fin sus movimientos. La respiración era pesada, su pecho subía y bajaba con fuerza mientras el barro terminaba de deslizarse entre sus manos hasta recuperar lentamente una forma humana. Poco a poco, la pesada coraza prehistórica comenzó a desaparecer también. Las placas óseas se replegaron, la enorme cola blindada se deshizo tras él y su cuerpo volvió a recuperar aquella apariencia que ya todos conocían, aunque las heridas y el cansancio seguían marcando cada centímetro de su piel.

Había terminado, y había perdido.

No dijo nada cuando el Dirigente anunció la victoria de Onizuka Jin y Rackham Uker. Bajó la cabeza apenas un instante, respirando hondo antes de dejar escapar el aire lentamente. No había rabia. No había reproches. Solo esa desagradable sensación que dejaba saber que, por mucho que uno lo hubiera dado todo... a veces no era suficiente. Sus gafas volvieron a elevarse hacia delante justo cuando Jin comenzó a acercarse, el yakuza le tendía la mano. Ubbe permaneció inmóvil un par de segundos, observándolo en silencio. Después, una pequeña sonrisa terminó por dibujarse en su rostro. Aquella mano era ridículamente pequeña comparada con la suya, pero aun así la estrechó con firmeza, sujetándola con el mismo respeto con el que había combatido.
- Heh... ha sido fuking crazy... -rió entre dientes, todavía algo jadeante- Good fight.
Escuchó las palabras del espadachín sin apartar la vista de él. Asintió una sola vez.
- Eso… Next time... no interruptions - 
Cuando Jin le entregó su contacto, el gigantesco buccaneer arqueó una ceja con cierta sorpresa. Lo sostuvo entre los dedos con una delicadeza impropia de alguien de su tamaño, observándolo apenas un instante antes de guardarlo cuidadosamente.
- Suena bien, mud king, nos volveremos a encontrar.-
Le dio una última palmada amistosa en el hombro, lo suficientemente suave como para no lanzarlo varios metros, antes de verlo alejarse en dirección a las gradas, y solo entonces giró la cabeza hacia Runin. La amazona también había dado absolutamente todo sobre aquella arena, había sangrado, había caído y había seguido peleando hasta el último instante. No habían conseguido llevar a sus equipos hasta la final... pero eso no cambiaba el combate que acababan de librar. Ubbe caminó hasta situarse frente a ella y apoyó con cuidado una enorme mano sobre su hombro.
- Has peleado bien, Watermelon Girl... -dijo con una sonrisa cansada, pero sincera- ¡lo hemos dado todo!
No hacía falta añadir nada más, los dos sabían exactamente lo que significaban aquellas palabras.

Cada paso hacia las gradas pesaba más que el anterior, no por el dolor, estaba acostumbrado a eso, lo que realmente le pesaba era otra cosa. Durante toda su vida había aprendido a resolver los problemas de la misma forma: Si una roca bloqueaba el camino... la rompía, si un enemigo se interponía... lo derribaba, si alguien era más fuerte... entrenaba hasta poder golpear más fuerte que él. Era sencillo. O al menos... siempre lo había sido. Pero aquella pelea había sido distinta, Ubbe bajó lentamente la vista hacia sus enormes manos. Todavía podía sentir el barro adherido entre sus dedos, y apretó el puño. Recordaba perfectamente la sensación, había llegado a atraparlo, lo había sujetado una y otra vez, había notado cómo aquel cuerpo simplemente dejaba de ser un cuerpo para convertirse en algo completamente distinto. No importaba cuánta fuerza utilizara, no importaba cuántas veces intentara impedir que escapara, aquello... simplemente no funcionaba como nada de lo que hubiera visto antes. El mar era mucho más grande de lo que había imaginado, había personas capaces de convertirse en barro, en distintos animales, y gente con poderes que ni siquiera podía llegar a imaginar, poderes que rompían por completo todo aquello que él entendía como un combate y, sin embargo... Una sonrisa cansada apareció en su rostro, porque aquello no le daba miedo, le fascinaba.
Porque si existían enemigos capaces de hacer cosas así... también debía existir una forma de derrotarlos, todavía no la conocía. Pero la encontraría, no importaba cuánto tiempo necesitara, no importaba cuántas derrotas hubiera por el camino.
Se haría más fuerte. No solo para golpear más fuerte. No solo para resistir más.
Si no porque si algún día quería navegar junto a los Ragnarok hasta el final del mundo... No bastaría con ser un buen luchador.
Tendría que convertirse en un monstruo capaz de enfrentarse a cualquier cosa que el océano decidiera poner delante de él. "whatever it takes"

Un grito rompió de golpe el hilo de sus pensamientos y Ubbe alzó la cabeza casi por instinto, todavía con la mente perdida entre todo lo que acababa de vivir. Durante un segundo necesitó incluso reconocer de dónde venía aquella voz, hasta que encontró a Enji apoyado sobre la barandilla de las gradas, el marine guapetón de su equipo.
Las siguientes palabras consiguieron exactamente lo que ningún pensamiento había logrado.
"-¡Te comiste una mierda!"
El gigantesco buccaneer permaneció inmóvil apenas un instante... y terminó soltando una carcajada grave, sincera, de esas que hacían vibrar el pecho entero incluso aunque cada músculo protestara por el esfuerzo del combate.
- GAHAHAHAAHAH - Negó despacio con la cabeza mientras seguía caminando hacia él.
- Sorry, baby... -respondió entre risas, rascándose la nuca con cierta vergüenza- Queria ganar... 
Escuchó entonces toda aquella absurda historia sobre las tetas de Runin, las almohadas y dejarse caer encima de ella. La sonrisa volvió a dibujarse bajo su barba mientras levantaba ambas manos en señal de rendición. Si que era cierto que la muchacha tenia unos pechos interesantes, pero Ubbe estuvo demasiado enfrascado en la pelea.  
- Heh... ¡La próxima vez lo intentaré, baby!
La respuesta arrancó otra pequeña risa del propio Ubbe, y durante unos segundos, el peso de la derrota pareció desaparecer por completo. Enji parecia tener un extraño talento para convertir incluso el peor momento en algo de lo que uno pudiera reírse. Cuando el marine comenzó a alejarse despidiéndose con la mano, Ubbe levantó el enorme brazo por encima de su cabeza para devolverle el gesto.
- See you on the Blue Sea, baby!
La sonrisa permaneció unos instantes más sobre su rostro... hasta que volvió a girarse hacia donde lo esperaban Sigurd, Dharma y Odiseo. La risa se fue apagando poco a poco, sustituida nuevamente por aquella mezcla de cansancio y reflexión que el combate había dejado grabada en su interior.

Las últimas escaleras quedaron atrás y, por fin, el gigantesco buccaneer volvió a reunirse con los suyos.
Su mirada recorrió uno a uno los rostros de Odiseo, Dharma... y finalmente se detuvo en Sigurd.
Una sonrisa cansada apareció bajo su barba.
-Heh... parece que ya os habéis conocido, baby
Había algo reconfortante en aquella imagen, durante unos segundos, incluso olvidó el dolor que recorría su cuerpo. Veía algo familiar en la imagen de ellos 4 juntos, aunque Dharma era más pequeño, estaba a la par de Odiseo, asi que quedaba una imagen graciosa. Pero aquella sonrisa fue apagándose poco a poco.
Ubbe bajó ligeramente la cabeza, no era un gesto habitual en él.
- ...Sorry, Captain. Queria encontranos en la final, y no he podido hacerlo. 
Permaneció unos segundos en silencio antes de volver a levantar la vista hacia Sigurd.
Esta vez sonreía otra vez, porque al menos su capitán sí que lo había logrado. - Lleva nuestra bandera a la final. 
La enorme sonrisa terminó por desviar su mirada hacia Dharma, rascándose la nuca con cierta vergüenza.
- Sorry, Karma... Quería llevar a nuestro equipo hasta la final para que pudieras demostrar de lo que eres capaz... pero no estuve a la altura, baby, ¡fucking barro!

Mientras un nuevo interlocutor continuaba presentando la gran final y las voces del estadio volvían a inundar la arena, Ubbe apenas prestaba atención. Escuchaba de fondo los nombres, los aplausos y los discursos, pero su cabeza seguía demasiado ocupada repasando todo lo ocurrido durante el combate.
Fue entonces cuando una voz a su lado consiguió sacarlo una vez más de sus pensamientos.
- ¿Y esa cinta, general? - Era la voz de Odiseo
Ubbe parpadeó un par de veces antes de bajar la mirada hasta el trozo de tela que seguía anudado alrededor de su enorme brazo. Una sonrisa mucho más cálida apareció de inmediato.
- Oh... this? -la sostuvo con cuidado entre los dedos, como si tuviera mucho más valor del que cualquiera pudiera imaginar- Me la regaló una chica que conocí aquí arriba - Soltó una pequeña risa entre dientes - Es muy cool, baby.
Durante unos segundos contempló la cinta en silencio. Aquella pequeña promesa había permanecido con él durante todo el combate. Había recibido golpes, había rodado por toda la arena, se había cubierto de barro... y aun así seguía ahí.
Levantó entonces la cabeza y comenzó a recorrer las gradas con la mirada.
Había cientos de personas, rostros de todas las edades, piratas, marines, habitantes del cielo y durante unos instantes pensó que quizá ya se habría marchado... hasta que, de pronto, la encontró. Los ojos de Ubbe se iluminaron al instante, quizá mas de lo que deberían. 
Sin hacer demasiado ruido, levantó una mano para llamar la atención de uno de los camareros que recorrían las gradas sirviendo comida y bebida durante los juegos.
Cuando el hombre llegó hasta él, Ubbe señaló discretamente en dirección a la muchacha.
-¿Ves a la bald girl? -preguntó con una sonrisa enorme- Ponle una cerveza de mi parte, baby.
Hurgó entre sus pertenencias hasta sacar los berries necesarios y los dejó en la mano del camarero.
-Y dile... que su cinta me ha ayudado a aguantar. 
Solo entonces volvió a levantar la mirada hacia la joven, y simplemente le dedicó una enorme sonrisa desde la distancia esperando que, cuando aquella cerveza llegara hasta ella, entendiera perfectamente quién se la había enviado.

HEY BABY
[Imagen: ksMOGZu.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 7304 - 2158 = 5146
Energia: 5212 + 0 = 5212
Espiritu: 1159 + 0 = 1159


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