07-09-2024, 02:56 PM
(Última modificación: 07-09-2024, 03:06 PM por Hayato Kiba.
Razón: Gastos y Karmas
)
Mientras el can avanzaba a toda velocidad por el espesor del bosque, el humo de la señal que había lanzado al aire todavía podía divisarse en lo alto a través de los huecos entre los árboles. Los ecos de la batalla se volvían cada vez más intensos para su olfato y el olor metálico de la sangre inundaba sus sensibles fosas nasales, una esencia que seguía con la precisión de un lobo tras su presa herida. Con cada paso, sentía su corazón latir a un ritmo inusualmente lento, casi perezoso, una melodía apagada, indigna de los Zodiacool. Sabía lo que implicaba no sentir las auras de sus compañeros; era consciente de que ya no pertenecían al mundo terrenal. No obstante, en lo más profundo de su ser, una frágil esperanza se aferraba a la posibilidad de que hubiera otra explicación, y que ellos aún estuvieran con vida. Por encima de todo, deseaba, con fervor silencioso, que su amigo mink sobreviviera. Tras vagar por la arbolada, sorteando senderos cubiertos por una densa vegetación, llegó finalmente a su destino. Un claro se abrió ante él. Apartó con su brazo izquierdo las ramas de un arbusto, y frente a él, a unos doscientos metros, yacía un cuerpo inerte en el suelo. Sin pronunciar palabra, Hayato avanzó a la escena, donde dos imponentes auras se erguían triunfantes sobre su víctima. Agudizó sus sentidos al máximo, esperando sentir en el otro mink una leve señal de su vida. Pero no la encontró. La llama de su vida se había apagado, dejando nada más que un cuerpo vacío que poco más era ya que carne y huesos. Su mano derecha aferró con fuerza la empuñadura de su arma, luchando contra el intenso deseo de desenvainarla y vengar la muerte de su amigo. Y por si fuera poco, uno de esos villanos, el lunarian, hizo el amago de descender hacia el cuerpo de su amigo, con unos fines para nada loables en mente.
—Ni se te ocurra… —pronunció el marine, recorriendo los últimos metros que los separaban a toda velocidad, quedándose de pie entre su amigo y el acechador, a la vez que tamborileaba los dedos sobre el arma.
Para ambos piratas, con sus vidas pendiendo bajo el filo hilo de una araña, Hayato apareció frente a ellos en un parpadeo, como si su figura hubiese cobrado forma de las propias sombras de la noche. Con el viento fresco de aquella noche de verano sacudiendo su ropa y su pelaje, aunque no con la vista, miró a ambos hombres en detalle, recorriendo hasta los más recónditos lugares de sus almas. Dentro de su mente, una batalla se libraba. Pese a su carácter imperturbable, la rabia teñía su juicio de rojo y podía sentir como su respiración fluía acorde a esta. Sin embargo, en su corazón se hallaba un dolor más agudo que cualquier otro, más profundo que cualquier mar e incluso que la mismísima isla Gyojin. Tras una pausa de lo que fueron apenas unos segundos, el can suspiró.
—Severamente heridos os halláis. Awooooof. —declaró Hayato dirigiéndose a ambos hombres— Capitán de los Alas Negras, Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Tercero… —continuó, elevando el mentón hacia el alto lunarian, que aunque herido de gravedad, seguía siendo imponente y contaba con un aura especialmente poderosa— No he venido a por vosotros, ya no. —sentenció el marine retirando la mano de su arma— Esta noche se han perdido vidas, vidas que eran preciadas y de un valor incalculable. Os ruego, que al igual que yo contengo la cólera que me invade, desistáis de un enfrentamiento inminente.
Hayato dio la espalda a los hombres para revisar con la mirada el cuerpo de su aliado con detenimiento, tras lo cual se agachó con cuidado ante el cadáver. Pasó el brazo derecho con cuidado por detrás de sus hombros y el izquierdo por debajo de las rodillas, irguiéndose a continuación y elevando el cuerpo suavemente como quien transporta la más fina de las sedas.
—Por hoy ya se ha derramado demasiada sangre, y por respeto a los muertos, no desenfundaré más mi espada. —declaró el can pasando por delante del capitán— Aunque vuestras almas sean corruptas, y a pesar de que dudo que siquiera os importe el estado de vuestros compañeros, he colmado a dos de ellos con mi clemencia y se hallan con vida en la ciudad. Aspros, si mi memoria no me falla, y un joven lleno de energía… Una verdadera lástima que, con tan pocas primaveras de por medio, haya decidido llevar una vida como la vuestra. —prosiguió diciendo a medida que se iba alejando de ellos— Piratas… Pérfidos e infames seres que destruyen y envilecen todo aquello cuanto se les pone de por medio. Que se creen que están por encima de los demás y de las leyes que rigen nuestra sociedad…
Hizo una pausa en su caminar para voltear hacia ellos, mostrando sus dientes en una mueca de desprecio y con un casi inaudible gruñido surgiendo de lo más profundo de sus entrañas.
—Este no será nuestro último encuentro, juro que así será. —aseguró el mink alzando su hocico hacia la luna, haciendo una promesa de muerte hacia aquellos dos infames.
—La noche acecha,
la venganza en silencio,
el fin se acerca. —recitó el marine emprendiendo de nuevo el paso hasta perderse bajo la sombra nocturna y el espesor del bosque.
—Ni se te ocurra… —pronunció el marine, recorriendo los últimos metros que los separaban a toda velocidad, quedándose de pie entre su amigo y el acechador, a la vez que tamborileaba los dedos sobre el arma.
Para ambos piratas, con sus vidas pendiendo bajo el filo hilo de una araña, Hayato apareció frente a ellos en un parpadeo, como si su figura hubiese cobrado forma de las propias sombras de la noche. Con el viento fresco de aquella noche de verano sacudiendo su ropa y su pelaje, aunque no con la vista, miró a ambos hombres en detalle, recorriendo hasta los más recónditos lugares de sus almas. Dentro de su mente, una batalla se libraba. Pese a su carácter imperturbable, la rabia teñía su juicio de rojo y podía sentir como su respiración fluía acorde a esta. Sin embargo, en su corazón se hallaba un dolor más agudo que cualquier otro, más profundo que cualquier mar e incluso que la mismísima isla Gyojin. Tras una pausa de lo que fueron apenas unos segundos, el can suspiró.
—Severamente heridos os halláis. Awooooof. —declaró Hayato dirigiéndose a ambos hombres— Capitán de los Alas Negras, Yojimbo Lemarcus Cornell Yamamura Tercero… —continuó, elevando el mentón hacia el alto lunarian, que aunque herido de gravedad, seguía siendo imponente y contaba con un aura especialmente poderosa— No he venido a por vosotros, ya no. —sentenció el marine retirando la mano de su arma— Esta noche se han perdido vidas, vidas que eran preciadas y de un valor incalculable. Os ruego, que al igual que yo contengo la cólera que me invade, desistáis de un enfrentamiento inminente.
Hayato dio la espalda a los hombres para revisar con la mirada el cuerpo de su aliado con detenimiento, tras lo cual se agachó con cuidado ante el cadáver. Pasó el brazo derecho con cuidado por detrás de sus hombros y el izquierdo por debajo de las rodillas, irguiéndose a continuación y elevando el cuerpo suavemente como quien transporta la más fina de las sedas.
—Por hoy ya se ha derramado demasiada sangre, y por respeto a los muertos, no desenfundaré más mi espada. —declaró el can pasando por delante del capitán— Aunque vuestras almas sean corruptas, y a pesar de que dudo que siquiera os importe el estado de vuestros compañeros, he colmado a dos de ellos con mi clemencia y se hallan con vida en la ciudad. Aspros, si mi memoria no me falla, y un joven lleno de energía… Una verdadera lástima que, con tan pocas primaveras de por medio, haya decidido llevar una vida como la vuestra. —prosiguió diciendo a medida que se iba alejando de ellos— Piratas… Pérfidos e infames seres que destruyen y envilecen todo aquello cuanto se les pone de por medio. Que se creen que están por encima de los demás y de las leyes que rigen nuestra sociedad…
Hizo una pausa en su caminar para voltear hacia ellos, mostrando sus dientes en una mueca de desprecio y con un casi inaudible gruñido surgiendo de lo más profundo de sus entrañas.
—Este no será nuestro último encuentro, juro que así será. —aseguró el mink alzando su hocico hacia la luna, haciendo una promesa de muerte hacia aquellos dos infames.
—La noche acecha,
la venganza en silencio,
el fin se acerca. —recitó el marine emprendiendo de nuevo el paso hasta perderse bajo la sombra nocturna y el espesor del bosque.
Resumen
Bélico
