07-04-2025, 11:42 AM
Me reconfortaron las palabras de Zorak al escuchar mi determinación de ser el escudo del pueblo. Por un momento, sentí que mi propósito tenía valor, que alguien lo reconocía, sin embargo esa sensación de calidez que me hizo sentir se desvaneció en cuanto añadió que aún era débil. Su juicio fue como un cubo de agua helada, pero era justo y tenía razón, era débil, durante toda mi vida la fuerza que había tenido me había bastado para sobrevivir, para abrirme paso entre las dificultades como un jabalí entre la maleza. Pero eso ya no bastaba, no si quería convertirme en algo más que un superviviente, no si de verdad pretendía erguirme como un escudo para el desvalido frente a los poderosos y los opresores, no si quería ser útil, no si quería proteger. Y si de verdad quería ser el escudo del pueblo, tenía que abandonar la idea cómoda de la fuerza que conocía y abrazar el fuego del entrenamiento, el fuego de Zorak.
El cual empezó a caminar mientras yo divagaba, con dificultad, pero cada vez con más soltura, abandonó su camarote y paseó por el barco hasta tocar el suelo, y una vez en él me advirtió de que no sería blando conmigo. — No me estaba esperando otra cosa de usted, señor, oink. — respondí con voz firme, con una mezcla de nervios y determinación, intentando que mi voz no temblara, aunque el corazón me palpitaba como si quisiera salir de mi pecho, tras un breve camino quedó delante de mi, ordenándome que me pusiera en pie y le atacase con todo lo que tenía, pues era muy probable que ni haciendo mi golpe más poderoso pudiera dañarlo de verdad. Sabía que estaba ante una oportunidad única, que ese momento era una puerta, una que yo mismo había pedido cruzar, pero cuyo peso no conocía hasta ahora, si Zorak había accedido a entrenarme no podía permitirme vacilar, tenía que entregarme por completo, aunque en ese momento estuviera a años luz de su nivel. Por eso, cuando me ordenó que me pusiera en pie y le atacase con todo lo que tuviera, no dudé, respiré hondo y obedecí su orden, me puse en pie. Mis manos temblaban al principio, pero al tocar el nudo de mi kimono y deshacerlo con lentitud, algo dentro de mí comenzó a calmarse.
Dejé que el aire fresco del mar rozara mi pelaje y relajé los hombros, cerré los ojos, inhalé por el hocico, provocando un ronquido nasal leve. Mientras soltaba el aire por la boca, abrí los ojos y me incliné hacia adelante. — Allá voy, Zorak. — puse todo mi cuerpo en movimiento. No era solo un golpe, era la manifestación física de todo lo que sentía: mi frustración, mi voluntad y mi esperanza. Flexioné las rodillas, basculé el peso de mi cuerpo y con un grito que brotó desde el centro de mi ser, lancé mi ataque. — ¡Oshidashi! — exclamé, haciendo que mi palma descendiera a toda velocidad hacia Zorak para impactar en todo su tren superior. Ese golpe era mi declaración final, mi forma de decirle que necesitaba ser más fuerte y confiaba en él para que me enseñase el camino, sabía que mi golpe no haría mucho, es posible incluso que no hiciera nada, pero me bastaba con que, a través de mi golpe, Zorak escuchase las súplicas de mi alma
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