[FIC - PASADO] El Leon, El Pez y La Cerveza
#1
Día 35 de Otoño, Año 14.
Archipiélago Sabaody, Manglar 70.
Cuartel de la Marina, 1900 horas.
 


 
El Manglar 70 de Sabaody era un hervidero de actividad. No tenía el bullicio de los manglares inferiores, aquellos donde la delincuencia y el tráfico de esclavos se movían entre las sombras, pero aún así, la vida vibraba con intensidad. El cuartel de la Marina se alzaba firme y ordenado en un claro del bosque de raíces titánicas, con sus muros blanquiazules impecables y el ajetreo de marines que entraban y salían. Más allá de la edificación, las pasarelas de madera y piedra serpenteaban entre los troncos colosales, conectando el área con los manglares vecinos. El olor salino del océano se mezclaba con el dulzón de la savia de los árboles y el lejano aroma a parrilla proveniente de algún local de comida. La base, construida sobre raíces colosales, estaba rodeada de muelles donde los barcos de la Marina descansaban alineados, sus cascos impecables reflejando la luna en las aguas tranquilas.
 
Las calles flotantes, reforzadas con tablones de madera bien mantenidos y barandas gruesas, estaban menos atestadas de delincuentes que en los manglares más bajos, pero aún así bullían de actividad. Oficiales en uniforme caminaban con pasos firmes, supervisando los alrededores, mientras reclutas y soldados se movían en grupos, compartiendo historias de patrullas y enfrentamientos en la Grand Line. Las cocinas del cuartel rugían con los fuegos de los hornos los cuales sacaban platillo tras platillo librando una batalla legendaria, repartiendo todo tipo de platillos rápidos para cumplir con las demandantes bocas y estómagos de los marines: brochetas de pescado ahumado, cuencos de arroz con algas crujientes, y boles de caldo espeso y aromático. La fragancia del aceite caliente y la brisa salina se mezclaban en el aire, creando un ambiente vibrante y acogedor. Aquí, la vida tenía una sensación de estabilidad que contrastaba con la incertidumbre de los manglares inferiores. Pero esa misma tranquilidad también lo hacía aburrido para quienes, como yo, buscaban un sitio más auténtico para tomar una cerveza.
 
La brisa nocturna soplaba fresca cuando me puse en marcha. James Brando, el mink león de nuestra división, me había invitado a tomar una cerveza el primer día a nuestra llegada al cuartel general. Dijo que seguramente había un lugar bueno en los manglares sesenta y algo, pero no especificó el número. Como no quería esperar en vano, decidí buscar un sitio por mi cuenta y quedarme en el mejor que encontrara. Las calles flotantes, iluminadas con farolillos de papel, ofrecían una gama de locales tan variada como la gente que los visitaba. Marines, cazadores de recompensas, civiles y mercaderes de todo tipo de mercancías iban y venían en las pasarelas de madera pulida por años de uso. Caminé entre el gentío, esquivando marineros ebrios y vendedores ambulantes que ofrecían desde brochetas de marisco hasta relojes de dudosa procedencia. Me detuve frente a varios bares. Algunos eran demasiado elegantes y caros, con camareros de uniforme y luces cálidas que prometían una experiencia refinada, alejada de la rudeza de un buen tarro de cerveza. Otros eran antros donde la madera podrida y el olor a tabaco viejo ahuyentaban incluso a las ratas.
 
Si el Manglar 70 era el símbolo del orden, los manglares 60-69 eran el corazón del comercio y el entretenimiento de Sabaody. Al caminar por los puentes de madera y pasarelas colgantes que conectaban los manglares, la atmósfera cambiaba con cada paso. La iluminación aquí no dependía solo de faroles marinos, sino de letreros de neón y antorchas colgadas en los balcones de los negocios. Las tiendas de armas, sastrerías y puestos de contrabando coexistían con restaurantes ruidosos, tabernas llenas de marineros y salones de juego donde el tintineo de las monedas nunca cesaba. En el Manglar 69, los bares estaban diseñados para oficiales de la Marina y comerciantes ricos, con decoraciones lujosas, lámparas colgantes de cristal y música en vivo interpretada por músicos refinados. Las mesas eran de madera oscura y las bebidas se servían en copas impecables. No era mi estilo. Más abajo, en los manglares 66-68, las tabernas eran más variadas. Había sitios pequeños y acogedores con paredes adornadas por mapas antiguos y redes de pesca, otros que parecían barcos varados convertidos en bares, con un suelo inclinado y el aroma persistente del salitre. Había sitios de mala muerte donde la gente discutía con cuchillo en mano, y otros más amigables, frecuentados por mercenarios y cazadores de recompensas que solo querían una noche tranquila. Fue en el Manglar 63 donde encontré lo que buscaba: un bar sin pretensiones, con una fachada de madera desgastada y una luz cálida filtrándose por las ventanas. No tenía nombre visible, solo un viejo barril clavado sobre la entrada, como una señal para quienes supieran leerla.
 
Finalmente había dado con el sitio perfecto. La fachada era de madera oscura con una gran puerta de doble hoja abierta de par en par, invitando a entrar. Adentro, la luz era tenue, con lámparas de aceite sobre cada mesa redonda de roble. Un mostrador largo de madera pulida se extendía a un lado, detrás del cual un hombre fornido con un mandil sucio limpiaba vasos con parsimonia. Las vigas del techo estaban adornadas con redes de pesca viejas y banderas de distintas tripulaciones que los clientes habían dejado a lo largo de los años. El aire olía a ron, cerveza y a la inconfundible humedad de Sabaody. El interior del bar estaba impregnado de historias. La luz era tenue, proporcionada por lámparas de aceite colgadas en vigas gruesas. La madera vieja crujía bajo mis pasos mientras avanzaba entre las mesas redondas de roble, donde marineros y mercenarios compartían tragos y risas. En las paredes, colgaban banderas raídas de tripulaciones desconocidas, anzuelos oxidados y cartas de navegación amarillentas por el tiempo. Había un aroma a ron derramado, a tabaco y a la humedad inconfundible del archipiélago. El mostrador era largo y robusto, pulido por años de uso. Detrás de él, el cantinero, un hombre ancho de hombros con el delantal manchado de cerveza y sal, limpiaba vasos con un paño grisáceo. Sobre los estantes de madera se alineaban botellas de todo tipo, desde ron añejo hasta extrañas bebidas traídas de los mares lejanos.
 
Tomé asiento en una mesa cerca de la pared, con vista al local. Cuando me senté y pedí una cerveza, el cantinero me miró con una ceja levantada – “¿Qué tipo de cerveza caballero del mar? Tenemos la espumosa de la isla Minion, amarga y fuerte. La negra de Swallow, densa y con notas de cacao. La rosa de Momoiro, ligera, pero con un golpe de especias. Y la dorada de Chika, suave, con un regusto afrutado.” – dijo señalando a diferentes barriles que se encontraban alineados detrás del mostrador, cada uno conectado a un sifón desde el cual el camarero servía la cerveza elegida.
 
La cerveza de Chika estaba por completo descartada, aunque dudaba que en realidad en ese lugar se pudiera producir algo comestible, la realidad es que ya la había visto beberla a la comodoro Karl aquella vez que visitamos el bar de Chika y no olía particularmente bien. La rosa de Momoiro solo me traía recuerdos de la paliza recibida por aquella revolucionaria piernas largas llamada Marcia, así que igual estaba descartada. La cerveza de la isla Minion era buena, la llegue a beber en varias ocasiones durante mi estancia en la base de la marina de aquella isla, por lo que la conocía bien, pero no era entrañable como tal. Por estas razones termine eligiendo la negra de Swallow. El camarero me sirvió en un tarro grueso de vidrio, la espuma rebosando ligeramente por el borde. Tomé un trago y el amargor del cacao y el café mezclado con la suavidad del alcohol se deslizó por mi garganta con una sensación reconfortante.

Desde mi mesa, observé la puerta, esperando a James Brando. La gente entraba y salía. Marineros jugaban a las cartas, un violinista rascaba una melodía melancólica en la esquina y el cantinero conversaba con un cliente sobre viejas rutas de navegación. Los minutos pasaron. La cerveza bajó un cuarto, luego la mitad. La gente entraba y salía. En la esquina, un grupo de marineros jugaba a las cartas mientras un par de músicos tocaban una melodía pausada con un violín y una guitarra. Seguían pasando los minutos, James no llegaba. Resoplé, cruzándome de brazos. No era propio de él. Aunque desgarbado y despreocupado en apariencia, James siempre había sido alguien de palabra. Miré la espuma que había quedado al fondo del tarro y, por un momento, recordé la Isla Gyojin. Mi hermano Fugowo y yo solíamos compartir momentos como este, aunque con chocolate caliente en lugar de cerveza. La nostalgia se enredó en mi pecho como una corriente marina inesperada.
 
Me giré, llamando al cantinero para pedir otra ronda. Ya que había venido hasta aquí, al menos aprovecharía la noche. Con el tiempo, la resignación se asentó en mí. James Brando no llegaría. Algo debió haberle surgido o simplemente me había dejado plantado. Terminé la segunda cerveza y me puse en pie. No valía la pena seguir esperando. Pagué mi cuenta y salí al aire fresco, inhalando el aroma salobre del archipiélago. La noche seguía viva, con el murmullo de las olas y el murmullo de la gente mezclándose en el aire. Caminé de regreso al cuartel con pasos tranquilos, sin apuro. Después de todo, siempre habría otra ocasión para compartir una bebida. Y si James tenía una buena excusa, se la haría pagar con la próxima ronda.

Resumen
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[FIC - PASADO] El Leon, El Pez y La Cerveza - por Fuguwu - 12-02-2025, 11:42 AM

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