Seguía caminando lentamente, alejándome de Quetzalli y Artur, esperando que aquel marine comenzara una conversación, ya que no se al resto pero yo sentía la curiosidad de el por qué había pasado de ser un pez a un perro. Pero ingenuo de mi, olvidé que pese a su aspecto de gyogin, seguía siendo lo que seguía siendo, un marine sin compasión, sin modales, los cuales prefieren contestar con violencia que con palabras.
Antes de que pudiera reaccionar siquiera Fuguwu se había lanzado sobre mi de un salto. Asestando dos potentes golpes contra mi cara y estómago. Era rápido, apenas pude verlos, de hecho me recordaron a aquellos puñetazos que recibí del señor de rossa, sintiendo el frío metal de sus guanteletes impactando sobre mi piel, además de sus espinas, las cuales también perforaron mi carne.
Por si no fuera suficiente un tercer puñetazo impactó en mi único brazo. Por un momento dejé de respirar como si por hacerlo aquel último golpe fuese a doler menos. Sin duda alguna este había sido más fuerte que sus dos primeros ataques al punto que salí despedido, rodando por el suelo como si fuese una pelota hasta terminar unos cuantos metros más a mi izquierda, hasta terminar tendido en el suelo hacia abajo.
Pude sentir como mi sangre brotaba de mi cabeza y boca, incluso llegué a vomitar algo de esta. La ofensiva había sido devastadora. “Mierda, ¿por qué los marines eran tan fuertes en esta isla?” Pensé a la par que me levantaba. Intenté mover mi mano y al parecer tenía el brazo algo entumecido pero podía moverlo. “Que cabrón, este tío ha ido a por mi único brazo, definitivamente sabe lo que hace.” Volví a escupir en el suelo, pero más que saliva lo único que arrojé fue sangre. Respiré el gélido aire de aquel lugar mientras mis ojos inyectados en sangre se clavaban desde la lejanía en nuestro rival.
Sin apartar la mirada rebusqué el último objeto que me quedaba en mi bolsa, un bento bastante grande, el cual tenía pensado comer más tranquilo en esta ocasión. Pero la situación lo requería. Lo abrí y arrojé toda la comida a mi boca engulléndola sin apenas masticar, para tras ello volví a respirar profundamente para acto seguido salir corriendo, siguiendo el reguero de sangre que mi cuerpo había dejado mi cuerpo en el suelo, tras salir despedido.
No quería volver a ser un inútil en este combate. Lo reconocía, en este estado no iba a poder ayudar mucho, pero me negaba a huir, me negaba a rendirme. Apoyé mi mano sobre la guarda de mi espada para finalizar saltando hasta casi llegar al mismo lugar donde había sido golpeado.
Antes de que pudiera reaccionar siquiera Fuguwu se había lanzado sobre mi de un salto. Asestando dos potentes golpes contra mi cara y estómago. Era rápido, apenas pude verlos, de hecho me recordaron a aquellos puñetazos que recibí del señor de rossa, sintiendo el frío metal de sus guanteletes impactando sobre mi piel, además de sus espinas, las cuales también perforaron mi carne.
Por si no fuera suficiente un tercer puñetazo impactó en mi único brazo. Por un momento dejé de respirar como si por hacerlo aquel último golpe fuese a doler menos. Sin duda alguna este había sido más fuerte que sus dos primeros ataques al punto que salí despedido, rodando por el suelo como si fuese una pelota hasta terminar unos cuantos metros más a mi izquierda, hasta terminar tendido en el suelo hacia abajo.
Pude sentir como mi sangre brotaba de mi cabeza y boca, incluso llegué a vomitar algo de esta. La ofensiva había sido devastadora. “Mierda, ¿por qué los marines eran tan fuertes en esta isla?” Pensé a la par que me levantaba. Intenté mover mi mano y al parecer tenía el brazo algo entumecido pero podía moverlo. “Que cabrón, este tío ha ido a por mi único brazo, definitivamente sabe lo que hace.” Volví a escupir en el suelo, pero más que saliva lo único que arrojé fue sangre. Respiré el gélido aire de aquel lugar mientras mis ojos inyectados en sangre se clavaban desde la lejanía en nuestro rival.
Sin apartar la mirada rebusqué el último objeto que me quedaba en mi bolsa, un bento bastante grande, el cual tenía pensado comer más tranquilo en esta ocasión. Pero la situación lo requería. Lo abrí y arrojé toda la comida a mi boca engulléndola sin apenas masticar, para tras ello volví a respirar profundamente para acto seguido salir corriendo, siguiendo el reguero de sangre que mi cuerpo había dejado mi cuerpo en el suelo, tras salir despedido.
No quería volver a ser un inútil en este combate. Lo reconocía, en este estado no iba a poder ayudar mucho, pero me negaba a huir, me negaba a rendirme. Apoyé mi mano sobre la guarda de mi espada para finalizar saltando hasta casi llegar al mismo lugar donde había sido golpeado.
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Belico y posiciones
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