El destino a veces es despiadado. Otras solo tiene mal gusto.
La Serpentuga, que había disparado su ácido proyectil de veneno hacia tu cuerpo, observó con furia como era bloqueado con un hábil movimiento del arma que portabas. Era bastante obvio que el animal, en su hábitat, era un depredador nato y la evidente razón por la que todas las criaturas de la zona enmudecían en su presencia.
Tus gritos, que en cualquier hombre causado mínimo que se replanteara si quiere compartir oxígeno contigo, no tuvieron efecto sobre la quimera venenosa. Quizá otro animal, incluso, hubiera podido captar las intenciones bélicas de tu tono de voz, pero su reptiliano cerebro era incapaz de sentir miedo. Delante de la Serpentuga solo hay una presa. Y lo único que piensa es en cazar.
El reptil, o anfibio, dependiendo de por qué lado lo mires, siseó de manera agresiva y hacia ti, abriendo su boca completamente y enseñando sus dientes y garganta, casi como si un enunciado de tu futuro se tratase. Sin embargo, acto seguido, se desenroscó e incrustó su cabeza contra la arena, descendiendo los dos metros de lecho rocoso y hendiendo sus fauces delante de ti a apenas un par de metros. Acto seguido, y utilizando su cabeza como punto de apoyo, la Serpentuga tensó fuertemente su cuerpo para proyectar su extremo contrario, donde se hallaba su caparazón, convirtiéndose así en un lucero del alba gigante cuyo destino de impacto eras tú. La parábola de 180º se dibujó en el aire, moviendo la coraza de su extremo final hasta impactar justo sobre tu cabeza.
Si no puede disolverte, te desmenuzará.
Resumen
