13-03-2025, 08:17 PM
La Marina. Para algunos, el escudo que mantiene a raya la anarquía, los héroes que defienden la justicia y el orden. Para mí, un grupo de hombres bien alimentados y aún mejor pagados, cuyo sentido de la moral depende de quién tenga más dinero para comprarlo. No es que no haya buenos marines, los hay, claro, como en cualquier parte hay idiotas que creen en lo que hacen. Pero la institución en sí… está podrida hasta la médula.
El Reino de Ilisia lo sabe bien. La ley en sus calles no la dictan estos tipos con uniforme blanco y azul, sino los nobles, los comerciantes con bolsillos profundos, los mismos que pueden permitirse cometer crímenes a plena luz del día sin miedo a una celda. Porque la justicia que la Marina defiende no es la de los hambrientos ni la de los desesperados. Es la de los que pueden costearla.
Y, sin embargo, aquí estoy. Dentro de la base G-19, caminando por un pasillo tan impecable que hasta el eco de mis pasos parece fuera de lugar. He estado en muchos edificios antes, pero este… este es un maldito laberinto de piedra y autoridad. Cada puerta es idéntica a la anterior, cada pasillo se extiende como si no tuviera fin.
Me detengo. Respiro hondo. Como les vomite en estas superficies blancas va a hacer un buen contraste...
Pero la verdad es que no sé a dónde ir. No sé con quién tengo que hablar ni a quién entregarle este informe. Mierda. Me rodean marines de todas las edades, todos con un destino claro en mente, mientras yo solo intento no parecer un estúpido. Aprieto los puños dentro de los bolsillos y miro a mi alrededor, tratando de encontrar un punto de referencia, un cartel, cualquier cosa que me indique el camino.
No debería estar aquí.
No porque tema a la Marina, sino porque estar rodeado de estos muros, de esta estructura que existe solo para reforzar la idea de que ellos son los buenos, me pone enfermo. Esto no es justicia. Esto es un teatro donde la gente como yo solo es útil hasta que deja de serlo.
Si algo he aprendido en este negocio, es que la confianza lo es todo. Si dudas, si titubeas, estás muerto. No literalmente, aunque a veces sí, pero el momento en que alguien nota una grieta en tu historia es el momento en que empiezan a tirar del hilo. Y yo no tengo ningún hilo del que tirar.
Porque no tengo pruebas.
La rata está muerta, sí. Enterrado en las afueras de Akauri, bajo una tierra que nunca será removida para escribir su nombre. Pero todo lo que tengo para probarlo es mi palabra y un informe sin más testigos que mis propios recuerdos.
Joder.
Intento imaginar la conversación que me espera:
—¿Y el cuerpo?
—Enterrado.
—¿Y las pruebas?
—Mi palabra.
Sí, claro. Eso va a salir bien, como si mi palabra me hubiese servido para esquivar alguna bala antes...
Paseo la mirada por los pasillos, buscando algo que me ayude a encontrar el camino, pero lo único que veo son marines ocupados en su propio teatro. Sigo avanzando, fingiendo que tengo un destino claro, mientras mi mente sigue repasando las posibilidades.
Podría decir que murió en un incendio. O que el cuerpo fue reclamado por su banda antes de que pudiera traerlo. Pero ambas suenan a excusas.
Lo único que tengo a mi favor es aquel marine.
El que apareció en el último momento.
Recuerdo su silueta, el reflejo de su insignia a la luz de la luna. No sé su nombre ni su rango, pero sé que me vio. Vio al mink en el suelo, vio la sangre empapando los adoquines. Ni siquiera levantó su arma, no intentó detenerme. Solo se quedó allí, observando.
¿Le parecí irrelevante? Creo que dijo algo antes de irse, algo del Grand Line... Ni idea, no estaba yo muy atento en ese momento.
Si supiera su nombre, podría usarlo. Podría decir que él lo confirmó, que todo está en orden. Pero no sé quién demonios era, y no puedo arriesgarme a soltar un nombre equivocado.
Sigo caminando.
A estas alturas, lo único que puedo hacer es lo mismo que siempre, fingir que todo está bajo control. Actuar como si la verdad me perteneciera, como si la sola mención de mi nombre bastara para que me creyeran.
Al final no se puede hacer nada, en un lugar como este, la verdad no importa tanto como la forma en que la cuentes.
El Reino de Ilisia lo sabe bien. La ley en sus calles no la dictan estos tipos con uniforme blanco y azul, sino los nobles, los comerciantes con bolsillos profundos, los mismos que pueden permitirse cometer crímenes a plena luz del día sin miedo a una celda. Porque la justicia que la Marina defiende no es la de los hambrientos ni la de los desesperados. Es la de los que pueden costearla.
Y, sin embargo, aquí estoy. Dentro de la base G-19, caminando por un pasillo tan impecable que hasta el eco de mis pasos parece fuera de lugar. He estado en muchos edificios antes, pero este… este es un maldito laberinto de piedra y autoridad. Cada puerta es idéntica a la anterior, cada pasillo se extiende como si no tuviera fin.
Me detengo. Respiro hondo. Como les vomite en estas superficies blancas va a hacer un buen contraste...
Pero la verdad es que no sé a dónde ir. No sé con quién tengo que hablar ni a quién entregarle este informe. Mierda. Me rodean marines de todas las edades, todos con un destino claro en mente, mientras yo solo intento no parecer un estúpido. Aprieto los puños dentro de los bolsillos y miro a mi alrededor, tratando de encontrar un punto de referencia, un cartel, cualquier cosa que me indique el camino.
No debería estar aquí.
No porque tema a la Marina, sino porque estar rodeado de estos muros, de esta estructura que existe solo para reforzar la idea de que ellos son los buenos, me pone enfermo. Esto no es justicia. Esto es un teatro donde la gente como yo solo es útil hasta que deja de serlo.
Si algo he aprendido en este negocio, es que la confianza lo es todo. Si dudas, si titubeas, estás muerto. No literalmente, aunque a veces sí, pero el momento en que alguien nota una grieta en tu historia es el momento en que empiezan a tirar del hilo. Y yo no tengo ningún hilo del que tirar.
Porque no tengo pruebas.
La rata está muerta, sí. Enterrado en las afueras de Akauri, bajo una tierra que nunca será removida para escribir su nombre. Pero todo lo que tengo para probarlo es mi palabra y un informe sin más testigos que mis propios recuerdos.
Joder.
Intento imaginar la conversación que me espera:
—¿Y el cuerpo?
—Enterrado.
—¿Y las pruebas?
—Mi palabra.
Sí, claro. Eso va a salir bien, como si mi palabra me hubiese servido para esquivar alguna bala antes...
Paseo la mirada por los pasillos, buscando algo que me ayude a encontrar el camino, pero lo único que veo son marines ocupados en su propio teatro. Sigo avanzando, fingiendo que tengo un destino claro, mientras mi mente sigue repasando las posibilidades.
Podría decir que murió en un incendio. O que el cuerpo fue reclamado por su banda antes de que pudiera traerlo. Pero ambas suenan a excusas.
Lo único que tengo a mi favor es aquel marine.
El que apareció en el último momento.
Recuerdo su silueta, el reflejo de su insignia a la luz de la luna. No sé su nombre ni su rango, pero sé que me vio. Vio al mink en el suelo, vio la sangre empapando los adoquines. Ni siquiera levantó su arma, no intentó detenerme. Solo se quedó allí, observando.
¿Le parecí irrelevante? Creo que dijo algo antes de irse, algo del Grand Line... Ni idea, no estaba yo muy atento en ese momento.
Si supiera su nombre, podría usarlo. Podría decir que él lo confirmó, que todo está en orden. Pero no sé quién demonios era, y no puedo arriesgarme a soltar un nombre equivocado.
Sigo caminando.
A estas alturas, lo único que puedo hacer es lo mismo que siempre, fingir que todo está bajo control. Actuar como si la verdad me perteneciera, como si la sola mención de mi nombre bastara para que me creyeran.
Al final no se puede hacer nada, en un lugar como este, la verdad no importa tanto como la forma en que la cuentes.
