[PRESENTE RELATIVO][SOCIAL][+18] - Algodones y adoquines
#7
La rabia y la impotencia hacían presión contra mi pecho, garganta y oídos. Como el potencial de presión de agua de una tubería, buscando cualquier pequeño rincón por el que aliviarse. Siempre me he considerado una estupenda llave de paso, pero la pesadez de mi alma comenzaba a hacer mella en esa confianza. Las dudas me asaltan como siempre lo han hecho, desde que tenía cinco años, con esa insistencia constante, recordándome cada fracaso, cada tropiezo. Y aunque sé que no debo hundirme en esos pensamientos, no puedo evitar preguntarme: ¿Habría podido salvarlo realmente? ¿O era inevitable ese triste final?

Renegaba de la figura de dios, no de su existencia; y mentiría si dijese que no había pensado en un ser superior moviendo los hilos, consumiendo a Ratatouille en la locura, involucrando a todos aquellos que una vez fueron sus amigos y... finalmente, enviar a aquel proyecto de meapilas de la Marina para forzar mi mano, para dejarme cometer el error de, no sólo permitir su muerte, sino también perpetrarla. Aquel mink se había convertido en mi responsabilidad, para bien o para mal, en aquel momento no habría podido salvarle, matarle fue la única opción. Y esa verdad me atormenta, quiero rechazarla, a pesar de estar frente a mí.

¿Disfrutaría aquel dios retorcido jugando con las vidas de la gente? ¿Disfrutaría mientras aquella rata suplicaba? Con aquellos ojos en los que podía ver mi propio reflejo, exhalando su último suspiro, para al final agradecer la muerte. ¿Se estará regocijando ahora, sobre su asiento de plata mientras ve que los restos tenemos que seguir adelante? ¿Incapaces de superarlo?

Si esa es la clase de dios que tenemos, algún día merece morder el polvo.

Había sido especialmente consciente de dónde me encontraba cuando llegué; más todavía, de un modo irónico, cuando acabé perdiéndome por la base, rodeado de idiotas rimbombantes impecablemente vestidos. Preguntaría cuál es la utilidad de un uniforme de combate blanco, pero sería inútil. En primer lugar, porque estaría pidiendo lógica a la Marina, casi como pedir peras a un olmo. En segundo, porque hacer la pregunta realmente sería suponer que realizan alguna clase de trabajo por el que pudiesen ensuciarse. Sencillamente eso era algo que, cuando entré aquí, no era capaz de concebir.

Pero ahora, mientras esas dudas se apoderan de mi mente, escucho una voz clara, casi musical, que rompe la monotonía de mis pensamientos. Ahí está ella. Julia.

Su sonrisa, que tenía un brillo tan genuino hace apenas un momento que había desarmado mis defensas casi al instante; ahora se había tornado oscura, preocupada. Me pregunta algo, pero apenas escucho las palabras, pues he hecho desaparecer su sonrisa.

No sé por qué, pero eso me golpea más de lo que debería. Me tensa el pecho de una manera que no esperaba, que no quiero. La miro fijamente, tratando de encontrar en su expresión el reflejo de mi propio estado, pero en su lugar solo veo esa maldita preocupación, esa lástima disfrazada de interés.

No quiero verla así.

Intento esbozar una media sonrisa, un gesto automático, torpe, apenas un intento de quitarle importancia a lo que sea que ha visto en mí. Pero sé que no es suficiente. Julia se muerde el labio, ¿Como si intentara leerme? O quizá como si no se creyera esa pobre excusa de expresión que he tratado de improvisar. Tal vez ni siquiera fuese una de esas dos opciones.

— Lo siento, Casca — dice en voz baja.

Una disculpa. Aunque aún brillante, la luz en la cara del ángel frente a mí ahora se veía difuminada. Y para colmo, había conseguido darle lástima hasta un punto que parecía afectarle. Siento como mis rodillas empiezan a dudar sobre si merece la pena seguir soportando el peso de un inútil como yo y no puedo evitar pensar que tienen razón.

El primer recuerdo me golpea sin previo aviso.

El sol se filtra a través de los ventanales de la taberna, bañando con su cálido resplandor el cabello dorado de Julia. Su sonrisa juguetona, sus ojos brillantes, la burla en su voz cuando se ríe de mi torpeza con el café caliente. Parpadeo y lo veo todo con una nitidez insoportable, como si realmente estuviera aquí, como si pudiera estirar la mano y tocar el borde de la mesa, sentir el calor de la taza entre mis dedos, escuchar su risa envolviéndome en una burbuja de felicidad inquebrantable.

Pero la burbuja estalla.

Otro parpadeo y la música suena. Un vals suave en la base de la Marina, el roce de mis dedos contra la espalda desnuda de Julia mientras bailamos torpemente bajo la tenue luz de los candelabros. Su cabello brilla como el oro mientras ella se ríe y susurra algo en mi oído. Siento la calidez de su cuerpo, la seguridad de sus brazos. Mi corazón late contra el suyo y en ese momento sé, con certeza, que nunca he querido nada más en mi vida.

Y entonces otro “Pop”.

Vuelve la tragedia familiar. El muelle en la madrugada. El sobre arrugado en las manos de Julia, su cuerpo temblando, la noticia de la muerte de su tío arrancándole el aire de los pulmones. La sostengo contra mi pecho, sintiendo sus sollozos apagados empapando mi chaqueta. Quise protegerla. Quise cargar con su dolor. Y esa noche, en el refugio de mi hogar, con la desesperación latiendo en mis venas, no nos separamos. Nos aferramos el uno al otro como si fuéramos todo lo que quedaba en el mundo.

“Pop”.

El barco sin bandera, la brisa marina jugando con su cabello. Los susurros de una vida en la que finalmente encontramos paz. Nos fugamos, dejando atrás todo lo que nos ataba, todo lo que alguna vez fuimos. En la cubierta, la tomo de la cintura, la beso bajo la luna. Somos libres. Somos felices.

“Pop”

Todo queda negro por un instante y entonces lo veo. El hogar que construimos. El lugar al que escapamos. Un último oasis en el desierto de mi mente, que se encontraba matándome de sed.
Los días tranquilos en la isla, las risas resonando entre las paredes de madera, el aroma del pan recién hecho por las mañanas. Y ahí están ellos. Dos niños de cabello revuelto y ojos chispeantes, correteando por la casa. Nuestros hijos.

—¡Papá, papá! —grita una vocecita mientras se aferra a mi ala, tirando de ella con curiosidad infantil.

—¿Por qué tus alas son más grandes que las mías? —pregunta el pequeño Cosmo, con el cabello dorado como su madre y la travesura grabada en su sonrisa.

—¡Mamá dice que eres viejo! —exclama su hermana, Evelyn, con una risa burlona que es un eco de la de Julia.

Me río. Los alzo en el aire, giro con ellos en un torbellino de felicidad. Julia nos observa desde el marco de la puerta, sonriendo con ternura.

Pero entonces algo cambia.

El mundo se distorsiona. Los colores se vuelven más pálidos, más débiles. Julia deja de sonreír. El viento se vuelve helado. Y nuestros hijos… nuestros hijos me miran con ojos enormes, llenos de algo que jamás habría querido ver en ellos. Tristeza. Dolor.

Decepción.

—¿Por qué? —pregunta Evelyn con voz temblorosa.

—¿Por qué nunca vamos a existir? —susurra Cosmo, su manita aferrándose a mi abrigo con desesperación.

Su voz se rompe, se mezcla con el viento, y siento que se me desgarra el alma. Un peso inmenso me aplasta, el pecho se me cierra como si un yunque hubiera caído sobre mí. Miro a Julia, pero ella también se está desvaneciendo, su silueta volviéndose una sombra, sus ojos inundados de lágrimas silenciosas y su mano débilmente levantada, casi alcanzando la mía, sólo para atravesarla como si nunca hubiese estado ahí, desapareciendo.

—Lo siento… —susurro, mi voz quebrada, mis rodillas cediendo bajo mi propio peso—. Lo siento… Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento tanto…

Extiendo las manos en un vano intento de aferrarme a ella, pero no hay nada. Mis dedos solo encuentran el vacío.

Los niños dan un paso atrás.

—Nos olvidaste, papá —dice Cosmo, su pequeña voz cargada de una tristeza insoportable—. Nos dejaste atrás.

—Nos condenaste al olvido —añade Evelyn, con lágrimas resbalando por sus mejillas infantiles.
Jadeo, desesperado.

—¡No! ¡No quería perderlos! ¡No quería perderlos! ¡Juro que nunca quise…! ¡Dios! ¿Cuál es tu problema? ¿¡Por qué juegas así conm...!?

Pero como si no quisiese escuchar mis palabras, mi voz se ahoga en un sollozo desgarrador. Nuestros hijos se desvanecen, convirtiéndose en polvo dorado que se pierde en el viento. Julia me lanza una última mirada, una mezcla de amor y tristeza infinita, antes de que ella también desaparezca. Incluso al final, esa mirada demostraba que siempre había sido la única que lo entendía. No había rencor, era comprensión.

Y entonces, solo quedo yo. Arrodillado en la nada, con mi llanto desgarrándome la garganta, gritando sin voz contra un destino que nunca había estado ahí, contra un dios que había creado para odiar, con el peso de una vida ficticia aplastándome hasta que no queda nada más que mi dolor.

Oigo el último “Pop” y parpadeo.

Y estoy de vuelta en la base G-19. Julia está aquí, mirándome con aquella expresión mientras palabras salen de su boca, palabras que no consigo escuchar. Sin sospechar el infierno que acaba de consumir mi mente. Mi respiración está entrecortada, mis manos tiemblan levemente y entonces ella me coje una.

No es un agarre normal, nada logístico. Sus dedos y los míos forman una red ahora y un escalofrío repleto de euforia recorre todo mi esqueleto desde los dedos de los pies hasta la cabeza. Una avalancha de esperanza renovada llena cada rincón de mi ser y siento como colorea mi rostro del mismo rojo intenso que mis ojos.
Y entonces, los veo.

Cosmo y Evelyn aparecen a su lado, con sonrisas radiantes, sus pequeñas manos extendidas hacia mí. Sus ojos chispean con la misma alegría que alguna vez imaginé, pero esta vez no hay tristeza, no hay reproches, solo amor puro. Un nudo me sube por la garganta, imposible de tragar, un temblor involuntario sacude mis hombros cuando, sin dudarlo, corren hacia mí y me envuelven en un abrazo cálido, tangible, como si por un instante la realidad y la ilusión fueran una sola.

Cierro los ojos y dejo que sus pequeñas presencias me llenen, absorbiendo cada segundo de ese contacto efímero, aferrándome a la sensación de tenerlos conmigo, aunque solo sea por un instante.

Sólo Julia podía transformar el dolor en paz y me siento estúpido mientras lo acepto, mientras me envuelvo en la esperanza.

Entonces se acerca un par de pasos, ¿Cuál es su intención? ¿Espera un beso? ¿Aquí? Pero no es así como debe ir la historia… No tiene sentido, pero no tengo la fuerza de voluntad para evitarlo y me preparo.

— Cuéntame todo lo sucedido y veremos que hacer — dice mientras me rodea y suelta mi mano. Duele un poco, pero esa cálida sonrisa me consuela.

Extiende un brazo con un gesto silencioso, indicándome que la siga. Por un momento dudo. Pero entonces, siento el calor de los pequeños brazos de Cosmo y Evelyn, empujándome, y lo único que puedo hacer es aceptar su invitación y dar un paso adelante.

¿Qué quiere exactamente que le cuente…?

Espera, ¿Habrá visto lo mismo que yo?

Era tan real que podría haber pasado de verdad… Pero no tiene sentido.

— ¿Eh? Disculpa, no sé de qué me estás hablando, cascacasca… — suelto con una risilla nerviosa. Irónicamente nunca he sido bueno soltando mentiras.

— Ah, por cierto. — Se para. — Es Jean, no Jannire.

No entiendo nada, ¿Qué está diciendo Julia ahora? ¿Quiénes son Jean y Jannire?

Asiento ligeramente con la cabeza, confuso y con eso los dos caminamos por el pasillo.

— No se puede hacer nada… Por cierto, ¿A dónde estamos yendo?— Digo finalmente.
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RE: [PRESENTE RELATIVO][SOCIAL][+18] - Algodones y adoquines - por Casca Belles - 19-03-2025, 09:36 PM

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