El escudo de la voluntad [PR][Fic-Entrenamiento]
#1
Año 18
Primavera
Día 4

Dos días habían pasado desde el final estrambótico de los Juegos del Soberano. Dos días de tregua en los que Shandora parecía haber caído en un letargo espeso y caluroso. Para la gran mayoría de los marinos y piratas que se acumulaban en las residencias temporales, la semana era poco más que unas vacaciones pagadas en el cielo: comida gratis, vino de frutas y paseos por las ruinas.

Para Moja, sin embargo, el descanso era una condena a muerte por aburrimiento. Y no podía quitarse de la cabeza la imagen de la final. Ese tal Bartolomeow atrapando a Shin en el suelo, rompiendo la intangibilidad de la fruta de la luz. En la Marina le habían enseñado que los usuarios Logia eran casi inalcanzables, pero lo de aquel buccaneer no había sido agua ni Kairoseki. Había sido algo distinto. Una densidad en el aire que le permitió golpear la carne real de Shin.

Esa segunda noche Moja no podía dormir. Se pasó dos horas dando vueltas en el camastro, escuchando los ronquidos distantes de otros. Desesperado, se vistió despacio, se caló la gorra militar hasta las cejas y salió a caminar por las calles elevadas para despejarse el pelaje.

El aire de la noche era fresco y olía a vegetación húmeda. Moja caminaba con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, tropiezando un par de veces con las losas desparejadas del suelo. Se alejó de las tabernas donde aún quedaban borrachos y se adentró en un barrio más residencial y antiguo.

Fue entonces cuando escuchó el sonido.

*Tack. Tack. Tack.*

Un ritmo seco y metálico. Sonaba a entrenamiento.

Moja se frenó, moviendo una de sus orejas felinas para ubicar el origen del ruido. Giró una esquina y se topó con un patio abierto iluminado por antorchas, flanqueado por columnas de piedra. Al fondo se erigía una estructura robusta, una especie de dojo tradicional con un escudo grabado sobre el dintel.

En mitad del patio había un grupo de unos diez jóvenes alados tirando estocadas al aire con espadas de madera. Pero lo que llamó la atención de Moja fue el tipo que los supervisaba.

Medía unos cuatro metros y medio, con la piel oscura y una melena blanca que le caía sobre los hombros. Llevaba gafas redondas, grandes alas negras a la espalda y vestía ropa ancha de tono verde militar con botas negras. En la mano sostenía un estoque y en la otra un paquete de cigarrillos.

-Pésimo. Flexiona el codo dos centímetros más abajo- decía el gigante, corrigiendo las posturas mientras daba una calada rápida. -Si vais a moveros así, podéis marcharos a cultivar verduras. Mi tiempo vale bastante más que esto.-

Moja observaba desde la sombra de una columna, ajustándose la correa de la gorra que le apretaba un poco en la barbilla. De repente, uno de los alumnos lanzó una estocada con rabia hacia el pecho del maestro. El movimiento fue rápido. El gigante no paró el golpe con su estoque; simplemente alzó la mano izquierda. La punta de la espada de madera chocó contra la palma del maestro y sonó un chasquido seco. La hoja se partió en tres pedazos y el chaval salió despedido hacia atrás, cayendo de culo contra el suelo.

-Tu técnica es mala y te ha faltado autocontrol- dijo el gigante, limpiándose una mota de polvo de la manga. -Fuera de mi dojo.-

Moja sintió un vuelco en el estómago. La misma densidad invisible que había visto en la arena dos días atrás. Dio un paso hacia adelante para ver mejor, pero su bota pisó una piedra suelta. El chasquido fue mínimo. Sin embargo, el hombre de las alas negras reaccionó al instante. En un pestañeo, la figura del maestro desapareció del centro del patio. Al segundo siguiente, Moja tenía la punta fría del estoque pegada a un milímetro de su garganta. Se le escapó un pequeño carraspeo por la sorpresa.

-Un gato de la Marina mirando en la oscuridad a estas horas- dijo el tipo desde arriba, mirándole tras sus gafas. -¿No os enseñan modales en la marinal?-

Moja se quedó quieto, sintiendo el metal rozándole el pelaje del cuello. Apretó las mandíbulas y miró hacia arriba.

-Me llamo Moja. Míster...- logró decir con la voz un poco rasposa. -No estaba cotilleando. Solo caminaba por aquí.-

El gigante bajó el arma y la guardó en la vaina con un gesto seco, aunque se le trabó un segundo el broche del cinturón antes de encajarlo.

-Me llamo Kaelith- contestó, sacando un cigarrillo. -Y este es mi dojo. Si buscas pelea como los otros de tu bando que andan haciendo ruido por la isla, puedes darte la vuelta.-

Moja señaló la palma de Kaelith con la garra dura.

-Ese golpe a la espada de madera. No has movido ni un músculo y la has reventado.-

Kaelith encendió el cigarrillo, soltando el humo por la nariz.

-Se llama Haki de Armamento. Busoshoku. Es una técnica para reforzar el cuerpo o las armas. La gente de tu nivel no suele saber ni que existe, la verdad. Ahora vete, que tengo clase.-

Se dio la vuelta para regresar al centro del patio. Moja se quedó parado en la sombra. Se rascó la nuca con torpeza, pensando en la diferencia que había entre saber dar un zarpazo a ciegas y controlar una fuerza así. Todavía no tenía muy claro para qué demonios le serviría exactamente aquello en su día a día en la Marina o si le haría mejor soldado, pero la curiosidad y el orgullo de no quedarse atrás le dieron un arrebato amargo. Apretó los puños a los lados del pantalón, tomó aire y le gritó a la espalda del coloso:

-¡Oye! ¡Enséñame a usar es mierda, maestro Kaelith!-

Kaelith se frenó en seco en mitad del patio. No se giró de golpe ni montó un drama; sencillamente se quedó quieto, con el cigarrillo echando un hilo fino de humo gris hacia el cielo nocturno. Los pocos alumnos que quedaban en el suelo, sobándose las muñecas o recogiendo los pedazos de las espadas de madera, se quedaron mirando al mink pantera con una mezcla de susto y lástima. El gigante soltó una bocanada larga por la boca, se ajustó las gafas redondas con el dedo índice y, muy despacio, se dio la vuelta sobre sus botas negras.

-¿"Esa mierda"?- repitó Kaelith. Su voz no sonó tronante, sino más bien fatigada, como si le dolieran las muelas de tener que aguantar a la gente de la superficie. -Qué vocabulario tan refinado. Se nota que la instrucción militar en vuestras bases incluye clases de alta literatura.-

Moja no dijo nada. Se quedó allí parado, tieso en el borde de las losas, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón blanco. Cerró la boca, apretó los dientes por dentro y se limitó a sostenerle la mirada azul y fría al Lunarian. Sabía que si se ponía a soltar discursos sobre el honor o a dar explicaciones largas, el pavo de las alas negras lo mandaría a paseo en medio segundo. Menos palabras, menos margen para cagarla.

Kaelith caminó hacia él con pasos largos, el estoque balanceándose suavemente en su costado. Cuando llegó a un metro de distancia, la sombra del gigante sepultó a Moja por completo. Olía a un tabaco seco y fuerte, de esos que te rascan la garganta solo con olerlos de cerca. El maestro inclinó un poco la cabeza hacia abajo, observando el uniforme un poco arrugado de Moja, la gorra calada y las cicatrices que asomaban por el cuello del pelaje negro.

-A ver, gato- dijo Kaelith, cruzándose de brazos de forma que sus grandes alas negras se plegaron un poco más contra su espalda. -¿Tú te piensas que esto es como aprender a pelar patatas en la cocina de un barco? El Busoshoku no es un truco de feria que se enseña en una noche porque a un marine aburrido le pica la curiosidad. Requiere una disciplina mental y física que la mayoría de los tuyos ni sueñan con tener.-

Moja ni se inmutó. Mantuvo la cara seria, rígida, sin mover un solo músculo de la cara. Un pequeño insecto nocturno le revoloteó cerca de la oreja izquierda y él solo dio un leve tirón con la punta de la oreja para espantarlo, sin apartar los ojos de las gafas de Kaelith.

-¿Has usado alguna vez la fuerza de tu voluntad para algo que no sea aguantar las ganas de dormirte de pie?- preguntó el Lunarian, alzando una ceja.

-Sí- soltó Moja. Seco. Una sola palabra.

Kaelith se le quedó mirando unos segundos en silencio. Parecía estar sopesando si meterle un guantazo para sacarlo de su propiedad o si reírse de su laconismo. Sacó la pitillera metálica del bolsillo del abrigo verde, la abrió con un chasquido torpe, se le enganchó un segundo la bisagra con la tela del guante blanco y sacó un cigarrillo nuevo.

-Eres un tipo pesado- masculló Kaelith mientras encendía el pitillo con una chispita que le brotó del pulgar. -Y de pocas palabras. Lo cual, sinceramente, es un alivio comparado con los otros marinos ruidosos que andan berreando por la plaza principal. Pero ser callado no te convierte en un buen alumno.-

El maestro dio una calada larga, mirando hacia el patio donde los chavales alados seguían esperando instrucciones.

-Mañana a primera hora. Cuando el sol despunte sobre el gran árbol- dijo Kaelith, dándose la vuelta sin más ceremonia. -Si llegas un minuto tarde, cierro el portón y te vuelves a tu cuartel. Si vienes a hacer el vago, te echo a patadas. Y si me haces perder el tiempo, te uso de saco de boxeo. ¿Queda claro?-

-Claro- respondió Moja.

El Lunarian hizo un gesto vago con la mano abierta, echándolo con el brazo sin volverse a mirarle.

-Pues despeja el patio. Me das dolor de cabeza.-

Moja no dio las gracias ni soltó ninguna reverencia rara. Dio media vuelta sobre sus botas, ajustándose la gorra con un toque seco en la visera, y empezó a bajar por la calle de losas hacia la zona de las residencias. El aire de la noche seguía frío, pero por dentro sentía una sensación rara, como un peso en el estómago. Mañana le tocaba dar el callo frente a un tío de cuatro metros que no le pasaría ni una.

Día 5

Al día siguiente, el sol de Shandora ni siquiera había terminado de romper las nubes cuando Moja ya estaba plantado frente al portón de madera del dojo. Llevaba el uniforme bien abotonado, la gorra limpia y los puños apretados. Tenía los ojos un poco rojos por haber dormido apenas cuatro horas, y al dar el último paso en la rampa de piedra se tropezó ligeramente con el borde de una losa levantada, soltando un juramento entre dientes mientras recuperaba el equilibrio.

El patio estaba completamente vacío. No había rastro de los alumnos alados de la noche anterior. Solo el olor a humo de las antorchas apagadas y el rocío helado sobre las piedras. Moja se quedó allí parado, en el centro del recinto, con los brazos cruzados sobre el pecho. Pasaron cinco minutos. Luego diez. El sol empezó a pegar con ganas sobre la piedra blanca, calentándole el pelaje negro de los hombros y haciendo que le picara un poco la nuca.

De pronto, una puerta corredera del fondo se abrió con un chasquido madera contra madera. Kaelith salió a paso lento, vistiendo la misma ropa verde militar, pero sin el abrigo. Llevaba una taza de barro humeante en la mano izquierda y un plato pequeño con un par de bollos secos en la otra. Se le veía la cara un poco desencajada por el sueño, con las gafas redondas ligeramente torcidas sobre la nariz afilada.

El gigante caminó hasta un banco de piedra bajo la sombra de una columna, se sentó con cierta pesadez en las articulaciones y dejó la comida en el suelo. Le dio un sorbo largo a la taza, haciendo un ruido feo al tragar, y luego miró a Moja como si se acabara de acordar de que el mink estaba allí.

-Llegas pronto- dijo Kaelith, limpiándose una gota de té del labio inferior con el dorso del guante blanco. -Odio a la gente que llega pronto. Muestra una desesperación ridícula.-

Moja no dijo nada. Se mantuvo firme, con los pies bien plantados en el suelo y la mirada fija en el maestro. Kaelith dio un mordisco a uno de los bollos, masticando despacio mientras el aire del mañana se llenaba del crujido de la miga seca.

-Bueno- dijo el Lunarian tras tragar el bocado con dificultad. -Vamos a ver si sirves para algo o si he tirado mi descanso a la basura. Ponte en el centro del patio.-

Moja obedeció de inmediato. Caminó seis pasos hacia adelante y se colocó justo sobre la marca circular que había en las piedras del suelo. Kaelith se levantó del banco, dejando la taza a un lado. No sacó el estoque esta vez. Se quitó los guantes blancos con parsimonia, doblándolos uno sobre otro y metiéndoselos en el bolsillo del pantalón, dejando al descubierto sus manos oscuras, grandes como palas de cavar.

-El Busoshoku Haki no es magia. No es una técnica que se aprende leyendo un manual de la Marina- explicó el maestro, caminando despacio alrededor de Moja como una bestia rodeando a su presa. -Es la manifestación pura de la fuerza de voluntad. Tu espíritu convertido en una armadura invisible. Todos los seres vivos la llevan dentro, pero la inmensa mayoría muere sin haber rozado siquiera la superficie porque son débiles de mente.-

Kaelith se detuvo justo a la espalda de Moja. El mink sintió cómo el pelaje del cuello se le erizaba por puro instinto de alerta.

-La primera lección es simple- continuó la voz del gigante desde arriba. -Tienes que sentir la energía que fluye por tu propio cuerpo y concentrarla en un solo punto. No en tus músculos, no en tu fuerza física. En tu voluntad.-

Moja apretó los puños, cerrando los ojos un segundo para intentar enfocar la mente, pero antes de que pudiera hacer nada, sintió una mano enorme cerrarse de golpe alrededor de su hombro derecho. La presión fue brutal, aplastándole el trapecio contra la clavícula.

-No te he dicho que te duermas, gato- dijo Kaelith con frialdad desde su espalda. -Abre los ojos. Si no eres capaz de sentir la intención de un ataque antes de que te aplaste, no vas a aprender esto en la vida. Concentra tu voluntad en la espalda. Ahora.-

Moja apretó los dientes, soltando un bufido caliente por la nariz mientras intentaba empujar esa masa de dolor con su propia mente. El dolor en la articulación del hombro era un fuego sordo que le bajaba a Moja hasta el codo. Apretó las mandíbulas tanto que le crujió un molar en la parte de atrás de la boca, pero no soltó ni un solo quejido. Tenía las pupilas amarillas dilatadas por la tensión, clavadas en el dibujo desgastado de la losa que pisaba.

-No estás haciendo nada- dijo Kaelith desde arriba, aumentando la presión con los dedos oscuros sobre la carne del mink. -Estás apretando los músculos como un animal acorralado. La fuerza física no sirve de nada contra esto. Si solo tensas la carne, te rompo el hueso en tres segundos.-

Moja intentó buscar esa sensación dentro de sí mismo. La voluntad, la intención, la masa invisible esa de la que hablaba el gigante. Pero con la garra del Lunarian clavándosele hasta la clavícula, lo único que sentía era el impulso primario de darse la vuelta y meterle un zarpazo en las gafas. Respiró hondo por el hocico, dejando salir un aire caliente que olía a la cerveza amarga de la noche anterior.

-Concentra el flujo- insistió Kaelith, soltándolo de golpe.

Moja se tambaleó un paso hacia adelante por la pérdida repentina de apoyo, pero asentó la bota de cuero sobre la piedra antes de caerse. El hombro le latía a rabiar. Se pasó la mano izquierda por la zona afectada, sobándose el trapecio con brusquedad.

-¿Has sentido algo?- preguntó el maestro, cruzándose de brazos mientras la sombra de sus alas negras tapaba el sol de la mañana.

-Dolor- soltó Moja, con la voz rasposa y seca.

-Porque eres bruto- contestó el gigante sin contemplaciones, sacando de nuevo la pitillera metálica. -Crees que porque tienes cicatrices en la piel ya sabes lo que es la determinación. El Haki de Armamento no sale de la rabia. La rabia es desordenada, se dispersa. Necesitas un foco. Una llanura limpia en la mente.-

Kaelith encendió el pitillo con la chispa del pulgar, dando una calada corta que llenó el aire de un humo denso. Luego señaló con la punta del cigarrillo hacia el suelo, a medio metro de las botas del mink.

-Ponte de rodillas.-

Moja no dudó ni un segundo. Flexionó las piernas y dejó caer las rodillas sobre la piedra fría del patio. El impacto le hizo una punzada en la rótula izquierda, pero ni se inmuto. Mantuvo el torso erguido, con la gorra blanca bien encajada y las manos apoyadas sobre los muslos.

-Cierra los ojos- ordenó Kaelith, caminando en círculos despacio alrededor de él. El sonido de sus botas militares contra las losas era un ritmo cansino, áspero. -Voy a tocarte en tres puntos distintos con la punta del estoque. No quiero que intentes esquivarlo, ni que me mires. Quiero que sientas la intención del golpe antes de que el acero te roce la piel y pongas tu voluntad allí para frenarlo.-

El silencio del patio se volvió pesado. Solo se escuchaba el murmullo lejano del viento entre los árboles de la zona residencial y algún pájaro celestial piando a lo lejos. Moja cerró los parpados, dejando que la oscuridad le envolviera. Intentó apagar el ruido de su propia cabeza: las canciones estúpidas de Enji en la grada, la cara de la mestiza rosada maullándole, el recuerdo amargo de la traición de Seraphine en el South Blue... Todo eso eran interferencias. Basura que le pesaba en las entrañas.

*Zas.*

El primer toque llegó sin aviso. La punta fría del estoque se le clavó un par de milímetros en la escápula derecha. No fue un corte, solo una punzada seca que le hizo dar un leve respingo por la sorpresa.

-Tarde- dijo la voz de Kaelith desde la izquierda. -Estabas pensando en tus miserias. Si fuera una espada de verdad, ya tendrías el pulmón perforado.-

Moja tragó saliva, apretando los puños sobre sus pantalones. Inspiró despacio, contando tres segundos en su mente para estabilizar el pulso. Dejó que la negrura tras sus ojos se volviera neutra. Sin rabia, sin memoria. Solo la superficie de su piel y la presencia del gigante rondando a su alrededor.

*Zas.*

El segundo toque le dio en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas. Esta vez no se sobresaltó, pero la piel no ofreció resistencia alguna. El acero volvió a hundirse ligeramente en la carne a través del uniforme blanco.

-Seguimos sin nada- comentó el Lunarian, pisando fuerte sobre las baldosas a su espalda. -Tienes la piel dura por el pelo, pero por dentro estás blando como la mantequilla. Si no eres capaz de anticipar un movimiento tan simple, le estoy regalando mi tiempo a un poste de madera.-

-Otra vez- masculló Moja sin abrir los ojos, con los dientes apretados.

Kaelith se detuvo a un metro. Se escuchó el chisporroteo del cigarrillo al consumir el papel.

-¿"Otra vez"? Qué ímpetu- ironizó el maestro. -Mira, gato. Para proteger el cuerpo con el Busoshoku primero tienes que entender qué es lo que estás defendiendo. No estás protegiendo la carne. Estás protegiendo tu existencia, tu lugar en el suelo. La idea de que nada de lo que hay ahí fuera puede moverte si tú no quieres.-

Moja se quedó quieto. La frase se le quedó flotando en la cabeza mientras el hombro le seguía latiendo con fuerza. *Su lugar en el suelo.* Desde que la skypiean le rompió la confianza años atrás, Moja había vivido a la defensiva, encerrado en un silencio arisco para que nadie pudiera volver a tocarle por dentro. Había levantado un muro de apatía, pero no una armadura real. Respiró hondo de nuevo. Sintiós la brisa helada del amanecer rozándole los bigotes y el calor seco del sol de Shandora dándole en la nuca. El gigante estaba a su derecha ahora. Lo sabía por el ligero olor a humo de tabaco que flotaba en el aire.

*Zas.*

La punta del estoque bajó en diagonal hacia su hombro herido.

Esta vez, justo una fracción de segundo antes de que el acero tocara la tela del uniforme, Moja no pensó en apartarse ni en la rabia que le daba el dolor. Simplemente apretó la idea de quedarse allí plantado, inflexible, como si la piedra del patio y su propio cuerpo fueran una sola pieza de granito. El toque sonó distinto. No fue el chasca seco contra la carne blanda. Sonó un pequeño *clic* metálico, denso, como si la punta de la espada hubiera chocado contra una suela de cuero duro de bota militar.

El estoque de Kaelith se frenó un milímetro antes de atravesar la tela. Moja abrió los ojos de golpe, jadeando un poco por la boca, mirando de reojo su propio hombro. No había rastro de color negro en la piel, ni destellos raros como los de Shin en la arena, pero la punta del arma se había quedado atrancada sin llegar a pincharle. Kaelith apartó el estoque despacio, mirando la punta del acero y luego los ojos amarillos del mink con una mueca neutra tras sus gafas redondas.

-Vaya- dijo el Lunarian, soltando una pequeña bocanada de humo por la nariz. -Parece que el gato tiene algo de piedra dentro después de todo. Aunque ha sido una miseria. Una lástima de intento.-

-Ha parado- soltó Moja, enderezando la espalda aún de rodillas.

-Ha rozado la suerte, que es distinto- corrigió Kaelith con dureza, dándole una patada leve en el costado con la punta de la bota para obligarlo a ponerse en pie. -Arriba. Ese milagro no te va a servir de nada si no eres capaz de repetirlo diez veces seguidas sin dudar. Ponte en guardia.-

Moja se puso en pie a trompicones, frotándose la rodilla izquierda, que le había quedado medio dormida por el rato que estuvo hincado en la piedra. La articulación le soltó un crujido seco al estirarla. Se reajustó el cinturón del uniforme y se colocó de frente al gigante, abriendo un poco las piernas para buscar buen agarre en las losas.

El sol de la mañana pegaba ya de lleno en el patio, recalentando las piedras y haciendo que el aire oliera a esa vegetación seca tan típica de las ruinas de Shandora. A Moja le caía una gota fina de sudor por la sien, recorriéndole el pelaje negro hasta perderse en el cuello de la camisa. Kaelith ni se inmutó. Apagó la colilla del cigarrillo contra la suela de su bota, con un gesto rutinario, y dejó el filtro gastado sobre un saliente de la columna.

-A ver, gato- dijo el maestro, sopesando el estoque con la mano desnuda. -Que hayas conseguido endurecer un milímetro de piel por puro chiripa no significa nada. Si te echo un ataque de verdad, esa resistencia de papel de periódico se te deshace en la cara.-

Moja no respondió. Se limitó a cerrar las manos en dos puños firmes a la altura de las costillas. Tenía los ojos fijos en la empuñadura del arma de Kaelith. Sabía que hablar no le iba a ahorrar ni un solo golpe, así que para qué gastar saliva.

-El Busoshoku en su nivel más elemental no es solo para encajar impactos como un saco de arena- explicó Kaelith, dando un paso lento hacia la izquierda. -Sirve para tocar la verdad. Para alcanzar lo que normalmente se te escurre entre los dedos. ¿Sabes lo que le pasa a un usuario de Fruta del Diablo cuando le metes un puñetazo impregnado de voluntad?-

Moja le sostuvo la mirada un segundo.

-Que le das- soltó.

Kaelith dejó escapar una risita tonta por la nariz, una carcajada corta y desganada tras sus gafas.

-Que le das, dice. Qué poeta- masculló el Lunarian. -Le tocas el cuerpo real. Da igual que sea de fuego, de humo, de luz o de barro como los que andaban pululando por el torneo. Tu voluntad se superpone a su habilidad. Pero claro, para eso necesitas que esa intención no sea un hilo fino que se rompe al primer soplo de viento.-

El gigante no esperó a que Moja procesara la parrafada. Armó el brazo en un movimiento fluido y lanzó un pinchazo directo al centro del pecho del mink. Sin avisar. Sin cambiar el tono de voz.

Moja reaccionó tarde. Quiso apretar el espíritu como antes, buscar esa sensación de piedra en el esternón, pero el movimiento le salió rígido, torpe. El impacto del acero le dio de lleno en mitad del pecho. No llegó a atravesarle la piel porque Kaelith frenó el empuje en el último instante, pero la fuerza del golpe fue suficiente para hacerle perder el equilibrio. El mink dio dos pasos hacia atrás, trastabilló con el talón en el borde de un canal de agua seco y acabó tirado de culo contra las losas del suelo.

El impacto le sacó todo el aire de los pulmones con un soplido ahogado. La gorra blanca de la Marina salió volando un par de metros, rodando por la piedra hasta quedar boca abajo cerca de una columna. Moja se quedó unos segundos sentado en la tierra, rascándose la cabeza con la garra dura mientras intentaba recuperar el aliento. Le ardía el pecho como si le hubieran pegado un tiro con una bala de fogueo.

-Patético- sentenció Kaelith desde arriba, mirando al mink por encima de sus gafas redondas con una mueca de aburrimiento. -Un ataque directo, cantado desde hace un minuto, y te caes como un muñeco de trapo. Si el pirata de la final estuviera aquí, te habría sacado los tripas antes de que te dieras cuenta de que has perdido la gorra.-

Moja apretó los dientes, sintiendo una punzada de rabia amarga en la garganta. Se apoyó con la mano izquierda en el suelo, impulsándose hacia arriba de un salto un poco deslavazado. Caminó hasta su gorra, la recogió de la piedra, le sacudió el polvo contra la pierna del pantalón y se la volvió a encajar en la cabeza con un tironazo seco.

Se puso otra vez a tres pasos del gigante. Sin quejarse, sin sobársele la marca roja que le quemaba en las costillas.

-Otra- dijo Moja.

Kaelith arqueó una ceja, volviendo a sacar la pitillera metálica.

-Eres terco como una mula, gato. O muy tonto. Todavía no tengo claro cuál de las dos cosas es- dijo el maestro, sacando otro pitillo mientras dejaba el estoque colgando de la muñeca. -Para golpear o defenderte con el Haki, no puedes estar pensando en si te duele la espalda o en si la losa está fría. Tienes que proyectar la fuerza antes de que tu propia mano se mueva. Como si el golpe ya hubiera ocurrido en tu cabeza cinco segundos antes.-

El gigante encendió el cigarrillo con la chispa del pulgar, echando una nube de humo que el viento del mañana dispersó despacio hacia el techo del dojo.

-¿Sientes la diferencia entre tu carne y el aire de alrededor?- preguntó Kaelith, señalando el pecho de Moja con la punta del guante.

-No- admitió Moja, hosco.

-Pues empieza a sentirla- respondió el Lunarian, cambiando la postura del cuerpo de golpe. -Porque si no eres capaz de distinguir dónde acaba tu cuerpo y dónde empieza tu voluntad, vas a estar dando tumbos por este patio hasta que se termine la semana de tregua.-

Kaelith avanzó medio metro sin hacer ruido con las botas. Alzó la mano izquierda con la palma abierta y la dejó caer hacia el hombro de Moja en un bofetón seco, sin mucha fuerza, pero lo bastante rápido como para no dejarle margen de maniobra. Moja no intentó esquivar. Cerró los ojos un milisegundo, apretando los dientes y buscando esa masa densa en la parte superior del brazo. Sentía el sudor pegándosele al pelaje del cuello y el latido rápido del corazón en las orejas.

*¡Plaf!*

El guante blanco de Kaelith chocó contra el hombro del mink. Esta vez no hubo sonido de carne blanda. La mano del gigante rebotó apenas un par de centímetros hacia atrás, como si hubiera golpeado la corteza dura de un árbol seco. Moja no se movió un solo milímetro del sitio, aunque el impacto le hizo soltar un bufido caliente por las narices. Kaelith se quedó mirando su propia palma un segundo, parpadeando despacio tras sus gafas redondas.

-Bueno- masculló el maestro, soltando el humo por la comisura de los labios. -Al menos parece que la cabeza dura te sirve para algo. Pero no te emociones, gato. Eso solo ha sido una caricia. Si quiero romperte el brazo, te lo rompo igual.-

Moja se pasó el dorso de la mano por el hocico para limpiarse una gota de sudor, manteniendo los ojos amarillos clavados en el gigante.

-Sigue- dijo.

Kaelith soltó un resoplido seco, apagando la colilla recién encendida contra el saliente de la piedra, aunque se equivocó de superficie y se quemó un poco la yema de la guanteleta. Malasombra. El gigante soltó un taco entre dientes, ajustándose las gafas redondas con la otra mano antes de mirar a Moja de arriba abajo.

-Sigue, dice. Menudo chulo estás hecho- masculló el Lunarian, estirando los brazos por encima de la cabeza hasta que las alas negras le crujieron con un sonido a plumaje viejo y seco. -Vas a terminar con los huesos molidos antes de la hora del almuerzo, pero allá tú.-

El sol apretaba ya con ganas en el patio de Shandora. El calor se acumulaba entre las columnas de piedra, haciendo que el ambiente oliera a polvo recalentado y a la vegetación que crecía entre las grietas. Moja se mantenía firme en el centro del suelo, aunque las piernas le empezaban a temblar ligeramente por el esfuerzo continuo de sostener la tensión. Se le había metido una mota de polvo en el ojo izquierdo y no dejaba de guiñarlo, parpadeando con fastidio mientras intentaba no perder de vista la sombra del maestro.

Kaelith no echó mano del estoque esta vez. Se remangó la tela verde de la manga derecha hasta el codo, dejando ver un antebrazo oscuro, ancho y lleno de cicatrices antiguas.

-A ver, gato. Escucha bien porque no lo voy a repetir diez veces- dijo el gigante, caminando despacio en un semicírculo alrededor de él. -Hasta ahora has estado reaccionando. Poniendo esa defensa de pacotilla justo cuando sientes que te viene el viaje encima. Eso es de novatos. El Busoshoku no es un escudo que sacas del bolsillo cuando te asustas.-

Moja siguió el movimiento del maestro solo con la mirada, sin mover el cuello para no perder el equilibrio sobre las losas desparejadas.

-Tiene que ser algo fluido- continuó Kaelith, haciendo un gesto vago con los dedos en el aire. -Tiene que estar ahí antes de que decidas moverte. Como la respiración. Tú no piensas "voy a tomar aire" cada tres segundos, simplemente lo haces. Pues con esto igual.-

El Lunarian se detuvo a un metro. Sin previo aviso, lanzó un puñetazo directo al estómago de Moja. No fue un golpe cargado con toda su fuerza, pero venía con la velocidad justa para pillar descolocado a cualquiera que estuviera despistado.

Moja intentó concentrar la masa densa en el abdomen, apretando la faja muscular a toda prisa. Pero se precipitó. Anticipó el impacto medio segundo antes de tiempo y, al intentar endurecer la zona antes de hora, se le aflojó la postura de las piernas.

El puño de Kaelith se le hundió en la tripa con un sonido ahogado.

Moja se dobló por la mitad, soltando un gargajo de saliva amarga que fue a parar directamente a las losas del suelo. Se quedó hincado de una rodilla, apoyando la mano izquierda sobre la piedra recalentada para no terminar de caerse de bruces. Sentía un vacío horrible en la boca del estómago, un ardor sordo que le subía por la garganta y le impedía tomar aire con normalidad.

-Demasiado pronto- sentenció Kaelith desde arriba, bajando la manga de su uniforme con parsimonia. -Te has precipitado por miedo a recibir. Si tu voluntad se acelera por pura ansiedad, la armadura se rompe antes de que te toque el impacto.-

Moja tardó varios segundos en poder articular una respiración limpia. Le daba vueltas la cabeza y tenía el sabor del jugo gástrico en la lengua. Se pasó el dorso del brazo por la boca, rascándose la mejilla con el pelaje revuelto. La gorra se le había vuelto a mover, quedándole torcida hacia la derecha de un modo bastante ridículo, pero ni se molestó en colocársela bien.

Se levantó despacio, haciendo fuerza con la pierna sana hasta ponerse erguido de nuevo. Le costaba mantener la espalda recta, pero se obligó a clavar sus pupilas amarillas en el maestro.

-¿Te vas a rendir ya o vas a seguir ensuciándome las losas de baba?- preguntó Kaelith, sacando otra vez la pitillera del bolsillo.

-Sigue- dijo Moja. Su voz sonó más rasposa de lo normal, casi como un gruñido ahogado.

El gigante se le quedó mirando unos segundos, con el cigarrillo a medio sacar de la lata de metal. Por primera vez en toda la mañana, la mueca de aburrimiento de su rostro pareció suavizarse apenas un milímetro tras las gafas redondas, aunque rápidamente volvió a poner la misma cara de asco de siempre.

-Eres un perro viejo y cabezón- masculló Kaelith, encendiendo el pitillo con la chispita del pulgar. -Está bien. Si quieres que te reviente las entrañas, luego no vayas a llorarle a tus superiores de la Marina.-

El maestro dio dos pasos hacia atrás, dándole un poco más de margen.

-Otra vez. Pero esta vez no pienses en mi puño. Piensa en el espacio que hay entre tú y yo. Llénalo con esa intención antes de que yo me mueva.-

Moja respiró hondo por el hocico, ignorando la punzada de dolor que le recorría el abdomen cada vez que sus pulmones se hinchaban. Cerró un segundo los ojos para apartar el cansancio, el calor del sol y el mareo tonto que llevaba encima. Se imaginó la distancia de un metro como si fuera un bloque macizo de madera.

Kaelith avanzó. El golpe vino desde la izquierda, un gancho al costado, rápido y seco.

Moja no se encogió. No apretó la tripa antes de tiempo. Se quedó plantado en la baldosa, dejando que esa masa invisible que llevaba horas buscando se expandiera un par de centímetros por fuera de su propio pelaje.

*¡Klang!*

El choque no sonó a carne golpeando carne. Fue un sonido sordo, pesado, muy parecido al de dos sacos de arena húmeda chocando a gran velocidad. El puño del gigante se frenó justo en la superficie del costado de Moja, sin llegar a hundirse en las costillas. El mink dio un pequeño traspié de medio lado por la inercia del peso, pero no cayó. Moja soltó el aire de golpe por la nariz, mirando de reojo su propia camisa, que apenas se había arrugado por el impacto. Kaelith miró su mano, luego miró al mink y soltó una pequeña bocanada de humo gris hacia el cielo.

-Algo mejor- admitió el Lunarian con desgana. -Al menos ya no pareces una bolsa de patatas cayendo por una escalera. Pero ha sido una basura de densidad. Si te meten una espada de verdad, te la comes entera.-

Moja se reajustó por fin la gorra de la Marina con un toque brusco en la visera.

-Otra- repitió.

El calor de la tarde en Shandora era un aplastamiento continuo. Ya no había brisa entre los árboles celestiales; solo una solana pesada que recalentaba las baldosas del patio hasta que el aire sobre la piedra parecía ondularse como si estuviera ardiendo. Moja tenía el uniforme blanco hecho un desastre. Se le habían soltado dos botones más de la pechera por los tirones, la gorra la llevaba calada torcida y el pelaje negro de los brazos le chorreaba de un sudor espeso que olía a cansancio acumulado de horas. Le dolían hasta las pestañas, pero allí seguía, con las botas clavadas en el suelo.

Kaelith se había quitado la chaqueta verde del uniforme para no asarse vivo, dejándola tirada sobre el banco de piedra. Se le veían los tirantes negros sobre una camisa de tela fina que le quedaba ceñida al pecho gigantesco. Tenía los ojos claros medio entornados tras las gafas redondas, con esa mueca de hastío que no se le quitaba ni a tiros.

-Llevas cuarenta minutos intentando meter el mismo impacto limpio- dijo el maestro, echándole una mirada rápida a la esfera de su reloj. -Y de cada tres intentos, dos te salen bofetadas de ciego. Estás dispersando la intención justo al soltar el hombro.-

Moja no dijo ni pío. Se pasó la manga del antebrazo por la barbilla para quitarse un chorrillo de sudor que le bajaba hasta el cuello, pero se apretó el codo con la otra mano porque la articulación le daba un calambre sordo cada vez que estiraba el brazo del todo. Estaba reventado. Le daban flojeras en las corvas por no haber probado bocado desde la noche anterior, pero apretó los dientes por dentro para que no se le notara en la cara. Kaelith alzó la mano izquierda otra vez, poniéndose a metro y medio.

-Venga, gato. Otra vez. Pero esta vez fíjate en la rotación de la cadera. Si no metes el peso de la cintura, el impacto se queda en una rabieta de puño.-

Moja tomó aire por el hocico, sintiendo el aire caliente rascándole la garganta como si estuviera tragando arena fina. Flexionó las piernas, intentando corregir el apoyo del pie izquierdo, pero las botas de cuero le patinaron un milímetro sobre un chorro de té seco que se había quedado pegado a la piedra desde el mediodía. Trastabilló torpemente de medio lado, perdiendo el centro de gravedad.

-Qué torpeza, por los dioses- masculló Kaelith, bajando la mano con un gesto de hastío tremendo. -¿Te han puesto los pies al revés al nacer o qué te pasa?-

Moja se recuperó del traspié con un tironazo seco de la rodilla derecha, soltando un juramento entre dientes que apenas se oyó. Se volvió a plantar de frente al gigante, con la mirada fija en las gafas del maestro.

-Tira- dijo Moja. Una sola palabra, raspada desde la garganta seca.

Kaelith le sostuvo la mirada unos segundos, sacando un cigarrillo del paquete con una lentitud desesperante. Se lo puso entre los labios sin encenderlo, como si le diera pereza hasta sacar la chispita del pulgar.

-Que no es tirar, bruto. Es proyectar- corrigió el Lunarian. -Tienes la mente llena de ruido. Pensando en el dolor del brazo, en el calor que hace o en la vergüenza de haberte resbalado con una mancha de té. Si no limpias eso, no hay densidad que valga.-

El maestro alzó la palma desnuda de nuevo. Esta vez no se puso rígido; dejó la mano flotando a la altura del esternón de Moja, recta como un muro.

-Atraviesa eso- ordenó Kaelith.

Moja cerró los ojos un milisegundo. Borró de golpe el calambre del codo, el sudor que le escocía en el ojo izquierdo y la caminata que le esperaba de vuelta a las residencias de la Marina. Dejó la mente en blanco, neutra como la superficie de un pozo seco. Concentró toda la voluntad en los tres nudillos principales del puño derecho, como si esa parte de su cuerpo fuera lo único que existía en todo el patio de Shandora. Metió la cadera en un movimiento seco, girando el talón trasero contra las losas. Soltó el brazo.

*¡CRACK!*

El choque no sonó a cuero ni a carne. Sonó a un chasquido metálico seco y limpio, tan fuerte que dos pájaros celestiales que andaban posados en el dintel del dojo salieron zumbando asustados hacia los árboles. La onda del impacto no se dispersó por el antebrazo de Moja esta vez. Fue directa hacia la palma del gigante. Kaelith tuvo que dar dos pasos hacia atrás para encajar el viaje, hincando la bota derecha en el suelo con fuerza para no perder la postura, mientras una ráfaga de aire comprimido le volaba la solapa de la camisa y le descolocaba las gafas redondas sobre la nariz.

Moja se quedó con la postura fija, jadeando con la boca abierta, sintiendo una pesadez densa, sólida y oscura latiéndole en la nudillera. La piel del puño no se le había puesto negra del todo, pero la huella de la voluntad estaba ahí, bien grabada. Kaelith se recolocó las gafas con el dedo índice, mirando su propia palma con la ceja levantada. En el centro de la mano le había quedado una marca morada, hinchada, que le ardía a simple vista.

-Bueno- dijo el maestro, soltando el cigarrillo sin encender sobre la piedra con un gesto cansado. -Parece que al final el gato no es tan de trapo como parecía. Eso ha sido un golpe de verdad.-

Moja bajó el brazo despacio, sintiendo la articulación del hombro floja por el esfuerzo pero con una sensación de firmeza que no había tenido en todo el día.

-Sigue- dijo el mink, secándose el hocico con el dorso del brazo.

Kaelith miró al cielo, donde el sol empezaba ya a caer tras las montañas doradas de Shandora, y dejó salir un resoplido que le movió el pelo blanco de la frente.

-Ni de coña, gato. Es la hora de cenar y me duelen los nudillos de aguantar tus embestidas de mulo- sentenció el gigante, caminando hacia el banco para recoger su chaqueta verde. -Por hoy ya has tenido bastante. Vete, lávate la cara y mañana a primera hora te quiero aquí. Y como vuelvas a llegar tarde, te uso de felpudo.-

Día 6

Al día siguiente, cuando el cielo de Shandora aún mantenía ese tono plomizo y frío de antes de la aurora, Moja ya estaba de nuevo subiendo la cuesta de losas. Caminaba con un paso algo más lento que de costumbre; el hombro derecho le daba pinchazos con cada movimiento de la articulación y tenía las pantorrillas como dos bloques de madera petrificada por el palizón de la tarde anterior. Al llegar arriba, se apoyó un segundo en el marco de piedra de la entrada para coger aire, rascándose la nuca con la garra dura para espantarse el sueño que todavía le pesaba en los párpados.

El patio estaba en silencio. Las antorchas de las columnas estaban apagadas, soltando apenas un hilillo de humo negro que olía a resina quemada.

Kaelith no estaba esperándolo en mitad del patio. El gigante se encontraba sentado en el escalón de madera del dojo, vistiendo su abrigo verde militar impecable y sujetando entre los dedos su clásica taza de barro humeante. Tenía las gafas redondas limpias y las alas negras recogidas con pulcritud a la espalda. Junto a él, apoyado en la columna, descansaba un grueso poste de madera de pino celestial, de unos diez centímetros de grosor, de los que usaban en las obras del palacio real.

El maestro dio un sorbo al té sin prisa, mirando al mink pantera por encima del borde del tazón.

-Llegas a la hora, gato- dijo Kaelith con su tono cansino y aristocrático. -Al menos parece que las agujetas no te han matado por el camino.-

Moja no respondió. Se limitó a avanzar cinco pasos hasta el centro del patio, asentando las botas en la piedra y cuadrando los hombros. Se reajustó la gorra de la Marina con un toque en la visera, aunque se le fue un poco la mano y se la dejó medio encajada hacia la oreja izquierda. Trató de corregirla disimuladamente con un par de dedos, pero desistió a los tres segundos.

Kaelith dejó la taza en el suelo y se puso en pie. Su sombra colosal de cuatro metros y medio volvió a sepultar a Moja por completo. El gigante agarró el poste de pino con la mano derecha, sopesando el peso de la madera con una facilidad pasmosa.

-Hoy no voy a poner la mano para que juegues a meter nudillazos de suerte- dijo el Lunarian, caminando hacia él sin prisa. -Hoy vas a partir esta madera. No con fuerza bruta, ni con la garra. Con Busoshoku puro. Si no logras imbuir el puño con la densidad suficiente en la fracción de segundo del impacto, el pino no se rompe y te revientas los nudillos contra la beta.-

Moja miró el bloque de madera. Era duro, denso, lleno de nudos oscuros.

-Ponte de frente- ordenó Kaelith, sosteniendo el poste de forma horizontal a la altura del pecho de Moja, sujetándolo firmemente por los dos extremos con sus manos enguantadas. -Un solo golpe. Si lo consigues, habrás puesto la primera piedra de tu Haki. Si fallas, te vas a la enfermería a que te pongan una escayola en la mano.-

Moja se colocó a medio metro. Flexionó ligeramente las rodillas para afianzar el agarre en las losas. Notaba el corazón latiéndole fuerte en la garganta, un bombeo sordo que le resonaba en las orejas felinas. El cansancio de la sesión anterior, el ardor en las articulaciones, el recuerdo de las burlas de las gradas y la rabia contenida... todo estaba ahí, acumulado en el fondo del pecho.

Inspiró por la nariz de forma profunda, llenando los pulmones con el aire helado del amanecer. Cerró los ojos un instante. Borró el ruido. Borró la sombra del gigante, la madera de pino y la posibilidad del dolor. Se concentró en esa masa invisible que llevaba tres días intentando moldear: no como una coraza para esconderse, sino como una herramienta sólida, inflexible, una proyección de su propia existencia que se negaba a ceder.

Desplazó esa densidad a través de la carne del hombro, la hizo discurrir por el antebrazo y la apretó con fuerza salvaje en los tres nudillos del puño derecho. Abrió los ojos. Sus pupilas amarillas se redujeron a dos rendijas afiladas. Sin dar un paso atrás, sin dudar un milisegundo, soltó el puñetazo con una rotación seca de la cadera.

*¡CRACK-BOOM!*

El choque no sonó a madera rompiéndose. Sonó como una pequeña detonación de cañón en mitad del patio. El poste de pino de diez centímetros se partió de forma limpia en dos pedazos por la mitad, soltando una ráfaga de astillas y serrín que volaron hacia los lados. La onda expansiva de aire comprimido le voló las solapas del abrigo a Kaelith y sacudió las alas negras del maestro con un crujido de plumas.

Moja se quedó en la postura final, con el brazo extendido, jadeando fuertemente por la boca. En sus nudillos, aunque no había una capa de color negro azabache completa, la piel lucía un tono oscuro, denso, metálico, que tardó un par de segundos en disiparse despacio hasta volver a su pelaje normal. El silencio volvió a adueñarse del dojo. Solo se escuchaba el choque de los dos trozos de madera al caer y rebotar sobre las losas de piedra.

Kaelith se quedó mirando los pedazos de pino en el suelo y luego fijó sus ojos azules en la mano de Moja. Tardó unos segundos en reaccionar, ajustándose las gafas redondas sobre la nariz afilada con un movimiento lento de la mano.

-Bueno...- masculló el Lunarian, soltando una leve respiración por la nariz que sonó casi a un asentimiento de respeto. -Parece que al final el gato ha aprendido a rascar de verdad.-

Moja recogió el brazo despacio. Le temblaba la mano por la descarga de adrenalina, pero no sentía dolor en los nudillos. La madera no le había hecho ni un solo rasguño. Miró su propia palma, comprobando la firmeza de la articulación, y luego alzó los ojos hacia el gigante.

-Gracias- soltó Moja. Seco. Su primera palabra de agradecimiento en todo el entrenamiento.

Kaelith hizo un gesto vago con la mano en el aire, como si le diera vergüenza la muestra de educación.

-No me des las gracias, gato. Has puesto el trabajo duro, pero esto solo es la base más elemental. Tienes la habilidad para golpear carne real y defenderte, pero si te confías, cualquiera con un control superior te machaca igual- dijo el maestro, dándose la vuelta para recoger su taza de té. -Ahora vete con los de tu calaña. Mi dojo no es un refugio para marines agotados.-

Moja no insistió. Se caló bien la gorra blanca de la Marina, alineando la visera por fin sobre sus ojos amarillos. Inclinó la cabeza un par de centímetros en un gesto marcial y austero hacia la espalda del Lunarian, dio media vuelta sobre sus botas de cuero y comenzó a bajar por la cuesta de piedra.

El sol de Shandora terminaba de romper sobre las nubes, bañando la ciudad de oro. Moja caminaba con el hombro dolorido y el cuerpo machacado, pero por dentro sentía un peso nuevo, una solidez que no tenía tres días atrás. Ya no era solo un soldado buscando no hacer el ridículo; ahora tenía las herramientas para hacerse valer en cualquier terreno del Grand Line.

Información
*Pienso*  -Hablo-  Narro
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#2
✓
Entrenamiento: Completado
RECOMPENSAS:

— Busoshoku Básico: Aprendido

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