22-11-2024, 01:14 AM
Tomar decisiones estando bajo presión no era de las mejores experiencias que un ser vivo pudiera experimentar. Sentir como, cada segundo pensando cuál es la opción más óptima, es un segundo menos que puede quedarle de vida o libertad a un ser querido era, cuanto menos, estresante. Eran, de este modo tres caminos los que se extendían frente a Kisuke Don Bambú, siendo el del centro tajantemente descartado gracias al sentido innato de la orientación que poseía el mink, sendero que, de haberlo tomado, le habrían hecho toparse con un nido de hormigas rojas gigantes, lo que les habría costado un tiempo del que no disponían. Con tan sólo dos opciones restantes, el espadachín, precavido por lo que pudiera pasar, optó por el camino de la izquierda, adentrándose en él, raudos y veloces, sin saber que, el camino situado más a la derecha, les habría llevado directamente hacia dónde estaba el buque marino.
Raudos y veloces, corrieron por aquella senda, de unos 7 metros de ancho, rodeado en sus lindes por toda clase de exóticas plantas abundando, sobre todo, la presencia de lo que parecían ser plataneros con la particularidad de que, sus frutos, en vez de poseer un pigmento amarillento, eran de color azulado con motas rojas. No hacía falta ser un explorador empedernido o un cocinero para saber que, comer una de esas, debía resultar fatal. O no. Pues, una vez recorridos los 500 metros desde el inicio del trayecto, un grupo de 50 babuinos, se hallaban en mitad del mismo y obstruyéndolo, dándose todo un festín con estos frutos - llamados bananamotas -, regocijándose y disfrutando del enigmático sabor de tal manjar. Cruzarse con ellos de bruces en ese instante, podría suponer encolerizarlos y entrar en una trifulca que ocasionaría una pérdida de tiempo quizás irreparable. Por fortuna, el uso del Kenbunshoku Haki de Don Bambú, podría alertarlos de la presencia de estos simios y, en consecuencia, obrar de la forma más inteligente posible sabiendo que, salirse del camino o dar marcha atrás, podría conllevar ralentizar de sobremanera la llegada a su objetivo.
Al mismo tiempo, volviendo a la bodega donde se encontraba preso Zorak, ninguno de los dos guardias se había percatado, confiados en la falta de fuerzas del revolucionario, de que el mestizo, le había echado el lazo - o mejor dicho el hilo - a las llaves que abrían, tanto las esposas, como la jaula que lo aprisionaban. Los dos soldados observaban con detenimiento al pelirrojo conforme se alejaba hacia el colchón de su cama.- Hay que ver... Está que da pena verlo, Sung...- Negaba con la cabeza, el chico del pelo verde.- Más pena da que alguien tan guapo pueda ser un criminal, pero al menos no nos ha llegado cortado en cachitos. - Comentó la chica de pelo naranja, con tono de broma, girándose 90 grados en sentido horario, para encarar a su compañero, quién palideció - aún más si cabía, al escuchar aquellas palabras.- Calla, calla... Lo dices por ese cazarrecompensas que se rumorea que manda a sus víctimas troceadas, ¿verdad? - Siguió la conversación, rotando su cuerpo también en 90º, pero en sentido antihorario, para estar frente a frente a Sung, momento en el que, Zorak, se había sentado en el colchón, apoyando su espalda en la pared, quedando frente a ellos, a unos 7 metros de distancia.- ¡Ese ese! ¡Se dice además que se bebe la sangre de las personas que caza, es todo un sádico, Sam! - Exclamó, con cierto morbo, añadiendo información que, al chico del pelo verde, no le gustaba oír, debido a lo aprensivo que era, hasta el punto, que ipso facto fue a taparse las orejas y a cerrar sus ojos.- ¡He dicho que calles! ¡Sabes que no me gusta nada escuchar este tipo de cosas, Sung! - Gritó, justo en el mismo momento que Zorak había usado los poderes de su Akuma no Mi para arrancar de la hebilla del cinturón de Sam, las llaves que podrían ponerle en libertad, pasando completamente desapercibido, por pura suerte, tanto el movimiento del revolucionario, como el retintineo de las llaves moviéndose hasta llegar a las manos del pelirrojo.- Tranqui, tranqui, sólo bromeaba, bobo, que si no se nos hacen las horas eternas.- Le guiñó un ojo a Sam, para después darle un suave puñetazo derecho en su hombro izquierdo con cordialidad.- Más te vale que sea broma, o se lo diré a la capitana. - Refunfuñó, volviendo a orientarse hacia la jaula y hacia el apresado criminal.- No debería quedar mucho para partir... - Pensó, posando su mirada en el mariscal, sin saber realmente lo que se traía entre manos.
Raudos y veloces, corrieron por aquella senda, de unos 7 metros de ancho, rodeado en sus lindes por toda clase de exóticas plantas abundando, sobre todo, la presencia de lo que parecían ser plataneros con la particularidad de que, sus frutos, en vez de poseer un pigmento amarillento, eran de color azulado con motas rojas. No hacía falta ser un explorador empedernido o un cocinero para saber que, comer una de esas, debía resultar fatal. O no. Pues, una vez recorridos los 500 metros desde el inicio del trayecto, un grupo de 50 babuinos, se hallaban en mitad del mismo y obstruyéndolo, dándose todo un festín con estos frutos - llamados bananamotas -, regocijándose y disfrutando del enigmático sabor de tal manjar. Cruzarse con ellos de bruces en ese instante, podría suponer encolerizarlos y entrar en una trifulca que ocasionaría una pérdida de tiempo quizás irreparable. Por fortuna, el uso del Kenbunshoku Haki de Don Bambú, podría alertarlos de la presencia de estos simios y, en consecuencia, obrar de la forma más inteligente posible sabiendo que, salirse del camino o dar marcha atrás, podría conllevar ralentizar de sobremanera la llegada a su objetivo.
Al mismo tiempo, volviendo a la bodega donde se encontraba preso Zorak, ninguno de los dos guardias se había percatado, confiados en la falta de fuerzas del revolucionario, de que el mestizo, le había echado el lazo - o mejor dicho el hilo - a las llaves que abrían, tanto las esposas, como la jaula que lo aprisionaban. Los dos soldados observaban con detenimiento al pelirrojo conforme se alejaba hacia el colchón de su cama.- Hay que ver... Está que da pena verlo, Sung...- Negaba con la cabeza, el chico del pelo verde.- Más pena da que alguien tan guapo pueda ser un criminal, pero al menos no nos ha llegado cortado en cachitos. - Comentó la chica de pelo naranja, con tono de broma, girándose 90 grados en sentido horario, para encarar a su compañero, quién palideció - aún más si cabía, al escuchar aquellas palabras.- Calla, calla... Lo dices por ese cazarrecompensas que se rumorea que manda a sus víctimas troceadas, ¿verdad? - Siguió la conversación, rotando su cuerpo también en 90º, pero en sentido antihorario, para estar frente a frente a Sung, momento en el que, Zorak, se había sentado en el colchón, apoyando su espalda en la pared, quedando frente a ellos, a unos 7 metros de distancia.- ¡Ese ese! ¡Se dice además que se bebe la sangre de las personas que caza, es todo un sádico, Sam! - Exclamó, con cierto morbo, añadiendo información que, al chico del pelo verde, no le gustaba oír, debido a lo aprensivo que era, hasta el punto, que ipso facto fue a taparse las orejas y a cerrar sus ojos.- ¡He dicho que calles! ¡Sabes que no me gusta nada escuchar este tipo de cosas, Sung! - Gritó, justo en el mismo momento que Zorak había usado los poderes de su Akuma no Mi para arrancar de la hebilla del cinturón de Sam, las llaves que podrían ponerle en libertad, pasando completamente desapercibido, por pura suerte, tanto el movimiento del revolucionario, como el retintineo de las llaves moviéndose hasta llegar a las manos del pelirrojo.- Tranqui, tranqui, sólo bromeaba, bobo, que si no se nos hacen las horas eternas.- Le guiñó un ojo a Sam, para después darle un suave puñetazo derecho en su hombro izquierdo con cordialidad.- Más te vale que sea broma, o se lo diré a la capitana. - Refunfuñó, volviendo a orientarse hacia la jaula y hacia el apresado criminal.- No debería quedar mucho para partir... - Pensó, posando su mirada en el mariscal, sin saber realmente lo que se traía entre manos.
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