21-07-2024, 03:38 PM
(Última modificación: 02-09-2024, 11:18 AM por Carmilla Von Nackt.)
Día 62 de Primavera, Año 13
Costa de Báltigo
No sabía cuántos días llevaba encerrada en aquel barco, pero comenzaba a ser exasperante. Había huido de la isla de Dawn después de aquel extraño incidente en casa de su último cliente. No sabía cómo o qué había pasado exactamente, pero era consciente de que ahora era una persona diferente y su vida no podía continuar en aquel lugar. Tras huir sin mirar atrás, había recogido sus pocas pertenencias, se había dirigido al puerto del Reino de Goa y con parte de sus abundantes ahorros se había pagado un pasaje en el primer barco comercial que había encontrado. No sabía a dónde se dirigía, pero no le importaba, era el momento de conocer mundo y cualquier lugar alejado de la isla de Dawn le servía. O al menos, eso pensaba en un primer momento.
A esas alturas del viaje, casi que se arrepentía de no haber pensado mejor un destino. El viaje era un auténtico aburrimiento y las pocas personas que iban en el navío no parecían mostrar mucho interés en ella. La mayor parte del tiempo lo había pasado pintando y pensando en aquella extraña fruta. Hasta había hecho numerosos dibujos intentando plasmarla en su cuaderno, pero siempre sentía que faltaba algo más, que no plasmaba la auténtica naturaleza del fruto. Suspiró y cerró la libreta de un manotazo. Estaba cansada de esperar.
Salió hacia la cubierta, con los ojos entrecerrados debido a la luz del sol, y se aproximó a una de las barandillas para otear el horizonte. Para su alivio, no le costó vislumbrar una isla a la que parecía que se aproximaban. ¿Qué le depararía aquel nuevo lugar? Se relamió pensando en las posibilidades ahora que tenía una nueva habilidad de la que podía sacar provecho. Sin embargo, el paisaje que se iba descubriendo a medida que se aproximaban había hecho descender en picado sus expectativas.
No tardaron en atracar en el humilde muelle que nada tenía que ver con el del Reino de Goa. Aquella isla era un completo desierto, a excepción de un enorme castillo de piedra un poco alejado de la costa. Se le cayó el alma a los pies. Allí no había nada más que rocas y arena, ni siquiera un miserable árbol para dar algo de sombra. Recogió sus escasas pertenencias y se dirigió a la pasarela que la tripulación había colocado para que los viajeros abandonaran la embarcación. En cuanto sus pies pisaron la blanca arena, soltó un enorme suspiro, miró a ambos lados e, inevitablemente, se le escapó un:
— ¿Dónde coño estoy?
