La cortesía entre viajeros [Pasado Social - Bai]
#11
El aire de sus pulmones detuvo su circulación cuando los ojos azules de Bai se cerraron, mientras la birkaniana inclinaba su cabeza para apoyarla delicadamente contra la mano de Kibai. Tragando saliva, el mink extendió sus dedos para acabar de colocar el mechón de pelo detrás de la oreja de la joven alada, antes de, sin poder evitar esbozar una cálida sonrisa al ver como un suspiro se le escapaba del pecho. Antes de que pudiese retirar la mano de la mejilla de Bai, esta levantó una mano para detener su movimiento.

La joven abrió de nuevo los ojos, clavando los iris azules en los esmeralda del mink, dejando escapar el aire entre sus labios entreabiertos, en los que el vapor de las aguas termales habían depositado un suave brillo debido  la humedad. El corazón de Kibai se aceleró varios tempos, mientras su pulgar continuaba acariciando pausadamente la mejilla bronceada de la birkaniana.

Bai murmuró una frase ininteligible para él, aunque en esta ocasión, el mink ni siquiera se molestó en tratar de entenderla. Sentí que ya había sido capaz de superar aquella barrera, o al menos, que había sido capaz de entenderse con aquella joven de un módo más o menos elemental.

Sin embargo, aquello demostró solamente que continuaba siendo un ingenuo. A buen seguro alterada por el acercamiento de Kibai, las pupilas de Bai se dilataron de golpe y ésta trató de echarse hacia atrás para alejarse de él, con tan mala suerte de que tropezó con el borde del manantial. En ese momento el hecho de medir más de tres metros de altura jugó a todas luces en contra de la birkaniana. Sus brazos se agitaron en el aire, antes de precipitarse dentro del manantial.

La energía se liberó dentro de Kibai incluso antes de que tuviese que haberla invocado el mismo. Con la velocidad de reacción que le otorgaba el Electro, el mink se puso en pie de un salto y aferró el antebrazo de Bai antes de que la birkaniana se sumergiese por completo en el agua. Por un momento, el tiempo pareció detenerse para Kibai, con su cuerpo soltando pequeñas chispas azul eléctrico al aire y el característico brillo del mismo color ahora adornando sus ojos esmeralda, antes de ayudarla a incorporarse. A pesar de lo rápido que había actuado, las alas y parte del cuerpo de Bai se habían mojado, lo que había colaborado a revelar las formas de su...

— Lo siento!! — exclamó Kibai dándose la vuelta para apartar su mirada de la birkaniana, mientras liberaba la tensión que mantenía el Electro sobre su cuerpo. — No he debido hacer eso, no he debido asustarte, te pido disculpas.

Arrodillándose al lado de su petate, el mink se centró en ordenar las cosas que había en su interior, tanto por concederle algo de privacidad a Bai como para aclarar sus propios pensamientos. A santo de qué había tenido que hacer aquello? Obviamente la joven se había sentido incómoda, pues no se le ocurría otra razón para que hubiese querido apartarse tan bruscamente del mink.

Apoyando las manos sobre las piernas, pero aún sin girarse hacia la joven alada, el mink tragó saliva varias veces, esforzándose por respirar a través de su boca para no permitir que el aroma que flotaba en el aire nublase aún más sus sentidos.

— Bai...— dijo con un hilo de voz, girando levemente la cabeza hacia ella pero sin querer mirarla a los ojos aún. — Yo... Si lo prefieres, puedo irme...

Maldiciendo su incapacidad de comunicación, el mink se giró para agarrar la piedra plana y el carboncillo, devanándose los sesos para tratar de plasmar todo lo que quería decir. Tras pensarlo momentáneamente, comenzó a pintar con trazos más bruscos y apurados.

Finalmente cuando estuvo satisfecho, y sin atreverse a mirar a Bai aún para no asustarla más alargó hacia atrás la piedra. Si la joven la veía, observaría una línea que dividía la piedra en dos. En la primera mitad, Kibai había dibujado una figura femenina con alas, al lado de un icono de un pulgar hacia arriba y una interrogación. La segunda parte contenía un mensaje algo más complicado, aunque el mink aguardaba que fuese igualmente comprensible. Se hbía dibujado a si mismo, con la misma forma que cuando le había explicado a Bai su lucha contra Malkovich, junto con una flecha que indicaba hacia la salida de la cueva, y la misma interrogación, indicándole a la birkaniana que si prefería que el abandonase la cueva, no habría ningún problema.

Respirando pesadamente, el mink bajó levemente la cabeza, aguardando a que el sonido de piedra contra piedra le indicase que Bai había recogido el trozo de roca plana.

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#12
Al principio, sus alas se agitaron con fuerza, sorprendidas ante la mordedura del agua caliente sobre sus plumas. Pero, en cuanto se dieron cuenta, intuyeron que cuanto más se movían, más se mojaban; simplemente se erizaron con futilidad a la espera de un hundimiento que nunca llegó. Y ella, sin embargo, con los ojos cerrados, escuchó el crujido de la electricidad estática del marine resonando en la oquedad de la cueva poco antes de que él la alcanzara.

Entonces, Bai abrió los ojos justo para atrapar el crepúsculo del destello azulino que lo imbuía antes de perderse en los iris esmeraldinos del felino. Mientras tanto, su mano, conducida por una torpe necesidad de anclaje, se atenazó a ciegas en un punto de su anatomía que prefirió no identificar, pero cuyo firme roce amenazaba con los límites de una indecencia que prefirió no averiguar.

Así se quedó un instante, suspendida sobre el agua, pero manteniendo a flote la mitad superior de su torso antes de que la profundidad terminara de devorarla.

Abrió la boca para hablar. Pero el vapor del manantial parecía estar sofocando sus sentidos y acalorando un vientre de una forma que la prudencia le dictaba que no debía acalorarse. Se pasó la lengua por los labios, dejando en ellos el brillo de la humedad mientras registraba la rigidez y la tensión del mink a escasos centímetros de su rostro... y después, él, simplemente se apartó.

Ante aquel gesto, Bai se quedó inmóvil, sentada en el borde de la pila termal, con el pecho agitado e hilillos de vapor ascendiendo desde sus alas mojadas. Las plumas, ahora pesadas y apelmazadas por el agua caliente, colgaban a sus espaldas goteando con languidez, pero su atención estaba completamente clavada en la espalda de Kibai, quien se afanaba rígidamente en hurgar entre sus pertenencias para otorgarle una privacidad que ella, bajo la frialdad de sus deducciones, no comprendía del todo.

¿Por qué se disculpaba? ¿Acaso pensaba que la culpa de su torpeza recaía en él?

No respondió al momento.

La yema de sus propios dedos buscó las correas que mantenían fija la prenda de metal mientras se inclinaba hacia adelante para observar el dibujo que el joven mink había hecho sobre el suelo. Encontró la hebilla y tiró de ella con suavidad, dejando que reverberara por la caverna un repiqueteo metálico. En ese momento, gracias a la presión liberada, por su abdomen finos hilos de agua comenzaron a deslizarse hasta empapar la cinturilla del pantalón.

Alzó la vista hacia Kibai y negó con la cabeza tras haber entendido lo que le estaba proponiendo en aquellos rudimentarios trazos de carbón. A su vez, dejó caer la pechera, mostrando que debajo de ella solo había un pedazo de tela empapada que se pegaba de forma translúcida a las vendas compresivas que sujetaban con firmeza su pecho mojado. Miró hacia la armadura, húmeda por dentro tras haber sido alcanzada por la salpicadura y, con toda la naturalidad del mundo, se estiró hacia la fogata y la dejó cerca de las llamas para que se secara.

—Kibai —murmuró, con los ojos anegados de una confusión indescifrable incluso para ella misma.

No deseaba que se marchara, pero, a la vez, su instinto le suplicaba que estuviera lejos de ella para que su cabeza no volviera a hacerle pensar de más.

Abrió la boca para decir algo más y, sin embargo, pronto la volvió a cerrar. Tragó saliva, observando al marine mientras por su cuerpo bronceado un rosario de gotas peregrinaba por su clavícula y su pecho, inclinado por una pulsión que intentaba domeñar. Por primera vez en toda su vida sentía que quería arrancarse aquel vendaje y respirar con libertad. Y lo más aterrador es que estaba a punto de hacerlo: su mano había quedado suspendida sobre el límite del vendaje, rozando la tela con una urgencia febril; pero, al darse cuenta, desvió el gesto a un movimiento torpe que humedeció sus dedos. Y, conteniendo el aliento, bajó la mirada y para servirse de esa misma humedad y deslizarlos sobre la roca para así borrar la línea que los separaba, uniendo ambos lados del dibujo en una clara respuesta.

—No... ir —articuló con aspereza, forzando a su desgarrada garganta a romper el pesado silencio—. Kibai, quédate.

Después, no dijo nada más. Se limitó a alargar su mano hacia el rostro del leopardo, con un temblor tan ligero que delataba la guerra interna entre su contención y la contradicción de querer tenerlo cerca; posó la yema de los dedos sobre la mandíbula con una suavidad impropia y deslizó la palma entera hasta cobijar su perfil. Estaba nerviosa. Más de lo que debería. Y se notaba en cómo su pulso se había acelerado y sus dedos temblaban al ritmo de sus pulsaciones.

A su vez, se dio cuenta de que había estado conteniendo su aliento al tiempo que sus ojos se habían mantenido fijos en los de él y que su pecho había dejado de moverse durante todo aquel gesto.

Cuando por fin respiró, su hálito estaba tan caliente que incluso sus propios labios temblaron.

Entonces, su mirada descendió hacia los del mink y esbozó una sonrisa sutil, apenas un leve entreabrir de labios que no necesitaba de palabras para entenderse como una invitación implícita a romper la última frontera entre ambos, y su mano bajó hacia el cuello del animal, fibroso y cubierto por la suave densidad de su pelaje, mientras sentía de nuevo una punzada en el bajo vientre que le hizo enrojecer.

Sus mejillas se tintaron de un rojo carmesí que poco a poco se fue extendiendo hacia sus orejas y el escote expuesto, delatando la absoluta derrota de su fría lógica frente al fuego de la carne.

—Yo... —balbuceó mientras sentía de nuevo cómo las vendas le apretaban—. Por favor...

De pronto su mano bajó algo más, atreviéndose a trazar un suave camino hacia la clavícula de Kibai y, al darse cuenta del gesto, apartó los dedos con rapidez. Sintió que se había pasado con aquello, así que, con la mano temblando e intentando disimular lo que sentía, cogió la piedra y limpió el carboncillo para dibujar algo más mientras agachaba la cabeza y evitaba que el mink observara sus ojos, que parecían decir mucho más que su propia boca. El cabello cayó como una cascada de dos tonos, tapándole la cara y ocultando cómo se mordía el labio en un infructuoso intento de no imaginar lo que se sentiría al recorrer otras partes de su cuerpo.

—Kibai —lo llamó en un tono bajo, mostrándole la losa donde había esbozado lo que se suponía que eran las termas y dos pequeñas figuras dentro de ellas.

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#13
Kibai se mantenía arrodillado delante de su petate, con las manos aún sobre los muslos, crispadas en una señal obvia de frustración. Por qué tenía que haberle dado justo en aquel momento ese arranque de nostalgia? Desde luego, la cabeza del mink no tenía remedio, al menos cuando se cruzaban alas de por medio al parecer.

Un ligero tintineo metálico le hizo mover las orejas levemente. Supuso que su visitante se habría quitado la armadura que llevaba puesta, a buen seguro para secarla y evitar que se oxidase por la humedad del agua y el vapor. Al menos era lo que habría hecho él, por eso Raimei y Arashi estaban bien guardadas dentro de sus respectivas vainas y colocadas en horizontal justo al lado de la pequeña fogata que había encendido para protegerlas hasta del minimo rastro de humedad.

A pesar de que trataba de respirar unicamente por la boca para que su olfato lo dominase lo menos posible, el resto de sus sentidos seguían alerta, extrañamente afinados por algún motivo. Escuchó como el agua del manantial termal se desplazaba cuando Bai salió de allí y el goteo que a buen seguro estaba cayendo de sus alas llenaba la caverna con sus ecos. Pero un segundo, por que se estaban acerca...

Las pupilas del mink se dilataron de golpe cuando los dedos de la birkaniana volvieron a rozar su piel. Kibai notó como el pulso de Bai temblaba ligeramente al contacto con su piel, e instintivamente, cuando ella abarcó todo el lateral de su rostro con su mano morena, él entrecerró los ojos, moviendo la cabeza para acariciar la palma con su pelaje. La joven pareció sorpenderse de tal gesto, pues soltó un pequeño suspiro de aliento contenido, tan cercano que el mink ya no pudo seguir postergando lo inevitable, y tomo una profunda inspiración por la nariz.

Aquello fue la peor y la mejor idea que había tenido en todo el día.

Estando tan cerca, el aroma natural de Bai y el calor de su aliento lo golpearon con la intensidad de una bala de cañón. Los ojos esmeralda de Kibai recorrieron fugazmente su abdomen al descubierto, definido y con una línea delgada que lo hendía en dos mitades perfectamente simétricas, antes de subir hacia su torso, cubierto solamente con una tela que hacía poco o nada por ocultar lo que había debajo, y una serie de vendajes ceñidos que salvaguardaban la zona del pecho, antes de clavarse de nuevo irremediablemente en los de la birkaniana, totalmente incapaces de abandonar la fijación en aquellos iris celestes. La mano de la joven descendió de su rostro hacia su cuello, y después aún más hacia su clavícula y el inicio de su pecho, sin abandonar nunca el contacto del todo. Las respiraciones del mink se acelerron, casi como un acto reflejo a lo mismo que parecía estarle sucediendo a Bai, que de repente apartó la mano, pero antes siqueira de que Kibai pudiese lamentarse, agarró la piedra que habían estado usando todo aquel tiempo como medio básico de comunicación y, totalmente inclinada sobre ella de tal modo que los húmedos mechones de pelo le caían como una cascada sobre el rostro ocultando su expresión, comenzó a dibujar una vez más.

— Kibai... — musitó en voz baja mientras le alargaba la losa hacia él. Con su propio pulso temblando bastante más de lo que le gustaría, el mink recogió la tabla para estudiar su contenido.

El dibujo era mucho más simple que en otras ocasiones, y se podía adivinar un círculo que Kibai dedujo que era el manantial termal que estaba a su lado, pero lo que hizo que su corazón pasase de un latido rápido a una auténtico sprint fueron las dos figuras que Bai había dibujado dentro. Las manos del mink se agarrotaron momentáneamente alrededor de la piedra, al punto que esta amenzaba con partirse. No obstante, por suerte no fue el caso.

Kibai soltó la piedra, y llevó ambas manos de nuevo hacia el rostro de Bai, repitiendo el mismo gesto que había hecho anteriormente sujetándole el pelo detrás de las orejas con delicadeza, mientras asentía  con una amplia sonrisa de oreja a oreja. Con agilidad, se puso en pie, y tras dejar todo lo que podía ser susceptible de estropearse con el agua (o de ahogarse, como era el caso de su Den Den Mushi) extendió la mano hacia la birkaniana, guiándola de nuevo hacia el calor del manantil termal. Sin molestarse en quitarse los pantalones del uniforme (total, Stroud insistía en que los mantuviesen limpios) soltó los botones de su camisa antes de sumergirse en el manantial.

A pesar de la muy placentera sensación al contacto con el agua caliente, Kibai se cuidó mucho de dejar que el nivel superase su pecho, pues ya notaba como las fuerzas lo abandonaban, de modo que optó por acodarse contra las piedras que conformaban el borde del manantial, mientras sus ojos recorrían con una lentitud relajada la figura de Bai. Ella no había parecido notar nada al caerse a medias antes al manantial, hecho que le hacia sospechar al mink que seguramente no tuviese ningún poder relacionado con un Akuma no mi. Algo bueno, pensó con una sonrisa, pues de lo contrario si ambos se sumergiesen demasiado, sería una muerte doble de lo más estúpida.

— Y con un punto romántico, para que mentir — pensó Kibai para si, mientras alzaba su mano para acariciar nuevamente el rostro de Bai, húmedo por el vapor humeante que se condensaba sobre su piel. Solo que en esta ocasión, desoyendo totalmente su conciencia, esa que le hablaba siempre con el tono del oficial de cubierta del Swift, la yema de su pulgar refrenó su avance, describiendo suaves círculos junto a la comisura derecha de sus labios, mientras que el resto de su mano, extendida por el rostro de la birkaniana hasta dónde alcanzaba su longitud, tiraba levemente de ella para acercarla a él.

— Bai... Yo... — el mink sabía que era inútil, que por mucho que lo intentase no lo entendería del todo, pero esperaba que su tono supliese su incapacidad de expresarse en el idioma de aquella joven. — Me alegro de que haberte conocido hoy.

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#14
Bai sintió cómo, lenta y dolorosamente, una fuerza ciega la incitaba a inclinarse hacia él, traicionándola desde la profundidad de las entrañas y terminando de agrietar el magro juicio que le restaba; su prudencia había encontrado mil razones para mantener la distancia —su mano así lo había demostrado— y, pese a ello, ninguna de estas lograba imponerse al impulso irracional que la forzaba a ceder el rostro hacia la garra que tanto le desagradaba a su sensatez. Y era tal el disgusto ante su propia flaqueza que, en un intento inútil por contenerse, cerró los párpados por un instante, hallando una paradoja amarga en aquel gesto que pretendía ir más allá de ocultar su turbada mirada por el impaciente hambre de un amante en cuyo vientre arde el calor de una brasa.

Sin embargo, cuando el contacto cesó y se vio obligada a sostenerle la mirada, una parte de su ser lo odió por hacerla sentirse así. Pero otra se odió aún más por no querer escapar y terminar de ceder a su primitiva pulsión.

De pronto, el murmullo del agua quebró la tibia ilusión en la que se hallaba sumergida. La mano que reposaba sobre la del mink tembló en un espasmo involuntario al revelarle, de golpe, dónde y cómo se encontraba. Sus pupilas, hasta entonces dilatadas por el trance, se contrajeron bruscamente, devolviéndola al presente donde, ahora, su cuerpo se hallaba prácticamente desnudo, habiendo sucumbido al canto de sirena que era Kibai para ella en aquel momento. Y, mientras tanto, el agua, ajena a su tardía sensatez, cobraba vida sobre su piel morena, lamiéndola con una pasividad perversa mientras Bai continuaba adentrándose en la profundidad del manantial.

***

Su voz se había ahogado en la garganta, haciéndola incapaz de hablar y, sin embargo, su figura comenzaba a deslizarse lánguida y dulcemente hacia Kibai, supliendo la falta de palabra con un lenguaje corporal que nadie en su sano juicio negaría entender.

Al sentir la yema de sus dedos sobre la comisura de sus labios, estos se entreabrieron ligeramente, invitando a recorrerlos; su mirada permanecía fija en las esmeraldas que refulgían tras la cortina de vapor y, dejándose llevar por la ola de calor abrasador que le recorría el cuerpo de la cabeza a los pies, se atrevió a besar la garra con una devoción cargada de irracionalidad animal. Después, por un instante, su cuerpo estremecido vibró bajo el agua, sintiendo cómo la tibia corriente se volvía helada al contacto con su piel. Culpa del calor de un vientre que dominaba partes más primarias. Y, a continuación, tentada por la idea de transgredir cualquier frontera impuesta por la naturaleza de ambos, su lengua rozó los dedos de la garra con una timidez febril, justo antes de romper el contacto y distanciarse de él.

Respiró profundamente, quedándose de pie, paralizada por el peso de su propia audacia, sin saber si huir o quedarse allí, pero manteniéndose firme en el corazón del manantial, sumergida apenas por su tamaño, sintiendo cómo el agua caliente del manantial serpenteaba, envolviendo su cuerpo, creando un contraste abrasador con el resquicio de paisaje nocturno que se alzaba a su espalda. Después, exhaló con lentitud, apenas rompiendo el silencio que poco a poco se volvía denso y casi palpable.

—Déjame conocerte un poco más, Kibai —susurró, sin ademán de cubrirse ni buscar refugio en la turbiedad del agua. Permaneció despojada de ropajes y de prudencia, exponiendo la textura morena de su piel al calor emanado por la roca y al juicio de aquella mirada que se le antojó dolorosamente lejana.

Mientras tanto, sus alas se replegaron, ondeando el agua al moverse, y se llevó la mano al pecho en un gesto mudo hacia el marine, pidiéndole permiso para volver a acercarse ante el irrefrenable deseo de rodearle el cuello en un abrazo lento y ciego, ofreciéndose por completo al mink.

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#15
El vapor que brotaba del manantial había ido formando una ligera bruma en el interior de la caverna, envolviendo las rocas en un velo blanquecino a medida que la noche caía sobre Drum y la temperatura descendía en picado en el exterior. El contraste entre el frío que debía de reinar más allá de las paredes de piedra y el calor que emitían las aguas termales y que mantenían aquella cueva en una agradable calidez resultaba casi irreal. De vez en cuando, una corriente de aire se colaba por alguna de las grietas de la caverna, haciendo bailar las llamas de la hoguera y proyectando sombras cambiantes sobre la superficie del agua y los cuerpos de ambos. 

Con la mano todavía apoyada en el rostro de Bai, el mink observaba las expresiones de la birkaniana, tratando de descifrar qué estaría pasando por su cabeza. Había algo en su mirada, en la forma en que sus labios habían parecido querer formar palabras (que total el mink tmpoco hubiese podido comprender a bien seguro), que despertaba en él una curiosidad difícil de ignorar. Parecía indecisa, por algún motivo que escapaba por completo a su comprensión. Su mano temblaba junto al brazo del mink, acercándose al pelaje en un movimiento fugaz, solo para detenerse a medio camino, como si una parte de ella quisiera acariciarlo mientras otra le advirtiese de que debía mantenerse alejada. 

Aquella vacilación no pasó desapercibida para él, de hecho, por un instante, estuvo tentado de preguntarle qué le ocurría, de intentar averiguar si había hecho algo más que la incomodase o si, por el contrario, estaba experimentando algo parecido a lo que él mismo notaba en su interior. El problema era que, incluso en las circunstancias más favorables, sus habilidades para comunicarse con la joven eran bastante limitadas. En aquellos momentos, con tantas cosas revoloteando por su cabeza, la idea de recurrir a las piedras y a sus rudimentarios dibujos le pareció sencillamente poco práctica.

¿Cómo se suponía que iba a explicarle aquello? ¿Cómo iba a hacerle entender que, por algún motivo, le costaba apartar los ojos de ella? ¿Que aquella cercanía le despertaba una emoción que creía haber dejado atrás y que hacía meses que ni siquiera había recordado?

Al final, Kibai se limitó a sonreír, tratando de transmitir con aquel sencillo gesto una tranquilidad que ni siquiera él mismo estaba seguro de sentir. El mink retiró la mano del rostro de la birkaniana, dejando que las yemas de sus dedos se deslizaran suavemente por su mejilla antes de romper el contacto, y se separó del borde del manantial, con una idea formándose en su mente. En realidad, probablemente habría sido más prudente detenerse a pensar en los riesgos durante unos segundos adicionales, pero honestamente, nunca se había destacado por su capacidad para mantener la cabeza fría cuando algo despertaba su interés. Con cuidado de no sumergirse demasiado, rodeó a Bai hasta colocarse a su espalda. Haciendo una leve presión sobre sus hombros, el mink tumbó a la joven sobre el agua, sujetándola con suavidad por los hombros para llevarla hacia el centro del círculo.



Mientras la llevaba por el agua, la cabeza de Kibai funcionaba a todo trapo. Por un lado, no podía dejar de admirar la belleza de Bai, su piel bronceada que parecía brillar a la luz temblorosa de las llamas de la hoguera reflejadas en cada gota de agua que se quedaba sobre su torso, el arco que dibujaba su cabello bicolor alrededor de su rostro, y los dos ojos de un celeste tan inteso que le traía memorias de un cielo despejado. Había algo particularmente cautivador en aquella mirada, una mezcla de fuerza y vulnerabilidad que lo mantenía pendiente de ella incluso si intentase prestar atención a cualquier otra cosa. Pero por otro, algo le seguía atenazando las entrañas. No era exactamente desconfianza, sino más bien una reticiencia producto de las reacciones que había tenido la birkaniana, como había aceptado su contacto físico, solo para después apartarse, solo para volver a buscarlo de nuevo. Sin duda notaba que había química entre ambos, algo que llevaba mucho tiempo sin notar, al menos desde su estancia en el South Blue. Quizá por eso le costaba tanto ignorar lo que estaba sintiendo, ya que, más allá de la atracción evidente que despertaba en él la joven, había algo en su esencia que le resultaba magnético, aunque no habría sabido explicar el qué, o lo más importante, por qué. Puede que, simplemente, fuese algo que no tenía por qué tener explicación.

El mink bajó la mirada durante un instante, observando las ondas que se extendían alrededor de ambos. Si hubiera podido hablar con Bai con la misma facilidad con la que lo hacía con cualquier otra persona, quizá todo habría resultado mucho más sencillo. Podría haberle preguntado qué pensaba, qué sentía, si aquella cercanía le agradaba tanto como a él. Incluso hubiese podido bromear para aliviar la tensión o, simplemente, reconocer que no tenía ni la menor gana de que aquel inesperado encuentro terminase. Aquella impotencia, tan sencilla y tan frustrante a la vez, sin embargo le proporcionaba una comprensión natural más profunda, ya que los gestos, incluso la mirada que era incapaz de dejar de manterle, se transformaban en todo lo que hubiera podido expresarle de otra manera. Obviamente, Kibai no tenía como saber si Bai estaba experimentando algo similar, o si todo aquello no era más que un producto de su deseo. Solo podía observarla, tratar de comprender sus reacciones y confiar en que sus propios gestos consiguieran transmitir algo de lo que las palabras le impedían expresar. 

Sin embargo, el mink, como solía ocurrirle en aquellas ocasiones, decidió hacer oídos sordos a las voces de alarma de su cabeza, y se dejó llevar. Si había algo que sin duda sabía hacer bien, era encontrar motivos para justificar sus propias decisiones. Y, en aquel preciso instante, le resultaba mucho más sencillo dejarse llevar por la calidez del agua, la proximidad de Bai y aquella sonrisa que se negaba a abandonar su rostro que detenerse a analizar todas las posibles consecuencias de lo que estaba haciendo. Mientras la acompañaba a través del agua, Kibai alargó la mano con suavidad para acariciarle de nuevo el rostro, dejando que su pelaje, empapado debido al agua caliente, se deslizase sobre la piel de la birkaniana, siguiendo el contorno de su rostro hasta la línea de su mandíbula. 

El ambiente en la caverna había devenido en un silencio total, solo roto por el agradable crepitar del fuego que seguía encendido y el suave murmullo del agua del manantial. El mink ajustó ligeramente su postura, atento a que el peso de ambos no le hiciera dar un paso en falso. La profundidad del manantial le obligaba a ser precavido, especialmente teniendo en cuenta que no le apetecía demasiado descubrir qué ocurriría si las fuerzas comenzaban a abandonarlo en el peor momento posible. No era precisamente la clase de situación en la que quisiera poner a prueba su resistencia como usuario de Akuma no mi. Con delicadeza, envolvió a Bai con sus sus brazos, dejando que la camisa le flotase abierta a su alrededor. El dorso de su mano seguía acariciándole la mejilla la mejilla, mientras su otros brazo, afianzado alrededor de su nuca, procuraba mantenerle el rostro a flote. Dado que había renunciado a respirar unicamente por la boca, con cada inhalación el aroma de Bai inundaba sus sentidos, atrayendo su mirada como una luz a una polilla.

— Oh, en serio Kibai? Otra vez? Lo tuyo ya es un patrón —  le dijo su vocecilla interna con el tono del oficial de cubierta del Swift — Apenas la conoces, no puedes hablar con ella y ni siquie...

El mink acalló su voz inclinándose sobre el rostro de Bai para rozar los labios de la birkaniana con los suyos. Al hacer contacto, sus ojos se cerraron por acto reflejo y el brazo que mantenía por detrás de la nuca de la joven se tensó levemente, permitiendo que ella se elevase también hacia él si lo deseaba

— Magnífico, Kibai. Sencillamente magnífico. — musitó su voz interna — ¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Dibujarle un corazón en una piedra?

El mink no fue capaz de contener una pequeña risa contra los labios de Bai, antes de rozar su nariz contra su mejilla, abriendo los ojos para ver su reacción, mientras las pequeñas ondas provocadas por los cuerpos de ambos golpeaban contra el cabello y el torso de la joven.
 
— Definitivamente, me alegro de que hayas venido hoy aquí, Bai.
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