[Presente relativo / Recolección] Lo que hay que hacer para ahorrarse unas monedas
#1
Leyenda (Guía de color)


Otoño año 14
Manglar 28, Archipiélago Sabaody, Grand Line
Día 40, al mediodía

- Acero... ¿Dónde se supone que voy a conseguir yo acero en este sitio? - me quejé en voz alta mientras caminaba con cierta dificultad. Le había pedido a Rapax que me hiciera algo con lo que defenderme en caso de que alguien se me acercara más de la cuenta. Parece ser que pasar tanto tiempo cerca del amigo del machete ponzoñoso había hecho que por alguna razón machetear a alguien me pareciera una idea ligeramente más atractiva que limitarme a correr como alma que lleva el diablo. Ahora podía intentar usar mi gran habilidad de convencer a la gente (o por lo menos de entretenerles lo suficiente) para de esa forma conseguir que bajaran la guardia y meterles un tremendo machetazo (bueno, para eso necesitaría un machete, pero algo parecido a un machetazo), de forma que se me haría más fácil salir pitando sin que me partieran por la mitad. A cambio de hacerme la daga, Rapax únicamente me pidió que me buscara la vida para conseguir los materiales que iba a necesitar para crear mi maravilloso arma: acero y cuero - Yo pensaba que eso venía siempre incluido cuando pides un arma. Llego a saberlo antes y le hubiera pagado lo que vale para que lo encontrara él, que seguro que se le hacía más fácil, por eso de que él sabe de esas cosas - pensé, parando un momento para intentar ubicarme. Moverme por este sitio era un completo caos. Era todo extremadamente gigante y caótico, que aunque hubiera números en cada uno de esos árboles me era imposible llegar al lugar que quería sin pararme cada dos por tres - ¿Por qué no pondrán un mapa, o más de uno, de esos que pone: Usted está aquí, para así poder ir a donde necesito sin perderme? - me pregunté en voz alta mientras trataba de encontrar uno de esos milagrosos mapas.

Para variar, no hubo suerte. Parecía como si alguien quisiera que estuviera por aquí dando palos de ciego - Que asco esto de encontrar acero - murmuré, mirando los distintos puestos. Haría como una media hora encontré un puesto bastante sospechoso en el que un muy energético (seguramente también muy drogado) vendedor trató de venderme una chatarra haciéndola pasar por una espada de la mejor calidad. Aquella espada era tan mala que estaba seguro de que si intentaba usar eso contra alguien terminaría pillando alguna extraña enfermedad. Era un machete ponzoñoso, sí, pero que únicamente suponía un peligro para la persona que la empuñara. Aunque, como bien dice la gente, no hay mal que por favor lo pides, o algo parecido a eso, yo que sé, no soy yo uno de esos a los que les gusta hablar usando palabras raras como si se creyeran más importantes que el resto. Le tiré (con sumo cuidado de no cortarme con aquel peligro mortal que tenía entre mis preciadas manos) la espada al vendedor a la cara. No solo se puso a gritar de un dolor infernal (ya sabía yo que esa cosa te pegaba a saber qué clase de males) cuando aquel artilugio de auto tortura le rozó su engreída cara, si no que para colmó armó un escándalo digno del primogénito de una legendaria estirpe de verduleros profesionales. Normalmente que un sospechoso hombre puesto hasta arriba de varias substancias de dudosa legalidad y más dudosa calidad se pusiera a proferir gritos y diferentes maleficios suele ser algo malo, pero dejando de lado la satisfacción que me generaba darle a ese estafador de tres al cuarto a probar de su propia medicina (aunque yo no llamaría a eso medicina, si era exactamente lo contrario a medicina), aquel barullo que había montado me permitió escabullirme entre el gentío que se comenzaba a arremolinar frente a su puesto para así poder acercarme a mi verdadero objetivo: una curtidería que se encontraba un par de puestos más allá. Esta estaba regentada por una joven bastante atractiva, morena y algo bajita, la cual además parecía estar en muy buena forma. Había podido ver que la mercancía que vendía era de una calidad impresionante. Con un ágil y discreto movimiento y aprovechando que la tendera había decidido ir a ver qué se cocía en el puesto del amigo de las drogas y las estafas, arramplé con todo el cuero que pude, priorizando el de mayor calidad obviamente, y me largué de allí antes de que nadie me viera. Como tampoco era yo un animal y la chica morena de la curtidería parecía realmente agradable le pagué (posiblemente menos del precio indicado) aquellos trozos de cuero que me había encontrado casualmente tirados sobre su puesto en mitad de aquel jaleo. Para "pagar" aquello utilicé el dinero que había robado al tipo que ahora se encontraba gritando como loco - Me gustaría ver la cara que se le queda cuando vaya a comprarse drogas y se de cuenta de que ya no tiene encima ese pesado saco lleno de monedas - pensé, mientras me alejaba del lugar por un callejón, pues yo soy alguien a quien lo es que le maravillen las grandes concentraciones de gente - Eso le pasa por intentar estafar a la gente. Aunque tendría que haberme quedado algo del dinero para comprar alguna cartita si veo algo interesante. Todavía me falta un vial, y alguna carta para terminar el banquillo - murmuré mientras guardaba mi botín, aprovechando que me encontraba lejos de miradas indiscretas - Bueno, no es momento de distraerse, que tengo muchas cosas que coger todavía - comencé entonces a caminar, alejándome de aquel lugar.



Mientras seguía en la búsqueda de acero de la mejor calidad (pues mi arma se merecía lo mejor), pude ver una tienda de cartas. Sin pensarlo dos veces entré. Pregunté al anciano y canoso dependiente por las cartas que necesitaba para mi mazo. Tras repetirle un par de veces los nombres de las cartas, así como las descripciones de estas, el señor me dejó encima del mostrador lo que parecía un enorme libro. Lo abrí y comencé a mirar su contenido. Estaba lleno de una gran cantidad de cartas. Conocía la gran mayoría de ellas, pero había algunas (las más antiguas) que no había visto en mi vida - Aquí tienes todo lo verde. Si quieres cualquier otro color me dices y te voy sacando - me explicó, mientras se me quedaba mirando - Vale, entiendo, ¿puedes sacarme el blanco y el de los artefactos, por favor? - pregunté - No, primero termina de ver este y luego te saco el otro, que si no me armas aquí un lío de cojones - resignado, seguí ojeando las cartas verdes que había en aquel libro. Pude ver algunas realmente interesantes, incluso un set de cartas con un arte que no supe reconocer - ¿Qué, te gusta? - me preguntó, a lo que inevitablemente asentí. Eso hizo que el hombre se riera - Normal, si yo aquí solo tengo calidad. Mira, te voy a enseñar una cosa - se dirigió a la trastienda tras dejarme el libro de cartas blancas. Empecé a buscar en este, pues me hacían falta unas cuantas cartas blancas, no solo para mi mazo, si no para el de Ashura también. Aparté las distintas cartas que iba encontrando, mientras este seguía en la trastienda. Había terminado de revisar el libro cuando el hombre salió con una pequeña bolsa en muy mal estado. Abrió la bolsa con cuidado y de ella sacó una libreta muy bien cuidada - ¿Vaya contraste, no? Bueno, pensándolo mejor ni se me hubiera ocurrido tocar esa bolsa - pensé. No me paré mucho a pensar, porque en cuanto el hombre abrió la libreta lo que vi me impactó. Nunca había visto ninguna de esas cartas en persona, pero había escuchado hablar de ellas, mucho. Sin ningún lugar a dudas en esa libreta había millones - ¿Qué, te gustan? Estas son de mi colección personal. En principio no están en venta, pero si alguien ofrece lo suficiente me lo pienso, y así me jubilo - se rio, antes de cerrar la libreta y volver a guardarla para apartarla de miradas indiscretas. Me sacó el libro con los artefactos, antes de volver a irse, supuse que para dejar a buen recaudo aquel botín. Tras volver en mí empecé a mirar el contenido del libro. Cogí de él varias espadas para el mazo de Ashura, así como el vial que me faltaba para mi mazo. Como era de esperar, una vez que empiezas a mirar cartas no hay forma de parar, por lo que terminé mirando todos los libros que tenía el hombre. Vi incluso un par de cartas firmadas por el propio autor de la ilustración de estas. No pude evitar echar el guante a un set de Rinocerontes de asedio, los cuales brillaban y tenían una preciosa firma doble en negro y dorado. Encima, el dueño me hizo un descuento, pues parecía que mi pasión por las cartas le había caído en gracia.

- IS IS IS IS Está sí que ha sido una buena compra. Menos mal que apareció el amigo pelirrojo, porque si no no hubiera tenido dinero para pillarlo todo - hablé, orgulloso de la transacción, mientras movía levemente una de las cartas en mis manos, disfrutando con el hipnótico brillo arcoíris que desprendía - Ya tengo todas las cartas del mazo principal, ahora solo me faltan un par de cartas del banquillo, que eso va a ser lo más difícil de encontrar a decir verdad. A ver dónde encuentro yo un Kataki ahora - guardé aquel vial con gran cuidado, asegurándome de que no fuera a sufrir ningún daño.

Carta que está mirando Korg


- ¿Bueno, ya va siendo hora de que siga buscando el acero, no? Que si no seguro que Rapax me dice que me peine si le digo que me haga el arma - continué caminando, esta vez algo más alejado del mercado, adentrándome entre unas estrechas callejuelas. Escuché lo que a todas luces parecía una discusión entre varios hombres. Corrí, saltando incluso para llegar más rápido a ver qué sucedía. Cuando me acerqué al lugar del que provenían aquellas voces, decidí mantenerme algo alejado para evitar ser visto pero lo suficientemente cerca como para poder enterarme de lo que allí pasaba. Un tipo alto de pelo rubio y bastante musculoso se encontraba junto a otro, siendo este último realmente delgado. Pude discernir la complexión del segundo hombre porque, a pesar de estar cubierto por una larga túnica de color gris oscuro y llevar la cabeza cubierta por una capucha, sus brazos parecían casi los de un esqueleto. El segundo tipo señalaba con su mano derecha a una mujer, que iba vestida con unas mallas negras y una camisa estrecha del mismo color, la cual resaltaba su figura, así como unos botines. El hombre gritaba fuera de sí, amenazando con matar y hacer sufrir de diversas maneras a la persona que tenía delante si esta no dejaba de interponerse en su relación. La mujer, por otro lado, miraba con gran picardía a aquel hombre, relamiéndose los labios con los brazos cruzados. Una ancha sonrisa se dibujaba en su rostro, mientras dos apuestos hombres bien vestidos salían en defensa de ella. Se notaba que a aquella mujer de pelo castaño le encantaba ser el centro de atención. Disfrutaba enormemente al ver cómo dos completos desconocidos se ponían delante para protegerla, como si aquello fuera a proporcionarles algún tipo de cercanía con ella. Aunque, mirando con más detenimiento, no sabría decir si aquella mujer disfrutaba más de ser el centro de atención o de las reacciones que su afilada lengua generaba en el encapuchado. Los dos hombres que estaban frente a la de pelo castaño se abalanzaron ante el otro hombre, pero fueron despachados sin ninguna dificultad por el rubio. Cuando volví la mirada a donde se encontraba la mujer, no vi nada. Parecía como si nunca hubiera estado allí en primer lugar. Algo confuso miré a los otros dos. Mientras el encapuchado parecía buscar por todas partes a la mujer, el rubio hombre se recolocaba la chaqueta, mirando con cierta pena a los dos hombres que se hallaban inconscientes a sus pies - Es mejor que nos vayamos, no merece la pena seguir aquí - le dijo el rubio, rodeando suavemente con el brazo al otro - No la vamos a encontrar. Ya sabes que es muy escurridiza. Será mejor que volvamos a casa a descansar, antes de que le de por aparecer otra vez, ya sabes - continuó, consiguiendo convencer con esas palabras a su compañero, antes de alejarse los dos, perdiéndose rápidamente entre el gentío. Tras perder de vista a los dos hombres, me acerqué intentando encontrar alguna pista que pudiera ayudarme a seguir el rastro de aquella mujer. No es que me interesara, ni mucho menos, pero sí que me había llamado la atención aquella forma en la que había desaparecido sin dejar rastro - Que raro, no hay nada de nada. Si no la hubiera visto yo mismo no me creería que ahí había alguien - pensé, saltando a uno de los edificios para poder ver mejor. Pude reconocer entre la gente al rubio hombre de antes, pues su gran tamaño y su característico pelo lo hacían bastante reconocible. Me quedé un rato mirando a esos dos alejarse del sitio, antes de retomar lo que estaba haciendo. Cuando me giré, vi lo que me pareció la mujer de antes alejándose por otra de las calles, escabulléndose entre la gente. Me dispuse a seguirla, con gran curiosidad, saltando de edificio en edificio. Seguí su estela por varios minutos, llegando hasta un callejón sin salida. En este, un hombre se encontraba sentado en el suelo, con la espalda apoyada sobre la pared. Tenía la camisa abierta, así como marcas de pintalabios en el cuello. Me acerqué con cautela, pues este no parecía moverse lo más mínimo. Tras asegurarme de que no había nadie cerca, me acerqué más todavía, comenzando a rebuscar en sus bolsillos. Me fijé entonces en que tenía lo que parecía una punzada en el cuello y otra en la espalda, a la altura del corazón. Tras ver que aquel hombre no tenía pulso y no encontrar nada de valor entre sus cosas, me alejé de aquel callejón.

- Joder, ¿tan difícil es encontrar alguna tienda donde tengan algo de acero en venta? Si encima tengo dinero para pagarlo, aunque no tenga intención de hacerlo - murmuré. Me encontraba en una zona de tiendas, pero todas parecían tiendas de cosas relativamente cotidianas - Ojalá todo fuera tan fácil como con aquel señor. Ese que decían que conseguía todo lo que se proponía usando imanes - pensé, realmente cansado de tanto caminar y no encontrar nada - Creo que se llamaba Trolalgo. Una vez leí que incluso llegó a juntar dos imanes y usando estos se movía a todas partes sin esfuerzo. Si tuviera uno de esos seguro que podría hacer que se me viniera el acero a mí, y luego sería únicamente esperar. Bueno, esperar e ir quitando toda la morralla que no sirviera - fantaseaba mientras seguía caminando por la calle. Entré en varias tiendas distintas, buscando y preguntando por un lugar en el que encontrar acero. Me estaba empezando a poner nervioso. Tanto que incluso la cicatriz de mi mano izquierda me había empezado a picar. Me rasqué con cierta fuerza, lo cual solo hizo que empezara a picar más y más.

Completamente desesperado, me detuve delante de lo que parecía un dojo. Pensé en entrar, para preguntar si alguien tenía la más mínima idea de dónde podía encontrar lo que andaba buscando. Me acerqué hasta la puerta y me quedé mirando los diversos carteles que había al lado de esta - Maestro Tetsujin, personificación de la disciplina y el autocontrol - leí entre líneas lo que ponía en el cartel. Aquello no me interesaba lo más mínimo. Me sabía controlar bastante bien (salvo en contadas ocasiones) y todo aquel tema de la disciplina parecía más una forma de estafar a gente que algo que sirviera de verdad. A pesar de ello, no perdía nada por entrar y preguntar. Iba a empujar la puerta cuando el ruido de alguien caminando detrás de mí me distrajo - Perdona, por algún casual - hablé al anciano de pelo cano y bigote que caminaba hacia donde yo me encontraba - Lo que buscas no está aquí, joven - me dijo con gran seriedad - Pero si ni siquiera he preguntado - me quejé, a lo que el hombre siguió caminando, ignorando mis palabras por completo - Deberías probar en el siguiente manglar, seguro que allí tienes más suerte - ante mi atónita mirada, el anciano hombre entró en el dojo, cerrando la puerta tras de sí. No es que sus palabras me hubieran convencido, pero después de que me dijera eso, sería algo extraño, vergonzoso incluso, entrar igualmente en el dojo y encontrarme con él en el interior del edificio.

No creía yo en adivinos, ni mucho menos, pero decidí seguir las indicaciones de aquel anciano señor e ir al lugar que me había indicado. No tenía tampoco muchas más opciones donde buscar, y a decir verdad llevaba bastante tiempo con ganas de tirar la toalla y comprar un arma cualquiera. Continué mi camino, despacio, volviendo la mirada hacia el dojo cada pocos metros. Aquel encuentro con aquel señor me había dejado con la mosca detrás de la oreja - Bah, seguro que era una forma de hacer que me fuera - pensé, aunque eso no hizo que dejara de mirar al dojo intermitentemente.

Tras cruzar el puente que conectaba con el manglar contiguo, me dirigí hacia la calle principal. Caminé, observando los distintos carteles, pues parecía que en este lugar había gran variedad de tiendas. Me paré en seco cuando vi uno de materias primas - Por fin - volví la mirada inconscientemente, pues por un momento en mi cabeza se dibujó la idea de que aquel señor me hubiera leído la mente. Revisé que todo estaba en su sitio, tanto la chapa de Willow, como las cosas de mi bolsa, pero sobre todo mi equipo de camuflaje. Utilicé la chapa de Willow a modo de espejo para asegurarme de esto último. La capucha, las gafas de sol y el bigote postizo estaban en su sitio, podía proceder sin problemas.

Entré en la tan ansiada tienda, la cual estaba vacía a excepción de la persona tras el mostrador, quien supuse sería la dueña del local - ¿Una pelirroja, en serio? ¿Con todo lo que he tardado en encontrar este sitio y tiene que haber una puta pelirroja aquí? - mi cara de molestia se hizo más que notable. Ignoré el saludo de la susodicha, quien me hablaba, para variar, desde la superioridad que le otorgaba aquella banqueta alta tras el mostrador. Hice oídos sordos a sus preguntas. Aquella repelente voz me ponía enfermo, ¿o tal vez era que sabía cómo se la gastaban las que eran como ella? Me importaba más bien poco. Tenía un único objetivo: coger todo el acero que pudiera, y cualquier cosa que me llamara la atención, y no soltar una mísera moneda por ello - Que se joda - pensé, mientras seguía echando más cosas en la cesta. Ignoré las crecientes quejas de la mujer, mientras seguía cogiendo cosas y alejándome del mostrador, así como de la entrada. Aquello, sumado a los silbidos que comencé a emitir, hizo que inevitablemente la mujer abandonara su puesto y me siguiera. Me alejé más y más, sin que la mujer se diera cuenta (o por lo menos así lo parecía). Cuando esta dobló la esquina en uno de los pasillos interiores, salté y le golpeé con la cola en la cara, haciendo que cayera redonda al suelo - Oh, vaya, siento mucho pisarte. No es por nada personal - dije con un notable tono sarcástico tras aterrizar sobre su cabeza  - Qué cojones, claro que es personal. Te jodes, no haber sido pelirroja - bajé de un salto, metiendo rápidamente lo que había cogido en mi bolsa, antes de darle una patada en la cabeza a la despreciable mujer y salir de aquel establecimiento, asegurándome de que nadie me viera.

- Bueno, pues esto sería todo. Espero que Rapax no tarde mucho en tenerla lista - murmuré mientras caminaba en dirección al lugar del que había venido, el manglar número 20, dónde se encontraba el Niebla de Guerra.



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[Presente relativo / Recolección] Lo que hay que hacer para ahorrarse unas monedas - por Korg - 29-01-2025, 02:29 PM

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