18-07-2024, 05:41 PM
El cielo es un lugar caprichoso reservado solo para los que tienen fe. La tierra es un lugar ambicioso reservado solo para los más fuertes. Estoy en camino a ambos lados pues mi fe es la ambición: una espada para masacrarlos a todos.
Observé como aquella mole de pigmentación rosada no llegaba ni a rozar a Zarek, entonces esperé mi momento, todo lo que sube baja. Suspiré y una última bocana de humo salió de mi boca. Zarek gritaba, se regocijaba y bailaba en el cielo como si fuera el amo y señor de la estrellada nocturnidad. Yo por mi parte llamé a la bruma y la bruma me respondió, replegándose hacia mi, volviendo a formar mis piernas. Me apoyé en el suelo y cuando lo hice sonó una leve salpicadura, todo estaba lleno de sangre, la sangre que se esparcía entre el frondoso suelo del claro que ahora volvía a tonarse verde con matices rojos tras al desaparición de los viscosos fluidos generados por mi compañero. Era la sangre de animales y de los hombres que habían perecido en aquella macabra noche, todos ellos se habían adelantado al día de su funeral fortuitamente, aunque no sé si deberíamos llamar a esto suerte. Pequeños riachuelos de sangre se entrelazaban entre las briznas de la hierba, el olor de esta misma inundaba el lugar, me era tan familiar... Olía a casa. Un pequeño silbido se oía en el claro, era la resistencia del aire a un pesado objeto, un cuerpo que se precipitaba al infierno y a medida que avanzaba en el espacio la gravedad le daba más velocidad, más incluso gracias al golpe que le había propinado Zarek instantes antes. Eso lo sabría un físico supongo, pero yo no soy físico yo soy matemático porque el dolor es una constante. Espero el momento exacto, estaba situado en el punto de aterrizaje, todo parecía estar exactamente medido, como si algo o alguien me hubiera puesto ahí y me obligara a ser yo. Entonces...
- Dolor - Pronuncié apretando los dientes y el mango de mi katana con fuerza. Esta vez emití el corte de manera vertical, asiéndome de la fuerza de empuje de Zarek y la caída del cuerpo para partirlo por la mitad. Mi dentado filo se abrió paso en la carne cercenando los huesos y desgarrando las entrañas. El gutural sonido de las vísceras reventando y los huesos astillándose recorrió el claro acompañado del silencio de una vida marchitándose. La hoja del luto asistió una vez más a un entierro.
El cuerpo cayó al suelo con un estruendoso sonido descompasado a ambos lados de mi. El corte no había sido fino y perfecto, las marcas de mi mal cuidada katana habían generado un corte irregular y los vasos sanguíneos que ahora quedaban al descubierto en el abdomen gorgoteaban la sangre que todavía bombeaba un corazón apunto de apagarse. El final de mi corte emitió una leve andanada de viento debido a la potencia del mismo. Sin cambiar mi posición con la katana levantada hacia el cielo y con su filo apuntando al mismo observé la cara de aquel armatroste. Parecía incluso más estúpido muerto que vivo. Cambié la posición con un diestro movimiento - woosh - sonó la katana al cortar el aire con el movimiento, la sangre que tenía su acero cayó despedida hacia el suelo, limpiándose así un poco su filo. Sin quitar mi mirada de él hablé.
- Pudiste elegir servirme, ahora también lo harás. Serás el abono del pasto que comerán los herbívoros, que a su vez harán de carne para los depredadores para que la vida de los más fuertes sea arrebatada por mi. Inútil. - Entonces con un áspero gorgoteo acumulé toda mi saliva y escupí al cadáver.
- Di que sí - Me dijo Nicolás - Lo tuyo es faltarle el respeto a los vivos con esa cara de mierda y a los muertos... - A mitad de la frase agarraré con fuerza el coco, aprontándole tanto hasta que estuve a punto de explotarlo - Vale, ya paro - Nicolás no iba a joderme el momento, el hormigueo estaba a punto de llegar.
Observé como aquella mole de pigmentación rosada no llegaba ni a rozar a Zarek, entonces esperé mi momento, todo lo que sube baja. Suspiré y una última bocana de humo salió de mi boca. Zarek gritaba, se regocijaba y bailaba en el cielo como si fuera el amo y señor de la estrellada nocturnidad. Yo por mi parte llamé a la bruma y la bruma me respondió, replegándose hacia mi, volviendo a formar mis piernas. Me apoyé en el suelo y cuando lo hice sonó una leve salpicadura, todo estaba lleno de sangre, la sangre que se esparcía entre el frondoso suelo del claro que ahora volvía a tonarse verde con matices rojos tras al desaparición de los viscosos fluidos generados por mi compañero. Era la sangre de animales y de los hombres que habían perecido en aquella macabra noche, todos ellos se habían adelantado al día de su funeral fortuitamente, aunque no sé si deberíamos llamar a esto suerte. Pequeños riachuelos de sangre se entrelazaban entre las briznas de la hierba, el olor de esta misma inundaba el lugar, me era tan familiar... Olía a casa. Un pequeño silbido se oía en el claro, era la resistencia del aire a un pesado objeto, un cuerpo que se precipitaba al infierno y a medida que avanzaba en el espacio la gravedad le daba más velocidad, más incluso gracias al golpe que le había propinado Zarek instantes antes. Eso lo sabría un físico supongo, pero yo no soy físico yo soy matemático porque el dolor es una constante. Espero el momento exacto, estaba situado en el punto de aterrizaje, todo parecía estar exactamente medido, como si algo o alguien me hubiera puesto ahí y me obligara a ser yo. Entonces...
- Dolor - Pronuncié apretando los dientes y el mango de mi katana con fuerza. Esta vez emití el corte de manera vertical, asiéndome de la fuerza de empuje de Zarek y la caída del cuerpo para partirlo por la mitad. Mi dentado filo se abrió paso en la carne cercenando los huesos y desgarrando las entrañas. El gutural sonido de las vísceras reventando y los huesos astillándose recorrió el claro acompañado del silencio de una vida marchitándose. La hoja del luto asistió una vez más a un entierro.
El cuerpo cayó al suelo con un estruendoso sonido descompasado a ambos lados de mi. El corte no había sido fino y perfecto, las marcas de mi mal cuidada katana habían generado un corte irregular y los vasos sanguíneos que ahora quedaban al descubierto en el abdomen gorgoteaban la sangre que todavía bombeaba un corazón apunto de apagarse. El final de mi corte emitió una leve andanada de viento debido a la potencia del mismo. Sin cambiar mi posición con la katana levantada hacia el cielo y con su filo apuntando al mismo observé la cara de aquel armatroste. Parecía incluso más estúpido muerto que vivo. Cambié la posición con un diestro movimiento - woosh - sonó la katana al cortar el aire con el movimiento, la sangre que tenía su acero cayó despedida hacia el suelo, limpiándose así un poco su filo. Sin quitar mi mirada de él hablé.
- Pudiste elegir servirme, ahora también lo harás. Serás el abono del pasto que comerán los herbívoros, que a su vez harán de carne para los depredadores para que la vida de los más fuertes sea arrebatada por mi. Inútil. - Entonces con un áspero gorgoteo acumulé toda mi saliva y escupí al cadáver.
- Di que sí - Me dijo Nicolás - Lo tuyo es faltarle el respeto a los vivos con esa cara de mierda y a los muertos... - A mitad de la frase agarraré con fuerza el coco, aprontándole tanto hasta que estuve a punto de explotarlo - Vale, ya paro - Nicolás no iba a joderme el momento, el hormigueo estaba a punto de llegar.
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