22-03-2025, 07:56 PM
Observé, por primera vez desde el inicio de aquel apoteósico combate desde la retaguardia como aquel par, a más que moverse se arrastraban a duras penas por el campo de batalla, utilizaba la apertura que había generado para atacar por la espalda al alto cargo marine.
- Rastreros y oportunistas. No me caen mal churrita. Igual debías de decirle a esa tipa que se venga con nosotros, ya sabes, así no me sentiría tan solo... Con ese par de pedazos de cocos que lleva ahí puestos -
Quise contestar al imbécil de Nicolás, pero no estaba para tonterías. Espadachines. Todos somos putos espadachines y para colmo, no había sido capaz de seguir la consecución de los ataques del otro par de imbéciles que había allí puestos peleando contra el imbécil superior del traje blanco.
Me enervaban la sangre. Seguro que en el puto periódico de mis cojones tendría que compartir la noticia con este par de buenos para nada, que si no hubiera sido porque me había dejado apuñalar mi jodida garganta seguirían rebozándose entre el barro y corriendo detrás de sus espadas como niños detrás de caramelos. ¿Quién cojones pelea con 2 espadas? Los verdaderos señores de este arte usamos solo una, no por incapacidad, si no, por utilidad, 2 espadas...
Aquella zorra con las ubres del tamaño de dos capazos recogió el arma del marine, mientras que por la otra parte, el marine empezó a desaparecer con su trucos y triquiñuelas. Mi corazón tamborileó. Esa espada era mía. Mi tesoro. Yo la merecía pues era yo quién había seccionado la mano de aquel puto crio insolente.
Mis nervios a estas alturas estaban a flor de piel, pues resumiré: me habían apuñalado la garganta, había perdido todas mis oportunidades y estos hijos de puta del comunista y la tetuda no habían sido capaces de terminar el puto trabajo. Pero el problema más grande de todos, ahora ya no era ni siquiera el almirante, el mayor problema, es que mi siguiente trofeo estaba en manos de aquella imbécil. Me enfoqué hacia ella con los ojos tensos y una mirada completamente asesina.
- Dame eso o - Dije mientras envainaba mi espada "El Plan B" en su vaina y con la mano libre que me quedaba, pues en la otra llevaba a mi preciada "Hoja del Luto", enseñaba la palma para que me diera el arma del almirante. Antes de que pudiera acabar la frase e improperios que iba a profesar a aquella mujer por la ultranza de robarme, me cortó en seco entregándomela y generando un mi un sentimiento extraño que no sabría describir con seguridad.
La mujer se puso a ayudar al cerdo del comunista mientras la seguía con la mirada escéptico y absorbía desde mi palma, hacia el interior de mi brazo el arma del marine, para que no pudiera recuperarla con una ráfaga de tornados parecida a la anterior. Los hilos de humo devoraron el metal mientras yo sentía aquella poderosa arma entrar en mi ser. Fue entonces cuando me di cuenta de que Kisuke estaba a un espadazo de marcharse del mundo.
No lo voy a negar, por un momento pensé en rematarlo. Un golpe rápido y fuera comunista, pero... Prefería hacerlo en un uno contra uno, para que no me maldijera desde el cielo y pensase que solo había sido capaz de matarlo por la ayuda del almirante.
- Tsh - Suspiré acompañando a la onomatopeya con algo de la sangre que mi garganta empujaba con cada palabra y respiro que daba, a la par que, apartaba la mirada de aquella penosa visión de una mujer curando a un comunista, mientras desplazaba mis ojos por el cielo buscando al almirante. Agarré con fiereza y firmeza mi espada mientras seguía oteando el terreno en busca de cualquier pista que pudiera servirme para atisbar su posición. Por suerte esto no había acabado.
- Rastreros y oportunistas. No me caen mal churrita. Igual debías de decirle a esa tipa que se venga con nosotros, ya sabes, así no me sentiría tan solo... Con ese par de pedazos de cocos que lleva ahí puestos -
Quise contestar al imbécil de Nicolás, pero no estaba para tonterías. Espadachines. Todos somos putos espadachines y para colmo, no había sido capaz de seguir la consecución de los ataques del otro par de imbéciles que había allí puestos peleando contra el imbécil superior del traje blanco.
Me enervaban la sangre. Seguro que en el puto periódico de mis cojones tendría que compartir la noticia con este par de buenos para nada, que si no hubiera sido porque me había dejado apuñalar mi jodida garganta seguirían rebozándose entre el barro y corriendo detrás de sus espadas como niños detrás de caramelos. ¿Quién cojones pelea con 2 espadas? Los verdaderos señores de este arte usamos solo una, no por incapacidad, si no, por utilidad, 2 espadas...
Aquella zorra con las ubres del tamaño de dos capazos recogió el arma del marine, mientras que por la otra parte, el marine empezó a desaparecer con su trucos y triquiñuelas. Mi corazón tamborileó. Esa espada era mía. Mi tesoro. Yo la merecía pues era yo quién había seccionado la mano de aquel puto crio insolente.
Mis nervios a estas alturas estaban a flor de piel, pues resumiré: me habían apuñalado la garganta, había perdido todas mis oportunidades y estos hijos de puta del comunista y la tetuda no habían sido capaces de terminar el puto trabajo. Pero el problema más grande de todos, ahora ya no era ni siquiera el almirante, el mayor problema, es que mi siguiente trofeo estaba en manos de aquella imbécil. Me enfoqué hacia ella con los ojos tensos y una mirada completamente asesina.
- Dame eso o - Dije mientras envainaba mi espada "El Plan B" en su vaina y con la mano libre que me quedaba, pues en la otra llevaba a mi preciada "Hoja del Luto", enseñaba la palma para que me diera el arma del almirante. Antes de que pudiera acabar la frase e improperios que iba a profesar a aquella mujer por la ultranza de robarme, me cortó en seco entregándomela y generando un mi un sentimiento extraño que no sabría describir con seguridad.
La mujer se puso a ayudar al cerdo del comunista mientras la seguía con la mirada escéptico y absorbía desde mi palma, hacia el interior de mi brazo el arma del marine, para que no pudiera recuperarla con una ráfaga de tornados parecida a la anterior. Los hilos de humo devoraron el metal mientras yo sentía aquella poderosa arma entrar en mi ser. Fue entonces cuando me di cuenta de que Kisuke estaba a un espadazo de marcharse del mundo.
No lo voy a negar, por un momento pensé en rematarlo. Un golpe rápido y fuera comunista, pero... Prefería hacerlo en un uno contra uno, para que no me maldijera desde el cielo y pensase que solo había sido capaz de matarlo por la ayuda del almirante.
- Tsh - Suspiré acompañando a la onomatopeya con algo de la sangre que mi garganta empujaba con cada palabra y respiro que daba, a la par que, apartaba la mirada de aquella penosa visión de una mujer curando a un comunista, mientras desplazaba mis ojos por el cielo buscando al almirante. Agarré con fiereza y firmeza mi espada mientras seguía oteando el terreno en busca de cualquier pista que pudiera servirme para atisbar su posición. Por suerte esto no había acabado.
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