18-01-2025, 10:29 PM
Durante mi exageradamente longeva vida, he tomado tres horribles decisiones. La primera fue abandonar la senda del arte marcial “El Molinillo” dada mi torcedura de tobillo. La segunda fue aceptar las indecentes propuestas de ese clérigo cuando solo tenía 13 primaveras. No daré más datos. Y la tercera, y de la que más me arrepiento sin duda, el haber vuelto de mi retiro para ejercer mi oficio como chamán. Me equivoqué, claramente. A estas horas y en estos momentos podría estar viviendo la vida loca en alguna isla tropical o bien echado en un sillón con la bata puesta y to agustico o, según he escuchado decir a algunos jóvenes ignorantes de Shandora, “frill de cojones” o como se diga, vete tú a saber.
Cuando menos me lo esperaba, recibí una petición de la mismísima Sede de la Marina para dirigirme a Impel Down, la inexpugnable prisión submarina del Gobierno Mundial ni más ni menos. A saber que clase de chanchullos se traían entre manos, pero no podía negarme o mandarían a tomar viento el pacífico reino de mi joven amigo. Menos mal que gracias a los poderes que me daba la Nikyu Nikyu no Mi podía transportarme a cualquier lugar en un visto y no visto. Estando en el Palacio Real, y sin despedirme de mí buen amigo, me desprendí de la bata, agarré mi bastón con la mano derecha y, con Mariano sobre mi hombro derecho, salí, despacito pero con buena letra, al exterior para desplazarme hasta mi destino. Siempre me sorprendía como era capaz de aguantar ese cuervo tantos trotes, vaya animal estaba hecho. Una vez fuera, solo tuve que quitarme el guante que llevaba en mi mano izquierda - revelando ahora las almohadillas que poseía como usuario - moverla rápidamente hacia atrás, en dirección a la prisión de la marina y *plof*, a tomar por culo, ya estábamos de camino a Impel Down.
-Ale, pues ya estamos aquí, Mariano. - Dije nada más aterrizar - quedando de cuclillas - en el muelle de ese lugar más deprimente que un pub de lunarian cincuentones a las cinco de la mañana. Me erguí, como pude, notando sobre mi el dolor acumulado de 90 años de existencia sobre mi espalda.- Puta ciática. - Me quejé hacia mis adentros, conforme me iba volviendo a poner el guante en mi mano izquierda. No quería tocar sin querer a un oficial y mandarlo al fonde del mar. Me incorporé, entonces, mientras un grupo de cinco marines habían notificado mi llegada y me recibían como era debido.- ¡Chamán Pawurs! ¡Bienvenido a Impel Down! - Exclamaron los cinco al unísono, haciendo el saludo militar con su brazo izquierdo y quedando en fila frente a mí.- Dejémonos de formalidades y acab…- Intenté zanjar el asunto lo antes posible cuando, el marine que estaba en medio, dio un paso al frente.- ¡Señor, déjenos que le escoltemos hasta… - Me irritó excesivamente por cortarme a mitad de frase, por lo que le devolví la impertinencia.- ¡CALLA, DÉJAME HABLAR! - Grité, con más intensidad de la que podía permitirme, siendo acompañado el bramido por el aleteo de Mariano y haciendo que los marines, intimidados, retrocedieran un paso y se sobresaltaran. Definitivamente no estaba para perder el tiempo.- Anda, vamos, llevadme allí.- Dije, con más calma, dirigiéndome hacia la entrada mientras posaba mi mano izquierda sobre mi barba, acariciándola.
Siendo guiado por este grupo de marines, habiéndome adentrado en las profundidades de la cárcel, mientras me dirigía hacia la sala que me habían asignado, llegaron a mis oídos el ingreso de un nuevo recluso, uno que me chocó nada más enterarme de la noticia. Yojimbo Lemarcus como siga Tercero, heredero legítimo de Skypiea, protegido de mi buen amigo Zarutsuki y pupilo mío en las artes del Kenbunshoku Haki, había sido capturado y escoltado a prisión, ese mismo día. Ni yo, quién le enseñé el haki de observación, lo pude ver venir. No pude hacer otra cosa que suspirar y lamentarme. Cuando se enterara Zarutsuki, seguro que sería un mar de lágrimas y se culparía por no haber impedido su encarcelamiento. ¿Y a quién le iba tocarle consolarle durante días y noches? Eso es, a un servidor, como siempre a comerme todo el marrón. Soy un desgraciado.
Pasados algunos minutos dónde no paraba de recriminarles lo rápido que andaban, aquellos soldados, consiguieron llevarme hasta una sala dónde, a pesar de mi tamaño, pude pasar sin problemas. Se trataba de un despacho normal, con sus estanterías, sus lámparas, sus ventanas y… Una mesa partida en dos en mitad de la habitación.- Hábrase visto, cuánta violencia.- Comenté, deteniéndome ante el destrozado mueble y moviendo la cabeza hacia los lados en señal de negación, con cuidado de no darme un tirón. Fue entonces que escuché un ruido proveniente de la puerta trasera que había en esa antesala. Allí debía estar mi razón por la que estaba en ese lugar.- Vamos allá. - Dije, tras suspirar, y dirigiéndome hacia aquella puerta. En el momento en el que la abrí, me encontré de bruces con un hombretón de 4 metros de alto, piel oscura, atuendo militar y, lo más característico de él, una pistola de alta potencia en su brazo derecho o vete tú a saber lo que era. No hacía falta ser un lumbreras para saber que era uno de los tres almirantes, el apodado como Akasaru, Markus Whitend. A su lado, en cambio, podíamos ver a un ignorante de la vida tendido en el suelo y siendo agarrado por el primero mencionado, un marine con no tanta reputación como el que tenía enfrente pero que se estaba labrando un puesto paulatinamente y que, por alguna razón, me sonaba de haberle visto.- Ya estoy aquí.- Anuncié, poniendo fin a lo que fuera que estuvieran hablando hasta mi llegada, para fijarme en el musculoso y barbudo hombre.- Eres tú a quién le tengo que hacer el apaño, ¿no? - Pregunté, para aproximarme hacia él, lentamente, mientras me quité nuevamente de mi zurda el guante que escondía las almohadillas propias de la Nikyu Nikyu no Mi.- Tengo cosas que hacer como jugar a la petanca así que acabemos con esto.- Declaré, agachándome lo máximo que podía sin que me partiera en dos y llevando la palma de mi mano izquierda hacia su abdomen, aún sin posarla ahí.- Esto te va a doler y te va a dejar como si hubieras estado tres días seguidos sin parar de beber ¡Joujoujoujou!.- Solté una carcajada, llena de malicia de saber lo que se venía.- Así que ale, aguanta esto y que te sea leve la cabezadita, espabilado.- Y en ese momento, y sin explicarle siquiera qué era lo que le iba a hacer, apoyé dicha mano sobre su cuerpo, usando mis poderes y sabiduría para repeler de él algo que, teóricamente y para los ignorantes de la vida, era imposible de deshacerse. Su Akuma no Mi, fuera la que fuera, ya no formaba parte de él, dejando tan sólo una marca con forma de pezuña en su abdomen que le recordaría durante toda su vida que era lo que le había ocurrido. Que fuera capaz de soportarlo ya era cosa suya, o yo que sé. Yo ya quería irme a casa y ponerme el pijama.
Cuando menos me lo esperaba, recibí una petición de la mismísima Sede de la Marina para dirigirme a Impel Down, la inexpugnable prisión submarina del Gobierno Mundial ni más ni menos. A saber que clase de chanchullos se traían entre manos, pero no podía negarme o mandarían a tomar viento el pacífico reino de mi joven amigo. Menos mal que gracias a los poderes que me daba la Nikyu Nikyu no Mi podía transportarme a cualquier lugar en un visto y no visto. Estando en el Palacio Real, y sin despedirme de mí buen amigo, me desprendí de la bata, agarré mi bastón con la mano derecha y, con Mariano sobre mi hombro derecho, salí, despacito pero con buena letra, al exterior para desplazarme hasta mi destino. Siempre me sorprendía como era capaz de aguantar ese cuervo tantos trotes, vaya animal estaba hecho. Una vez fuera, solo tuve que quitarme el guante que llevaba en mi mano izquierda - revelando ahora las almohadillas que poseía como usuario - moverla rápidamente hacia atrás, en dirección a la prisión de la marina y *plof*, a tomar por culo, ya estábamos de camino a Impel Down.
-Ale, pues ya estamos aquí, Mariano. - Dije nada más aterrizar - quedando de cuclillas - en el muelle de ese lugar más deprimente que un pub de lunarian cincuentones a las cinco de la mañana. Me erguí, como pude, notando sobre mi el dolor acumulado de 90 años de existencia sobre mi espalda.- Puta ciática. - Me quejé hacia mis adentros, conforme me iba volviendo a poner el guante en mi mano izquierda. No quería tocar sin querer a un oficial y mandarlo al fonde del mar. Me incorporé, entonces, mientras un grupo de cinco marines habían notificado mi llegada y me recibían como era debido.- ¡Chamán Pawurs! ¡Bienvenido a Impel Down! - Exclamaron los cinco al unísono, haciendo el saludo militar con su brazo izquierdo y quedando en fila frente a mí.- Dejémonos de formalidades y acab…- Intenté zanjar el asunto lo antes posible cuando, el marine que estaba en medio, dio un paso al frente.- ¡Señor, déjenos que le escoltemos hasta… - Me irritó excesivamente por cortarme a mitad de frase, por lo que le devolví la impertinencia.- ¡CALLA, DÉJAME HABLAR! - Grité, con más intensidad de la que podía permitirme, siendo acompañado el bramido por el aleteo de Mariano y haciendo que los marines, intimidados, retrocedieran un paso y se sobresaltaran. Definitivamente no estaba para perder el tiempo.- Anda, vamos, llevadme allí.- Dije, con más calma, dirigiéndome hacia la entrada mientras posaba mi mano izquierda sobre mi barba, acariciándola.
Siendo guiado por este grupo de marines, habiéndome adentrado en las profundidades de la cárcel, mientras me dirigía hacia la sala que me habían asignado, llegaron a mis oídos el ingreso de un nuevo recluso, uno que me chocó nada más enterarme de la noticia. Yojimbo Lemarcus como siga Tercero, heredero legítimo de Skypiea, protegido de mi buen amigo Zarutsuki y pupilo mío en las artes del Kenbunshoku Haki, había sido capturado y escoltado a prisión, ese mismo día. Ni yo, quién le enseñé el haki de observación, lo pude ver venir. No pude hacer otra cosa que suspirar y lamentarme. Cuando se enterara Zarutsuki, seguro que sería un mar de lágrimas y se culparía por no haber impedido su encarcelamiento. ¿Y a quién le iba tocarle consolarle durante días y noches? Eso es, a un servidor, como siempre a comerme todo el marrón. Soy un desgraciado.
Pasados algunos minutos dónde no paraba de recriminarles lo rápido que andaban, aquellos soldados, consiguieron llevarme hasta una sala dónde, a pesar de mi tamaño, pude pasar sin problemas. Se trataba de un despacho normal, con sus estanterías, sus lámparas, sus ventanas y… Una mesa partida en dos en mitad de la habitación.- Hábrase visto, cuánta violencia.- Comenté, deteniéndome ante el destrozado mueble y moviendo la cabeza hacia los lados en señal de negación, con cuidado de no darme un tirón. Fue entonces que escuché un ruido proveniente de la puerta trasera que había en esa antesala. Allí debía estar mi razón por la que estaba en ese lugar.- Vamos allá. - Dije, tras suspirar, y dirigiéndome hacia aquella puerta. En el momento en el que la abrí, me encontré de bruces con un hombretón de 4 metros de alto, piel oscura, atuendo militar y, lo más característico de él, una pistola de alta potencia en su brazo derecho o vete tú a saber lo que era. No hacía falta ser un lumbreras para saber que era uno de los tres almirantes, el apodado como Akasaru, Markus Whitend. A su lado, en cambio, podíamos ver a un ignorante de la vida tendido en el suelo y siendo agarrado por el primero mencionado, un marine con no tanta reputación como el que tenía enfrente pero que se estaba labrando un puesto paulatinamente y que, por alguna razón, me sonaba de haberle visto.- Ya estoy aquí.- Anuncié, poniendo fin a lo que fuera que estuvieran hablando hasta mi llegada, para fijarme en el musculoso y barbudo hombre.- Eres tú a quién le tengo que hacer el apaño, ¿no? - Pregunté, para aproximarme hacia él, lentamente, mientras me quité nuevamente de mi zurda el guante que escondía las almohadillas propias de la Nikyu Nikyu no Mi.- Tengo cosas que hacer como jugar a la petanca así que acabemos con esto.- Declaré, agachándome lo máximo que podía sin que me partiera en dos y llevando la palma de mi mano izquierda hacia su abdomen, aún sin posarla ahí.- Esto te va a doler y te va a dejar como si hubieras estado tres días seguidos sin parar de beber ¡Joujoujoujou!.- Solté una carcajada, llena de malicia de saber lo que se venía.- Así que ale, aguanta esto y que te sea leve la cabezadita, espabilado.- Y en ese momento, y sin explicarle siquiera qué era lo que le iba a hacer, apoyé dicha mano sobre su cuerpo, usando mis poderes y sabiduría para repeler de él algo que, teóricamente y para los ignorantes de la vida, era imposible de deshacerse. Su Akuma no Mi, fuera la que fuera, ya no formaba parte de él, dejando tan sólo una marca con forma de pezuña en su abdomen que le recordaría durante toda su vida que era lo que le había ocurrido. Que fuera capaz de soportarlo ya era cosa suya, o yo que sé. Yo ya quería irme a casa y ponerme el pijama.
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