18-02-2025, 02:54 PM
Bosque de la isla Korossasu.
09:36H. Día 53 de invierno. Año 14
09:36H. Día 53 de invierno. Año 14
Ya habían pasado más de una treintena de días desde que la mink zorra se había instalado en el bosque de la apacible isla Korossasu, en este tiempo se había consagrado como la dueña de la arboleda por dedicarse a lo que mejor hacían los de su especie, sobrevivir. Día a día se vio enfrentando a la adversidad más salvaje que la isla tenía para ofrecerle, y día tras días salía victoriosa de cada prueba que la naturaleza le ponía, ni los lobos ni los osos eran rivales para ella, y con el tiempo la fauna local empezó a entender que era mejor no intentar molestar a la Zorra Negra, sin embargo los humanos son animales que no se rigen por las mismas normas, y aún sabiendo de qué es capaz, pues algunos ya habían probado sus potentes patadas, seguían viéndola como inferior, solo por el hecho de ser una mink. Los pueblos tienen muchas cosas buenas, pero la discreción nunca será una de esas cosas, un rumor corre como la pólvora prendida, y una realidad lo hace el doble de rápido, cuando Rick, el hijo de un gran terrateniente de la isla, empezó a hablar de lo que él y su padre habían descubierto en el bosque la gente se sorprendió, los minks son una raza exótica y difícil de ver, y ellos tenían uno en su isla, muchos celebraron poder conocer a un espécimen de otra raza por la curiosidad que despertaba en ellos el funcionamiento de estos animales antropomórficos, otros, sin embargo, recibieron la noticia con miedo y preocupación, si esa bestia, como la llamaban los más reacios a confiar en ella, era capaz de hacer frente a una manada de lobos, ¿Qué no podría hacer con ellos, los humanos?
Aún no siendo mayoría sus discursos acabaron calando en las partes más neutrales de la población, haciendo que el sentimiento de intranquilidad creciera cada vez que se mencionaba el tema, llegando incluso a calar entre los comerciantes que, con moderada asiduidad, llegaban a la isla para vender sus productos y comprar mercancías que vender en sus islas de origen, con el pasar de los días todos en Pueblo Cobo eran conscientes de su situación, unos la aceptaban con orgullo y otros la rechazaban con miedo, el boca a boca había deformado la historia original, pues cada uno daba una versión propia en base a lo que había entendido de quien se lo había contado, y el rumor de una bestia peligrosa habitando en el bosque de la isla llamó la atención de viajeros y comerciantes, y con el tiempo llegó a los oídos de una tripulación pirata que empezaba a hacerse un nombre en el West Blue por saquear barcos mercantes interceptandolos durante el viaje de vuelta a sus islas. La idea de dominar a una bestia a la que todos temían se le antojaba muy apetecible a la cabeza de estos piratas, y por ello ordenó a su tripulación de diez hombres poner en marcha el barco para tomar tierra en la costa de Korossasu lo antes posible. — Muy bien panda de simios, quiero que este barco vuele, ¿Está claro? — un sonoro coro de afirmación respondió, de parte de la tripulación. — Esa bestia del bosque va a convertirse en mi nueva mascota, y si no quiere someterse… — una sádica sonrisa se dibujó en el rostro de la capitana de estos piratas mientras acariciaba las cadenas que colgaban de su arma, consiguiendo un ruido metálico que muchos de sus subordinados había escuchado - y sentido - más de una vez. La capitana se puso en pie para sentir en su rostro la brisa marina y dejar que esta misma acariciase su pelirroja cabellera, pocas cosas disfrutaba más que someter a los más débiles, y la idea de hacer eso mismo pero con un animal salvaje que poder domesticar a base de pura fuerza bruta era algo simplemente demasiado bueno para dejarlo pasar.
Pero eso estaba sucediendo en el mar, en el bosque de la isla Korossasu, ajena completamente a todo esto, Berry despertaba en su campamento improvisado, con restos de la cena aún intactos porque ningún animal en el bosque se atrevía ya a intentar quitarle la comida. El día empezaba como uno cualquiera, el viento mecía las ramas y el sacudir de las hojas era el coro perfecto para acompañar al canto de los pájaros que apagaba el silencio de la noche del mismo modo que la luz del Sol encendía el cielo, la vida en el bosque comenzaba a abandonar el letargo nocturno y a activarse poco a poco.
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