04-04-2025, 09:05 PM
Camino tras Jolyne, y aunque mis pasos son lentos, mi pecho retumba como si cada latido fuera un tambor en mitad del silencio. Ella... ella tiene esa forma de andar que corta el aire, que abre camino incluso sin quererlo. Es imposible no mirarla. Me habla, y mi mente intenta retener cada sílaba como si fueran piedras preciosas. No importa si es sobre oficinas o alas acolchadas. Podría decirme que vamos a limpiar retretes y yo asentiría como un idiota feliz.
Entonces aparece un personaje secundario que no pinta nada en la historia que quiero crear. Que anhelo profundamente con cada célula de piel, con cada pelo de mi cuerpo y cada pluma en las alas de mi espalda.
Lo que escucho es una voz chillona, como un Den Den Mushi con resaca y sin filtro, irrumpiendo en el pasillo, reclamando una atención que no merece. Ahí está, frente a nosotros. Una maraña pelirroja envuelta en uniforme impoluto pero manchado por el peso de lo que representa, sonrisa de feria barata y ojos brillantes como monedas de plata. Habla como si todo esto fuera una fiesta, como si no camináramos entre cadáveres invisibles. No me gusta. No me gusta su voz, su manera de caminar, ni cómo se mete en conversaciones ajenas con la soltura de quien nunca ha conocido el rechazo. Apenas la he visto por primera vez y ya sé que la odio.
Se me revuelve algo dentro. No tiene derecho.
¿Quién se cree que es para tratar a Jolyne con tanta familiaridad? ¿Para llamarla sin respeto, sin cuidado? Y lo peor… lo peor es que Jolyne no le gruñe, no le dispara esa mirada gélida que a mí me lanzó la primera vez que me acerqué. No. A esta... ¿Morcilla? Para empezar, ¿Quién narices se llama Morcilla? A esta “Morcilla” parece recibirla como quien recibe una brisa cálida.
“¿Y este quién es?” dice. Me mira con esa curiosidad impostada que tienen los que nunca han dormido en la calle, los que nunca han temido desaparecer y que nadie lo note.
Te lo diré yo, Morcilla.
—¿Quién soy? —respondo, clavando la mirada en sus ojos como si buscara romper algo dentro de ella—. Soy la persona equivocada a la que hacerle preguntas estúpidas, si no estás preparada para las respuestas. Y tú, tú eres exactamente lo que está mal con esta institución. Una bocazas sonriente demasiado ocupada fingiendo simpatía como para notar que te pisan las tripas. Sigue jugando a soldadito feliz, Morcilla, a ver si cuando la sangre llegue a tus tobillos, todavía te da para hacer remolinos con los dedos. ¡No se puede hacer nada!
Silencio. Suele ser tan dulce como un paseo por la playa, pero más dulce es cuando lo provoco yo.
Doy un paso al frente, acortando la distancia con ella. Mi voz baja apenas un poco.
—No necesito que me acompañes. Ni a las oficinas ni al infierno, y créeme, uno de los dos está más cerca de lo que piensas. Jolyne me guía. Tú... tú solo estorbas.
No sé qué más dije después. Ni siquiera sé si Morcilla respondió. Lo único que siento es que cada palabra que dije me aleja un paso más de Jolyne. Pero no me arrepiento. Si esa chica representa a la Marina, entonces todo lo que he odiado desde Akauri tiene rostro y nombre: Morcilla. Y su estúpida sonrisa.
Morcilla... esa escoria embotellada en forma de chica, su sonrisa que era como si el mundo fuera un festival, se apaga con cada escupitajo en forma de palabra que mana de mi boca. Que la jodan. Que los jodan a todos en esta mierda de institución.
—¿Quieres saber qué pasó con Exfoliante? —murmuro, sin mirar a nadie, como si me hablara a mí mismo para no estallar—. Bien, pues te lo resumo con palabras sencillitas para que lo entiendas, ya que a nadie le interesa la verdad detrás de sus cadáveres apilados.
Mi voz es ronca, cargada de algo que no sé si es rabia o pena. A estas alturas, se parecen demasiado, la línea entre la valentía y la desesperanza es a veces invisible.
—Exfoliante era una rata corrupta. No se puede hacer nada, ¡¿No?! No por elección, sino porque el mundo lo arrinconó hasta que no pudo ser otra cosa. Un tipo común, medio tonto, que solo quería dejar de sentir hambre y se lanzó a un vicio que ahogaba la pena de su vida. Pero la miseria, esa que apesta en las calles que deliberadamente decidís ignorar, se lo tragó. Se volvió loco, sí. Empezó a matar. Despacio al principio, ¿Quién sabe? A lo mejor aún mantenía un poco de humanidad. Luego ya no podía parar, se volvió una bestia desenfrenada.
Trago saliva. Me arde el pecho. Mi respiración está acelerada. Las manos me tiemblan y por un momento no veo nada más que a Morcilla. Apenas es una cabeza más baja que yo, pero desde mi percepción, cada vez era más pequeña.
—Yo fui, no vosotros. Yo acepté el encargo. No por dinero, ni por gloria, ni por esas putas medallas que reparten en oficinas donde no pisan barro porque ni siquiera saben lo que es. Lo hice porque alguien tenía que parar la masacre. Porque cada día que pasaba sin que nadie actuara, más cuerpos se sumaban a la pila. Niños. Mujeres. Hombres. Da igual, ¿verdad? Solo eran pobres. ¿Y a quién le importan?
—Cuando lo encontré, ya no quedaba casi nada de él. Solo un montón de carne temblorosa, ojos vacíos y una risa que te perforaba el alma. No suplicó. No entendía. La pelea se alargó, gente murió en vano porque intenté salvar los despojos de una sociedad que clamáis proteger, porque no entendí que la crueldad es piedad hacia nosotros mismos. Y luego... —mi voz se apaga— luego lloré como un niño. Lloré por él, por mí, por todos los que ya no estaban. Porque pude haberlo parado antes, si hubiera sido más fuerte. Porque si la Marina, esta maldita institución de postureo y limpieza superficial, hubiera prestado un poco de atención a lo que ocurre en los suburbios, nada de esto habría pasado. Pero claro, no se puede hacer nada.
Me detengo. Miro las paredes limpias del pasillo. Todo aquí brilla. Todo aquí es mentira. Una fachada limpia que no consigue esconder toda la mierda dentro de sus muros. Su olor da nauseas.
—Pero no. Claro que no. A los que llevan uniforme no les importa lo que no pueden ver desde sus torres de marfil. Y si alguna vez les importó, lo olvidaron entre papeleo, ascensos y fiestas de té con los meñiques levantados. Los demás somos prescindibles. Somos... el ruido de fondo. Hasta que explotamos. Y entonces sacáis la escoba y nos barréis bajo la alfombra.
Una pausa. El aire pesa. Entonces, suelto un bufido irónico.
—Así que sí, ya que te interesaba tanto, ese fue el caso de Exfoliante. Un monstruo que dejasteis que se crease, al que tuve que matar yo. Y aún tienes la desvergüenza de mirarme como si yo fuera un bicho raro. Supongo que no se puede hacer nada.
Sigo caminando. Pero esta vez más lento. Cada paso más denso que el anterior.
—Que me pregunten otra vez quién soy. Que lo hagan. A ver si les gusta la respuesta.
Entonces aparece un personaje secundario que no pinta nada en la historia que quiero crear. Que anhelo profundamente con cada célula de piel, con cada pelo de mi cuerpo y cada pluma en las alas de mi espalda.
Lo que escucho es una voz chillona, como un Den Den Mushi con resaca y sin filtro, irrumpiendo en el pasillo, reclamando una atención que no merece. Ahí está, frente a nosotros. Una maraña pelirroja envuelta en uniforme impoluto pero manchado por el peso de lo que representa, sonrisa de feria barata y ojos brillantes como monedas de plata. Habla como si todo esto fuera una fiesta, como si no camináramos entre cadáveres invisibles. No me gusta. No me gusta su voz, su manera de caminar, ni cómo se mete en conversaciones ajenas con la soltura de quien nunca ha conocido el rechazo. Apenas la he visto por primera vez y ya sé que la odio.
Se me revuelve algo dentro. No tiene derecho.
¿Quién se cree que es para tratar a Jolyne con tanta familiaridad? ¿Para llamarla sin respeto, sin cuidado? Y lo peor… lo peor es que Jolyne no le gruñe, no le dispara esa mirada gélida que a mí me lanzó la primera vez que me acerqué. No. A esta... ¿Morcilla? Para empezar, ¿Quién narices se llama Morcilla? A esta “Morcilla” parece recibirla como quien recibe una brisa cálida.
“¿Y este quién es?” dice. Me mira con esa curiosidad impostada que tienen los que nunca han dormido en la calle, los que nunca han temido desaparecer y que nadie lo note.
Te lo diré yo, Morcilla.
—¿Quién soy? —respondo, clavando la mirada en sus ojos como si buscara romper algo dentro de ella—. Soy la persona equivocada a la que hacerle preguntas estúpidas, si no estás preparada para las respuestas. Y tú, tú eres exactamente lo que está mal con esta institución. Una bocazas sonriente demasiado ocupada fingiendo simpatía como para notar que te pisan las tripas. Sigue jugando a soldadito feliz, Morcilla, a ver si cuando la sangre llegue a tus tobillos, todavía te da para hacer remolinos con los dedos. ¡No se puede hacer nada!
Silencio. Suele ser tan dulce como un paseo por la playa, pero más dulce es cuando lo provoco yo.
Doy un paso al frente, acortando la distancia con ella. Mi voz baja apenas un poco.
—No necesito que me acompañes. Ni a las oficinas ni al infierno, y créeme, uno de los dos está más cerca de lo que piensas. Jolyne me guía. Tú... tú solo estorbas.
No sé qué más dije después. Ni siquiera sé si Morcilla respondió. Lo único que siento es que cada palabra que dije me aleja un paso más de Jolyne. Pero no me arrepiento. Si esa chica representa a la Marina, entonces todo lo que he odiado desde Akauri tiene rostro y nombre: Morcilla. Y su estúpida sonrisa.
Morcilla... esa escoria embotellada en forma de chica, su sonrisa que era como si el mundo fuera un festival, se apaga con cada escupitajo en forma de palabra que mana de mi boca. Que la jodan. Que los jodan a todos en esta mierda de institución.
—¿Quieres saber qué pasó con Exfoliante? —murmuro, sin mirar a nadie, como si me hablara a mí mismo para no estallar—. Bien, pues te lo resumo con palabras sencillitas para que lo entiendas, ya que a nadie le interesa la verdad detrás de sus cadáveres apilados.
Mi voz es ronca, cargada de algo que no sé si es rabia o pena. A estas alturas, se parecen demasiado, la línea entre la valentía y la desesperanza es a veces invisible.
—Exfoliante era una rata corrupta. No se puede hacer nada, ¡¿No?! No por elección, sino porque el mundo lo arrinconó hasta que no pudo ser otra cosa. Un tipo común, medio tonto, que solo quería dejar de sentir hambre y se lanzó a un vicio que ahogaba la pena de su vida. Pero la miseria, esa que apesta en las calles que deliberadamente decidís ignorar, se lo tragó. Se volvió loco, sí. Empezó a matar. Despacio al principio, ¿Quién sabe? A lo mejor aún mantenía un poco de humanidad. Luego ya no podía parar, se volvió una bestia desenfrenada.
Trago saliva. Me arde el pecho. Mi respiración está acelerada. Las manos me tiemblan y por un momento no veo nada más que a Morcilla. Apenas es una cabeza más baja que yo, pero desde mi percepción, cada vez era más pequeña.
—Yo fui, no vosotros. Yo acepté el encargo. No por dinero, ni por gloria, ni por esas putas medallas que reparten en oficinas donde no pisan barro porque ni siquiera saben lo que es. Lo hice porque alguien tenía que parar la masacre. Porque cada día que pasaba sin que nadie actuara, más cuerpos se sumaban a la pila. Niños. Mujeres. Hombres. Da igual, ¿verdad? Solo eran pobres. ¿Y a quién le importan?
—Cuando lo encontré, ya no quedaba casi nada de él. Solo un montón de carne temblorosa, ojos vacíos y una risa que te perforaba el alma. No suplicó. No entendía. La pelea se alargó, gente murió en vano porque intenté salvar los despojos de una sociedad que clamáis proteger, porque no entendí que la crueldad es piedad hacia nosotros mismos. Y luego... —mi voz se apaga— luego lloré como un niño. Lloré por él, por mí, por todos los que ya no estaban. Porque pude haberlo parado antes, si hubiera sido más fuerte. Porque si la Marina, esta maldita institución de postureo y limpieza superficial, hubiera prestado un poco de atención a lo que ocurre en los suburbios, nada de esto habría pasado. Pero claro, no se puede hacer nada.
Me detengo. Miro las paredes limpias del pasillo. Todo aquí brilla. Todo aquí es mentira. Una fachada limpia que no consigue esconder toda la mierda dentro de sus muros. Su olor da nauseas.
—Pero no. Claro que no. A los que llevan uniforme no les importa lo que no pueden ver desde sus torres de marfil. Y si alguna vez les importó, lo olvidaron entre papeleo, ascensos y fiestas de té con los meñiques levantados. Los demás somos prescindibles. Somos... el ruido de fondo. Hasta que explotamos. Y entonces sacáis la escoba y nos barréis bajo la alfombra.
Una pausa. El aire pesa. Entonces, suelto un bufido irónico.
—Así que sí, ya que te interesaba tanto, ese fue el caso de Exfoliante. Un monstruo que dejasteis que se crease, al que tuve que matar yo. Y aún tienes la desvergüenza de mirarme como si yo fuera un bicho raro. Supongo que no se puede hacer nada.
Sigo caminando. Pero esta vez más lento. Cada paso más denso que el anterior.
—Que me pregunten otra vez quién soy. Que lo hagan. A ver si les gusta la respuesta.
