01-09-2023, 08:45 AM
El camino hacia el norte discurre por la playa entre arena y rocas. La única zona con altura se alza frente a ti a cerca de un par de kilómetros. Puedes deducirlo fácilmente calculando la altura con los árboles frente a ti. Conforme comienzas a avanzar por la arena, tus pies se hunden levemente en ella, mientras el oleaje suave va bañando cada cierto tiempo tus pies. Durante el trayecto donde el sol bañaba toda la escena sin ser demasiado agresivo, el único pequeño respiro
Durante dos kilómetros, que pudiste recorrer en unos cómodos veinte minutos, el camino fue tranquilo. De hecho, de tranquilo, era casi irreal. Los pocos pájaros y pequeños animales que te acompañaron en tu llegada a la isla y durante los primeros pasos en las cálidas arenas de la playa estaban desapareciendo de tu entorno. Cuando el lecho de rocas a tu diestra comenzó a elevar su altura, haciendo menos practicable su paso, el silencio se volvió incluso incómodo. La sensación en la playa era casi más la de un sepulcro que la de un lugar semi paradisíaco como en el que te encontrabas. La presión del ambiente se fue intensificando conforme los sonidos desaparecían.
Los únicos sonidos que puedes percibir son los granos de arena con cada pisada, una ligera brisa que acompañaba desde tu espalda y parecía ir indicando un camino y, de vez en cuando, un roce seco, pero leve de dos materiales que parecían rocas. El primero fue casi imperceptible, la segunda vez, aumentó ligeramente de volumen.
Cuando el lecho de rocas alcanzó los dos metros de altura y todavía a un kilómetro de la única elevación prominente del terreno que te podía permitir atisbar algún punto importante en la isla, el ruido de roce se convirtió en un pequeño impacto seguido de un silbido seco y grave. Desde encima del rocoso muro a tu flanco derecho, junto a las palmeras que adornaban el camino, una criatura intentaba hacerte su presa. El animal, un horrendo híbrido entre una cobra escupidora y una tortuga, debía medir tres metros de largo sin problema. Había utilizado su capacidad para lanzar desde su garganta un increíble proyectil de un metro de diámetro hacia ti, intentando incapacitarte para, posteriormente, devorarte tranquilamente. Su cabeza era rocosa y escamada, con unos dientes que sobresalían de su boca, casi más como una dentadura de un lagarto que los colmillos clásicos de una serpiente. Su cuerpo era grueso y fuerte, y se elevaba enroscada sobre un caparazón que portaba al final de su cola, donde al final, había otra pequeña cabeza que amenazaba con atacar.
El proyectil, que se dirigía a ti desde tu derecha, se dirige directo a tu posición, amenazando con bañarte en el veneno del reptil que había decidido unilateralmente que serías su almuerzo.
Resumen
