[Pasado] El precio de una palabra
#1
Día 31 de Verano, Año 18 (mediodía)

La tercera taberna de la mañana olía a lo mismo que las dos primeras, a sal vieja y a pescado frito y tambien tenia algo en común con las otras dos, un silencio sepulcral cuando Hanma entraba al lugar. No hacía falta girarse para saber que el tabernero se santiguaba al verle salir, rezando a todos y cada uno de los angeles si es que en este mundo existia de aquello y no individuos con alas negras que echaban fuego. En el umbral se detuvo, se echó los codos atrás y juntó los omóplatos hasta que la espalda sonó como un viejo engranaje: el tic de toda la vida, el de descongestionar los huesos después de una mañana de preguntas sin respuesta una pequeña relajación momentánea. Del cuello de la camiseta asomó un hocico blanco. Ratatouille olisqueó el aire del mediodía, encontró el olor de la isla igual que siempre, aburrido y a pescado, y no opinó. A sus espaldas quedaba el barrio de los dojos, encajado en la falda de la montaña: tejados de pizarra, patios de arena rastrillada, voces de críos contando golpes contra los postes de entrenamiento. Hanma lo recorrió con la vista y no le tembló nada. De aquella isla no guardaba puertas abiertas, solo muros, y de los muros se había escapado de crío para aprender a pelear en la calle, que en los dojos no le querían.

-Busco a un gigante. Más alto que yo, uno de verdad de estos que se ven a leguas, de los que tapan el sol. Se llama Akuma y es mi padre. Si alguno de vosotros sabe dónde ronda su nombre, que hable: hoy come gratis de mi cocina.- Se quedó callado, esperando, y la plaza hizo lo que llevaban haciendo toda la mañana encontrar algo urgente que hacer en otra parte, porque nadie queria verselas con el cornudo pelirrojo. Hanma soltó un "garararara" corto, sin humor, y se sentó en el brocal del pozo. La piedra que no estaba acostumbrada a esa carga replicó pero aguantó. Sacó el fardo de tela que llevaba en la faja y lo abrió sobre las rodillas dos bolas de arroz especiado, un trozo de pescado salado y una hoja de perejil que no servía para nada salvo para hacer bien las cosas y darle algo de color como habia aprendido de un tal Arguiñano. Comió despacio, mirando la calle. Ratatouille bajó por su brazo, arrancó un grano de arroz con la pata y volvió al hombro.

El mediodía caía sobre la plaza y nadie recogió el anzuelo de la pregunta. Los críos del dojo de enfrente entrenaban en fila, el maestro les corregía la postura con una vara, y el golpe seco del poste llegaba acompasado hasta el pozo; Hanma masticaba y repasaba las caras que se le habían cerrado en tres tabernas. Los "no sé nada" dichos de espaldas y con la boca muy pequeña. El barrio encogido de hombros ante el nombre de su padre. Ni una palabra que valiera una comida. Guardó el pescado salado en el fardo y se quedó con la segunda bola de arroz en la mano, sin hambre ni prisa por morderla. Iba a levantarse y bajar a probar suerte en el puerto cuando se dio cuenta de que alguien no se había movido. No había oído pasos a sus espaldas. Ninguna sombra cruzó la plaza, y nadie más se quedó a hablar con él. Solo esa presencia quieta, esperando, sin prisa por marcharse como el resto del barrio. Hanma terminó de masticar, se limpió los dedos y alzó la vista.

Al otro lado de la plaza, donde la calle bajaba al puerto, un chaval estaba apoyado contra la pared de un dojo. ¿Pelo blanquecino con puntas casi negras? No podía divisarlo bien. Piel blanca que parecía no ver el sol. Ojos rojos, grandes, clavados en él sin pestañear. En las manos, unos guanteletes que le tapaban hasta la muñeca. No llevaba el uniforme de los aprendices ni la vara de los maestros: solo ropas anchas, como si quisiera ocupar más sitio del que tenía, un poco retaco la verdad. De toda la gente que la plaza había vaciado en un minuto, era el único que no se había movido. El único que no había apartado la vista. El único que seguía mirándole ahora. -Tú, el de los guanteletes. ¿Qué es lo tuyo hablar, buscarte un problema o ambas? Porque llevo toda la mañana ofreciendo una comida a cambio de una palabra y tú eres el único que se ha quedado a escucharla entera. Si la palabra es buena, la comida es tuya. Si lo que buscas es otra cosa, eso también se puede hablar.- El chaval no respondió. Tampoco se movió. Se quedó donde estaba, con los guanteletes quietos a los costados y los ojos puestos en él. Hanma se quedó mirándole por encima de la bola de arroz, esperando.
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#2
No había tenido la suerte de haber nacido en una cuna rodeada de algodones, con unos padres que no hacían nada por progresar ni una meta que alcanzar, en una isla que invitaba a la tranquilidad y oportunidades, ni a una vida fácil, por ese motivo había terminado partiendo de Spider Miles. En un principio con la ambición de buscar la libertad de uno de aquellos piratas, ahora con la ambición de ser más fuerte cada vez, aprender todos los entresijos del Hasshoken y de varias artes marciales. Ese había sido uno de los motivos de por qué había terminado en Karate, por lo mismo había mantenido una larga estadía en la isla, aunque también estaba esperando a alguien más.

En su cuerpo hoy había pereza, esa que hacía que no quisieras hacer nada por falta de ganas y que nada resultaba atractivo. Aquel solía ser el inicio de sus deambulaciones por la isla y hoy no era diferente. Sus guantes formaban parte ya de su vestimenta habitual, por lo que ya siquiera tenía que asegurarse de que los llevaba puestos para salir de su madriguera.

Sus pasos lo llevaron a arrastrar los pies por el empedrado de la parte más viva de la isla, donde más movimiento se producía y por ende donde más estímulos podría llegar a encontrar. Quizás era aburrimiento, en su mente ya había recorrido la isla por completo, llegando a pensar que una vez había visto algo ya lo había visto todo. Y es que la gente de la isla era tan rutinaria que ya había perdido la cuenta de los días que había pasado entre karatecas, arrozales y mercaderes, aunque estos últimos le habían enseñado a usar triquiñuelas para comerciar. Una Kaiherramienta que podría usar más tarde.

El peliblanco terminaría apostado en una de las paredes exteriores de un dojo, cerca de una ventana, con tal de escuchar lo que hablaban allí. Podría simplemente plantarse en la puerta como un mirón, pero cotillear le provocaba más placer ciertamente. - Lo agarras del brazo, le metes la pierna por debajo y le metes culo para tirarlo al piso... - Murmuraba, repasando por encima las lecciones que estaban impartiendo dentro.

Y mientras rememoraba lo que había dicho, como si quisiera anclarse en su mente, se le escapó un eructo, fruto de la sorpresa que se había llevado. Sus ojos se desviaron hacia el centro de la plaza en la que estaba, hacia aquello que parecía querer eclipsar el sol del mediodía bajo el que se encontraba. Una enorme figura se había presentado. - ¿Annie? - Se cuestionó, incrédulo, pero enseguida distinguió la figura masculina con dos cuernos rojos en su frente. El tamaño era mucho menor al de Annie, pero aun así era impresionante. Se quedó mirándolo fijamente, sin miedo o temor a diferencia de los que se cruzaban en su camino. - Vaya mostrenco - Llegó hasta su misma posición, separados por un par de metros, lo suficientes como para que el luchador callejero pudiese levantar su mentón para mirar hacia arriba, a todo lo que su cuello le daba. - Qué pasa moai - Le respondió, su rostro se podía comparar con una de esas piedras gigantes.

Escuchó sus palabras y en la primera pregunta, interpretó algo de belicosidad, por lo que el muchacho pegaría un salto para quedar sobre el techo del dojo, para quedar a su altura, si tenía que sacar los pasos prohibidos no se iba a achantar. Entonces llegaron el resto de palabras, que deshacían las ideas de peligro en la mente del joven. A no ser... - No sé, depende de quién pregunte. ¿Quieres problemas, hablar o ambas? - Replicó su pregunta con algo de chulería en su tono. La última vez que alguien le había ofrecido comida gratis se había llevado una hostia. - ¿Quién eres? ¿Un cocinillas? Eres demasiado pequeño para ser un gigante - Tenía perfectamente la medida de la gigante con la que había hablado muchas semanas atrás. - ¿Qué quieres exactamente? - Levantó una ceja. - Escúpelo - Lo miró serio, con los puños cerrados. 

Al fin había encontrado algo de dopamina.
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#3
El chaval seguía en el tejado del dojo, con los puños cerrados y el mentón alto, esperando su respuesta. Hanma lo miró desde el brocal del pozo, con la segunda bola de arroz aún en la mano, y lo primero que pensó fue que aquel crío tenía más agallas que todo el barrio junto, un retaco pero con agallas; algo asi como un chihuahua o un pincher. La plaza entera se había vaciado en menos de un minuto cuando él preguntó por Akuma. Aquel, en cambio, en lugar de echar a correr había saltado a un tejado para quedar a su altura, y ahora lo encaraba como si el que tuviera que dar explicaciones fuera él. Eso tenía miga, el ultimo ser vivo que hizo algo asi Hanma lo adopto, es la rata que le acompaña. De cerca se le veía más menudo todavía, puro hueso con unos guanteletes que le tapaban hasta la muñeca, pero no le temblaba la voz, y eso Hanma lo respetaba más que cualquier kata de dojo. Los que huyen no dejan recuerdo. Este dejaba. -Hablar. Siempre se puede hablar, y si la conversación se agota, queda la otra opción, que tampoco me disgusta. Pero antes de escupir nada, dime una cosa. Me has dicho que soy demasiado pequeño para ser un gigante. Esa frase no se suelta sin haber visto de cerca a alguno más grande que yo. ¿Dónde viste tú a un gigante de verdad?-

Hablaba como quien ha medido gigantes con los ojos, y eso, en una isla donde la gente apenas le llegaba al tobillo, valía más que todo el pescado salado del puerto. Hanma dejó la bola de arroz sobre la rodilla y se quedó quieto, con los ojos clavados en el tejado, esperando a que aquel joven decidiera compartir la información que tuviera. -No pareces de los que se callan cuando algo les ronda la cabeza, así que te pregunto claro. Tú has visto gigantes de verdad, por cómo hablas, y yo ando buscando a uno. Se llama Akuma y es mi padre. Llevo toda la mañana ofreciendo una comida a quien me diga dónde ronda su nombre, y toda la isla se ha hecho la sorda. Tú no te has hecho el sordo. La palabra que tengas, si vale, se paga con la comida, y verás que no soy un cocinillas de taberna, mi comida realmente llena un cuerpo.-

El descaro le gustó. En un mundo de tipos que se doblaban al ver su sombra y se santiguaban a su paso, vio incluso alguna vez a gente recogiendo la ropa de su casa que estaba tendida al verlo pasar como si fuera un puto desastre natural, un crío que le llamaba moai y cocinillas a la cara, que le exigía que escupiera, era un soplo de aire limpio. No se ofendía con facilidad. Ofenderse era cosa de flacos que necesitaban que el mundo les tratara bien; él no necesitaba nada de eso. Masticó los insultos, por llamarlo de alguna manera, los tragó con la bola de arroz y encontró que no sabían mal. Los críos del dojo de enfrente se habían asomado a las ventanas, y el maestro ya no corregía posturas con la vara: miraba el tejado con la boca apretada. -Me has llamado moai y cocinillas, y de propina, pequeño. No me ofende ninguna. Lo que si me pudiera ofender es que me ocultes la información que pido tan amablemente.-

Se levantó del brocal con parsimonia. Los maderos del pozo crujieron, al fin y al cabo era evidente que su peso hacia temblar sea lo que sea lo que tuviera cerca. Ratatouille, que había bajado a olisquear la hierba, trepó por su pernera hasta el hombro con el parche torcido y se sentó a observar al intruso con su ojo sano. Hanma no hizo ademán de acercarse al dojo. Alzó la bola de arroz especiado como quien enseña una carta, y la sostuvo en el aire, ofrecida si el quería hablar. El chaval seguía arriba, sin bajar. Las piedras saben esperar, y aquel crío acababa de ponerle nombre de piedra.
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#4
Aquel hombre, por llamarlo de alguna de las posibles formas, se mantenía regio, tranquilo, como si de verdad fuese una piedra abandonada a su suerte en una isla que poca gente visitaba ya. Parecía mentira que alguien de semejante tamaño digiriese las palabras del joven como él lo había hecho, al menos para Kai no era normal. Con el único gigante con el que se había cruzado había sido otra interacción muy distinta, desarrollando un debate dialéctico en el que se proferían insultos camuflados, la mayoría al menos. Pese a que muchos se habrían tomado las palabras del más pequeño como una invitación abierta a pelear, este no, parecía que simplemente venía en busca de información.

Las apariencias a veces engañan, aunque el tamaño y los cuernos de un demonio los traía puestos. - Sabia elección - Entrecerró los ojos, intentando hacerse el interesante como el mini gigante que tenía frente a sus ojos, que, por su tamaño parecía estar más cerca de lo que realmente estaba. - Eso es - Se cruzó de brazos y dejó caer su culo hasta el mismo techo donde estaba de pie, dejando colgadas sus piernas más allá del suelo. Entonces se dedicó a escuchar su historia. Una en la que parecía que su padre lo había abandonado, aunque esas eran conclusiones que sacaban su propia cabeza. En su caso en concreto era él mismo quien había abandonado a su padre en una isla remota, y ni quería recordarlo.

- Osea que papá te abandonó y ahora lo estás buscando... - Murmuró en voz alta y es que, sin darse cuenta, estaba adaptando su tono de voz para rellenar la lejanía que los separaba. Se llevó la mano al mentón pensativo, estaba maquinando cosas. - Si - Bajó del tejado con la tranquilidad con la que un gato se precipitaba desde un árbol y seguía como si nada. - Conozco a un gigante - Se metió las manos en los bolsillos y comenzó a deambular con la parsimonia con la que andaba siempre, como un turista grabando en su memoria las atracciones locales, hasta llegar a estar frente a frente, separado por unos dos o tres metros del pseudo gigante con el único fin de no sufrir tortícolis.

Allí se dio cuenta de que lo acompañaba una rata que se apostaba en su hombro. - ¿Esa rata lleva un puto parche? - Pensó, y su cara reflejó el extraño pensamiento. - ¿Será una de las de SM? - Recordó con desdén su experiencia. - Te puedo ofrecer un trato - Dijo completamente convencido. - No quiero tu comida - ¿Y si estaba envenenada? - Prefiero que me cocines. Únete a mi - ¿Y lo guapo que estaría tener dos gigantes sobre los que estar en su hombro mientras pateaban perros del gobierno y perros de los perros del gobierno? Esa imagen mental le podía, era irresistible y no perdía nada al intentarlo. - Conozco un gigante y te puedo echar una mano a tumbar puertas de tamaño regular - En su rostro se dibujó una sonrisa pícara, evidente. ¿Mentía quizá o sabía más de lo que estaba diciendo? - Y la rata también puede venir - La señaló y, tras eso, ofreció la mano en un apretón de manos, como guinda del pastel.
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#5
El chaval bajó del tejado con una soltura similar a la de un gato y se plantó a dos metros del pozo, con las manos en los bolsillos y el cuello torcido hacia arriba para mirarle sin romperse la nuca. Hanma no se movió del sitio. Sostenía la bola de arroz en alto frente a una plaza sorda, y escuchó la ocurrencia del muchacho sin pestañear: -Osea que papá te abandonó y ahora lo estás buscando...-. En boca de otro aquello habría valido un revés para partirle la crisma y probablemente parte de la columna, pero Hanma tenía el pellejo curtido: su padre le había dejado tirado y él no maquillaba la verdad. Si el viejo se había largado, se había largado con todo lo que ello conllevaba y por ello le buscaba. Lo que sí le hizo arquear una ceja fue lo que vino detrás: el crío no quería comida regalada, prefería que le cocinase, y acto seguido le proponía unirse a él como si fichara a un peón de taberna. Hanma no le rogaba a nadie para que comiera. Sin perder tiempo con melindres, se metió la bola entera en la bocaza, la trituró de dos bocados y se la tragó de golpe, limpiándose un grano con el pulgar. El que le hacía ascos a un bocado caliente antes de catarlo no sabía lo que valía la comida.

-Únete a mí, dice el renacuajo.- A Hanma se le escapó un --Garararara- cavernoso que le nació desde lo mas profundo de su ser y rebotó contra los dojos, haciendo que los aprendices de las ventanas recularan a la sombra. La risa no tenía veneno, pero quien la vociraba era un ser que probablemente podria derribar las casas de alli de mirarles mal. El cuadro tenía su miga y era para estudiarlo y exponerlo en un museo: un chavalín de ¿diecisiete años? que apenas le llegaba a la espinilla, con dos guanteletes como dedales de chatarra, plantándose en mitad de la calle para ofrecerle empleo de matón y cocinero. ¿Tumbar puertas de tamaño regular? Hanma miró la entrada del dojo más cercano y resopló por la nariz. Si él cruzaba una puerta de esas, se llevaba por delante el marco, el dintel y media viga solo con no agachar los cuernos a tiempo. No necesitaba que ningún pincher le abriera paso en sitios donde no cabía ni puesto de canto.

Y para remate, el crío señalaba hacia arriba con el mentón y daba permiso con una generosidad ridícula: -Y la rata también puede venir-. Ratatouille, encaramada en su hombro, asomó el hocico entre la melena cobriza, ladeó la cabeza dejando ver el parche de cuero negro y soltó un siseo irritado de pequeña fiera de alcantarilla, cuidado con la rata. Hanma no apartó la vista del muchacho. Aquel bicho se había ganado su sitio a mordiscos en almacenes de gigantes y aguantaba el trote de un oni sin pestañear; tenía más cicatrices y más tablas que la mitad de los que presumían de cinturón negro en aquella isla. No necesitaba que un mocoso con las rodillas peladas le extendiera un salvoconducto para viajar en su hombro.

-Mira, retaco. No he tenido dueño en mi vida y no voy a empezar con uno que tenga que subirse a dos cajas de fruta para hablarme al ombligo. El que mande sobre mí no ha nacido, y si nació, ya estará criando malvas o me lo habré comido con patatas. No soy el perro de nadie, ni tumbo puertas por encargo.- La voz le salió baja, sin embargo no dejó de hablar ni un segundo, cargada de esa certeza que no admite réplica. La mano de Kai seguía en el aire, firme, esperando el choque. Y el crío había soltado lo único que importaba: conocía a un gigante. Hanma inclinó el torso hacia adelante, cubriendo al muchacho bajo su sombra. No le apartó el brazo de un golpe. Con calma bajo su enorme mano y cerró dos dedos el pulgar y el índice, gruesos como dos troncos de arbol, sobre el guantelete de Kai, atrapándole la mano en una pinza que apenas dejaba ver parte del brazo del joven. No apretó para quebrar, pero dejó caer el peso justo para dejar claro que aquello no era un juego. -Has dicho que conoces a un gigante. Por esa frase no te mando a volar al tejado de enfrente. Si quieres probar mi cocina, te la vas a ganar con la lengua: dime cómo se llama ese gigante, qué pinta tiene y dónde carajos lo viste. Si la pista es buena y me lleva a Akuma, o mas bien si al menos es verdad lo del gigante, podemos caminar la misma calle un rato y ya veremos si tus guantes aguantan lo que prometen. Pero como me estés vendiendo humo...- Apretó una pizca más, lo justo. -...vas a aprender por las malas por qué a las piedras no se les toma el pelo.-
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#6
La rata siseó en cuanto el más joven se dirigió a ella, como si entendiese a la perfección el tono y el contenido de lo que estaba diciendo. En la mirada del joven se pudo notar un ápice de desdén hacia el roedor por unos instantes, no porque tuviese nada particular contra él, si no porque ya había tenido varias historias con los roedores de su isla natal y las alcantarillas, aunque algunas de ellas eran de mayor tamaño que esta que tenía en frente.

Su mano siguió en el aire durante unos segundos y allí siguió durante algunos más en cuanto Hanma había abierto la boca. No puede ser, lo había entendido todo mal. Kai observó la cara del gigante mientras escuchaba las palabras con cara de circunstancia. ¿Tan mal se había explicado o es que el Moai tenía no solo esculpida en piedra la cara, si no los tímpanos también? - Qué cojo... - Profirió en voz baja al mismo tiempo que alargaba su mano, en lo que entendía que era un estrechamiento de mano a dedos, sintió el peso de su cuerpo y la fuerza de sus músculos con un gesto tan simple y Kai sostuvo sin problema el desafío pues, aunque no lo pareciese, aquel colgajo de piel tenía más fuerza de la que parecía. Si a Hanma le hubiese dado por hacer el pino puente sobre la palma de Kai, lo hubiese mantenido haciendo acrosport en el aire durante un buen rato sin mayor esfuerzo.

Una pequeña vena en la sien del joven hizo acto de presencia, a diferencia del Moai, Kai no tenía la suficiente paciencia como para aguantar los embates verbales, al menos no tanto como los físicos, por lo que sería evidente que, el hecho de que lo subestimase, le molestaría. Sobre todo aquel último ''apretón'' de manos, lo estaba amenazando y no iba a permitir eso, sobre todo porque no le tenía miedo, no había demostrado nada. - Volar al tejado de enfrente, aprender por las malas, renacuajo... - Apretó sus labios, como si los quisiese mantener sellados mientras asentía sarcásticamente. - Me parece a mi que tienes pelo de rata en los oídos. Lo has tenido que pasar mal para creer que cualquiera que te ofrezca ser su amigo quiere ser tu dueño ja ja - Todo iba envuelto en un desdén sarcástico, incluso el peliblanco adelantó su otro brazo para palmear el dedo como tronco del pelirrojo, como aquel que le daba golpecitos en el hombro a otro. 

- Quien habla de mandar, no soy tu puto jefe ni quiero serlo, Moai - Deshizo el apretón de manos estirando su brazo a un lado, quizás no alcanzaba el potencial del gran oni, pero el humano no se quedaba nada atrás.

- ¿Supongo entonces que pasamos a la otra opción no? Podemos ver si mis guantes cumplen o no ahora mismo - Una mirada cargada de orgullo y de mal genio hacia el de la cornamenta, dispuesto a tallar piedra con ella. El luchador más joven se mantuvo estático frente a su homónimo de tamaño superior, sin retroceder, sin avanzar, sin apretar el puño, solo con la mirada clavada como una estaca en el frío corazón de ella.
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#7
El tirón de brazo con el que el chaval se soltó el guantelete no movió a Hanma ni un milímetro del sitio. Las dos palmadas secas que le arreó en el dedo índice, como si estuviera despidiendo a un mozo de muelle después de cargar un barril, tuvieron el mismo efecto que si un moscardón gordo se hubiera posado a descansar en su nudillo. Ni pestañeó. Lo que sí se agitó fue la melena cobriza alrededor de su nuca; Ratatouille, al escuchar la ocurrencia sobre el pelo de rata en los tímpanos, asomó el morro con el parche torcido, erizó los bigotes blancos y soltó un castañeo de dientes que sonó como dos piedras chocando. Quería morderle la nariz al insolente. Hanma, en cambio, se tomó la burla de una mejor manera, de esas que no gastan bilis ni palabras mas grandes que otras. A los mocosos de ciudad siempre les pasaba igual: confundían el orgullo con tener la piel más fina que un papel de cigarro. Se creían los reyes del callejón solo porque nadie les había bajado los humos a mano abierta, una buena ostia...

La ocurrencia de la amistad le hizo gracia. ¿Amigos? ¿Dueños? En su cabeza no cabían esas tonterías. Luego llegó el desafío: ver si los guantes cumplían ahora mismo. Kai se quedó plantado a dos metros justos, con los pies bien afirmados en la grava de la plaza, el mentón arriba y los ojos rojos fijos como dos clavos en la cara del oni. No dio un paso atrás. No le tembló la postura. Aquello, en una isla donde todo el mundo doblaba la esquina en cuanto asomaba un cuerno por el tejado, valía su peso en pescado fresco. A Hanma le fue subiendo una sonrisa socarrona desde el fondo de la garganta, enseñando los colmillos torcidos. La Ley del Ogro era bien clara jamás se rechaza un reto cantado a la cara. Al que venía buscando candela con el pecho inflado se le contestaba con el cuerpo entero. Además, las palabras se habían terminado. Si el renacuajo no pensaba soltar el nombre del gigante con una bola de arroz caliente, se lo sacaría a base de partirle los dientes y sacudirle el polvo de las costillas. -Amigos dice el pincher, como si estuviéramos jugando a las canicas en un orfanato.- La voz le salió cavernosa, profunda, rebotando en los aleros de madera de los dojos cercanos. -A mí me da igual de qué cloaca te hayas escapado y quién te haya roto el corazón antes de llegar a esta isla. No te he pedido cariño, te he pedido un nombre. Pero si tienes prisa por que te rompa esos dedales de hojalata, no voy a ser yo quien te quite el capricho.-

Dejó caer el brazo enorme a un costado. El peso de su mano golpeó contra el muslo con un chasquido seco, como un saco de grano contra una losa de piedra. No adoptó guardia de dojo ni levantó los codos. Un Gran Oni de siete metros y medio y trescientos cincuenta kilos no necesita cubrirse la cara para torear a un gallo de corral: su propia carne era el muro. Dio un paso corto al frente con la pierna derecha; los adoquines viejos de la plaza crujieron bajo la suela y una nube fina de polvo blanco se levantó alrededor de sus tobillos. A quince metros, tras las celosías de papel del dojo vecino, varias cabezas rapadas contenían la respiración pegadas a la ventana, temiendo que la sacudida les echara abajo las vigas del techo. Hanma clavó su mirada dorada en los ojos del muchacho, disfrutando del momento como quien descorcha un barril de sake antes de la merienda.

-Garararara. Vamos a ver si esos guantes tuyos sirven para algo más que espantar moscas. Pero te advierto una cosa para que luego no me vengas con lloros de taberna: como me hayas hecho perder la mañana y no sepas un carajo de Akuma, te voy a estampar contra el brocal de ese pozo hasta que cantes el nombre del gigante en verso. Tira cuando quieras, retaco. Tienes el primer golpe gratis.-
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#8
Atributos Personaje

El peliblanco vio como el gigantón adelantó su pie con un paso, un simple movimiento que hizo al mismo suelo quejarse sucumbiendo ante el peso y la fuerza del gran oni, que hacía así un gran acto de presencia. Una presión ante la que el joven no sucumbiría, quizá por valiente, quizá por el esfuerzo que había tenido que pasar hasta llegar hasta ahí o igual era simplemente porque estúpido y no veía el peligro cuando lo tenía en las mismas narices. Hasta el día de hoy lo único que había conseguido provocar tal efecto en él era la idea de sucumbir ante la presión del agua estando bajo el mar.

El luchador sonrió en cuanto vio a su ahora oponente de gran envergadura ponerse en guardia, parecía que ninguno de los dos temían en absoluto el enfrentamiento, cada uno con su propia percepción de la realidad, su orgullo y ego. ¿Qué pasaría ahora que dos fuerzas irresistibles iban a chocar? Eso es lo que estaban a punto de comprobar. El gigante motivado por el deseo de encontrar a su predecesor, algo que Kai respetaba pero que le daba absolutamente igual; por otro lado el luchador callejero, motivado por su deseo de reunir a gente y convertirse en pirata, luchar y simplemente pasarlo bien. Por suerte y por desgracia, el mantra en el que basaba su vida el peliblanco era el desafío constante, contra sí mismo o los demás, por lo que no podía dejar pasar aquella maravillosa invitación. - Está bien, bailemos entonces. Así me caes mucho mucho mejor - Dijo desafiante sin apartar la mirada del cocinero. - Aunque pensaba que era yo el que hablaba mucho - Bajó su centro de gravedad, flexionando sus rodillas y quedando aun más cerca del suelo, el tamaño era una ventaja y la iba a aprovechar como pudiese.

Le daba el primer golpe gratis, eso dejaba entrever el autoestima que tenía de sí mismo el gigante. Se encontraban en una plaza en medio del pueblo, tenían espectadores a su alrededor, pero poco más había. Una explanada llana, adornada por los adoquines del suelo, de treinta metros de radio tomando como centro el pozo sobre el que el pelirrojo estaba sentado anteriormente. - Buto - Dijo al instante, después de que el gigante terminase de hablar, y al mismo tiempo saltó con potencia hacia delante propulsándose los dos metros que lo separaban, con la mira puesta en su estómago. Los ojos lentos de la gran roca no pudieron hacer nada por visualizar su movimiento por lo que la cabeza del joven impactó con violencia sobre los densos músculos del cocinero, pero que en aquella ocasión, serían más decorativos que otra cosa. Las ondas producidas por el hasshoken traspasaron cualquier resistencia que pudiese ofrecer su propio cuerpo.

El joven sintió la presión en su cuello una vez más, indicativo de que había logrado alcanzar su objetivo, por lo que antes de caer por el peso de la gravedad agarró los ropajes del gigantón para nuevamente propulsarse en línea recta hacia atrás gracias a sus piernas, tomando distancia con su contrincante, quedando a veintiséis metros de aquellos brazos que probablemente podía partir rocas con solo flexionarlos. Lo miró. - ¡Vamos! - Levantó su guardia entonces con los brazos por delante, imitando a los boxeadores.

cositas V2
Leyenda de una Leyenda
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2317 + 0 = 2317
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#9
Atributos Personaje


El cabezazo del enano golpeó de lleno en la boca del estómago de Hanma como el martinete de una fragua, o mas bien un cabrito recien nacido midiendose con alguien mayor. Fue un impacto seco. La embestida a toda velocidad traía un golpe de verdad: las ondas de choque del Hasshoken no se quedaron en el pellejo; atravesaron los músculos tensos y le sacudieron las tripas con un zumbido sordo. Dolía de veras, Hanma nunca lo diria pero dolia de veras. El crujido interno le arrancó una hebra de aire entre los colmillos. Fue un daño limpio que le mordio la carne sin pedir permiso. Pero los musculos de su mole y la osamenta forjada a golpes aguantaron el envite sin pestañear, el moai entraria en furia. No retrocedio lo mas minimo. Las botas no resbalaron ni un solo centímetro sobre la grava de la plaza. Se quedó clavado en el sitio. No se movió. Parecía un menhir de granito rojo en mitad del camino.

El chaval aprovechó el mismo rebote contra el torso del gigante para patear al aire y salir despedido hacia atrás. Voló ligero como una pluma gracias a su propio truco de salto y aterrizó a veintiséis metros de distancia, levantando los puños en guardia de taberna y soltando aquel grito desafiante al mediodía. Hanma bajó la vista hacia su propio ombligo. La camiseta negra tenía el polvo blanco de la frente de Kai pegado a la tela, casi podia verse su cara. Una punzada sorda le subió por el costado. No hubo queja ni dolor en sus facciones. Al revés: la calma monacal que guardaba su cara se rompió en mil pedazos. La furia de los Gran Oni le inundó la cabeza de golpe y le encendió la sangre como aceite hirviendo. Los ojos dorados se abrieron de par en par con un brillo homicida; una sonrisa torcida, ancha y perversa le desfiguró las mejillas mostrando dos hileras de dientes afilados. La Ley del Ogro era clara como el agua: al que tiene el valor de golpear con todo, se le responde sin guardarse una sola uña. Un rugido cavernoso le brotó del fondo del pecho y reventó contra las fachadas de madera de los dojos cercanos:

-Garararara. Buen viaje, retaco. Casi me mueves la digestión de sitio.-

No le dio tiempo a respirar. Hanma flexionó las dos piernas y cargó el peso de sus siete metros y medio sobre los talones. Las losas de piedra estallaron en pedazos bajo sus plantas. Era sumamente rapido a pesar de su tamaño, se catapultó hacia adelante en un salto monstruoso que cubrió los veintiséis metros en un parpadeo. Voló bajo. Tapó el sol con su espalda inmensa. Su velocidad de desplazamiento convirtió la mole en una sombra imparable que se le vino encima al peliblanco antes de que sus ojos pudieran enfocar el peligro. Llegó en un suspiro.

Hanma cayó con la violencia propia de su raza. Su mano derecha, abierta con los dedos gruesos como leños de roble, cayó en picado y engulló por completo la cabeza de Kai, tragando sus manos en guardia consigo y apretandola con el mismo, era un niño y era facilmente "agarrable". Fue un zarpazo limpio. La palma le selló la nariz y la boca en una tenaza de hierro, mientras las yemas le aplastaban las sienes y la coronilla. Sin frenar la inercia, Hanma estiró el brazo hacia el cielo y lo levantó del suelo en vilo. Kai quedaria colgando a más de cuatro metros de altura, sin apoyo ninguno y con las vías respiratorias bloqueadas bajo toda la fuerza del oni. Hanma clavó su mirada dorada en el cuerpo suspendido y apretaria los dedos un punto más.

-Has querido pelea de mayores y ya la tienes servida. Ahora vamos a ver cuántos segundos aguantas sin aire antes de pedir tregua.-

Cocina del Ogro
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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#10
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Por sus venas corría la sangre de los guerreros chatarreros, esos que podían levantar incontables kilos de cobre para venderlos a buen precio, pero nada de eso le serviría ahora, tampoco su guardia. Vio al pelirrojo en la lejanía con facilidad, su tamaño gigantesco y su pelo rojo como la sangre le hacían un blanco más que factible a seguir, o eso al menos es lo que se le cruzaba por la mente al luchador.

Escuchó el estruendo de su primer paso, sus músculos chillando por pura fuerza, casi como un globo que frotas por tu piel, y, una milésima después, el gigante no tan noble se desvaneció de la vista de Kai. Delante de su guardia no había nada, no de momento hasta que todo oscureció. Por un momento pensó que estaba pestañeando a cámara lenta, pues la oscuridad se estaba extendiendo demasiado. Notó la fuerza de compresión sobre parte de su pecho, brazos y cabeza, una fuerza demoledora que lo levantó y lo dejó como colgajo en el aire. Todo lo que temía que pasara se había vuelto realidad. Por un lado comenzaba a notar la falta de aire y por el otro se encontraba atónito por la vertiginosa velocidad que había alcanzado el cocinillas, tanta que ni siquiera podía haberlo visto venir.

Su cerebro se comenzó a estresar de sobremanera, no tenía disponible oxígeno para sus pulmones así que haría lo único que podía hacer, ser un revoltoso. Sus piernas comenzaron a moverse frenéticamente buscando crear algún tipo de inercia que le sirviera, sus brazos comenzaron a empujar la propia mano del gigante para intentar abrirla, pero nada de ello sirvió para liberarse. Como no podía hacer nada, siquiera insultarlo, hizo lo único que podía hacer, patalear. Cargó su pierna derecha colgandera y la lanzó hacia la carne del brazo de Hanma, terminando por darle un tremendo puntapié en aquellas duras carnes. 
cositas V2
Leyenda de una Leyenda
- Narro -
- Hablo -
- Pienso - 
- *Burp* Eructo -
- *Fhiii* Pedo Ninja - 
- *FWRA* Pedo Pesado - 
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