04-01-2025, 05:27 PM
El disparo de la ballesta vuelve a estar en el aire, esta vez con un silbido que no tengo tiempo de registrar. Decido que es demasiado rápido y mis instintos se activan en un instante, de nuevo impulso mis alas y tenso las piernas para otro lanzamiento hacia atrás, despegándome del suelo justo cuando el virote se incrusta en algún punto de mi cuerpo. El impacto me sacude como si un mazo invisible me hubiera golpeado en todas partes al mismo tiempo, el dolor irrumpe con una fuerza brutal. Ni si quiera consigo saber donde he sido golpeado.
El aire a mi alrededor parece enfriarse de golpe, y durante unos segundos, todo lo que existe es el ardor fantasma bajo mis costillas y el zumbido en mis oídos. No estoy seguro de en qué punto estoy. Aleteo con fuerza, estabilizándome a duras penas a media altura, cada expansión y retracción de las alas envía mensajes de alarma en forma de dolor mientras mis pulmones se llenan con una mezcla de aire húmedo y un toque metálico de mi propia sangre.
Mis manos todavía agarran con firmeza el rifle, si es un acto reflejo o una elección de mi mente inconsciente, eso no lo sé. Cada movimiento es un recordatorio del virote clavado en algún punto de mi carne, un ancla que busca arrastrarme al suelo. Pero pasados unos segundos, el dolor no me controla del todo; lo tomo como un recordatorio de que sigo vivo, de que aún tengo fuerza, de lo contrario no podría levantarme.
Al alzar la vista, lo veo. Folk está allí, su figura iluminada débilmente por la luz parpadeante de una farola cercana. Sus movimientos son erráticos, casi animales, lo que hasta en este estado no podría resultarme menos irónico, pero no son los movimientos de un depredador calculador, sino los de una bestia que ha perdido toda conexión con lo que una vez fue. No necesito palabras para comprender su mensaje: él busca aplastarme, devorarme en todos los sentidos, todo por esa cosa que llama flú.
Mis alas se tensan, y un segundo impulso me lleva más alto, apenas lo suficiente para mantener la distancia, otros 10 metros. Ese es el límite para mi habilidad como tirador, más distancia y seguramente no sea capaz de cuadrar un disparo. Cierro los ojos un instante, escuchando los latidos frenéticos de mi corazón. Eleon siempre decía que las situaciones más desesperadas eran las que definían si vivías o caías.
"Hoy no caigo, aunque me la pego seguro..." pienso. — No se puede hacer nada...
Con una respiración profunda, a pesar del dolor que late con cada movimiento, mi mano está firme. Mi mente está en calma, y mi voluntad se aferra a un único pensamiento: volver con mis compañeros.
Aprieto el gatillo.
El aire a mi alrededor parece enfriarse de golpe, y durante unos segundos, todo lo que existe es el ardor fantasma bajo mis costillas y el zumbido en mis oídos. No estoy seguro de en qué punto estoy. Aleteo con fuerza, estabilizándome a duras penas a media altura, cada expansión y retracción de las alas envía mensajes de alarma en forma de dolor mientras mis pulmones se llenan con una mezcla de aire húmedo y un toque metálico de mi propia sangre.
Mis manos todavía agarran con firmeza el rifle, si es un acto reflejo o una elección de mi mente inconsciente, eso no lo sé. Cada movimiento es un recordatorio del virote clavado en algún punto de mi carne, un ancla que busca arrastrarme al suelo. Pero pasados unos segundos, el dolor no me controla del todo; lo tomo como un recordatorio de que sigo vivo, de que aún tengo fuerza, de lo contrario no podría levantarme.
Al alzar la vista, lo veo. Folk está allí, su figura iluminada débilmente por la luz parpadeante de una farola cercana. Sus movimientos son erráticos, casi animales, lo que hasta en este estado no podría resultarme menos irónico, pero no son los movimientos de un depredador calculador, sino los de una bestia que ha perdido toda conexión con lo que una vez fue. No necesito palabras para comprender su mensaje: él busca aplastarme, devorarme en todos los sentidos, todo por esa cosa que llama flú.
Mis alas se tensan, y un segundo impulso me lleva más alto, apenas lo suficiente para mantener la distancia, otros 10 metros. Ese es el límite para mi habilidad como tirador, más distancia y seguramente no sea capaz de cuadrar un disparo. Cierro los ojos un instante, escuchando los latidos frenéticos de mi corazón. Eleon siempre decía que las situaciones más desesperadas eran las que definían si vivías o caías.
"Hoy no caigo, aunque me la pego seguro..." pienso. — No se puede hacer nada...
Con una respiración profunda, a pesar del dolor que late con cada movimiento, mi mano está firme. Mi mente está en calma, y mi voluntad se aferra a un único pensamiento: volver con mis compañeros.
Aprieto el gatillo.
BÉLICO
