[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano- Gradas
El combate estaba en el auge, de nuevo, el hombre águila parecía tener la ventaja. Sus dos manos se juntaron, contemplando el evento con interés una vez más. Acomodó las manos bajo su mentón, en aire pensativo, tratando de analizar las formas en las que pudiera llegar a combatir. Ambos eran peleadores con velocidades muy interesantes, a duras penas podía seguirles el ritmo. No se dio cuenta de que, a medida que seguía absorto en el combate, lo mismo que tenía entre sus mulsos se había terminado vaciando hasta el momento en que el palillo golpeó contra el recipiente. Descendió la mirada, con cierta desgana. Lo estaba disfrutando, probablemente se había acabado antes de tiempo por haberlo compartido con los dos tripulantes de Tezca.

Tomó una servilleta, limpiándose primero las manos por si habían quedado restos de la salsa picante y, a continuación, la pasó por sus labios, limpiándose con profesionalismo digno de un hombre de etiqueta, cosas que había aprendido con Raigo, su antiguo jefe en los Blues. ¿En qué estaría metido ese hombre ahora? No es que hubiera existido un corte de información completo, por el contrario, había cosas que debía poner al día.

Descendió lentamente el pañuelo, buscando con la mirada una papelera que se encontrase no muy lejos de allí. Se puso en pie, caminando hasta la zona, de nuevo, con nuevos pensamientos azotando en su mente. Últimamente había querido demostrarle a Sohem sus capacidades, encontrar una confianza que, a lo largo de todos esos meses desde que lo conoció en persona, había logrado encontrar al final del camino, antes de la separación... Pero él no había sido quien lo había criado. No le quitaba el mérito a lo que había logrado hacer, ni mucho menos. Por el contrario, había logrado mucho más de lo que creía necesario, pero por extraño que parezca, dado el tiempo que había transcurrido, y la larga distancia que los separaba esta vez, por primera vez, se cuestionó en qué estaría él... Y no solo él. ¿Qué tal estaría ella?

Los ojos violetas, confusos, de una muchacha de cabello blanquecino, en un orfanato, observándolo con desconfianza y miedo se volvieron a reflejar en su mente, en un recuerdo nuevo que comenzaba a vagar. Las sensaciones que tuvo, la extraña emoción de no ser el único en su propio linaje, por increíble que pareciera. Qué irónico, tener ganas de decírselo todo y a la vez no siendo capaz de hacerlo solo con tal de ponerla a salvo. Solo los mares sabían qué tanto había peleado para lograr llegar a pasar desapercibido ante aquella muchacha que se había convertido en toda una mujer. ¿Cuántos años tendría ya? ¿Veinticuatro? Sí... estaba seguro de que así era. Se había preocupado en llamarla en momentos concretos, evitar una añoranza que pudiera extenderse. Cada vez resultaba más difícil no decirle quién era, poder darle todo lo que pudiera y más, pero por ahora solo era un “buen donante” del orfanato y un “buen hombre de negocios”. ¿Le habría visto en el periódico cuando tuvo su primer precio por la cabeza? Nunca llegó a hacer mención al respecto, pero la conocía bien. La conocía desde que esa mujer era una niña que desconocía del mundo. Se había encargado por completo de evitar que una sola mosca le hiciera daño.

¿Dónde estaba? ¿En qué estaba? Su mente viajaba en alguna parte, no sabía exactamente el motivo, ¿acaso era relevante? Posiblemente el alcohol lo había llegado a volver nostálgico. Miró la botella, en silencio, para volver a buscar con la mirada al hombre al que le pertenecía su corazón. Todo en su alrededor se sentía lejano, borroso, menos lo único que tenía frente a sus ojos, hombre al que sostenía con una firmeza tal, en esta ocasión, que no quiso soltar bajo ninguna circunstancia. Ya fuera bailando, hablando... No le importaba. ¿Qué tanto tiempo podría aprovechar a su lado? ¿Qué tanto tiempo podría suceder estando a su lado? ¿Por qué el tiempo transcurría tan lejos de su alcance? ¿Acaso no había una forma de frenar el mundo y poder disfrutar las pequeñas cosas?

Dejó caer su cabeza en el hombro del rubio, con una mano pasándole por la cintura, apretándolo hacia sí mismo, solo queriendo disfrutar un poco más de su cercanía, de su silencio... Aunque poco silencio podía haber en unas gradas agarrotadas de gente. No deseaba una separación tan temprana y, sin embargo, sabía que estaba cerca. ¿Le tocaría en cuanto se separasen de Skypea? Quería aprovechar todo lo que pudiera a su lado, fuera en el Jackpot, o en la ciudad, o incluso quedarse allí para siempre, pero no... No podía, él lo sabía, igual que sabía también que seguramente el contrario también terminaría partiendo. ¿Debería preguntarle, debería proponerlo?

Descartó el pensamiento instantáneamente. No. No podía. No por falta de deseos, sino por otros asuntos. ¿Miedo, quizás, a la respuesta? ¿O más bien a no ser capaz de protegerlo si se diera el momento? Apretó la tela del rubio hacia sí, arrugando la hermosa ropa que tenía por la zona de la espalda que todavía sostenía como un tesoro. Su pensamiento era uno, claro, conciso y directo.

“No te vayas. Ven conmigo.”

Ese pensamiento quedaría en su propia mente, dibujando silenciosamente el pensamiento que había evitado por tanto tiempo, esa sensación de la que había querido desprenderse por largo tiempo, largo y tendido. La soledad. Esa sensación que no pensó sentir ni siquiera cuando era un renacuajo, pero allí estaba, como un niño, buscando por una compañía eterna de la que, al menos por el momento, no podía presumir. Por mucho que externalizara un rostro, un ego y silenciosamente una seguridad, solo él mismo conocía bien lo que se le pasaba por la mente. Solo tenía que cumplir su objetivo: ser más fuerte, saber cómo vencer a Raigo incluso con todo lo dado y, por supuesto, mucho más. Abrió lentamente sus ojos, solo queriendo disfrutar de la compañía que tenía frente a él. No había nadie mejor que Tezca en ese momento que pudiera llenar ese vacío, por mucho que le fuera a tocar una separación. Quizás breve, quizás no tanto, pero tendría que hacer de tripas corazón un poco más. ¿Cuándo iba a ser la próxima vez que pudiera encontrarlo? En la llamada lo llegó a preocupar, lo había evitado, pero... ¿qué pasaba si no podía volver a verlo? ¿Qué pasaba si Barald no siempre estaba allí?

Abrió sus ojos, lentamente, viendo el hombro de su amado, inhalando su aroma, sintiendo su respiración... Tenía que hacerlo. Tenía que seguir siendo más fuerte, elevarse a lo más alto, fuera cual fuere el precio. No solo por Tezca, no por Raigo, ni por Sohem. No.

Por sí mismo.

Cajita de Tabaco
[Imagen: bTjgVIr.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4394 + 0 = 4394
Energia: 3674 + 0 = 3674
Espiritu: 1103 + 32 = 1135

¿Incluso Barald decide seguirle el intrépido juego de palabras a Tezca? ¿Por qué la mitad de las palabras le saben a verdades entremezcladas con exageradas mentiras? La sonrisa de la amazona no puede ocultarse. ¿Intenta hacer quedar bien al rubio frente a su novio? ¿No es eso un poco tierno? Lo es, en especial al imaginar al espadachín de la tripulación paralizado, con mucho miedo, sin poderse mover. La imitación del comerciante solo mejora el panorama, incluso Cardan hace una expresión que emula una carcajada en medio de siseos, claro, al inicio se ha maravillado, hasta darse cuenta de la expresión de burla de Runin.

En ocasiones son tan fáciles de leer que se sorprende que hayan logrado sobrevivir al mar mucho antes de encontrarse y formar la tripulación. La historia del tobillo es la cereza que corona al pastel. ¿Así que le salva la vida y se derrumba frente a un tobillo esguinzado? ”Ajá, creo que debo darles clases para que aprendan a mentir.” No les vendría mal, si Jin llega a creerles sería el colmo del asunto. ¡No puede dar clases a todo el que se le ponga enfrente! La ingenuidad es de temer, sin duda.

¿Quién no podría adorar a alguien como él?

¿Así se ve ella al hablar de su capitán? Con esas sonrisas inevitables, con los ojos vendados, entregándose por completo, creyendo que es el mejor de todos, buscándolo con la mirada, prestando atención al mínimo detalle… Es algo alarmante. En cualquier otra circunstancia se reiría de algo así, mirándolos regodearse en su inocencia, ahora no puede hacer más que sonreír al darse cuenta que, en medio de todo el ruido, la voz que más resuena es la de Ryota, al menos para ella.

Cuento contigo para protegernos

La risa del castaño se le hace tan contagiosa que la amazona debe concentrarse en comerse sus papas y, obvio, la salchicha de él, para evitar carcajearse al unísono. Claro que ninguna interrupción es suficiente para evitar que Ryota pierda la sintonía con la realidad, no demora en percatarse de las artimañas de la hambrienta morena, quien, para ese momento, ya se está comiendo el último bocado del embutido. Lo mira desafiante, una chispa divertida en sus orbes chocolate le dicen al ajeno que no siente remordimiento alguno.



—Deberías estar agradecido, Miyamoto.

Una sonrisa cómplice hace acto de presencia antes de que la conversación fluya. La risa de la morena escapa sin poder evitarlo. ¿No es un completo descarado? —¿Así que te quieres zafar de mí, cariño? Porque hace meses que no intentas estar lejos de mí, fufufu. —Comenta levantando la ceja, se ha desconcentrado lo suficiente como para que Cardan aproveche para comerse lo que queda del plato, no solo eso. ¡Ha tomado la invitación de Jin como propia! Se ha comido las salchichas picantes haciendo que se sacuda frenéticamente en el suelo.



—¡SHHHH SSSSSHHHH!



—Ahora no, cariño, mami está ocupada.

La mirada de Runin recorre la arena. ¿Decapitarlo? Impresionada abre los ojos. Por las palabras de Ryota intuye a lo que se refiere. ¿Tan variadas y problemáticas pueden llegar a ser algunas frutas del diablo? Como aquella extraña consistencia de Jin. Frunce el entrecejo pensando en lo inevitable. ”¿Cómo puedo enfrentarme a algo así?” ¿Qué tipo de técnica utiliza el híbrido para retener a alguien que puede evitar golpes de esa manera? La curiosidad se expande hasta que la voz de Jin llama su atención.

—Luego alquilen un cuarto, cariño. —Rie molestando a Tezca. Al regresar la mirada a la batalla las tuercas cambian, los engranajes giran en otra dirección, provocando que la mirada de la fémina vuelva a perder el rumbo debido a la velocidad de los oponentes. En un suspiro se relaja durante un segundo hasta que mira el plato vacío con tanta sorpresa como indignación. —¿Qué? —La respuesta es obvia, los orbes chocolate buscan a Cardan, lo ve sufriendo. ¡Oh! Qué grande el karma, no tiene que hacer nada más que reírse hasta que la dulce voz de la pelinaranja se dirige hacia ellos.

La presentación musical termina, la amabilidad de sus expresiones provoca que Runin levante una ceja, en especial al observarla ofrecer su número de den den mushi. ¿Ayuda con algo? No logra entender del todo el significado de ello, aún así asiente con una sonrisa en labios, quedándose con el papel, metiéndolo en su bolsillo luego de repasarlo mentalmente un par de veces. —Gracias, cariño. —Guiña divertida, en especial al verla alejarse para abrazar al capitán de los sepulturas. —Asuntos complicados. ¿No, querido? —Bromea hacia Ryota. —Por cierto. —Le sonríe de par en par.



—Solo si necesitamos su a-yu-da.

Le recuerda las palabras de la oji cielo.

Una aclaración de lo más inocente.

¿No?



BOLSA DE ESTRELLITAS
[Imagen: MQT49Lq.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1742 + 0 = 1742
Energia: 2279 + 40 = 2319
Espiritu: 1174 + 0 = 1174
A ver, una cosa era tener patriotismo marcial y otra muy distinta era esto. Lo de las gradas ya no tenía un pase. No había por dónde cogerlo.

Moja estaba agazapado en su esquina, casi intentando mimetizarse con la madera carcomida del banco para que la gente del imperio celestial no pensara que vestía el mismo uniforme blanco que la panda de iluminados que tenía a diez metros. Se le acababa de caer la visera de la gorra hasta la punta del hocico, y por dentro solo podía repetirse una frase como un mantra: “No los conozco, yo he venido solo, a mí que me registren”. Pero era imposible abstraerse. El tufo a cerveza rancia, a sudor acumulado y al veneno ese violáceo que el Capitán Enji había decidido suspender en el aire en forma de letrero gigante, con un Rules escrito con faltas de ortografía morales, le estaba metiendo un picor en las fosas nasales que casi le hace soltar un estornudo de tres pares de cojones.

Y para colmo, la letra de la canción. ¡MUCHAAAAAACHOS!... ¿En serio? ¿Tucrow? ¿Irse de putas? Moja cerró los ojos con tanta fuerza que vio estrellitas amarillas. Sentía que la compostura militar de la Marina, la que le habían inculcado a palos en la academia, se estaba desintegrando a la velocidad de la luz. Literalmente.

-Oye... si algún día bajamos del cielo y esto sale en el periódico, yo me pido la baja por invalidez psicológica- masculló Moja en un susurro ronco, rascándose la nuca con la garra dura, sintiendo que le daba un calambre en la mandíbula de la rabia que estaba acumulando.

Pero es que la cosa no terminaba ahí. Aba... bueno, no abajo, ahí al lado, la tortuga Juan Sebastián había decidido que la mejor forma de procesar la jarra de lúpulo amargo que le había metido Enji en el pico era volcarse encima del Capitán. La mitad de la cerveza acabó en la garganta del gyojin y la otra mitad le chorreó por la espalda desnuda a Enji, que ni se inmuto y siguió saltando como un poseso mientras el cangrejo-tortuga giraba sobre su cabeza como una peonza descontrolada, berreando rimas sobre si "la justicia real" y "la mancha que no se borra".

Por si el circo no estuviera completo, Kibai volvió a dar la nota. El mink leopardo, que ya llevaba el Electro prendido por todo el pelaje y olía a ozono que echaba para atrás, decidió que no era suficiente con su letrero de avispas. ¡No, hombre, no! Tenía que irse corriendo tras Kael y Nyra, pasarles los brazos por encima soltando chispas azules y obligarlos a hacer el trenecito mientras entonaba un Na, Na, Na, Na que sonaba como un himno de borrachos a las cuatro de la mañana en una taberna de los Blues.

-Ay, la madre que me parió...- se le escapó a Moja en un soplo amargo, tapándose la cara con las dos manos.

Se asomó apenas un milímetro entre los dedos para ver a Kael. El chaval estaba ahí, tieso como una estaca, con esa cara de póker que ponía siempre, intentando explicarle a la humink que él no cantaba porque "sabía que Shin iba a ganar", para luego quedarse mudo, sin poder soltar ni un chillido digno cuando intentó abrir la boca. Moja, por un segundo, sintió un chispazo de compasión pura por el chico de la 75. Pobrecito. Lo estaban arrastrando al fango de la vergüenza ajena sin remisión posible.

Abajo en la pista, la pelea seguía a un ritmo salvaje. Shin y el águila se estaban matando a golpes, apretándose el cuello, soltando destellos que cegaban a las primeras filas y reventando el suelo de tierra batida. Era un combate digno, una final de leyenda. Pero arriba... arriba la Marina parecía un grupo de animadoras de pueblo que se había colado en la fiesta equivocada tras beberse hasta el agua de los floreros.

Moja suspiró largo, un bufido caliente que le manchó la visera con un poco de vaho. Se ajustó la gorra militar con un tironazo seco, metió los puños bien al fondo de los bolsillos del pantalón y se pegó un poco más a la madera del poste. Si algún pirata se le acercaba a pedirle explicaciones por el letrero de veneno o por los saltos de Enji, pensaba soltarle un zarpazo de Electro en la jeta sin media palabra. Pero mientras tanto, se limitaría a sobrevivir al bochorno, clavando la mirada en el combate de Shin y rezando para que la final acabara rápido antes de que a alguien se le ocurriera la brillante idea de sacarle a él a bailar la conga.


Información
*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]
Aquel acto de la mujer calva había sido solo la chispa del espectáculo que se apoderó por un instante de las gradas. El alcohol del lugar parecía lo suficientemente fuerte como para embriagar a todos, y por ello Zhang debía empezar a medirse un poco; al final, estaban en tierras de otros.

Los gritos tras aquel beso incómodo, y el vino que voló y manchó a los cercanos, hicieron que Zhang saltara un poco. Pero con la misma rapidez con la que se había encendido, la capitana Bai Mudan se apagó. Su cuerpo pesado se desplomó, rendida ante los efectos de la bebida y la euforia del momento.

—AHHHHH LA HA MATADO DEL BESO —se quejó Zhang, quien rápidamente se movió intentando despertarla. Sin embargo, pronto logró entender que estaba profundamente dormida.

Zhang aún no salía de su asombro cuando el joven gigante, Heras, apareció cargando a la durmiente capitana, arropándola con sus propias ropas con una nobleza inesperada.

—La juventud arde con demasiada fuerza, joven Heras... —respondió el viejo burro, acomodando con cuidado a Bai a su lado para que descansara—. Te agradezco el gesto. Un guerrero que cuida de los suyos vale más que cien espadas.

Antes de poder buscar su pipa caída, una sombra moteada se la tendió. Zhang alzó la vista y su único ojo sano se encontró con el de Kibai. Un hermano de raza. El ermitaño tomó la pipa con una leve inclinación de cabeza, escuchando la curiosa pregunta del marine sobre cómo lograba entender el extraño idioma de su capitana.

Zhang encendió de nuevo aquella pipa, dando una suave calada mientras la melodía del Sake de Binks, interpretada cerca de allí, comenzaba a llenar el aire. Su pezuña izquierda golpeó el suelo de madera, marcando el ritmo de la canción por puro instinto.

—El mar es muy grande, joven. Gracias a los libros que he leído, conozco y entiendo su antiguo idioma, sí. Pero la verdad es que las palabras son solo una pequeña parte de cómo nos comunicamos —explicó Zhang, usando su sabiduría de viejo—. Las palabras son solo ruido si no sabes escuchar... Solo hay que prestar atención a las acciones de los demás.

Un rugido proveniente de la arena cortó la música en su cabeza. Zhang giró su cuello hacia el combate final. Su único ojo se abrió de par en par al ver cómo el colosal hombre águila apresaba entre sus garras al marine de luz.

El viejo burro se tensó, sintiendo un escalofrío. Él mismo era un hombre de nieve, intocable para la mayoría. Ver que la luz podía ser aferrada con las manos desnudas desafiaba toda su lógica.

—Hmmm... —murmuró, exhalando una densa nube de humo—. Parece que en el cielo, hasta los fantasmas pueden ser tocados.

El viejo apartó la mirada de la arena por un segundo, volviéndose hacia Heras y luego hacia Kibai, ofreciéndole su pipa humeante al marine, por si el joven leopardo deseaba compartir la hierba del ermitaño.

—Dime, joven Heras... —añadió Zhang, dirigiendo su ojo cansado hacia el gigante, que cada vez tenía menos ropa encima—. Mencionaste que como podrías a enfrentarte a usuarios de este tipo. Pero viendo cómo esos combatientes... ¿Crees realmente que el poder de este mundo se define por las habilidades que comemos, o por la voluntad que nos sostiene cuando intentan aplastarnos? —

La bitácora del burro

Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
฿ 226,000,000
?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
Mis aguamarinas se volvieron un instante hacia Kael, confundidas. ¿Cómo es que no cantaba porque era su mejor amigo? Mi mirada regresó enseguida hacia el combate, pero una de mis orejas quedó visiblemente dirigida hacia él.

La curva de mis labios se amplió ante su respuesta. Tiene sentido no estar emocionado por un resultado que ya se conoce.

En mi caso, las certezas sobre Shin son distintas.

Por un instante, me vienen los recuerdos tras Kutsukku. La preocupación que teníamos todos por su estado. Seguramente no le gustaría que lo pensara, porque sé perfectamente que eso fue hace muchísimo tiempo y él no ha dejado de trabajar y de entrenar para ser mejor, mejor y mejor desde entonces. En este caso, ante todo pronóstico, se ha enfrentado a alguien que es capaz de tocarlo sin necesidad de usar agua, algo que no había ocurrido hasta el momento.

Sí, lo admito: al contrario que Kael, yo no tengo la seguridad de que ganará este combate.

De lo que sí tengo la absoluta certeza… es de que, tarde o temprano, Shin será el más fuerte del mundo y el mejor marine de la historia. Este combate, termine o no en victoria, será un gran paso y aprendizaje más en ese camino que lo llevará a alzarse, literal y metafóricamente, como el más poderoso de todos.

Incluso si hoy no fuera invencible, algún día lo será.

―Pero quizás le guste escucharte y saber que lo estás mirando, ¿no~? ―propongo para terminar de convencerlo.

¡Y funciona! Parece que va a intentarlo, pero… ¿no? O sea, sí, lo hace, pero extrañamente no alza la voz. De nuevo, lo miro de soslayo un único instante antes de volver a centrarme en el combate.

¿No… puede? Esa información me confunde, pero es verdad que nunca lo he visto gritar… ¿Quizás Shin sí? Debería pregun…

Me forcé a hablar mientras sonreía para evitar el recuerdo que acompaña la presión en el pecho.

―No te preocupes, Kael. No pasa nada si no estás acostumbrado, a lo mejor sólo necesitas practi…

Una gran nube de polvo me silencia, parece que el combate ha terminado, pero no puedo ver nada y necesito concentrarme para tratar de ver mejor.

¡Vamos, Shin, por favor!


Kuroshiro
[Imagen: bskx3zy.jpeg]
La gran final llegó a sus últimos compases. En la arena, la bestia física de los piratas se aferró con uñas y dientes a la única opción real que tenía de derrotar al brillante marine: reducirlo. Hasta entonces, esa estrategia le había funcionado y Enji pensó seriamente que la pelea estaba decidida. No supo cuándo, ni cómo, eso cambió. La mole de músculos salió proyectada varios metros sobre el nivel del suelo tras una explosión salida de la misma nada y Shin, convertido en una saeta de luz imposible de seguir, abrazó nuevamente la libertad. Ese momento, en sus ojos, decidió el combate nuevamente, como lo había hecho antes el agarre de Bartolomeow. Las tornas giraron a favor del comandante y, ahora sí, Enji asumió que todo estaba dicho.

¿O no?

«Aquí nadie se rinde, eh…»

Vio como el enorme buccaneer volvía a la carga. Vio montones de luces y centellas volando. Vio cuánto pudo ver y terminó apretando los párpados para tratar de mirar un poco más.

«Que divertido»

Explosiones, tierra volando, siluetas demasiado veloces como para seguirlas con los ojos. ¿Qué estaba sucediendo exactamente allí abajo? No tenía idea. Probablemente ninguno la tenía. Reaccionaban a las cosas cuando ya habían sucedido, cegados por la velocidad y los fogonazos de luz que ocurrían por toda la arena. ¿Estaba ganando Shin? ¿Lo habían vuelto a atrapar? ¿Lo echarían si le escupía a Navur desde allí? ¿Le daban siquiera los pulmones para escupir tan lejos? Demasiadas preguntas, demasiadas dudas y muy pocas respuestas.

Un líquido amarillo empezó a correr por su cara. Uno frío.

La canción que entonaba se detuvo en seco, levantó la mirada y su sonrisa, algo más maniática que de costumbre, se ensanchó, tornándose completamente siniestra.

—Juancho, Juancho, Juancho… ¡¿TE ACABAS DE ORINAR SOBRE MI CABEZA?! —La vena de su frente creció hasta resaltar como la raíz de un enorme árbol—. ¡Ven aquí! —Sujetó a Juan del caparazón y lo bajó de su cabeza, sosteniéndolo panza arriba sobre su palma—. ¡Hijo de tu…! Espera, ¿por qué huele a cerveza? —Alzó la ceja al mismo tiempo que sus botas pisaban restos de vidrio en el suelo. Acercó la nariz a su hombro, empapado en ese líquido frío, y olfateó—. Y lupulada… mierda. ¿Volcaste la cerveza? Ese cigarrillo ya te está empezando a deteriorar la cabeza.

No sabía que era peor: ser orinado por una tortuga o perder medio litro de cerveza. Se lo preguntaba seriamente.

Aprovechando que tenía a Juan sobre su palma, Enji lo arrojó hacia arriba solo unos pocos centímetros y con los dedos le dió rotación a su cuerpo, que luego atrapó haciéndole equilibrio a su caparazón sobre la punta de su dedo índice.

—Parece que está por terminar —comentó en un tono más alto, dirigido no solo a Juan sino a todos los marines que estaban cerca—. O al menos eso creo. ¿Ustedes ven qué mierda está pasando ahí abajo? —preguntó a todo el contingente, algo frustrado. Desde que llegaron a los cielos que no podía ver a nadie hacer nada—. Porque ya les digo que yo no. Ni un poco. Solo «¡Pum!», explosiones y «¡Pum!», pájaros. Parece un show de magos bastante barato.

El venenoso cartel de “Justice Rules” seguía en el aire, sostenido por la constante presión de su mano derecha comandando el líquido.

off
No se había fijado, en la pobre serpiente, esa pobre criatura que, sin haber podido atender al color rojizo que habían tenido sus propias salchipapas, ahora sufría solitariamente por el picor que le provocaba la salchicha que se había terminado llevando. En otro momento, quizás, solo quizás, se habría limitado a ignorarla, dejarle creer que su “mami”, como lo había llamado Runin, iba a ser quien se fuera a encargar de la criatura. Pero no fue el caso, las lágrimas caían en la serpiente, con su lengua bífida fuera de sus fauces. Podía ver sus colmillos y, no supo si el alcohol o si era que seguía en un estado algo más sensible, se limitó a acercarse a ella, sin pensar (ni saber) si era o no venenosa. No le desagradaban los animales, tampoco es que tuviera adoración, como aparentemente lo pareció tener Eros con ese caballo. Solo un nuevo recuerdo parecía azotarle la memoria en forma de bienvenida.

Se agachó a la serpiente, en cuclillas, observándola sufrir. —Normalmente el lácteo ayuda a rebajar el picor, pequeña. — No conocía su género, tampoco sabía ni pensó que fuera capaz de sufrir por picante, tampoco es que tenga aceite ni nada así encima. Elevó su diestra, con el dedo índice apuntando sobre la cabeza de la misma, dando un suave y pequeño toque al pequeño. —No pasa nada, luego te darán ganas de ir al baño, y puede durar un rato, pero el paladar se acostumbra más de lo que crees.

Sus ojos, normalmente fríos, temblaban con el brillo característico de su ebriedad. Dio un par de toques más, suaves, en forma de caricia, con su dedo índice, a la pequeña serpiente. —Vamos, seguro que eres más fuerte que tu “mami”. Te compraré más salchichas, esta vez sin picante, si lo sabes soportar bien. ¿Qué te parece? — Se atrevió a pasar de solo su dedo a su mano, como si acariciara un perro, o un gato, o cualquier animal. ¿Siquiera esa criatura era capaz de entenderle? No lo sabía, pero hablaba como sí lo hiciera. Al menos con Runin sí parecía ser así. —Ah, se siente extraño acariciar algo con escamas. Siempre que he acariciado un animal, era peludo. ¿Estás cómodo? ¿Ya mudaste tu piel?

Le resultó, de repente, la criatura más interesante y hermosa del mundo. No había tenido antes una serpiente tan cerca, tampoco se había planteado buscar alguna mascota o acompañante, pero los ojos de una serpiente eran de lo más hermosos. Recordó las veces que a él mismo le decían que los tenía tan afilados como los de una. ¿Quizás era un piropo y no una señal de temor? Buscó a Runin con la mirada, apartando su mano, pero sin dejar de señalar la criatura con el dedo.

—Oye, Runin. ¿Cómo se llama?

Se puso en pie nuevamente, reacomodando la ropa de su traje. Sí, incluso en su estado ebrio se había acostumbrado tanto a alisar sus ropas que ya lo hacía de forma inconsciente. Quiso tomar al reptil y probar a ver cómo era tenerla en sus brazos, o quizás envuelto en su cuerpo, pero a saber qué tanto podría disgustarle que un desconocido pudiera adquirir semejante confianza. Sin embargo sí le dio un par de palmadas más en la cabeza en señal de recompensa. —Vamos pequeña, compraré todas las salchichas que quieras, te van a encantar.

Volvió entonces la atención en la arena, con curiosidad. ¿Cómo seguían esos dos? ¿Qué tanto se habían estado enfrentando? Si el tiempo duraba más o menos lo mismo que su propio combate, no parecía que fuera a quedar mucho.

—¿Qué tal sigue ese hombre pájaro?

Se lo preguntó más a sí mismo que a cualquiera que le estuviera acompañando en ese momento, volviendo a buscar con la mirada, poco después, al rubio al que se había aferrado como nunca antes. Ahh el amor. ¿Quién le diría que acabaría tan enamorado de un hombre? Dio un par de pasos, palpando hasta encontrar el cabello característico del rubio. No era gordo, era precioso, su aura además era inconfundible. No agradeció nunca tanto conocer el Kenbun como en ese mismo momento. ¿Qué tal sería si él supiera verlo con esa habilidad? —Tezcaaaaaaaaaa. — Se agarró a sus hombros, dejando caer su mentón sobre uno de ellos, cerrando los ojos. —¿Cuánto crees que queda? — Quería estar a solas con él, disfrutar a su lado.

Cajita de Tabaco
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 4394 + 0 = 4394
Energia: 3674 + 0 = 3674
Espiritu: 1135 + 32 = 1167
Mi eufórico cántico fue frenado en seco cuando Enji me gritó algo sobre orina. —¿Enji se ha orinado? —pensé, algo despistado como para fijarme en que le había derramado media jarra de cerveza encima. Quizás era efecto del alcohol, quizás era inconsciencia fruto de la euforia por el ambiente festivo del lugar. Imposible llegar a una respuesta, pero carecer de respuesta no impediría que recibiese mi castigo. Mi capitán me levantó de forma abrupta con una de sus manos, interrumpiendo mi cántico.

  —DIME QUÉ SE SIEN…¡Uooo!

Sostenido panza arriba, quedé en una posición vulnerable, ignorando que estaba volcado sobre mi caparazón, intenté prestar atención al combate. Podía ver claramente que algo no estaba bien, donde debía estar el cielo, estaba el suelo, y viceversa. Era algo de otro mundo que solo tenía una explicación posible: —¡Por todos los centollos! ¡Debe ser cosa de una Akuma No Mi! —exclamé alterado antes de que mi camarada me elevase ligeramente y comenzase a hacerme girar con sus dedos como si de una bola de disco se tratase.

El combate era entretenido, pero en estos momentos había que priorizar otras cosas, por suerte, los marines estábamos aquí para proteger a los inocentes. Algún malvado pirata podría poner el mundo del revés y empezar a girar la tierra como si fuese una pelota, pero nada nos impediría llevar a cabo nuestro deber con los civiles. —To…dos los ci…vi…les de…ben —intenté dar instrucciones a los civiles, pero mi voz se distorsionaba a causa de la velocidad (O de mi mareo, acentuado por el alcohol…) Era un desastre, una catástrofe, ni siquiera fui capaz de salvar a nadie en un momento crucial como este. ¿Quién protegería a los niños?

Todo este vaivén de emociones que giraba junto a mí fue detenido por un grito que incluso en mi situación pude escuchar.

— ¡HASTA AQUÍ EL COMBATE-SON! —

Al momento de escucharlo, dejé de girar, como el niño que deja de hacer el tonto cuando ve que un padre regaña a su hermano, temiendo por ser él el próximo. Cuando el giro que me mantenía en equilibrio cesó, también lo hizo mi balance, provocando mi caída de vuelta al suelo. —Un cangrejo… Dos cangrejos… Tres cangrejos… —Murmuré mientras intentaba reponerme sobre mis patitas rechonchas.

El emperador habló, se notaba sabiduría en sus palabras, pero, ¿para qué engañar? Apenas era capaz de mantenerme sobre mis patas, mucho menos era capaz de comprender sus palabras más allá de cosas sueltas. —El equipo… ¿Dos? —pregunté a mis compañeros. —Tch, creo que no había marines allí… Bueno… ¡Enji! ¿Me pides otra cerveza? Hay muchos camareros… No sé a cuál pedírselo… —Obviamente, solo había un camarero, pero era incapaz de centrar mi vista.

Cajita de tortuga
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En el último momento, cuando el hijo de luz estaba por llevarse la victoria de forma magistral ante la atenta mirada del público, el grandote intenta una última ofensiva capaz de ilusionar a grandes y chicos. Gotas de sudor caen por el rostro de Kiyoshi, quien, con cada segundo que avanza la pelea, se interioriza más. — ¿Quién ganará? Nada está dicho. — En un principio, vio con mucha ventaja a Bartolomew. Luego, parecía que Hasegawa Shin le daba la vuelta a la tortilla, pero, al final, es solo un hombre el que decide cómo termina esta historia.

El Shichibukai, alabado anteriormente por Varo, alza la voz y deja conmocionado a todo el mundo. Kiyoshi no es capaz de entender de buenas a primeras qué es lo que está diciendo. No es que hable en otro idioma o algo parecido, sino que los argumentos que usa son medianamente extraños. Las emociones negativas que comenta son algunas que Kiyoshi ve necesarias para sobrevivir en este mar tan peligroso. ¿Será distinto ahora que se encuentran en el cielo y no allá debajo de donde provienen? Ya entendió que la cultura es diferente, ¿pero tanto? También cabe la posibilidad de que, debido a su borrachera, no sea capaz de comprender del todo. Y es que claro, desconoce que hay una habilidad capaz deber sentimientos en la gente. Por ahora, Kiyoshi es ignorante en ese tema.

— ¿No hay ganador? ¿Y eso qué significa? — ¿Será que comienza una batalla real entre todos los participantes e incluso los borrachos tendrán que arriesgar su pellejo con tal de alzarse con la victoria de estos juegos? Pues resulta que no. Ambos equipos consiguen cero puntos de este combate final. O sea, termina el evento con los puntajes que los dos grupos tenían hasta hace un rato. Debido a que Uker destacó en la pelea anterior, obteniendo más puntos, su grupo se alzó en la cima de la clasificación. Sin embargo, es Zarutsuki quien debe dar el veredicto final. Él es el jefe y el que impone las reglas. Nadie más tiene opinión. Menos ellos que solo son meros espectadores en las gradas,

“¡El equipo número dos!”

Esas palabras retumban en su mente, y también en la cabeza de todos los espectadores. El público clama de emoción, y Kiyoshi, en esta oportunidad, no es la excepción. No grita despavorido, pues no es propio de él, pero levanta los brazos como si aspirase a tocar el sol con los puños. No es que le importe que el grupo 2 gane, lo que celebra es que su compañero, su amigo, su cocinero y navegante, Uker, saldrá de este recinto como un verdadero ganador.

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Rápidamente, sus ojos buscan la ubicación en que estaban sus compañeros, y siguen ahí. Tambaleando y sujetándose del muro es que corre en dirección paralela, regresándose de donde viene. Básicamente, es como si se estuviese arrepintiendo del camino tomado y regresando sobre sus anteriores pasos. Eso sí, ve demasiada gente entre medio, notando que tendría que evitar a demasiados tontos, y posiblemente sucios, como para llegar a ellos. Aquí es donde, impulsado por el alcohol, toma una decisión que, sobrio, sería prácticamente imposible.

— Los tontos solo se curan muriéndose. Si muero, al menos me curaré. — Concentra toda la fuerza posible en sus piernas y da el salto más alto que ha dado en su vida. Pasa por encima de la cabeza de muchos habitantes de Skypiea, quienes solo podrán ver un verdadero ser volador pasarles por arriba. Quién diría que esto sería un adelanto de lo que se vendría en la vida de este tonto médico. Ahora, no viaja por encima de un animal, sino que es él mismo quien desciende como si un águila en picada fuera velozmente a por su presa.

— ¡Eso es! — Dice en voz alta, a modo de celebración y felicitación, cuando cae en la espalda de sus tres compañeros: Varo, Eros y Uker, llevándolos a todos al suelo para que funcionen como su colchón amortiguador.

La cabeza del médico da vueltas y, durante varios segundos, se queda sentado en la espalda de antes, en lo que se orienta de nuevo. Cuando sus ojos ya son capaces de ver bien y el mundo no le da vueltas, al menos no tantas, procede a levantarse, permitiendo que los otros también se incorporen con normalidad. — Bien hecho, tonto. Realmente has ganado los juegos. — Un pequeño golpe da en el brazo derecho de Uker, como si de esa forma diese un abrazo un tipo como él.

Contento, emocionado, borracho. Son muchas cosas las que pasan por su cabeza y que seguramente nunca olvidará. Hoy, tanto para bien como para mal, será un día que siempre aparecerá en imágenes en su memoria.

— Aunque no te lo vayas a creer mucho. Ganaste y nosotros no solo porque tuviste un poco más de tonta suerte. Y porque la chica obscena se distrajo seduciendo a los de la primera fila. — O eso cree él, como borracho, en su mundo de borrachera. No está mintiendo, pues él no lo considera una mentira. Solo plasma una realidad en base a sus creencias.

Lávense las manos
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Hablo | Pienso
El momento de felicidad creado por Miyori fue suficiente para que una sonrisa de oreja a oreja apareciera en el rostro de Uker, junto a una risa propia de quien ya no se ata por la vergüenza del “qué dirán”.  Estaba junto a sus compañeros, a una nueva familia, incluso al lado de alguien que parecía ser una verdadera integrante de su familia, podía permitirse ser feliz por un momento.

Pero la duda llegó a su mente, como si no pudiera tener un momento de paz antes de que sus recuerdos lo atormentaran de nuevo. ¿Podía siquiera darse ese lujo? ¿Podría evitar que esa gente muera si la tragedia volvía a tocar su puerta? Hasta ahora, quien se había relacionado con él no había sobrevivido, había sido presa de un destino atroz. ¿Podría?

Movió la cabeza, alejando esos pensamientos oscuros. Los Sepultura eran fuertes, si su prima había llegado hasta ese lugar seguramente era fuerte también. Incluso él era mucho más fuerte que en el pasado, no iba a dejar que algo como lo que le ocurrió a su maestro o a sus padres volviera a ocurrir.

Como si pudiera oír sus pensamientos, y quisiera evitarlos, fue la propia pelinaranja quien comenzó una despedida. Debía volver con su grupo, solo había estado con ellos un momento, un momento suficiente para poder encontrar ese hilo del destino que los unía. - Bueno, tenemos muchas cosas de las que hablar, así que guardaré esto perfectamente -. Agitó en su mano el papel que ella le había dado, entregándole también uno muy similar, con su número anotado. - Será increíble poder conversar luego -.

Sin embargo, el momento más importante de todo el evento parecía haber llegado. Fue el propio gobernante del lugar el que dio fin al combate que, sin haberle estado prestando demasiada atención, Uker había estado esperando verlo acabar. Si el gigante salía vencedor, eso significaba que su equipo saldría vencedor. Una lastima tener que depender de otros, pero lo cierto es que haber participado en uno de los dos combates era al menos un alivio.

El primate habló, mencionando algo que quedó grabado en la mente del cocinero. - ¿Kenbunshoku Haki? ¿Eso era lo que decía el idiota de Jin? -. ¿Podía leer las mentes? Si eso era cierto, y el yakuza de igual manera había perdido contra Eros en un combate, era mucho más estúpido de lo que habría imaginado. Sino, ¿a queso refería con detectar en ellos algo peligroso?

No todo podía ser color de rosas, pues en ese instante fue anunciado que no había ganador en ese encuentro. Si de igual manera un equipo iba a llevarse la victoria, sería uno con más puntos. Su equipo había destacado en dos pruebas, pero no había sido suficiente para escalar al primer puesto luego de que Barald y él quedaran eliminados. Sus dientes se apretaron entre sí, agachó la cabeza y simplemente pudo pensar que debía aceptar la derrota una vez más.

Espera, ¿230 puntos? Ningún equipo tenía 230 puntos antes de iniciar los combates.

Fue una gran sorpresa escuchar qué equipo se alzaba con la gloria. Sus dientes presionaron entre sí aún más pero las comisuras de sus labios se elevaron y su mano izquierda se cerró en un puño que apretó con bastante fuerza enfrente de él mismo. No había gritos, no había movimientos exagerados con su cuerpo, solo la ambición y emoción plasmadas en sus ojos, los cuales se encontraban fijos viendo el lugar donde se encontraba parado Zarutsuki.

De pronto, pudo sentir como algo terminaba de caer en su espalda. No era pesado, para nada, pero el poco equilibrio que se tenía en ese lugar, junto a seguir al lado de sus compañero y la sorpresa de salir victorioso hicieron posible que esa cosa lo tumbara. - Idiota, ¿desde cuando eres tan enérgico? -. Dijo sin hacer desaparecer la sonrisa de su rostro, al mismo tiempo que veía que se trataba de su compañero de tripulación. Aceptó el golpe en el brazo, un pequeño gesto de camaradería para quien no acostumbraba a dar saludos o abrazos. - Di lo que quieras, pero yo me paré en la arena central -.

Bueno, eso lo habían hecho todos, pero dejemos al pobre diablo.

Se levantó y no tardó en recibir los saludos de su propia tripulación, pero también tenía algo más en mente. Avanzó hasta donde se encontraba su compañero de equipo, el otro hombre que había quedado eliminado en las pruebas. Le extendió la mano, le sonrió y no tardó en decirle. - ¿Tu espada te dijo que saldrías vencedor? Porque eso fue lo que pasó -. Si él había sufrido por unos segundos por ver la posibilidad de la victoria escapar de sus manos, Barald podría estar en una situación similar, aunque no lo conocía lo suficiente como para asegurarlo.

Pero ahora, luego de los aplausos y los vítores, llegaron más palabras del emperador de esa isla. Por las emociones durante los juegos casi que se le había olvidado eso, el deseo que podrían pedirle a aquel hombre. ¿Será que su sueño se encontraba cada vez más cerca? ¿Tendría él alguna información sobre la inmortalidad?

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