15-02-2025, 01:30 AM
Leyenda (Guía de color)
No me sorprendió lo más mínimo la reacción de Machete Ponzoñoso Ashura al nuevo cartel de Se Busca de su no tan amigo Kisuke Kageyama. Aun así, había una cosa que el tipo de cuernos y malos humos había pasado por algo. La recompensa del moreno era seis millones más alta que la suya. Aunque una parte de mí quería corregir al oni en su error, decidí hacer caso a mi parte más inteligente y limitarme a quedarme en silencio y ver cómo este parecía una tetera hirviendo - Tampoco soy yo aquí tan tonto como para ir pidiendo boletos para el machetazo que se sortea, la verdad - pensé, negando con la cabeza - Sin problema. La verdad es que yo tampoco es que tenga ganas de matarle. Quiero decir, nos sale más a cuenta hacer como con su amigo pelirrojo. De hecho, si le capturamos podemos pedirle a su amigo el cíclope que nos pague. Pero bueno, ya pasado el descuento de inauguración puedes pedir más dinero - expliqué lo cual a todas luces parecía un buen modelo de negocio - Porque viendo como terminó el cuartel de la marina de la última isla, seguramente sería bastante complicado eso de llevar a ese señor para que nos dieran una recompensa por él - asentí mientras el tipo de la mala hostia seguía hablando.
Por alguna razón que no llegaba a comprender, el resto de los que se encontraban en la cubierta, en vez de tomar la decisión lógica de coger y convencer entre todos al señor que vivía a base de impulsos para así irnos pitando de aquel sitio antes de que unos uniformados trataran de purgarnos junto a más personas que no simpatizaban en demasía con la legalidad vigente, fueran cuales fueran las razones, prefirieron hablar sobre lo poco que les gustaban los marines. A mí tampoco me gustan los marines. No es que tenga algo personal contra todos ellos. Bueno, la verdad es que sí, después de lo de mis niños, tengo algo personal contra ellos, ojalá se pudran todos. Pero eso no era lo que quería decir. La cuestión es que, si bien los marines no me gustan un pelo, hay algo que me gusta todavía menos, y eso es que me maten. O por lo menos que lo intenten. Por si aquello fuera poco, el tipo alto y enfadado parecía haberse tomado en lo personal el hecho de la purgación. No voy a ser yo el que diga que no me lo esperaba, ni mucho menos, pues con Ashura ese es el pan de cada día a decir verdad. Bueno, menos algún día suelto en el que parece incluso que está contento (supongo que porque ese día habrá estado manoseándose con su machete ponzoñoso o algo por el estilo, a juzgar por los extraños ruidos que se escuchan a veces desde su camarote. Aunque también podría ser que esté delirando o intentando matar a cocoman, como esta mañana). El tema era que para sorpresa de absolutamente nadie Ashura había decidido ir a liarla a la casa de subastas, y no solo eso si no que le había dicho a Rapax que llamara la atención como quisiera - Lo que nos faltaba. Que encima le diga al amigo que se ponga a montar una fiesta - pensé, suspirando. Si había alguien a quien le gustaba llamar la atención y parecía no conocer aquello que se llamaba discreción ese era el señor que hablaba con un comida de lujo, pero el otro feo del grupo parecía que tampoco llevaba demasiado bien eso de hacer las cosas con cabeza y precaución, como bien dejó ver al enseñarle sus poderes a la rana ninja (la cual perdió el brazo, pobrecita, aunque me de un sarpullido si le toco) y al tipo de la máscara y las alas (no, a Artur no, al otro al que no conocíamos de nada en aquel momento ¿Cuáles son las probabilidades de encontrar a dos señores con alas y que lleven máscara? Posiblemente más que las de tener una mano perfecta sin tener que hacer mulligan, pero aun así seguía siendo raro. Aunque en su defensa, había que destacar que eran bastante distintos el uno del otro, pues uno de ellos tendía a desnudarse en los momentos más aleatorios, por decir algo). Por suerte para nosotros (o por lo menos para mí, que trataba de pasar desapercibido de cierta forma), el tipo de pelo blanco y cara poco agradable parecía con menos ganas de lo normal de ser el centro de atención - Supongo que será cosa del frío. A mí también me da ganas de quedarme dentro con una mantita y chocolate echando unas partidas - pensé, relajándome. Craso error eso de relajarme, pues cuando pensaba que alguien había entrado en razón e iba a decirle que lo mejor era aprovechar aquella movilización tan masiva de tropas para ir a liarla a otra parte, fue y le dijo que quería echar abajo la casa de subastas. No pude evitar llevarme la mano derecha a la cara, mientras me sentaba en el hombro del que seguramente fuera el tipo más feo del lugar, con permiso del feo de Rapax, sin dejar de rascarme la cicatriz de mi mano izquierda - Madre de dios ¿Y no le valía con un pastel y un aplauso grupal como regalo de cumpleaños? ¿Qué pasa, que quiere fundar Demoliciones Rapax el Feo y no sabe cómo pedirle financiación a Ashura? - me pregunté, algo confuso. Habían pasado ya unos instantes desde que había dejado de pensar con la claridad con la que acostumbraba - Pues a mí que no me pida dinero, que estoy pelado, a decir verdad - murmuré. Dijo después algo de que teníamos que ir con precaución y que cualquier imprudencia podía costarnos la vida - Podría haber dicho solo eso, y omitir el tema de demoler un edificio que a todas luces parecía que iba a estar hasta arriba de gente - Me quedé un rato pensando, mientras veía al hombre bajar del barco - Casa de subastas, casa de subastas... juraría que he visto algo de eso en uno de mis paseos... - tenía que recordar rápido, pues lo último que nos faltaba era que encima nos perdiéramos de camino a la casa - Es verdad. Alguien me dijo que podía encontrar acero en la casa de subastas del manglar cincuenta, mientras buscaba las cosas para esta pequeñina - saqué mi brillante arma, sonriendo al ver el brillo del sol en sus dos hojas, antes de guardarla - ¿Cincuenta, has oído? - pregunté al tipo en el que me encontraba sentado. No tenía para nada ganas de ir a aquel lugar, pero entre quedarme yo solo en el barco a la espera de que estos decidieran volver después de su paseo o ir con ellos, prefería la opción que implicaba que hubiera seis personas que medían entre cinco y quince veces lo que yo y los cuales parecía que no sabían hacer otra cosa que llamar la atención, cosa que me ayudaría a pasar desapercibido, seguramente. Ahora tenía que limitarme a pasar desapercibido, no morirme, y aprovechar el caos y la confusión para ver si podía sacar algo de pasta o en su defecto encontrar alguna cartita brillante que nadie fuera a echar de menos. Si había algo que solía haber en las subastas eran cartas caras, y sacar alguna que otra sin tener que pagar un berrie sonaba de lo más tentador
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