28-01-2025, 03:10 PM
El fin se acerca. Todo tiene un final, hasta los principios. Y no hablo de los principios de las historias o de los cuentos, si no, de los principios humanos. Folk trastabillo, su mente no era capaz de ver lo que iba a pasar. El marine retuvo medio segundo más el aire. Estaba a punto de disparar pero...
Desde la sombra que todos proyectamos, existen voces que nos imperan, nos ruegan, nos obligan a ser lo que somos en realidad. La crudeza del mundo convierte a sus seres en criaturas a su imagen y semejanza, pues, muy pocos deciden romper el molde con el que le forjan y Casca, en este caso, aún con su puro corazón, no había sido la diferencia.
Hoy no se había puesto en prueba su habilidad, pues no era de extrañar para nadie que el joven mestizo disponía de un talento natural para el combate, su mente maestra en físicas y números brindaba al joven tirador de una capacidad sin parangón y un talento desorbitante para su cometido: cazar. Lo que en realidad el destino, dios o lo que quiera que mueve los hilos de las almas y su patéticas actuaciones había puesto a prueba de Casca era su corazón, esperando de él más que de los demás. Esperando de él un cambio, que fuera el tornillo que se soltaba y destruía la máquina bélica que movía el mundo, pero para sorpresa de todos, Casca, con todas las vueltas que había dado esa rueda se había aferrado y había encajado perfectamente en el engranaje que suponía él para esa maquinaría de muerte y pena que llevaba a velocidades marchadas y manchadas el planeta.
El disparo redobló mientras las últimas gotas de lluvia caían como un llanto en la avenida del suburbio, empapando a Folk, Casca y el marine. La bala se alojó en el pecho de Folk sin salir por el otro lado, encharcando sus pulmones y astillando sus costillas mientras con pequeñas pirotecnias reventaba los vasos vasculares del mamífero. Folk miró para atrás y lo entendió, vio los cuerpos apilados, la cara de Casca, el suburbio mancillado, la muerte en su espalda. Y por un momento, desde hace muchas lunas, Folk lo vio. Vio en lo que se había convertido, vio el daño que había hecho, las vidas que se había llevado, entre las que muchos se contaban como sus amigos. Las últimas imágenes de Folk fueron una piara de cadáveres desmembrados por su propias manos, manchadas con su misma sangre, pues eso cadáveres no eran otros que los de sus hermanos.
Y la tormenta dejó los cielos para adentrarse dentro de Folk. Las nubes grises y violentas llenaron sus pulmones, que con cada rápida respiración se encharcaban más con la sangre, como una torrencial lluvia que hacia crecer los ríos. Los truenos se convirtieron en sus pensamientos, convertidos en lucidas imágenes de lo que había echo. Repitió en un instante las últimas semanas, mientras su estomago daba un vuelco y su entrañas se apretaban hasta quedar reducías a un simple nudo. Pues lo que vio no fue otra cosa que la verdad. La cruda realidad de lo que había sido, se vio a si mismo asesinar presa de un vicio mortal, vio las caras de las personas a la que amó mirándole con miedo, escapando con pánico de él, llorando mientras rasgaba sus pieles y se vestía en la discordia y el caos. Vio como cazó sin duda ni razón a su vecinos, como devoró a sus hermanos y al final, se vio a él, se vio a si mismo convertido en lo que una vez había combatido.
Y la lluvia paró. Pero en Folk llovió.
Sus ojos se convirtieron en cascadas. La salinidad del fluido le escocia porque estaba cargada con la culpa, amargando el sabor de sus últimos segundos. No encontró la paz, solo el dolor de ser consciente. Solo encontró el calor en su pecho que le ardía, pero no por los disparos ni la sangre, si no por el arrepentimiento. Y en su espalda le dolió la traición, pero no como la puñalada que llevaba, si no la traición que el mismo había cometido. Y al final, muy al final de aquella vorágine que le asolaban, de aquella avalancha que caía como piedras en su espalda cargadas con el peso de la responsabilidad, ahí en el fondo, en aquel suburbio, en el eslabón más bajo de la sociedad, Folk, encontró la gratitud. Con la visión borrosa, casi en nula, Folk observó a Casca como un manchurrón grisáceo con un toque blanco en su punta.
- Gra... Cias - Dijo Folk con sus últimas fuerzas, con su último aliento, dedicando a su asesino los últimos momentos de lucidez. Entonces, con la mayor pureza del mundo, rodeado de muerte, pena y sangre Folk sonrió a Casca mientras de su barbilla goteaban sangre y lágrimas en un equilibrio áspero. Aquella sonrisa hubiera encogido cualquier corazón, aquella sonrisa era un sonrisa sincera, agradecida, única. Folk estaba agradecido de verdad de que alguien le hubiera librado de ese sufrimiento.
Los ojos de Folk se pusieron en blanco segundos después. Su cuerpo se desplomó. El silencio imperó. La paz... La paz tenía un precio que muy pocos estaban dispuestos a pagar. Y así, en aquel lugar olvidado por muchos e irrelevante para el resto Folk, el mink rata, murió.
- Tsch - Escupió el marine al otro lado de la avenida mientras rompía un poco su posición - ¿Para esto he venido? - Entonces apuntó a Casca - Quizá... - Pero negó de una cabezada rápidamente - Joder - Maldijo mientras se levantaba - Eh, tú - Habló refiriéndose a Casca - Buen trabajo - Paró la frase mientras que con una mano soltaba el arma y rascaba su cabeza levantando un leve manto de agua, generó un pequeño arcoíris - Supongo - El marine miró a Folk y torció el gesto - Necesitamos gente como tú en la base - Se giró dándole la espalda a Casca - Igual podrías enrolarte. Ahora que yo me marcho... - Se paró un segundo y miró al cielo que empezaba a despejarse - ¿El Grand Line, eh? ¿Estaré preparado? - Parecía ensimismado - Sobrevive chico - Había una sombra en él, no permitía que Casca viera sus rasgos aunque se fijara - Nos veremos allí - Empezó a caminar - Supongo - Y sin más que añadir, se alejó, dejando solo a Casca con la pila de muertos y sus pensamientos. Un mal momento para pensar en echarse un cigarro.
El silencio vuelve, pero no es solo un silencio, son varios. Y el último era el silencio más grande de todos y tapaba como un manto a los demás era el silencio de la ausencia de Folk.
Desde la sombra que todos proyectamos, existen voces que nos imperan, nos ruegan, nos obligan a ser lo que somos en realidad. La crudeza del mundo convierte a sus seres en criaturas a su imagen y semejanza, pues, muy pocos deciden romper el molde con el que le forjan y Casca, en este caso, aún con su puro corazón, no había sido la diferencia.
Hoy no se había puesto en prueba su habilidad, pues no era de extrañar para nadie que el joven mestizo disponía de un talento natural para el combate, su mente maestra en físicas y números brindaba al joven tirador de una capacidad sin parangón y un talento desorbitante para su cometido: cazar. Lo que en realidad el destino, dios o lo que quiera que mueve los hilos de las almas y su patéticas actuaciones había puesto a prueba de Casca era su corazón, esperando de él más que de los demás. Esperando de él un cambio, que fuera el tornillo que se soltaba y destruía la máquina bélica que movía el mundo, pero para sorpresa de todos, Casca, con todas las vueltas que había dado esa rueda se había aferrado y había encajado perfectamente en el engranaje que suponía él para esa maquinaría de muerte y pena que llevaba a velocidades marchadas y manchadas el planeta.
El disparo redobló mientras las últimas gotas de lluvia caían como un llanto en la avenida del suburbio, empapando a Folk, Casca y el marine. La bala se alojó en el pecho de Folk sin salir por el otro lado, encharcando sus pulmones y astillando sus costillas mientras con pequeñas pirotecnias reventaba los vasos vasculares del mamífero. Folk miró para atrás y lo entendió, vio los cuerpos apilados, la cara de Casca, el suburbio mancillado, la muerte en su espalda. Y por un momento, desde hace muchas lunas, Folk lo vio. Vio en lo que se había convertido, vio el daño que había hecho, las vidas que se había llevado, entre las que muchos se contaban como sus amigos. Las últimas imágenes de Folk fueron una piara de cadáveres desmembrados por su propias manos, manchadas con su misma sangre, pues eso cadáveres no eran otros que los de sus hermanos.
Y la tormenta dejó los cielos para adentrarse dentro de Folk. Las nubes grises y violentas llenaron sus pulmones, que con cada rápida respiración se encharcaban más con la sangre, como una torrencial lluvia que hacia crecer los ríos. Los truenos se convirtieron en sus pensamientos, convertidos en lucidas imágenes de lo que había echo. Repitió en un instante las últimas semanas, mientras su estomago daba un vuelco y su entrañas se apretaban hasta quedar reducías a un simple nudo. Pues lo que vio no fue otra cosa que la verdad. La cruda realidad de lo que había sido, se vio a si mismo asesinar presa de un vicio mortal, vio las caras de las personas a la que amó mirándole con miedo, escapando con pánico de él, llorando mientras rasgaba sus pieles y se vestía en la discordia y el caos. Vio como cazó sin duda ni razón a su vecinos, como devoró a sus hermanos y al final, se vio a él, se vio a si mismo convertido en lo que una vez había combatido.
Y la lluvia paró. Pero en Folk llovió.
Sus ojos se convirtieron en cascadas. La salinidad del fluido le escocia porque estaba cargada con la culpa, amargando el sabor de sus últimos segundos. No encontró la paz, solo el dolor de ser consciente. Solo encontró el calor en su pecho que le ardía, pero no por los disparos ni la sangre, si no por el arrepentimiento. Y en su espalda le dolió la traición, pero no como la puñalada que llevaba, si no la traición que el mismo había cometido. Y al final, muy al final de aquella vorágine que le asolaban, de aquella avalancha que caía como piedras en su espalda cargadas con el peso de la responsabilidad, ahí en el fondo, en aquel suburbio, en el eslabón más bajo de la sociedad, Folk, encontró la gratitud. Con la visión borrosa, casi en nula, Folk observó a Casca como un manchurrón grisáceo con un toque blanco en su punta.
- Gra... Cias - Dijo Folk con sus últimas fuerzas, con su último aliento, dedicando a su asesino los últimos momentos de lucidez. Entonces, con la mayor pureza del mundo, rodeado de muerte, pena y sangre Folk sonrió a Casca mientras de su barbilla goteaban sangre y lágrimas en un equilibrio áspero. Aquella sonrisa hubiera encogido cualquier corazón, aquella sonrisa era un sonrisa sincera, agradecida, única. Folk estaba agradecido de verdad de que alguien le hubiera librado de ese sufrimiento.
Los ojos de Folk se pusieron en blanco segundos después. Su cuerpo se desplomó. El silencio imperó. La paz... La paz tenía un precio que muy pocos estaban dispuestos a pagar. Y así, en aquel lugar olvidado por muchos e irrelevante para el resto Folk, el mink rata, murió.
- Tsch - Escupió el marine al otro lado de la avenida mientras rompía un poco su posición - ¿Para esto he venido? - Entonces apuntó a Casca - Quizá... - Pero negó de una cabezada rápidamente - Joder - Maldijo mientras se levantaba - Eh, tú - Habló refiriéndose a Casca - Buen trabajo - Paró la frase mientras que con una mano soltaba el arma y rascaba su cabeza levantando un leve manto de agua, generó un pequeño arcoíris - Supongo - El marine miró a Folk y torció el gesto - Necesitamos gente como tú en la base - Se giró dándole la espalda a Casca - Igual podrías enrolarte. Ahora que yo me marcho... - Se paró un segundo y miró al cielo que empezaba a despejarse - ¿El Grand Line, eh? ¿Estaré preparado? - Parecía ensimismado - Sobrevive chico - Había una sombra en él, no permitía que Casca viera sus rasgos aunque se fijara - Nos veremos allí - Empezó a caminar - Supongo - Y sin más que añadir, se alejó, dejando solo a Casca con la pila de muertos y sus pensamientos. Un mal momento para pensar en echarse un cigarro.
El silencio vuelve, pero no es solo un silencio, son varios. Y el último era el silencio más grande de todos y tapaba como un manto a los demás era el silencio de la ausencia de Folk.
Aclaraciones finales
Para el moderador a cargo
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