07-09-2023, 10:02 AM
La bajada del árbol te llevo algo menos de tiempo. Quizá porque habías calentado, quizá porque habías cogido un ritmo más adecuado o simplemente porque patinaste y usaste tu trasero de tobogán por las ramas. En cualquier caso, llegado al suelo, sin ningún rasguño, por suerte, comenzaste tu camino hacia la cueva. El camino era angosto y cubierto de árboles y maleza, pero, por alguna razón, poseía un terreno que era obviamente había sido transitado antes. Pasaste cerca de media hora introduciéndote por las ramas y arbustos, enganchándote con absolutamente todo. Pareciera que el lugar no te quería permitir la entrada. Lo que en un camino normal se hubiera hecho en diez minutos cómodamente, a ti te costó el triple de tiempo.
Finalmente, tras mucho trabajo peleando con la naturaleza, llegaste a tu destino. Una formación rocosa grande y prominente que tenía una abertura de gran tamaño en la zona inferior. La cueva, que aún estaba a unos metros, despedía un pequeño halo de luz naranja titilante. La luz del día había ido desapareciendo y eso te permitía ver más el contraste de esta luz naranja con el entorno, por lo que era más evidente. Conforme te acercaste a la entrada, pudiste sentir que el suelo estaba muy maltratado. La tierra era blanda y había sido machacada repetidas veces, además de estar extrañamente húmeda.
Una vez llegado a la entrada, las dudas se disiparon. La cueva era enorme, podía albergar un batallón, tanto a lo largo como de pie, y estaba compuesta por rocaje puro y duro que se extendía en vertical hasta cielo abierto. Podías distinguirlo porque cerca de la entrada había dos antorchas en el suelo, aún encendidas e intactas, cuya luz permitía vislumbrar sin problemas la cueva. Todo el suelo estaba encharcado de un líquido que conocías bien, sangre. El líquido vital, rojo carmesí, veía su color intensificado con la luz de las antorchas, que, ahora que miras bien, deduces, pertenecen a dos cuerpos que hay a unos escasos metros. Al fondo de la cueva, el premio gordo. Un pequeño cofre con Dios sabrá qué, y dos cuerpos más, aparentemente desmembrados. El silencio es sepulcral y el único ruido que se atreve a perturbarlo es el viento que sisea entre los recovecos de la cueva.
La escena era dantesca.
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