20-01-2025, 04:48 AM
(Última modificación: 20-01-2025, 04:49 AM por Markus Whitend.)
Cuando Pawurs terminó con aquella demostración de poder, arqueé un poco el labio con una mueca de asco. Necesitábamos las habilidades de ese viejo y asqueroso gyojin, pero sabían los santos que si estuviera en mi mano, le tendería una emboscada para otorgar este poder a alguien confiable en la marina y privatizar este servicio. Uno de los motivos por los que no lo hacía, era por el desconocimiento de sus habilidades y por la incertidumbre de si la persona que viniera después de él podría llegar a hacer las mismas proezas. El otro eran las órdenes de padre.
Joe Joestar cayó inconsciente mientras una burbuja con forma de pata de oso de color verdoso brotaba de él en dirección opuesta a lo tocado por el chamán, aguantó unos instantes y luego explotó en pequeñas gotas y brisa. Entonces solté el cuerpo del marine, que cayó al suelo completamente ajeno a su consciencia. — Entiendo que ya está hecho... no me acostumbro a verlo — y miré con inquina su mano. Un simple toque y podría arrebatarme mi propio poder. Era una jugada arriesgada tratar con este tipo — Gracias por su colaboración. Recibirá el pago conveniente volviendo por donde ha venido, con los hombres que lo han traído hasta aquí — finalicé señalándole la puerta por la que había entrado y lo acompañe hacia la puerta para que se retirase.
Cuando se hubo ido, volví a echar un vistazo hacia Joe Joestar y me acerqué hasta él agachándome sobre la rodilla izquierda y girándolo para colocarlo de cúbito supino. Lo incorporé un poco y coloqué mi cañón en su espalda, para poder soltarlo y que quedase apoyado en este — La próxima vez que nos veamos, me lo agradecerá, Joestar. Conviértase en el heraldo de mi justicia — dije, y metiendo la mano en mi bolsillo saqué una akuma no mi completamente negra y redonda, con pinchos por todas partes y un pequeño apéndice verdoso colgando de la parte inferior y tras aplastarla con mi mano y convertirla en fragmentos la dejé caer como el que espolvorea sal en una sartén, sobre la boca del ahora Vicealmirante, cerrándola cuando varios pedazos de esta hubieron entrado y cerciorándome estimulando su garganta de que tragase. Hecho eso y habiendo comprobado que no quedaban restos en su boca, me erguí arrastrando el cuerpo hacia la entrada y al abrir la puerta, el semigigante se cuadró ante mi.
— Llévelo a la enfermería y... — dudé un segundo y refunfuñé con desgana, sacando dos cartas del mismo bolsillo y dándoselas al Comodoro — ...cerciórese de que tenga estas dos cartas en un lugar visible para cuando despierte — finalicé, realizando el saludo militar — Buena fortuna, Comodoro — dije, rompiendo el saludo y saliendo de aquel lugar, rumbo a mis propios asuntos con el nuevo inquilino que había traído a esta prisión. Sin duda nos volveríamos a ver.
Joe Joestar cayó inconsciente mientras una burbuja con forma de pata de oso de color verdoso brotaba de él en dirección opuesta a lo tocado por el chamán, aguantó unos instantes y luego explotó en pequeñas gotas y brisa. Entonces solté el cuerpo del marine, que cayó al suelo completamente ajeno a su consciencia. — Entiendo que ya está hecho... no me acostumbro a verlo — y miré con inquina su mano. Un simple toque y podría arrebatarme mi propio poder. Era una jugada arriesgada tratar con este tipo — Gracias por su colaboración. Recibirá el pago conveniente volviendo por donde ha venido, con los hombres que lo han traído hasta aquí — finalicé señalándole la puerta por la que había entrado y lo acompañe hacia la puerta para que se retirase.
Cuando se hubo ido, volví a echar un vistazo hacia Joe Joestar y me acerqué hasta él agachándome sobre la rodilla izquierda y girándolo para colocarlo de cúbito supino. Lo incorporé un poco y coloqué mi cañón en su espalda, para poder soltarlo y que quedase apoyado en este — La próxima vez que nos veamos, me lo agradecerá, Joestar. Conviértase en el heraldo de mi justicia — dije, y metiendo la mano en mi bolsillo saqué una akuma no mi completamente negra y redonda, con pinchos por todas partes y un pequeño apéndice verdoso colgando de la parte inferior y tras aplastarla con mi mano y convertirla en fragmentos la dejé caer como el que espolvorea sal en una sartén, sobre la boca del ahora Vicealmirante, cerrándola cuando varios pedazos de esta hubieron entrado y cerciorándome estimulando su garganta de que tragase. Hecho eso y habiendo comprobado que no quedaban restos en su boca, me erguí arrastrando el cuerpo hacia la entrada y al abrir la puerta, el semigigante se cuadró ante mi.
— Llévelo a la enfermería y... — dudé un segundo y refunfuñé con desgana, sacando dos cartas del mismo bolsillo y dándoselas al Comodoro — ...cerciórese de que tenga estas dos cartas en un lugar visible para cuando despierte — finalicé, realizando el saludo militar — Buena fortuna, Comodoro — dije, rompiendo el saludo y saliendo de aquel lugar, rumbo a mis propios asuntos con el nuevo inquilino que había traído a esta prisión. Sin duda nos volveríamos a ver.
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