31-01-2025, 01:30 PM
Aquel tiempo de descanso en Sabaody nos había venido más bien de lo que esperábamos. La anterior isla en la que habíamos parado había sido un completo desastre. Nos habíamos tenido que recluir bajo tierra en una especie de búnker debido a los residuos tóxicos de la superficie. Apenas había tiendas o actividades de ocio decentes. Yo provenía de una pequeña isla, me conformaba con poco, pero qué menos que una tienda de ropa o un bar. En cambio, Sabaody nos recibió con un aire completamente distinto. No solo era el ambiente animado, las luces nocturnas, el gentío o la cantidad de tiendas. Había algo en aquel lugar, algo mágico y, al mismo tiempo, aterrador. Las burbujas flotantes que emergían del suelo ya que ellos árboles enormes que nacían en la tierra, se alzaban hacia el cielo y se sumergían en el mar, contribuían a crear aquella atmósfera especial. Sin embargo, no era capaz de dejarme llevar del todo por las maravillas de la isla. No me podía quitar de la cabeza las actividades que se llevaban a cabo en ella. La venta de personas me parecía una de las cosas más asquerosas de este mundo. En ella se veía reflejada perfectamente la hipocresía de los marines. Decían que daban su vida por la gente, que su trabajo era protegerles, pero todos miraban hacia otro lado cuando las familias más poderosas y adineradas comerciaban con personas como si fuesen sandías.
Intentaba no pensar en ello, ya que no había una solución, o al menos una sencilla en la que no acabásemos todos muertos. Tenemos que ir cumpliendo nuestros objetivos uno a uno. De momento, habíamos conseguido salvar a Emerald. Había partido en un barco hacia un lugar muy lejano. Me seguía preocupando que creyesen que ella tenía la fruta, lo último que quería era que comenzasen a perseguirla, pero tampoco podía ponerme a gritar a los cuatro vientos dónde se encontraba la fruta. Eso sería un suicidio, aunque era mejor a que persiguiesen a Emerald. Cuando llegase el momento ya valoraría cómo actuar, de momento teníamos otros objetivos que cumplir. Sasha y Tobías tenían que encargarse de conseguir otro barco, Kenzo debía entrenar, Garnet seguramente también se dedicase al entrenamiento, pero seguro que lo combinaba con alguna otra actividad, como intentar ligar con las mujeres de Sabaody, y Jolyne… no sabía qué narices estaba haciendo Jolyne. Tal vez dormir encima de las ramas de aquellos extraños árboles. Tenían pinta de ser tan pegajosos como ella.
A pesar de tener todo en contra, por lo menos había una buena noticia. No sabía qué pasaba con los marines, se suponían que iban a estar por toda la isla, pero no había visto ninguno por la zona en la que nos encontrábamos. Me parecía extraño, pero nos había venido muy bien. Gracias a la escasa vigilancia habíamos podido conseguir un alojamiento y nos podíamos desplazar por la calle, aunque intentaba llevar cuidado y salía lo mínimo posible por lugares muy concurridos, y especialmente por la noche. Había conseguido reponer mi fondo de armario después de haber perdido todo en el barco, así que no necesitaba a salir demasiado, tan solo daba algunos paseos por la noche y visitaba los bares y tabernas. Pero había algo más a lo que me había dedicado durante las mañanas. Madrugaba para levantarme a las seis de la mañana y dirigirme a un lugar apartado. A lo largo de todo el camino que habíamos recorrido hasta llegar a aquella parte de la isla había buen trecho de zona deshabitada, tan solo manglares y burbujas. Era el lugar perfecto para entrenar. Había intentado un par de veces controlar aquella nueva habilidad que me había otorgado la fruta del diablo, pero me había rendido y lo había dado por imposible. Por mucho que hiciera, por muchos consejos que pidiese, aquel extraño poder solo se manifestaba cuando alguien me tocaba. Ya estaba empezando a pensar que ese sería el poder, que ni cuerpo se convirtiese en fuego al ser tocado sin hacer uso del haki. Era un coñazo, pero mejor que nada. Tan solo me consolaba saber que Emerald estaría a salvo sin la fruta. El resto de días los había dedicado a tratar de entrenar mi haki. Mi maestro de Skypiea me había advertido que podría mejorar mi manejo de él, aunque siempre con ayuda, lo cual suponía un fastidio. No sabía dónde encontrar a alguien que pudiese ayudarme a entrenar me ha parecido demasiado extraño y preguntando por todas las islas que pisase, así que lo había estado intentando por mi cuenta. Creí que sería más sencillo, ya que conocía los fundamentos básicos, pero algo se me debía estar escapando, porque no llegaba a apreciar ninguna mejora. Me había percatado de que cada vez podía ampliar más mi alcance, pero estaba segura de que eso se debía a mi entrenamiento diario y que no era lo que se suponía que debía aprender.
Aquella mañana, como era habitual, me había despertado pronto para ir a entrenar a un lugar completamente aislado donde nadie me molestase ni me encontrase. Era una pequeña zona de campo abierto rodeada de manglares. De vez en cuando alguna burbuja se elevaba desde el suelo interrumpiendo mi entrenamiento, pero si esa era toda la molestia que iba a encontrarme, me daba por satisfecha. Me había acostumbrado muy rápidamente a que el curioso fenómeno, incluso se me ocurrió incluirlo en mi entrenamiento. Quería mejorar mi haki de observación. No tenía ni idea de que supondría, pero estaba segura de que mal no me vendría. Me plantaba de pie con ambas katanas en mis manos y con los ojos cerrados tratando de saber dónde aparecerían las burbujas para explotarlas. No había conseguido ningún resultado y sabía que aquel día no sería diferente, pero algo tenía que hacer para matar el tiempo. Como siempre, no había nadie alrededor, así que cerré los ojos y desenvainé mis katanas para comenzar con el entrenamiento. Expandí mi haki a tan solo tres metros a la redonda. No necesitaba más. Por mucho que intentaba presentir algo, ver aquellas burbujas, tan solo las oía explotar cuando ya habían llegado a una altura considerable o las notaba cuando pasaban a mi lado rozándome. Era bastante probable que estuviese haciendo mil cosas mal. Ni siquiera sabía si el haki realmente funcionaba así o podría detectar objetos inanimados. Abrí los ojos al darme cuenta de que aquel entrenamiento era una pérdida de tiempo justo cuando vi una de esas burbujas enormes pasar por mi lado. Con toda la rabia que pude, le asesté un corte con mi katana derecha.
—Wo wo. ¿Qué te ha hecho esa pobre burbuja? —Dijo una voz que procedía de mi lado izquierdo. Me giré inmediatamente esperando cualquier amenaza, pero tan solo había un hombre recostado con las piernas cruzadas entre el suelo y el tronco de uno de los árboles que apoyaba su cabeza sobre sus dos manos entrelazadas tras ella. Se encontraba a más de cinco metros de distancia, por eso no lo había podido detectar, aunque debería haber sido también bastante sigiloso para que no le hubiese oído. Hoy no parecía tener ganas de pelear ni haberme reconocido. Por su postura y su actitud daba la impresión de que tan solo había ido a descansar. Aún así, no me confié. —¿Y tú qué coño quieres? —le pregunté frustrada tras mi entrenamiento fallido. Tampoco creí que fuese a responderme. Yo me largaría de allí y nunca nos volveríamos a encontrar, pero su respuesta fue inmediata. —Qué mala leche. ¿Por lo menos puedo saber qué estás haciendo? Parece bastante ridículo.
Sentí cómo mi rostro se tornaba rojo de la rabia. Ese bueno para nada que seguramente se tirase los días vagueando a la sombra de los manglares no iba a decirme que mi entrenamiento era ridículo. Sin pensarlo, dirigí mi katana hacia él para señalar en su dirección con la punta. —No tengo por qué responder a un imbécil como tú, así que cierra el pico o te atravieso la garganta —. Sabía que no debíamos llamar la atención, pero dudaba que ese tipo dijese nada. Además, realmente no pensaba hacerle ni un rasguño, solo pretendía intimidarle. Su respuesta me dejó, de nuevo, perpleja. Comenzó a reír como un loco. No entendía qué le hacía tanta gracia. Había muchas personas perturbadas por el mundo y yo podía ser una de ellas. Pero claro, también él podía serlo. Este era el momento perfecto para practicar lo que había aprendido. Expandí aún más mi haki de observación para tratar de descubrir algo sobre él, por mínimo que fuese. Me quedé en mi posición, completamente inmóvil. Creí que sería un borracho o un sintecho sin nada más que hacer que tocar las narices, pero pude percibir que no era un tipo corriente. Parecía bastante poderoso, al menos más que las personas de a pie con las que nos solíamos cruzar. Por lo menos pude comprobar también que, en un principio, no parecía tener intenciones hostiles. Eso descartaba que se tratase de un cazarrecompensas, de un marine o de alguien enviado por la familia de tenryubitos que me hubiese reconocido. Vamos, que solo estaba ahí para molestar.
No tenía tiempo ni ganas de dejarme llevar por sus tonterías, así que me di media vuelta para largarme de allí, Pero antes siquiera de que pudiese dar un par de pasos su voz volvió a resonar en la quietud del bosque, solo interrumpida por las explosiones arbitrarias de las burbujas. —Oye, perdona, pero no soy yo el que está pegando espadazos a ciegas. De verdad quiero saber qué estabas haciendo —insistió algo desganado. Por su actitud y su tono de voz no parecía que estuviese muy interesado, pero entonces no entendía por qué preguntaba. Seguramente estuviese aburrido ahí tirado a la bartola. Pues si se había creído que yo era una especie de payaso de circo la llevaba clara. Si mi contestación anterior había sido borde y seca, no iba a quedarme corta con esta. Sin embargo, dudé un momento al percibir mediante el haki de observación que aquel tipo, aunque mostraba una actitud calmada y desapegada, sentía cierta curiosidad. Consideraba que se me daba bien detectar mentiras, pero no tanto interpretar las intenciones de la gente. Solía malpensar de todo el mundo. Ahora, gracias a aquella habilidad, podía ver más allá de lo que sus rostros mostraban.
—Estaba entrenando. Tal vez alguien como tú no lo comprenda, pero estaba tratando de dominar un poder especial llamado “haki”, así que no me molestes y ahórrate las preguntas, porque no pienso perder más el tiempo contigo explicándote nada —dije de forma tajante para dejarle claro que no pensaba responder a sus dudas sobre el haki. Lo único que me faltaba ahora era tener a un curioso husmeando, pero aquel hombre estaba lleno de sorpresas. De nuevo volvió a reírse, esta vez de forma mucho más sonora que antes. Probablemente fuese un ignorante al que lo que le había contado le sonaba a cuento. Estaba bastante convencida de ello, hasta que dejó de reír de pronto. —¿Y te crees que así vas a entrenar el haki? Tal y como imaginaba, ese entrenamiento tuyo es ridículo. ¿Quién te ha enseñado esa tontería?
Me sorprendió como hizo referencia al haki con total familiaridad. Incluso parecía, por su tono soberbio sobre mi entrenamiento, que él posee algún tipo de información o que podría llegar a hacerlo mejor que yo. No quería entrar al trapo. Pretendía cumplir mi palabra y marcharme sin dirigirle la palabra, pero no pude evitar sentir una mezcla entre curiosidad y ganas de ponerle en su sitio. —¿Te parece una tontería? Seguro que no tienes ni idea de lo que te estoy hablando. Es más, seguro que no has realizado un entrenamiento en tu vida —dije sin creer en mis propias palabras. No estaba en mala forma y ya había podido comprobar que su poder era superior a la media, pero no iba a permitir que quedase por encima de mí. El hombre esta vez no se rio, aunque tampoco parecía que se estuviese tomando en serio mis palabras. En todo momento continuó manteniendo una actitud molestamente calmada. —¿Te crees que eres la única capaz de utilizar el haki? No eres la primera persona a la que le tengo que dar una lección, literalmente hablando. Ni siquiera eres la primera rubia a la que le daría la lección. Si lo que intentas es predecir por dónde van a aparecer las burbujas no lo vas a conseguir así, desde luego.
Con su discurso tan solo conseguía que aumentase mi confusión. Yo no conocía el haki hasta que llegué a la isla del cielo y creía que era una habilidad que mucha gente desconocía. Tal vez fuese cierto, pero solo en las islas de los Blues. A medida que avanzaba en mi viaje iba aprendiendo cosas nuevas o, más bien, que para mí eran nuevas pero que podían ser de lo más comunes en las islas que visitaba. No sería de extrañar que este hombre tuviese ciertos conocimientos de haki. No parecía estar mintiendo ni tratando de confundirme, así que lo que tenía que averiguar entonces era hasta qué punto podía serme útil. —Ah, ¿si? —pregunté relajando tanto mi tono de voz como mi postura corporal, bajando mi arma para dejar de apuntarle con ella. Debía recular, pero tampoco pensaba rebajarme. —De acuerdo, digamos que te creo. ¿Cómo se supone entonces que sería la manera correcta de entrenar?
—Pues, para empezar, no estaría mal que antes de ponerte a pegar espadazos te quedases quietecita observando las burbujas. Has empezado muy fuerte cerrando los ojos de inmediato y sosteniendo tu arma. El haki no es una bola de cristal que te haga ver el futuro, consiste en la observación y en la simbiosis con el entorno —respondió rápidamente sin poner ninguna pega. No sabía cuál era su intención ni porque me daba aquella información de gratis, pero tampoco es que yo fuese a hacer un gran esfuerzo por obtenerla. —Y, si me quedo mirando con los ojos abiertos las burbujas, ¿cómo se supone que voy a aprender a verlas con los ojos cerrados? —continué preguntando para intentar sacarle la máxima información posible. No sabía hasta cuándo podría seguir sonsacándole, pero no perdía nada por probar. —Ya te he dicho que el haki no es una bola de cristal. Es un poder que despierta en tu interior, que potenciar tus sentidos hasta niveles insospechados. Para poder predecir el movimiento y trayectoria de las burbujas tendrás primero que observarlas. No siguen ningún patrón, así que tampoco te esfuerces en buscarlo, pero cuanto más las observes tu cuerpo más asimilará sus movimientos de forma inconsciente. Así que ya tienes trabajo, puedes pasarte todo el día sentada mirando las burbujas y luego ya podríamos hablar de la parte de cerrar los ojos y tratar de explotarlas —dijo poniéndose en pie y dándome la vuelta para marcharse como si nada.
—¡Oye! Pero… —antes de que pudiese decirle nada más, su figura comenzó a desaparecer entre los troncos de los manglares. Lo que me faltaba, ahora tendría que perder todo el día haciendo lo que me había dicho para comprobar si tenía razón. Aunque fuese así, ¿cómo narices se continuaba ese entrenamiento? ¿Volvería al día siguiente o me estaba tomando el pelo y nunca me lo volvería a encontrar? Sea cual fuese la respuesta, no podía arriesgarme a desconfiar de él y quedarme con los brazos cruzados, ya que eso supondría no poder continuar con mi entrenamiento de haki de observación. Envainé mi arma y me senté con las piernas cruzadas justo donde me encontraba. Al tratarse de una zona un poco despejada las burbujas no dejaban de aparecer del suelo de manera aparentemente irregular, tal y como me había advertido el desconocido, pero constante. No sabía si tenía que fijarme en algo concreto, él había dicho que no, que son las observase, y eso es lo que haría. Me abstraje observando a cada una de ellas, su forma de crearse en el suelo, su manera de elevarse, sus sutiles movimientos, y su fin entre las ramas altas de los manglares. En un principio no pude evitar observarlas de forma analítica, intentando descubrir algo que sus movimientos tuviesen en común, pero tras varios minutos, o quizá horas, de contemplación, comprendí que no debía entender ni descubrir nada, tan solo observar. Perdí la noción del tiempo y solo fui consciente de mí misma cuando el rugido de mi barriga me hizo salir del trance en el que me encontraba. Hoy todavía era de día, pero ya estaba comenzando a atardecer. Podría quedarme más tiempo, tal vez hasta la noche, pero no sabía si me podría mantener cuerda. Lo mejor sería descansar por hoy, así que me puse en pie, con mis piernas entumecidas, y comencé a caminar hacia el hostal para tener mi merecido descanso.
Al día siguiente volví a acudir al mismo lugar a la misma hora. Estaba algo descansada y había cenado bien, así que estaba dispuesta a aguantar lo que fuese necesario. Esperé durante un par de horas, pero el desconocido no apareció. Me senté en la misma posición que el día anterior y me dispuse a llevar a cabo la misma actividad. En ese momento, escuché unos pasos y le vi aparecer. No habíamos quedado de ninguna manera y no tenía ninguna obligación ni motivo para ayudarme, pero no iba a rechazar sus consejos si quería dármelos. Esta vez no dijo nada, tan solo se sentó a la sombra de uno de los manglares y volvió a dejar reposar su cabeza sobre las palmas de sus manos con total tranquilidad. —¿No me vas a decir nada? ¿Te vas a quedar ahí mirando y ya? —le espeté intentando, de nuevo, que me diese más pautas para continuar con aquel estúpido entrenamiento sin pedírselo directamente. El simplemente curvó la boca en un gesto de indiferencia, como si no tuviese ni idea de lo que le estaba hablando, pero de inmediato sonrió de forma burlona. —Así que al final te quedaste observando las burbujas. Eres bastante terca y te voy a ayudar, pero solo porque no tengo nada que hacer estos días y el aburrimiento me está matando. ¿Por qué no pruebas ahora a cerrar los ojos y quedarte sentada? Tal y como lo hiciste ayer. ¿Te crees que no te vi? No estuvo nada mal. Pocas personas tienen tanta paciencia. Así que prueba a hacer exactamente lo mismo que hiciste, pero con los ojos cerrados. No intentes sentir nada, solo recuerda el día de ayer.
Sus instrucciones parecían sencillas, pero ya conocía cómo era esto del haki de observación y el haki en general. Hasta las pautas más sencillas podían convertirse en un quebradero de cabeza. No le contesté, solo hice lo que me pidió. Tal vez mi error fuera ese, que estaba tratando de ver claramente aquellas burbujas o de que mágicamente me viniese a la mente dónde se encontraban y lo único que tenía que hacer era dejarme llevar. Sentada cerré mis ojos y dejé la mente en blanco. Al pensar en el día de ayer no pude evitar que las imágenes de las burbujas llenasen la oscuridad de mi ceguera. Las había observado demasiado tiempo. Sabia como se creaban, cómo se movían y cómo ascendían. En un principio apreciaba claramente las imágenes, pero poco a poco se fueron volviendo más abstractas hasta convertirse en sutiles movimientos multicolores. Los rayos del Sol reflejados en la superficie jabonosa dejaban una estela arcoíris casi imperceptible, pero que se había quedado grabada en mi pupila tras tantas horas de observación. Ahora podía verla claramente, la luz de distintos colores bailando y brillando por el suelo y el cielo, rodeándome, llamándome. Esto tenía que deberse a que ya se me había ido la cabeza del todo. Lo que estaba experimentando no se parecía en absoluto a lo que sentía y veía cuando utilizaba el haki. Esto parecía mucho menos real. Aun así, permanecía en el sitio concentrándome en aquellos destellos borrosos.
De nuevo, perdí la noción del tiempo, aunque no creía que hubiese pasado demasiado. Estaba totalmente concentrada en lo que sentía sin intentar percibir nada concreto, solo dejándome llevar por las sensaciones y mi subconsciente. Tras un tiempo transcurrido, sentí algo distinto. Esta vez uno de los brillos era más claro, más evidente. Este no realizaba un movimiento errático, Sino que describió una trayectoria fija. Lo vi aparecer del suelo y comenzó a elevarse lentamente. Ni siquiera lo estaba viendo realmente, se encontraba detrás de mí, en diagonal por el lado derecho. Me giré bruscamente y abrí los ojos en dirección a aquella sensación y me topé de frente con una de esas burbujas, justo donde creía que estaba. Mi primera reacción fue mirar hacia el tipo sorprendida y orgullosa. —¿Ves cómo no era tan difícil? Eso sí, Te ha llevado un buen rato y se te han escapado un montón de burbujas. Vas a tener que seguir entrenando mucho más —dijo poniéndose otra vez en pie para marcharse como el día anterior, justo cuando había dado por finalizada su lección, que nadie le había pedido.
—Oye, espera. No me has dicho ni cómo te llamas —le dije a apresurándome para que no se me escapase otra vez. No es que me importase demasiado, pero ahora que me había dado la clave para continuar con aquel entrenamiento sentía que estaba en deuda con él. Lo menos que podía hacer era conocer su nombre. —Me llamo Seiji. Si quieres volver a verme no te va a costar encontrarme, suelo frecuentar cualquier taberna que se ponga en mi camino, justo aquí, en esta zona de manglares. No estaría mal volvernos a encontrar y que me invitase a una cerveza, o a todas las que quieras.
Siguió caminando para marcharse y ya no vi más motivos para retenerle. Ahora que había aprendido otro método para concentrarme y para detectar presencias más sutiles y volátiles tenía que dedicar mucho tiempo al entrenamiento. Todavía no era la hora de comer, así que aproveché para continuar allí sentada con los ojos cerrados intentando volver a detectar las burbujas. Era cierto que tardaba demasiado, por cada diez que pasaban podía presentir una de ellas. Se trataba de un entrenamiento bastante adictivo, tanto que ni pensé en comer. A medida que continuaba con el entrenamiento era capaz de percibir más de aquellas burbujas. No solo eso, también probé a expandir mi haki para abarcar un espacio más amplio. En las primeras horas tan solo percibía una de cada tantas burbujas y algún pájaro posado en los manglares, pero el tiempo pasaba y mi percepción se iba agudizando. Desenvainé mis katanas y probé a practicar tal y como yo quería. Cada vez que sentía una burbuja deslizaba mis armas hacia el lugar para explotarla y comprobar si había acertado sin necesidad de abrir los ojos. Cada vez las burbujas se sucedían con mayor asiduidad y la cantidad de pájaros aumentaba. La cantidad de sensaciones era mucho más numerosa y la precisión de las imágenes me hizo sentir que casi podía ver las malditas burbujas.
No era la primera vez que utilizaba el haki, desde que lo había aprendido lo había empleado en diferentes ocasiones, aunque nunca en una situación bélica. Sin embargo, en esta ocasión era diferente. Muy diferente. Todo aquello que podía percibir a mi alrededor era mucho más claro, mucho más veloz, más dinámico y realista. No sabía cómo explicarlo. Desde luego, pero un asunto muy complicado. Aún después de haber comprendido un poco más sobre aquel poder, no sabía exactamente cómo funcionaba, cómo despertaba en nuestro interior. Solo sabía que algo dentro de mí se encontraba mucho más en sintonía con el universo. Aquel hombre que decía llamarse Seiji había dado en el clavo. Me daba la impresión de que mi cuerpo se había vuelto uno con lo que me rodeaba hasta el punto de que era capaz de predecir qué era lo que iba a ocurrir. Ya no solo se trataba de ver, ahora podía anticiparme ligeramente. Era como una premonición, lo mismo que ocurre cuando presientes que algo concreto va a suceder y sucede. No es magia, es, simplemente, tu subconsciente tratando de advertirte de aquello de lo que puede percatarse antes de que tú mismo lo asimiles.
Intentaba no pensar en ello, ya que no había una solución, o al menos una sencilla en la que no acabásemos todos muertos. Tenemos que ir cumpliendo nuestros objetivos uno a uno. De momento, habíamos conseguido salvar a Emerald. Había partido en un barco hacia un lugar muy lejano. Me seguía preocupando que creyesen que ella tenía la fruta, lo último que quería era que comenzasen a perseguirla, pero tampoco podía ponerme a gritar a los cuatro vientos dónde se encontraba la fruta. Eso sería un suicidio, aunque era mejor a que persiguiesen a Emerald. Cuando llegase el momento ya valoraría cómo actuar, de momento teníamos otros objetivos que cumplir. Sasha y Tobías tenían que encargarse de conseguir otro barco, Kenzo debía entrenar, Garnet seguramente también se dedicase al entrenamiento, pero seguro que lo combinaba con alguna otra actividad, como intentar ligar con las mujeres de Sabaody, y Jolyne… no sabía qué narices estaba haciendo Jolyne. Tal vez dormir encima de las ramas de aquellos extraños árboles. Tenían pinta de ser tan pegajosos como ella.
A pesar de tener todo en contra, por lo menos había una buena noticia. No sabía qué pasaba con los marines, se suponían que iban a estar por toda la isla, pero no había visto ninguno por la zona en la que nos encontrábamos. Me parecía extraño, pero nos había venido muy bien. Gracias a la escasa vigilancia habíamos podido conseguir un alojamiento y nos podíamos desplazar por la calle, aunque intentaba llevar cuidado y salía lo mínimo posible por lugares muy concurridos, y especialmente por la noche. Había conseguido reponer mi fondo de armario después de haber perdido todo en el barco, así que no necesitaba a salir demasiado, tan solo daba algunos paseos por la noche y visitaba los bares y tabernas. Pero había algo más a lo que me había dedicado durante las mañanas. Madrugaba para levantarme a las seis de la mañana y dirigirme a un lugar apartado. A lo largo de todo el camino que habíamos recorrido hasta llegar a aquella parte de la isla había buen trecho de zona deshabitada, tan solo manglares y burbujas. Era el lugar perfecto para entrenar. Había intentado un par de veces controlar aquella nueva habilidad que me había otorgado la fruta del diablo, pero me había rendido y lo había dado por imposible. Por mucho que hiciera, por muchos consejos que pidiese, aquel extraño poder solo se manifestaba cuando alguien me tocaba. Ya estaba empezando a pensar que ese sería el poder, que ni cuerpo se convirtiese en fuego al ser tocado sin hacer uso del haki. Era un coñazo, pero mejor que nada. Tan solo me consolaba saber que Emerald estaría a salvo sin la fruta. El resto de días los había dedicado a tratar de entrenar mi haki. Mi maestro de Skypiea me había advertido que podría mejorar mi manejo de él, aunque siempre con ayuda, lo cual suponía un fastidio. No sabía dónde encontrar a alguien que pudiese ayudarme a entrenar me ha parecido demasiado extraño y preguntando por todas las islas que pisase, así que lo había estado intentando por mi cuenta. Creí que sería más sencillo, ya que conocía los fundamentos básicos, pero algo se me debía estar escapando, porque no llegaba a apreciar ninguna mejora. Me había percatado de que cada vez podía ampliar más mi alcance, pero estaba segura de que eso se debía a mi entrenamiento diario y que no era lo que se suponía que debía aprender.
Aquella mañana, como era habitual, me había despertado pronto para ir a entrenar a un lugar completamente aislado donde nadie me molestase ni me encontrase. Era una pequeña zona de campo abierto rodeada de manglares. De vez en cuando alguna burbuja se elevaba desde el suelo interrumpiendo mi entrenamiento, pero si esa era toda la molestia que iba a encontrarme, me daba por satisfecha. Me había acostumbrado muy rápidamente a que el curioso fenómeno, incluso se me ocurrió incluirlo en mi entrenamiento. Quería mejorar mi haki de observación. No tenía ni idea de que supondría, pero estaba segura de que mal no me vendría. Me plantaba de pie con ambas katanas en mis manos y con los ojos cerrados tratando de saber dónde aparecerían las burbujas para explotarlas. No había conseguido ningún resultado y sabía que aquel día no sería diferente, pero algo tenía que hacer para matar el tiempo. Como siempre, no había nadie alrededor, así que cerré los ojos y desenvainé mis katanas para comenzar con el entrenamiento. Expandí mi haki a tan solo tres metros a la redonda. No necesitaba más. Por mucho que intentaba presentir algo, ver aquellas burbujas, tan solo las oía explotar cuando ya habían llegado a una altura considerable o las notaba cuando pasaban a mi lado rozándome. Era bastante probable que estuviese haciendo mil cosas mal. Ni siquiera sabía si el haki realmente funcionaba así o podría detectar objetos inanimados. Abrí los ojos al darme cuenta de que aquel entrenamiento era una pérdida de tiempo justo cuando vi una de esas burbujas enormes pasar por mi lado. Con toda la rabia que pude, le asesté un corte con mi katana derecha.
—Wo wo. ¿Qué te ha hecho esa pobre burbuja? —Dijo una voz que procedía de mi lado izquierdo. Me giré inmediatamente esperando cualquier amenaza, pero tan solo había un hombre recostado con las piernas cruzadas entre el suelo y el tronco de uno de los árboles que apoyaba su cabeza sobre sus dos manos entrelazadas tras ella. Se encontraba a más de cinco metros de distancia, por eso no lo había podido detectar, aunque debería haber sido también bastante sigiloso para que no le hubiese oído. Hoy no parecía tener ganas de pelear ni haberme reconocido. Por su postura y su actitud daba la impresión de que tan solo había ido a descansar. Aún así, no me confié. —¿Y tú qué coño quieres? —le pregunté frustrada tras mi entrenamiento fallido. Tampoco creí que fuese a responderme. Yo me largaría de allí y nunca nos volveríamos a encontrar, pero su respuesta fue inmediata. —Qué mala leche. ¿Por lo menos puedo saber qué estás haciendo? Parece bastante ridículo.
Sentí cómo mi rostro se tornaba rojo de la rabia. Ese bueno para nada que seguramente se tirase los días vagueando a la sombra de los manglares no iba a decirme que mi entrenamiento era ridículo. Sin pensarlo, dirigí mi katana hacia él para señalar en su dirección con la punta. —No tengo por qué responder a un imbécil como tú, así que cierra el pico o te atravieso la garganta —. Sabía que no debíamos llamar la atención, pero dudaba que ese tipo dijese nada. Además, realmente no pensaba hacerle ni un rasguño, solo pretendía intimidarle. Su respuesta me dejó, de nuevo, perpleja. Comenzó a reír como un loco. No entendía qué le hacía tanta gracia. Había muchas personas perturbadas por el mundo y yo podía ser una de ellas. Pero claro, también él podía serlo. Este era el momento perfecto para practicar lo que había aprendido. Expandí aún más mi haki de observación para tratar de descubrir algo sobre él, por mínimo que fuese. Me quedé en mi posición, completamente inmóvil. Creí que sería un borracho o un sintecho sin nada más que hacer que tocar las narices, pero pude percibir que no era un tipo corriente. Parecía bastante poderoso, al menos más que las personas de a pie con las que nos solíamos cruzar. Por lo menos pude comprobar también que, en un principio, no parecía tener intenciones hostiles. Eso descartaba que se tratase de un cazarrecompensas, de un marine o de alguien enviado por la familia de tenryubitos que me hubiese reconocido. Vamos, que solo estaba ahí para molestar.
No tenía tiempo ni ganas de dejarme llevar por sus tonterías, así que me di media vuelta para largarme de allí, Pero antes siquiera de que pudiese dar un par de pasos su voz volvió a resonar en la quietud del bosque, solo interrumpida por las explosiones arbitrarias de las burbujas. —Oye, perdona, pero no soy yo el que está pegando espadazos a ciegas. De verdad quiero saber qué estabas haciendo —insistió algo desganado. Por su actitud y su tono de voz no parecía que estuviese muy interesado, pero entonces no entendía por qué preguntaba. Seguramente estuviese aburrido ahí tirado a la bartola. Pues si se había creído que yo era una especie de payaso de circo la llevaba clara. Si mi contestación anterior había sido borde y seca, no iba a quedarme corta con esta. Sin embargo, dudé un momento al percibir mediante el haki de observación que aquel tipo, aunque mostraba una actitud calmada y desapegada, sentía cierta curiosidad. Consideraba que se me daba bien detectar mentiras, pero no tanto interpretar las intenciones de la gente. Solía malpensar de todo el mundo. Ahora, gracias a aquella habilidad, podía ver más allá de lo que sus rostros mostraban.
—Estaba entrenando. Tal vez alguien como tú no lo comprenda, pero estaba tratando de dominar un poder especial llamado “haki”, así que no me molestes y ahórrate las preguntas, porque no pienso perder más el tiempo contigo explicándote nada —dije de forma tajante para dejarle claro que no pensaba responder a sus dudas sobre el haki. Lo único que me faltaba ahora era tener a un curioso husmeando, pero aquel hombre estaba lleno de sorpresas. De nuevo volvió a reírse, esta vez de forma mucho más sonora que antes. Probablemente fuese un ignorante al que lo que le había contado le sonaba a cuento. Estaba bastante convencida de ello, hasta que dejó de reír de pronto. —¿Y te crees que así vas a entrenar el haki? Tal y como imaginaba, ese entrenamiento tuyo es ridículo. ¿Quién te ha enseñado esa tontería?
Me sorprendió como hizo referencia al haki con total familiaridad. Incluso parecía, por su tono soberbio sobre mi entrenamiento, que él posee algún tipo de información o que podría llegar a hacerlo mejor que yo. No quería entrar al trapo. Pretendía cumplir mi palabra y marcharme sin dirigirle la palabra, pero no pude evitar sentir una mezcla entre curiosidad y ganas de ponerle en su sitio. —¿Te parece una tontería? Seguro que no tienes ni idea de lo que te estoy hablando. Es más, seguro que no has realizado un entrenamiento en tu vida —dije sin creer en mis propias palabras. No estaba en mala forma y ya había podido comprobar que su poder era superior a la media, pero no iba a permitir que quedase por encima de mí. El hombre esta vez no se rio, aunque tampoco parecía que se estuviese tomando en serio mis palabras. En todo momento continuó manteniendo una actitud molestamente calmada. —¿Te crees que eres la única capaz de utilizar el haki? No eres la primera persona a la que le tengo que dar una lección, literalmente hablando. Ni siquiera eres la primera rubia a la que le daría la lección. Si lo que intentas es predecir por dónde van a aparecer las burbujas no lo vas a conseguir así, desde luego.
Con su discurso tan solo conseguía que aumentase mi confusión. Yo no conocía el haki hasta que llegué a la isla del cielo y creía que era una habilidad que mucha gente desconocía. Tal vez fuese cierto, pero solo en las islas de los Blues. A medida que avanzaba en mi viaje iba aprendiendo cosas nuevas o, más bien, que para mí eran nuevas pero que podían ser de lo más comunes en las islas que visitaba. No sería de extrañar que este hombre tuviese ciertos conocimientos de haki. No parecía estar mintiendo ni tratando de confundirme, así que lo que tenía que averiguar entonces era hasta qué punto podía serme útil. —Ah, ¿si? —pregunté relajando tanto mi tono de voz como mi postura corporal, bajando mi arma para dejar de apuntarle con ella. Debía recular, pero tampoco pensaba rebajarme. —De acuerdo, digamos que te creo. ¿Cómo se supone entonces que sería la manera correcta de entrenar?
—Pues, para empezar, no estaría mal que antes de ponerte a pegar espadazos te quedases quietecita observando las burbujas. Has empezado muy fuerte cerrando los ojos de inmediato y sosteniendo tu arma. El haki no es una bola de cristal que te haga ver el futuro, consiste en la observación y en la simbiosis con el entorno —respondió rápidamente sin poner ninguna pega. No sabía cuál era su intención ni porque me daba aquella información de gratis, pero tampoco es que yo fuese a hacer un gran esfuerzo por obtenerla. —Y, si me quedo mirando con los ojos abiertos las burbujas, ¿cómo se supone que voy a aprender a verlas con los ojos cerrados? —continué preguntando para intentar sacarle la máxima información posible. No sabía hasta cuándo podría seguir sonsacándole, pero no perdía nada por probar. —Ya te he dicho que el haki no es una bola de cristal. Es un poder que despierta en tu interior, que potenciar tus sentidos hasta niveles insospechados. Para poder predecir el movimiento y trayectoria de las burbujas tendrás primero que observarlas. No siguen ningún patrón, así que tampoco te esfuerces en buscarlo, pero cuanto más las observes tu cuerpo más asimilará sus movimientos de forma inconsciente. Así que ya tienes trabajo, puedes pasarte todo el día sentada mirando las burbujas y luego ya podríamos hablar de la parte de cerrar los ojos y tratar de explotarlas —dijo poniéndose en pie y dándome la vuelta para marcharse como si nada.
—¡Oye! Pero… —antes de que pudiese decirle nada más, su figura comenzó a desaparecer entre los troncos de los manglares. Lo que me faltaba, ahora tendría que perder todo el día haciendo lo que me había dicho para comprobar si tenía razón. Aunque fuese así, ¿cómo narices se continuaba ese entrenamiento? ¿Volvería al día siguiente o me estaba tomando el pelo y nunca me lo volvería a encontrar? Sea cual fuese la respuesta, no podía arriesgarme a desconfiar de él y quedarme con los brazos cruzados, ya que eso supondría no poder continuar con mi entrenamiento de haki de observación. Envainé mi arma y me senté con las piernas cruzadas justo donde me encontraba. Al tratarse de una zona un poco despejada las burbujas no dejaban de aparecer del suelo de manera aparentemente irregular, tal y como me había advertido el desconocido, pero constante. No sabía si tenía que fijarme en algo concreto, él había dicho que no, que son las observase, y eso es lo que haría. Me abstraje observando a cada una de ellas, su forma de crearse en el suelo, su manera de elevarse, sus sutiles movimientos, y su fin entre las ramas altas de los manglares. En un principio no pude evitar observarlas de forma analítica, intentando descubrir algo que sus movimientos tuviesen en común, pero tras varios minutos, o quizá horas, de contemplación, comprendí que no debía entender ni descubrir nada, tan solo observar. Perdí la noción del tiempo y solo fui consciente de mí misma cuando el rugido de mi barriga me hizo salir del trance en el que me encontraba. Hoy todavía era de día, pero ya estaba comenzando a atardecer. Podría quedarme más tiempo, tal vez hasta la noche, pero no sabía si me podría mantener cuerda. Lo mejor sería descansar por hoy, así que me puse en pie, con mis piernas entumecidas, y comencé a caminar hacia el hostal para tener mi merecido descanso.
Al día siguiente volví a acudir al mismo lugar a la misma hora. Estaba algo descansada y había cenado bien, así que estaba dispuesta a aguantar lo que fuese necesario. Esperé durante un par de horas, pero el desconocido no apareció. Me senté en la misma posición que el día anterior y me dispuse a llevar a cabo la misma actividad. En ese momento, escuché unos pasos y le vi aparecer. No habíamos quedado de ninguna manera y no tenía ninguna obligación ni motivo para ayudarme, pero no iba a rechazar sus consejos si quería dármelos. Esta vez no dijo nada, tan solo se sentó a la sombra de uno de los manglares y volvió a dejar reposar su cabeza sobre las palmas de sus manos con total tranquilidad. —¿No me vas a decir nada? ¿Te vas a quedar ahí mirando y ya? —le espeté intentando, de nuevo, que me diese más pautas para continuar con aquel estúpido entrenamiento sin pedírselo directamente. El simplemente curvó la boca en un gesto de indiferencia, como si no tuviese ni idea de lo que le estaba hablando, pero de inmediato sonrió de forma burlona. —Así que al final te quedaste observando las burbujas. Eres bastante terca y te voy a ayudar, pero solo porque no tengo nada que hacer estos días y el aburrimiento me está matando. ¿Por qué no pruebas ahora a cerrar los ojos y quedarte sentada? Tal y como lo hiciste ayer. ¿Te crees que no te vi? No estuvo nada mal. Pocas personas tienen tanta paciencia. Así que prueba a hacer exactamente lo mismo que hiciste, pero con los ojos cerrados. No intentes sentir nada, solo recuerda el día de ayer.
Sus instrucciones parecían sencillas, pero ya conocía cómo era esto del haki de observación y el haki en general. Hasta las pautas más sencillas podían convertirse en un quebradero de cabeza. No le contesté, solo hice lo que me pidió. Tal vez mi error fuera ese, que estaba tratando de ver claramente aquellas burbujas o de que mágicamente me viniese a la mente dónde se encontraban y lo único que tenía que hacer era dejarme llevar. Sentada cerré mis ojos y dejé la mente en blanco. Al pensar en el día de ayer no pude evitar que las imágenes de las burbujas llenasen la oscuridad de mi ceguera. Las había observado demasiado tiempo. Sabia como se creaban, cómo se movían y cómo ascendían. En un principio apreciaba claramente las imágenes, pero poco a poco se fueron volviendo más abstractas hasta convertirse en sutiles movimientos multicolores. Los rayos del Sol reflejados en la superficie jabonosa dejaban una estela arcoíris casi imperceptible, pero que se había quedado grabada en mi pupila tras tantas horas de observación. Ahora podía verla claramente, la luz de distintos colores bailando y brillando por el suelo y el cielo, rodeándome, llamándome. Esto tenía que deberse a que ya se me había ido la cabeza del todo. Lo que estaba experimentando no se parecía en absoluto a lo que sentía y veía cuando utilizaba el haki. Esto parecía mucho menos real. Aun así, permanecía en el sitio concentrándome en aquellos destellos borrosos.
De nuevo, perdí la noción del tiempo, aunque no creía que hubiese pasado demasiado. Estaba totalmente concentrada en lo que sentía sin intentar percibir nada concreto, solo dejándome llevar por las sensaciones y mi subconsciente. Tras un tiempo transcurrido, sentí algo distinto. Esta vez uno de los brillos era más claro, más evidente. Este no realizaba un movimiento errático, Sino que describió una trayectoria fija. Lo vi aparecer del suelo y comenzó a elevarse lentamente. Ni siquiera lo estaba viendo realmente, se encontraba detrás de mí, en diagonal por el lado derecho. Me giré bruscamente y abrí los ojos en dirección a aquella sensación y me topé de frente con una de esas burbujas, justo donde creía que estaba. Mi primera reacción fue mirar hacia el tipo sorprendida y orgullosa. —¿Ves cómo no era tan difícil? Eso sí, Te ha llevado un buen rato y se te han escapado un montón de burbujas. Vas a tener que seguir entrenando mucho más —dijo poniéndose otra vez en pie para marcharse como el día anterior, justo cuando había dado por finalizada su lección, que nadie le había pedido.
—Oye, espera. No me has dicho ni cómo te llamas —le dije a apresurándome para que no se me escapase otra vez. No es que me importase demasiado, pero ahora que me había dado la clave para continuar con aquel entrenamiento sentía que estaba en deuda con él. Lo menos que podía hacer era conocer su nombre. —Me llamo Seiji. Si quieres volver a verme no te va a costar encontrarme, suelo frecuentar cualquier taberna que se ponga en mi camino, justo aquí, en esta zona de manglares. No estaría mal volvernos a encontrar y que me invitase a una cerveza, o a todas las que quieras.
Siguió caminando para marcharse y ya no vi más motivos para retenerle. Ahora que había aprendido otro método para concentrarme y para detectar presencias más sutiles y volátiles tenía que dedicar mucho tiempo al entrenamiento. Todavía no era la hora de comer, así que aproveché para continuar allí sentada con los ojos cerrados intentando volver a detectar las burbujas. Era cierto que tardaba demasiado, por cada diez que pasaban podía presentir una de ellas. Se trataba de un entrenamiento bastante adictivo, tanto que ni pensé en comer. A medida que continuaba con el entrenamiento era capaz de percibir más de aquellas burbujas. No solo eso, también probé a expandir mi haki para abarcar un espacio más amplio. En las primeras horas tan solo percibía una de cada tantas burbujas y algún pájaro posado en los manglares, pero el tiempo pasaba y mi percepción se iba agudizando. Desenvainé mis katanas y probé a practicar tal y como yo quería. Cada vez que sentía una burbuja deslizaba mis armas hacia el lugar para explotarla y comprobar si había acertado sin necesidad de abrir los ojos. Cada vez las burbujas se sucedían con mayor asiduidad y la cantidad de pájaros aumentaba. La cantidad de sensaciones era mucho más numerosa y la precisión de las imágenes me hizo sentir que casi podía ver las malditas burbujas.
No era la primera vez que utilizaba el haki, desde que lo había aprendido lo había empleado en diferentes ocasiones, aunque nunca en una situación bélica. Sin embargo, en esta ocasión era diferente. Muy diferente. Todo aquello que podía percibir a mi alrededor era mucho más claro, mucho más veloz, más dinámico y realista. No sabía cómo explicarlo. Desde luego, pero un asunto muy complicado. Aún después de haber comprendido un poco más sobre aquel poder, no sabía exactamente cómo funcionaba, cómo despertaba en nuestro interior. Solo sabía que algo dentro de mí se encontraba mucho más en sintonía con el universo. Aquel hombre que decía llamarse Seiji había dado en el clavo. Me daba la impresión de que mi cuerpo se había vuelto uno con lo que me rodeaba hasta el punto de que era capaz de predecir qué era lo que iba a ocurrir. Ya no solo se trataba de ver, ahora podía anticiparme ligeramente. Era como una premonición, lo mismo que ocurre cuando presientes que algo concreto va a suceder y sucede. No es magia, es, simplemente, tu subconsciente tratando de advertirte de aquello de lo que puede percatarse antes de que tú mismo lo asimiles.
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