19-08-2026, 03:49 AM
03 de Primavera
Año 18
06:32am

Las sábanas se le habían pegado esa noche, con su acompañante nocturno. Los juegos habían sido, cuanto menos, entretenidos, el reencuentro con su amado, o... bueno, ahora “su amada” después de que su cuerpo cambiara. Desde luego, inesperado y no cabía en su felicidad cuando supo que, tras dos largos años, pudo volver a tener su compañía y... bueno, eso ya dejaremos a la imaginación del espectador... Sin embargo, eso no era todo o, más bien, no era suficiente. Se incorporó, desnudo en la cama, con el cabello ligeramente alborotado y todavía algo somnoliento. ¿Cuánto tiempo hacía que no había dormido así de bien? ¿Desde los Blues? ¿Desde que conoció a Tezca antes de los eventos propios? Parpadeó un par de veces, con un ojo abierto y otro cerrado, buscando enfocarse un poco más y tratar de terminar de despejarse.

Miró a un lado de su cama, contemplando a su acompañante, quien posiblemente estaría dormida y se tomó el tiempo necesario, todo el que quiso. Todavía quería disfrutar un poco más, solo un poco más... Los ojos del yakuza se suavizaron, elevando su diestra lenta pero de forma segura hasta el largo cabello rubio que caía y adornaba la cama. Se tumbó un poco más, contemplándola fijamente con calma, tomándose todo el tiempo del mundo. Tenía todavía una misión que cumplir, todavía mucho por delante. Elevó su zurda, apartando algunos mechones rubios que cubrían el rostro de quien era su amada. Estaba satisfecho, y no precisamente poco, de haber tenido un reencuentro con él... o ella, todavía se le dificultaba un poco pensar en Tezca como mujer. Inesperado, desde luego, pero precioso.
La acarició, leve, suave, cariñoso, para poder volver a sentir que eso era real, que esos dos largos años en los que no había estado, ahora se encontraban allí, frente a él, y convencerse, una vez más, de que no era un sueño. Skypea... Pese a que estaba allí por otras razones, ¿por qué no iba a tener la oportunidad de poder pasar el tiempo con ella un poco más? Sus dedos se elevaron y descendieron, acariciando con cuidado la mejilla de la mujer dormida, recordando, una vez más, los juegos en los que había participado. No había terminado especialmente mal. Semifinalista no era un mal puesto, tampoco había ido para ganar. Incluso si Tezca se había esforzado en hacerle creer que había sido una gran victoria, la inutilidad que sintió en el combate todavía lo golpeaba. Tenía que ser más fuerte, no solo por esa “victoria”, también porque debía demostrarle no solo a su jefe y a Tezca, sino también a sí mismo que era más que capaz de saber enfrentar a alguien, fuera en la situación que fuese. No podía siempre depender de que otros pudieran llevarlo más adelante, no como lo hizo Raigo en su momento, su viejo jefe, aquel que le había dado el apellido que cargaba e, irónicamente, tenía tatuado claramente en su espalda. Ese enorme gigante, Ubbe, había sido listo, incluso con el momento que se había dado cuenta de lo que hacía su Akuma. Apretó su mandíbula. Sí, tenía que intentarlo por sí mismo, fuera como fuese. Le quedaba todavía un largo camino por recorrer.
Cerró los ojos unos segundos, respiró profundamente, y volvió al mundo real, donde todavía tenía la mujer frente a él, acercando nuevamente los labios hacia el rostro que había acariciado, brindando un suave beso en la frente de la que se encontraba durmiendo todavía. Por mucho que quisiera quedarse un poco más a compartir ese tiempo con ella, por el momento, tenía cosas que atender. Su rostro se volvió algo más lejano y distante, con aire pensativo, sus dedos delineaban suave y cuidadosamente el rostro frente a él y, el otro brazo, fue acomodado en un lateral de su mejilla. Le sonrió de oreja a oreja, con una mezcla de calma y alivio, esperando a que terminara de despertar para no hacerle creer cosas innecesarias, pero con la misma felicidad que mantenía cada vez que le veía.
—Volveré en un rato. Tengo asuntos que atender, cariño.
Le dolía tener que volver a separarse y, sin embargo, se agachó suavemente una vez más, besando la frente de la rubia. —No te preocupes, todo está bien. Son asuntos laborales. — Y propios también, pero eso sería algo que ya mencionaría en otro momento. La volvió a cubrir con las sábanas, dulce, cariñoso, pasando sus dedos por el largo y rubio cabello de su amada. Todavía se le hacía extraño poder ver a Tezca con una figura tan distinta, siendo consciente que eran la misma persona, o tratarla en femenino. —Luego te lo contaré mejor. Hoy mismo estaré de vuelta, lo prometo. — Lanzó un nuevo beso sobre un lateral de su cabeza, sacudiendo el cabello con cuidado una última vez antes de ir a darse una ducha, dejándolo atrás, caminando desnudo hasta el baño, solo para sentir una almohada lanzarse en su dirección. Dejó escapar una risita divertida. Por mucho que odiara despertarse, siempre que veía ese tipo de actitudes le parecía de lo más adorable y ahora, con su nueva forma, era incluso más divertido.
Mientras el agua descendía por su cuerpo, los pensamientos regresaron una vez más. Había sido entretenido, pero todavía le quedaba un muy largo camino por recorrer. Poseía ahora mismo grandes cantidades de muchas cosas, más que cuando estuvo en el propio Clan Onizuka con Raigo y, sin embargo, sabía que todavía no era suficiente. Extendió su mano bajo el agua de la ducha, guardando un silencio sepulcral, con la mirada ahora fija en un solo punto, aunque realmente no estaba observando nada más que la nada. Las paredes se sentían lejanas, tanto que no podía evitarlo. Elevó su diestra, contemplando su mano, goteando por el agua. Cierto, ahora era un hombre de barro, pero era tan malditamente lento, tan incapaz... Todavía le faltaba muchísimo por delante. Cerró el puño, elevando la mirada, con rostro firme, recordando las palabras que su Jefe le pronunció cuando le enseñó sobre el Haki Kenbunshoku.
Cita:En el mundo, todos los seres vivos tenemos dentro una energía interna muy poderosa latente, y se llama Haki. El Haki se divide en tres tipos, y el Haoshoku es uno de ellos. También se le conoce como Haki del Conquistador. Lo que estáis sintiendo ahora es mi Haki del Conquistador... memorizad esa sensación — agarré mis casco con la mano de Emperor, y tras esas palabras apagué lentamente el Haoshoku hasta cancelarlo por completo — Los otros dos tipos de Haki son el Busoshoku, el Haki del Armamento, y el Kenbunshoku, el Haki de la Observación. El primero sirve para fortalecer tu cuerpo, y el segundo para que tus sentidos se conviertan en tus ojos
Tenía que encontrar la forma de saber cómo entrenar el otro Haki que su Jefe y Maestro le habló; Busoshoku. No iba a solo perder su tiempo en esa isla, y a saber cuánto tiempo podría aprovechar allí. ¿Encontraría a alguien que encajara con las características? Si el Kenbunshoku lo había logrado ver el aura de muchos, incluso durante los juegos, ¿Qué sería capaz de realizar el Haki Busoshoku? ¿Qué tanto fortalecería su cuerpo? Elevó su zurda, cerrando el grifo del agua, quedándose todavía con la mirada fija en la pared, en silencio, con el puño derecho sobre la misma, con aire pensativo. ¿Cómo iba a encontrarlo, si el único que conocía era a su Jefe? ¿Qué capacidades tendría? ¿Cómo aprendería? Estaba seguro de que en esa isla habría algo más que solo unos Juegos. Le iba a tocar investigar... además de encontrar los debidos clientes necesarios para cumplir el trabajo principal que lo había llevado a la isla de los cielos. Si regresaba, no solo podía ser con un trabajo exitoso, también con algo más, demostrarle que sus capacidades no solo y exclusivamente debían depender de él para poder ser más y más fuerte. Podía hacerlo... No... Debía hacerlo.
Se separó, al fin, de la pared de la ducha, estirando su diestra hacia la toalla, pasándola por encima de su cabeza, acercándose al espejo, esta vez contemplándose a sí mismo, desnudo frente al espejo. Descendió la toalla de encima de su cabeza, revelando su rostro y su ya tan característica cicatriz. Elevó su diestra, acariciándola con una lentitud que ni él se esperaba, recordando unas palabras que le habían dado un significado distinto, la misma persona con la que se había despertado esa mañana antes de entrar allí. Sí... también era por ella, para ella... Respiró profundamente, cerrando los ojos unos segundos, descendiendo la mano que hasta entonces había acariciado su propia cicatriz hasta apoyarla entre las paredes del espejo, ahora con un rostro mucho más seguro, serio. Todavía le quedaba muchísimo camino por recorrer. Tenía no solo que demostrarle a Sohem y a Tezca, también a sí mismo que era capaz de llegar dependiendo de terceros.
Podía hacerlo.
Apartó ambas manos de la pared, elevando su rostro al techo, dejando escapar un suspiro largo y prolongado. En esa isla, en ese momento, estaba solo con Tezca y sus compañeros, o amigos. Podía hacerlo. Terminó por exhalar el aire de sus pulmones, cerrando los ojos por esos instantes, buscando aclarar su mente. Sí, había sido una noche de las mejores que había tenido desde que se había separado de Tezca, pero ya tenía que pensar más en sí mismo. Volvió la mirada al espejo, con las cejas fruncidas y, finalmente, extendió la mano hacia una segunda toalla, que utilizó para no solo secar su cuerpo, sino también envolver su cintura y salir del cuarto de baño. Rebuscó, entre sus objetos, algo de ropa. Quiso ir algo más informal hoy, un poco distinto lejos del característico traje que cargaba de forma profesional. Esta vez, se decantó por unos pantalones negros, zapatos algo más cómodos lejos de los caros habituales y, finalmente, una camisa oscura con un estampado floral dorado. Sí, sin duda era lo más cómodo en ese instante para poder utilizar. Además, con el sol, podía tomarse el capricho de ir con la camisa sin abrochar. Ahora que sabía que, gracias al regalo de su jefe, ese Akuma, era inmune a cualquier daño, se sentía incluso más confiado de lo que estuvo antes. Se acomodó lo mejor que pudo frente al espejo con la camisa desabrochada, asintiendo con aprobación frente al espejo que ahora se encontraba en la habitación que compartió con su amado.
Caminó entonces hasta el cajón, revisando sus objetos, los cuales había dejado allí. Uno de ellos se trataba de su ya característica cajita de metal, donde siempre guardaba sus cigarrillos. La abrió, sentándose en la cama para mayor comodidad y contempló la cantidad que hubiera, si es que quedaban. Sus ojos se mantuvieron fijos entonces en ellos. Solo dos. Dos. Frunció las cejas, en un silencio molesto. Menos mal que siempre estaba preparado. Extendió nuevamente la mano en el cajón, donde retiró un paquete de tabaco sin abrir, retirando el envoltorio que lo precintaba, abriéndolo y revelando esa cantidad a estrenar. Como de costumbre en el varón, retiró uno a uno los cigarrillos, aprovechando para, primero, colocar uno entre sus labios para encenderlo. Por supuesto, necesitó dejar la cajita de metal primero a un lado de la cama para rebuscar un mechero y lograr encenderlo. El fuego iluminaba su rostro, incluso si era primera hora de la mañana, con un tono más anaranjado, haciendo que su tez pálida se volviera, por un momento, algo más normalizada. Apagó el mechero, agradeciendo una silenciosa y agradable calada que llegó al instante. La nicotina invadió sus pulmones tanto como la calma que le provocaba. Expulsó el humo, sin retirar el cigarrillo, para así centrarse de vuelta en lo que había querido iniciar hacer; tomar de nuevo el paquete recién abierto de cigarrillos en conjunto a la cajita de metal, seguir retirando uno a uno, los cigarrillos, y colocándolos con una paciencia envidiable. Estaba tan acostumbrado que ya se le volvía cada vez más natural. No le tomaría demasiado tiempo antes de terminar de llenar por completo con los cigarrillos. Arrugó el paquete, ahora vacío, con su zurda, mientras con la diestra cerraba la cajita de metal, poniéndose en pie para guardarlo en el bolsillo derecho de su pantalón. Dio una larga y profunda calada al cigarrillo que lo había estado acompañando en todo momento, poniéndose en pie una vez más. Todavía recordaba bien los juegos, el confrontamiento contra Runin y aquel gigante, Ubbe. Su fruta había hecho mucho, más de lo esperado y, por supuesto, la katana que le había regalado su Jefe habría sido una maravilla en combate... Si no fuera porque al final no había logrado siquiera darle un uso. Cerró los ojos unos segundos más, ahora caminando hacia donde pudiera estar la rubia. La vio, contemplándola desde el umbral de la puerta, de brazos cruzados, en silencio, observando la espalda de la ahora mujer frente a él, sonriendo de medio lado. Esa figura ahora tan distinta, con el cabello tan característico. El rubio cabello igual que siempre le caía como una cascada tan hermosa como ella misma. Sus caderas, en cambio, ahora se veían más anchas y sus facciones más delicadas. Incluso en una forma distinta se veía igual de hermosa e increíble que el día que lo conoció como un varón. Dos años... Dos largos años y aún se sentía como un sueño. Cerró los ojos unos instantes, queriendo disfrutar de esa compañía que... quién sabe cuánto iba a durar... Si lograba cumplir su sueño, no habría más separaciones, no más...
Abrió lentamente los ojos, apartando su hombro del umbral de la puerta, caminando esta vez hasta la espalda de la mujer, pasando sus manos alrededor de su cintura y acomodando su mentón sobre su hombro, cerrando los ojos solo queriendo disfrutar del calor y la calidez un poco más, solo un poco más. —Comeré fuera cariño, adelántate mientras tanto. Si pasa lo que sea, te llamaré, y si me necesitas, llámame. — Elevó la diestra, con el dedo pulgar y el meñique abiertos, y los tres restantes cerrados, con una sacudida al lado de su oreja derecha en señal de “llamada”. Finalmente, sonrió, guiñó un ojo y la soltó, muy a su pesar. Hubiera preferido compartir más tiempo, pero el deber lo llamaba. Se volteó, caminando hasta la entrada principal y salió, al fin, por la puerta.
Elevó su mano al salir, sintiendo el sol dándole directamente en el rostro. Cerró los ojos unos segundos. Incluso si eso había sido lo que lo había despertado inicialmente, tuvo que parpadear un par de veces al salir del lugar en el que se hospedaban. Parpadeó un par de veces, acomodando su vista lentamente. La temperatura en el interior era bastante distinta a la del exterior. No es que fuera un calor abrasador, pero sí se sentía la temperatura en su piel, pálida pese a los numerosos viajes que hasta entonces había estado realizando. Todavía recordaba el terrible calor de Arabasta, que era muchísimo peor que allí. Cerró uno de sus ojos, observando el cielo azul, sin nubes ya que, irónicamente, se encontraban debajo de ellos, debajo de esa isla del cielo que aún estando allí le parecía tan irreal. Era tan curioso como increíble saber que estaba sobre las nubes, que Kajimodo había hecho un trabajo tan excelente al llegar hasta allí. ¿Debería aprovechar para comprarle algo de camino? ¿Algún recuerdo? Quizás lo hiciera, le agradaba el tipo, pese a que sentía que era demasiado bonachón. ¿Y quién no necesita alguien así? Era un timonel excelente. ¿Qué podría comprar para él? Lo que sabía era que debía mantenerlo en las mejores condiciones posibles. El Jackpot, gracias a él, no había recibido ni un solo rasguño.
Ahora que lo recordaba, también debería comprar algunas provisiones para cuando saliera de Skypea. ¿Dónde terminaría yendo? Eso en otro momento se lo preguntaría a Sohem en alguna llamada por Den-Den Mushi, cuando terminara de asentarse por completo.
Descendió tanto la cabeza como la mano, lentamente, mirando ahora las calles que, al ser todavía temprano, se encontraban con escasas personas, la mayoría de ellos los habituales habitantes de Skypea. La ironía hacía que ni siquiera supiera por dónde empezar, no conocía el lugar. Lo positivo era que, gracias a su experiencia, probablemente le tomaría solo algunas horas antes de tener que explorar todo, pero le tocaría investigar. ¿Podría siquiera encontrar algo? ¿Habría siquiera un mapa en la isla? Le iba a tocar investigar.
Inició el paso, calmado, sin prisa, pero sin pausa, con sus ojos investigando todo su alrededor, las costumbres que pudieran tener, las ropas que pudieran haber. Recordaba que en los Juegos había una enorme cantidad de Lunarians y Birkanianos, recordando entonces a la amiga de Tezca, aquella muchacha birkaniana de cabello rosado con la cicatriz en su rostro. ¿Cómo estaría? Parecía saber cuidar del rubio, pero después de los Juegos no había buscado a ninguno de sus tripulantes, quizás se molestaría en hacerlo más adelante, ya lo vería. Su problema, ahora, era saber cómo diantres encontrar la información que necesitaba. ¿Siquiera en esa isla sabrían qué era Haki además de Zaratsuki? No es que muchos pudieran tener ese conocimiento como el que tuvo Sohem cuando le enseñó. ¿Pero quién? ¿Y dónde?
Descendió sus manos, colocándolas en los bolsillos. Un par de niños parecían corretear, jugando a algo entre ellos, dos jóvenes que tenían el capricho y ventaja de disfrutar de lo que significaría la palabra “infancia”. Los observó, frenando su paso por unos segundos, viendo cómo se acercaban a otro grupo de jóvenes, ahora pasando de dos a... Quién sabe cuántos más, solo que eran un grupo, cargado de inocencia y felicidad. Sopesó en sus recuerdos una vez más, aquellos que mayormente negaba a recordar, muchísimo menos pronunciar en voz alta, pero por una vez, solo una, después de todos los años, una pregunta le vino de forma fulminante en la mente. Si hubiera tenido otra infancia, otra familia... ¿Habría sido distinto? ¿Estaría parado donde estaba en ese momento o sería un civil como cualquier otro? El viento sopló, suave, despacio, mientras los ojos fríos del hombre se desviaron de aquel grupo de muchachos, volviendo a sus pasos. La camisa con decoraciones florales ondeó, su cabello se sacudió hacia atrás, revelando mejor una cicatriz que ya de por sí era visible. Ahora las cosas eran muy distintas a cómo eran, y no había nada que pudiera cambiar, no a menos que se tratara de, por supuesto, volverse más fuerte. Conseguir poder, llegar a lo más alto, escalar, demostrarse a sí mismo y al mundo entero que no solo era un hombre de derrotas. No le importaba a quién iba a destruir, a quién tuviera que pisotear, todo con tal de conseguir alcanzar su objetivo. Los únicos que iban a estar inmunes a ese ideal iban a ser, por supuesto, el rubio y los miembros del Banco Goldreich.
Tenía que hacerlo.
Su mano zurda, todavía en el bolsillo, comenzó a palparlo hasta que encontró la cajita de metal que, poco antes, había llenado de una hilera de cigarrillos. Lo retiró del bolsillo, abriéndolo, observándolo fijamente. El clic se escuchó cuando pulsó un lateral de la cajita de metal, el cual tenía un lado que sobresalía a propósito que era lo que mantenía segura la caja, y bien cerrada y, a su vez, la abría. Con ese gesto, lo abrió, revelando todos los que contenía, todos llenos y retiró uno de ellos, acercándolo hacia sus labios, cerrando los ojos para sentir mayor alivio en su cuerpo. Cierto, había fumado antes de salir, pero un poco más no haría daño a nadie. Además, pensamientos de ese tipo le molestaban, siempre le hacían pensar en cosas innecesarias, y no era lo que necesitaba, en absoluto. Cerró la cajita, con un nuevo clic que mostraba que el seguro del cierre había sido correctamente cerrado, y guardó el metal en el mismo bolsillo del que extrayó, en esta ocasión, un mechero negro. Elevó su diestra, mientras con la zurda trató de encenderlo, evitando que el viento se llevara o apagara la llama, volviéndola inconsistente, y evitando así pelear para dar la primera calada. Inhaló el humo, sintiendo el calor de la ceniza encenderse, dándole así mayor fuerza para encenderlo a la perfección. Abrió lentamente sus ojos, ahora apagando la llama, separando sus manos y sacudiendo, inconscientemente, el mechero, buscando enfriarlo para que, una vez se reacomodara en el bolsillo de vuelta, no tuviera la sensación de que pudiera quemarlo, aunque era un acto involuntario. Pensó, una vez más, por dónde podría empezar.
“Si hay algún sitio donde pudieran hablar de Haki... ¿Dónde podría ser?”
Le dio vueltas, con su tan amado acompañante, que tanto lo llevaba, dejando que el camino que ahora recorriera se viera, no solo por el viento que ahora se suavizaba, permitiendo que su camisa desabrochada dejara de sacudirse demasiado para revelar por completo su pecho, sino también haciendo que el humo retrocediera en forma de camino que señalaba hacia dónde iba, desvaneciéndose apenas a pocos metros de donde se encontraba él. Bibliotecas fue una de las cosas que se le vino en la cabeza. ¿Quizás algún maestro? ¿Siquiera habría maestros en esa isla? ¿Algún dojo? Eso podría preguntarlo. Pero Shandora no era especialmente pequeña. ¿Cómo podía pasar desapercibido? Hizo una mueca, elevando su diestra hacia el cigarrillo que se encontraba entre sus labios. Expulsó el humo de sus pulmones, elevando la mirada hacia el cielo, totalmente azul, limpio. ¿Por dónde podía empezar? Quizás en alguna taberna, allí siempre existía la mínima posibilidad de que alguien hablara de más, ya fueran o no ancianos. No era de su agrado tener que ir preguntando persona por persona, pero qué mejor que hacer. Además, salió sin desayunar, era la excusa perfecta. ¿Quién sabe si alguien iba a salirse de la lengua? Por probar no iba a hacer daño a nadie.
Las calles comenzaban a concurrirse un poco más, personas que ahora parecían hacer su día a día, siendo que el tiempo había avanzado más rápido de lo que él esperaba. Encontrar tabernas o bares no era algo que fuera a ser demasiado complicado. Un café tampoco le vendría mal en su organismo. Buscó, de entre una calle que parecía haber unos cuantos, el que pudiera tener más gente. Más gente solía ser sinónimo de más información, además de buena calidad, por supuesto. Vio la terraza montada, donde una pareja disfrutaba posiblemente de un inicio de cita romántica para el desayuno, otra mesa con un anciano que apenas comenzaba a beber alcohol a primera hora de la mañana, otra mesa parecía haber una madre con un niño, quien tomaba algún batido de chocolate, en conjunto con el café y algunos aperitivos para matar el hambre. Sus ojos volvieron hasta la puerta principal, de madera resistente, en ese momento cerrada. Elevó su mano, dando otra calada al cigarrillo que lo había estado acompañando hasta entonces, entrando en el interior. Éste se veía elegante, con aire clásico, las maderas de alta calidad sostenían no solo el suelo, sino que también estaban por las mesas y la propia barra, con un cuidado excelente. La tenue iluminación podía incluso reflejarse en algún que otro cristal, pese a que solo era un acompañamiento ambiental, dado que la luz natural entraba con normalidad y permitía que las vistas fueran más hermosas. Algunas macetas, con plantas, se sostenían gracias al hueco que había entre las ventanas, había algunas personas más en el interior, quienes disfrutaban de conversaciones. Unos ancianos, mayormente, otra pareja, alguien solo mirando y leyendo el periódico, con gafas puestas. Razas de todo tipo que invadían la estancia del local, no dejándolo agarrotado, pero sí dándole vida al lugar.
Música suave y relajante sonaba alrededor, gracias a algunos Den-Den mushis, volviendo el ambiente incluso más relajante de lo que ya de por sí se apreciaba. Jin observaba con atención su entorno, pensativo. ¿Quizás alguno de los ancianos que parecía disfrutar su mañana podría tener algo de información? ¿Algún luchador que pudiera estar en un bar? Vamos... ¿Qué tipo de luchador se iba a presentar en un café a las ocho de la mañana? Oh, bueno... Podría ser... Era posible, pero ninguno de los que estaban allí tenía especialmente pinta de ser uno. Expulsó el humo del cigarrillo, acercándose a la barra del bar. La bienvenida fue dada por una mujer birkaniana con una sonrisa resplandeciente y con un rostro amable. Su cabello, largo hasta posiblemente las caderas, de un rubio deslumbrante que resaltaba gracias a la iluminación de la taberna, estaba sujeto en forma de caballo y las pequeñas alas que tenía tras su espalda revelaban su raza como birkaniana. Sus ojos, rojos, resaltaban más su rostro, incluso su aire amable y cariñoso a medida que dejaba los pedidos a un lado, acercándose a Jin, con la misma amabilidad que la mujer irradiaba. Su ropa, que constaba de un posible uniforme, un vestido azul marino, con blusa blanca en el interior con volantes y en sus orejas asomaban dos pentientes en forma de plumas.
—¡Hola señor! ¡Bienvenido! ¿Qué puedo servirle?
Jin tomó el taburete, sentándose en el mismo, observando los ojos llenos de ternura y amabilidad de la mujer, que se veía, pese a la larga posible experiencia detrás de la barra, viva y llena de energía. Jin, conociendo bien sus métodos de seducción, sonrió de medio lado, elevando su diestra y contemplando a la mujer con cierta picardía.
—¿Le molesta si le pido un cenicero? No me gustaría tener que manchar la barra con las cenizas.
La mujer lo miró, con un tenue y ligero rubor en sus mejillas, pero habló nuevamente con amabilidad. —¡Por supuesto! Deje un momento que sirva esto a una mesa, y se lo entrego. — Guiñó un ojo en dirección al yakuza, caminando para dejar un par de cervezas en una mesa y regresando, poco después, a la barra. Su larga cola de caballo se sacudía en cada movimiento que realizaba la mujer. Debía admitirlo, era cuanto menos adorable.
Una vez la mujer regresó a la barra, sonrió de nuevo, buscando debajo de la barra lo que el hombre había pedido, colocándolo sobre la barra, frente a él. —¿Algo más en lo que pueda ayudarle, caballero?
—Claro, un café no me vendría mal, y algo de comer. — Habló dejando caer las cenizas del cigarrillo, que ya estaban gritando por desprenderse, sobre el cenicero, con un toque suave, utilizando su pulgar en la zona inferior, en la zona del filtro. —¿Qué me recomienda? Soy más hombre de salados, por si acaso elije algo dulce. — La mujer comenzó a rebuscar, aunque estaba todo expuesto sobre la barra, envuelto en un cristal para evitar un contacto directo de cualquiera, o cualquier contaminación cruzada. Elevó su diestra hasta su mentón, observando entre todo lo que había expuesto, desde salados hasta dulces.
—Hmmm... Veamos... Veamos... ¡Ah!
Descendió su mano, señalando una tortilla con un acompañamiento de queso y algo de carne. —¿Qué le parece este? Es algo que suele gustar, aunque también puede seleccionar algo más básico, como la tortilla con cebolla, o sin ella si la prefiere. Tenemos también unos sándwitches caseros muy nutritivos. Sí, usted tiene pinta de comer algo así... ¿O algo picante, quizás? — Las cejas de Jin se elevaron a la mención de lo último, con interés. La muchacha notó el gesto, porque dejó escapar una risita, cubriendo sus propios labios con la misma mano que había estado hasta entonces en su mentón. —Jiji... No se preocupe, tenemos un sándwitch de pollo con algo vegetal que tiene una especial salsa picante. Puede probarla. A mi gusto es delicioso.
—Suena muy bien. — Respondió al fin el varón, escuchando nuevamente la risita de la camarera. La observó, con calma e interés, viendo cómo tomaba un plato limpio de debajo de la barra, unas pinzas y acomodaba el sándwitch sobre el platillo, acercándoselo a Jin, a un lado. —Veo que es un local muy popular. — Habló, en el momento que la rubia se acercaba a hacer el café.
—Ah, sí, suele haber muchos clientes, especialmente en horas punta, pero es agradable. — Los pasos de la mujer se fueron acercando lentamente hasta el hombre, ahora entregándole la taza de café con sus respectivos acompañantes; una cucharita y un sobrecito de azúcar. Lo primero que hizo Jin fue comenzar a revolver la taza con la misma cuchara, sin apartar la mirada de la joven, con su sonrisa traviesa y coqueta.
—Y dígame, señorita. ¿Conoce bien la zona? — la mujer, que ahora se estaba encargando de fregar un par de platos a mano, lo observó con curiosidad, manteniendo su sonrisa resplandeciente y amable.
—Conozco hasta lo que desayunan mis clientes habituales... Y eso incluye los juegos que se celebraron. Usted participó si no recuerdo mal, ¿no es así? Lo hizo increíble reteniendo a ese fósil enorme. ¡Y ni un solo rasguño recibió! Estaba expectante cuando lo vi. Su compañero también, con esas katanas, ¡cómo golpeaba! Asumo que usted también usa katanas, ¿no es así? — Jin, sorprendido por la intuición de la mujer, arqueó una ceja, con cierta sorpresa. Fue cuando la camarera limpió, con un trapo seco, una de sus manos antes de señalar el cinturón donde cargaba dos de ellas. —No creo que las lleve de adorno.
—Muy observadora.
—Si no lo soy, ¿cómo me podría llamar camarera?
Jin cerró sus ojos, con aire divertido. Esa muchacha, en cierto modo, le recordaba a otra mujer, aquella jovencita que había dejado atrás, en los Blues. No pudo evitar sentir un halo de calma y tranquilidad envolviéndolo.
—Tiene usted razón.
Abrió de nuevo los ojos, observando a la muchacha de nuevo, esta vez directamente a los ojos, acercando el cigarrillo a sus labios para dar una larga calada. —Y supongo que también vio el combate final.
—¡Oh, sí sí! ¡Fue increíble! ¡El hombre águila! ¡Fue increíble la pelea contra el que parecía de luz! Aunque es cierto que el señor Zaratsuki tuvo que hablar del confrontamiento. Hubo un punto que parecía que se iban a matar. Todavía tiemblo cuando lo recuerdo. Y pensar que había gente capaz de golpear logias... ¿Quién le habrá enseñado? No parecía de la isla. — los ojos de Jin se elevaron hacia la mujer, con interés. Dio un sorbo lento a su café, interesado, con los ojos entrecerrados. Dio un sorbo, lento, con una calma envidiable que no demostraba el interés que había despertado en él. ¿Quizás...? —¿Sabe usted algo de lo que hizo ese hombre águila? — La mujer movió la cabeza de lado a lado, negando con la cabeza.
—Sé que hay personas con habilidades curiosas, y estoy segura de que alguno de los maestros de algún dojo podría darle la respuesta que busca.
—¿Un Dojo? — lentamente, dejó la taza sobre el pequeño platito en el que iba servido, con los ojos ahora atentos en la mujer, quien supo que existía un interés.
—Sí, sí. Por aquí hay un dojo de una persona que entrena, no muy lejos, pero se dice que es muy estricto. ¿Está interesando? Podría ser... duro...
Jin tomó el sándwitch, dando, finalmente, la primera mordida, disfrutando finalmente del delicioso sabor picante del que la mujer había presumido. —Me gustaría hacer una visita. Hay respuestas que me faltan por conocer, y no estaría de más aprovechar mi tiempo en la isla. — Elevó la mirada de nuevo hacia la camarera, quien revelaba una sonrisa de interés. —Tengo mis motivos.
—No lo dudo, señor, en serio no lo pongo en duda... Solo... Parece que se sienta insatisfecho consigo mismo. — Las palabras le hicieron abrir los ojos, dejando el sándwitch a medio camino de su boca. Elevó la mirada hacia la mujer de nuevo, con los ojos fijos en ella, quien elevó su diestra, sacudiéndola de lado a lado buscando restarle importancia. —No se confunda, no sé si tiene algo que ver con su participación en los juegos, pero sea como sea, para mí lo hizo increíble. Por un momento llegué a pensar que tragaría al fósil. Ah, espere. — De nuevo, comenzó a rebuscar debajo de la barra, sacando un pequeño bloc de notas y un bolígrafo, comenzando a anotar. —Aquí, tiene la dirección. El nombre del Maestro del dojo es Kaelith. Es un Lunarian que impone muchísimo, pero estoy segura de que le dará las respuestas que busca. — Arrancó la hoja, donde tenía la dirección y el nombre del Lunarian, extendiéndolo hacia Jin. Él tomó una servilleta para limpiarse las manos y miró el contenido de la pequeña hoja. No conocía mucho las calles, pero con eso había un avance mucho mayor de lo que esperaba. Elevó de nuevo el rostro hacia la mujer, ahora ofreciéndole otra sonrisa, muchísimo más satisfecha que la inicial.
—Estoy seriamente agradecido con usted.
El rojo en las mejillas de la mujer comenzó a acentuarse al apreciar su sonrisa, pero viéndose satisfecha. —No, no. No es nada. Estoy disfrutando mucho de conversar con usted. No pensé que podría hablar personalmente con uno de los participantes de los Juegos. ¡Eso me deja una anécdota que contar a mis amigos! — La mujer juntó ambas manos con felicidad y satisfacción, con ambos ojos cerrados. La sonrisa resaltaba y brillaba tanto que era más que llamativa. En serio... le traía recuerdos de Akura.
Poco tardó en, después de terminar de comer y disfrutar de su café, buscar en el bolsillo de su pantalón su propia cartera, sacando unos cuantos Berries, y no solo eso, sino también un extra sorprendentemente generoso para la joven, quien abrió los ojos como platos, viendo que la cantidad era prácticamente casi el doble que todo lo que acababa de pagar por el desayuno. —¡Señor! ¡No hace falta que me dé tanto! Con unos pocos Berries...
—Considérelo un agradecimiento por ayudarme y animarme hoy, señorita.
La mujer, perpleja, observó los Berries, sin saber bien qué decir, comentar, teniendo que usar las dos manos para poder ver bien la cantidad y elevar la mirada hacia el hombre. —Aún así... ¿No es demasiado...? Quiero decir...
—Úselo para usted. No es para tanto. A mí solo me quemaría los bolsillos. — Se puso en pie, ordenando los platos, colocando el pequeño de café con la taza, ahora vacía, encima del plato donde hasta entonces había estado el sándwitch, que obviamente había disfrutado como ninguno, acercando esta vez los utensilios para facilitarle a la camarera poder realizar el orden necesario sin tener que extender sus brazos.
—Muchas gracias. Apenas no hace muchas horas que empecé la jornada, pero me alegró el día. En serio, gracias. — Jin le restó importancia, poniéndose de pie, elevando su diestra, apagando el cigarrillo con la izquierda en el mismo cenicero que la mujer le había ofrecido, ya habiéndose consumido durante después del café. Se despidió de la mujer que parecía resplandeciente de felicidad en esa mujer y, finalmente, salió del local, retirando el papel que contenía la dirección de aquel Dojo que había mencionado. Efectivamente, no parecía estar demasiado lejos, a lo sumo a unos veinte minutos.
El sol se había alzado un poco más, por el tiempo que había estado pasando en el local. No sabía si alegrarse de haber hallado lo que le interesaba tan pronto o no. ¿Siquiera ese entrenador del que habló la joven conocería la existencia de Haki? Él era de los pocos privilegiados que había visto en persona lo que era antes que otros, y de esa isla tampoco conocía demasiado. Elevó su mirada, mirando las calles, ahora mucho más llenas de vida y personas, las horas habían avanzado sorprendentemente rápido. Las indicaciones, para mejorar las cosas, habían estado anotadas gracias a la muchacha, quien le ayudó a guiarse sin tener que ir preguntando persona a persona por dónde ir, o dónde era la calle tal o cual. Qué previsora había sido. No se arrepentía en absoluto de haberle dado una propina tan generosa. Por ello, cuando llegó, y vio el dojo, no puso en absoluto en duda el lugar al que se encontraba. Lo veía claramente, sin necesidad de preocuparse de si se había o no equivocado. Guardó el papelito en el bolsillo, para retirar la cajita de metal, revisando sus cigarrillos. ¿Iba a fumar de nuevo? Nah, no lo veía tan necesario, al menos no por ahora. Volvió a guardar el cigarrillo de vuelta en el bolsillo, caminando ahora con algo más de seguridad hasta la entrada del Dojo. ¿Debería llamar? ¿O quizás...? Utilizó, silenciosamente, su Kenbunshoku. ¿Qué pasaba si entraba y no había nadie? Pero allí, detrás de la puerta, pudo verlo. Una figura, más alta que él, silenciosa, con una postura firme. Sí que había...
—¿Vas a quedarte allí todo el día? — Los ojos de Jin se abrieron de par en par, con sorpresa. No veía a nadie más en el interior, ni a su alrededor tampoco que estuviera esperando entrar... ¿Le había visto? —Pasa, y espero que no me hagas perder más mi tiempo. — Jin elevó su zurda, extendiéndola hasta la puerta corrediza, abriéndola despacio, dudoso. Unos ojos azules tras unas gafas, un cigarrillo entre sus labios, el largo cabello blanco y suelto. Más que un Entrenador, parecía un militar, más alto que él y, por su tamaño, tono de piel y alas tras la espalda, parecía ser un Lunarian. —¿Y bien? — De repente quedó en silencio, estancado en sus propias palabras, sin saber qué decir. Carraspeó, cerrando la puerta tras de sí, manteniendo la calma y observándolo con firmeza y seguridad.
—¿Es usted el señor Kaelith?
El hombre, que hasta entonces parecía sentado en postura firme, de rodillas, en el suelo, se puso en pie, revelando diferencia de altura. Le recordó ligeramente a Ubbe, en cuanto a la altura, teniendo que elevar la mirada para poder verlo directamente a los ojos. —¿Y quién más cree que estaría aquí? — El estoque se encontraba en su mano derecha, mientras los ojos fríos y azules seguían clavándose en Jin, en un silencio que ambos prolongaron, hasta que opco después el propio Jin fue el que habló.
—Quiero... Quiero entrenar con usted. Tengo preguntas que hacerle.
Los pasos de Kaelith se acercaron, lentos, pero firmes, hasta posicionarse frente a Jin, quien no dejó de observarlo directamente en ningún momento. El Lunarian tuvo que descender la mirada, incluso tras sus gafas, para también observarlo fijamente. —Usted es el del combate de las Semifinales en los Juegos... No estoy equivocado. ¿Cómo era su nombre?
Jin se quedó mudo, observando en silencio la enorme figura, volviendo pronto a su compostura. —Jin Onizuka. — Se presentó, firme y seguro, frente a él. —Con Jin está bien.
—Me alegra ver que nos entendemos, Jin. — El lunarian dio media vuelta, caminando de nuevo en el interior. —Sígueme. — Jin no tardó en obedecerle, retirando su calzado en la misma entrada y colocándolo de forma ordenada antes de seguirlo. —¿Qué es lo que quiere saber alguien como tú?
Jin respiró, tratando de verse calmado, descendiendo la mirada, ahora aprovechando que estaba de espaldas a él. —Quiero... Hacerme más fuerte. — Hizo una pausa, sin saber si revelar más pensamientos de los que tenía todavía en su mente. —Y el combate final me dio algunas dudas. ¿Cómo era posible que alguien fuera capaz de tocar la luz y vencer como si nada? — Los pasos del Lunarian frenaron, habiendo llegado a la zona de entrenamiento. El suelo, de tatami, estaba preparado, como si viera a venir algo así.
—Supongo que te refieres a cómo poder tocar a un usuario con Akuma Logia, como tienes tú. — Jin podría preguntar, pero si lo había visto combatir, claramente no había nada que afirmar o negar más que admitir la razón que tenía. Asintió con la cabeza. —Dime, Jin. ¿Conoces la existencia de los Haki? — Jin asintió con la cabeza, ahora con más firmeza. ¿Haki? ¿Qué tenía que ver eso con poder tocar y atacar a los Logia? —¿Qué tanto sabes?
—Kenbunshoku es uno que sé utilizar. De hecho lo usé para saber si había alguien dentro antes de entrar aquí. Luego sé que existen otros dos, pero uno de ellos es... ¿Busoshoku? — Hubo un silencio, donde el Lunarian observaba con interés a Jin, uno que inicialmente no parecía existir.
—¿Qué tanto sabes de Busoshoku?
—Sé que es capaz de fortalecer el cuerpo.
—¿Nada más? ¿De dónde lo sacaste? — El estoque ahora se colocó en el suelo, como un apoyo frente a él. La postura de Kaelith era firme, segura, los ojos estaban cargados de interés.
—De la persona que me enseñó Kenbunshoku. Prefiero... no dar demasiados detalles de quién fue. — El Lunarian dejó entrever una risita, pero la dureza en sus ojos no parecía tener derivación.
—Interesante que le hablen de Busoshoku, pero no le den todos los detalles. — En apenas un instante, tenía al Lunarian con el estoque desenvainado, yendo directamente hacia Jin, a quien impactó irremediablemente. Éste retrocedió unos pasos, viendo la sangre caer por un lado de su costilla, sujetándola. —Busoshoku, ciertamente, sirve para fortalecer el cuerpo, pero no solo eso. También para poder tocar a los logias como tú, o como aquel hombre de luz. No solo se usa en su cuerpo, sino también en las armas que uno utiliza. — Elevó el estoque, observando a Jin, a la vez que este último, se ponía en pie, tosiendo y apretando su herida. No era profunda, claramente el Lunarian no había ido con intención de matarlo, pero sí había resultado una demostración magnífica. —Haki Busoshoku o, como también se le conoce, Haki de Armamento. Estoy seguro de que esto era la respuesta que tanto buscabas. Voy a advertirte de algo; que tengas conocimiento de Kenbunshoku no te va a servir de nada. Si quieres realmente que te entrene, tendrás que demostrar que eres capaz de hacerlo. No pienso perdonarte ni un solo fallo y, si te rindes, te quiero fuera de mi dojo.
Jin apretó la mandíbula, con la mirada seria fija en el Lunarian, retirando una de sus dos katanas. Respiró hondo, retirando también la segunda katana, la misma que Sohem le había regalado, resplandeciente con esos tonos negros y rojos. —No he venido hasta aquí para perder mi tiempo, y estoy seguro de que usted tampoco, señor Kaelith. — Una sonrisa asomó por los labios del más alto, satisfecho con la respuesta del hombre.
—¿Por qué tienes tanto interés en aprender, Jin? ¿Solo para hacerte fuerte?
Jin apretó la mandíbula y las empuñaduras de sus dos katanas, en posición de ataque. —No. También porque tengo que cumplir mi sueño... Y poder defender aquellos que me importan. — En su mente se reflejó la imagen de Tezca, aquella de la que se había despedido apenas pocas horas antes. —Necesito ser más fuerte para conseguir esas dos cosas. Fui un maldito inútil en el combate, no quiero que eso se repita de nuevo. — El Lunarian elevó las cejas, con interés. Elevó su mentón, con mayor seguridad, él también en posición de ataque. Esas palabras lo habían dejado satisfecho.
—No me gusta repetir las cosas, así que solo lo diré una vez. Busoshoku no tiene nada que ver con Kenbunshoku. Puede ser que seas capaz de atacar a los logias, pero eso no significa que puedas anular sus poderes. Es un fortalecimiento de tu cuerpo o tus armas, y quiero comenzar por el cuerpo. ¿Qué tanto podrás soportar antes de perder la consciencia? — No dio tregua, ni oportunidad, pero esta vez Jin estaba atento. Sintió el impacto de su estoque, brutal, más de lo que pudiera resultar un ataque normal. Apretó los dientes, con los ojos fijos en su contrincante. —Ahora, concentra esa fuerza en tu cuerpo, por ahora no hace falta que envaines ninguna de esas katanitas de juguete.
Jin estaba firme, fijo al Maestro que se presentaba ante él, quien volvió a envainar su estoque a la vez que el propio Jin también envainaba sus propias armas, quedando totalmente al descubierto. —Muy bien. Te diré los puntos que voy a golpearte, tú tendrás que aprender a canalizar por ti mismo las zonas a las que vaya a golpear. No creas que voy a contenerme en lo más mínimo, pero es mejor hacerlo sin necesidad de cortarte, o podría ser fatal para ti. — Elevó el estoque, dando un par de toques sobre su hombro, observando fijamente a Jin de arriba abajo. No dio demasiado tiempo a prepararse mentalmente, como la firmeza y la dureza del Maestro que era, arremetió contra Jin sin pausa. Golpe en el hombro, donde Jin sentía el impacto de la vaina, adolorido, dejando caer la rodilla al suelo, apretando la mandíbula con dolor. Elevó la mirada, viendo el segundo que iba directo a su brazo izquierdo... derecho... Piernas... Costillas... No parecía sentir nada distinto, incluso cuando tenía Kenbunshoku activo, buscando, como hizo en los Juegos con el hombre águila, alguna forma de encontrar la respuesta. ¿Cómo diablos era posible defenderse de lo indefendible? Él podía golpearlo, no como el que lo atacó en las Semifinales. ¿Cómo era capaz? Ni siquiera parecía tener un cambio en su aura, nada que delatara cómo poder hacer uso de ese Haki que mencionaba.
Tras lo que pudieron parecer horas, Jin jadeaba, con el cuerpo lleno de golpes que, claramente, no habían sido compasivos. Se encontraba en el suelo, con una rodilla en el suelo, y otra ligeramente elevada. El sudor corría por su rostro, el dolor de las heridas ya había comenzado a enrojecer las zonas de su cuerpo y, lo peor de todo... El pequeño problema que provocaba esa sensación de dolor que hacía tiempo que no había disfrutado, mucho menos después de conseguir su Akuma. ¿Cómo? ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía lograrlo? Kaelith, pese a percatarse del “pequeño gran problema” entre sus piernas no hizo comentario alguno, tampoco le dio un protagonismo necesario, sino más bien se enfocó por completo en el entrenamiento, descendiendo su estoque hasta el hombro izquierdo de Jin. Los ojos, fríos como el hielo detrás de sus gafas, lo observaban sin compasión. —¿Ya te rindes? ¿Así esperas cumplir tus expectativas? No has avanzado nada.
Jin apretó los puños, su cuerpo, tembloroso por el dolor, se fue elevando con dificultad, jadeando. Su cabeza lentamente se fue elevando, revelando una sonrisa que revelaba, por mucho, que claramente no tenía intenciones de terminar todavía. Si algo existía que el hombre yakuza y banquero era, precisamente, una alta cantidad de tozudez. No... Después de ese patético combate... No iba a permitir que nadie lo pisoteara, por mucho que el conocimiento del contrario fuera mucho mayor que el propio. No... No había llegado hasta allí para depender de otros, no había llegado hasta allí para volver con las manos vacías. No...
—¿Quién dice que me haya rendido? Tengo más por delante.
Los azules ojos de Kaleith lo observaron con interés, moviendo el estoque hasta el rostro del contrario, apretándolo, pero de momento sin golpearlo, solo empujándolo ligeramente contra la mejilla del banquero. —¿Oh? Entonces demuéstramelo. Porque ahora voy a golpearte la cabeza. — El estoque se elevó por encima de la cabeza del mismo Lunarian, tomando así el impulso necesario. Jin sabía lo que eso significaba; darle un golpe directo en la zona podía significar inconsciencia. ¿Iba a permitirse ser débil todo este tiempo? ¿No poder avanzar? ¿Seguiría estancado? No quería volver a tener esa desagradable sensación de inutilidad. Cerró los ojos, ambos, apagando su Kenbunshoku. Su cabeza... su cabeza... El impacto lo alcanzó directamente, sin compasión. Algo comenzó a descender, y fue su propia sangre, por los laterales de su cabeza. Sin embargo, lo que aquel impacto pudo lograr fue menos de lo que creyó. De algún modo, aunque hubiera sido de forma débil, en su propia cabeza pudo sentir que ese impacto no había sido tan severo como lo iba a ser en realidad. ¿Quizás fueran imaginaciones suyas? ¿Tal vez se tratara de otra cosa? Sentía algo de mareo, tuvo que terminar de ponerse en pie, jadeando, para elevar la mirada, firme, hacia el Maestro frente a él. A diferencia de Jin, Kaelith sí se había percatado del avance. Sutil, pequeño, pero detectable.
No hubo freno, ni siquiera la sangre parecía que fuera suficiente para frenarlo, pero esta vez, los impactos iban reduciendo la sensación de dolor, poco a poco, a medida que, lentamente, Jin comenzaba a sentir cómo su cuerpo, al menos en las zonas concretas, comenzaban a volverse más fuertes, fortalecer su propio cuerpo. Eso no fue cosa de unos minutos, ni siquiera un par de horas... De hecho, para cuando su cuerpo al fin pudo conseguir, por primera vez, amortiguar ese dolor, fuera el sol ya estaba comenzando a ocultarse. El cuerpo del yakuza cayó sobre el tatami, total y completamente agotado. El dolor de su cuerpo ya ni siquiera le permitió moverse adecuadamente... Pero lo había logrado. Sus katanas estaban a un lado, apartadas después del largo entrenamiento, pero no, eso no iba a terminar allí, ni tampoco ese mismo día. Lo citó para el próximo día, esta vez con intención de aprender a hacer lo mismo, pero con sus propias katanas.
Al día siguiente, de hecho, salió del Dojo, con algunos moretones que se habían acumulado en su cuerpo por el intenso entrenamiento del día anterior. Sus dos katanas estaban en ambas manos, realizando el nuevo entrenamiento en esta ocasión. Se presentaba, en un jardín tras el Dojo, una roca de un tamaño seriamente considerable. La misión, inicialmente, parecía sencilla; romperla, partirla en dos utilizando la misma habilidad que hasta entonces había usado en su propio cuerpo, solo que, en esta ocasión, iba a tener que usarlo directamente hacia sus armas. —Piensa que esa arma es como una parte de tu cuerpo, seguro que así te será más fácil. Solo usa Busoshoku, nada de otros trucos. ¿Queda claro? — Jin asintió, elevando su Black Jack, contemplando el filo. Recordó a Raigo, una vez más, y los múltiples entrenamientos que parecía haber olvidado desde el inicio de su viaje. Respiró profundo, odiaba recordar a ese hombre, pero qué mejor que hacer en ese momento.
Volvió la mirada hacia el frente, serio, firme, sin un atisbo de duda. Trató de hacerlo despacio: primero su hombro, luego su antebrazo, descender hasta su mano y, cuando creyó dar en el clavo en su propia katana, dio el impacto... Que resultó en nada. Era más difícil de lo que creía. Respiró profundamente una vez más, cerrando los ojos, intentándolo una, y otra, y otra vez... Sin haber logrado más que un pequeño desgaste en la piedra. Del mismo modo que el día anterior, las horas pasaron, y Jin no tuvo descanso, de hecho ni siquiera lo quiso hacer. Kaelith lo observaba, viendo su determinación, con interés, el esfuerzo en el que se entregaba en cuerpo y alma.
Para cuando Jin, al fin, había logrado el objetivo, había logrado no solo que una de sus katanas fuera envuelta por Busoshoku. Un impacto que partió en tres la enorme roca. Jin, jadeando, cansado, podía ver su logro. Retrocedió un par de pasos, respirando para tomar un poco más el aliento, observando esos pedazos frente a él, incrédulo. Movió sus katanas, en una sacudida, repitiendo el proceso en los pedazos rotos, con cortes veloces, eficaces y sin dejar un solo pedazo sin destrozar, enfocando especialmente el Busoshoku en sus dos katanas. Jadeó, cansado, volviendo la mirada a lo que ahora se veía como una pila de pequeñas piedras al haber sido cortadas con eficiencia, buscando la mirada Kaelith. Éste se puso en pie, dando un par de aplausos, solo dejando escapar, entre sus labios, un "Buen trabajo, Jin". Se sintió como un niño. Lo había logrado, había llegado lejos, más de lo que jamás creyó y se sentía satisfecho. Al fin... Por fin sentía que avanzaba por sí mismo. Agradeció, seriamente, el entrenamiento a Kaelith, inclinando su cabeza. Le dio incluso lástima tener que abandonar la isla, o dejar el entrenamiento, dejar de verlo, pero todo inicio tenía un fin.
Ahora podía mirar al frente con la mirada alta, con mayor conocimiento del que había entrado en Skypea. Tenía algo que demostrar y enseñarle a Tezca y, de paso, cuando se reencontrase con Sohem, también le mostraría sus avances. ¿Estarían los dos orgullosos? Esperaba seriamente que fuera el caso. Lo había logrado, por sí mismo, con su sudor y esfuerzo, del mismo modo que cuando era niño y había querido escalar a lo más alto en el clan Onizuka.Ahora, todo debía seguir subiendo.
Un paso más para cumplir su sueño.
Sin prisa.
Pero sin pausa.
Cajita de Tabaco
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