28-02-2025, 06:42 AM
Mis palabras cayeron en saco roto. Pude ver perfectamente como las tres personas a las que había decidido confrontar para proteger aquella casa de subastas tomaban distintas decisiones, pero todas con el mismo destino. Ninguno parecía querer obedecer mi orden de rendirse, pues en lugar de ello, daba la sensación de que su determinación por resistirse iba a convertirse en su primer paso dentro de la prisión de Impel Down. El humano más alejado optaba por una posición defensiva. La mujer comenzaba a intentar flanquearme. Y mientras esto sucedía el humeante demonio encolerizado frente a mí movía su brazo lenta y torpemente hacia mí. Ya había avisado de mis intenciones y mi reacción ante la posible negativa por su parte a obedecerme, así que tras ello me veía obligado a emplear la fuerza para reducirles, y eso iba a hacer.
Mientras veía los lentos y tediosos movimientos de aquella mujer corriendo en tacones describiendo un arco hacia mí, y el igualmente ralentizado movimiento de brazo del oni para encarar mi rostro, fruncí el ceño como única señal de liberación de poder, emitiendo una gran cantidad de viento comprimido desde mi centro de gravedad, produciendo un gran choque de aire de tales dimensiones que era capaz de cubrir todo el espacio entre mi posición y las barreras naturales que se habían formado con el ataque de los patriotas, empujando los cuerpos de los tres criminales contra la pared más lejana y opuesta al flanco en el que yo estaba.
El movimiento fue abrupto, rápido y certero - si es que algo de tales dimensiones y magnitud podía ser certero - y estampó el trío de cuerpos prácticamente al unísono, aunque debido a sus posiciones hubo una pequeña diferencia de movimiento. Kisuke llegó el primero al ser el que estaba más atrasado, seguido por Triana, y finalmente por el loco Ashura.
Aun así sabía que un movimiento como este no iba a acabar con ellos, se desde la peor calaña cuyas cabezas estaban muy cerca de alcanzar el valor de medio billón, así que decidí completar mi movimiento con algo que pudiera ponerlos en jaque, con el mejor de los casos acabar con alguno de ellos.
Suspiré con pesadez y volví a bajar la mano a la empuñadura de mi espada, y empecé a desenvainar despacio, mientras soplaba una bocanada de viento continua hacia la hoja de esta, según se iba descubriendo. Continuó soplando a un después de haberla desenvainado por completo, y colocándola en horizontal al suelo hacia mi lateral derecho, la hoja finalizó con un recubrimiento de viento - que no duraría mucho - que la alargaba hasta los sesenta metros, impactando la punta de esta contra el muro que había más a mi derecha, y con un único y rápido movimiento de barrido lateral, cubrí horizontalmente todo el terreno de batalla, realizando un único corte a la altura de mi pecho, buscando cercenar a los tres prófugos de la justicia. Tan solo un metro separaba el suelo de mi corte, y la ensordecedora vibración de un tornado sacudió el improvisado campo de enfrentamiento conforme avanzaba por este, profetizando un final doloroso y brutal para mis enemigos.
— Último aviso — dije seriamente mientras el viento acumulado en la expandida hoja de Juramentada se desvanecía y desaparecía, volviendo a tener mi arma su tamaño habitual, y empezando a caminar hacia ellos, llegando al punto central del círculo, o cuadrado, o lo que fuera el terreno donde estábamos, quedando veinticinco metros de todas las paredes y de la puerta de la casa de subastas, que había aguantado el empuje de mi técnica sólidamente. Ahora, con el segundo y último aviso dado - pues estaba seguro de que no iban a morir con eso - esperé a ver sus reacciones.
Mientras veía los lentos y tediosos movimientos de aquella mujer corriendo en tacones describiendo un arco hacia mí, y el igualmente ralentizado movimiento de brazo del oni para encarar mi rostro, fruncí el ceño como única señal de liberación de poder, emitiendo una gran cantidad de viento comprimido desde mi centro de gravedad, produciendo un gran choque de aire de tales dimensiones que era capaz de cubrir todo el espacio entre mi posición y las barreras naturales que se habían formado con el ataque de los patriotas, empujando los cuerpos de los tres criminales contra la pared más lejana y opuesta al flanco en el que yo estaba.
El movimiento fue abrupto, rápido y certero - si es que algo de tales dimensiones y magnitud podía ser certero - y estampó el trío de cuerpos prácticamente al unísono, aunque debido a sus posiciones hubo una pequeña diferencia de movimiento. Kisuke llegó el primero al ser el que estaba más atrasado, seguido por Triana, y finalmente por el loco Ashura.
Aun así sabía que un movimiento como este no iba a acabar con ellos, se desde la peor calaña cuyas cabezas estaban muy cerca de alcanzar el valor de medio billón, así que decidí completar mi movimiento con algo que pudiera ponerlos en jaque, con el mejor de los casos acabar con alguno de ellos.
Suspiré con pesadez y volví a bajar la mano a la empuñadura de mi espada, y empecé a desenvainar despacio, mientras soplaba una bocanada de viento continua hacia la hoja de esta, según se iba descubriendo. Continuó soplando a un después de haberla desenvainado por completo, y colocándola en horizontal al suelo hacia mi lateral derecho, la hoja finalizó con un recubrimiento de viento - que no duraría mucho - que la alargaba hasta los sesenta metros, impactando la punta de esta contra el muro que había más a mi derecha, y con un único y rápido movimiento de barrido lateral, cubrí horizontalmente todo el terreno de batalla, realizando un único corte a la altura de mi pecho, buscando cercenar a los tres prófugos de la justicia. Tan solo un metro separaba el suelo de mi corte, y la ensordecedora vibración de un tornado sacudió el improvisado campo de enfrentamiento conforme avanzaba por este, profetizando un final doloroso y brutal para mis enemigos.
— Último aviso — dije seriamente mientras el viento acumulado en la expandida hoja de Juramentada se desvanecía y desaparecía, volviendo a tener mi arma su tamaño habitual, y empezando a caminar hacia ellos, llegando al punto central del círculo, o cuadrado, o lo que fuera el terreno donde estábamos, quedando veinticinco metros de todas las paredes y de la puerta de la casa de subastas, que había aguantado el empuje de mi técnica sólidamente. Ahora, con el segundo y último aviso dado - pues estaba seguro de que no iban a morir con eso - esperé a ver sus reacciones.
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