[Pasado] El precio de una palabra
#11
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El puntapié del muchacho impactó de lleno contra el antebrazo de Hanma con el tintineo metálico de las punteras. Fue un golpe seco, un golpe que a otra persona quizas le hubiera bastando para ser enviada por los aires; pero no era el caso. La chapa reforzada de las botas sonó como una cuchara de hojalata golpeando una campana de bronce; una sacudida que traía ganas pero a la que le faltaba cuerpo para mover semejante tonelaje. La carne prieta del oni, endurecida por años de recibir palizas y templada ahora por la furia que le hervía en las venas, se tragó todo sin pestañear. Sintió el pellizco en el pellejo, claro que lo sintió. Era como la coz de un gorrión enfadado. Pero las fibras de su brazo ni se inmutaron. El brazo siguió estirado hacia el cielo de la plaza, firme como un mástil plantado contra el temporal, sosteniendo los kilos del peliblanco en el aire sin concederle un milímetro de alivio. No cedió nada.

Hanma bajó la barbilla despacio para mirar el espectáculo que tenía colgado de su mano derecha. El cuadro tenía su gracia. El chaval parecía una trucha recién sacada del agua: las piernas le bailaban en el vacío buscando un apoyo que no existía en cuatro metros a la redonda, mientras los talones repiqueteaban inútiles contra el aire. No había suelo. La risa le volvió a subir desde la boca del estómago, ronca y pesada, haciéndole temblar los pectorales anchos como losas de cantera. A los críos de callejón siempre les costaba entender la diferencia entre tener agallas y demostrarla. El enano tenía lo primero de sobra, eso nadie se lo iba a quitar. Pero arriba del todo no había suelo que patear ni esquinas en las que esconderse. Arriba mandaba él.

Apretó los dedos un punto más. Los nudillos gruesos crujieron al cerrarse sobre las sienes y los pómulos de Kai, sellándole las fosas nasales y los labios bajo una palma que olía a pólvora vieja y a estofado de taberna. Era una prensa de hierro. No le hacía falta golpearlo otra vez. Las venas de las sienes del muchacho empezaban a hincharse como lombrices oscuras bajo el pelo blanco, y el pánico del ahogo se dejaba notar en los espasmos cortos del cuello. El tiempo corría. La Ley del Ogro mandaba responder con todo al que venía de frente, pero también dictaba que una deuda de palabra se cobraba hasta la última moneda antes de que cayera el telón. Y aquel renacuajo todavía tenía que soltar una verdad muy gorda antes de que se le apagasen las luces. Aflojó apenas un milímetro la comisura de la palma, lo justo para dejar salir un silbido de voz ronca entre los dientes del preso sin permitir que entrase una sola bocanada limpia:

-Garararara. Menudo genio tienes para ser tan poca cosa, retaco. Te mueves como un una trucha, pero con esas pataditas de mosquito solo vas a conseguir desgastar las suelas antes de tiempo.- Hanma sonrió enseñando los dos colmillos torcidos, con los ojos dorados clavados en la cara empolvada que asomaba entre sus falanges. -¿Cuanto tiempo piensas que aguantaras sin probar bocado de aire? no te quedan muchos antes de que te vayas a dormir la siesta al mediodía. Suelta el nombre de ese gigante y dime dónde carajos está. Si tienes algo que decir, dame dos golpecitos con esos pies de gorrion-

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#12
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No hubo respuesta alguna ante la patada del más pequeño, sus brazos intentaban crear un espacio, pero aquellas grotescas palmas demoníacas no le dejaban lugar a que siquiera entrase un fino hilo de oxígeno. Sus pulmones aún aguantaban la presión que le estaban ejerciendo pero si notaba que comenzaban a arder, ya iba siendo hora de necesitar soltar un poco del que llevaba dentro y no tuvo otra que dejar escapar un poco de gas por la puerta trasera.

Después de aquellos segundos sintió aquellas paredes de carne cercenar su libertad aun más siquiera, lo que no le estaba dando ningún opción, no tenía margen para actuar. Ni tenía el suelo a su disposición, ni podía ver, ni oír, ni respirar, tan solo podía comportarse como un pez fuera del agua, aleteando inútilmente. Las palabras del gigante eran murmullos ahogados, ininteligibles, hasta que dejaría el suficiente espacio como para liberar parte de una oreja y pudo medio entender lo que estaba diciendo. - ¡mmmmm m mm mmmmm m mmmm mmmm m mmmmm mm mmm! - Respondía el peliblanco, agitándose aun más. Parecía muy enfadado.

O quizás desesperado.

Su mente dio vueltas y vueltas, todavía no le había llegado la hora de ver toda su vida pasar por delante de sus ojos así que estaba bien, supongo. No había nada que pudiese hacer en aquella situación, pero lo que sí tenía claro es que no se iba a morir, porque el gigantón necesitaba del poco conocimiento que pudiese albergar el peliblanco en ese cerebrito. - mmmm mmm... - La fuerza con la que se revolvía dentro de las palmas comenzaba a disminuir notablemente, el gigante podría sentirlo, hasta que finalmente sus brazos cedieron ante la presión y solamente se dejó abrazar, cerrando los ojos.

Sus pies tranquilos, como colgajos, que bailarían al son de los movimientos del gigante, como un muñeco inerte. Sus brazos recostados apoyados sobre la tersa y firme carne de las esculpidas manos del oni, sin contar que estaba aplastados contra los mismos. Ahora mismo Hanma estaba acunando setenta kilos de peso muerto entre sus manos.

¿Acaso habría muerto?

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#13
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La flojera del muchacho se sintió en la palma de Hanma de golpe, osea ya estaba cogiendo ese peso a plomo, solo que ahora era menos "tieso". Pero sin previo aviso. Los setenta kilos de pellejo y huesos que hace un segundo pataleaban en el vacío se volvieron peso muerto. No hubo más pelea. Las piernas dejaron de buscar apoyo. Los brazos cayeron flácidos a los costados, meciéndose como dos trapos viejos al compás del viento de la plaza. Hanma aflojó una pizca las falanges esperando otro coletazo. El cuerpo colgado a cuatro metros de altura no ofreció ninguna réplica. Parecía un arenque. Ni un pestañeo. Y antes de que pudiera preguntarse si los niñatos de hoy en dia venian tan blandos de fábrica, una bocanada pestilente le subió de lleno hasta las narices, densa y rancia. El mocoso se había tirado un pedo antes de perder el conocimiento. Fue un tiro limpio. Ratatouille, que vigilaba desde la melena cobriza, asomó el morro con el parche torcido, soltó un bufido agudo de pura indignación y se metió de cabeza bajo la tela de la camiseta, tapándose los bigotes con las dos patas delanteras. Aquel tufo no lo aguantaba ni un animal de cloaca, que ya es decir.

Hanma torció el gesto con una mueca de asco socarrón que le arrugó los cuernos de la frente. Había visto a piratas perder la hombría, el juicio y hasta los dientes en mitad de una reyerta de taberna, pero soltar el aire por el conducto equivocado cuando te están midiendo la espalda era una estampa nueva. Retiró la manaza derecha de su cara de golpe, dejándole libre la nariz y la boca. El agarre de asfixia se había terminado. La Ley del Ogro era tajante con los caídos. Reventar a un tipo que no podía devolverte la mirada no daba gloria ni llenaba la panza de nadie. En lugar de soltarlo contra las piedras de la plaza, Hanma cerró cuatro dedos sobre la tela de la pechera de Kai, sosteniéndolo en vilo por las ropas a tres metros y medio del suelo. La cabeza del peliblanco cayó hacia atrás con los ojos cerrados a cal y canto. No se movía nada. Hanma le metió dos sacudidas secas de arriba abajo; las costuras de la camisa crujieron bajo el tirón y el cuello del chico cabeceó inerte como el de un muñeco de trapo.

-Garararara. Vaya porquería de resistencia me traes, renacuajo. Te desinflas en dos asaltos y de propina me dejas la plaza oliendo a pescado podrido. Si se te ha escapado el alma por el trasero, ya te estás buscando otra para volver a este mundo.- La risa cavernosa del gigante retumbó contra las paredes de pizarra de los dojos cercanos. El enano seguía mudo. Colgaba sin dar señales de vida. Hanma no se tragaba que un gallo con tantas agallas para soltar bravuconadas en el tejado se partiese tan temprano. Pero el pellejo colgandero no mentía: estaba frito, tieso. Y eso a él no le servía de nada. Una palabra empeñada era de hierro. El crío le debía el nombre y el paradero de Akuma antes de tener permiso para morirse.

Apretó el paso y cruzó los dos metros que lo separaban del pozo de agua dulce. Las baldosas de piedra crujieron bajo las suelas de sus botas. Con la mano izquierda agarró la soga gastada y alzó el cubo de madera que reposaba sobre el brocal; el balde subió chorreando agua fría y oscura que olía a piedra húmeda y a musgo. Colocó el cuerpo inerte de Kai justo encima de la boca redonda del pozo, suspendido sobre el foso de diez metros de caída libre, con la cabeza colgando a un palmo del agua del caldero. Estaba a tiro. -No te vas a ir a criar malvas sin pagarme la cuenta del almuerzo, retaco. Te voy a meter la mollera en este cubo de agua helada a ver si el frío te despierta las tripas o si prefieres aprender a nadar en el fondo de este pozo. Espabila por las buenas o traga hondo, que el baño corre por mi cuenta.-

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#14
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El joven, apresado bajo la presión de una fuerza descomunal, sintió como se aligeraba la carga de su propio peso en cuanto se liberó de las ataduras de su propio mal estomacal. Para su sorpresa, y aun conteniendo la respiración como podían sus pulmones, se liberó aquel muro de carne que restringía el acceso de aire tanto por sus fosas nasales como por su boca. Sintió un alivio inmediato porque por fin pudo liberar todo aquel dióxido de carbono que estaba almacenando dentro de sí, como una bombona a punto de estallar. Sus ojos caídos, como aparentemente lo estaba él en aquel breve encontronazo frente al gigante, se mantuvieron de la misma forma. A través de sus párpados pudo sentir de nuevo los cálidos rayos de luz del día, lo que le daba la pista necesaria para saber que la mano se había retirado claramente sin tener que verla.

Por su nariz comenzó a salir el aire que había estado almacenando y recabando otro poco, volviendo a hacer el intercambio de nuevo, lo más sutilmente que pudo, no quería hacer que su pecho se inflase exageradamente si se suponía que estaba jugando a estar muerto. Contuvo así las ganas de respirar, como aquel que tenía vergüenza de que lo viesen comer como un cerdo cuando se acercaba a un buffet libre. - jejeje ha colado - La risa resonó en su propia mente, mientras hacía lo que podía por mantener la mentira que había construido.

En las manos de aquel hombre, si es que se le podía llamar así, era no más que un muñeco de trapo, aunque más pronto que tarde pasaría a ser una bolsa del Mercadenden. Los dedos contrarios apresaron la sudadera del más pequeño y quedó como colgajo entre la punta de sus dedos, una vez más. Sus carnes se movieron flácidas, aunque tenía poca carne, ante los intentos del pelirrojo por despertarlo de una aparente inconsciencia. Aunque las palabras que dirían lo sacudirían más que sus intentos por despertarlos. Se mordió la lengua y siguió actuando el papel protagónico de vegetal.

Pronto acabaron de nuevo donde habían iniciado aquella conversación, frente a aquel pozo sobre el que la roca se había sentado a hacer una merendilla, aunque el callejero aun no era consciente de eso. Las pistas estaban ahí sin embargo. El sonido de la polea del pozo, la cuerda resonando con su pasar, el tintineo del agua cuando el cubo emergió del fondo en su ascenso, las amenazas del ogro que lo sostenía... Cositas. Detalles que importaban.

Ahora que el comidista había aflojado su agarre y lo había sentenciado a un chapuzón, era su momento de realizar el escape. En un momento su cuerpo se tensó y llevó las manos hasta los dedos del cocinero, abrió los ojos e hizo un rápido escaneo de reojo bajo su posición. Estaba literalmente la boca del pozo. Llevó la planta de sus pies hasta la punta de los dedos ajenos y una vez más usaría la carne ajena para impulsarse lejos de una situación peligrosa. - A correr los Lakers - Bufó en un pequeño esfuerzo que lo separó horizontalmente del pozo y de las garras del mal que suponía el moai, un par de metros fue suficiente como para librarse de convertirse en garbanzos a remojo. Sin perder un solo instante al aterrizar giró sobre sí y corrió hasta la espalda del de los cuernos para posicionarse, después de un salto, sobre el hombro ajeno, de cara al pozo. Escapando a la percepción del gigante una vez más.

- Fiu, hoy no me toca ducha. Eso es solo lunes y miércoles, los viernes siempre pasa que no, pero los sábados sí - Se sentó sobre la clavícula. - Estás fuerte. ¿Eh? Menudas manos, seguro que son de hacer mantequilla ¿eh? Jeje - Dio un codazo a su cuello, un tronco de árbol más o menos, como si fuesen dos amigos contándose anécdotas. - Menudas dos goletas motoras que tienes por manos. Esas bolas de arroz sufren, estoy cien por cien seguro - Comentó socarronamente, totalmente avispado, no parecía que hubiese salido de estar inconsciente. - Vale, hecho - Asintió. - No sé quien es Akuma, peeeeeeeeeeeeeeero… - Se quedó en silencio un par de segundos. - ...si que conozco a un gigante. Una, para ser más exactos. Se llama Annie, es una pana mía, estoy esperando a que venga de hecho - Confesó entre tantas palabras.
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#15
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El salto del muchacho pilló a Hanma con el cubo de agua a medio levantar sobre el brocal del pozo. Fue un movimiento seco y limpio. Tenía la soltura de un gato callejero lleno de pulgas, y la apariencia a decir verdad tambien. Nada que ver con la flojera de muerto de hacía dos segundos. El mocoso usó los dedos del gran oni como muelle: apoyó las suelas gastadas y pegó un brinco en horizontal para esquivar el baño helado. Corrió por la espalda del gigante antes de que las piedras dejaran de vibrar. Con otro salto descarado, se plantó de golpe sobre la clavícula derecha de Hanma, sentado a cuatro metros de altura y de cara al pozo. Pesaba poco. Setenta kilos en el hombro de una mole de trescientos cincuenta apenas eran una molestia. Pero la osadía no tenía nombre. El crío no callaba ni debajo del agua. Soltó una retahíla de bobadas sobre los días de baño y elogió el tamaño de sus manazas. Para rematar la faena, le metió un codazo en mitad de los trapecios. Aquel pescuezo era un tronco macizo que ni se inmutó.

La que no se quedó quieta fue Ratatouille. El hombro de Hanma era su atalaya privada desde hacía tiempo; no toleraba inquilinos en su tejado. La rata blanca asomó la cabeza entre el cuello de la camiseta y enseñó los dos incisivos amarillos con un bufido agudo. Le lanzó un mordisco al aire al bajo del pantalón del peliblanco. Estaba dispuesta a defender la clavícula con uñas y dientes si el intruso se movía medio palmo más. Hanma soltó el cubo de golpe. El caldero cayó sobre las lajas con un chapoteo sordo que empapó las piedras del suelo. -Garararara.- La risa profunda del Gran Oni le brotó de las entrañas, haciendo vibrar el pecho y la clavícula donde el muchacho seguía apoltronado. -Vaya pájaro de feria estás hecho, renacuajo. Te tiras un pedo para despistar, te haces el fiambre en mis manos y ahora te crees que mi pescuezo es el banco de una taberna.- Hanma alzó la mano derecha con calma. No hubo golpe ni furia. Cerró el pulgar y el índice alrededor del cogote de la sudadera de Kai, igual que quien agarra a un gato mojado por el pellejo. Buscando despegarlo del hombro con un tirón firme y lo bajó al suelo de una pieza.

Plantaria al chaval sobre las losas de la plaza, a dos pasos de sus botas, dejándolo caer sobre sus propios pies. El combate se había terminado; la furia que le tensaba la mandíbula se desinfló despacio. Dejó paso a esa serenidad pesada de quien ya ha cobrado lo que buscaba. No hacía falta más. Kai no conocía el nombre de Akuma, pero había soltado prenda: una giganta llamada Annie que andaba por Isla Karate y a la que estaba esperando. En un mar como el South Blue, una mujer de diez o doce brazas de estatura no era una aguja en un pajar, era un tronco en .. ¿un troncal?. Si aquella Annie tenía sangre de Elbaph (o de cualquier otro rincón del Grand Line), era imposible que no hubiera oído hablar del Gran Demonio de Akuma. Y si no lo conocía, al menos sabría qué banderas navegan estas aguas buscando a los suyos. Hanma se cruzó de brazos, tapando la luz del mediodía. El chico había aguantado el tipo. Había peleado con lo que tenía en las piernas y había pagado su parte del trato sin rajarse. -No es el nombre que yo buscaba, pero una giganta en esta isla me vale.- La voz de Hanma bajó seca, mirando al peliblanco de arriba abajo. -Mi palabra no se rompe por una ventosidad ni por tus payasadas en el hombro. Has soltado el nombre, así que el trato sigue en pie: no hay más guantazos y no te vas a ir con la tripa vacía. Pero el arroz frío de antes ya me lo he comido yo. Si quieres que te cocine un plato caliente, vas a tener que buscarme una lumbre decente. ¿Dónde hay una cocina en este barrio que no sea una ruina?-

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#16
Mientras sus palabras fluían por su boca, como si aquellos dos se conociesen desde hace mucho tiempo y la complicidad fuese algo común por la parte del peliblanco, una bola peluda, del tamaño de una de aquellas que se había encontrado en una alcantarilla de Spider Miles, salía del cuello de la camisa del que unos segundos atrás estaba reteniéndolo como un sarcófago de acero en cuyo interior en vez de pinchos habían presas hidráulicas. Aquella rata que había visto con anterioridad, y que portaba un parche como todo un soldado de historietas de comic, ahora emergía con el único propósito de bufar al adolescente callejero que parecía estar ocupando un espacio sagrado, su casa. Detuvo sus palabras un momento para alzar la ceja despectivamente. - Te podría convertir en un pincho moruno, bola de pelo - Cruzó por su mente, para tras un segundo después seguir hablando a aquel gigante de cuernos rojizos.

- Eso me decían mis colegas. Y mis no colegas. Y el tipo aquel con el que trabajé una vez. - Cerró sus ojos convencidos. - En realidad. El pedo ha sido cortesía de la casa, no para despistar, si no para pistar. No lo entenderías - Levantó el índice puntualizando, su estrategia solo se había construido en torno a hacerse el muerto, no a rajar el pantalón.

Es entonces cuando sintió la tensión en su cuello. Por un momento pensó que la rata le había mordido la ropa para tirarlo al vacío que suponía caer desde el hombro del oni, pero en cuanto abrió los ojos y sintió el tirón hacia arriba comprendiendo que había sido el propio cocinero que lo había levantado. - Vaya - Se dijo para sí mismo al mismo tiempo que utilizaba la inercia en sus piernas para voltearse bocabajo, enganchándose boca abajo y teniendo como punto seguro el punto desde el que el oni lo había enganchado, vistiendo sin querer su capucha en el proceso. Su plan era repetir la misma acción, usar las mismas carnes del contrario para salir de la situación una vez más, pero no hizo falta. Pese a que no se sentía cómodo con aquel gesto, no notó hostilidad alguna en su movimiento, pues caso contrario ya lo habría convertido en mozarela bajo la presión de sus dedos. Cuando vio el suelo cerca se descolgó para tocar tierra y se quedó mirando con una extraña sorpresa a su interlocutor.

Parecía que las palabras que le había dicho el más joven lo habían satisfecho, aun así el pedorro no se creía que aquello era suficiente, pero el oni parecía ser demonio de palabra, pero uno nunca se terminaba de fiar de alguien con cuernos. Seguro que tenía alas rojas y una cola de diablillo metida en algún lado que no quería descubrir. - A ver... - Se cruzó de brazos pensativo. El peliblanco había comido mucho en lo que llevaba Karate, pero siempre lo había comprado -robado- en algún puesto de la calle o había ido a comer a una taberna. - Creo que hay un sitio. Pero la última vez me soltaron un sopapo en la cara, pero comí gratis jeje - Le entró risilla al recordar como había mandado a volar contra una pared a aquel camarero, después señaló en dirección a un camino que parecía perderse una de las tantas colinas de la geografía de la isla.

 - ¿Dónde has cocina esas bolas de arroz tú? ¿No te vale ahí? ¿O es comes piedras? No me extrañaría, por cierto soy Kai. *burp* ¿Cuál es tu nombre Moai? - Aquello lo había dicho de seguidillo sin respirar, como si le quemasen las palabras en la boca. Lo miró directamente a los ojos, nuevamente separándose un par de pasos para terminar por torcer el cuello para mirarlo directamente a los pómulos.
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#17
La risa de Hanma le subió desde el fondo de la andorga, ronca como una tolva de carbón. Un retumbar sordo. Hizo vibrar las lajas de pizarra bajo las botas del enano. El mocoso tenía los pómulos colorados por el forcejeo, la sudadera rota y el descaro de quien no sabe lo que pesa una mano de Gran Oni. Soltó aquel eructo como si estuviera en la barra de su casa. Ni pestañeó. Hanma se pasó la palma por la barba rojiza, torciendo los colmillos con una mueca que era mitad desprecio y mitad diversión. Aquel retaco de Spider Miles era un bicho correoso, como un chucho callejero que ladra desde una esquina con las costillas pegadas al pellejo. -Garararara. Tienes la lengua muy suelta para la poca carne que gastas, renacuajo. Moai. Llámame así otra vez y te salto los piños de un revés antes de oler el guiso. Mi nombre es Hanma. Guárdatelo en esa mollera dura, que no suelo repetirlo a quien no se lo ha ganado.- Del cuello de la camiseta asomó un hocico blanco. Ratatouille tenía los bigotes tiesos y las uñas clavadas en la tela, enseñando los incisivos hacia el chaval. Estaba que trinaba. El peliblanco la miraba con ojos de despiece, como calculando cuánto sacaría en un puesto de pinchos morunos. Hanma bajó el pulgar y le acomodó el lomo con un toque suave. La fiera ni pestañeó. La rata se acurrucó contra su clavícula con el parche torcido. -Y quítate de la cabeza lo de hacer brochetas con ella. En mi cocina y en mi mesa, la rata come antes que nadie. Manda más que tú y tiene bastante más seso. Si estiras la zarpa para tocarle un pelo, te quedas sin dedos antes de pestañear.-

El mocoso torció el gesto con esa chulería de arrabal que da el hambre vieja, preguntando con sorna si en donde sea que fuera Hanma comían pedruscos. Hanma resopló por la nariz. Las piedras las usaba para tirarlas a los barcos de la Marina o para machacar cabezas ajenas sin pagar aduanas. El arroz se trataba de otra manera. Exigía lumbre viva, caldero limpio y calma para no volverse engrudo. No era comida de ratero. -No como piedras, renacuajo. Las piedras no levantan un brazo. Ese arroz que desprecias lo amasé con estas manos de hacer mantequilla que tanto te gustan, mientras andabas pegando brincos para cazar una migaja.- Hanma alzó la vista hacia la ladera verde que Kai señalaba con el dedo. Miró arriba. El camino de tierra subía retorcido entre pinos, lejos de los dojos. -Me da igual si en ese tugurio te cruzaron la cara de un sopapo o si mandaste al mozo a volar contra las vigas. Conozco esa clase de antros. Mientras el tiro tire y tengan una sartén de hierro sin grasa podrida, esa cocina sirve. Y si al dueño le entran nervios al ver entrar a un gigante, ya me encargaré yo de pagarle lo que toque o de enderezarle el juicio.-

Dio un paso al frente y los adoquines gimieron bajo sus trescientos cincuenta kilos. El combate había quedado atrás; no había rabia en sus ojos amarillos. Se echó los codos atrás despacio. Los omóplatos se juntaron en la espalda con una detonación seca. CLAC. Era el tic de siempre: descongestionar los huesos tras la pelea y estirar la piel antes de la marcha. Ratatouille dio un chillido corto y clavó el ojo sano en la cuesta. Hanma echó a andar dejando atrás la plaza y el brocal del pozo. Cada zancada suya obligaba al chico a meter tres trotes cortos para no quedarse oliendo el polvo. La estampa era ridícula. Siete metros y medio de carne cobriza frente a un mocoso de diecisiete años que no abultaba lo que una de sus pantorrillas.

El sendero ganó altura entre bancales de piedra y zarzas secas. El aire olía a resina y a tierra caliente. Hanma no cocinaba por caridad ni por compadreo con vagabundos; su palabra de hierro se pagaba con carne fresca y verdades. Y aquel renacuajo aún tenía mucha cuenta pendiente por desglosar. Bajó la mirada por encima del hombro, sin frenar el paso pesado que hacía temblar las raíces. -Ahora vas a soltar lo que falta, Kai.- El nombre sonó seco en su garganta, sin adornos. -Una giganta en el South Blue no pasa desapercibida ni metida en una cueva marina. Dime de dónde carajos ha salido esa Annie. ¿Qué clase de barco espera en esta isla? ¿Lleva las marcas de guerra de Elbaph en el escudo o es solo otra renegada que le huye al Gobierno? Escúpelo mientras subes la cuesta, que todavía te queda fuelle para largar esa bocaza.-
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#18
A aquel hombre de físico avanzado y de geografía complicada por fin había soltado su nombre, había tardado casi lo mismo que el peliblanco en soltarlo. Y oh, que tortura. El peliblanco se perdía entre tanta palabrería, no porque fuese especialmente estúpido con la dialéctica y los revolcones que le podía dar, al fin y al cabo su mente buscaba la persuasión y la mentira como forma de vida, no por nada era un buscavidas. Aquello sencillamente le aburría. ¿No podía dejar de disimular que podía aspirar a más que a simplemente apretar a la gente entre las palmas de sus manos como una bola de arroz? - Ya quisieras muchachón... digo, Hanma - Respondió ante las amenazas de aquel cocinero que ya, poco a poco, estaba colmando la paciencia del peliblanco. Pese a que había intentado mostrarse abierto, juguetón, despreocupado o inocente, sin tomar en cuenta su encuentro.

Lo que si había terminado de sorprender al luchador eran las palabras que había tenido sobre su rata. ¿Es que acaso aquel hombre a parte de cocinero era un mentalista? Juraría por un segundo que le había leído la mente cuando maldecía a la rata al bufarle. Se metió en su mente muy conscientemente para hacer la prueba. - ¿Puedes leer la mente? A ver. Algo de cocinillas. Atún con pan con paté de solomillo de pimienta a la bucaneer - Escudriñó los ojos, intentando concentrarse y conectar las mentes de nuevo. ¿A parte de leer la mente podría hablarle a la suya? Como el calvo ese de la silla de ruedas que había visto en alguna que otra viñeta hace un par de años. - Te estás equivocando. Me parece a mi que te gusta ir de víctima - Su cara neutra delató que le estaba empezando a molestar que sacase palabras de su boca que no había hecho.

- Destroza el lugar si quieres, a mi me la pela - Se llevó las manos a los bolsillos con la desgana que estaba comenzando a acumular dentro y comenzó a caminar a su lado, sin prisa alguna. Mientras el gigante le empezaba a sacar distancia poco a poco, el más joven lo observaba desde atrás, pensativo. - ¿En qué barco podría viajar una mole como esta? Necesitaría como dos plataformas solo para que se pudiese tumbar - En su mente se comenzaba a complicar la idea de meter al pelirrojo en un barco. Además iba a tener que aguantar los sollozos en nombre de un tal Akuma, que ni conocía. Igual aquel demonio estaba pensando en una fruta del diablo y se pensaba que era su padre. Gente peor de la cabeza había visto, así que no le sorprendería.

Sus pasos encontraron el sendero, que habría recorrido el gigante escasos segundos antes, y comenzó a caminar por el límite entre la tierra batida por las pisadas y el césped natural de la isla. En su mano encontró una pequeña piedra, que a saber desde cuando llevaría ahí, y la sacó a pasear en su mano para comenzar a jugar con ella, en silencio, mientras terminaba de poner cosas sobre la balanza. - Jum - Vio a lo lejos la taberna en la que había acabado hace ya muchas ¿semanas?

Entonces las palabras de Hanma rompieron el silencio. - Pues supongo que del coño de su madre - Dijo desde atrás del pelirrojo, ya que no había detenido el paso. El pelirrojo miraba desde su hombro y el peliblanco miraba a su espalda. - Yo la encontré en Baterilla deambulando, me tuve que subir a la copa de un árbol inmenso solo para poder hablar con ella y apenas le llegaba al ombligo - Dijo con sinceridad, o al menos eso es lo que parecía. - Aquí no espera ningún barco porque todavía no he conseguido ninguno - Dijo molesto, tampoco le servía de nada tener un barco preparado si ni siquiera sabía navegarlo, de eso se encargaba Gaki. - No lleva escudo, pero lleva una lanza gigante. Y en su cara y tal tiene marcadas como líneas rojas. ¿Maquillaje de guerra? Lo que si te puedo decir es que me recuerdas a ella - Respondió revolviendo en sus recuerdos.

Alejó la mirada de su espalda y la dirigió a su cara ladeada en un intento de mirar al más pequeño. - Sois igual de soberbios los dos - De él podían decir perfectamente lo mismo, pero el peliblanco no lo decía con desdén ni molestia, si no como una verdad asertiva absoluta. - Debe ser cosa del tamaño - La giganta lo había tratado como si fuera un trozo de basura, una nimiedad que no se debía tener en cuenta, un grillo como decía. Ya no había rastro de sorna ni vacile, solo sarcasmo sacado a la fuerza. - ¿Y tú? ¿Qué haces aquí? Si ese Akuma es un gigante, ya deberías haberte enterado. ¿No? - Levanté una ceja, escéptico.

A cien metros se podía ver ya la taberna, tan solo quedaban unos cuantos Hanmas para llegar.
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#19
El sendero subía entre bancales de piedra y Hanma lo tragaba a zancadas largas, con los trescientos cincuenta kilos de carne cobriza haciendo crujir la tierra batida bajo las botas. A su vera, Kai caminaba pegado a la hierba jugando con una piedrecilla; cada dos pasos torcía el cuello y le clavaba los ojos, fijo y concentrado, apretando el ceño como si pretendiera abrirle la frente desde dentro. Hanma lo cazó de reojo y soltó un resoplido ronco por la nariz. -Garararara. Deja de comerme con los ojos, chaval, que me vas a hacer un agujero. Pones cara de estar cagando piedras.- El peliblanco no aflojó. Seguía escudriñando con cara de pasmarote, clavándole la mirada sin pestañear. Daba risa verlo. Hanma negó despacio con la testuz cornuda. Casi pareciera que aquel chico pensara que Hanma podía leer la mente y no que el destino que llevaba a Hanma era tan tonto que había confundido un comentario con un pensamiento, qué sé yo.

Lo del pincho moruno lo había visto en su jeta, no en su cabeza. Bastaba verle la ceja torcida y los ojos de tasador de casquería en cuanto Ratatouille asomó el hocico blanco por el cuello de la camisa. Cualquiera que vigile su caldero sabe cuándo un muerto de hambre le pone precio a la carne ajena. Ni pestañeó. La rata acomodó las uñas entre la melena cobriza áspera, enderezó el parche de cuero y le soltó al chaval un bufido corto, de pura jefatura. Hanma le pasó la yema del pulgar por el lomo para calmarla. -Y no voy de víctima, que te veo venir. Voy de palabra. Te prometí un plato caliente por el nombre de esa giganta y aquí estamos, subiendo una cuesta para pagarlo. Las víctimas lloriquean. Yo cocino, cumplo y ya está.- Lo de destrozar el garito le arrancó una mueca entre los colmillos. -No reviento tascas que me van a dar de comer. Eso es de imbéciles. Si hubiera querido romperte el espinazo ya lo habría hecho en la plaza, que tenía las manos libres y el pozo cerca para lavarme.-

La melena roja y áspera le caía revuelta sobre los cuernos negros mientras los ojos ámbar miraban al frente, al repecho que quedaba hasta el mesón. Su zancada firme obligaba al crío a meter tres trotes seguidos para no tragar polvo: siete metros y medio de músculo escoltados por un retaco de Spider Miles. Lo de la giganta sí le quemaba dentro, y ahí se puso serio sin soltar la guasa. -Baterilla. Deambulando sola, sin barco y haciéndote trepar a un árbol para hablarle al ombligo. Me lo creo. Los gigantes no nos agachamos por cualquiera.- Que Kai no tuviera navío le cuadraba: quien no tiene madera bajo los pies no espera nada en el muelle. Lo de la lanza colosal sin escudo se lo apuntó en la mollera: un guerrero grande que ataca a dos manos y desprecia la defensa o es muy bueno o está rematadamente loco. -¿Marcas rojas en la cara? En mi tierra se ganan con hierro, no se pintan con tizón. Si lleva lanza y no le teme a ir descubierta, no es ninguna panadera. Dime más: ¿hacia dónde tiró desde Baterilla? ¿Sabes si enfila hacia este mar o si solo anda perdida dando tumbos?-

Que le recordara a ella le arrancó otra risa corta, un trueno apagado en el pecho. Soberbios los dos, decía el renacuajo. Pues vale. Los grandes miraban desde arriba porque no cabían abajo, y los chicos ladraban desde el fango porque no llegaban arriba. Cuestión de escala. -¿Que qué hago aquí si Akuma es gigante? Buscar, chaval. De rumor en rumor y de puerto en puerto. Nadie parece conocerlo, y aun no puedo nadar en aguas mayores, ya me entiendes.- Así de simple. Karate era isla de dojos pulidos, patios de arena y maestros con vara de bambú, no de gigantes paseando por la plaza. Si un portento como Akuma se dejara ver por aquí, lo sabría hasta el arroz del muelle. Por eso preguntaba y por eso pagaba con comida caliente: un plato bien servido aflojaba más lenguas que un puñetazo en los dientes.

El sendero olía a resina y a tierra caldeada por el sol, y a lo lejos el tejado oscuro de la taberna asomaba ya tras una curva, a escasos cien metros. Hanma señaló la chimenea con la barbilla sin frenar el paso pesado que hacía crujir los bancales. -Cuando lleguemos pides tú el fogón, que a ti ya te conocen del sopapo. Y no mandes al camarero a volar esta vez, que cocinar entre escombros ensucia el guiso. Si hay lumbre viva y una sartén que no esté podrida, comes caliente. Palabra.-
[Imagen: AL4aO9R.jpeg]
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#20
A medida que la tasca karateca se iba dibujando en la lejanía el oni hablaba y hacía más preguntas, palabras que quedaron en un segundo plano de la mente del más joven, allí al lado de donde constantemente provenía un ritmo constante y diverso, en su cerebro. Ahora mismo solo se podía concentrar en ver el establecimiento con sus ojos, por un momento sintió que se arrepentía de haber hecho el trato con el gigante. No por la chapa que le estaba soltando, si no porque ahora debía comer. Seguramente todo lo que hiciese estuviese bueno, si no estaba envenenado, pero su estómago era como uno de esos raros especímenes que había que estudiar. No era delicado, pero si que procesaba rápido, en materia sólida, líquida o gaseosa, como fuere, pero tardaba poco en salir.

- Si, si, como *burp* quieras, stonehay que cocinar esa comidilla para darnos una merendilla - Aligeró el paso, aquella desganada caminata se convirtió en un rítmico paso sobre el adoquín hasta la puerta del establecimiento que abrió de par en par como si fuese un local más, y para el tiempo que llevaba allí más le valía. - He traído un pana a merendar - Gritó a viva voz desde la entrada y enseguida las miradas de dos pares de ojos, las únicas que había en el lugar, se posaron sobre él. - Tú. ¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? ¿Ganaste la pelea al menos? - Se echó el trapo con el que estaba limpiando la barra al hombro mientras le hablaba. - Joder que si gané, el otro salió volando. Como tú - Dijo incisivo. - Necesito tu cocina one moment - Levantó el índice. - Igual lo puedes convencer para ir a aquello - El camarero, chef, pinche y limpiador, porque en Karate todavía no sabían lo que era la explotación laboral, sabía quien era el peliblanco, todavía tenía la marca en la cara de aquello.

 - Que haga lo que quiera, mientras no rompa nada, porque el que rompe, paga. De toda la vida de dios. Si no se las puede ver con el jefe si quiere - Como si aquella fuese la petición más normal, cogería el trapo de nuevo y volvería a repasar la barra una vez más.

El luchador se encogió de hombros, seguramente aquello existía más como punto de reclutamientos para el club que como un bar corriente y moliente, aquel de allí era un figurante más. Al otro lado de la sala, sin embargo, había alguien que no quería interactuar, callado, comía de un plato de sopa con un cucharón pequeño de madera. Sorbía como podía, de cara a la pared, ocultando su rostro, entre gimoteos suaves. - Que si, que puedes. Que el que rompe paga, figura - Sacó la cabeza por el marco de la puerta para informar al pelirrojo. - Cuando esté la comida, me preguntas lo que quieras - El local, pese a que estaba acostumbrado a recibir visitas de humanos mayormente, no era extraño ver a grandes gyojins pasearse por las inmediaciones, así que el gran oni no tendría tantos problemas para ocupar la cocina como quisiera. 

Mientras, Kai, en una muestra más de cotilla, se sentó en la barra frente a el marco de la puerta que daba a la cocina, solo para mirar que es lo que hacía.
Leyenda de una Leyenda
- Narro -
- Hablo -
- Pienso - 
- *Burp* Eructo -
- *Fhiii* Pedo Ninja - 
- *FWRA* Pedo Pesado - 
[Imagen: Chat-GPT-Image-2-ago-2026-17-55-55.png]
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