07-02-2025, 03:05 AM
Dos meses habían pasado desde que arribamos al Manglar 49, a bordo de aquel colosal buque acorazado, a esta pseudo isla que resultó ser un bosque sobre el mar. Dos meses tranquilos, sin trabajo, ni ajetreo pero al menos no fueron sepultados en un hormiguero para evitar intoxicarnos con el aire como la última vez, cosa que fue de agradecer. Con el paso de los días la temperatura fue descendiendo y con ello íbamos entrando cada vez más en el invierno.
No sólo bajaba la temperatura ambiental sino que también aumentó mi frialdad frente a la División. Estaba claro que mi forma de hacer las cosas no encajaba con el ambiente del grupo y que ellos, al contrario que yo, no eran personas divertidas pero tampoco iba a esforzarme por forzar en conseguir algo, por lo que esos dos meses los pasé sin dar noticias a nadie, a mi aire, tranquilo y sin ser el objeto fácil sobre el que descargar las frustraciones de terceros. Quizás eso sea lo mejor para todos al fin y al cabo.
Vestido con una chaqueta universitaria de color azul marino y mangas blancas por encima de mi uniforme de Marine (ya que el frío empezaba a rascar y el invierno no era especialmente de mi agrado) y la gorra del revés, volvía hacia el Cuartel de la Marina, con mi Waki de observación a doscientos cincuenta metros de rango por precaución. Durante nuestra estancia en Sabaody, no dio la impresión de ser un lugar problemático y fue todo bastante tranquilo pero dicen que la letra con sangre entra y yo aprendí la lección en Momoiro. Caminaba parsimonioso con la mirada hacia el suelo, con mi zurda metida en el bolsillo de la chaqueta y mi diestra sujetando una pequeña bolsa de papel. Habría ido más cómodo patinando pero no sé qué pasaba con esta isla que esa puta resina extraña que cubría el suelo, hacía que mis ruedas no deslizasen.
Me senté en un banco en frente del cuartel dejando mi mochila a mi lado y abrí la bolsa de papel. De ella saqué un croissant relleno con jamón y queso que compré en una panadería cercana, dispuesto a comenzar a desayunar. Quizás habría sido más sencillo desayunar en la propia cafetería del cuartel de la Marina pero la verdad era que no me apetecía aguantar el barullo y el caos de gente que no conocía, ni tenía el interés por ello. Otro cantar hubiese sido si por algún casual montasen algún tipo de festival o fiesta pero chicos, recordad que somos Marines y los Marines tienen prohibido pasárselo bien. Cosa irónica cuanto menos teniendo un cuartel tan grande cerca de un parque de atracciones.
Tras dar el primer mordisco y mirar hacia abajo, pude comprobar como un perro callejero me miraba fijamente a mis pies, hipnotizado seguramente por lo que llevaba en la mano. — ¿Tú también vas a quererme sólo un rato por interés, o qué? — hablaba con el perro como si pudiese entenderme o responderme. No me dio tiempo a seguir comiendo cuando el sonido de mi Den Den Mushi comenzó a sonar dentro de mi mochila. Era la voz de Karl, ordenando que nos reuniésemos con ella en el campo de entrenamiento del cuartel. Ni siquiera respondí, simplemente eché la cabeza hacia atrás mirando al suelo y solté un suspiro, soltando vaho por la boca debido al contraste de temperaturas.
Me eché la mochila al hombro, di un segundo mordisco a mi corto desayuno y me arrodillé para acariciar la cabeza del perro. — Proteger y servir, supongo. Hasta que nos volvamos a ver amigo — le di lo que quedaba de mi croissant al can y comencé a caminar hacia el cuartel.
Una vez dentro y notar como el suelo dejaba de tener resina, desenganché mi skate de la mochila y lo dejé caer a mis pies para desplazarme sobre ruedas por dentro del cuartel, sin importar si a alguien podría molestarle. No estaba haciendo nada malo pero la gente es demasiado rara, así que vete tú a saber. Podía comprobar como todo el mundo estaba más agitado de lo normal, yendo de un lado hacia otro como si hubiese algún tipo de protocolo en marcha, fuésemos a prepararnos para la guerra o qué sé yo. Mi desdén hacía un contraste enorme en medio de aquella escena y fue todavía más cuando escuché a uno de los reclutas hablar de que hoy volvía Joe "Freaking" Joestar. Si ya tenía pocas ganas de reunirme con la División después de que la líder me recriminase algo que no tenía que ver conmigo, imagina si encima iba a aparecer en escena aquel que se creía el gorila del zoo. Aquel que solucionaba todo a golpes queriendo aparentar autoridad en vez de tener el valor que se le exige a un líder.
Rápidamente llegué al campo de entrenamiento y a lo lejos pude comprobar la figura de Karl, su enorme tamaño siempre hacía que fuese fácilmente localizable. A medida que me iba acercando vi también que Fuguwu estaba allí, al igual que cuando entrenábamos el Waki, llegábamos los mismos en misma orden. — Cowabunga Fuwu — dije mientras me situé a su izquierda y, con un seco pisotón a la parte trasera de mi tabla, la hice volar hacia mi mano derecha para a continuación acoplarla a mi mochila y posarla en el suelo. Me dejé caer hacia atrás y, con una corriente de arena, amortigüé la caída para quedarme tumbado sobre esa arena, como si de una hamaca se tratase. Giré mi gorra para tapar mis ojos y coloqué mis manos en mi nuca, adoptando una postura relajada. No sabía qué hacíamos allí, ni a quién esperábamos, ni cuánto tardaría la cosa. Tampoco me importaba mucho.
No sólo bajaba la temperatura ambiental sino que también aumentó mi frialdad frente a la División. Estaba claro que mi forma de hacer las cosas no encajaba con el ambiente del grupo y que ellos, al contrario que yo, no eran personas divertidas pero tampoco iba a esforzarme por forzar en conseguir algo, por lo que esos dos meses los pasé sin dar noticias a nadie, a mi aire, tranquilo y sin ser el objeto fácil sobre el que descargar las frustraciones de terceros. Quizás eso sea lo mejor para todos al fin y al cabo.
Vestido con una chaqueta universitaria de color azul marino y mangas blancas por encima de mi uniforme de Marine (ya que el frío empezaba a rascar y el invierno no era especialmente de mi agrado) y la gorra del revés, volvía hacia el Cuartel de la Marina, con mi Waki de observación a doscientos cincuenta metros de rango por precaución. Durante nuestra estancia en Sabaody, no dio la impresión de ser un lugar problemático y fue todo bastante tranquilo pero dicen que la letra con sangre entra y yo aprendí la lección en Momoiro. Caminaba parsimonioso con la mirada hacia el suelo, con mi zurda metida en el bolsillo de la chaqueta y mi diestra sujetando una pequeña bolsa de papel. Habría ido más cómodo patinando pero no sé qué pasaba con esta isla que esa puta resina extraña que cubría el suelo, hacía que mis ruedas no deslizasen.
Me senté en un banco en frente del cuartel dejando mi mochila a mi lado y abrí la bolsa de papel. De ella saqué un croissant relleno con jamón y queso que compré en una panadería cercana, dispuesto a comenzar a desayunar. Quizás habría sido más sencillo desayunar en la propia cafetería del cuartel de la Marina pero la verdad era que no me apetecía aguantar el barullo y el caos de gente que no conocía, ni tenía el interés por ello. Otro cantar hubiese sido si por algún casual montasen algún tipo de festival o fiesta pero chicos, recordad que somos Marines y los Marines tienen prohibido pasárselo bien. Cosa irónica cuanto menos teniendo un cuartel tan grande cerca de un parque de atracciones.
Tras dar el primer mordisco y mirar hacia abajo, pude comprobar como un perro callejero me miraba fijamente a mis pies, hipnotizado seguramente por lo que llevaba en la mano. — ¿Tú también vas a quererme sólo un rato por interés, o qué? — hablaba con el perro como si pudiese entenderme o responderme. No me dio tiempo a seguir comiendo cuando el sonido de mi Den Den Mushi comenzó a sonar dentro de mi mochila. Era la voz de Karl, ordenando que nos reuniésemos con ella en el campo de entrenamiento del cuartel. Ni siquiera respondí, simplemente eché la cabeza hacia atrás mirando al suelo y solté un suspiro, soltando vaho por la boca debido al contraste de temperaturas.
Me eché la mochila al hombro, di un segundo mordisco a mi corto desayuno y me arrodillé para acariciar la cabeza del perro. — Proteger y servir, supongo. Hasta que nos volvamos a ver amigo — le di lo que quedaba de mi croissant al can y comencé a caminar hacia el cuartel.
Una vez dentro y notar como el suelo dejaba de tener resina, desenganché mi skate de la mochila y lo dejé caer a mis pies para desplazarme sobre ruedas por dentro del cuartel, sin importar si a alguien podría molestarle. No estaba haciendo nada malo pero la gente es demasiado rara, así que vete tú a saber. Podía comprobar como todo el mundo estaba más agitado de lo normal, yendo de un lado hacia otro como si hubiese algún tipo de protocolo en marcha, fuésemos a prepararnos para la guerra o qué sé yo. Mi desdén hacía un contraste enorme en medio de aquella escena y fue todavía más cuando escuché a uno de los reclutas hablar de que hoy volvía Joe "Freaking" Joestar. Si ya tenía pocas ganas de reunirme con la División después de que la líder me recriminase algo que no tenía que ver conmigo, imagina si encima iba a aparecer en escena aquel que se creía el gorila del zoo. Aquel que solucionaba todo a golpes queriendo aparentar autoridad en vez de tener el valor que se le exige a un líder.
Rápidamente llegué al campo de entrenamiento y a lo lejos pude comprobar la figura de Karl, su enorme tamaño siempre hacía que fuese fácilmente localizable. A medida que me iba acercando vi también que Fuguwu estaba allí, al igual que cuando entrenábamos el Waki, llegábamos los mismos en misma orden. — Cowabunga Fuwu — dije mientras me situé a su izquierda y, con un seco pisotón a la parte trasera de mi tabla, la hice volar hacia mi mano derecha para a continuación acoplarla a mi mochila y posarla en el suelo. Me dejé caer hacia atrás y, con una corriente de arena, amortigüé la caída para quedarme tumbado sobre esa arena, como si de una hamaca se tratase. Giré mi gorra para tapar mis ojos y coloqué mis manos en mi nuca, adoptando una postura relajada. No sabía qué hacíamos allí, ni a quién esperábamos, ni cuánto tardaría la cosa. Tampoco me importaba mucho.
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Aclaraciones
Bélico
Gastos
Karmas aplicados
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