Sombras doradas entre los árboles - [Priv Kibai / Pasado]
#11
Mi curiosidad solía llevarme más lejos de lo que debería ser prudente, pero lo cierto era que prefería ser directa con mis preguntas para así terminar con mi curiosidad, sinceramente era casi imposible contenerme y aunque en ocasiones podía resultar ser incomoda o molesta, son detalles que no podía controlar por voluntad propia. Es mejor ser transparente y preguntar, que quedarse con la duda para siempre. Kibai respondió a cada una de mis locuras con una paciencia que sin duda era de aplaudirle, se tomó la molestia de explicarme la forma en como él reconocía y memorizaba los olores, no depende de un único factor, podía ser varios, una combinación de vicios, alimentos o perfumes, técnicamente nuestra esencia, nuestra personalidad y nuestra forma de vida, era lo que marcaba nuestro verdadero olor.

Alzando mi antebrazo derecho para comenzar a oler mi piel, no podía percibir un aroma en concreto, pero cuando menciono la sangre sentí como pequeños escalofríos subían desde mi rodilla hasta la cabeza, una reacción que logró ponerme la piel de gallina. Girando el rostro para mirarle en aquel preciso instante, trague grueso tras seguir escuchando sus palabras a pesar del temor que se generó en ese momento. Dejando que los segundos pasaran, continúe escuchando mientras poco a poco me relajaba, ciertamente Kibai tenía un talento para hacer latir mi corazón y no precisamente por amor, si no lo contrario, por miedo.
 
Mencionando sobre sus expectativas y sus deseos de ser el mejor chef de su futura división, sonreí ampliamente mientras borraba todo sentimiento de miedo para motivar con cortas palabras las ambiciones de aquel Mink –Lo serás…porque esto…está exquisito, y esa es la mayor prueba– al pedir un poco más de ese delicioso platillo, ciertamente mi curiosidad me llevó a preguntar por el tipo de animal que había cazado hace unas horas, ese animal que preparo con total devoción, usando lo que estuviera a su alcance para darle el mejor sazón posible, y vaya que lo logró esta noche.

Cuando Kibai confesó el animal que tenía entre mis dientes, rápidamente gire mi rostro para contemplar la carne, escuchando sobre la abundancia de este animal en el bosque, sobre lo bien gordito que estaba y sobre los consejos para intentar preparar comidas como estas, todas esas palabras se quedaron en un vacío que me sacudió por dentro haciendo que temblara de pronto pues a mi mente solo venia recuerdos de cierto compañero que tenía como mascota, una vieja coneja que libere hace años atrás –¿Molly?-- susurre tras comenzar a sentir como lágrimas descendía sobre mis mejillas, comenzando a sentir culpa por haberla dejado en el bosque, ¿será la misma?, mientras pensaba en ello las lagrimas comenzaron a correr mas y mas.

Reacción


Quizas no era esa coneja, quizas lo que estaba comiendo era otro conejo, pero, ¿que tal si era alguna cria de molly?, mientras pensaba en ello volví a hincarle el diente a un pedazo de carne mientras masticaba, saboreaba y disfrutaba –Esta rico…– confesé tras continuar disfrutando en medio de esta culpa, amaba los conejos, eran mi animal favorito pero ahora que lo estaba probando por primera vez, senti que habia roto un voto importante, por eso mis lagrimas brotaban sin parar a pesar de continuar disfrutando de su buen sabor.

Cuando Kibai expuso la idea de cazar más conejos sentí una punzada en mi corazón ante la idea, una sensación que me obligó a levantar la cabeza y sin más comencé a llorar más a mares –¡Por favor no!-- exclamé tras imaginar que otro conejo era cazado, pero tras meditarlo un poco, era parte de la vida, por lo tanto tuve que sacudir la cabeza para alejar esos pensamientos, esos pesares, esa tristeza –Perdona…– murmuró tras comenzar a limpiar mis mejillas con el antebrazo derecho, limpiando todo rastro de lágrimas –Los conejos son mis animales favoritos…y…tenía una coneja llamada Molly, la libere hace años….solo espero que lo que estoy comiendo…no sea ella– menciona tras ver lo que quedaba de aquella porción de carne, por otra parte, no le podía impedir a Kibai cazar por el bien de su gente, por lo que suspire para volver aceptar esa realidad —Estoy segura…que a tu capitán le gustara probar este platillo…– terminando lo que quedaba entre mis dedos, con pequeños sollozos limpiaba mi boca, relamiendo suavemente mis labios, era evidente que me encanto el platillo, tambien era evidente que todo lo que cocinara Kibai me encantaria absolutamente.

Por cierto, ¿Sabes cocinar bollos al vapor? – queriendo cambiar un poco el panorama, en esa noche estrellada, silenciosa y sobre todo acogedora, el tiempo transcurria de manera lenta, ahora tenia curiosidad de saber mas de las habilidades de aquel Mink –y…¿Sabes cocinar el famoso…pastel de fresas con cremas?-- la tristeza se volvio ambicion, la culpa en curiosidad, y el hambre….pues…es mas antojo, queria mas y mas, eso era evidente.
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#12
Mientras Kibai continuaba dando cuenta alegremente de su propio pincho de carne a la brasa mientras Kagura alababa sus capacidades como cocinero. Lo cierto era que, para carecer de algunas especies esenciales, aquel conejo había resultado ser sorprendentemente sabroso, y su carne combinaba perfectamente con las hierbas aromáticas y las frutas y bayas que el mink había recolectado en su camino de vuelta hacia el claro. La joven no tardó en terminar el costillar del animal, y solicitó apresuradamente un nuevo pedazo de carne.

No obstante, al poco rato, Kibai captó un extraño aroma en el aire, un olor húmedo y salino, apenas superpuesto sobre el humo y la carne. Girándose hacia Kagura, el mink abrió los ojos con asombro al ver las lágrimas corriendo por las mejillas de la joven pelirroja. Sus ojos tenían un brillos extraño, con la mirada puesta en el infinito, y su mente parecía estar muy lejos de allí. Tras dar otro bocado y tragar, Kagura bajó la mirada con una expresión a medias entre la tristeza, la culpa y el goce.

— Esta rico...

El mink alzó una ceja con incredullidad. Si, sin duda aquel conejo había resultado muy sabroso, pero tampoco tanto como para considerarlo un manjar digno de derramar lágrimas por él. Además, la expresión en el rostro de Kagura no se correspondía para nada con lo que debería ser un momento de disfrute culinario.

Sin embargo, cuando le sugirió cazar algunos conejos más para ella, la reacción de la joven no se hizo esperar, pidiéndole al mink que no lo hiciese, rompiendo a llorar con mas intensidad aún si cabía. Al parecer, había tenido una mascota hacía años, un conejo hembra llamado Molly, y el enterarse de que estaba comiendo a uno de aquellos animales le había despertado en su interior recuerdos bastante dolorosos.

Resistiendo el impulso de decirle a Kagura que su coneja seguramente habría muerto hacía mucho tiempo a manso de cualquier depredador,, Kibai optó por emplear algo más de mano izquierda. Conbr delicadeza, apartó la losa de piedra en la que hbaía dejado el costillar del animal y se sentó al lado de la joven, pasando con suavidad el brazo por encima de sus hombros, atrayéndola levemente contra él mientras le acariciaba el brazo en un gesto consolador.

— Lo siento, no lo sabía. Si me lo hubieses contado habría buscado a una presa distinta. Yo mismo he tardado en acostumbrarse a comer animales con pelaje, sabes? En mi hogar es casi tabú comer a otros animales, siempre que no sean insectos, o aves. Cuando me rescataron, casi le arranco la yugular al cocinero cuando le vi preparar la comida. Pero poco a poco fui entendiendo que existe un orden natural en la vida, y que lo verdaderamente importa es no acabar con vidas de manera indiscriminada y respetar siempre a las presas. Este animal no ha sufrido, eso te lo puedo garantizar, ni siquiera se ha enterado, y hemos aprovechado todo de él, de modo que nada de su muerte ha sido en vano.

En un espontáneo gesto de cariño, Kibai frotó su mejilla contra la parte superior de la cabeza de Kagura. Ahora que había visto la reacción de la joven, se arrepentía de haber jugado un poco con las emociones de aquella humana provocándole los sustos con sus respuestas.

— Claro que sé cocinar bollos al vapor. En otra ocasión en la que nos encontremos, te los prepararé encantado. — le dijo a Kagura apoyando el mentón encima de su cabeza y dejando que se apoyase contra su pecho. —  Y no te preocupes, soy un repostero excelente, de modo que te cocinaré un pastel de fresas y crema, y nos lo comeremos tranquilamente en un lugar bonito, te parece bien?

Al ver como los ojos de la joven pelirroja se dirigian de nuevo a los trozos restantes del conejo a la brasa, Kibai trago saliva antes de tratar de ordenar bien sus pensamientos antes de expresarlos.

— Oye... quieres otro trozo? Si no te apetece algo más lo entiendo, no te preocupes. Pero creo que podría ser una buena manera de que te acostumbrases a comerlo, quizás en algún momento no haya ningún otro tipo de alimento a mano, y seremos Marines, tendremos que dar ejemplo, supongo.

El brazo de Kibai no había abandonado en ningún momento las caricias consoladoras que continuaba haciendo a Kagura, con intención de al menos levantar un poco el ánimo de la joven pelirroja, mientras que se felicitaba internamente por haber despellejado y eviscerado a su presa en medio del bosque, pues no creía que la pobre Kagura hubiese resistido bien haber visto aquella escena en vivo y en directo.

— Si te parece bien, cuando acabemos, iremos a la ciudad, seguro que encontramos algo abierto en el que podamos comprar algo dulce. O si no, entramos en algun sitio cerrado y te cocino un pastel, de acuerdo?

Sabía que aquello no era precisamente algo muy adecuado para nos aspirantes a marine, pero la situación lo requería, ya que las lágrimas de una joven no debían permitirse que cayesen en vano.
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#13
Cuando Kibai se instaló con suavidad a mi lado, debía de confesar que el gesto me dejó algo confundida pues su cercanía era algo inesperada,  y por un instante me pregunté, ¿cuáles serían sus verdaderas intenciones? ¿Con qué propósito se sentaba a mi lado? ¿Sería su próximo bocadillo?, pero mis emociones eran más que evidentes ya estas alturas me resultaba imposible ocultarlas detrás de una sonrisa fingida o una actitud despreocupada, no podía ser tan radical…o ¿si?,  mientras tenía eso en mente seguía masticando aquel delicioso manjar…aun así, no podía dejar de sentir culpabilidad al pensar que podría estar cenando a mi mascota.

Al sentir la delicadeza de su mano al posarse sobre mi hombro, un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo al momento que me atrajo hacia él, no pude evitar abrir los ojos con sorpresa reaccionando casi por instinto al apoyar mi mano derecha sobre el firme pectoral de aquel felino, quien con un gesto totalmente cariñoso me hacía entender que todo estaba bien, con la cabeza reposando contra su otro pectoral, una extraña sensación despertó recuerdos que creía olvidados, pequeños fragmentos dispersos de un pasado lejano que comenzaron a tomar lugar en mi mente, recuerdos antiguos quizás de hace dos o tres años, si…la memoria de cierto hombre de chocolate cuyo encanto recaía en semejantes bombones de carne, el inicio que marcó este extraño fetiche en mi.

Mientras disfrutaba de esta sensación reconfortante, escuchaba atentamente las palabras de Kibai quien con pequeñas caricias y mimos, me hacía olvidar el mal rato. Quizás estaba siendo un poco exagerada con mis reacciones aun asi no podia evitar expresarme de una forma tan honesta, pero las palabras de Kibai lograron tranquilizarme por lo que me quede contra sus pectorales un poco más dejando que mi mano aprovechara la situación, no dude en apretarle el mismo pectoral para volver a confirmar la dureza del mismo, al alejarme un poco…ambas manos se posaron sobre el pecho felpudo, se sentía como una alfombra cuya superficie era suave ante el tacto. 

Realmente son firmes…– elogie mientras sonreía ampliamente, relajando mis sentidos tras escuchar el coro de los ángeles, sin duda era una sensación que me encantaba disfrutar, no todos los dias se podria apreciar semejantes tetorras – Gato teton– confese abiertamente sin sentir pudor alguno, simplemente deje escapar una risa leve que se mezclaba con el entorno cómico, A veces mi mente funcionaba de esa manera, soltando el primer pensamiento que se cruzaba por ella sin filtros ni ceremonias.

Al darme cuenta sobre mis acciones casi involuntarias, no dude en apartar mis manos de manera enérgica mientras trataba de justificarme, debía disculparme, debía asumir mis consecuencias ante actos tan poco sublimes…pero sin querer…sin pensarlo…simplemente porque la autora de este guión quiso, levante mi dedo pulgar en indicio de aprobación mientras un brillo se notaba en mis pupilas – Es ahi donde quiero morir…– sacudiendo la cabeza ligeramente —No, no….pensaras que soy una atrevida….pero ¡Todo tiene justificación! – decia tras levantarme de manera euforica, apretando el puño para luego ver hacia el cielo nocturno.

¡Amo a los tetorros! — fin de la justificación.

Tratando de reanudar el ambiente gentil entre ambos, comence a reir de manera nerviosa recordando que Kibai confesó que era un experto en realizar todo tipo de platillos, tenía curiosidad de probar sus bollos al vapor…el pastel de fresas, y ante su invitación a visitar alguna tienda, simplemente reí levemente mientras llevaba una mano hacia detrás de mi nuca, casi relajando los hombros, realmente no tenía ganas de comer algo más…me sentía un poco culpable –Quizás en otro momento…me siento satisfecha…— posando mi mano a mi cintura, observaría a Kibai desde mi posición, sonriendo levemente observaría sus facciones detalladamente, como queriendo memorizarlo para toda la vida.

Realmente estoy agradecida con el destino... por haberte traído hasta mí– dejándome llevar por el momento, me incliné ligeramente hacia adelante hasta acortar la distancia que nos separaba y con una sonrisa traviesa dibujándose en mis labios, deposité un suave roce sobre la punta de su nariz –¡No cuenta como beso!-- declaré con fingida seriedad antes de volver a acomodarme a su lado para despues alzar la mirada hacia el inmenso cielo nocturno, contemplando el brillo de las estrellas que adornaban la oscuridad, disfrutando de aquella tranquilidad compartida, hasta que finalmente sonreí con suavidad y giré apenas el rostro hacia él. —Esta noche me la he pasado muy bien... ¿y tú? -- Quizas era momento de regresar a casa.
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#14
Kibai permaneció sentado al lado de Kagura, mientras notaba como su pulso se iba tranquilizando poco a poco. Le resultaba muy curioso como a los humanos aquel simple gesto parecía ser capaz de relajarles. El claro a su alrededor también aprecía haberse enmudecido de repente, pues tan solo se escuchaba el crepitar de la hoguera en la que el mink había cocinado la carne, la cual ya estaba empezando a morir, quedando reducida a un lecho de brasas candentes. La luz había disminuido mucho, aunque para el mink aquello no era ningún problema, pues sus ojos se iban adaptando progresivamente a la oscuridad en al que empezaba a sumirse el lugar.

Arqueando una ceja, Kibai se sorprendió al notar como la joven le apretaba la mano en torno al músculo del pectoral izquierdo, y su pecho, que estaba pegado tambien al suyo, comenzó a transmitirle el ritmo de su corazón, acelerado como si fuese un tambor indicando el inicio del paso ligero. Algo sorprendido, el mink bajó la mirada hacia Kagura, la cual había adoptado una expresión extraña, a medias entre la ensoñación y la fascinación.  La joven había separado la cabeza de su pecho, y había colocado ambas palmas sobre el pecho del mink y musitaba palabras para si, algo acerca de la firmeza de los músculos de Kibai. Su ceja se alzó aún más cuando volvió a llamarle gato, lo cual le tentó a darle un buen coscorrón a aquella humana de las narices, aunque por otro lado, había algo extraño en ella, algo que a Kibai no le disgustaba del todo.

Kagura pareció darse cuenta también de lo extraña que estaba siendo su actitud para con él, pues de repente se puso en pie, gritando al cielo como justificación acerca de su comportamiento. Una justificación, por cierto, tan absurda que el mink ni siquiera trató de entenderla, y por su propio bienestar mental decidió simplemente achacarlo a algún tipo de personalidad especialmente excéntrica. Tras soltar el grito, Kagura se le quedó mirando fijamente, y en un rápido movimiento, l ajoven inclinó su rostro sobre el suyo para besarle la nariz.

— Pero qué demonios... — pensó el mink mientras sus pupilas se contraían aún mas hasta formas dos rendijas negras en los iris esmeralda. Kagura ya se había vuelto a sentar a su lado, como quien no quiere la cosa, y balanceaba los pies suavemente mientras miraba el cielo nocturno.

— Esta noche me la he pasado muy bien... ¿y tú?

Kibai soltó una suave risita, a la vez que volvía a pasar su brazo por encima de los hombros de la joven.

— Tengo que admitir que no era precisamente la noche que esperaba tener cuando conseguí que el capitán Seijuru me dise permiso para abandonar el Swift, pero lo cierto es que ha acabando siendo una velada más que memorable, eso seguro...

El mink inclinó un poco la cabeza hacia el rostro de Kagura, frotando suavemente su frente contra el lateral de la cara de la joven, disfrutando de la agradable sensación al rascar su pelaje contra la piel de la humana.

— Pero eso si, no me vuelvas a llamar gato. — añadió dándole un pequeño coletazo en la espalda, no para hacerle daño, sino como el que usaría para corregir a un joven mink que se había comportado mal. — Ni que un gato estuviese siqueira cerca de estar a mi altura...

Kibai se permitió el continuar en aquella posición con Kagura un rato más. Lo cierto era que el olor de la joven no era para nada desagradable, mucho más facil de tolerar que el de la mayoría de los marineros del Swift, aunque solo fuese en parte por ser una mujer, quería sospechar el mink.

En cierto momento, echó la mirada hacia el cielo nocturno, comprobando cuanto podía faltar hasta el amanecer. No quería convertirse de nuevo en el blanco de tiro del oficial de cubierta, ni tampoco que a la joven la regañasen por habere desaparecido mucho tiempo.

— Kagura, creeme que me lo he pasado muy bien hoy, pero no desearía que de repente saliesen del pueblo con antorchas y horcas a rescatarte por llevar tantas horas aquí. Te parece bien que te acompañe de vuelta a tu casa? Aún está bastante oscuro, no quiero que te pierdas en el camino de regreso.

El mink se puso en pie, alargando una mano hacia la joven con una agradable sonrisa dibujada en el rostro.

— Además, admito que la idea de escoltar a una dama de vuelta a su casa es algo con lo que perfectamente puedo comulgar, si es que la susodicha dama acepta mi petición claro está.
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#15
Sus muestras de cariño eran pequeñas pero delicadas, brotando en mi sentimientos que eran semejantes a las luciérnagas que se esparcen entre la hierba cuando la noche cae sobre el campo, iluminando la oscuridad con destellos suaves pero imposibles de ignorar, el sentimiento que tenía hacia Kibai era similar, emociones que crecían silenciosamente en lo más profundo de mi corazón a pesar de haber conocido a Kibai apenas unas horas atrás. Quizás era su forma de hablar, la tranquilidad que transmitía o la calidez que parecía acompañarlo a donde fuera, pero algo en él había conseguido abrirse paso dentro de mí. Por eso, cuando sentí sus manos posarse sobre mis hombros, mi cuerpo se relajó de forma instintiva, acogiendo aquel contacto con una naturalidad que me sorprendió un poco. Ciertamente una leve sonrisa se dibujó en mis labios mientras disfrutaba de aquella cercanía y cuando su frente rozó suavemente mi rostro, una pequeña risa escapó de mis labios cautivando ese momento, me sentía tan ligera como el viento nocturno,el agradable aroma que lo envolvía, el calor que desprendía su cuerpo y la seguridad que transmitía con un gesto tan simple, Era una sensación extraña, dulce y reconfortante, una que me hacía sentir tranquila y feliz sin necesidad de palabras.

Ante sus palabras y esa sincera confesión, me sentí completamente correspondida y feliz, pues era extraño que una amistad pudiera nacer y crecer con tanta rapidez, ¿Acaso era porque Kibai mostró su gentileza? o ¿Era porque alguien habia escuchado por completa mi historia? o…¿Simplemente era un cariño genuino que no necesitaba explicación?, no lo tenia claro pero… estar junto a Kibai me era totalmente natural, especial y reconfortante. Cuando estaba a punto de responder a sus palabras un repentino ¿latigazo? impactó contra mi espalda, ¿Acaso era su forma de regañarme?, ese golpe hizo que mis músculos se tensaran de inmediato y un pequeño sobresalto sacudio mi cuerpo. De manera instintiva lleve mi mano izquierda a la mano de Kibai, la cual se aferró con más fuerza a la mano felpuda del mink, cuando desvie el rostro para mirarle de reojo escuché su voz; era severa, firme, pero extrañamente tranquila, mientras me advertía que no volviera a llamarlo gato ni a compararlo con uno. Quizás aquellas palabras me habrían provocado auténtico pavor unos momentos antes…sin duda habría salido corriendo de ese lugar sin mirar atrás. Pero algo había cambiado, pues en lugar de sentir miedo o de preocuparme por aquella advertencia, una risa escapó de mis labios de forma repentina y casi explosiva. incapaz de contenerme, las lágrimas comenzaban a acumularse en las comisuras de mis ojos, pequeñas perlas que resplandecian por el brillo de la fogata, no había burla en aquella risa, sino una extraña mezcla de alivio, confianza y felicidad. Y durante todo ese tiempo me negué a soltar su mano, mis dedos permanecieron entre los suyos, aferrándose con suavidad pero con decisión, porque, por alguna razón que ni yo misma terminaba de comprender, no quería apartarme de él ni un solo instante.

Jajajaja...

Pero la noche no era eterna, tampoco este lugar y este momento, todo encuentro por muy especial que fuera, estaba destinado a llegar a su fin tarde o temprano, esa era una realidad que comenzó a hacerse evidente cuando Kibai se puso de pie y me ofreció su mano como todo un caballero, su gesto aunque era simple, era tierno…tanto que hizo que mi corazón se encogiera ligeramente. Parecía dispuesto a escoltarme de regreso y en su rostro permanecía aquella sonrisa que hablaba de una despedida que ninguno de los dos deseaba apresurar. Durante unos segundos me quedé observándolo, como si quisiera grabar aquella imagen en mi memoria antes de que la distancia volviera a separarnos, entonces extendí mi mano hacia la suya, aceptando la invitación sin dudarlo. Recogí mi sombrilla y me aferre a su brazo —Me encantaría —mencioné con sinceridad, permitiéndome disfrutar de aquellos últimos momentos a su lado antes de que la noche reclamara finalmente su despedida.


Al recorrer nuevamente el mismo sendero que nos había llevado hasta aquel lugar, continué conversando con Kibai, dejando que nuestras palabras se mezclaran con risas, bromas y pequeños juegos de palabras que hacían que el trayecto pareciera mucho más corto, las sombras de los árboles, que desde un principio me parecían misteriosas, ya no resultaban tan oscuras a mi alrededor; incluso la soledad del camino había perdido aquella sensación inquietante que antes me acompañaba, no tenia miedo pero era un sentimiento desagradable que a veces ignoraba, el susurro del viento entre las ramas, los sonidos de los animales ocultos entre la vegetación, todo parecía diferente ahora. No era que el bosque hubiese cambiado, sino que algo dentro de mí lo había hecho. Con cada árbol que dejábamos atrás, tenía la impresión de que pequeñas luces comenzaban a resplandecer a nuestro alrededor, como si aquellas mismas luciérnagas que había imaginado antes, sombras doradas que volaban entre las copas de los arboles. Entonces comprendí que aquello que había comenzado a crecer en mi interior se parecía demasiado al amor, aunque todavía no podía llamarlo así. No estaba enamorada de Kibai; apenas lo había conocido aquella noche y sería demasiado pronto para darle un nombre a todo aquello. Pero sí sabía algo con certeza, esta noche ya no me sentía sola, ni pérdida, ni caminaba con aquella sensación de estar completamente aislada del mundo…soportando mi dolor. Su compañía había conseguido transformar una noche cualquiera en un recuerdo que seguramente conservaría durante mucho tiempo. Y mientras continuaba caminando a su lado, sosteniendo su mano y escuchando nuestras risas perderse entre los árboles, sonreí con una felicidad que no necesitaba explicación. Aquella noche, simplemente, me sentía especialmente feliz.

Saliendo finalmente del bosque al llegar a un desvío de dos caminos, uno conducia al puerto, el otro hacia el pueblo —Bueno…supongo que aqui nos separamos...puedo regresar sola a casa, puedo cuidarme muy bien– confesé sin soltar todavía la mano de Kibai –Espero volvernos a encontrar en el futuro…no te apartes nunca de la luz Kibai, no estas solo…te haz ganado una nueva amiga– elevando suavemente nuestro agarre para transmitir esa seguridad, lo observe nuevamente como buscando grabar su rostro. La bendición de recordar y querer a una persona es un regalo que pocos aprecian —Cuando nos volvamos a encontrar….hazme algo delicioso…me harías muy feliz– sin mas, sin decir nada mas, mi mano abandono su palma lentamente mientras me alejaba lentamente por el sendero que me llevaria al pueblo.

Con una sonrisa en mis labios, con la brisa movimiento sutilmente mis cabello, mi vestido y mi alma, simplemente aproveche la distancia para decir mis ultimas palabras.

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Hasta pronto, gatito teton…
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#16
Ante el cortés ofrecimiento de Kibai para acompañarla de vuelta al pueblo, Kagura le respondió levantádnose y tomadno su mano sin dudar, lo cual dibujó una amplia sonrisa en el rostro del mink, el cual tras asegurarse de que la hoguera quedaba convenientemente apagada, se encaminó con ella de vuelta por el camino que conducía fuera del bosque.

Con la joven pelirroja sujetada de su brazo derecho firmemente, Kibai la condujo por el sendero de tierra y hojarrasca que llevaba de regreso hacia la ciudad. En el trayecto, Kagura se mostraba animada, riendo y manteniendo con él una animada charla mientras la suave luz de la luna creciente los envolvía en un halo plateado. El mink miraba de vez en cuando hacia arriba, alegrandose una vez más que el astro no estuviese en plenilunio, pues en ese caso no se habría atrevido a salir del interior del barco, ni tampoco habría conocido a aquella excéntrica muchacha.

Aún a pesar de las rarezas de Kagura, mientras seguían caminado Kibai se dio cuenta de que realmente estaba cómodo a su lado. Las risas ante sus frases y bromas eran naturales, y el mink se descubrió de pronto riendo y respondiendo a las mismas con una familiaridad que no había tenido con prácticamente nadie, al menos desde aquel fatídico día en el que habia caído de los acantilados de Zou.

— Es muy rara si, pero también me cae muy bien. — pensaba para si mientras veía como Kagura se secaba los ojos ante una broma que había hecho acerca de las bolas de pelo. En un gesto de cercanía, el mink frotó de nuevo la frente con la cabeza de la joven, cerrando momentáneamente los ojos para fijar su olor en su memoria. No era que fuese a ser una libreta de direcciones, pero le gustaba asegurarse de recordar bien los olores de las personas importantes para él, y aquella extraña muchacha se las había arreglado para en apenas unas horas colocarse directamente en esa categoría.

Tras una caminata que se le hizo a Kibai mucho más breve de lo que le hubiese gustado, la pareja llegó a una bifurcación del camino. El mink reconoció cerca la casa en ruinas con el pozo de dónde había sacado el agua y el trozo de pedernal. Incluso si aspiraba con concentración, podía percibir el inconfundible olor a sal del mar que aguardaba su regreso más allá de la primera línea de casas iluminadas que se podían apreciar ya claramente.

— Bueno…supongo que aqui nos separamos...puedo regresar sola a casa, puedo cuidarme muy bien — le dijo Kagura, aunque su mano seguía firmemente agarrada a la suya, y Kibai tampoco hizo el menor intento por soltarla. Mientras ella se despedía, el mink no dijo nada, limitándose a mirarla con los ojos brillando levemente en la penumbra nocturna, fijando cada rasgo que la muchacha en su memoria. Ante la petición final de que le cocinase algo la próxima vez que se viesen, Kibai esbozó una sonrisa que dejaba ver sus colmillos superiores, y antes de que Kagura soltase su mano del todo, la cola del mink se enroscó alrededor de su cintura.

— Si con eso consigo hacerte feliz Kagura, te prometo que comerás lo más delicioso que habrás probado en tu vida. — le aseguró Kibai antes de adelantarse rápidamente hacia la joven y dándole un suave mordisco en la punta de la nariz, poniendo especial cuidado en que sus colmillos no le hiciesen el menor daño.

— No cuenta como beso. — le susurró sin apartar el rostro mientras su cola se desenrollaba del talle de Kagura y volvía a su posición natural. — Nos vemos, futura marine.

Con aquellas últimas palabras, Kibai se giró de espaldas a la muchacha y tras caminar unos metros, dio un salto, aterrizando sobre las maderas del tejado de uno de los edificios más cercanos al linde del bosque. Desde allí divisaba perfectamente los aparejos del Swift, pero antes de emprender definitivamente el regreso, el mink se volvió una última vez, respirando el aroma de Kagura que la brisa marina había tenido a bien traerle, quien sabía si por última vez.

El trayecto de regreso al barco trascurrió en un completo silencio, mientras Kibai saltaba de tejado en tejado hasta aterrizar son suavidad a apenas diez metros del pantalán del puerto. Los dos marineros que estaban de guardia en la cubierta lo miraron con extrañez, pues era muy poco habitual que el mink llegase de vuelta de una de sus "expediciones" antes del amanecer.

— Vaya Kibai, que te ha pasado? Ya nos echabas de menos? —  le dijo uno de ellos, apoyado relajadamente sobre su rifle.

— Nah, mírale la cara. — intervino su compañero dándole un toque en el hombro. — A este le ha pasado algo más serio, que te lo digo yo. Vamos, chico, qué te ha pasado? Te has encontrado alguna fiera salvaje que te ha disputado la presa?

Kibai soltó un leve bufido, a medias entre risa y sarcasmo, mientras subía las tablas de madera que unían al barco con el muelle.

— Algo así, se podría decir. No he traído nada para la cocina, lo siento. No es que haya tenido muchas oportunidades de cazar algo.

Sin añadir más detalles, el mink se dirigió directamente a la zona de proa del Swift. Con el equilibrio que había aprendido a adquirir tras tanto tiempo navegando a bordo del buque, caminó con un pie delante del otro por el bauprés, hasta tumbarse cuan largo era en el tercio final del palo, dejando reposar la cabeza sobre los antebrazos. La luz del amanecer aún era sumamente tenue, pero Kibai ya notaba como su calor empezaba a entibiar su piel. A medida que los ojos se le cerraban, Kibai rememoró todo lo que le había acontecido aquella noche, soltando pequeñas risitas al recordar los momentos mas salientables desde su encuentro con Kagura, pasando por la caza y la preparación de la cena, a los agradables momentos compartidos por ambos al calor del fuego.

Su último pensamiento fue una capa de cabello pelirrojo que lo envolvió para arrastrarlo al mundo de los sueños.
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